CAPÍTULO 13: LA HOJA EN LLAMAS
Jamás lo conseguirían. Los amigos de Naruto Uzumaki eran demasiado débiles. Eran demasiado jóvenes. Y sus oponentes eran duros. Fuertes. Más que ellos mismos. Incluso más que sus maestros. No tenían ninguna oportunidad.
Claro que no estaban solos en esto.
Tenían secretos de su parte.
El de Rock Lee era el más evidente. El chico dominaba una técnica prohibida. Abría unas puertas y cerraba otras. Las que abría le volvían más fuerte, más rápido, más brutal. Las que cerraba eran, por supuesto, las puertas de su futuro. Un hombre no puede ser grande sin destrozarse a sí mismo en el proceso. Esa es una de las reglas universales de la Humanidad. Hay algunas más, pero imagino que ya las sabes.
"¡Tayuya-san! ¡Ahora!"
Todos los huesos del brazo. Fue eso lo que le costó bloquear el golpe de su oponente. Pero dos manos abiertas le sostuvieron la espalda, haciendo fuerza contra el golpe, y juntos, ella y él, retrocedieron sólo unos metros. Tayuya giró a su lado y lanzó su flauta contra la máscara del Uchiha, y el silbido en el aire fue espectacular, algo digno de elogio, algo PRECIOSO, que me erizó la piel como si fuera música, caricia, bebida, un recuerdo.
Claro que todo eso no sirvió de mucho.
El Uchiha atrapó la flauta en el aire. Esquivó el puñetazo de Tayuya, y el siguiente, y el siguiente, y entonces la cogió por la muñeca. La levantó en el aire (el cabello de rojo dibujó un arco perfecto) y la estrelló brutalmente contra el suelo.
Tayuya gritó de dolor.
Y el destello verde surgió lleno de odio y rabia y gritos y el puño sano se hundió en la tripa del enmascarado; el puño roto en su mentón, daba igual lo que doliera; y la máscara se agrietó, y el desconocido bramó como un animal, y entonces todo acabó para Lee.
Un puño que triplicaba el suyo en tamaño le hundió la cara hacia dentro.
Pero el chaval no cayó.
Una vara que parecía una columna le rompió el brazo sano y destrozó aún más el que ya estaba herido.
Pero Rock Lee no cayó.
Una carga como la de mil toros bravos reventó el pecho de Lee, y aún así no cayó.
"¡GAI-SENSEI!", gritó el chico, mientras su chakra se disparaba hasta la estratosfera. "¡MÍRAME!"
Supuse que iba a suicidarse. ¿Liberaría todas las puertas? ¿Acaso podría soportarlo? Si podía, aquella guerra se había acabado. No era la primera vez que veía a un usuario de aquella técnica. Era algo que merecía la pena ver. Algo insano pero de alguna manera exquisito. Una de las pocas maneras que tenía un ser humano para ser algo, sabes, algo que mereciera la pena. No sabía cómo sentirme al respecto. ¿Era desprecio, aprobación, o...?
"¡OCTAVA PUERTA...!"
Así que ese era el último rodeo del chico. No había elegido un mal momento para morir. La Aldea Oculta entre las Hojas ardía, y él ardería con ella. La octava puerta era sangre y no esmeraldas. Un vapor rojo envolvía al usuario. Era un aura de destrucción y muerte. Un aura de redención. El humano se volvía monstruo. Se volvía divino. Algo que incluso yo tendría, quizás, en cuenta. Sentí cómo algo cálido se hacía dueño de mi pecho. Sí, pensé. Vamos, Rock Lee, shinobi de Konoha. Alcanza la última puerta. Vuélvete digno. Déjame volver a experimentar algo intenso en esta absurda vida.
"PUERTA DE LA...!", chilló Rock Lee, sus ojos blancos como la espuma del mar.
Pero no fue suficiente.
Una descarga eléctrica recorrió el cuerpo del chico.
No estaba preparado.
Rock Lee se desplomó inconsciente, derrotado por una técnica que aún no dominaba.
Pude oír cómo el enmascarado soltaba el aire que había estado conteniendo. Pude oler el miedo en su sudor y en su aliento. Y luego vino la risa. Una risa profunda y sincera que nacía de las profundidades de su estómago.
"¡Ja, ja, ja!, se carcajeó el Uchiha, y detrás de él, su compañero terminó de tumbar a Shikamaru Nara. Un cuchillo le atravesaba el hombro derecho. "¡Niñato, me habías asustado!
Iba a decir algo más, pero entonces el puño de Tayuya Uzumaki le voló la máscara.
"¡Gordo de mierda!", gritaba, totalmente histérica. "¡Estás acabado!"
Y a allí estaba el segundo secreto. El Sello Maldito de Orochimaru. El legado de la Serpiente Blanca. La perversión de la naturaleza, la humillación de lo humano. Me gustaba. Era un poder lleno de odio. Era un poder que quería lograr algo. Tayuya llevaba cuernos blancos sobre una piel oscura. Unos ojos donde ya apenas quedaba razón. Y un poder insoportable para casi cualquiera.
Ella no era cualquiera.
La vara del enmascarado cruzó el aire en horizontal y Tayuya se apoyó en ella para patearle la cara. Él agarró su tobillo como había agarrado su muñeca, y volvió a estrellarla contra el suelo, pero lo único que destrozó fue un tronco de madera.
Detrás de él, unas sandalias patinaron por el suelo arenoso y unas manos finas pero temibles aferraron la flauta que Tayuya había recuperado para sí. Estaba furiosa. Una expresión inhumana le cruzaba el rostro.
Entonces sopló.
La melodía llenó el aire como el aroma del salitre en verano.
Y Kankurō salvó a Shikamaru con una lluvia de agujas venenosas. Y Shikamaru salvó a Kankurō con una sombra que hizo tropezar al enmascarado. Entonces entró Temari. Y Temari albergaba un odio tan intenso que podría someter a un volcán. Su hermano yacía junto a ella, adornado por un cuchillo del color de la tinta.
"¡Mataste a Gaara...! ¡Y yo te mataré a ti...! ¡TE HARÉ DAÑO...! ¡Te destrozaré...!"
Temari gritaba entre ráfagas de viento. Pero el enmascarado las esquivaba todas.
La rubia rugió como un dragón de leyendas.
"¡Jutsu: Hoz Comadreja!", pero no paró ahí: "¡Jutsu: Hoz Comadreja! ¡Hoz Comadreja! ¡Hoz...!"
Las casas estallaban con cada ataque.
"¡Temari!", gritó Kankurō, mientras el viento lo arrastraba hacia atrás como un contenedor de basura en una tormenta. "¡Para! ¡Estás destrozando la aldea!"
"¡ME DA IGUAL ESTA ESTÚPIDA ALDEA!"
La voz de la chica murió en la última sílaba, cuando el cuchillo del Uchiha le cortó la garganta limpiamente. No hay piedad entre los shinobi de élite. Están hechos para matar. Criados para matar. Cortan mejor que los carniceros, despachan mejor que los tristes mataderos.
"¡No! ¡NO!"
Era Kankurō.
"¡TEMARI!"
Y al instante él también cayó, diez cuchillos en su espalda. Las marionetas se desplomaron en el suelo como juguetes de madera. Sólo quedaba Shikamaru, y estaba herido. Estaba asustado. Estaba acabado.
Pero era un Nara. Joder, nunca olvides ese apellido.
La punta de un cuchillo rozó la punta de su nariz.
Allí estaba el enmascarado, a punto de perforarle el cráneo. Pero algo se lo impedía. Eran las sombras. Las sombras que nacían del abanico de Temari. Las sombras que se extendían desde las marionetas de Kankurō.
Las nubes ensombrecieron la aldea por algunos momentos.
"Nunca me gustaron los Uchiha", dijo Shikamaru entre jadeos. "Esto no me creará remordimientos."
