CAPÍTULO 14: LA HOJA EN LLAMAS (PARTE II)


Estábamos en mitad del tejado, mirándonos a los ojos. Fijamente. Mis pupilas se encontraron con dos sharingan perfectos, poderosos, y llenos de ira. Las seis aspas que sumaban comenzaron a girar, muy despacio, como dos pequeños molinillos de papel. «Hacía mucho tiempo», pensé, «que no veía un dōjutsu de este nivel.»

(Un recuerdo se apoderó de mí, uno desagradable. La figura del Uchiha tembló, se volvió borrosa, y por unos instantes, fue envuelta por la de un hombre mucho más antiguo, pero de mirada similar.)

Noté como sus dedos me soltaban la ropa y se cerraban alrededor de mi cuello. Él tenía la piel muy fría; la mía era caliente. Era un contraste desagradable. Su mano me apretó con gran fuerza antes de levantarme tan alto como podía su brazo. Tenía mucha más fuerza de la que aparentaba. Los sharingan destellaron tras sus largas pestañas negras.

"Respóndeme, Naruto Uzumaki, jinchūriki del Nueve Colas", dijo, asfixiándome con los dedos.

Quise golpearle, pero mis brazos no respondían.

"Dónde..."

Quise patearle, pero mis piernas caían inertes.

"Está..."

Intenté formar un Rasengan. No lo conseguí.

Me asfixiaba.

Intenté usar el Kage Bunshin. No lo conseguí.

La presión aumentaba con cada palabra.

ME ASFIXIABA.

"Sasuke", terminó el Uchiha, aflojando por fin su presa.

Tomé una gran bocanada de aire, y la respiración entró como fuego en mis pulmones, quemándolo todo, insuflándome litros de vida. La garganta me ardía como si hubiera bebido alcohol puro. Y mi cuerpo seguía entumecido por su genjutsu. La técnica abandonaba mi sistema tan despacio como un veneno. Casi podía notar cómo se disipaba, se encogía. Era un proceso desesperante. Necesitaba poder defenderme, y lo necesitaba ya.

Intenté ganar tiempo. No me quedaba otra opción.

"¿Tu hermano?", dije, jadeando entre palabra y palabra. "Ese chico, Sasuke, ¿era tu hermano?"

Un puñetazo impactó en mi estómago, haciéndome escupir sangre sobre las mangas de su túnica negra. Era larga, gruesa, y estaba decorada con extrañas nubes rojas.

La mirada del Uchiha se estrechó hasta formar una fina línea.

"Si tus próximas palabras no me satisfacen", dijo, su voz vibrando de ira contenida. "Te mataré."

A lo lejos, Shukaku disparó una nueva ráfaga de proyectiles de viento que destrozaron los edificios posteriores al nuestro. Las astillas pasaron volando a nuestro alrededor como una nube de avispas, pero el Uchiha no pareció reparar en ellas. Simplemente me observaba, o más bien, me taladraba con aquella maldita mirada. Con aquella mirada maldita. En el caso de su clan, la frase funciona en ambos sentidos.

Tenía que elegir mi respuesta con cuidado. Un paso en falso significaría la muerte de mi débil y patético cuerpo humano.

Y yo no tenía muy claro qué sería de mí si eso sucedía. Ya no.

"De acuerdo", acabé diciendo al cabo de unos segundos. "Te lo diré."

El efecto del genjutsu estaba a punto de desaparecer. Podía mover las manos, los pies, el cuello. Mi chakra despertaba, despacio, y llenaba mis canales con su potente flujo. Sólo necesitaba algunos momentos más... Pero él no me los daría. No respondió a mi frase, sino que esperó la siguiente. Ambos sabíamos qué pasaría si no era la correcta.

No se me ocurría otro camino que seguir adelante.

"Sasuke está...", comencé a decir, pero entonces, Shukaku voló el tejado donde estábamos.

Durante unos segundos, todo fue astillas, llamas y confusión. El Uchiha esquivó el impacto del jutsu de viento y desapareció en alguna parte. Pero yo seguía casi inmóvil. Me tragué lo peor de la técnica, y caí de espaldas en el piso superior del edificio, justo al lado de una mujer inconsciente. Una viga cayó a mi lado, a escasos centímetros de mi cara, y del techo llovían piedrecitas y trozos de madera. Me quedé tumbado en medio de una gruesa nube de polvo, mientras allá arriba, a través del techo abierto del edificio, saltaban las chispas de la guerra.

