CAPÍTULO 10: EL RETORNO DE LAS PEQUEÑAS COSAS
El paseo terminó ante las telas del restaurante, aunque más que restaurante era un puestecillo. «Ichiraku Ramen», decía el letrero. Y otro, más pequeño y nuevo: «comida tradicional.»
Jiraiya fue el primero en entrar. Dijo: "Es hora de comer, sentaos", y ocupó el penúltimo asiento a la derecha, sentando en el último a la reticente Tayuya. Puestos el uno al lado del otro, daba la impresión de que el viejo era algún tipo de gigante. Tenía las manos tan grandes que las de Tayuya parecían infantiles, menudas, e inofensivas. La pelirroja se apartó todo lo posible de él, al menos todo lo que le permitía la estrecha butaca, pero al cabo de un rato, desistió, y se sentó con normalidad.
Yo me senté a la izquierda de Jiraiya, y a la mía se sentaron Iruka, Kakashi, y Sakura, en este orden. "Solíamos venir mucho aquí", me dijo Iruka con una gran sonrisa. "Era tu lugar favorito. Siempre me costaba un dineral invitarte a comer."
"Espero que al menos te diera las gracias", respondí, apoyando la mejilla en la palma de la mano, y el codo en la barra. Casi de inmediato, Jiraiya me apartó el brazo de un suave manotazo, dándome un buen susto.
"Los codos fuera de la mesa", dijo sin prestarme mucha más atención, y luego se dirigió hacia uno de los empleados: "¡Ah, Teuchi-san!", le saludó alegremente. "¿Cómo te van las cosas, amigo? Diablos, cada día estás más viejo."
"Ya sabes, Jiraiya-san, que los años no perdonan a nadie", respondió el otro, mirándole a él, y luego a mí. "Naruto. Me alegra verte de vuelta."
Le di las gracias, sorprendido por la familiaridad con la que se dirigía a mí. El tal Teuchi era un hombre de mediana edad, moreno, de párpados estrechos y ambiguos. La ropa blanca, impoluta; gruesos dedos de cocinero. Mi primera impresión de él fue buena; y cuando me puso un enorme cuenco de cerámica, lleno hasta el borde de humeante ramen, fue incluso mejor. "Pero no tengo dinero", le dije, y él respondió que ni hablar, que yo no pagaría ni una moneda. Al menos no ese día, que era el primero desde que me dieran el alta; ya nos arreglaríamos en los siguientes.
"Ah, ¿que habrán siguientes?"
Él alzó las cejas, divertido, y siguió trabajando. Yo sorbí los ricos fideos, o lo intenté, pues Jiraiya me soltó un dedazo en la sien nada más me llevé los palillos a la boca. "Espera a los demás", dijo, así que volví a apoyarlos en la barra, muy juntos y en vertical. Me puse a charlar con Iruka para matar el tiempo; mientras, los empleados del local —que eran tres, incluyendo a Teuchi— produjeron, con asombrosa rapidez, cinco cuencos más. Pronto, el aire dentro del estrecho local se inundó de un delicioso aroma a comida, y más de una tripa protestó ante el vapor. Una vez todos estuvieron servidos, Jiraiya juntó las manos, y dijo: "¡Gracias por la comida!", y los demás —excepto Tayuya— imitaron su gesto antes de empezar a comer. Yo también lo hice, después de que me regañara, y tan pronto como vi que era aceptable, me puse a devorar el almuerzo.
La comida sabía tan bien como olía. Una maravilla de la ingeniería humana, te lo digo. Me hizo sentir como si no hubiera comido en eones, como si mis tripas fuesen algo profundo e inconcebible, como una fosa marítima, un agujero negro, o la pena de un viudo. Tragué y tragué hasta que el cuenco quedó vacío, y miré con tristeza la humedad que quedaba en el fondo. Me dije que debería haberlo disfrutado más, en lugar de devorarlo como si mi garganta fuese una cañería; miré a los demás, y vi que a ellos todavía les quedaba mucha comida. Casi que me daban envidia. ¡Desgraciados conque lo teníais todo pensado ya...! El plato de Jiraiya era el que mantenía mejor forma, y un buen trozo de carne todavía acariciaba el borde del cuenco. Me relamí los labios, estaba preparado. Estaba dispuesto. Y tenía hambre. Mis palillos acecharon el trozo de carne como un gato a su presa. Chocaron entre ellos como lo haría la mandíbula del felino, saboreando por anticipado la jugosa carne del ratón o el pajarillo que pronto sería su comida. Esperando. Calculando. ¡Y entonces, sucedió...! ¡En un santiamén, el gato se lanzó sobre su presa, sus mortales uñas estiradas, la boca revelando agudos colmillos! ¡No había escape de aquella perfecta emboscada! Excepto que sí lo había. Los gatos son pequeños entre los felinos. Incluso sus adultos palidecen ante las crías de otras especies. Y cuando se trata de otros adultos... Al gato lo atrapó un dientes de sable. Las mandíbulas se cerraron alrededor de su diminuto cráneo. Ñam. El cazador cazado. Los palillos de Jiraiya cortaron los míos por la mitad como si fueran un par de tijeras. "La comida de los demás es sagrada", dijo sin mirarme. "Si quieres más, pide más. Ya lo pago yo." Acto seguido, atrapó el trozo de carne y se lo metió entero en la boca, masticándolo con más deleite del que debería. Me guiñó un ojo, tragó, y como si pudiera leer mis pensamientos, dijo: "Siempre hay un pez más grande en la pecera."
