CAPÍTULO 11: HONESTIDAD

La chica del pelo rojo cruzó las piernas sobre el sofá y se apoyó en el respaldo. Miraba fijamente al techo como quien pide ayuda a los dioses del cielo. Le dije que si quería algo, y respondió que de mí, no. Que te jodan, criatura, le dije yo. Vuelve al infierno del que viniste. Ella me sacó el dedo. Yo hice lo mismo. Esa era nuestra relación.

El viejo con los ojos cansados abrió las cortinas, y luego la ventana. Fuera, estaba nublado. Fuera, hacía un tiempo de mierda. ¿A dónde se habría ido el Sol? Los edificios de en frente eran más bajos que éste, y se les veían los tejados, y los cables negros que colgaban entre éstos. En algunos había antenas redondas y sucias, y en uno, a lo lejos, una señora tendía un montón de calzoncillos tan grandes como los que llevaría un ogro. Cerca de mi ventana había un poste de teléfono, estaba tan cerca que daban ganas de saltar sobre él y hacer equilibrios como un payaso. Pero un cuervo se posó antes; era un cuervo gordo y feo, desplumado, y tenía los ojos más oscuros que la misma muerte.

El animal graznó, y en mi cabeza aparecieron palabras. Y esas palabras fueron horribles, y se sintieron como martillazos en mi corazón.

"¡Sal de aquí!", le grité, agitando los brazos por fuera de la ventana. "¡Maldito bicho, ve a molestar a otro!" Y el pájaro chilló, asustado, pero en cuanto me alejé un poco, volvió a posarse en el poste, mirándome de perfil.

"¿No te gustan los cuervos?", me preguntó Jiraiya, sentándose en el sofá. Su contundente figura se cogía mucho espacio, pero Tayuya se alejó mucho más del necesario. "Son unos animales muy inteligentes, sabes. Se acuerdan de las caras de las personas que les molestan, incluso si han pasado años. Y les dicen a otros cuervos quiénes son peligrosos, y quiénes no lo son."

"Me molesta cómo me miran", respondí yo. "Da la impresión de que saben demasiado."

"Ah, porque lo hacen", dijo Jiraiya, mirando hacia la ventana, desde donde el cuervo graznaba, pletórico en su libertad. "Hay quienes dicen que los cuervos más viejos aún se acuerdan de los dioses. Que hablan con ellos, y trasmiten los conocimientos a su progenie. Por eso entienden nuestras palabras, y escrutan de cerca nuestros corazones."

La voz de Tayuya me cogió por sorpresa. "Al principio, los cuervos eran blancos", dijo, y su voz sonó suave y decorada, como recitando una historia. "Pero nacieron con el poder de reflejar los deseos de los corazones humanos. Estos deseos, que en un principio eran puros e inocentes, pronto se volvieron oscuros y egoístas. El plumaje de los cuervos se volvió negro como el ébano, porque los deseos de los hombres también lo eran. Por eso nos observan con desconfianza, y por eso se alimentan de nuestros cuerpos, en venganza, cuando nos matan las guerras o la enfermedad."

Hubo otra frase, pero murió al poco de comenzar, y para ser franco, no la recuerdo. Ella suspiró, luego nos miró, y frunció el ceño. Lo hacía mucho: se le acabaría quedando la frente así.

"Esa es una vieja historia", dijo Jiraiya, apoyándose en la ventana. Los mechones blancos caían a su espalda como las alas blancas de un cisne. "¿Dónde la has oído?"

"Teníamos mucho tiempo libre entre las misiones", dijo ella. "Orochimaru-sama nos dejaba libros de cuando en cuando. Era la única manera que tenía de pasar el tiempo. Eso, y mi flauta."

"¿Ahora sí hablas?", le pregunté yo, rencoroso.

"Es aburrido estar callada todo el tiempo", dijo ella. "Te darías cuenta si cerraras el pico alguna vez."

Estuve a punto de enfadarme, pero preferí suspirar. "Mira, lo siento. Me gustaría llevarme bien contigo. Pero me lo pones muy difícil, Tayuya."

"Yo no quiero ser tu amiga."

"¿Y tú crees que yo sí? Me caes mal. Eres antipática y desagradable." Me bajé la cremallera de la chaqueta de un solo tirón, y me quedé con el tirador en la mano. "Joder. Mira, Tayuya, te guste o no, somos familia, y también compañeros de equipo. Nos conviene llevarnos bien. Puede que no nos soportemos, pero al menos podemos intentarlo."

Le lancé el tirador, y ella lo atrapó en el aire. "No me vengas con esas", dijo. "¿O acaso esperas que me lo trague? Todo ese papel del buen chico. Del familiar preocupado. Nadie se lo cree, rubito. Nadie es tan ingenuo."

"No es ningun papel. De verdad me..."

"¡Por el Dios, déjalo ya!", me interrumpió, dejando caer el tirador en la mesa. "Me pones enferma. Tú no estás preocupada por mí, Naruto. Lo que pasa es que estás perdido, y estás solo, y no sabes qué hacer. No tienes ni puta idea lo que pasa, no tienes ni puta idea de quién eres, y te conviene tener amiguitos que te cubran las espaldas. No sabes dónde meterte, y por eso le das tanta importancia a un puto apellido. Porque no tienes nada más. ¡Y a mí me importa una mierda!", me gritó de repente, apoyando los pies en el suelo, pero entonces apretó los labios, y se calmó. "Estoy dispuesta a trabajar contigo, Naruto. Quiero conservar mi vida. Pero no esperes que te ría las gracias, ¿lo captas?"

"Claro como el agua", gruñí, dejando la chaqueta sobre el espaldar del sofá. "Que no se diga que no lo he intentado."

Tayuya volvió a cruzar las piernas, y miró el hueco que quedaba entre ella. "Lo sé. Pero no lo intentes más."

Solté un gruñido de frustración. Estaba harto de ella.


"Si ya habéis terminado", dijo Jiraiya, cogiendo una de las pelotas del saco de la izquierda, "y espero que así sea, hacedme el favor de escuchar un momento." Ambos le miramos, y la pelota, una cosa blanda y desagradable al tacto, voló directa hasta la palma de mi mano, donde quedó atrapada.

La hice botar de una mano a la otra. "¿Qué es esto?"

