CAPÍTULO 12: NOMBRE
Pequeño y marrón: así era el Tres Kappas. Primero antro maloliente, luego pub de moda, fue construido durante la época del Segundo Hokage, Tobirama Senju, por un joven empresario que resultó ser miembro de la mafia. Y eso sí que no, dijeron las autoridades. Aquí sólo robamos nosotros.
Así que lo pillaron, lo metieron en la cárcel, y el bar se puso en venta por un módico precio que nadie quería asumir. Pero como dicen, todo momento llega: al año siguiente, alguien lo compró, y a pesar de las guerras, de las escaramuzas, y de que ese alguien murió a los diez días en un atentado con bomba de pólvora, el Tres Kappas se mantuvo abierto, de alguna manera, durante muchos años más.
Por aquellos tiempos, ni era un tugurio, ni estaba de moda. Sólo era un bar normal, poblado por la fauna típica de esos lugares: obreros de descanso, funcionarios que huían de sus trabajos, maridos que lo hacían de sus mujeres. De vez en cuando se pasaba algún borracho ocasional, y por las noches, echaban a los que lo eran a tiempo completo. Las puertas eran de madera oscura, y estaban más gastadas que los zapatos de un cartero. En la barra, vendían sake, cerveza, y un shōchū que te convertía las tripas en gelatina al segundo trago, una cosa tan espantosa como recomendable. Prúebalo algún día.
El nuevo dueño se llamaba Einosuke, y era un gilipollas de cuidado que, según decían, pegaba a su perro, un akita precioso, otoñal por arriba y nevado por abajo, si ladraba más de la cuenta. Yo no le conocería hasta mucho más adelante, después de que todo se fuese a la mierda y los huesos me empezasen a pesar como madera húmeda, pero aquella tarde, sin que lo supiéramos, se cementó nuestra futura relación como cliente habitual y proveedor de malas costumbres.
Ocurrió poco después de la explosión.
Ellos no la vieron, claro; estaban demasiado ocupado con sus vasos que parecían de orina filtrada, líquidos que ellos describirían con una sonrisa bobalicona, levantando el cristal a la luz de las lámparas y diciendo: es del color del oro viejo, teniendo, claro, mucho cuidado de que no se notase que no tenían ni idea de lo que estaban hablando. Los muy desgraciados no distinguirían un amanecer de un eclipse de sol sin la ayuda de los camareros, pero cualquier imbécil medio consciente, y supongo que allí habría de eso, notaría cómo las mesas se sacudían, cómo los numerosos vasos y los pocos platos tintineaban contra la madera barata; cómo las tres lámparas del techo, ensanchándose hacia abajo como el vestido de una mujer, se bamboleaban de un lado a otro, colgando de sus largos cables, convirtiendo el bar en un espectáculo de luces y sombras.
Todo esto me lo imagino, por supuesto, pues yo no estaba ahí en esos momentos. Pero cuando uno va a los suficientes bares, y se da cuenta de que —como ocurre con los seres humanos— al haber visto uno, ya ha visto casi todos, es fácil imaginarse cualquier situación que pudiera acontecer dentro de ellos, especialmente si, como yo, uno ha vivido una saludable cantidad de guerras.
De modo que no creo equivocarme cuando imagino al pobre Einosuke, quien si no recuerdo mal aún no había desarrollado esas arrugas que le hacían parecer una pasa pálida, escondiéndose detrás del mostrador, bien agarrado a su paño marrón, con el que limpiaba los vasos más bien a medias, como si no le pagasen lo suficiente; lo imagino gimoteando, agachado, mientras las botellas de sake y de whisky sureño le caían encima, con suerte enteras, si no rompiéndose, y manchándole la mata de pelo gris hasta dejarla pegajosa; si le conozco bien, de seguro maldecería entre dientes, y luego a pleno pulmón cuando aquel robusto cuerpo, propiedad del shinobi que nos había lanzado la Gran Bola de Fuego, atravesó la entrada del bar con la potencia de una bala de cañón y se estrelló, con una puntería olímpica, en las viejas botellas que adornaban la parte de atrás de la barra, destrozándolas todas, y casi matando al dueño de un infarto.
El tipo quedó incrustado en la pared del bar, sus piernas y sus brazos apenas escapándose de la madera como las raíces de un árbol, y deshaciendo su trayectoria uno se encontraba primero un montón de mesas destrozadas, luego con unos comensales muertos de miedo, y un poco más allá, atravesando el gran agujero de entrada y la brisa que por él se colaba, podías ver la LUZ.
La escribo con mayúsculas por una razón, y es que era intensa, tanto que dolía, y era roja como lo son las cosas que son malvadas, y las que son deliciosas también, sabe Dios que ambos conceptos suelen coincidir en numerosas ocasiones; y como decía aquello era un destello impresionante, pero de alguna manera turbio, y si tuviera que describirlo de una manera, te diría que era como ver el más intenso fuego a través de la más densa nube. Si alguno de aquellos trozos de carne, tan lastimosos ellos, hubiese estado en condiciones de decir algo, es decir, si el miedo, o la bebida, o la mezcla de ambas cosas no les pegase la lengua al paladar como una etiqueta a su botella de plástico, me parece que habrían dicho algo como...