Suspiré, y levanté la mano para pedir otro cuenco. Me atendió una chica de cabello oscuro, muy mona, pero de algún modo insípida. Si fuese comida, sería la sopa de un hospital, pensé, y luego me pregunté por qué lo habría pensado. Me sentí un poco mal cuando me sonrió: "¿Necesitas algo, Naruto-kun?", y yo le dije que sí, que quería repetir. "Claro, enseguida lo tienes", y sus manos volaron sobre los fogones como si estuvieran hechas de electricidad.
"¿Cómo va tu memoria?", fue la pregunta de Teuchi, cuando me puso el segundo cuenco en la mesa. "Tiene extra de carne", añadió, y la chica me guiñó un ojo desde los fogones. "Pero espera un poco, que está ardiendo..."
Demasiado tarde. "¡Ay!", me quejé, intentando aliviar el ardor a soplidos. "No mentías, cómo quema." Me abaniqué la lengua con la mano, sin muchos resultados. "Oiga, ¿cómo sabe lo de mi memoria?"
El cocinero me dedicó una leve sonrisa. "Me lo dijo un ratoncito."
"¡Pues debió de ser un ratoncito muy escurridizo!", rió Jiraiya, dando un manotazo en la barra, "¡si fue capaz de eludir a este sapo!"
"¿De qué estáis hablando?", pregunté, mientras soplaba sobre el cuenco. "Me he perdido un poco."
"Teuchi-san sabe muchas cosas", dijo Iruka, interrumpiendo brevemente su conversación con Kakashi. "A veces diría que demasiadas."
"No sé de qué me hablas, joven shinobi", bromeó Teuchi, mientras vertía el contenido de una tetera en un pequeño vaso de bambú que luego colocó junto al cuenco de Iruka. "Aquí tienes. A esto invita la casa."
"¿Un té? ¿De qué es?"
"De jengibre", dijo el cocinero. "Ya sabes, para tu dolor de tripa."
El chūnin puso los ojos en blanco, le dió las gracias, y me miró con cara de «¿ves lo que te decía?» antes de volver a su conversación.
Teuchi me apuntó con la tetera. "¿Tú quieres té, Naruto?"
"No, gracias, a mí no me duele nada", pero entonces Jiraiya dijo que él sí quería, y Teuchi le llenó un vasito que le puso al lado. De las lisas formas de bambú se escapaba un fino y agradable vapor.
"Respondiendo a su pregunta", dije, haciendo girar un palillo entre los dedos, "mi memoria no está en su mejor momento. Lo cierto es que no recuerdo nada sobre usted, ni sobre este restaurante...pero entiendo que me gustase venir", añadí, atacando el cuenco como si no hubiera comido en tres meses. Ahí mismo redescubrí mi intenso amor por el ramen, el mismo que siempre había sentido, según todos mis conocidos. Era un amor ardiente, profundo, que todo lo podía, como el de una madre por su hijo, o como el de un funcionario por su puesto de trabajo.
"Ya veo", dijo Teuchi, rascándose la barbilla con un dedo. "Imagino que debe de sentirse extraño..."
"No le tires de la lengua, viejo chacal", respondió Jiraiya, antes de que yo pudiera hacerlo. "Naruto, lección uno: jamás le digas lo que quiere oír. Mira, tú pídele la comida, págale, y luego te vas. Nada más. Que si no, te saca lo que quiere."
"Sapo amargado..."
"Cocinero de tres al cuarto."
"¿Desde cuándo se conocen?", pregunté yo, pero como tenía la boca llena, sonó más bien como: ¿Degde cuadngo ge congogen?
"Niño, traga antes de hablar", me riñó Jiraiya, frunciendo el ceño. "Teuchi-san y yo nos conocemos desde hace muchos años."
"Desde que teníamos más o menos tu edad", añadió el otro. "Fue en la Academia, ¿verdad, Jiraiya-san?" Y ambos se asintieron entre ellos. "Aunque tú eres siete años mayor que yo."
"Cada año es un grado más en sabiduría, recuérdalo", replicó Jiraiya.
"Entonces, ¿solía ser un ninja?", pregunté yo.
Jiraiya sorbió los fideos muy rápido para responder antes que el cocinero. "Bueno, bueno", dijo, con los labios aún húmedos. "¡Tampoco nos pasemos! ¡Ja, ja, ja!"
"Puede que yo no tuviera el talento de un Sannin", dijo Teuchi, quitándole el vaso de té que aún no había tocado. Tomó un pequeño sorbo, y se lo quedó para sí. "Pero llegué a ser chūnin. Y uno muy competente, sí señor."
"Al Kage lo que es del Kage", concedió Jiraiya. "Lo que dices es cierto. Recuerdo una misión, esa que te encargó uno de nuestros nobles. ¿Cómo era...? ¿Fujimoto?"
"Fujiwara."
"Ah, sí, Fujiwara. Un tipo muy listo, pero feo como él solo. Noble de los pies a la cabeza, uno no sabía qué decoraba más, si su ropas, o sus palabras. Creo que esto fue hace, uh, quince, veinte años."
"Veinte años exactos. Tenía yo veintitrés por aquel entonces; la misión consistía en interceptar una serie de mensajes entre su hijo y un misterioso desconocido del País del Hierro. Cuando nos dieron la misión, era de rango A..."
"Como decíamos nosotros, «rango A, de a saber», se carcajeó Jiraiya. "Por aquel entonces las misiones eran como las galletas de la fortuna: nunca sabías lo que te podía tocar, pero lo más seguro era que fuera algún tipo de desastre."