"Tu entrenamiento", dijo él. "Es algo que ya hemos hecho antes, sólo que un poco distinto. Tienes dos sacos: uno está lleno de pelotas blandas, y el otro, de pelotas duras. Tendrás que hacer tres ejercicios con ellas."

Levantó el dedo índice. "Uno. Acumula chakra en la palma de tu mano, y hazlo girar en una esfera, como un remolino. Tiene que ser energía concentrada y constante: no puede desestabilizarse, o no servirá de nada. Poco a poco, aplica más y más chakra hasta que la pelota estalle. Esto debería ser sencillo con las pelotas blandas, y algo más complicado con las duras."

Levantó el dedo corazón. "Dos. Una vez hayas dominado esta parte, reduce la cantidad de chakra hasta hallar la cantidad máxima de chakra que puedes aplicar a una pelota sin que estalle. Esto debería funcionar al revés que el ejercicio anterior: es decir, fácil con las duras, y difícil con las blandas. Así que trabaja en orden inverso."

Levantó el dedo pulgar. "Tres. Cuando termines los ejercicios anteriores, quiero que hagas esto."

Jiraiya giró la mano hasta que quedó boca arriba, y sobre ella surgió una pequeña esfera de perfecto azul. Toda ella estaba formada de chakra, y giraba sobre sí misma a gran velocidad. "Esta técnica se llama Rasengan", dijo. "Y es momento de que vuelvas a aprenderla."

"Solías utilizar a tus clones de sombras para dar forma y estabilizar el chakra. Es una solución ingeniosa, pero insuficiente. Así que esta vez, tienes prohibido hacerlo. Quiero que aprendas la técnica al completo, para que cuando llegue el momento, puedas hacer esto."

Y el viejo giró la otra mano, y otro Rasengan, azul como los ojos en mi espejo, apareció sobre ella. "Una de estas es suficiente para dejar fuera de combate a casi cualquier hombre. Dos significa, en todos los casos, la muerte. Son dos fuerzas giratorias empujando al mismo tiempo, en direcciones opuestas. Una vez se unen..." Las esferas desaparecieron con una leve brisa. "...no se cancelan, sino que presionan, devastando carne y huesos. Esto es una técnica de rango S, y por lo tanto, es muy peligrosa. No la utilices a la ligera."

"No te preocupes. No me parece el tipo de técnica que usaría contra todo el mundo."

"Te sorprenderías. Ahora date una ducha, ¿quieres? A este ritmo, vamos a llegar tarde."

Así que asentí, y le devolví la pelota, con más intención de darle que de otra cosa. Pero el viejo era rápido, era ágil, y la atrapó sin dificultad, lanzándola por encima del hombro hasta que cayó en su saco, encima de las demás. "Una cosa más, Naruto", me dijo, haciéndome un gesto con la mano. "Acércate, acércate un momento." De pronto puso una cara muy seria, como si pasara algo, así que me acerqué a él.

Jiraiya levantó el brazo despacio, lo elevó por encima de mi pecho y de mi cuello y de mi rostro, y girando el dorso de su mano hacia mí, golpeó mi frente con los nudillos como si fuera una puerta.

"Eso ha dolido", protesté, dándole un débil puñetazo en el bícep. "Siempre me estás dando golpes."

"No te habría dolido si llevaras el protector como un shinobi normal. Por algo se llama protector, ¿entiendes? Porque protege. Hazte un favor, y cuando salgas, de la ducha, póntelo bien."

"¿Y tú qué?", dije, señalándole la frente. "¿Qué es eso? No es de Konoha. ¿Por qué pone Aceite? ¿De qué vas?"

"Mi caso es diferente."

"Eres un copito de nieve."

Jiraiya torció los labios, irritado. "Es el símbolo del Monte Myōboku."

"¿De dónde?"

"De Villa A-Ti-No-Te-Importa."

"Debe de ser un sitio importante, si puedes ir por ahí sin el símbolo de tu aldea."

"Lo es. Y ahora vete a ducharte, que puedo olerte desde aquí. Es esa puerta de ahí."

"Mira que te gusta guardar secretos", le recriminé, mientras caminaba hacia el pasillo. Pero antes de hacerlo, me detuve, y me incliné para coger el protector que había en la mesita junto al sofá. "¿Y esto qué es? ¿Mi antiguo protector?"

Lo vi colgar entre mis palmas abiertas como un libro, y supe que no era mío. Uno puede identificar las cosas que le pertenecen; tienen ese tinte personal e irremplazable, nuestra identidad se cierne sobre ellas, las engloba, las cubre como las alas de una mamá pájaro. Este protector no estaba cubierto por nada, sólo una fina capa de suciedad. Una honda línea recorría la parte metálica en horizontal, tachando el símbolo de Konoha. Entonces lo entendí.

"Era de Sasuke", murmuré. "Este era su protector."

"¿Lo recuerdas?", preguntó Jiraiya.

"No tendría sentido que fuera otra cosa", dije, acariciando el metal con los pulgares. "¿Lo has traído tú?"

"Sí. Pensé que querrías conservarlo."

"¿Qué han hecho con él?", pregunté, de repente. "¿Lo han enterrado?"

Jiraiya escogió sus palabras con cuidado. "Kakashi-san...quemó el cuerpo. Es el procedimiento estándar para este tipo de circunstancias. No debió de ser fácil para él. En ocasiones daba la impresión de que compartían una relación padre-hijo."

"Pero tuvo que haber un funeral, o algo."

"Sí. Se celebró en privado, mientras estabas inconsciente."

"¿Sin esperarme?"

"Algunas cosas hay que resolverlas lo antes posible."

"Imagino que no iría mucha gente."

"Sólo unos pocos."

"¿Sakura también fue, verdad?"

"Por supuesto."

Algo se encogió dentro de mí. "Claro. Seguro que fue duro para..."

Pero entonces, una imagen. Un fotograma. Un destello.

La cascada.

Las esculturas.

La carne abierta y roja.

Tosí. La frase se quedó en el aire.

Noté un sabor métalico en la lengua. Y entonces volví a toser, esta vez más fuerte. Me tapé la boca con la mano.

Cuando la separé, había algo rojo en la palma.

"¿Estás bien?", me preguntó Jiraiya, y yo asentí, cerrando la mano en un puño.

"Sólo me he atragantado", dije, no sin cierta dificultad. "¿Dónde decías que estaba el baño?"