Pude sentir cómo su chakra caía en picado. Lo había usado todo.
"Jutsu: Sombra Estrangulante."
Una mano negra destrozó el cuello del enmascarado.
Tres ogros cargaron contra el otro enmascarado. Las invocaciones de Tayuya eran horribles como demonios. Eran poderosas como ellas solas. La vara que parecía una columna cedió bajo un garrote reforzado con metal. Dos manos de diferentes dueños aferraron el cuello del Uchiha, lo levantaron por los aires y lo tiraron contra el suelo con tanta fuerza que formaron un cráter de varios metros.
"Vamos, chicos", decía Tayuya para sí. "Hacedlo polvo. Hacedlo nada. Destrozadlo. Matadlo."
Uno de los ogros se encendió en una luz infinita.
Cayó al suelo, calcinado.
El siguiente jutsu también fue de fuego, y falló. Quedaban dos ogros, y eran fuertes, Dios mío, eran tan fuertes que cualquier hombre se mearía al verlos... Pero no este Uchiha. El primer ogro cayó de cara al suelo. Genjutsu. La gigantesca vara, la mitad que aún quedaba intacta, le reventó el cráneo. El último ogro no tenía ojos que pudieran ser engañados. Nada de genjutsu aquí.
La máscara rota dejaba ver una barba. Unos labios gruesos. Una nariz atractiva.
Unos dientes afilados.
"Estás jodido, monstruo", escupió el Uchiha. Y sin técnicas, sin nada, cargó.
Le bastaron sus puños. Sus antebrazos gruesos como el cuello de un caballo. Sus puños que pesaban como pesa la culpa. Lo estaba machacando. Lo fundía como se funde el metal. De un fuerte golpe, tumbó al ogro, y de otro, lo decapitó. Tayuya tuvo que unirse a la pelea, y el primer golpe casi la mata.
Entonces, Lee.
Gritos sin sentido.
Un valor sin igual.
"¡Remolino de la Hoja!"
Y los miembros que no deberían poder moverse mantuvieron a raya al Uchiha.
"Tayuya-chan! ¡Acaba con él!"
Una mano gigante cogió la cara de Lee. Apretó. Pero ahí no había nada, sólo el aire. El chico estaba encima de él, todo su chakra concentrado en un puño de adolescente.
El Uchiha miró arriba, a Lee. Miró abajo, a Tayuya, que se abría paso en su guardia.
Dos puños le apuntaban con la rabia de un tsunami.
"¡Muy bien, niñatos! ¡Os enseñaré vuestro lugar...!"
Y los sharingan de un adulto brillaron de increíble rojo, de increíble desprecio, listos para matar, y...
"Rasengan."
La voz era calmada. Las manos, firmes como las de un artista. Pero el chakra era tan grande, tan increíble, que sólo podía pertenecer a una persona. La mano de dedos finos se apoyó en la tripa del Uchiha, y entonces surgió la esfera. Era azul. Chakra puro. Poder puro.
El enmascarado se levantó en el aire, apoyó los pies, intentó aguantar, hizo girar sus sharingan, maldijo, chilló, hizo fuerza contra la mano... La mano no se movía un centímetro. La técnica hacía trizas el estómago del Uchiha.
Los ojos rojos se volvieron blancos. Estaba muerto.
A su lado, mierda, estaba yo.
"Descansa en paz, hijo de puta."
Rock Lee aterrizó a mi lado, tropezó, rodó, y cayó de espaldas al suelo.
Tayuya Uzumaki congeló su puño en el aire, abrió mucho los ojos, y entonces sus pupilas buscaron mi espalda. Y entendieron. Creo que lo hicieron. Creo que en ese momento, Tayuya era muy consciente de lo que estaba pasando.
Creo que fue mi chakra. Debió de ser eso. Eso fue lo que les llamó la atención.
Nada más usar la técnica, toda la aldea tembló con violencia.
"Naruto, tu chakra...", comenzó a decir Tayuya, pero entonces, se escuchó un grito. Era más bien un chillido de dolor. Pertenecía a un hombre. A un hombre joven. A a Shikamaru Nara.
El otro enmascarado le cosía a puñaladas.
El cuello roto le caía a un lado de una forma repugnante.
Estaba muerto, pero no lo estaba.
Estaba vivo, pero no debería estarlo.
"Muere muere muere muere muere muere muere muere muere muere..." Estaba loco. Estaba enfermo. Repetía la misma palabra como si se tratase de algún encantamiento.
"Muere muere muere muere mu..."
Una sombra le cubrió de cintura para arriba. Apretó. Y allí ya no había torso, ni cabeza. Allí no había enmascarado. Sólo había una cintura y unas piernas, y bajo ellas, un Shikamaru Nara bañado de rojo, y al borde de un ataque de ansiedad.
"Dios mío."
Ni siquiera usó sellos.
"Funeral del Desierto."
La arena borró la carne como el viento borra la arena.
Gaara del Desierto estaba de pie, con un cuchillo saliéndole del pecho. Pero su conciencia se apagaba, y su chakra era otro. Poco a poco, se iba yendo... Las heridas se cerraban rápido sobre su piel pálida. Y sus entrañas se cerraron alrededor de la hoja. Escupieron el cuchillo. Cerraron la herida.
Shukaku abrió sus pupilas de ámbar.
Hasta entonces, la aldea temblaba. Ahora se sacudía. Los adoquines saltaban de su sitio. Las paredes de madera se volvían contra ellas mismas y eran astillas y eran esquirlas de cristal y eran farolas a la mitad, y postes quebrados y bancos del parque coronando metros de tierra elevada. Los cuervos caían del cielo, parecían moscas, parecían moscas abatidas por un gas fulminante... Sus corazones se paraban al instante. Los civiles, y los shinobis más débiles, se agarraban la garganta; no podían respirar.
Su chakra respondió al mío.
Mi chakra respondió al suyo.
Piénsalo: juntos, sumábamos diez colas...
Era el Zorro de Nueve Colas. Era la Encarnación de la Arena.
Ambos encerrados en niños de idéntico destino.
El tercero de los secretos.
Dos masas de chakra surgieron de pronto y chocaron entre ellas. Violentamente.
El chakra arrancaba piedras del suelo, las levantaba, movía cadáveres, hacía tintinear las armas en el suelo, tumbaba árboles, hacía que el sudor cayera hacia arriba, que los líquidos se levantaran de los charcos como puñaladas al cielo.
"No puede ser...", murmuró Tayuya. "Ha escapado."
Una gota remontó la pendiente de su nariz . Estaba asustada.
No estaba muy lejos de ella. De hecho, podía verla de cerca. Era guapa. Incluso ahora que parecía un demonio. Incluso ahora que tenía sangre por todas partes, y cuernos, y una piel de extraño color. Qué cojones, me gustaba más ahora. Estaba destrozada pero llevaba la espalda recta. Estaba aterrorizada, pero sus ojos encontraron los míos, y se quedaron ahí, como si estuvieran cosidos de pupila a pupila.
Konoha ardía tan fuerte que llegaba a las nubes.
Las llamas teñían de rojo su piel oscura. Bailaban en las pupilas mate de Rock Lee. Se extendían hasta quedar peligrosamente cerca del cuerpo de Temari...refulgían en el pendiente de Shikamaru, quien se arrodillaba al lado de la chica, casi lloroso, casi consciente, dándole unos primeros auxilios que parecían ridículos ante tamaña herida.
Los cuervos supervivientes volaron más rápido. Un torbellino de alas negras.
Otros caían muertos, se desplomaban con el corazón en parálisis.
Y el mayor de ellos seguía paseando sobre nuestras cabezas. Observando.
Al cabo de unos segundos, la presión del chakra cesó. La aldea dejó de sacudirse.
"¿Puedes oírme?"