"¿Y eso por qué?", pregunté, pues me sentía genuinamente interesado por la historia de aquel mundo que apenas recordaba.
"Larga historia", dijo Jiraiya, para mi decepción. "Ya te la contaré."
"Pues vale, aguafiestas. ¿Y qué paso con aquella misión?"
Teuchi se frotó la barba que no tenía. "Pues, ahorrándote un montón de detalles innecesarios, resultó que el hijo de aquel noble tenía una aventura con la hija...no, la sobrina del general, de la cual debería añadir que ya estaba casada."
"Y embarazada", añadió Jiraiya, alzando las cejas con la palabra. "La duda era, de quién."
"Vaya."
"Te puedes imaginar la aberración diplomática que habría salido de ahí."
"Creo que puedo hacerme una idea."
"Nada más nos enteramos, informamos al Hokage, y la misión se convirtió en una de rango S. Como mi equipo estaba compuesto de un ninja de élite y tres de rango medio, consideraron que necesitábamos refuerzos."
"¿Mandaron a otro equipo?"
"Me mandaron a mí", dijo Jiraiya, señalándose con el dedo pulgar. "Yo era los refuerzos."
"La misión era la siguiente: había que contactar con ambas partes, y persuadirles de que desistieran con aquella relación. Todo eso en completo silencio, por supuesto."
Teuchi sorbió el té en un largo trago. Y prosiguió.
"Nos hicimos pasar por monjes, los cinco. En el País del Hierro hay un templo, muy antiguo, y muy conocido. Muchos peregrinos van a verlo. Aquel año coincidía con una gran peregrinación, que se celebra cada siete años y tiene su origen en...da igual."
"Así que nos mezclamos entre los peregrinos", dijo Jiraiya, "y entramos sin problemas. Pero una vez dentro, el lugar estaba atestado de guardias. Y cuando digo atestado, no exagero: aquello parecía un avispero." Sorbió sus fideos: ya le quedaban pocos. Tragó, y siguió hablando. "En el País del Hierro, Naruto, no hay muchos ninjas. Lo que hay son samuráis. ¿Recuerdas lo que es un samurái?"
"No", respondí. "¿Qué son?"
Jiraiya meditó un segundo, dando golpecitos con el canto de sus palillos contra la mesa. "Se podría decir que son el peso que equilibra la existencia de los shinobi. Son guerreros consumados, expertos en el uso de la espada y el arco. Muy difíciles de eliminar sin el entrenamiento adecuado."
"¿Incluso para ti?", pregunté.
Él se encogió de hombros. "No, para mí no."
"Me lo imaginaba", dije, dándole un trago al caldo. "Supongo que habrás derrotado a muchos."
"No tantos. Suelen mantenerse al margen de nuestros asuntos, a menos que no les quede otra opción."
"¿Son pacíficos?"
"Son inteligentes. Pero eso no significa que sean débiles."
"Entiendo. ¿Alguna vez...?"
"¿...luchaste con ellos? No. Al menos, hasta donde yo sé." Jiraiya parpadeó. "Ahora estoy preocupado", dijo, e inclinándose en la barra, se dirigió a Kakashi: "¡Kakashi-san! ¿Tu equipo se ha enfrentado a algún samurái?"
Iruka se echó hacia atrás para que los otros dos pudieran hablar. Él también se había acabado su cuenco de ramen, y apoyaba una de sus manos en la tripa, dando todo el aspecto de estar satisfecho. La coleta colgó en el aire cuando el chūnin miró al cielo con una sonrisa bobalicona.
Me resultó divertido comprobar que Kakashi —que también había terminado de comer— volvía a llevar puesta la máscara que le cubría la cara. ¿Por qué tanto secretismo? ¿Ocultaba algo? Decidí, medio en broma, medio en serio, que algún día lo descubriría.
Kakashi atrapó uno de sus blancos mechones, rectos y largos como juncos, y lo movió entre sus dedos. "No", dijo distraídamente. "Nos hemos enfrentado a shinobis, matones, mercenarios, a bestias salvajes, asesinos, lo típico, pero nunca a un samurái. Yo mismo tampoco lo he hecho, no desde la guerra, al menos."
"En realidad, Kakashi-sensei", dijo Sakura, a la que no había oído hablar durante toda la comida. Desde mi asiento no podía ver el contenido de su cuenco, pero como sostenía los palillos, supuse que no habría acabado. "Eso no es cierto. Sí que nos hemos encontrado con samuráis. Con dos de ellos. Eran los guardaespaldas de ese hombre, Gatō. En el País de las Olas. ¿Recuerdas?"
A mí todo eso no me sonaba de nada, pero Kakashi asintió, así que debía de ser verdad. "Ah, sí, aquellos dos rōnin. No parecían la gran cosa, pero supongo que cuentan como samuráis. Tienes buena memoria, Sakura."
"Vaya, vaya, Kakashi-san", dijo Jiraiya, apoyándose en la barra. Su cabello, blanco y larguísimo, parecía muy fuera de lugar, muy salvaje, para aquella modesta comida. "Ese detalle no lo conocía."
El jōnin sonrió, o al menos lo hicieron sus ojos. "No lo consideré importante. Eran bastante débiles."
"No te apoyes en la mesa", murmuré, mirando a Jiraiya, más por rencor que por cualquier otra cosa.
"Lo que está mal es apoyar los codos", respondió, y cuando le pregunté por qué, dijo: "Simplemente, es así", lo cual me pareció una santa gilipollez. Pero qué le ibamos a hacer.