"¡Por todos los dioses! ¡Es el infierno ahí fuera!"
Él no lo gritó, pero podría haberlo hecho. Era uno de los clientes del bar. Sucio, gastado, grande pero ajado, vivo pero olvidado. Tenía la barba larga y espesa, como los hombres del Norte, y desde luego no se parecía a nosotros más que en la manera de beber y desgraciarse a sí mismo, eso es universal, eso es de todos. Me señalaba. El dedo grueso como una salchicha temblaba unido a un brazo peludo, y éste partía del cuerpo de aquel cincuentón de nariz porosa y ojos como desparramados, como hundidos ante lo que estaba viendo, y lo que veía era, seguramente, la resurrección de ciertas historias, algunas nuevas y la mayoría antiguas, que incluso él, acurrucado en una cabaña de avellano y roble nórdico, habría escuchado de niño, con la boca seca por el frío y los cachetes encendidos, pensando: si fueran verdad, ¡qué miedo tendría!
Y ahí estaba: las leyendas eran ciertas. Las historias de monstruos, de los demonios del sur, bestias horrendas e inmortales del tamaño de elefantes lanudos, no, incluso más grandes; las historias de bestias con colas que derrumbaban castillos, con fauces que tragaban barcos enteros, flotas incluso, ¡todas esas eran reales...! ¡Ahí las veía, comprimidas en un sólo cuerpo, pequeño como un niño, pero, tan atroz..! Los iris del viejo eran verdes como las botellas vacías que se quebraban en el suelo, y había en ellos un movimiento, una vibración, quiero decir que sus ojos y las botellas se sacudían igual, tintineando casi, a medida que la criatura descendía, ligera como una burbuja, hasta el suelo envuelto en llamas.
"¡Es...Bestia!", gritó en un japonés mal hablado. "¡Nueve Colas...ha vuelto!"
Tenía razón, el zorro había vuelto. Sólo que con un matiz: esta vez, el zorro también era yo.
Maito Gai fue el primero en notarlo. Quizá fuesen los años de experiencia, o puede que sólo se debiera a que era quien estaba más cerca de mí, pero el jōnin vestido de verde reaccionó rápido. Para cuando la Gran Bola de Fuego cayó sobre nosotros, Gai ya estaba en la posición más adelantada, protegiéndonos como buenamente podía, y especialmente a Rock Lee, a quien debía de querer como a un hijo, si no más; nos protegió con su cuerpo, y éste era más duro que el metal que restallaba y rebotaba contra él con cada impacto de flecha, de shuriken, y las chispas saltaron como en el taller de un herrero ante esta técnica que yo aún no conocía pero que me esforzaría por aprender, con el tiempo, una vez llegasen los tiempos de acero y muerte.
"¡NARUTO! ¡NO!"
Su voz se raspaba en los gritos, y eso la dotaba de una melodía distinta, impropia de alguien tan noble, y puesta así, ancha en el cuello, resonaba por todo aquel espacio abierto, que si bien no era plaza, podría serlo; y mientras gritaba, las flechas y las herramientas ninja volaban como mortales insectos entre las llamas del fuego y las del Zorro, también; y los cuervos, una bandada entera, iban posándose de tejado en tejado, esquivando la refriega, observando en todo momento, como relamiéndose ante el festín que se darían cuando hubiesen muerto los suficientes seres humanos.
Recordé el relato de Tayuya: "Por eso nos observan con desconfianza, y por eso se alimentan de nuestros cuerpos, en venganza, cuando nos matan las guerras o la enfermedad."
Las venas del cuello de Temari se marcaron al tirar del enorme abanico, y su fortísima corriente de viento arrancó los adoquines del suelo y las tejas de los edificios, partió ramas, detuvo decenas de proyectiles, y con el rumor de varios océanos arrasó con todo a su paso, propulsando a tres enemigos en una dirección que iba muy por encima de los tejados, y evitando así causar daños a los civiles que vivían debajo. Lo tenía todo pensado, era una profesional, prueba de ello fue que no gritase cuando un kunai se hundió en la zona blanda bajo su omoplato, ni cuando Shikamaru se lo arrancó, usándolo para desviar los tajos del enemigo que se les había acercado, y que luego tropezó de cara al suelo cuando la arena de Gaara le atrapó del tobillo, lo arrastró como un saco de patatas y lo elevó en el aire, envolviéndolo durante todo este tiempo, hasta que el capullo se formó por completo.
"¡Sabaku Kyū!"
"¡Por Dios, no lo hagas explotar encima de mí!", gritó Temari, recogiendo su abanico con ese sonido que era como de puerta de corredera, y usándolo como ariete contra el estómago de uno de los enemigos que comenzaban a rodearles por todas partes, casi en círculo, doblándolo por la mitad, lo suficiente para que se tambalease, y la marioneta de su hermano hizo el resto, abrazándolo por su espalda con aquellos brazos afilados por la cara de dentro, dándole tajos desesperados como los de una araña boca arriba, y luego apretando, de una manera horrible, hasta terminarlo de matar.