Entonces, dos puntos rojos se iluminaron entre el polvo y la confusión.

Apreté los puños, los músculos de los brazos, de las piernas. No sabía si había sido el golpe, o si el genjutsu se había disipado por sí mismo, pero ya me podía mover. Un potente dolor me recorría la espalda y la parte de atrás de la cabeza. No le presté mucha atención: me curaría rápido. El problema era otro. El problema era él.

"¡Ven si te atreves...!", gruñí, mientras me ponía en pie con más dificultades de las que esperaba. "¡Imbécil! ¡Te machacaré!"

Sentaba bien volver a tener el control.

No era necesario provocarle. Sabía que iba a por mí. Pero me sentaba bien tocarle las narices, sabes. Hay pocas cosas más satisfactorias que cabrear a uno de esos malditos Uchiha. Son unas criaturas emocionales, con la mecha muy corta, y una tendencia natural a perder los estribos.

Éste, sin embargo, pareció mantener la calma. Dentro de lo posible para alguien con ese apellido.

Los sharingan se estrecharon, volvieron a agrandarse, y justo cuando iba a saltar a través del agujero en el techo, alguien se abalanzó contra el Uchiha, llevándoselo consigo a otro tejado, a otro edificio, a otra pelea.

«Genial», pensé. «Y ahora, ¿qué hago yo?»

La respuesta vino en forma de un nuevo crujido. El edificio se sacudió hasta los cimientos, y una nueva viga se desprendió con un chasquido. Quedó colgando del techo por un único extremo: el otro apuntaba directamente hacia la cabeza de aquella mujer. Su cabello era claro allá donde la sangre no lo empapaba. Tenía algunas arrugas en el rostro, pero no demasiadas, y su rostro me resultaba familiar.

«Va a morir.»

No es que me importara, pero era cierto. La viga le aplastaría el cráneo como una galleta. Me sacudí el polvo de las ropas, tosí, volví a toser, miré a la mujer, y le di la espalda. La viga terminó de desprenderse del techo, y cayó muy recta, como una espada que pendiera de un hilo roto. La mujer seguía inmóvil. Podía escuchar su respiración, cómo sus pulmones se afanaban por arrancar un poco de aliento a aquella atmósfera viciada. Hacía unos minutos, yo había respirado igual. Ambos buscábamos un poco más de vida. Pero como he dicho, no es que me importara. No me importaba en absoluto. La viga descendió sacudiendo el polvo en el aire.

Y entonces se escuchó el impacto de la madera contra la carne.


Debajo de la viga estaba mi mano abierta. Y debajo de ésta, la mujer dormía, aún inconsciente, pero a salvo. Con un gruñido agarré aquel armatoste y lo lancé lejos, a la otra punta de lo que quedaba de la habitación.

"Por qué estoy haciendo esto", murmuré, mientras la cogía en brazos. Pesaba un poco más que Hinata: es decir, prácticamente nada.

Apreté a la mujer contra mi pecho. Ella movió los ojos bajo los párpados, arrugó el gesto, se apretó contra mí, y tosió. Su cuerpo era cálido y estaba herido. De la parte de atrás de la cabeza le goteaba sangre, pegajosa y vital.

"Y ahora, ¿qué hago?", volví a decirme, esta vez en voz alta.

No es que pudiera llevarla al hospital. Estaba vacío. Y entre mis infinitos dones no estaba la medicina. Lo único que se me ocurría era llevarla con aquella kunoichi, Shizune. Eso sería lo mejor. Claro que teniendo en cuenta lo que me rodeaba (la guerra, Shukaku, y aquel tipo que decía ser el hermano de Sasuke Uchiha), sería una tarea difícil, cuando no imposible.

Sacudí la cabeza. "Las cosas de una en una. Primero, por dónde salgo."

Miré el boquete en el techo. Lo descarté de inmediato. Demasiado peligroso. Lo último que sabía de aquel tejado era que ocultaba a un shinobi extremadamente poderoso, y encima cabreado. Mejor por otra parte. ¿La ventana? Apenas un circulito en la pared. Por ahí cabría un bebé, yo no. Romper la pared llamaría demasiado la atención. ¿Entonces? Miré alrededor. Al agujero de allí arriba, a la ventana, a las paredes. Tomé aire, suspiré, agarré bien a la mujer, y bajé las escaleras al piso de abajo.