Tayuya se plantó frente a mí, me miró a los ojos, desvió la mirada, volvió a enderezarla. Su sello maldito seguía activo. Las personas seguían muriendo por todas partes mientras hablábamos. En la distancia, un tremendo golpe (allí donde Maito Gai luchaba contra el otro enmascarado) derribó varios edificios y levantó un fuego de tal magnitud que podría derretir una armería.
Estreché los ojos. Ella volvió a hablar. Se acercaba poco a poco, tanteando el terreno. Olía a sangre y sudor.
"Naruto... ¿Sigues ahí?"
Extendí la mano, agarré su cabello, y la obligué a inclinarse.
Ella chilló algo. La flecha pasó por donde había estado su cabeza y se clavó en el centro de mi pecho. Gruñí, me la arranqué, y la usé para desviar la siguiente. A cincuenta metros había un Uchiha con arco largo y un carcaj casi vacío. Los ojos le brillaban fuerte incluso a lo lejos, y dejaban estelas al moverse. Era rápido hasta para un jōnin. Las siguientes flechas llegaron tan seguidas que parecieron ser disparadas a la vez.
Aparté a Tayuya, di un paso, y elevé mi chakra. Las flechas se partieron contra la bruma roja, contra la brisa roja. Una de ellas se dividió perfecta por la mitad, y a través de la madera abierta, el Uchiha pudo verme desaparecer.
Decidí no usar toda mi fuerza. No sabía si ese cuerpo podría soportarla. Me dije: sólo una pizca, lo suficiente como para dejarlo fuera de juego. Apreté las sandalias contra el suelo, tensé el cuerpo, y aceleré.
La velocidad arrancó un surco como si arase la tierra. Mi puño deformó su estómago hacia atrás, y luego se manchó de barro. Una técnica de sustitución. Los jōnin tienen buenos reflejos. El Uchiha esprintó con el poderío de diez hombres, su figura difuminándose con la potencia del movimiento, su última flecha envuelta de fuego en la punta, lista para ser disparada. La flecha apuntó a un objetivo que ya no estaba. Aparecí detrás de él, y reaccionó bien, casi al instante, no era tan malo el tipo. Saltó y puso distancia entre nosotros. Pero al aterrizar, intentó apoyar una pierna que ya no tenía, de modo que cayó al suelo.
"¿Qué has...?", murmuró, pálido como la cera.
Sonreí. Tenía su pierna cogida en la mano, desde el pie hasta la rodilla.
"Te has olvidado esto", dije, dejándola caer al suelo. "Pero allá a donde vas, no te hará falta."
Empecé a caminar hacia él, mientras detrás de mí, el cuerpo de Gaara del Desierto arrasaba con un nuevo pelotón de Uchihas. Teniendo en cuenta cómo actuaban, estaba claro que tanto él como yo éramos sus objetivos. No era la primera vez que sucedía, ni sería la última. Ese era el destino que nos había tocado. La pregunta era, ¿qué otras cosas buscaban...?
"¡No te acerques, monstruo!", chilló el Uchiha, arrastrándose hacia atrás hasta toparse con un cadáver. Desvió la mirada hacia él y sus pupilas se achicaron al comprender que era ése el futuro que le esperaba. Vestiduras rasgadas y carne muerta. Lo mismo que al resto del mundo, sólo que antes de tiempo.
"Siempre las mismas frases..."
Siguió chillando mientras andaba hacia él, y sus gritos se mezclaron con los de sus compañeros. Algunos caían a manos de Tayuya, pero casi todos se los cargaba Shukaku, a través del cuerpo de Gaara. Eso no me sorprendía, era normal. La diferencia era demasiado grande. Pero lo que sí me llamaba la atención (pese a que en esos momentos no le di la importancia que debería) era el hecho de que Shukaku no liberase su auténtico cuerpo, y en cambio decidiese permanecer dentro de su pequeño recipiente. No era su estilo. Odiaba estar dentro de los humanos tanto como yo.
"¡Aléjate de mí!", gritaba el Uchiha.
Estábamos a diez metros.
Sus manos sudorosas formaron los sellos con cierta torpeza.
Cinco metros.
"¡Jutsu: Gran Bola de Fuego!"
Las llamas surgieron potentes como aliento de volcán. Un momento antes de que me tragasen, elevé mi chakra, y una gruesa aura carmesí me envolvió como una armadura de pintura y burbujas. Caminé a través del fuego, y al llegar a su otro lado, lo aparté como quien aparta una cortina.
Continué mi paseo.
Un kunai con pergamino explosivo voló hasta mi entrecejo; lo atrapé en el aire. Noté cómo explotaba, inútil, bajo mi puño. Le siguieron docenas de kunais, la mayoría fallaron su objetivo, y se clavaron tras de mí. Los otros fueron bloqueados por mi chakra.
"No es necesario que te revuelvas tanto", dije con una risotada. "El resultado será el mismo."
Entonces él hizo un gesto con las manos, y los hilos de metal que había atado a los kunais se cerraron a mi alrededor, cubriéndome hasta la barbilla.
Ladeé el cuello. "¿Oh...?"
Vi en su expresión la intensa decisión de matar. Estaba reuniendo todo su chakra.
"¡Elemento Fuego!", gritó el shinobi, desgarrándose la voz. "¡Jutsu Fuego de Dragón!"
Y aquella técnica explotó con mucha más violencia que cualquiera de las anteriores. Se abrió un cráter a mi alrededor, y la onda expansiva movió a Tayuya del sito, casi haciéndole tropezar, casi haciéndole perder la cabeza bajo la katana de su oponente. Pero el filo pasó rozando su barbilla, y la chica vivió un día más.
Las llamas se dispersaron. Luego lo hicieron el humo, la tierra, el polvo. Y finalmente, se deshizo el clon. La nubecita estalló casi ridícula entre los hilos, y el metal tintineó al precipitarse al suelo.
Hubo unos segundos de confusión, entonces el Uchiha entendió.
Miró hacia arriba, aún casi tendido en el suelo, y ahí estaba yo. De pie tras él.
"No ha estado mal", dije. "Aunque no haya servido para nada."
"No...", gimió él. "No puede ser..."
"Oh, sí", respondí, agachándome a su lado. Levanté una mano con la palma hacia arriba, y el chakra comenzó a acumularse en ella, al mismo tiempo que mi aura se deshacía en pequeñas virutas rojas. "Sí que puede ser."
Y con brutal gesto agarré su cara con una mano, forzándole a tumbarse por completo, y formé la técnica que preparaba en la otra.
"Rasengan."
Directo a su pecho.
La esfera azul apagó las pupilas carmesíes.
Era una técnica muy útil, la de ese crío. Sólo necesitaba usarla una vez para tomar una vida.
Podría haberlo hecho antes. Pero me divierte jugar con la comida.
Tenía un problema mayor que los Uchiha.
Me di la vuelta, y allí estaba. Un chaval pelirrojo sobre un torbellino de arena. Se elevaba levitando como si cabalgase nubes, sus ojeras tan marcadas que parecían hechas de tinta, sus ojos amarillos trayéndome recuerdos de profunda nostalgia. Y de profunda molestia. Shukaku nunca me cayó bien.
Lo miré de arriba a abajo. Estaba reuniendo toda la arena que Gaara había desperdigado. Pero no la devolvía a la calabaza en su espalda, sino que la mantenía en el aire, bien separada, de manera que casi formaba parte de la atmósfera. A cada lado de mi hermano había una columna de arena y ambas giraban como tornados. Gaara había hecho lo mismo hacía poco, pero con mucho menos acierto. Si hay algo que se pueda decir del mapache, es que utiliza bien su elemento. Por lo demás, te lo aseguro, no merece la pena hablar de él.
A su alrededor habían muchos cadáveres, casi todos Uchiha.
Decidí intervenir antes de que la situación se descontrolase.
La única que seguía en pie era Tayuya.
"¡Tú!", le grité, acercándome a ella. "¡Coge a tus amigos y lárgate de aquí!"