"¿Qué pasa con Naruto?", gritó Kankurō. Controlaba su marioneta con la mano derecha, y los hilos que partían de la izquierda destellaban en el aire humeante mientras atrapaban, desde atrás, la katana del shinobi que atacaba a Tayuya. La espada no pudo bajar, y su dueño quedó con los brazos por encima de la cabeza, confuso e indefenso, de manera que la nueva genin de la Hoja tuvo tiempo a volverse, primero sobresaltada y luego furiosa; con un alarido hundió su durísima flauta en el gaznate de aquel hombre, lo atravesó como si se tratase de una daga, y le arrebató la vida en el acto.
"¡Se está transformando!", respondió Gai, y en esos momentos yo me encontraba a unos metros de ellos, en el mismo lugar donde había estado el shinobi que nos había atacado con el jutsu de fuego. Mientras apoyaba las sandalias en el maltratado suelo, un leve terremoto lo sacudió hasta sus vísceras, agitando las pequeñas llamas que, como briznas de hierba, nacían de él, de manera que a medida que la luz de mi chakra se apagaba, y los vientos de la batalla pudieron penetrar en la niebla a mi alrededor, aquellas llamitas se encogieron y bailaron con la teatralidad de un altar de invocaciones.
El chakra terminó de apagarse poco después de que el viejo del bar, entrañable en su barba húmeda de beber, me señalase, anunciando el regreso de todas las cosas malas que había en el mundo.
Estoy seguro de que Gai quiso correr hacia mí, para auxiliarme, o para hacerme volver a la normalidad de alguna manera, si es que era capaz de hacerlo, cosa que dudo; pero los enemigos llegaban a docenas, y pese a que la mayoría de ellos eran más débiles de lo que uno se esperaría, el círculo que les rodeaba no reducía sus números. Algunos de los enemigos llevaban ropa militar, y éstos sí que representaban un desafío: Gai estaba enzarzado en una lucha cuerpo a cuerpo con dos de ellos. Pese a la enorme velocidad del jōnin de verde, sus contrincantes parecían prever cada uno de sus movimientos, y llegó un punto en el que daba la impresión de que los tres bailaban una extraña coreografía.
Allá donde mirases, había caos. Pude ser consciente de esto mientras andaba hacia la abertura en la pared del Tres Kappas, por azar centrada en medio del edificio. Los gritos, los golpes, los jutsus y los proyectiles levantaban el polvo del suelo, aunque yo estaba seguro de que gran parte de él era en realidad la arena de Gaara, y los postes, el cableado eléctrico, los árboles y los puestos de los mercaderes caían, se partían y amortiguaban los cuerpos de las víctimas de ambos bandos. La gente corría despavorida desde sus casas, o hacia ellas, y en general se morían, se morían a decenas, y los cadáveres de los civiles ya decoraban toda la zona como latas de refresco después de un día festivo. Yo pasé por encima de uno, con cuidado de no pisarle la cara desencajada en un grito que ya nadie escucharía. Lo dejé atrás, dirigiéndome al bar, pero un shinobi me cortó el paso.
"¡Por fin nos encontramos, monstruo!", chilló nada más verme.
Parecía desquiciado. Ladeé la cabeza para observarle. Debía de ser un poco mayor que yo, pero no mucho más. Tenía los pelos como escarpias, y los ojos tan negros que no brillaban, y llevaba un peto acorazado sobre las ropas oscuras, de la misma manera que los dos shinobis que estaban luchando con Gai. En la mano, llevaba una larga katana que apuntaba hacia mí de una manera bastante teatral, como si lo hubiera ensayado muchas veces ante el espejo. Estaba empapada de sangre. De la punta caían gruesas gotas de espeso líquido vital.
"¡Llevo tanto tiempo esperando este momento!", gritó tras recuperar el aliento. "¡Tú mataste a mis padres, bestia inmunda! ¡Crecí huérfano por tu culpa! ¡Pero ahora vas a pagar! ¡He entrenado toda mi vida para vengarme de la Hoja, y de ti, por todo lo que habéis hecho! ¡Así que di tus últimas palabras porque hoy..."
El golpe le hizo retroceder varios metros. Me miré el puño: no recordaba haberlo usado. Me movía de manera casi instantánea. Mientras el chaval vomitaba el almuerzo y la sangre de sus tripas, yo observé mis nudillos enrojecidos con curiosidad y noté, con cierta satisfacción, que las garras en las que acababan mis dedos eran duras como cuchillas, e igual de afiladas.
Luego le miré a él. Sólo un golpe, y ya estaba hecho polvo. La armadura que le cubría el torso tenía un hueco del tamaño de mi puño en ella, y a juzgar por cómo le temblaban las rodillas, si se mantenía en pie, era de milagro. Pero en aquel revoltijo de jadeos y gruñidos había algo inquietante, y es que sus ojos, que antes habían sido del color de la tinta, ahora estaban encendidos con un furioso carmesí.
Era un sharingan, con dos aspas en ambos ojos.