A veces hay que conformarse con los métodos más ordinarios.

"¿Quién eres?", murmuró la mujer. Sus ojos se abrieron despacio; eran verdes, de pestañas largas y gruesas. No le respondí, y seguí bajando las escaleras. Su cabeza se sacudía arriba y abajo con cada escalón.

El siguiente piso estaba en mejor forma que el anterior, pero no demasiado. El aire seguía siendo denso y opresivo. Un pequeño incendio se extendía por unas cortinas de color blanco. Junto a ellas, había una mesita de madera con algunas fotografías familiares. La mujer que llevaba en brazos aparecía en ellas, sólo que más joven. A su lado había un hombre de aspecto ridículo que debía de ser su marido. En la fotografía central les acompañaba una niña de pelo rosa, ojos verdes, y ropa de color rojo. Seguí andando hacia las siguientes escaleras. Entonces me paré, y volví a las fotos.

"Esa chica...", me dije, observándolas de nueva. "¿No es la compañera de Naruto?"

Los recuerdos anteriores a mi liberación no estaban demasiado claros. Lo cual era normal, pues no me pertenecían. Mi memoria se sentía dividida en varias partes. Estaban mis propios recuerdos, los de Naruto, y luego los de esa... cosa. Aquella cosa que había existido durante algún tiempo, desde el despertar en el hospital hasta el mismo momento en el que recordé mi nombre. Esos recuerdos eran los más confusos de todos, y me inquietaban.

«No sé qué recuerdo, y qué no», pensé, mientras el nombre Sakura Haruno aparecía en mi cabeza en estrechas letras impresas. Recordé unos documentos. Fotos. Retazos de una larga historia. «Pensar en el pasado es como navegar el peor de los pantanos.»

Apreté los labios, y traté de descartar esos pensamientos. Tenía cosas que hacer. Ya me ocuparía de ellos más tarde.

La madre de Sakura me miraba desde abajo. Parecía más despierta que antes, pero igualmente herida.

"¿Naruto? ¿Eres tú?"

"No", respondí, frunciendo el ceño. "La verdad es que no."

Ella dijo algo, pero la ignoré, y enfilé las escaleras. Comencé a bajarlas, poniendo menos cuidado del que debería, cuando se escucharon unos gritos. Se escuchaban muchos gritos, pero esos sonaban más cerca. Venían del piso de abajo, y decían:

"¡Mebuki! ¡Mebuki, estoy aquí!"

Me habría oído bajar las escaleras. Era lógico que pensase que se trataba de su mujer, es decir, quién iba a ser. Un shinobi enemigo no usaría las escaleras, sino que aparecería de la nada, como hacía todo el mundo en aquella maldita sociedad. El pobre se iba a llevar una decepción, pero oye, las cosas podrían haber sido peores. Ella seguía viva. Eso era algo.

Bajé los últimos escalones de un salto (la mujer dijo "ay"), y pateé la librería que bloqueaba mi camino. La planta baja estaba casi entera, pero hecha un desastre. No había nada que quedase en su sitio. Los muebles estaban tirados en el suelo, los cuadros torcidos, los floreros rotos, y la lámpara del techo se apagaba una vez cada tres o cuatro segundos. Pero lo que más llamaba la atención era lo que había en medio de la sala de estar. Bajabas las escaleras, llegabas a un corto pasillo, y girabas a la izquierda. Allí estaba. Era el tipo del peinado ridículo, atrapado entre un montón de escombros. Tras él había un hueco en la pared, por el que entraba una potente luz de color azul.

"¡Raikiri!", se escuchó en la distancia. Y entonces Shukaku gritó de dolor.

La luz se apagó. Luego, una explosión, y más gritos.

El hombre nos miró y exclamó el nombre de su mujer, después el mío. Parecía confuso, aliviado, y dolorido, todo a la vez.

"Bájame", dijo la mujer, revolviéndose en mis brazos. "Puedo andar."

Nada más lo hice, corrió hacia su marido, y se puso a quitarle escombros de encima. "¡Kizashi!", decía, con lágrimas en los ojos. "¿Estás bien? ¡Te sacaremos de aquí!"