"Por el pasillo. Primera puerta a la derecha."

Él me miraba con los ojos entornados. Yo hice lo posible por no echarme a correr.


Una vez dentro, las cosas fueron más sencillas. Cuando uno está solo, no es necesario mentir tanto; sólo hace falta lidiar con uno mismo. Dejé de apretar los dientes, y de fingir un rostro de plástico. La frente, empapada de sudor frío, se apoyó, más bien se clavó, contra la puerta. Cerré el pestillo. El clic resonó por todas partes, por mis oídos, por las cañerías, por los charquitos en el suelo. Estaba a salvo. Aún podrían oírme, pero nadie me vería gritar.

Grité sin sonido. La angustia marcó las venas en mi cuello, y el grito, ahogado, pugnaba por salir de mi garganta. Era un dolor intenso y seco. Como una bola de billar atrapada en la tráquea. Pero eso no era nada comparado con el ardor en mi estómago. Alguien me había arrancado las tripas, me las había dejado huecas.

Me quité la camiseta y la tiré a un lado. Ahí estaba: el sello en mi estómago. Los absurdos símbolos de mi condena. Podía verlo: se estaba borrando. Los trazos caían por mi pelvis como lo haría la tinta. El dolor era insoportable. Era inconcebible. Enloquecedor. Pero era más sencillo que estar ahí fuera. Tayuya tenía razón. ¡Por el amor de Dios, tenía razón!

Un latido, rojo, y todo se tiñó de este color.

Lo había intentado con todas mis fuerzas, pero no conseguía nada. Mis puños golpearon la puerta, una y otra vez, y luego fue mi frente, en brutales cabezazos que astillaban la madera, que chorreaban contra el suelo. Pero nada de aquello era real, yo lo sabía. Aquello no era mi apartamento, sino el agujero del zorro. Los arañazos en la puerta, producto de dedos bestiales, lo delataban. El goteo del grifo, resonando por el espacio-tiempo, lo delataban. Como lo hacía su presencia. El punzante olor a saliva. El jadeo como la tierra estremeciéndose. Y la voz. La voz en todas partes.

"Te he estado observando", dijo la voz, tan profunda que resonaba en mi pecho. "Te he estado observando ahí fuera."

"¿Y qué has visto?", repliqué yo, apretando la frente contra la áspera madera. Pero no hubo respuesta, sólo un largo silencio, y la respiración sistemática, tóxica, de aquella criatura. "Dilo", le exigí, y mis uñas, que ahora eran garras, rasparon surcos en la puerta.

"He visto a un joven morir, y luego dejar de hacerlo. He visto a un sanador convertirse en asesino, y luego en víctima. He visto el fuego en los ojos de ese joven. La libertad en su pecho, en sus palabras, en su espíritu. Le he visto luchar sin recuerdos, y reír sin motivos. Y entonces..." La intensidad de la voz era tal que me crujía en los tímpanos, que me doblaba la visión, que me revolvía el vientre. "Entonces le he visto rendirse ante poderes ajenos. Le he visto apretar los dientes, agachar las orejas, y encogerse de miedo. Le he visto obedecer. Escuchar cuando le piden que escuche. Saltar cuando le piden que salte. Como un soldado. Como un mocoso. Como un perro."

"Hice lo que pude para sobrevivir."

"Tuviste miedo. El miedo es comprensible, pero no lo es la sumisión. Y tú te sometiste. ¿Qué fue, si no, esa actitud? Te encogías al sentir su chakra. Callabas ante sus advertencias. Y sus palabras amables, ¿acaso te las creíste? ¿Creíste que desean tu bien, que desean tu mejora?"

"¡Sé que la mayoría no lo hace! ¡Joder! ¡No me hace falta acordarme de ellos para saberlo! Pero si no confío en nadie, ¿a dónde voy a ir?"

"¡A DONDE SEA!", bramó el Zorro. "¿Acaso no lo entiendes? ¿No entiendes por qué se te dió esta oportunidad, por qué sigues aquí, por qué no recuerdas nada?"

"¡No, no lo entiendo!", grité yo, dándome la vuelta, pero ahí no había nadie, sólo un baño solitario. Un baño que ahora se expandía a lo largo de cientos de metros en todas las direcciones menos en la mía, mezclado con mi mundo interior, el Valle, la jaula, la cascada. "¡No me han explicado nada!", grité al aire, al vacío, a nadie. "¡Me lo han tenido que decir ellos! ¡No sé nada de ti, Zorro! ¡Ni tampoco de Naruto! Los ojos azules son suyos, ¿verdad? Yo no soy él, ¿verdad? ¡Estoy perdido, pero no soy tonto! ¿Por qué jugáis conmigo? ¿Por qué callas ahora...?"

Mis gritos, y su largo eco, se perdieron en aquella pesadilla. Estaba solo otra vez. Solo en el fango. Solo en la mierda. Eso no podía ser así. ¡No podía seguir así! Con un alarido, vadeé el lago, en dirección a los barrotes donde debía hallarse el prisionero. Me sentía furioso. Me sentía desolado. Y el sello en mi estómago, ahora poco más que un borrón negro, se deshacía con cada paso en el agua.

Por el camino, resonó la voz del Zorro.

"¿Qué haces aquí todavía?"

"¿No te duelen las ataduras?"

"¿Por qué les bailas el agua"

"¿Por qué les ríes las gracias?"

"¿Por qué fuiste tan rápidamente domesticado?"

"Recuerda tu despertar."

"Fue como fuego."

"Como brasas."

"Como magma."

"Como tú."

Mis manos chocaron contra los barrotes con tanta fuerza que la jaula, no, la montaña entera, se estremeció. "¡TÚ!", exclamé a la niebla del interior. "¡SAL, AHORA!" Y las pupilas azules se mostraron, otra vez a la altura de una persona sentada.

"Te dije que no volvieras. Sigues sin escuchar."

"¡Desde que desperté, no he hecho más que escuchar!"

"Escuchar es de sabios."

"¡Y también de cobardes! ¡El Zorro tiene razón!"

"¿El Zorro?"

"¡El Zorro! ¡Kyūbi! ¡La Bestia! ¡Estaba aquí hace un momento!"

Los dos ojos que eran como zafiros me miraron sin comprender.

"Aquí ya no hay ningún Zorro. Sólo estoy yo."