Más allá de la barra, Teuchi se aclaró la garganta.
"Ya nos hemos desviado bastante", se disculpó Jiraiya, sonriendo a su amigo. Los ojos, y las comisuras de los labios, se le arrugaban al sonreír. Le daban un aspecto benévolo, amable. "A ver, por dónde íbamos..."
"Os habíais infiltrado en el País del Hierro, vestidos como monjes", dijo Tayuya, sin levantar la cabeza, y con la boca medio llena.
El cerebro de Jiraiya tardó un poco en procesarlo. "Ah, gracias...", empezó a decir, pero luego se detuvo, y alzó las cejas, mirando a la chica, todos la mirábamos, y eso acabó por molestarle.
"¿Qué?", protestó, enfadada, y algunos fideos se le cayeron desde la boca al cuenco. "Hiciste una pregunta."
El viejo apretó los labios, frunciendo el ceño a la vez, y tomó algo de aire, como si fuera a responder, pero se lo pensó mejor, y siguió con su relato.
"Si lo recordáis, nuestro objetivo era la sobrina del general del País del Hierro. Pues bien, allí, los miembros de las familias nobles, en especial los hombres, participan activamente en la vida religiosa de los lugareños. Acuden a todo tipo de eventos, fiestas religiosas, y rituales, y aquella no iba a ser una excepción: tanto aquella mujer como su marido, pobre diablo, se hospedaban en un onsen cercano al templo. Por supuesto, el lugar estaba muy protegido por samuráis: entrar habría sido una mala idea. Nuestra mejor baza era continuar con nuestra tapadera, y actuar como monjes. Pero llegó el primer día de las celebraciones, y nos fue imposible acercarnos a ninguno de los dos."
Muy tranquilamente, Teuchi cogió una botella, unos vasos, y los fue poniendo sobre la mesa. "¿Sake?"
"Por supuesto", respondió Jiraiya, pero tanto Iruka como Kakashi se negaron educadamente. Sakura se limpiaba la boca con una servilleta. Lo hacía de una manera muy pulcra, muy calculada. Supuse que tendría unos modales excelentes, aunque, todo sea dicho, no estaba muy seguro de qué implicaba esa etiqueta.
Con un gesto de curiosa elegancia, el Sannin tomó un largo trago del vaso de sake.
"Así que el segundo día, a Teuchi-san se le ocurrió una idea." Jiraiya estrechó los ojos, y arrugó un poco el gesto, imitando a su amigo: "Mañana se celebrará un banquete fuera del templo. ¿Y si me infiltro entre los empleados de las cocinas? Al fin y al cabo, ellos también servirán a los nobles."
Recuperando su habitual expresión, se terminó el vaso, y en lo que bebía, su amigo siguió el relato. "Por aquel entonces, yo ya tenía el Ichiraku en marcha."
"¿Eras shinobi...y cocinero?"
"Qué te voy a decir, siempre he adorado la cocina. Y ayudaba a pagar las facturas. Así que cuando estaba de misión, lo dejaba a cargo de mis empleados, y cuando no, trabajaba con ellos. Mi experiencia hizo que la infiltración resultase sencilla, y aquel mismo día, logré hacer contacto con la sobrina del general."
"¿Y qué le dijo", preguntó Iruka, pues ahora todos escuchábamos con interés la historia.
"Que no tenía de idea de lo que le estaba contando."
"Típico", suspiró Kakashi.
"Ah, veo que lo has entendido", sonrió Teuchi, quien también bebía sake, sólo que mucho más despacio que Jiraiya. A mi izquierda, Iruka chasqueó los dedos, como dándose cuenta de algo, y después de él, Sakura abrió los labios en un gesto parecido. Yo me miré con Tayuya, quien parecía tan perdida como yo, y me encogí de hombros de manera cómplice. Ella me miró mal. Bruja.
"No lo pillo", admití.
"Pues verás, Naruto", dijo Jiraiya, removiéndome el pelo con una mano. "Resulta que en este mundo, la gente miente más que habla. Teuchi-san, otro vaso, por favor." La bebida fluyó como un riachuelo hasta el vaso, y luego nada. "Gracias. A ver, ¿recuerdas al noble del principio? ¿Al que encargó la misión? Era un traidor."
"¿Un traidor?"
"Eso he dicho. Aquella mujer no tenía ningún amante, ni había escrito ninguna carta. De hecho, era una esposa modélica, muy fiel, y muy simpática, por cierto. Cuando le hablamos del tema, casi se desmaya ahí mismo. Hasta me da pena recordarlo." Jiraiya estiró los dedos de la mano, e hizo como si alguien se cayera de plancha al suelo. "Pero aunque no supiera nada, sí que nos dijo una cosa muy interesante: su marido, quien por lo demás siempre había sido maravilloso, se había estado comportando de manera extraña últimamente. Más que extraña, de manera sospechosa. Volvía muy tarde a casa, y de vez en cuando, cuchicheaba por las esquinas. Un día, nos dijo, ni siquiera volvió a casa, y cuando apareció, lo hizo pálido, sudoroso, y de muy mal humor. Ella le preguntó qué había pasado, claro, y él se negó a darle una respuesta."
El sonido de una bicicleta pasó rodando a nuestras espaldas. A medida que se acababa la hora de comer, el ambiente de la calle se animaba. Las personas hablaban las unas con las otras, y los niños gritaban juegos en el aire fresco. Yo sonreí, y me sentí mejor. Debía de haber algo bueno, algo astringente en aquel lugar. El runrún de mis preocupaciones enmudecía, y estando así, con las tripas llenas, con las tripas calientes, no sentía la presencia, ni los susurros, del monstruo.