Todo aquello me hizo bastante gracia. El mundo es un penoso círculo.
Reí por lo bajo. "Él era mejor que tú, ¿sabes?", le dije, y tuve que detenerme, pues mi propia voz me había sobresaltado. Sonaba como si alguien me arrancase las palabras del bajo vientre. Era mi voz, y no lo era. Era la voz del Zorro, y no lo era.
Fruncí el ceño, buscando respuestas en mi interior, pero todas las voces guardaban silencio.
En lo que pensaba, la katana de aquel chico descendió rauda sobre mi hombro izquierdo, se hundió dos o tres centímetros en mi carne, y se quedó ahí, estancada, pese a sus esfuerzos por volverla a sacar.
Miré a la hoja manchada de sangre. Luego le miré a él con incredulidad.
"¿En serio?", dije, agarrando la katana con la mano y partiéndola por la mitad como quien aplasta una galleta. "¿No podías esperar? ¿No ves que estaba reflexionando?"
Él retrocedió unos pasos, era bastante rápido, todo hay que decirlo, pero como siguiera haciéndolo metería el culo dentro del bar, donde el viejo de la barba seguía observándonos, cada vez más asustado, mientras murmuraba algo en su idioma natal.
En unos instantes, mi rival formó sus sellos. "¡Jutsu: Gran Bola de...!", dijo, hinchando su pecho como quien fuera a inflar un globo gigantesco, pero antes de que completase la técnica, recorté la distancia que nos separaba y tapé su boca con la palma de mi mano. Podía ver el pánico en sus ojos. Ni aún siendo tan afortunados había podido seguirme.
Pegué mi cara a la suya hasta que me vi reflejado en sus pupilas rojas.
"No, no, no, no. No podemos hacer eso", le susurré despacio, apretando más fuerte. Le enseñé los dientes en una mueca que le hizo querer sacudir la cara, pero la mantuve en su sitio a la fuerza. Pensé en partirle el cuello ahí mismo, pero tenía preguntas que hacerle, y tampoco estaba tan enfadado. Es decir, lo estaba, pero de una manera distinta. Antes era caliente, y ahora era frío. ¿Lo entiendes? Cómo explicarme. Míralo de esta manera: mi cabeza estaba en su sitio, pero me sentía capaz de arrancarle los miembros uno a uno si me mirase de la forma equivocada. Me sentía libre, desatado. Como si, sólo con mi voluntad, pudiera cargarme el mundo a los hombros y luego lanzarlo muy lejos, a la mierda, si me apeteciera.
Pero a él no lo lancé a ninguna parte, sino que lo pegué incluso más a mí. "¿Qué pasa, no puedes hablar?" Lo miré de arriba a abajo, todavía tenía los pulmones hinchados, y desde su interior se escuchaba un rumor, un sonido extraño que nacía de su pecho, como el ronroneo de un gato, o el latido de un motor. Por las caras que ponía, debía de dolerle mantener las llamas dentro. "Me ibas a quemar", le acusé, genuinamente molesto con él. "Me ibas a quemar como a un pollo. ¿Y esto?", dije, señalando el fragmento de la katana que seguía hundida en mi hombro. "¿Estás mal de la cabeza? ¿Qué haces? ¿Quieres hacer el favor de escupir eso? ¡ME ESTÁS VOLVIENDO LOCO!", grité, hundiéndole el puño en el estómago al tiempo que liberaba su boca. Las llamas salieron a chorros, mal formadas e inofensivas, y chamuscaron el suelo frente a él.
Me arranqué el trozo de metal del hombro, y miré mi reflejo. Era igual al que había visto en sus ojos: un rostro menudo con tres marcas en cada mejilla, grandes como arañazos, y los ojos rojos de un depredador. Rojos como los de aquel chaval. ¿Habría alguna conexión? Seguramente no.
A unos veinte o treinta metros, uno de nuestros shinobis trataba de zafarse del agarre de un enemigo. Un tipo grande, musculoso, tenía pinta de desayunar dos docenas de huevos todos los días. Los observé durante unos momentos, en lo que mi contrincante se recuperaba, y no tardó en hacerse evidente que el grandote iba a cargárselo. Así que acaricié el frío metal con la yema de mi dedo pulgar, y lo lancé con todas mis fuerzas hacia la parte de atrás de su cráneo, con la intención de eliminarlo limpiamente, pero apliqué demasiado chakra, y la cabeza le estalló como un melón.
El otro tipo se quedó paralizado en el sitio, todo salpicado de sangre y sesos. Me miró, yo le miré, y le saqué el pulgar. Él estaba horrorizado. Tenía la cara pálida como la cera de vela. Dijo algo, y yo achiné los ojos para oírle mejor. Así que gritó:
"¡Naruto! ¿Eres tú?"
Y yo le grité de vuelta, riendo un poco:
"¡NO LO SÉ!"
Pero nuestro pequeño intercambio no duró más, pues aquel chūnin, de nombre Izumo Kamizuki, fue asaltado por dos enemigos que le hicieron retroceder, dando sucesivas volteretas, hacia uno de los tejados que tenía detrás. Pero no parecía que lo fueran a matar pronto, así que di el asunto como concluido, y volví a lo que tenía a mis pies.