"¿Hasta cuándo vas a seguir jugando conmigo?", aullé, metiendo los brazos dentro de la jaula. Agarré al prisionero por el cuello, y tiré de él hacia mí, hasta que la lámpara del baño, de algún modo colocada en lo alto del valle, iluminó desde arriba sus facciones horribles.

"No deberías haberlo hecho", murmuró el monstruo. Y entonces, sucedió.

Nueve colas, gruesos pinceles de intenso rojo, se separaron a sus espaldas en un abanico. Cada una de ellas brillaba con una luz sutil, pero viva, una luz que nacía desde sus entrañas, como si fueran largas lámparas de sal. Formaban una aureola perfecta, y su luz era calor, y su calor era chakra, y el chakra era la piel del prisionero. Una piel de temblorosos trazos del color del vino, sólo rota en su boca, una gran grieta oscura, y en sus ojos, dos islas azules en un vacío negro.

"¿Quién...eres?", pregunté, sobrecogido.

"Soy un recuerdo", dijo la bestia, aferrándome del cuello con una de sus manos. Las mías intentaron liberarme, pero mi fuerza, al lado de la suya, era tan insignificante que bien podría no existir. "Y también una profecía. Lo que has sido, y lo que puedes llegar a ser."

"¿Eres el Zorro?"

La presa se hizo más fuerte, y mis pies se despegaron del suelo, patalearon inútiles contra los barrotes. Pero el prisionero no respondió, sólo me perforó con sus ojos azules.

"¿Eres...?"

Su mirada encontró la mía, y la hizo mil pedazos. Vi sus pupilas azules. Claras como espejos. Me vi reflejada en ellas, y no me reconocí.

"¿Eres Naruto Uzumaki?"

Él ladeó la cabeza, divertido, y la hendidura que era su boca se ensanchó hasta más allá de las mejillas. Una risa surgió del interior de su cuerpo, una risa grave, amarga, que raspaba sus cuerdas vocales: ja, ja, ja, ja...

Seguía riendo cuando los dedos de su otra mano se clavaron en mi vientre. "Ya no necesitamos esto, ¿verdad?", dijo el prisionero. "Este pequeño dibujo..." Y de un tirón, me arrancó la piel como si fuese un envoltorio de papel. GRITÉ. Me soltó, caí en el suelo encharcado, agarrándome el estómago, y gimiendo de dolor. Al alzar la vista, vi cómo se metía el trozo de piel, donde estaban los restos del sello, en la boca. Masticó, y tragó.

"Ahora eres libre, sangre nueva. Libre para hacer lo que desees. Libre para huir. Para humillarte. Para jugar a sus ridículos jueguecitos. Ve y únete a ellos, si quieres. Permite que te usen. Vive la vida que ellos desean para ti, y equilibra tu futuro con tu pasado, haz que sean lo mismo. Sé bueno. Sé útil. Sé adecuado. Sé insignificante. Sueña, si quieres, con grandes cosas, y luego muérete en ellas. Tuya es la libertad de ser como todos. Como nadie. Como nada."

Me puse en pie con dificultad, y la piel blanca se extendió sobre mi herida como la espuma del mar. En unos segundos, estaba curado.

"O..." Dijo él, al tiempo que la luz de sus colas se apagaba, y su pavorosa figura volvía a introducirse en la niebla espesa. "También puedes tomar el riesgo de prestarte atención, y de ver, por una vez, que dentro de ti no hay nada que se parezca a ellos."

Y los ojos azules se cerraron, dejando sólo una helada oscuridad.


Las luces en el techo parpadearon, y quedaron encendidas. El quedo zumbido que salía de ellas resonaba, cauteloso, en la parte de atrás de mi cabeza. Carraspeé, y escupí sobre el lavabo. Saliva mezclada con sangre, pronto purificada por el agua del grifo. Cerré la llave, y me miré al espejo, esperando encontrar al Zorro, pero allí solo estaba yo. Intenté animarme con una sonrisa, pero el reflejo no me la devolvió. Así estaban las cosas, y las cosas eran una mierda.

Miré mis pies, pisaban un charco. Estaba desnudo, y empapado. ¿Cuándo había...? No importaba. Las gotas que caían de la ducha hacían un ruido tremendo al chocar contra la cerámica de la bañera. Ploc. Ploc. Ploc. El goteo del agua se mezclaba con el zumbido de las lámparas, con las voces indescifrables de Jiraiya y Tayuya en el exterior. Con mi propia respiración. Sacudí la cabeza, y cogí la toalla, me sequé, y me puse la ropa de nuevo. En un minuto, ya estaba fuera.

En el salón, Jiraiya estaba diciendo algo.

"...y no es que no te comprenda, pero no te queda otra opción que aceptar."

La chica, aún sentada en el sofá, respondió en tono airado. "Esto es una mierda."

"¿Qué es una mierda?", pregunté yo, peinándome el cabello con los dedos.

Jiraiya me saludó con la cabeza. "Le estaba diciendo dónde se va a quedar a dormir hasta que le busquemos una nueva residencia."

"¿Y dónde será?", dije yo, atándome el protector a la frente.

"Aquí, en tu apartamento", dijo el viejo.

"¿Te lo puedes creer?", saltó Tayuya, asomándose por el espaldar del sillón. "Dile que tú tampoco quieres. Porque no quieres, ¿verdad?"

"Me da igual", respondí. "Puedes dormir en el sofá."

Ella arrugó la cara, y volvió a darme la espalda.

"De hecho, hay una habitación para invitados", dijo Jiraiya. "Se quedará allí. No te preocupes: no seréis compañeros de piso por mucho tiempo. Además, Iruka-sensei se quedará con vosotros los primeros días, por si acaso."

"No creo que Tayuya intente matarme", respondí, colocándome bien la camiseta. "Y de todos modos, qué más da. No le servivía de nada. ¿No tengo otra ropa? Esa chaqueta es horrible."

"Mira en el armario de tu cuarto. Deberías preocuparte más de tu propia seguridad, Naruto. Es un tema serio."

"Si es tan serio, ¿cómo dejáis que se quede?", le dije desde mi cuarto. Estaba más ordenado de lo que esperaba, pero estaba tan vacío que daba hasta un poco de pena. El armario no era distinto: encontré otro conjunto naranja, igual al que llevaba puesto, algunas camisetas, y un último conjunto que parecía ser de luto. Pero nada más. "¡No pasará nada!", dije, volviendo al salón con las manos vacías. "Tú lo sabes tan bien como yo. ¡Si la tenéis acojonada...! Pero bueno, como quieras, que se quede Iruka. Me cae bien, de todos modos."