"Por supuesto, ella creía que su marido la engañaba con otra." Otro trago, y otro chorrito llenando el vaso. "Pero esa era la respuesta fácil, y la verdad difícilmente lo es, así que nos dispusimos a hablar con aquel hombre. Como se nos acababa el tiempo, y también la paciencia, no fuimos tan amables con él."
"Jiraiya-san lo colgó del techo con una cuerda, y le dijo que lo iba a matar a palos", rió Teuchi, sus mejillas enrojecidas por el sake.
Yo le miré a él, y luego a Jiraiya. "¿De verdad le dijiste eso?"
"Y algunas cosas más", dijo él. "De joven no era tan amable como lo soy ahora. Cosas de la guerra."
"Y de las hormonas", se burló Teuchi, y su amigo le puso los ojos en blanco.
"Supongo que hablaría."
"Pues claro. El pajarito cantó todas sus melodías. Y para cuando terminó, todas nuestras sospechas se habían confirmado."
"De modo que corrimos de vuelta a donde estaba su mujer, y con buen criterio habíamos dejado a nuestros tres compañeros con ella, pues de lo contrario, habría muerto."
"Aquel día, se produjeron hasta quince atentados contra su vida", explicó Jiraiya. "Y al llegar al último, sólo quedábamos Teuchi-san, su líder de equipo, y yo. No nos quedó otra opción que contactar con el general del País del Hierro y explicarle todo el asunto, deberías haberlo visto, se puso como una furia. Pero fue la decisión correcta." Jiraiya vació el vaso, y cuando Teuchi le ofreció otro, negó con la cabeza. "Mejor no. Tengo que trabajar luego", dijo, casi decepcionado. "El general puso a su sobrina a buen recaudo, y nos dijo que haría la vista gorda ante nuestra presencia, pero sólo si solucionábamos lo que fuera que estuviera pasando en aquel lugar."
"¿Y qué era lo que estaba pasando?", pregunté.
"Asesinos", dijo Teuchi.
"Asesinos", asintió Jiraiya. "Por aquellos tiempos existía una secta muy popular, los Hijos del Fuego. Ya no se oye de ellos, pero en mi juventud, estaban por todas partes, y causaban todo tipo de problemas. Sus actividades iban desde la extorsión hasta el terrorismo, pasando por magnicidios, palizas, robos, y muchos, muchos incendios. En Konoha no se les ve desde que el Cuarto Hokage destruyera su cuartel general, menos mal. Eran unos tipos muy desagradables."
"Tanto el noble que nos encargó la misión como el marido de aquella mujer eran miembros de la secta", dijo Teuchi. "Su objetivo era asesinar a la sobrina del general mientras nosotros estuviéramos en los alrededores."
"Para culpar a Konoha", asentí.
"Para culpar a Jiraiya-san", me corrigió el cocinero. "Durante la guerra, los Sannin ganaron una increíble fama, superior incluso a la de algunos kages. Su presencia, sumada a la del Tercer Hokage, provocó que todo el mundo shinobi estuviera muy, muy pendiente a las acciones de Konoha. Tienes que entender que las aldeas ninjas siempre desconfían las unas de las otras, y en aquellos momentos, la Hoja estaba muy cerca de ser invencible. Todos estaban muy nerviosos al respecto."
"Los Sannin no teníamos muy buena fama en las demás aldeas", suspiró Jiraiya. "Éramos fuertes, pero también jóvenes, y la guerra nos volvía impulsivos, violentos. Cometimos algunos errores lamentables."
"Lamentables, pero necesarios", dijo Kakashi, muy serio.
El viejo rió amargamente. "¿Lo fueron?", preguntó al aire. "Yo no estoy tan seguro. Pero sea como sea, nuestras acciones, y en especial nuestras victorias, se estaban volviendo demasiado notorias, demasiado amenazadoras para las otras naciones. Que uno de los Sannin se atreviese a asesinar a una noble del País del Hierro sería visto, sin duda, como algo inaceptable. Sería como admitir que Konoha menospreciaba a las demás aldeas, cosa que, debo admitir, hacíamos. El mismo noble que propuso la misión pagó extra para que se me incluyera en ella. Eso era algo común, como una garantía de éxito, así que no sospechamos de él. Y casi nos cuesta una guerra."
"Con la sobrina del general a buen recaudo, y con su marido encarcelado, la situación estaba bajo control", dijo Teuchi. "Así que nos dispusimos a volver a Konoha. Pero entonces, el general volvió a hacernos llamar. Tenía una misión para nosotros. Uno de sus informantes le había revelado la existencia de una base de los Hijos del Fuego en el corazón mismo del País del Hierro, y quería que acabásemos con ella."
"Pero sólo érais tres", dije yo. "¿Cuánto tardaron en llegar los refuerzos?"
El cocinero negó con la cabeza. "Mi líder de equipo y yo volvimos a Konoha, y dejamos el asunto a Jiraiya-san. Mientras él se encargaba de la base, nosotros informamos al Hokage..."
"Espera, espera", interrumpí. "¿Le dejásteis solo?"
"Sí."
"¿En serio?"
"Sólo le habríamos estorbado."
Miré a Jiraiya, él se encogió de hombros. "Acabé con todos", dijo.
"Una base entera."
"Era una pequeña. Cincuenta, sesenta shinobis. Nada del otro mundo."
Alcé las cejas. "Ya, claro."