Me agaché al lado de Mebuki para ayudarla con los escombros; entre los dos, acabamos enseguida. Mebuki se arrodilló al lado de Kizashi y lo abrazó. Él le devolvió el abrazo, y se besaron con la pasión de quienes han escapado a la muerte.

Estuvieron así un buen rato. Yo alcé las cejas, me crucé de brazos, di golpecitos con un dedo, y nada, seguían abrazados. Me llevé una mano a la boca, y tosí. Los dos me miraron, como devueltos a la realidad.

"Tenemos que irnos", dije. "Y rápido."

Mebuki asintió y se pasó el brazo de su marido por los hombros. Tiró de él, y el tipo hizo lo que pudo, pero su pierna parecía estar rota. Gruñó, la apoyó, se puso rojo de esfuerzo, luego blanco de dolor, y ambos se cayeron al suelo, encima de los escombros.

Me restregué la mano por la cara, muy estresado.

"Es evidente que no podéis andar", dije. "Os llevaría a un lugar seguro, pero no conozco ninguno."

No tenía ni idea de si Shizune seguiría donde la dejé. Probablemente no. Su grupo estaba demasiado expuesto.

Se miraron entre ellos. "Los búnkeres", dijo Mebuki. "Los otros civiles estarán allí."

"Dónde está eso", dije.

"¿No sabes dónde...?", empezó ella, pero su marido intervino.

"Tiene amnesia", le recordó. En su voz había más cautela que amabilidad. Me miraba fijamente, estudiándome. "Los búnkeres están en montaña con los rostros de los Hokage", dijo después.

"Hay un buen trecho desde aquí", dijo Mebuki. Parecía preocupada, y con razón. Se afanó por ponerse en pie, lo consiguió, y volvió a pasarse el brazo de su marido por los hombros. "Naruto", dijo de pronto. "¿Has visto a Sakura?"

"No."

"¿Sabes dónde puede estar?", preguntó Kizashi, logrando quedarse en pie.

"No."

Su mujer abrió la boca para decir algo. Entonces, se escuchó un tremendo sonido, como si se derrumbase una montaña. El suelo se sacudió, las lámparas se sacudieron, cayeron piedrecitas del techo. A mí se me escapó una sonrisa.

«Shukaku, imbécil, te has llevado una buena», pensé.

La sonrisa se fue tan rápido como vino. Miré a la pareja.

"Muy bien, nos vamos. Hay mucho Uchiha suelto, y os aseguro que no queremos su compañía."

Ella asintió, dando un paso adelante. Pero él no se movió. Me miraba atentamente.

"Naruto", dijo, muy serio. "¿De verdad eres tú?"

"¡Kizashi!", le regañó su mujer, aunque debía de saber a qué se refería. "Me ha salvado. Nos ha salvado."

"Sus ojos están rojos, Mebuki. Le veo los colmillos cuando habla."

Ella me miró, tragó saliva, retrocedió un paso. Noté el miedo que sentían hacia mí. Hacia lo que podía ser.

Mebuki abrió los labios, los apretó, agarró bien fuerte a su marido. "¿Eres...Naruto?", preguntó también.

Yo suspiré, harto de todo aquello.

"No", dije en tono burlón, como si ironizara sobre el asunto. "Soy el Zorro de las Nueve Colas, ¿no me veis?"

Cogí la mano de la mujer y me la subí al hombro derecho. Tiré del hombre, y me lo subí al izquierdo. Forcejearon, pero, ¿qué iban a hacer? Me los ajusté como pude. Colgaban de una manera muy extraña de mi cuerpo demasiado pequeño. Pero podía manejarme bien con su peso. Y con mucho más. Ya había perdido mucho tiempo en aquella tontería. Ni siquiera sabía por qué me había metido en los asuntos de aquellos absurdos humanos. De modo que me dije: son los padres de Sakura Haruno, la deuda también se aplica a ellos. Eso me ayudó a quedarme más tranquilo mientras volaba la puerta de una patada y sacaba a aquel matrimonio (que no dejaba de revolverse y quejarse) de un hogar que no tardaría mucho en quedar en ruinas.


No llegué muy lejos.

"¡Katon: Gōkakyū no Jutsu!"