El joven Uchiha me miró con un odio indescriptible. Una serie de rápidas imágenes, estáticas y borrosas, se sucedieron delante de mis ojos, y de pronto aquel chaval era Sasuke, y estábamos en el Valle del Fin. Pero sacudí la cabeza, y la ilusión cesó. Lo miré bien: guardaban un parecido sorprendente, Sasuke y él. Reconocerlo me tocó bastante las narices, así que le pisé la tripa con fuerza. Él tosió, gimió, y me insultó entre dientes, así que apreté más.
"Habla. ¿Quién eres tú?"
"Que te jodan, bestia", gruñó, manchándose las mejillas de sangre.
"No seas antipático", dije yo, y le pateé en los huevos.
Mientras él se retorcía por el suelo como una lagartija, aproveché para echar un vistazo al panorama. Alcé las cejas, ¡vaya desastre! La cosa estaba peor de lo que imaginaba. En apenas unos minutos, la aldea se había convertido en un infierno. Las enormes columnas de humo gris y negro se elevaban a lo lejos, revelando que aquel era, sin ninguna duda, un ataque a gran escala. A mi izquierda tenía el Tres Kappas, donde se estaba alzando un gran revuelo, y a mi derecha, Gai acababa de derribar a sus dos oponentes con una única patada lateral que resonó como un trueno por todo el lugar. El primero cayó muerto, y el segundo se quitó su cadáver de encima para ponerse de pie, pero la rodilla de Gai alcanzó su frente y ese fue el final de su historia.
"¡Ahora!", gritó, y entonces, todos actuaron a la vez. Era algo increíble de ver, cómo luchaban en sincronía sin apenas hablar entre ellos. Incluso Tayuya, quien debía de odiarles a todos, actuaba con una maravillosa profesionalidad, esquivando ataques, y devolviéndolos; aprovechando a los enemigos paralizados por las sombras de Shikamaru, o lanzando a otros hacia las marionetas de Kankurō, pues ahora eran dos, y eran terribles; cuando atrapaban a un enemigo, lo masacraban de las maneras más variopintas. No hay nada peor que un marionetista, eso tienes que saberlo. Son unos cabrones muy sádicos.
Sobre Tayuya, me llamó la atención que no utilizase la flauta más que para apuñalar y bloquear. La respuesta era simple, pero no la sabría hasta dentro de algún tiempo: el genjutsu acústico de la chica era un arma peligrosa que podría afectar a sus propios aliados. Los Cuatro del Sonido habían sido entrenados para resistir el genjutsu acústico, pero eso ya era otra historia. Las circunstancias ahora eran distintas, y le dejaban pocas opciones. Por ahora.
"¡Rápido!", gritaba Gai, noqueando a otro enemigo, mientras los demás se afanaban por neutralizar a los shinobis restantes. "¡Tenemos que llegar hasta Naruto!" Lo decía con tanta urgencia que casi resultaba gracioso. Tranquilo, hombre, me daban ganas de decir. Que no os voy a comer. O lo suponía. Sería mejor no dar nada por hecho.
Gaara levantó a tres tipos a la vez y los hizo estallar dentro de su arena, luego los tiró a un lado como agua sucia. No se andaba con chiquitas, el sin cejas. Genial. Había algo en él que me gustaba, aunque no sabía identificarlo. Quizá fuese el peinado, pensé, mientras Temari aplastaba a un tipo con su abanico abierto, y estaba yo tan ensimismado en aquella pelea que me olvidé de la mía. El kunai del chico Uchiha se clavó en mi muslo, luego en mi costado, y después en el aire, cuando lo tumbé de una patada en la cara.
Entonces, alguien me degolló por la espalda.
"Te tengo", gruñó el hombre con la máscara del tigre. Su cuchillo del color del marfil terminó de cortar el último centímetro de mi cuello, y la herida se hundía tres dedos hasta la carne más íntima, más caliente. La sangre brotó a borbotones sobre mi pecho y más allá, y noté que mi cabeza se volvía más ligera, más ligera...
"¡NO!", gritó Gai, y aceleró con tal poder que el aire estalló en una onda a su alrededor, quebrando las ventanas que allí había; el jōnin de verde impactó como un cañonazo contra su enemigo, y ambos chocaron contra el Tres Kappas, destrozándolo todo, y acabando con lo que quedaba de su fachada.
Yo me toqué la garganta con los dedos, y ella me los devolvió húmedos.
"¿Qué...?"
Me tambaleé. El mundo empezó a verse borroso, y los sonidos, a apagarse. Supe que me estaba muriendo. La realización me golpeó como un disparo. Me estaba muriendo.
"¿Y ya está?", pensé, tosiendo sangre, mientras aquel Uchiha con el cabello puntiagudo se ponía de pie, jadeando, y con el asesinato en los ojos. "¿Así de fácil?"
Pero si acabo de nacer
Me sentía tan bien
No ha servido de nada
¿Así de fácil?