"Iruka-sensei", me corrigió Jiraiya.

"Eso mismo. Dime, ¿sabes dónde guardaba el dinero?", pregunté, mirando alrededor. "Necesito comprarme otra ropa y quitarme...esta cosa."

"Ya te la pago yo."

"¿Ah, sí? Genial. Me gustaría algo como lo que llevaba Kakashi..."

"Kakashi-sensei."

"...sí, como él. Así, muy sencillo, y práctico. Funcional. Pragmático. ¿Esa es la palabra, verdad? Prag-má-ti-co. Me gusta como suena. Bueno, ¿nos vamos, o qué?"

Cogí las llaves del apartamento, abrí la puerta, y salí fuera.

Al momento me siguieron, Jiraiya mirándome con expresión divertida, y Tayuya, bueno, ella me miraba como siempre. Pasé la llave, comprobé que estuviera bien cerrada, y bajamos a la calle, donde nos esperaba una fresca brisa que por una vez, se sentía como debería de ser.


"¿Sabes cómo llegar al hospital?"

"Desearía no saberlo."

"Pues muy bien", dijo Jiraiya, rodeándome los hombros con el brazo. "Tus amigos deberían estar en la sección de Urgencias. Primer piso, a la derecha."

"Hala, como mi baño."

Él me miró con gesto extrañado. "Sí. Supongo. Ve y dales una visita. Pórtate bien, ¿de acuerdo? Seguro que tus otros amigos están allí, y no tienen por qué saber de tu situación. Así que sé paciente con ellos."

"Paciente como el zorro que acecha a las gallinas."

"Y si dejas de hablar así, mejor", dijo, removiéndome el cabello con la mano. "Yo tengo que reunirme con el Tercero, así que nos separamos aquí. Tayuya-chan, cuídame al chico, ¿de acuerdo? No hagáis ninguna tontería."

"Tú tampoco", respondí, pero para entonces ya había desaparecido. "Siempre la misma historia. No sé qué les cuesta caminar un poco. En fin, Tayuya, ¿nos vamos?"

Me largué de ahí antes de que pudiera reponder, y sus pasos sonaron enfadados detrás de mí. Así, juntos pero separados, comenzamos a deshacer el camino que habíamos hecho antes. No tuve dificultades a la hora de orientarme, y comprobé con agrado que mis nuevos recuerdos se mantenían en su sitio. Se sentía bien crearlos. Eran míos y de nadie más.

Una bandada de palomas se dispersó delante nuestro, y en su vuelo había algo liberador, algo bueno. Avanzamos despacio por aquellas callejuelas llenas de personas de las que nunca había oído hablar, a las que nunca había visto. Paseaban juntas, recogían cajas, paseaban perros, reían, o parecían tristes, dependiendo de qué llevaran dentro. De alguna manera, aquel enjambre no me causó ninguna frustración, porque, en mi bendita calma, decidí no hacerles caso.

En algún momento, pasamos por fuera del Ichiraku Ramen, y el dueño, Teuchi, me saludó con la mano desde su pequeña cocina. Yo le devolví el gesto, y seguí adelante, pues era eso, y nada más, lo que necesitaba.

"¿Te gusta la aldea?", pregunté, pero Tayuya fingió no oirme. "Pues yo creo que a mí sí. Es un poco bulliciosa para mi gusto, y esos edificios de ahí son feos de narices, pero me gusta el ambiente que se respira. Me gusta aquella montaña, con las caras esculpidas. La gente no me gusta tanto, eso sí. Creo que la mayoría son unos gilipollas. ¿Tú no crees lo mismo?"

"Tú sí que lo eres."

"Lo mismo te digo. Ese es el asunto: este lugar estaría genial si no hubiera nadie en él. ¿Te imaginas cómo serían estas calles, si estuvieran desiertas? Sin todos esos renacuajos, o los tenderos gritando que compres sus trozos de carne. Sólo quedarían los pájaros, los perros, y los gatos. Quizá incluso algún ciervo, ¿puedes verlos?" Hice un gesto con las manos, dibujándolos en el aire. "Ahí, correteando, libres, y todo eso."

"Hablas mucho."

"¿Y cómo sería este paseo, si no tuviéramos que aguantarnos? O cómo sería esta tarde, si no fuera por las cosas que nos obligan a hacer. ¿Cómo serían las siguientes? ¿A tí te importan esos tipos del hospital? A mí no. Ni siquiera los conozco. Pero aquí estamos, quedando bien. Quedando maravillosamente. ¿No es ridículo?"

"No sé qué te ha dado ahora, pero me estás tocando mucho las narices", se quejó ella, acelerando el paso hasta quedar a mi lado. "¿Siempre has sido tan hablador? Porque sienta como un grano en el culo."

"No tengo ni idea de cómo era antes."

"Era una pregunta retórica."

"Ya, pero eso me da igual. ¿Cómo eras tú antes de venir aquí? ¿Te llevabas bien con tus compañeros?"

"Creí que te dije que no quería ser tu amiga."

Me encogí de hombros. "No eres mi amiga, y por esa misma razón me la sopla lo que quieras o no". En el camino había una lata de refresco, roja y aplastada. La pateé unos cuantos metros, y cuando llegué hasta ella, volví a hacerlo. "Sabes, lo que me dijiste antes. Tenías razón. No me importas para nada."

"No me digas."

"Acertaste en todo lo que dijiste. Tenía miedo, joder, sí que lo tenía. Estaba cagado. ¿Tú sabes lo que es despertarte sin recordar nada? Es una locura. Una puta locura. Pero de alguna manera, sabes, no me sentía mal. O al menos no lo hice hasta que me llevaron aparte para decirme quién era."

"Para que lo sepas, no te estoy escuchando."

"Pues pensaré en voz alta. Para la conversación que me das, es igual."

"Tú mismo."

"Eso es. A ver, qué estaba diciendo..."

"Que eres un puto pesado."