La bola de llamas se dirigía hacia nosotros mientras volábamos de tejado en tejado. A nuestras espaldas quedaba Shukaku, y el mapache estaba perdiendo su batalla. Maito Gai desprendió una gran cantidad de chakra (las Puertas Ocultas otra vez, vaya por Dios) y golpeó al gigante de tal manera que lo levantó del suelo unos cuantos metros. Cada vez que le oía encajar un golpe, me sentía satisfecho. Frente a mí, estaba la montaña con las cuatro caras de piedra. Mirarlas me resultaba extraño. Reconocí al payaso de Fugaku y sus ojos desagradables. Al viejo Hiruzen (¿qué estaría haciendo ahora?), luciendo como lo hacía antes de convertirse en una pasa con piernas. Al Segundo lo recordaba peor, pero sabía que su nombre era Tobirama. El último de la izquierda era Hashirama. Parecía muy serio en su retrato de piedra. Estuve un buen rato mirando su rostro, sin saber muy bien qué pensar. Entonces llegó el fuego.

"¡Kage Bunshin no Jutsu!"

Treinta clones hicieron de escudos humanos contra la técnica. El calor pasó entre ellos, haciendo que me escociera la piel; los Haruno gritaron, chillaron, y siguieron haciéndolo hasta que aterricé.

"Dios mío Dios mío Dios mío", repetía ella.

"Mierda mierda mierda mierda", repetía él.

Dejé caer a ambos como sacos de patatas y me enfrenté al Uchiha que me había lanzado el jutsu. Lo miré de arriba a abajo. Estatura media, delgado, cabello canoso, barba casi blanca, sharingan maduros, patas de gallo. Un ninja de élite. Lo más llamativo en él: una armadura totalmente limpia. Una de dos, o acababa de llegar, o era muy bueno. Y teniendo en cuenta cómo funcionaba mi suerte...

«Justo lo que necesito», me dije a mí mismo. «Un maldito experto.»

Nos acercamos. Él llevaba una katana a cada lado; las desenvainó al mismo tiempo con un gesto elegante. Estaban totalmente cubiertas de sangre fresca. Vale, aquel tipo no acababa de llegar. Problemas, problemas. Nos acercamos más, y elevó su chakra. Nada mal. Incluso hizo temblar el suelo.

Sonreí, enseñando los colmillos.

"Oh, por favor. ¡No quieres jugar a ese juego!"

Separé las manos a los lados, las palmas hacia arriba, los codos levemente flexionados. Y solté todo el chakra que mi cuerpo podía soportar, el cual no era mucho, pero aún así...

(Las grietas que se abrieron en el tejado parecían telarañas. La ropa tendida se sacudió en sus pinzas y salió volando. El chakra formó un aura roja a mi alrededor, tan densa que podría tocarse)

...sería mucho más que suficiente para alguien como él.

Aproveché la pose para encogerme de hombros.

"¡Vamos, abuelo!", le grité, casi riendo. "Esfuérzate un poco, ¿quieres?"

Los sharingan desaparecieron por un momento cuando aquel hombre puso los ojos en blanco del esfuerzo. Su chakra se elevó aún más, y era caliente como el fuego que escupía. El calor era tal que evaporaba la sangre de sus espadas en nubecillas de color rojo que se alejaban de él como líneas apuntando al cielo.

El viejo adoptó una pose de combate de aspecto tradicional. No tenía ni una sola apertura. Los sharingan volvieron a su sitio, con más brillo que nunca.

"Estoy preparado, monstruo", dijo con una voz grave y decidida. "Morirás aquí."

"Como últimas palabras", respondí yo, mientras mi rostro desaparecía en un mar de chakra rojo. "Son algo decepcionantes."

Al instante siguiente, chocamos. Sus espadas fueron un torbellino de cortes precisos y calculados, cada uno con el poder de cortar a un adulto por la mitad. Atacaba, y atacaba, y yo esquivaba cada golpe, devolviendo algunos, pero era difícil colarse entre sus hojas. Ningún ataque le dejaba expuesto, y no tenía puntos débiles. Poco a poco, me abría cortes en los antebrazos, en los hombros, en los muslos, en las mejillas. Estaba claro que el taijutsu no iba a funcionar. Retrocedí, saqué dos kunais, los envolví de chakra, y se los disparé. Él los esquivó fácilmente y se estrellaron contra la fachada del edificio que tenía detrás, abriendo un gran agujero en ella.