La pelirroja estaba sacando su flauta del pecho de un enemigo. Por ahora no había más. Me miró, luego miró a sus compañeros, a Gaara, y finalmente a mí.
"No son mis amigos", respondió con voz muy tensa. "¿Puedes hablar?, dijo al cabo de un momento, mirándome a los ojos. "Entonces, ¿todavía eres tú, Naruto?"
"Haz lo que te digo, niña", le gruñí, cogiéndola de uno de sus cuernos y levantándola unos palmos del suelo. "O te mataré antes de que lo haga Shukaku."
Ella respondió pateándome la cara.
Una gota de sangre salió de mi nariz. Sonreí.
"Eres una mocosa con mucho carácter."
Solté el cuerno. Apoyé el dedo pulgar en el índice, apreté, y descargué un dedazo contra su frente.
La chica dió vueltas en el aire hasta caer al lado de Shikamaru. El golpe le dejó una marca sobre las cejas, pero por lo demás, estaba bien.
"Vosotros", dije. "Largaos. Ahora."
Una estaca de arena cayó sobre la espalda de Rock Lee, pero el chico logró evitarla rodando por el suelo. Intentó ponerse en pie, pero fue incapaz. Llevaba un rato de rodillas. A mí me sorprendía que siguiera existiendo en el mundo de los vivos. Cualquier otro sería un cadáver por partida cuádruple.
Los demás no estaban en mejor estado, de todos modos.
Kankurō estaba vivo, pero inconsciente, y malherido. Sus marionetas eran inservibles ahora. Una de ellas yacía junto al abanico de una Temari que apenas respiraba. Shikamaru la mantenía viva a duras penas, utilizando sus sombras para mantener la herida cerrada, una idea ingeniosa que no duraría mucho tiempo. Apenas tenía chakra. Y sus propias heridas justificaban un viaje directo al quirófano. Los miré uno a uno, luego eché la mirada alrededor. Vi muerte, y vi guerra. No saldrían de aquella.
Una gran estaca cruzó el aire y reventó una casa, y a los shinobis (de ambos bandos) que luchaban sobre ella.
"¡JA, JA, JA, JA!", reía el rostro desencajado de Gaara. "¡Vuelvo a ser libre!"
"Como siempre, un estereotipo andante", murmuré por lo bajo.
Defenderse de los Uchiha lo había mantenido ocupado un tiempo. Ahora que tenía las manos más libres, se dedicaría a sembrar la destrucción al azar. Shukaku no tenía muchas preferencias al respecto. El caos era caos para él. Le daba lo mismo que fuera una casa, un castillo, o una familia de tres.
Otra estaca, más grande que la otra, destrozó el bloque de edificios que había a la derecha del hospital. Shukaku hizo un gesto con las manos, y atrapó a diez o doce shinobis con su arena. Los elevó en el aire, mucho más alto de lo necesario, y con los siguientes gestos fue atrapando más y más shinobis, sin hacer distinción de quiénes eran, hasta que sus alrededores quedaron repletos de aquellos repugnantes capullos de arena. Los que estaban lejos venían flotando lentamente, mientras la víctima gritaba, ya fuera de miedo o de rabia. Debía de haber cincuenta, sesenta de ellos allí arriba. Y el chakra de Shukaku no había disminuido una centésima. Algunos capullos de arena también habían atrapado cuervos al cerrarse, y los animalitos graznaban desesperados antes de ahogarse en la arena.
"¡JA, JA, JA, JA!", reía Shukaku, atrapando más y más shinobis con su arena.
Algunos, no muchos, podían esquivarla. Sólo los jōnin o los chuunin más experimentados lo lograban. Saltaban de un lado a otro, evitando las embestidas de la arena, o bloqueándola de diversas maneras; algunos contraatacaban devolviendo herramientas ninja o jutsus que no superaban la defensa del jinchūriki. La defensa absoluta de Gaara no era nada comparada con aquello. Y yo seguía pensando por qué demonios decidía pelear de la misma manera que el chico. Aquellas técnicas ni siquiera eran suyas. No le pegaba.
Noté que había arena flotando alrededor de los compañeros de Naruto. Había que sacarlos de ahí, y rápido. Pero Tayuya, la única en buen estado, no podría cargar con todos a la vez. Aquel asunto no me dejaba muchas opciones.
Suspiré.
Si no podían alejarse del problema, el problema tendría que alejarse de ellos.
Hice crujir mi cuello, mis manos, mi espalda. Cerré los ojos e inspiré una gran bocanada de aire. Y entonces, alzando la voz todo lo que me permitía aquella garganta de niño, grité:
"¡SHUKAKU, MALDITO IMBÉCIL!"
Y al mismo tiempo, liberé grandes olas de chakra que llamaron la atención del mapache. Y vaya que lo hicieron. El cuerpo de Gaara se detuvo a medio gesto, y dos de los capullos se abrieron, dejando caer a sus presas. Ambos shinobis amortiguaron la caída, se miraron entre ellos, y procedieron a correr en direcciones opuestas.
Las pupilas ámbar se estrecharon al mirarme.
"¿Quién osa...?" Y alzó las cejas que no tenía. "¿Zorro? ¿Eres tú?"
"¿Qué demonios estás haciendo?", grité.
"Matar humanos", respondió, descendiendo varios metros en el aire hasta quedar más o menos a mi altura. Me miró de arriba a abajo, luego echó un vistazo a los cuerpos que me rodeaban. "¿No haces tú lo mismo?"
"Sólo a los de un bando."
Frunció el ceño. En lo alto, uno de los capullos comenzó a sacudirse más de la cuenta. Shukaku hizo un gesto con los dedos, y le metió un chorro de arena por la boca.
Finalmente respondió. "¿Y desde cuándo importa eso?"
No era mala pregunta. ¿Desde cuándo lo hacía?
"Son los Uchiha los que tienen la culpa de esto", dije.
"Todos tienen la culpa", respondió él. "Todos los sucios humanos."
Odiaba estar de acuerdo con Shukaku. Aún así...
"Por esta vez", dije, "por esta vez, matemos sólo a los Uchiha. Tú también los odias, ¿verdad?"
"Yo odio a todo el mundo. Y tú también lo haces. ¿Qué demonios te pasa? No me digas que te han amaestrado."
"En absoluto."
"Entonces no te entiendo, hermanito."
Solté un gruñido de frustración.
"Muy bien. Mata a quien quieras. Pero a esos", dije, señalando a Tayuya y los demás, "a esos déjalos en paz. ¿De acuerdo?"
Los ojos de Shukaku se convirtieron en dos pequeñas rendijas.
"¿Y por qué haría eso, si puede saberse?"
"Tengo una deuda que saldar, y les incluye."
"No veo por qué eso tendría que importarme", respondió, volviendo a elevarse con su arena.
"Porque si no obedeces, Ichibi, pienso darme el gusto de molerte a golpes."
El aura de chakra apareció de nuevo, cubriéndome entero, ocultando mi cuerpo, llenándome de poder. Dos largas orejas rojas aparecieron sobre mi cabeza, y mis manos se crisparon en largas garras de animal.
"Oh...", rió él, cruzándose de brazos, mientras la arena se acumulaba a su alrededor. "Así que esas tenemos..."
Se elevó muy alto en el aire, dándome la espalda, y con un grandilocuente gesto, juntó todos los capullos sobre nuestras cabezas. Eran tantos que ensombrecieron toda la zona.
"Temo decirte, Kyūbi, que no me impresionas. Sólo eres un viejo zorro en el cuerpo de un niñato. Y ahora que te miro", dijo, soltando una sonora carcajada, "me doy cuenta de que te falta algo."
"Cállate", mascullé. Sabía a qué se refería. Hablaba de...
"¡Tus colas!", exclamó Shukaku. "¡No puedes usarlas!"
Era cierto. No podía.