"Ah, sí, que tenía miedo. Pues es eso, ¿verdad, Tayuya? Ah, espera. Se supone que no te hablo a ti. Pues es eso, que me sentía asustado. Solo. Nervioso. La alegría y la fuerza del despertar no me duraron nada. Me vi rodeado de esa gente tan poderosa, y me dije: mejor tengo cuidado. Luego empezaron a tratarme bien, y pensé que no estaba tan mal. Conocí mi apellido, y vi en él un ancla. Y en el espacio de un par de días, este cuerpo ya estaba volviendo a su anterior forma. Había algo que me tiraba como una cuerda, ¿ves? Así." Tiré de una cuerda imaginaria con ambas manos, pero ella no me miraba. "Creo que me estaba volviendo poco a poco, más y más, como Naruto Uzumaki."

Tayuya soltó un suspiro larguísimo y actuado, para dejar ver que todo aquello le resultaba de lo más aburrido. Yo reí por lo bajo.

"Pero yo no soy Naruto Uzumaki, por mucho que me lo digan. Soy otra cosa. Qué coño, necesitaré otro nombre. ¿Qué nombre me pondrías tú, Tayuya."

"Payaso."

"Bueno, lo has intentado. Ya le preguntaré a otra persona."

"Puedes probar con Capitán Gilipollas."

"Y resulta que tiene sentido del humor. Desde que intentaste matarme, no dejas de sorprenderme."

"Si quieres lo intento otra vez."

"No, por Dios, que me acabo de duchar." Me reí durante un rato, mirando cómo me fulminaba con la mirada. Tenía las pestañas muy largas y muy negras. Pensé que serían bonitas si no pertenecieran a semejante arpía. "Hoy he hablado con el Zorro", le comenté, y esto sí que captó tu atención. "Me dijo muchas cosas, muchas de ellas similares a las que tú me dijiste antes. Y cómo no, todas eran ciertas."

"Puedes...¿hablar con él?"

Le miré, y había algo extraño en sus ojos.

"Sí. Aunque, bueno, no es que yo decida cuándo hacerlo. ¿Recuerdas esta mañana, en el campo de entrenamiento? ¿Cuando luché con Kakashi? Mientras mi cuerpo actuaba solo, yo estaba en otra parte, hablando con alguien."

"Eso no fue lo que le dijiste al viejo."

"¿Acaso tú le has dicho toda la verdad a él? Venga ya."

Ella apretó los labios, y no habló hasta que hubo pasado un rato. "¿Cómo es él?", preguntó.

"¿El Zorro?"

"¿Quién si no?"

"Me sorprende que te interese."

"No sabes nada de mí."

"Te esfuerzas en que así sea."

"Tú responde."

"¿Y si no quiero?"

Tayuya me giró la cara, indignada, y yo volví a reír. "Se parece mucho a Naruto."

"¿Cómo que a Naruto? Se supone que es un zorro."

"Ni yo mismo lo sé. Ahí estaba el Zorro, pero creo que también estaba él. Naruto Uzumaki, digo. De alguna manera."

Doblamos una esquina, y ahí estaba el hospital, al fondo, tan blanco y tan inquietante.

"¿Por qué me estás contando esto?", dijo Tayuya, mirándome fijamente. "Si no se lo contaste a Jiraiya, ¿por qué a mí?"

"¿Y por qué no?", reí yo. "¿Qué vas a hacer, contarlo por las esquinas? No conoces a nadie aquí."

"Podría decírselo a Orochimaru-sama."

"Y una mierda. Es imposible que ese tipo te inspire alguna lealtad."

"No tienes ni idea."

"Vamos a ver, por lo que me han contado es evidente que era un cabrón. Y te tenía ahí encerrada como si fueses ganado. Ahora que tienes una oportunidad de escapar de semejante trozo de mierda, ¿vas a desperdiciarla? No. Eres una borde, pero no pareces tonta."

"Exacto, no soy tonta", dijo ella. "No me has contado esto al azar. Debes tener algún motivo para hacerlo."

"Vamos, ¿no podemos actuar de manera espontánea? ¿Así, simplemente como uno desea? No tiene que haber mil razones detrás de cada cosa que hacemos."

"Así no es como piensa un shinobi."

"Y a mí que más me da, yo soy yo, ¿no lo ves? ¡Esto...!", dije, señalando mi protector con el dedo pulgar. "¡Esto es solo la bandera bajo la que trabajo! Pero yo decidiré cómo voy a funcionar, no ellos."

"Eres diferente."

"Ya lo sé, gracias."

"No, gilipollas. No digo eso. Digo que eres distinto a como eras esta mañana."

"¿Ah, sí?"

"Pareces otra persona."

"Quién sabe", le dije, guiñándole un ojo. "A lo mejor me ha poseído el Zorro de Nueve Colas."

"Vete a la mierda."

Ya estábamos muy cerca del hospital, y por fuera había un pequeño grupo de personas. Las estudié de lejos, y concluí que no me sonaban de nada. Me llamaron la atención dos tipos, uno mayor y otro más joven, que iban vestidos con unos rarísimos monos verdes. Llevaban el pelo igual, las cejas igual...la cara igual. Parecía que sólo se diferenciaban en la edad, y en la escayola que llevaba el más pequeño. Fue éste el que me saludó con la mano, una vez estuvimos lo suficientemente cerca.

"¡Naruto-kun! ¡Qué alegría verte!"

Y el chaval se acercó a mí, mucho más rápido de lo que esperaría de alguien con la pierna hecha polvo. Utilizaba su muleta con tanta habilidad que parecía haber nacido con ella puesta.

"Esto..." Busqué las palabras con cuidado, y al no encontrarlas, dije lo primero que se me ocurrió. "¿Cómo va eso, Cejas?"

Él parpadeó, confuso. Tenía los ojos grandes y redondos, como los de un pez, sólo que mucho más expresivo. "Oh. Me habían dicho que perdiste la memoria."

"Y es verdad."

"Ah, es que como dijiste...Da igual." El pobre no se enteraba de nada. Luego miró a Tayuya, y recuperó la compostura. "Y tú eres Tayuya-san, ¿verdad?", le dijo, con una sonrisa que desarmaría a cualquiera. "Yo soy Lee. Rock Lee, shinobi de la Aldea Oculta de la Hoja. Un placer conocerte." Dijo esto con un aplomo impresionante, todo hay que decirlo. Hasta aplaudí un poco.