"¡Kage Bunshin no Jutsu!"

Aparecieron diez clones. Una bola de fuego los calcinó al instante.

Chasqueé la lengua. "¡Kage Bunshin no Jutsu!"

Aparecieron veinte clones. El Uchiha formó unos sellos y el viento se agitó alrededor en cuchillas invisibles, destrozando a los clones, decapitándolos, haciéndolos puré. Al último lo mató él mismo, apuñalándole el pecho con una de sus espadas. El viejo me miró, y me dedicó una media sonrisa desafiante.

Fruncí mucho el ceño. Eso sí que no. Ahí las burlas las hacía yo.

"¡Tajū Kage Bunshin no jutsu!", grité.

Aparecieron ciento cincuenta clones, todos muy cabreados. Apenas cabíamos todos, de tantos que éramos, y...

"¡Naruto, no!", gritó Kizashi, un segundo antes de que el peso echara el tejado abajo.


Reaccioné rápido, y atrapé a la pareja mientras caíamos. A ella la cogí de la mano, y a él de una pierna, y así salté hasta la calle de al lado. En el aire, algunos de mis clones me acompañaron, y agarraron a los Haruno, amortiguando así la caída.

El resto se lanzó contra el Uchiha como una bandada de buitres hambrientos. La mayoría murió casi al instante: otros aguantaron más.

"Poneos a salvo", dije a la pareja. "Largaos, escondeos, haced lo que queráis. ¡Pero no os quedéis aquí!"

"Naruto...", empezó a decir Mebuki, pero le corté dando una fuerte palmada.

"¡Moved el culo, idiotas!"

Se pusieron en pie con dificultad, y yo saqué dos kunais de mis reservas. Le di uno a él, y el otro a ella. Creo que todos éramos conscientes de que no les iban a servir de mucho. Si se encontraban con un shinobi enemigo, estaban muertos, tuvieran kunais o no. Pero quizá les daría algo de seguridad saber que iban armados. A lo mejor.

"Gracias", dijo Kizashi, y ella hizo lo mismo. No perdieron más tiempo, y echaron a andar (más bien a cojear) hasta una de las callejuelas cercanas. De inmediato, alguien les cortó el paso. Era un shinobi. Llevaba un kunai en la mano derecha, preparado para apuñalar. «Mierda», pensé, preparándome para actuar, pero una bola de fuego arrasó con gran parte de mis clones y me forzó a saltar hasta el tejado que tenía detrás.

El recién llegado se plantó frente a la pareja y levantó el brazo.

Lo bajó. Su mano se apoyó sobre el hombro de Kizashi.

"Kizashi-san", dijo. "Me alegra verte con vida."

"Te digo lo mismo", respondió el otro. "Iruka-san."

"¡¿No podéis saludaros en otro momento?!", les grité, aterrizando entre ellos y el Uchiha que cargaba, armado hasta los dientes, en su dirección. De los ciento cincuenta clones debían de quedar poco más de veinte. No eran muy útiles. Me pregunté por qué Naruto no se había molestado en aprender una técnica mejor, o al menos, una manera más eficiente de utilizar las que ya tenía.

«Vaya jinchūriki más lamentable», pensé, al tiempo que creaba otras dos docenas de clones. «Casi prefería a su madre.»

Noté la mirada del tal Iruka clavada en mi espalda. Tenía algunos recuerdos de él, la mayoría mezclados, inciertos. Teniendo el cerebro en ese estado, casi que prefería no recordar.

"Llévatelos", le dije, elevando la voz. "A los búnkeres o a donde sea. Éste es mío."

No esperé a su respuesta: me lancé contra el Uchiha a toda velocidad, dejando a mis clones atrás. Cuando estuvimos a pocos metros, ambos nos dimos un último impulso, y saltamos en el aire. O eso pensé que haríamos. En realidad, el viejo se detuvo en el último momento, y envainó las espadas, cada una en la funda contraria, de modo que quedó con los brazos cruzados.

Unas tremendas ansias asesinas emanaron de aquel hombre.