Pensaba que sería
distinto
Ahora que
lo controlo
Ese chico va a
matarme
Qué es este
frío
Me gustaría haber
vivido más,
Ese chico va a
matarme
y supongo
que está bien
ver cómo Tayuya
grita por mí
Al sureste del País del Fuego, hay una antigua cervecería que los locales llaman "EL SITIO", aunque su verdadero nombre es otro. La razón del apodo es que no hay otro sitio donde tomarse una buena cerveza en diez kilómetros a la redonda, así que el negocio va viento en popa. Los locales, y los no tan locales, se aprietan en los bancos de madera de cedro todos los días, después de trabajar, y muchos de ellos se quedan hasta la puesta de sol; los que no trabajan, se regalan un par de horas más.
Sobra decir que el dueño estaba forrado. De hecho, por aquella época ya pensaba en abrir otro local con el enorme beneficio que estaba obteniendo, y su cerveza, "Kirin", se podía encontrar en todos y cada uno de los rincones del País del Fuego, y también más allá. Se trata de una cerveza de baja fermentación, elaborada con malta de maíz, cebada y arroz, muy aromática y espumosa. Se vende en latas, o en unas bonitas botellas de letras doradas y agradables.
Las letras rezaban: KIRIN ICHIBAN.
Esas dos palabras dieron vueltas en el aire, y desaparecieron en un marecillo de color ámbar cuando la botella impactó contra la sien del chico Uchiha.
"¿Qué cojones...?", gritó, pero otra botella le golpeó de canto en la nariz, haciéndole perder el equilibrio, y allí estaba Einosuke, con la cara encendida de indignación y las venas marcadas en las sienes. Estaba todo pegajoso por el alcohol seco en el que se había bañado, y blandía dos botellas más como si fuesen extrañas dagas. Junto a él, el extranjero de la barba, de pronto poseído por un espíritu de lucha que yo no comprendí, gritó palabras incomprensibles en su lengua materna. Llevaba una corta hacha de mano al cinturón, y la empuñó con fuerza. Eran dos civiles contra un Uchiha destrozado, y si sabéis de esto tanto como yo, os podréis imaginar que no era una batalla justa.
Detrás de ellos, Gai y el shinobi enmascarado intercambiaban golpes tan brutales que podrían acabar con diez hombres. Un puñetazo alcanzó una mandíbula apretada. Gai era como una pared de hormigón. Los poderosos músculos de su cuello hicieron presión contra el puño de su enemigo, lo hicieron retroceder, y de un increíble gancho, envió la pelea a otra parte, varios edificios más allá, donde los golpes continuaron escuchándose con similar contundencia.
Caí de rodillas, apenas consciente.
"¡Naruto!", gritaban las voces a mi derecha.
"¡Naruto, por Dios!"
"¡NARUTO!"
Pero la carrera de aquellos jóvenes que gritaban por mi vida se vio interrumpida cuando dos shinobis más aterrizaron frente a ellos. Como el anterior, llevaban máscaras de porcelana, y austeras ropas militares que no revelaban ninguna afiliación política. Estando de espaldas a mí, no pude sacar mucho más de ellos, excepto que uno de los dos era enorme, y llevaba un gigantesco objeto parecido a una columna en la mano; la otra figura, en cambio, era delgada, y en su mano derecha, orientado hacia atrás, llevaba un cuchillo que más bien era una estaca.
Todo mi cuerpo estaba helado.
Mi visión se desconectaba por momentos.
El chico Uchiha forcejeaba con el viejo del hacha corta, y con Einosuke, a la vez.
La arena de Gaara le elevó por encima de sus enemigos, y alzando ambas manos, dos enormes tornados gritaron con la furia del desierto.
El enmascarado gordo apoyó la columna en el suelo, y las grietas se expandieron varios metros, como raíces, a su alrededor.
A lo lejos, los choques y los gritos de la batalla de Gai se hacían más y más distantes.
El extranjero cortó la cara del chico Uchiha en diagonal, y éste le clavó un kunai en el pecho, y recibió un puñetazo de Einosuke que apenas le movió del sitio. GRITÓ, y su ojo derecho ahora tenía tres aspas, en vez de dos.
Einosuke cayó inconsciente de un puñetazo en la sien. Junto a él, su bar se caía a pedazos, pero había logrado defenderlo.
Una botella de cerveza rodó hasta mí, y la etiqueta quedó boca arriba. Representaba a un shinobi cabalgando un caballo de batalla.
Tres puñetazos destrozaron la cara del extranjero. Ni siquiera era un shinobi, pero se negó a caer. Plantó los pies en el suelo, y profirió un grito que sacudió el alma de sus dioses.
La muleta de Rock Lee se partió contra la daga del enmascarado, y los rapidísimos tajos le abrían heridas por todo el cuerpo.
Aquellos inmensos tornados se abalanzaron contra los dos shinobis enemigos, haciéndolos retroceder, escapar de la arena, pero entonces, algo se clavó en el pecho de Gaara, y lo derribó de su nube de arena.
El pelirrojo cayó al suelo de espaldas, y al rebotar contra él, escupió sangre. En su pecho, un cuchillo, largo y estrecho, asomaba como una bandera.