"No es para tanto", murmuró Tayuya, y aunque lo hizo para sí misma, todos pudimos oírlo.
El sonido de una palmada me sobresaltó. Las dos manos de Teuchi, gruesas y morenas, se restregaron la una con la otra. "Se está haciendo tarde", dijo alegremente. "¿No tenías algo que hacer, Jiraiya-san?"
"¿Me estás echando?", bromeó Jiraiya, pero luego dijo: "Tienes razón", e hizo ademán de levantarse.
"Oye, no habéis terminado la historia", protesté. "¿Que pasó después?"
Teuchi me guiñó un ojo. "Te lo contaré la próxima vez que vengas."
"Eso es juego sucio."
"Hay que asegurarse la clientela."
La enorme figura de Jiraiya se puso en pie a mi lado, se sacó unos billetes de las ropas, y los dejó encima de la barra. "Hoy pago yo. No os acostumbréis", dijo, y luego tiró otro billete más. "Esto de propina, por los recuerdos."
"Muchas gracias, Jiraiya-san", dijo Teuchi, con una gran sonrisa. "Que tus bolsillos sigan así de abultados, por tu bien, y por el de mi negocio."
"No hacía falta", dijo Iruka, pero como tampoco hizo nada al respecto, supongo que tan solo fue una formalidad. Con lo sencillo que sería decir gracias, pensé. ¿Es necesaria tanta modestia?
Por su parte, Kakashi sólo sonrió un poco, más bien sólo achicó los ojos, y se levantó del taburete como si sus huesos fueran metálicos. Todavía parecía magullado, y cansado, y de vez en cuando, me daba la impresión de que no le hacía mucha gracia estar ahí. Era como si quisiera estar en otra parte, pero yo no sabía dónde.
Así que nos despedimos de Teuchi, y también de aquella chica cuyo nombre no recuerdo, y volvimos al mundo exterior, a la calle, ahora muy llena, muy viva, y mucho más ruidosa. Los niños pasaban zumbando a nuestro alrededor, riendo por el mero hecho de estar vivos. Los mercaderes vendían manzanas, uvas, naranjas, melones, y también zanahorias, lechugas, tomates, puerros, cebolletas; y también carne, pescado, cerámicas, espadas. Unas calles más allá había un pequeño callejón, casi oculto tras un montón de cajas de madera, y mucho más tarde aprendería que allí se vendían mujeres. Pero en ese momento, yo sólo vi un callejón.
El primero en irse fue Kakashi. Nos dijo que tenía una misión que completar, y cuando le pregunté cuál, me dijo que era un secreto. Caminó un poco más con nosotros, pero de un momento a otro, ya no estaba ahí. Me estaba empezando a cansar que todo el mundo hiciera eso.
Luego fue el turno de Iruka, y él fue más claro: tenía que corregir una montaña de exámenes. Así que se despidió de nosotros, sonriéndonos a todos, incluso a Tayuya, y a mí me puso la mano en el hombro. "Nos veremos pronto, Naruto", me dijo de una manera muy cálida, casi paternal, y yo no supe cómo responderle. Así que asentí. Asentí y sonreí un poco, y supongo que eso debió de bastar. Le vi caminar en dirección a la Academia, y cuando hubo recorrido unos metros, él también desapareció, dejando un pequeño vacío detrás.
"¿Y ahora, qué?", pregunté a Jiraiya.
"Ahora, el plan", sonrió él. Caminaba despacio, pero cada uno de sus pasos equivalía a dos de los míos, así que para llevar su ritmo, me veía obligado a andar de una manera un tanto incómoda. "Ya os dije antes que los siguientes Exámenes serán en un mes. ¿Tenéis alguna idea de cómo afrontar el asunto?"
"La verdad, no lo he pensado", dije yo.
"Tendremos que entrenar duro", dijo Sakura.
"Pf", bufó Tayuya.
El viejo rió por lo bajo.
"Ya os digo yo lo que hacer", y anticipándose a mi pregunta, añadió: "Porque soy más viejo, más sabio, y más guapo que tú", y me pellizcó la mejilla, riéndose cuando me revolví como un pescado fuera del agua. "Tenéis un mes. Eso son cuatro semanas. Treinta días. Veintinueve, de hecho. Depende de cómo os organicéis, puede ser muy poco tiempo, o toda una eternidad. Y yo estoy aquí para hacer que cada día cuente. Así que escuchad."
Chasqueó los dedos, dejando el índice recto, y apuntando hacia mí.
"Naruto, tú empezarás con Iruka-san. Durante una semana, practicaréis las habilidades básicas de los shinobis, especialmente las relacionadas con la batalla, ya sea directa, o indirecta." Doblamos una esquina, y seguimos caminando. "Es posible que consiga la ayuda de algún otro tutor. Ya tengo alguno en mente."
"¿Y después de esa semana?"
"Para entonces, Kakashi-san ya debería estar de vuelta. Si lo está, te enseñará aspectos más avanzados del combate; en caso de que no haya vuelto, buscaremos a otro que lo sustituya; en todo caso, será otra semana. Y cuando esa semana acabe, entrenarás conmigo."
Mis labios formaron una enorme sonrisa. "Genial." Si Jiraiya era tan poderoso como decían, sin duda conocería todo tipo de técnicas y trucos que me harían poderoso a mí también. Claro que no sabía cuáles.
"Iruka-sensei me enseñará las bases, vale. Y Kakashi-sensei, algo más...avanzado." Jiraiya asintió. "¿Qué me enseñarás tú?"