Yo volaba hacia él. Él apretó las espadas, esperando, concentrando su chakra en ellas. «Este cabrón me quiere cortar como a una salchicha», pensé. Cambio de planes. No tenía ninguna intención de acabar dividido en dos.

"¡Kage Bunshin no Jutsu!"

Hice dos clones en el aire, uno a cada lado. Descendíamos a la misma velocidad, todos hacia aquel hombre, que posiblemente podría cortarnos a los tres de igual manera. Estábamos a diez, nueve, cinco metros. El choque era inminente. El resto de clones corría hacia mi oponente como una estampida de búfalos salvajes.

"¡AHORA!", grité, y en la mano de mis dos clones más cercanos, y también en la mía, apareció una esfera de chakra giratorio. "¡Rasengan!"

Él desenvainó las espadas.

Nosotros extendimos los brazos.

Las hojas trazaron cruz letal en el aire. El corte avanzó en línea recta, haciendo grandes surcos en el suelo. Las espadas estaban hasta las trancas de chakra Uchiha.

Era una técnica poderosa. Pero no fue suficiente.

Mis tres Rasengan recibieron el corte sin inmutarse. Presionaron contra él, siguieron avanzando, y antes de golpear a mi enemigo, las esferas estaban tan juntas que parecían una sola. El choque destrozó las espadas en mil pedazos, y habría matado al Uchiha al instante si no fuera por sus reflejos de experto. Se convirtió en agua, y tanto mis clones como yo aterrizamos, amortiguamos la caída, y deslizamos por el suelo mientras nuestras técnicas se apagaban sobre nuestras manos.

El Uchiha apareció detrás de mí. Sudaba. Sus manos formaban los sellos de alguna de sus técnicas, y sus ojos buscaban los míos, buscaban el genjutsu.

Yo solté una carcajada, y al darme la vuelta, me llevé la palma de la mano a la cara, tapándome la vista.

"Lo siento, amigo, pero me he quedado ciego", reí.

Gritó algo, y escuché el ya familiar sonido de las llamas viniendo hacia mí. Abrí una rendija entre dos dedos y pude ver cómo un dragón de fuego se retorcía en el aire en mi dirección, rugiendo sin voz, pero igualmente peligroso. Parecía una técnica de alto nivel. No creía que un muro de clones pudiera bloquearla. Pero no era necesario. Reuní chakra en mis pies, y salté todo lo alto que pude.

La técnica pasó volando bajo ellos, giró en el aire, y volvió a cargar hacia mí.

"Mierda."

Creé dos clones, uno detrás de otro, y le di una patada en el estómago al primero. Del impacto salí despedido hacia el suelo al tiempo que el dragón los calcinaba a los dos. Aterricé no muy lejos del Uchiha, que estaba ocupado peleándose contra los clones que todavía quedaban. Se le daban mejor las espadas que los puños, y no parecía quedarle demasiado chakra, pero su sharingan y su experiencia eran suficientes para mantenerlo con vida. Debían de quedar quince o dieciséis clones, suficientes para lo que tenía en mente. El dragón volaba hacia mí en picado. Lo miré a él, luego a su creador. ¿Funcionaría? No tenía ni idea.

De mi espalda nacieron dos de mis manos de chakra. Apreté los dientes. Usarlas junto con el aura era casi demasiado para el cuerpo de Naruto. Lo había notado durante la pelea con Shukaku, y lo notaba ahora. Sin mis colas como catalizador, todo era mucho más complicado. Me veía obligado a utilizar los sistemas naturales del chico, además de su carne y sus huesos. Tenía la constante preocupación de que lo haría estallar como un globo si me pasaba.

Utilizar nueve manos había sido tremendamente doloroso, y muy arriesgado. Pero dos... Debía de poder manejarme con ellas.

"¡Eh, vosotros!", grité a mis clones. "¡Agarradlo!"

"¡SÍ!", gritaron a coro, lanzándose contra él como hacen las abejas con los avispones. Lo rodearon, lo agarraron de donde pudieron, se apretaron los unos contra los otros, formando una montaña de brazos y piernas y bocas y cabellos rubios.

"¡Qué hacéis! ¡Malditos críos! ¡Soltadme!", gritaba el Uchiha. Logró cargarse a algunos de ellos, pero seguían siendo muchos, y él estaba cansado. Mientras eso ocurría, yo corrí hacia ellos, con el dragón detrás, volando en paralelo con el suelo.