"¡GAARA!"
Sus dos hermanos corrieron a socorrerle, y se encontraron con una tormenta de cuchillos.
"¡NO!"
Y el cuerpo de Tayuya estaba cubierto de las marcas negras del Sello Maldito, y la enorme columna que aquel hombre usaba de arma le pasó tan cerca que casi acaba decapitándola, y el segundo golpe, alzado por encima de su cabeza, bajaba sin que pudiera evitarlo...
"¡TAYUYA-CHAN!"
...pero Lee, convertido en un borrón de piel enrojecida y ojos blancos, cruzó sus brazos para bloquear el tremendo peso de aquella arma, y su expresión era de furia y de dolor a partes iguales, pues su cuerpo apenas aguantaba ya el castigo de la batalla.
"¡Te voy a matar! ¡Juro que te mataré!"
Sus sharingans eran desiguales en sus aspas, pero ambos estaban impregnados de la misma ansia de matar, del mismo odio inabarcable de quien probablemente sentía un dolor genuino, un dolor increíble y enraizado en la parte más profunda de su ser; prueba de ello es que, pese al martirio que sin duda sufría debido a las heridas de fuera, y también a las de dentro, aquel chico que tanto se parecía a Sasuke se encaramó a mí y me tumbó de espaldas, dándome puñetazos enloquecidos, que no llevaban detrás todo el peso que deberían...
"¡Suéltalo!", gritó el extranjero en un acento grueso como el tronco de un roble, y con más fuerza de la que debería poseer un hombre normal, hundió su hacha en el centro de la espalda del Uchiha, y éste chilló como un cerdo en el matadero, se incorporó pese al estado de su cuerpo, y le asestó tal puñetazo que pude oír el crujido de su cráneo antes de que cayera al suelo.
El extranjero se desplomó, y mi asesino volvió a mí. Se sentó a horcajadas sobre mi cuerpo helado.
"No sé cómo sigues vivo", jadeó, y tenía los dientes del color de sus iris. "Pero esto acaba aquí."
El kunai se alzó entre la polvareda. Apuntaba a mi corazón.
El órgano vital y la herramienta mortal se alinearon en una perfecta constelación.
Y entonces el brazo bajó.
Y fue detenido por la mano temblorosa del viejo extranjero, que se erguía alto en su metro ochenta con un orgullo que de seguro no había sentido desde los años de su juventud, su luenga barba apenas un recipiente para la sangre derramada, y sus ojos verdes, que ya no eran turbios, sino más claros que los míos, más claros que los del prisionero, eran dos glaciares durante su última helada.
"Nombre...es...Harald", dijo con esa voz que estaba hecha para otro idioma, para otras palabras, para otra vida. El viejo pasó el mango de su hacha por el cuello del Uchiha, y tiró de él, agarrando al mismo tiempo el brazo que llevaba el kunai. Cómo pudo soportar la fuerza de un auténtico shinobi, eso es algo que todavía no lo comprendo. Debe de haber alguna fuerza en la muerte, o en la fe hacia ella; o quizá aquel hombre poseyera algún tipo de control sobre su chakra, no lo sé. Pero su fuerza era real, tanto como la mía.
"Yo...viejo. Muero pronto. Pero...tú...mueres..."
Se detuvo. Pensó. Hizo un gesto con la cabeza que debía de significar: más tarde.
EL UCHIHA RUGIÓ y forcejeó para liberarse, clavando sus dientes en el brazo del viejo, intentando asestarle cabezazos, todo eso en vano.
"Tú...", siguió diciendo el viejo. "Eres...bestia. Eres...monstruo."
Uno de los cabezazos le partió la nariz, pero sólo consiguió que apretase más fuerte.
"Pero ellos...necesitan...monstruo. Para ser."
Las manos del viejo apretaban el mango del hacha con una fuerza sobrehumana, y aunque los dientes del Uchiha hacían estragos en su piel rugosa, Harald no cedió en su presa.
"Sin monstruo...no hay ellos", dijo, tosiendo después, mientras sus ojos, aquellos ojos tan hermosos, perdían poco a poco su brillo. "Pero...sin ellos...monstruo...todavía es..."
Los dientes arrancaron un trozo de carne vieja.
Pero Harald no gritó.
"Mi pueblo...teme monstruos. Pero ama monstruos también. Mi pueblo...ama guerra. Pero ama paz también. Yo...fui guerra. Ahora...no soy."
"¡SUÉLTAME, ESCORIA!", gritó el Uchiha, totalmente fuera de sí.
Pero Harald no le soltó.
"Hoy...yo muero. Yo muero bien. Yo recuerdo...guerra. Veo...dioses."
"¡SUÉLTAME DE UNA VEZ!"
La última aspa surgió en el ojo izquierdo. Su mirada estaba completa, y sus fuerzas aumentaban rápidamente.
El viejo me miró. Sabía que aquellos eran sus últimos momentos.
"Nombre es...Harald", dijo con dificultad, mientras un hilo de sangre se le escapaba de la boca. "¿Tú...llamar...?"