"Eso te ha quedado genial, Lee", le dije, sin un ápice de ironía. "Voy a tener que copiarte."

Él me sacó el dedo pulgar, muy contento por el comentario, y en lo que hablábamos, llegaron los demás. El primero en hablar fue el tipo que se parecía tanto a Lee.

"¡Ah, joven Naruto! ¡Me alegra que estés bien! ¡Dame un abrazo!"

"No, por favor." Y le tendí la mano, la cual me estrechó efusivamente. "¿Y tú eres...?"

Para mi sorpresa, el tipo se marcó una pose. "¡Soy la Sublime Bestia de Konoha! ¡El intenso fuego de la juventud corre por mis venas! ¡Soy Gai, el Poderoso!" Iba cambiando de pose mientras hablaba, y yo aplaudí suavemente otra vez, riendo con mucho deleite.

"¡Ya veo!", dije yo. "Lee, parece que aún tienes que aprender mucho de tu viejo."

"¿De mi viejo?"

"Es tu padre, ¿no? Es decir, sois clavados."

Los dos individuos de verde se miraron, y las lágrimas se asomaron a los ojos de ambos.

"Sí...", dijo Lee, aparentemente muy emocionado. "¡Sí, se podría decir que Gai-sensei es mi padre!"

"¡Oh, Lee!", exclamó el otro, abrazando al chico. "¡Mi querido Lee!"

A Tayuya se le escapó una risita, pero la ocultó enseguida. La miré, arqueé una ceja, y estreché la mano que se tendía hacia mí.

La mano estaba unida al cuerpo de un tipo rarísimo. "Naruto-kun", dijo, con voz seria, pero cordial. "Me alegro de que estés bien."

"Gracias. Disculpa, pero no..."

"Oh, claro. Mi nombre es Kankurō, de Sunagakure."

Me sonrió. Tenía la cara pintada con motivos geométricos de color morado. Decoraban sus mejillas, su frente; perfilaban sus ojos y sus labios. Le daban un aspecto un tanto inquietante, con esa cara ancha y esas pupilas pequeñas. Pero como su gesto parecía honesto, y yo estaba de buen humor, no di importancia a su aspecto, ni hice preguntas sobre el cuerpo que llevaba atado a la espalda.

"Pues encantado de conocerte de nuevo, Kankurō. Y, ¿quiénes son...?" Señalé a las personas que le acompañaban, dos chicos, y una chica que portaba un enorme abanico.

"Ah, son mis hermanos, Gaara y Temari, supongo que no les recuerdas. Y él es Shikamaru Nara, uno de tus compañeros."

"Hey", dijo el último, levantando una mano. "Me alegro de verte, Naruto." Era un chico de estatura media, coleta alta, y cejas finas. Un pendiente en forma de aro en una oreja. Se movía muy despacio, y hablaba como si le faltasen pilas. Después de saludarme, intercambió una larga mirada con Tayuya, y le dijo: "Hola", muy secamente.

"Ah, tú", se limitó a responder ella.

Miré al uno, miré al otro, y decidí que me importaba un pimiento lo que tuvieran entre manos. Así que me acerqué a él, estreché una mano desinteresada, y me fijé en su ropa. "Me gusta tu chaleco, Shikamaru", dije, sacudiéndole el polvo de los hombros, y poniéndole incómodo en el proceso. "¿Dónde puedo conseguir uno igual? Quiero renovar mi vestuario."

"Aprueba el examen, y te darán uno."

"Shikamaru-san fue el único en aprobar el anterior examen", aclaró Lee.

"Aunque perdió su combate", añadió Kankurō.

"Contra mí", dijo la chica del abanico. Era muy rubia, tenía los ojos claros, y parecía mayor que nosotros. "Me llamo Temari."

"Hola, Temari. Bonito abanico."

"Gracias. Es mi arma favorita." Entonces la rubia miró a la pelirroja, y uno casi podía palpar la mala sangre en el ambiente. "La uso para aplastar a mis enemigos."

Tayuya se cruzó de brazos, mirándola con desprecio. "Hablas mucho para ser tan débil."

"Débil o no, yo gané", dijo Temari, con una sonrisa tan afilada que casi cortaba. "Y tú no."

Las chicas hicieron ademán de acercarse la una a la otra, pero una voz las detuvo en el sitio.

"Suficiente."

Hablaba con la seguridad de quien acostumbra a ser escuchado. Era el chico que faltaba: pálido, pelirrojo, rasgos finos. Sus marcadas ojeras se confundían con la pintura que le rodeaba los ojos. Por alguna razón, no tenía cejas. Pasé unos segundos reflexionando sobre esto. Unos tanto, y otros tan poco, pensé, mirando a Lee, y luego a él. Sobre las cejas, o más bien sobre la ausencia de éstas, llevaba pintado (¿o tatuado?) el kanji con la palabra amor.

"Lleva el protector de la Hoja", dijo fríamente. "Ahora, es aliada."

"Está bien", dijo Temari, dando un paso atrás.

Casi al mismo tiempo, el pelirrojo se me acercó. "Soy Gaara del Desierto", dijo.

Había algo extraño en su manera de hablar. Era como si su voz estuviera vacía de emociones. Era algo inquietante escucharla. Aún así, le tendí la mano. Gaara la miró, yo le miré a él, y él siguió observando mi mano extendida con una intensidad sorprendente, como si fuese a derretirla con la mirada. Pero una vez estuvo claro que mi mano no iba a desaparecer, él extendió la suya, y me la estrechó durante un brevísimo instante.

"Encantado de conocerte, Gaara. ¿Qué llevas en esa calabaza?"

"Arena."

"¿Por eso te llaman Del Desierto?"

"En parte."

"Eres de los que hablan poco, ¿eh?"

"Sí."

"¿Habéis venido a ver a Neji-san y a Chōji-san?", preguntó Lee, apoyando bien su muleta.

"Eso es, tengo entendido que estan en Urgencias. ¿Sabes algo de ellos?"

"Están estables", intervino Gai. "Eso es más de lo que esperábamos en un principio."

Hablaba con una gravedad que poco tenía que ver con su actitud de antes.

"Ya veo. Entonces debería ir a verlos", dije, y él asintió.