Las carcajadas resonaron por todo el lugar.
"¡No me puedo creer que te haya sucedido a ti, de entre todos nosotros! ¡Ja, ja, ja! ¡El destino tiene un gran sentido del humor!"
Reconozco que perdí los nervios.
"¡SHU...KA...KU!", rugí a pleno pulmón. "¡TE VOY A...!"
Una gran estaca de arena destrozó el suelo que hasta un segundo había pisado. De un salto me elevé en el aire hasta quedar a la altura de mi hermano.
"¡¿Qué es lo que vas a hacer, oh poderoso Kyūbi?!", gritó Shukaku a su vez. "¡No! ¡Ahora sólo eres un zorro! ¡El Zorro sin ninguna cola! ¡JA, JA, JA!"
Lancé un puñetazo, pero la arena se interpuso. La volé por los aires, creé un clon, me apoyé en él, y volví a saltar. Los torbellinos de arena se retorcieron y cargaron contra mí, mientras Tayuya ponía a salvo a Lee, y Shikamaru cargaba el cuerpo de Temari entre continuos tropiezos. Kankurō quedó atrás. Una nube de arena lo atrapó y lo elevó por los aires junto al resto de capullos.
"¡Estás acabado!", gritó Shukaku, lanzándome arena por todas partes, aprovechando la ventaja de estar en el aire.
Crucé los dedos índice y corazón de ambas manos.
"¡Tajū Kage Bunshin no jutsu!"
Decenas y decenas de clones hicieron de escudos humanos contra la arena, mientras otros se apoyaban en sus compañeros para saltar hacia Shukaku, gritando y envueltos en chakra. Yo estaba entre ellos; salté de un clon a otro, esquivé estacas, evité los tornados, tiré de dos clones para usarlos de escudo ante una lluvia de agujas de arena. Volví a saltar, y dos enormes brazos de arena, muy parecidos al cuerpo real de mi hermano, me aferraron los brazos como si colgara de una cruz.
Mis clones caían a puñados mientras Shukaku reía a carcajada limpia.
"¡Mírate ahora! ¡Mírate! ¡Eres débil! ¡Das vergüenza, hermanito!"
Intenté responderle, pero una descarga de arena me golpeó el estómago y me quitó el aliento.
Shukaku formó un sello.
De la nube de arena bajo sus pies surgió un enorme entramado de agujas que destruyeron de un plumazo todos mis clones.
Una terrible sonrisa se desgarró en el rostro inconsciente de Gaara.
"¡Vienes a mí con técnicas de humanos! ¡Con técnicas de niño! ¿Es eso lo que eres ahora, Kurama? ¿Te has vuelto humano?"
"¡SILENCIO!"
"Ven y cállame."
Una profunda sombra me oscureció el rostro.
"Como quieras."
Los músculos de Naruto Uzumaki se tensaron como trenzados del más duro metal. Sus canales de chakra se ensancharon como cañerías. Dentro ardía un poder que pugnaba por escaparse. Ya no podía verse su cuerpo; sólo el rojo, y el negro, de mi transformación.
Unos brazos de niño arrancaron los brazos de arena.
Un rugido sacudió los cielos.
Y dos manos de intenso chakra salieron de mi espalda y se extendieron, elásticas, hasta mi enemigo. De inmediato, una esfera de arena lo envolvió como una coraza protectora. Me lo esperaba. Las manos se aferraron a la esfera, tan grandes que la cubrían casi por completo, y con increíble poder impulsaron mi cuerpo hacia la arena.
Concentré mi chakra en una mano, mucho más chakra del que había utilizado antes.
La esfera salió roja y no azul.
"¡RASENGAN!"
La defensa absoluta encontró algo superior a ella. Saltó por los aires. Un brazo de arena cogió a Gaara por los hombros y lo alzó como a una marioneta, poniéndolo a salvo. Otro de esos brazos impactó contra mi espalda, pero una nueva mano surgió de mi aura y bloqueó el puñetazo, chakra contra arena. Me retorcí en el aire; aferré el brazo de arena, me incorporé a él, y corrí a través de su superficie mientras ésta se deshacía con cada paso. Al final estaba Shukaku, que finalmente asomaba de su recipiente. La mitad de la cara de Gaara estaba deformada con los rasgos del mapache. Su brazo derecho era ahora de arena, y tenía una única cola, gruesa y clara, como la que poseía su forma original.
"¡Tú! ¡Maldito...!"
Abrió ambas manos y la arena me envolvió, pero la atravesé corriendo como si se tratase de una pared de papel. Estaba muy cerca de él, mucho, y la arena me caía en agujas, en estacas, tiraba de mí, me envolvía, todo en vano. Shukaku gritó y una corriente de viento me empujó atrás varios metros, donde ya no había arena en la que apoyarme. Lancé mis manos de chakra, pero sus brazos de arena las desviaron. Estaba cayendo rápidamente. Él volvió a gritar, creó dos enormes lanzas de arena, tan anchas como varios hombres puestos hombro con hombro, y las disparó con un sonido que me taponó los oídos, que hizo vibrar el aire, que resonó en mi pecho.
Puse los brazos en cruz y bloqueé la primera. La segunda cayó sobre ella y me precipitó contra el suelo, abriendo un boquete de cinco o seis metros de profundidad. Sentí un intenso dolor en los brazos. Sangraban. El polvo, la arena, y el humo se mezclaban sobre el cráter en una estampa surrealista.
Dos nubes de arena se mecían a ambos lados de Shukaku, haciéndole parecer una bestia alada.
Noté cómo su chakra ascendía dramáticamente. Levantó ambas manos, la humana, y la monstruosa.
Las decenas de capullos de arena temblaron al mismo tiempo.
Los ojos del jinchūriki se volvieron blancos del esfuerzo.
"¡Gran Funeral del Desierto!"
Todos los capullos estallaron a la vez, matando a sus inquilinos al instante.
Era una lluvia de arena y sangre y otras cosas mucho más asquerosas. Era tanta que casi ocupaba la atmósfera. Lo envolvía todo. La arena se mezclaba con los cuerpos y se volvía roja. Se endurecía y tomaba la forma de una aguja. De cien agujas. De miles de agujas. De un millón de ellas. Era una pared inmensa y letal.
Shukaku la dejó caer.
"¡MUERE!"
Me puse en pie, no sin dificultad, mientras aquella pared caía lenta sobre nuestras cabezas. No me iba a dejar matar, no ahí, no por aquel mequetrefe. Daba igual que estuviera debilitado. Daba igual que no tuviera mis colas. Yo no era inferior a un simple mapache. Yo no era la víctima de nadie. Yo era EL ZORRO DE NUEVE COLAS, la bestia, la pesadilla, la devastación sobre la tierra; el devorahombres, el mayor de los demonios, el terror de los shinobi. El heredero del Sabio, de su voluntad original, de su secreto.
Jamás volvería a perder.
Mi poder se duplicó.
Las profundas reservas de chakra que guardaba en mi interior entraron en plena ebullición. Caí en cuatro patas, mi posición natural. Abrí las fauces de un rostro que se alargaba. ¡RUGÍ! ¡Y de mi espalda salieron nueve manos de chakra, anchas como árboles, largas como serpientes! Las manos VOLARON a través del denso cielo y aferraron la pared de agujas de arena con fuerza, arrancándole trozos con el impacto, frenándola, resistiendo su incontable peso; y desde el otro lado Shukaku GRITÓ mi nombre como un estruendo y empujó la masa de arena con sus muchos brazos, y nuestros gritos sonaron a coro con una rabia paralela, similar, que nos unía, nos separaba, que nos exaltaba y nos dañaba, a la vez, a lo largo de aquel horrible momento.