El Uchiha alcanzó su cartuchera. Sacó un kunai, lo cogió al revés, y lo clavó entre las costillas de Harald.
Las manos del viejo se soltaron del hacha de guerra.
A los ojos verdes les quedaba un ápice de vida cuando volvió a preguntar:
"¿Nombre...?"
Pensé: NARUTO UZUMAKI.
Pero habría mentido.
Yo no era él, ni nunca lo había sido. No hacía más que repetirlo. ¡Y yo sabía mi verdadero nombre...! ¡Tenía que saberlo! ¡No podía haber nacido de la nada! Mis labios casi muertos se despegaron, envueltos de una tenebrosa resolución. Mi pecho se hinchó de nuevo con el combustible de la vida, y mientras mi visión se deshacía como una fotografía bajo una cerilla, una palabra brotó de mi garganta. Era una palabra singular, distante, como una intrusa en mis cuerdas vocales. Y es que esa palabra no provenía de mi mente, sino de un lugar más profundo, más real. Provenía de mi propia alma.
Intenté decirla. Pero no podía pronunciarla con mis heridas.
Así que hice que se curaran.
Mi chakra nació como magma del suelo. Burbujeó como la poción de un alquimista. Humeó como un bosque moribundo. El blanco de mis ojos se volvió negro. El iris rojo perdió su pupila. La carne se cosió a sí misma, como si el tiempo fuese hacia atrás, y mis huesos se contorsionaron, crujían, me sacudían como una marioneta. Convulsionaba.
El Uchiha dejó de atacar a Harald para mirarme, aterrorizado.
Recordé al prisionero y sus ojos azules. Él era Naruto Uzumaki.
Recordé al Zorro y sus fauces babeantes. ¿Él era...?
¿Dónde había estado todo este tiempo?
"Aquí no hay ningún Zorro. Sólo estoy yo."
En la jaula no había ninguna bestia, sólo un niño que ya había muerto.
"¿Qué hay del monstruo?", dije, elevando la voz.
Los ojos del prisionero se inclinaron hacia un lado, como divertidos. "¿No lo acabas de ver?"
En mi cuerpo no había ningún monstruo, sólo mi carne, y mi chakra.
"¿Eres Naruto Uzumaki?"
Él ladeó la cabeza, divertido, y la hendidura que era su boca se ensanchó hasta más allá de las mejillas. Una risa surgió del interior de su cuerpo, una risa grave, amarga, que raspaba sus cuerdas vocales: ja, ja, ja, ja...
Entonces estaba de nuevo en el Valle del Fin.
Las estatuas representaban a Naruto Uzumaki, y a Sasuke Uchiha. A los pies de cada uno, había un jarrón con flores blancas. Ambos habían muerto en la lucha.
Crucé el lago sin que la espesura del agua me molestase, y allí estaba la jaula del Zorro de Nueve Colas. Estaba vacía. Los barrotes estaban partidos, rotos, doblados, y del sello sólo quedaban algunos trozos que casi no podía reconocer.
Miré a la cascada, y corría normalmente. Sobre ella, no había ninguna bestia, sino un cielo hecho de agua clarísima, tan clara, que actuaba como un espejo.
Los ojos del Zorro me devolvieron la mirada.
"¿Me recuerdas?", me dijo con suavidad.
"Te recuerdo", murmuré yo.
"¿Cómo me llamo?", preguntó el Nueve Colas.
"Te llamas..."
Harald cayó al suelo, de lado, roto, pero aún vivo. Todavía podía hacerlo. Todavía podía devolverle el favor a aquel viejo guerrero. El Uchiha agarró el kunai con ambas manos y lo alzó tan alto que parecía el juicio de Dios allí arriba, brillando, mortal y absoluto, pero el joven shinobi estaba demasiado cansado, y fue demasiado lento.
Así que viví.
Mis pulmones tomaron aire.
Mis mano izquierda se cerró al compás de un poderoso latido de mi corazón.
Y mi mano derecha cogió la botella que antes había rodado hacia mí. KIRIN ICHIBAN. Pálida cerveza con poco nivel de alcohol. Cogiéndola por el cuello de cristal, la estallé contra la sien de aquel Uchiha histérico, derribándolo por fin, inconsciente y derrotado.
Me puse en pie, y de repente moverme era muy sencillo.
Miré a Harald a los ojos, y ya los tenía cerrados.
Pero yo ya recordaba mi nombre. Ya lo recordaba todo.
Me acuclillé junto a él, y con el índice y el pulgar le forcé a abrir su ojo izquierdo. En él aún había algo de vida.
"¿Nombre...?", fue la última palabra de Harald, ya a las puertas de su Cielo, aferrándose a la vida sólo por aquel capricho, aquella curiosidad, que de alguna manera había salvado la mía.
Yo le acerqué la boca al oído, y noté que se afanaba por escuchar las palabras que eran un secreto, y que, durante un largo tiempo, sólo conocería un hombre muerto. Me humedecí los labios, y susurré:
"Kurama."
Y con esa simple palabra, él pudo morir, y yo vivir, por fin en paz.