Él esperaba aquella pregunta. Lo supe. Lo presentí.
"Yo te enseñaré a ser el mejor", dijo. Se le quedó la expresión más chulesca del continente. Una sonrisa lupina que se le marcaba en las mejillas. Las patas de gallo arrugaban su expresión como un mapa de cuero. Me soltó una palmada en los hombros que casi me desmonta el esqueleto. Y entonces, de repente y muy rápido, añadió: "Pero hasta entonces, entrenaré a Tayuya-chan."
Ella le miró, alarmada. "¿Qué?"
"Tengo mucho que enseñarte, joven genin", respondió él, muy risueño, mientras la miraba de reojo. Tayuya caminaba un poco por detrás de nosotros, con cuidado de colocarse siempre en el lado opuesto del que estaba Sakura. Cuando ambas chicas se miraban, saltaban chispas, así que agradecía que tomara ese tipo de precauciones.
"De eso nada", gruñó ella. "No necesito ayuda para apalear a un par de niñatos."
"Claro que sí, vieja", le respondí. "¿Qué tienes, ochenta años?"
"Lo que tengo es ganas de partirte la cara", dijo, y ambos nos detuvimos en medio de la calle, echando chispas por los ojos.
"Serás...", empecé a decir, pero Sakura se interpuso entre nosotros.
"Inténtalo", murmuró, lívida. "Ponle una mano encima, y..."
"Ya basta", dijo Jiraiya, deteniéndose también. "Una palabra más, y estaréis en problemas."
Cuando se enfadaba, no sólo lo notabas en su voz, sino también en el aire. Casi que temblaba. Se te ponía el vello de punta, y las pelotas en la garganta. No es una sensación que quieras tener, créeme. Ellas tampoco. Sakura y Tayuya respiraron hondo, y obedecieron a Jiraiya.
"Muy bien. Ahora, sigamos", dijo él, dándonos la espalda y reanudando su paseo. Tuvimos que acelerar un poco para alcanzarle, y para cuando lo hicimos, el ambiente estaba tan pesado que podría cortarse con un kunai.
"¿Por qué tú?"
Tayuya fue la primera en hablar, lo cual me sorprendió, aunque más lo hizo su tono: por una vez, su voz sonaba libre de agresividad.
El Sannin tardó en responder.
"Da la casualidad de que domino el genjutsu acústico, el cual es tu especialidad", dijo, después de un rato. "Y también soy experto en fūinjutsu, con el que probablemente seas muy compatible. Ya sabes algo de técnicas de sellado, ¿verdad?"
"Puedo usar algunas."
"Eso es. Ignoro por qué Orochimaru no ha explotado tu talento como Uzumaki, pero supongo que ahora no importa. Yo te enseñaré lo necesario."
"¿Conoces las técnicas de los Uzumaki?", pregunté, con interés.
"El fūinjutsu es una de mis especialidades. Cualquiera que lo estudie en profundidad, estudiará también las técnicas de tu clan. Claro que una cosa es conocerlas, y otra, dominarlas como ellos lo hacían."
"Hablas en pasado."
"No quedan muchos Uzumaki que practiquen las antiguas artes", dijo él. "De hecho, yo sólo conozco a uno."
"¿Me lo presentas?"
"¿Por qué?"
"Quiero conocer a otros como yo."
"Me sorprende que ahora te interese tanto tu apellido."
"Ahora me interesan muchas cosas. Como esas técnicas de sellado."
"Fūinjutsu."
"Eso. Quiero que me lo enseñes."
"¿Por qué?"
"¿Cómo que por qué? Soy un Uzumaki."
"También eres Naruto. Eres algo más que un apellido."
"Aún así."
Jiraiya dobló otra esquina, y le seguimos. Se detuvo frente a un edificio de unos cuatro pisos, cuadrado, gris, y bastante feo. La calle donde se encontraba era igual de fea, si no más. El portal estaba sucio, y el cubo de basura que había por fuera estaba hasta arriba de bolsas negras, y las que no cabían, estaban apoyadas por fuera. Un chucho marrón olisqueaba una de ellas, mirándonos de cuando en cuando con desconfianza.
"¿Donde estamos?", pregunté.
"Vives aquí", respondió Sakura.
"No me jodas."
"Naruto, el lenguaje", me dijo Jiraiya en tono cansado. "Ya hablaremos sobre las técnicas de sellado. Primero, completa los entrenamientos con Iruka-san y Kakashi-san."
"Está bien", acepté, analizando el edificio. Tenía una pinta deprimente.
"Disculpe", dijo Sakura. "¿Y qué hay de mí?"
Cada vez que se dirigía a Jiraiya, lo hacía con un cuidado que asustaba. ¿Era ella muy educada, o él muy importante? ¿O eran ambas cosas?
El viejo le dedicó una cálida sonrisa. "No me he olvidado de ti, Sakura-chan", dijo, mientras hurgaba en los diversos bolsillos de sus ropas. "Dónde...", murmuró para sí, antes de sacar un pequeño llavero de alguna parte. "Ah, aquí está. Bien." Y luego, dirigiéndose a la chica: "Dime, he oído que eres una admiradora de Tsunade. ¿Es eso cierto?"
Fue divertido ver cómo sus mejillas se ponían del color de los tomates.
"¿Cómo lo...?", empezó a decir, pero debió de darse cuenta de la futilidad de la pregunta, porque enseguida admitió: "Si, es cierto. He leído mucho sobre ella. Cualquier kunoichi querría ser como Tsunade-sama."