El suelo se agrietaba bajo mis pies; y yo apretaba los dientes, tensaba los músculos, hacía fluir mi chakra como un torrente. El peso era tremendo. Los otros shinobis que se habían visto atrapados bajo la técnica lanzaban las suyas contra el muro de arena; eran bolas de fuego, o columnas de piedra, o incluso inútiles proyectiles que sólo servían para perder el tiempo. Algunos intentaban huir y eran inmediatamente contrarrestados por grandes nubes de arena que cerraban la zona para que nadie pudiese escapar. Estábamos todos encerrados bajo aquella técnica. Sólo quedaban dos opciones: la muerte, o la victoria.
Siempre preferí la segunda.
Dos clones aparecieron a mi lado. Tendieron sus manos hacia mi boca abierta, y en ella apareció un cúmulo de energía negra. Las manos de dos Narutos Uzumaki se agitaron alrededor de ella, dándole forma, comprimiéndola, y a medida que la energía se acumulaba entre mis dientes, la pared de arena bajaba más y más deprisa, sus agujas haciéndose más largas, más duras, más anchas, más mortales.
No importaba.
Los clones terminaron de formar la esfera. Era negra y perfecta como el ébano mejor tratado. Las pequeñas esferas que flotaban a su alrededor se asemejaban a las lunas de un planeta.
Noté cómo mi poder ascendía hasta los cielos.
"¡Bijūdama!"
La esfera chocó contra la pared de arena, y entonces explotó, destrozándola, destrozándolo todo, volando todo el área por los aires, acabando con los shinobis de ambos bandos, quemando el aire, la tierra, la carne... Fue un impacto como ningún otro. Y pudo sentirse en toda la aldea, y más allá, llamando la atención de todas y cada una de las personas que allí luchaban.
Encima de nosotros caía una lluvia de ahora inofensiva arena. Pero el aire temblaba con un miedo incluso mayor. Los pocos shinobi supervivientes, cubiertos de sangre y suciedad, giraban sus rostros hacia mí, hacia mi nueva forma. Todos ellos ya eran conscientes de mi presencia; pero sólo ahora entendían el verdadero significado de ella. La lucha se detuvo. Las armas caían al suelo como chatarra. El espíritu de lucha de muchos hombres acabó ahí mismo, en ese preciso instante. Otros superaron el miedo, y empuñaron sus armas de nuevo, pero tardaron en actuar. Tardaron demasiado. Para cuando lo hicieron, ya era demasiado tarde.
El Ichibi salió de su celda.
Las patas del mapache colapsaron el suelo bajo su peso. Puesto de pie, era más alto que cualquiera de los edificios de la aldea. El gigante abrió los brazos, las fauces, y aulló de rabia y dolor, mientras el torso de Gaara del Desierto colgaba inerte de su arenosa cabeza.
Tenía el hombro derecho calcinado por mi bijūdama. De modo que preparó la suya. Y se aseguró de poner cada gota de su chakra en aquel ataque con el que de seguro esperaba destruir la Aldea Oculta Entre las Hojas.
"¡NO!", gritaban por todas partes, aquellos shinobi muertos de miedo.
"¡Poneos a salvo!"
"¡Huid!"
"¡Ayuda!"
"¡No quiero morir!"
Y entonces una voz, alzándose sobre todas las demás:
"¡RAIKIRI!"
Un relámpago azul y blanco atravesó el enorme cuerpo de Shukaku y se detuvo a pocos metros de él, justo detrás, donde por fin tomó forma. Llevaba un chaleco de jōnin, una máscara que le cubría hasta la nariz. Su cabello era blanco como la nieve. Y una eléctrica energía se apagaba en su mano derecha, produciendo un altísimo sonido, como el piar de mil pájaros.
Kakashi, el Ninja Copia, había llegado.
El brazo izquierdo del Shukaku se separó del cuerpo y cayó al suelo con un estruendo.
Ichibi volvió a gritar, y respondió con un coletazo que derribó la mayoría de los pocos edificios que quedaban en pie. Pero no alcanzó a su objetivo. El jōnin saltó, se agarró a la cola, y corrió a través de ella mientras formaba rapidísimos sellos.
"¡Elemento Fuego: Jutsu Llamas del Sabio Fénix!"
Diez o doce bolas de fuego se apagaron, inútiles, contra la palma abierta del mapache. Pero no importaba. Kakashi tuvo la distracción que necesitaba. Con gran rapidez lanzó un kunai al hombro de Shukaku, y atado a él había un cable metálico, como los que había utilizado aquel Uchiha; y utilizando el cable se balanceó en un arco horizontal hasta la espalda de su oponente, por la que escaló corriendo sin ninguna dificultad. Shukaku se llevó una mano a la espalda, tratando de aplastarle, y Kakashi aprovechó la oportunidad para saltar hasta ella, y luego de la mano hasta la cabeza, hasta quedar junto a Gaara. Estaba a punto de ponerle las manos encima cuando Shukaku volvió a gritar, expulsando una enorme cantidad de chakra de viento que mandó al jōnin a volar por el aire. Kakashi se las arregló para girar en el aire; creó un clon de sombras, y pisó sobre las manos preparadas de éste. El clon lanzó a su creador por el aire, y antes de desaparecer, utilizó un jutsu de fuego que pasó rauda al lado de un Kakashi que enseguida le escupió un chorro de aceite.
"Elemento Fuego: Bala de Fuego."
El proyectil estalló contra el pecho de Shukaku, haciéndole retroceder un paso.
"¡Cómo te atreves, insecto!", gritó, tratando de atraparle en el aire, pero el shinobi era demasiado rápido. Kakashi saltó sobre sus hombros y golpeó la mandíbula del mapache con todas sus fuerzas, pero una lluvia de arena le obligó a retroceder. "¡Ven aquí! ¡Quédate quieto! ¡Maldito!"
La arena que había por todas partes volvió a levantarse, a levitar, y a formar armas afiladas, punzantes, que volaban hacia Kakashi en tales cantidades que sería imposible contarlas. El Ninja Copia tuvo que huir. Con una amplia voltereta, saltó hacia atrás, abandonando los hombros de Shukaku, y cayó en el suelo no muy lejos de mí.
"Naruto", me dijo con voz muy calmada, muy calculada. "¿Puedes oírme?"
"No te voy a matar, si es lo que te preocupa", le espeté. "Mejor preocúpate por él."
Pude ver cómo me miraba, extrañado, con el ceño fruncido. Entonces fue envuelto por un capullo de arena tan ancho como una casa pequeña.
"¡ESO ES!", bramó Shukaku. "¡ESTALLA! ¡FUNERAL DEL DESIERTO!"
Y aquella cosa explotó con fuerza, y yo corrí a través de los trozos de arena y en dirección al gigante; corrí a cuatro patas, todavía envuelto en mi capa de chakra, ayudándome con mis manos rojas para impulsarme y alcanzar una mayor velocidad.
"¡Elemento Viento: Bala Perforadora de Aire!"
Unos tremendos proyectiles de aire terminaron de destrozar el lugar, pero me movía a tal velocidad que los esquivé todos. Estaba a menos de cincuenta metros de mi objetivo cuando Kakashi apareció a mi lado, corriendo al mismo ritmo.
"¿Cómo te has escapado?", le pregunté. Él ignoró mi pregunta.
"Tú el estómago, yo la cabeza", dijo. Tenía un ojo oscuro, y en el otro, un sharingan de tres aspas.
"¿Eh?"
Desapareció.
De un salto se subió al brazo del Shukaku y lo recorrió corriendo a toda velocidad mientras preparaba, con veloces sellos, una Gran Bola de Fuego. El jutsu pasó ardiendo al lado de la cabeza ladeada del mapache, que respondió lanzándole continuos proyectiles de viento, y un enjambre de agujas y estacas de arena, de las cuales muchas también apuntaban hacia mí.
Pero todas fallaron el blanco.
Salté, destrozando el suelo que pisaba, y embestí la tripa de Shukaku como si fuese un toro de lidia.