"Con suerte, se pondrán mejor", dijo Lee, con una sonrisa. "Tengo fe en el trabajo de Tsunade-sama, y en el de los médicos también." Iba a decir algo, pero tosió, y tras una breve disculpa, siguió hablando. "Hemos tenido mucha suerte de tenerla con nosotros. Yo mismo sólo me he recuperado gracias a..." Volvió a toser, esta vez con más fuerza. "Lo siento. A veces me pasa."

"No te preocupes, he estado ahí."

"Bueno, que sólo me he recuperado gracias a Tsunade-sa...¡ABAJO!"

Lee fue rápido: la flecha pasó volando justo por encima de mi cabeza, y sin su ayuda, no la habría esquivado. La punta de metal se hundió varios centímetros en el suelo, y los ojos de todos nosotros se movieron primero hacia el proyectil, y luego hacia todos los demás. Gai atrapó una flecha en el aire que de otro modo, se habría clavado en su cráneo; Tayuya esquivó otra, y después de eso, vino la lluvia.

Las flechas cayeron sobre nosotros en tal cantidad que parecían infinitas. Venían desde los tejados a nuestro alrededor, desde las callejuelas, eran un enjambre de mosquitos, eran nubes negras. Tensé los músculos, dispuesto a saltar para ponerme a salvo de aquella descarga, pero entonces Gaara murmuró algo, elevó las manos, y todo se volvió negro.

"¿Estáis bien?", preguntó Gai, partiendo la flecha a la mitad.

"De una pieza", dije yo. Los demás asintieron afirmativamente. "Es arena...", murmuré, observando cómo algunos granos caían sobre nuestras cabezas.

"La defensa de Gaara es impenetrable", dijo Kankurō. "En cualquier caso, ¿qué hacemos ahora?"

Temari apoyó el abanico en el suelo con un crujido. "Parece que son muchos, ¿alguna idea? ¿Se te ocurre algo, vago?"

El kunai de Shikamaru daba vueltas alrededor de su dedo índice. "Necesitamos conocer sus posiciones. Gaara-kun, ¿podrías...?"

"Ya estoy en ello", respondió el otro. Se tapaba el ojo derecho con la palma de la mano, y parecía muy concentrado. "Hay doce en los tejados. Seis en las callejuelas. Y dos cerca de nosotros, uno a cada lado. Están..."

Cortó la frase de golpe para volver a levantar las manos: una nueva capa de arena, muy gruesa, se levantó debajo de la otra, justo a tiempo para soportar la explosión.

"¡JODER!"

La arena llovía sobre nuestras cabezas, se acumulaba en el pelo, en los hombros, en todas partes. Noté algo más: la temperatura. La temperatura había subido tanto, que el interior de aquella esfera de arena se sentía como un horno.

"¿Qué ha sido eso?", preguntó Temari.

"Han utilizado el Jutsu: Gran Bola de Fuego", dijo Gaara. "Uno a cada lado. Los demás se retiran...están atacando a los civiles. Algunos se dirigen al hospital."

"Tenemos que actuar ya", exclamó Kankurō.

"Gaara-kun, dime dónde están esos dos shinobi", dijo Gai.

"Uno a las doce. Otro a las seis."

"¿Cuál parece más peligroso?"

"No lo sé."

"Muy bien. A mi señal, quiero que deshagas la arena. Yo me encargaré del shinobi a las doce. Vosotros cargad contra el otro, y neutralizadlo."

Todos nos mostramos de acuerdo. Estábamos preparados.

"A mi señal. Uno..."

La arena seguía cayendo sobre nosotros, susurraba y crujía. Lo sumía todo en la oscuridad.

"Dos..."

Kankurō bajó el bulto a su espalda, y lo apoyó contra el suelo; Temari agarró su abanico, y a mi lado, Tayuya se sacó algo alargado de las ropas. Lee se aferró a su muleta, y podía notar su nerviosismo y su intensa preocupación. Yo tomé aire muy profundamente, llené los pulmones por completo, y no lo solté hasta que la cuenta llegó a su final.

"¡TRES!"

Pero la arena nunca llegó a bajar, porque en ese mismo momento, algo chocó contra ella. Algo enorme, y pesado, y ardiente, que voló todo por los aires, a la arena, a nosotros, al suelo que pisábamos, y en medio de aquel caos, en medio de las chispas y las llamas y los gritos y los pedazos de arena y tierra volando por los aires, el tiempo pareció detenerse en mí.

Estaba flotando en el aire.

Moví los ojos alrededor: allí estaba Tayuya, cubriéndose el rostro con las manos. Su cabello rojísimo se extendía por el aire y se confundía con las llamas de la explosión. Cerca de ella estaba Lee, aún agarrado a su muleta, y Gai delante de él, aún clavado al suelo, protegiéndole con su cuerpo. Temari se cubría a ella misma, y a Shikamaru, con su abanico; Kankurō lo hacía con aquella cosa cubierta de vendas, y a Gaara lo envolvía una gruesa capa de arena. Todo el espacio entre nosotros estaba consumido por llamas que no se movían, por arena que no descendía, por flechas que no volaban. Una de ellas se dirigía directa al pecho de Tayuya: intenté extender la mano para desviarla, pero no me podía mover.

"Es el momento, sangre nueva", dijo la voz en mi interior. "De que tomes una decisión. ¿Qué es lo que serás? ¿Serás como ellos? ¿O buscarás tu propio camino? ¿Serás un hombre? ¿Una bestia? ¿O algo más?"

Yo apreté los dientes hasta que sentí la sangre dentro de mi boca.

"Tú cierra esa boca", dije, estando a la vez fuera y dentro de mí; a la vez flotando en el aire, y apoyado en los barrotes de la jaula. "Cierra esa boca, y dame tu poder."

El prisionero ladeó la cabeza.

"Yo no tengo nada que darte."

Y cuando aquel chakra volvió a nacer de mi carne, a rodearla, a abrazarla, a envolverla por todas partes, lo entendí. Cuando el chakra rojo se expandió y ardió más fuerte que las llamas, consumiéndolas, extinguiéndolas, haciéndolas inservibles, lo entendí. El pecho me ardía de rabia, pero esa rabia era mía, me pertenecía, y no nublaba mis sentidos. Era a eso a lo que refería el prisionero. Volvía a tener razón. Él no tenía nada que darme, porque ese poder, todo ese increíble poder, siempre había sido mío desde un principio.

El tiempo volvió a su curso, y el chakra del Nueve Colas estalló con el ardor de una estrella.