Tayuya puso los ojos en blanco. Pero no le hicimos caso.
"Sin duda, sin duda", asintió Jiraiya, divertido. "Es natural que sientas admiración por ella. Lo cierto es que te pareces a Tsunade cuando era joven, ¿sabes? Más joven, quiero decir. Menos mal que no me ha oído."
"Vaya, gracias...", dijo ella, poniéndose más roja todavía.
"De hecho, después de que le hablara extensivamente de ti, ella pensó lo mismo", añadió él, su sonrisa más ancha que antes. "Y aunque sus obligaciones actuales se lo impiden, no le importaría enseñarte en un futuro."
A la pobre le iba a dar un algo. "Muchas gracias", murmuró, y luego, como por arte de magia, como parte de un hechizo, su rostro se iluminó en una bellísima sonrisa.
"No hay de qué", respondió Jiraiya, claramente satisfecho. "Pero teniendo en cuenta el estado de la aldea, todavía queda tiempo para eso. Así que tras insistir un poco, he conseguido que Tsunade nos preste a nuestra querida Shizune-chan. Será ella la que te entrenará durante todo el mes. No te preocupes: es una kunoichi muy capaz, y una persona excelente."
Ella volvió a agradecérselo, y era curioso verla tan ilusionada. Parecía que la noticia le había robado mil sombras de la cara.
"Seguro que esta oportunidad te resultará muy provechosa", añadió Jiraiya. "Además, comenzar tu entrenamiento como ninja médico con Shizune-chan es una buena idea. Me da la impresión de que si te entrenases únicamente con Tsunade, te podrías volver como ella." Lo dijo casi con un escalofrío. Uno sólo podía imaginar qué clase de horrores habría presenciado aquel hombre. "La Hoja...no, el mundo ya tiene suficiente con una Tsunade."
Sakura sonrió. Me gustaba que lo hiciera.
El llavero voló por el aire, y volvió a aterrizar en la mano de Jiraiya. "Bien, ahora que hemos hablado de vuestro entrenamiento, pasemos a lo siguiente. Vuestras obligaciones morales."
Le miré sin entender.
"Chōji Akimichi. Neji Hyūga. ¿Te suenan de algo, Naruto?"
A Sakura se le borró la sonrisa de la cara.
"Ni idea", dije, de repente preocupado.
"Son dos de tus compañeros. Participaron en el rescate de Sasuke Uchiha, y quedaron gravemente heridos durante la batalla con los Cuatro del Sonido. Al igual que tú, sólo salvaron la vida gracias al talento de Tsunade, pero a diferencia de vosotros, Uzumakis, no poseen ningún tipo de habilidad regenerativa. Así que siguen ingresados en urgencias."
"No sé qué decir", admití. "Diría que lo siento, pero no les conozco."
"Lo hacías."
"Lo hacía Naruto", le corregí. "Yo no lo hago."
"Que digas eso me preocupa", dijo Jiraiya. "Les recuerdes o no, te conviene visitarlos, Naruto. Las buenas acciones no desaparecen cuando uno las olvida."
Lo pensé un momento. Luego asentí. "Eso lo entiendo."
"Al menos es más sencillo razonar contigo ahora", suspiró Jiraiya. "Ahora vamos a subir a tu casa. Así podrás limpiarte un poco. Y cuando termines, volveremos al hospital. No me pongas esa cara, a mí tampoco me gustan los hospitales. Los hospitales sólo gustan a los médicos."
"Yo también quiero asearme", dijo Sakura. "Iré a mi casa. Nos vemos en el hospital, ¿vale?"
Así que acordamos la hora aproximada, y luego nos despedimos de Sakura. Su cabello rosado desapareció entre las calles mientras Jiraiya nos guiaba a través de las estrechas escaleras del edificio de apartamentos. Allí todo olía a polvo y decadencia. ¿De verdad era aquel mi hogar? ¿Por qué vivía en un lugar así? ¿Por qué estaba todo tan lleno de mierda? Aquel lugar me molestaba. Subí en último lugar, por detrás de Tayuya, y la observé ascender las escaleras con curiosidad. El cabello rojo se le escapaba por los hombros como lava por un volcán. Me pregunté si algún día podríamos hablarnos sin querer partirnos la cara, pero no estaba muy seguro de que fuera posible.
La mano de Jiraiya se giró en un semicírculo, y la puerta del apartamento se abrió hacia dentro. Entramos. Era uno de esos lugares que se describen como «pequeños, pero funcionales», aunque yo prefiero llamarlos «angustiosos.» La entrada daba a un pequeño salón con cocina, y a la derecha, había un pequeño pasillo que debía dar a las habitaciones. En el salón había un sofá azul oscuro, y al lado de éste, una mesita de café donde había un jarrón con flores blancas. Junto al jarrón descansaba un protector como el que yo llevaba al cuello. Tenía grabado el símbolo de la Hoja, pero alguien lo había tachado con una honda línea en horizontal. Un poco más allá, junto a la ventana, había dos sacos llenos de pelotas de goma. Parpadeé, pensando quién necesitaría tantos de esos trastos, y cerré la puerta tras de mí. El aire en el apartamento olía a lavanda, pero con ese deje artificial, falso, de los productos de limpieza. Pasé la mirada por todo aquel salón, por las finas cortinas, por los imanes en la nevera blanca, y de pronto me inundó una profunda y pesada sensación de desamparo.
"Bienvenido a casa", me sonrió Jiraiya, pero aquel lugar podría pertenecer a cualquier persona. A cualquiera, menos a mí.