Él gritó, se dobló, retrocedió tres pasos. Concentró su atención en mí. Pero:
"¡Rasengan!"
Lo sintió, pero no lo suficiente. Una gigantesca mano me agarró y me lanzó lejos, pero yo clavé dos brazos de chakra en su tripa, y volví a donde estaba, cargando aquella técnica una vez más. Sólo que esta vez...
"¡RASENGAN!"
...usé tres veces más chakra. La técnica ya no era una bola sobre la palma de la mano, sino algo mayor que mi torso, toda ella formada de espeso chakra rojo que empujé, con todas mis fuerzas, contra la tripa de Shukaku.
Le hice aullar de dolor.
Kakashi saltó hasta su cabeza, y bien agarrado junto a uno de los ojos de su oponente, activó su sharingan, pero una masa de arena lo golpeó y lo lanzó bien lejos, fuera de mi vista. Había más arena, e iba a por mi, de modo que salté bien lejos de Shukaku, evitándola toda, pero en ese momento el gigante giró sobre sí mismo, y su larguísima cola me golpeó de lleno, lanzándome como una flecha hacia el hospital.
Entré por el tercer piso y me llevé por delante a la chica, a sus tres oponentes, y al muro que les separaba de una de las habitaciones. Se armó un tremendo caos en el que pasaron muchas cosas, y todas a la vez, pero al cabo de los cinco o seis segundos que duró el asunto, mis brazos de chakra ya estaban estrangulando a tres tipos de unos veinte años de edad, todos con sharingan en la mirada.
Me levanté entre los escombros, con una brecha en la frente y un cabreo de tres pares de cojones. Mi aura de chakra se había reducido a un leve brillo.
"Lo voy a matar", mascullé, mientras a lo lejos Shukaku seguía peleándose con un incansable Kakashi. "Voy a matar a ese imbécil."
"¿N-Naruto-kun...?"
Era una voz suave. Insegura. Casi infantil. Provenía de una chica, y esa chica estaba hecha un desastre. Tenía el cabello negro, liso y corto, y vestía un abrigo hecho jirones. Tenía las venas marcadas junto a los ojos. Una Hyūga. Busqué en los recuerdos del chico, seguían borrosos, mucho, pero encontré algo.
"Tú eres esa niña de la nieve."
"¿A qué te...?"
"¿Estos tipos te hicieron eso?", dije, refiriéndome a sus heridas.
Ella asintió, poniéndose en pie. Parecía mareada.
Mis brazos de chakra apretaron. Se escuchó un crujido por partida triple. Los cuerpos cayeron de golpe al suelo.
La Hyūga soltó un respingo, horrorizada.
"De nada", le dije, dándole la espalda. "Ahora ve a algún lugar seguro. No es que me importe, claro, pero él te recuerda con buenos ojos."
"N-Naruto-kun, no entiendo..."
La ignoré, y eché a andar por el pasillo. Muy a lo lejos, Shukaku cogía su brazo cercenado, y lo blandía como un garrote contra su oponente, sin mucho acierto. Torcí la boca. ¿Qué estaba haciendo Kakashi? No podía evitarle para siempre. Puede que Shukaku fuera un imbécil, pero haría falta mucho más para tumbarlo. Desde que decidiera dejar de hacer el tonto, es decir, si comenzaba a tomarse aquel combate en serio, el jōnin estaría en serios problemas.
"¿Acaso está evitando dañar a Gaara...?", murmuré.
Si ese era el caso, Kakashi era otro caso perdido. ¿Acaso había ido a parar a una aldea llena de santos? Por todos los...
Una mano suave se posó sobre mi hombro.
"Naruto-kun", repitió la chica. "¿Estás...bien?"
Pude sentir una profunda y genuina preocupación en sus palabras. Suspiré.
"Mira, chica", dije, apartándole la mano. "No hagamos esto, porque te vas a llevar una tremenda decepción."
Pero la mano volvió a apretarme el hombro.
"¿Quieres dejar de...?", empecé a decir, pero aquellos ojos blancos me miraban con tal decisión que interrumpí la frase.
"Naruto-kun", dijo, no dejaba de repetir aquel nombre, debía de ser su palabra favorita, por Dios; me volví y quedamos frente a frente, mientras a lo lejos, Shukaku volvía a reír de aquella manera tan insufrible. "Neji-san está en la planta baja. Tenemos que rescatarlo."
Arrugué la frente.
"¿Quién?"
"Neji-san", repitió la chica.
Arrugué aún más la frente.
"¿Era amigo de Naruto?"
"¿Eh?"
Me mordí el labio inferior. Estaba perdiendo la paciencia.
"Vale, bien. ¿Era mi amigo?"
"Bueno, no exactamente, pero..."
"Algo me dice que él lo consideraba así", dije, llevándome la mano a la cara. "Quién me mandaría a mí a... En fin. Está bien, te ayudaré. Pero que sea rápido, antes de que Ichibi destruya la aldea."
Ella abrió los labios, seguramente para darme las gracias, o algo, pero levanté dos dedos y se los tapé.
"¿En qué piso estamos?", pregunté, levantando los dedos. Por alguna razón, se había puesto roja como un tomate. Pero no hacía calor. De hecho, el ambiente se sentía muy fresco. Los humanos son criaturas extrañas.
"¿Ah? En el... en el tercero", respondió.
"Te llevó su tiempo", gruñí. "¿Dónde están las escaleras?"
Ella señaló al final del pasillo.
"Demasiado lejos", dije, tomando a la chica en brazos. Le escuché soltar un gritito mientras saltábamos por la ventana, corriendo fachada abajo, hasta llegar al suelo. La puerta de la entrada estaba muy cerca. La crucé, y llegamos a un hall hecho un asco. Había un montón de cuerpos desperdigados por todas partes, pero ningún enemigo a la vista.
La jovencita respiraba ruidosamente. Me di cuenta de que seguía llevándola en brazos, de modo que la solté.
"Era más rápido así", me justifiqué, pero ella no hizo ningún comentario.
Señaló un pasillo.
"Urgencias es por ahí", dijo con un hilo de voz, y dejando la conversación atrás, corrimos juntos en esa dirección.
El pasillo era más largo de lo que esperaba, pero lo recorrimos enseguida. Al fondo había dos puertas enormes y un cartel que rezaba: SALA DE URGENCIAS. Apretamos el paso hasta la puerta, la abrí de una patada, y un montón de agujas se clavaron en mi pecho y mis antebrazos, seguidas de una lluvia de golpes bastante bien dados.
"¡Fuera de aquí, sinvergüenzas, traidores!", chillaba una mujer joven entre golpe y golpe. No lo hacía mal, pero yo estaba de un humor pésimo, de modo que agarré una de sus muñecas, luego la otra, y apliqué un cabezazo contra su bonita nariz. Tuve suerte de bloquear ambos golpes: su mano derecha estaba cubierta de suave chakra verde, un bisturí de chakra.
La kunoichi cayó de espaldas, rodó, y se incorporó, cogiendo varias agujas en cada mano. Yo abrí una mano, e hice aparecer un ligero Rasengan en ella. Entonces la mujer abrió mucho los ojos y detuvo su ataque.
"Naruto..."
"Shizune-senpai", dijo la chica Hyūga. "Somos nosotros."
"¿Hinata-chan? ¿Qué hacéis aquí?"
"Dónde está el Neji ese", dije bruscamente.
"¿Neji-kun?", respondió Shizune, algo confusa por mi tono. "No está aquí. La sala de Urgencias fue evacuada nada más fuimos conscientes del ataque. El resto del hospital también está casi vacío, o debería de estarlo."
"Genial, hemos venido para nada", dije.
"Lo siento...", murmuró Hinata. "Shizune-senpai, ¿dónde están los pacientes?"
"Asegurados en uno de los búnkeres de la aldea. Estarán bien."
"Entonces, ¿tú...?"
"Yo vine a recuperar algunos documentos para Tsunade-sama", dijo, señalando unos pergaminos que asomaban de su mochila marrón. "No podemos dejar que caigan en manos del enemigo."
"Entiendo..."
"Tú, mujer", dije yo, plantándome delante de Shizune. "Usaste un bisturí de chakra. Eres ninja médico."
No era una pregunta.
"¿Qué te pasa, Naruto? ¿Por qué hablas así?", respondió ella.
"Acompáñame. Hay heridos que necesitan atención médica."
"Hay heridos en todas partes", dijo Shizune. "Debo volver de inmediato con Tsunade."
"Debes de conocer sus nombres. Temari, Shikamaru, Rock Lee", dije. "Están graves. Sin ayuda, morirán."
Hinata se acercó a mí, asustada. "Shikamaru-kun, Lee-kun..."
Pude ver cómo Shizune se debatía entre dos aspectos distintos del deber. Apretó los labios, cerró los ojos, y suspiró. "Supongo que Tsunade-sama puede esperar un poco. Ve tú delante. Te seguiré."
De modo que los tres salimos del hospital y volvimos, corriendo, al campo de batalla.
Por el camino nos encontramos con más shinobi. Algunos de ellos pertenecían a la Hoja, y se afanaban por ayudar a los civiles que quedaban por la zona. Apagaban incendios, movían escombros, y repelían los ataques de los Uchiha, cuyos números se habían reducido seriamente tras el Gran Funeral del Desierto de Shukaku. Pero aún quedaban enemigos. De vez en cuando nos los encontrábamos, y entonces Shizune y yo tratábamos de despacharlos lo más rápidamente posible. Con todo, para el momento en el que encontramos a Tayuya y los demás, tanto Hinata como Shizune estaban cubiertas de cortes, magulladuras, y alguna que otra quemadura en la ropa.
Tayuya estaba apoyada contra un muro a medio derribar. Tras el muro, una casa ardía en llamas. No parecía importarle. Su cabello rojo se le pegaba a la cara empapada de sudor. Había desactivado el Sello Maldito, y jadeaba al respirar. A su lado descansaba Lee, inconsciente, pero vivo. Y un poco más allá, Shikamaru estaba sentado contra la pared, con la mirada perdida y la cabeza de Temari sobre el regazo. La chica tenía el cuello cubierto de vendas, y no podía sentir su chakra. Tampoco pude saber si respiraba o no. Ni siquiera se movía.
"Aquí están", dije, deteniéndome junto al grupo. "¿Serás capaz de atenderles?"
"Preguntas demasiado pronto", respondió Shizune, evaluándoles con la mirada. Se decidió por Temari. "Shikamaru-kun, si eres tan amable..." Pero el chico no parecía escucharla, ni a ella, ni a nadie en general. "¡Shikamaru-kun!"
El chico parpadeó y miró a la kunoichi.
"Ah, sí...", dijo, colocando la cabeza de Temari en el suelo. Tuvo mucho cuidado al hacerlo, como si estuviera hecha de cristal.
"Tú quédate con ellos", le dije a Hinata. "Yo tengo cosas que hacer."
"¿Vas a luchar con él?", preguntó, mirando a Shukaku. Era tan grande que podría verse desde cualquier parte de la aldea. Se había vuelto a pegar el brazo en su sitio y disparaba proyectiles de viento a un enemigo invisible. A Kakashi no se le veía desde tanta distancia.
"Sí", respondí. "Tengo cuentas pendientes con él."
"No cuentes conmigo", dijo Tayuya. Tenía la voz ronca, y la mirada apagada.
"No he pedido tu ayuda", respondí, saltando al edificio de en frente. Eché una última mirada atrás: Shizune estaba aplicando su chakra verde a la garganta de Temari, mientras Shikamaru les observaba, asustado. Rock Lee seguía sin moverse, y Tayuya lo miraba de vez en cuando, como asegurándose de que respiraba. Hinata era la única que me miraba. Tenía las manos apretadas frente al pecho, y la angustia marcada en el rostro.
Entonces sacudió la cabeza, y aquel sentimiento fue sustituido por una firme decisión.
"¡Naruto!", me gritó, era la primera vez que le oía elevar la voz. "¡Puedes hacerlo!"
Puede que el nombre no coincidiera, pero escucharla no se sintió del todo mal.
Su grito me acompañó mientras me lanzaba, una vez más, a la batalla.
Se escuchó un silbido. Algo se estrelló contra la cara de Shukaku. Algo cubierto de una intensa aura verde. El gigante tropezó, y al recuperarse, un destello de relámpagos le abrió un gran corte en el pecho. Habían llegado los refuerzos. Maito Gai pateó la boca del mapache mientras Kakashi preparaba otro Raikiri. Pude verlos en la distancia mientras corría hacia ellos: juntos, eran un adversario formidable. Se compenetraban a la perfección. Cuando uno necesitaba ayuda, el otro estaba ahí para asistirle; y cuando se creaba una oportunidad, ambos actuaban sin perder un segundo.
Con cada golpe, con cada jutsu, con cada embestida, la pelea se inclinaba más y más hacia los jōnin. Shukaku era poderoso, pero también era lento, y un tonto de remate. «Si realmente quisieras causar daño», pensé, «te dedicarías a lanzar Bijūdamas hasta que sólo quedasen cenizas.» Puede que fuese el orgullo, pensé, pero lo cierto era que me equivocaba.
En cualquier caso, yo terminaría de desequilibrar la balanza. Shukaku no podría con nosotros tres. Ya me estaba relamiendo con sólo pensar en la paliza que iba a darle.
"Primero, acabaré con él", murmuré para mí mismo mientras corría atravesando tejados. "Y luego con todos esos malditos Uchiha..."
Estaba tan concentrado en mi objetivo que no le vi bajar. Me refiero a la figura de negro. A la sombra que cabalgaba el mayor de los cuervos. El shinobi descendió ligero como una pluma y aterrizó sin hacer ruido unos tejados más allá, justo por donde yo iba a pasar. «Estás en mi camino», pensé yo, apretando el paso. «Te vas a arrepentir de eso.»
Pero mientras corría hacia él, me di cuenta de que algo no estaba bien. De que había algo distinto en aquella persona. Sus dos sharingan brillaban con una intensidad brutal. Parecían devorar la luz y tomarla toda para sí. Y si bien su chakra se sentía muy inferior al de Shukaku, había algo en él que... Una cualidad extraña. Oscura. Peligrosa.
Con todo, aceleré, preparando un Rasengan en mi mano derecha. Le apliqué la misma cantidad de chakra con la que había atacado antes al Ichibi: la esfera giraba, grande y poderosa, tras de mí.
El desconocido estaba a apenas diez metros. No se movia. No decía nada. Sólo me miraba con aquellos ojos repletos de venganza.
Preparé mi técnica. "¡Rasengan!", fui a gritar, dispuesto a aplastarle como a una cucaracha, pero el Uchiha levantó un dedo, y una uña oscura apuntó directamente hacia mí.
Algo se desactivó en mi interior. Se me fue el aliento. Tropecé, y perdí el control del chakra en mi Rasengan. Aquella cosa explotó en mi mano, tirándome al suelo, y haciéndome rodar hasta quedar a los pies de aquel hombre.
Los sharingan me miraron desde arriba. Tenía tanto odio en la mirada que no parecía un ser humano.
Su brazo descendió, me cogió de las ropas, y me levantó como si no pesara nada. Quedamos cara con cara, muy cerca. Por fin pude verle bien el rostro, y parecía muy familiar. Demasiado familiar.
Me observó durante largos segundos, mientras la parálisis de su genjutsu abandonaba mi cuerpo con desesperante lentitud.
Entonces fue cuando habló.
Sus labios se despegaron en una mueca llena de rabia.
"Dónde está mi hermano", dijo aquella voz tan agria. "Dónde está Sasuke."