"¡Ni se os ocurra soltarlo!", grité, lanzando mis manos de chakra hacia ellos, una a cada lado. Las manos se agrandaron formando enormes palmas de gigante, y se cerraron alrededor de los clones, apretando con todas mis fuerzas. Realmente se sentía como recoger un puñado de abejas. Eran abejas con la cara de Naruto. Una auténtica pesadilla. Clavé los pies en el suelo, derrapando sobre él, y elevé aquellas manos por encima de mi cabeza; mientras lo hacía, los clones iban desapareciendo en nubes de humo, y mi agarre se iba haciendo más estrecho cuantos menos habían. Al final, sólo agarraba al Uchiha. Las manos de chakra tenían los dedos entrelazados y las palmas unidas, de modo que aquel hombre no podía hacer nada para liberarse.

El dragón se abalanzó sobre mí.

La criatura rugió.

Yo rugí también.

"¡FUERA DE AQUÍ!"

Mis manos de chakra cayeron sobre su cabeza como un martillo. Las disipé en el último momento.

El Uchiha chocó a enorme velocidad contra su propia técnica.

Hubo una explosión, una enorme. Voló la mitad de la calle por los aires y lo llenó todo de piedrecitas, polvo, llamas, y trozos de shinobi.

Yo tomé aire, de pie en uno de los tejados cercanos. Miraba el resultado de mi batalla con cierta satisfacción.

"Una cucaracha menos", dije, deshaciendo el aura de chakra. Una gota de sudor se deslizó por mi sien. Aquella guerra se estaba haciendo demasiado larga.

Hablando de la guerra: eché un vistazo alrededor, pero los Haruno no estaban. Iruka debía de habérselos llevado. Luego miré a Shukaku: estaba desplomado de espaldas sobre un montón de escombros que antes eran edificios. Tenía algo encima de la nariz. Algo que brillaba de un intenso verde. Debía de ser Gai. De modo que el mapache había perdido. Genial. Se lo merecía.

Lo que no era tan genial era la sombra que se acercaba entre los edificios destruidos. La reconocí al instante. Llevaba una túnica negra adornada con nubes rojas. Dos sharingan brillaban en su rostro. Llevaba un bulto en cada mano, los arrastraba por el suelo al andar. Incluso entre el denso humo, pude reconocer que se trataban de un hombre y una mujer, ambos muertos, o al menos inconscientes.

"Tú otra vez", gruñí, saltando desde el tejado a la calle destrozada.

Él lanzó a aquellas personas a mis pies. Las miré: el hombre tenía el pelo corto y negro, y una barba del mismo color. Era moreno, y corpulento. Ella tenía una larga melena oscura y vestía ropas de color blanco y rojo. Ambos llevaban protectores de la Hoja, y estaban muy heridos.

"No has cambiado, Naruto Uzumaki", dijo, acercándose más y más a mí. "Siempre dejando que tus amigos sufran en tu lugar."

"No sé por quién me tomas", respondí, plantándome a escasa distancia de él. "Yo no soy amigo de esta chusma."

La mano del Uchiha ascendió despacio, medio oculta por las anchas mangas que llevaba. Su dedo índice se levantó, como lo había hecho la anterior vez, pero yo ya no estaba.

Aparecí detrás de él, con mi técnica preparada en la mano derecha.

"¡Rasengan!", grité, y entonces hundí la esfera en su espalda.


Él estalló en una nube de cuervos. La bandada voló algunos metros, y volvió a unirse, adoptando la forma de mi oponente.

¿Qué era aquella técnica?

"Eres demasiado lento, Naruto Uzumaki."

Mi puño apareció al lado de su cara, pero sólo golpeó el aire. Me esquivó inclinándose como un junco. El siguiente golpe también falló. Una mano agarró la muñeca de mi brazo extendido; otra mano apoyó su palma contra el exterior de mi codo. Ambas me hicieron girar, tropezar, y caer al suelo. Lo amortigüé apoyando las rodillas y respondí con un gancho que llevaba toda la inercia de mi cuerpo al girarse.

El Uchiha se inclinó levemente hacia atrás, y el golpe pasó rozando su nariz.

"Me decepcionas", dijo. Y volvió a levantar la mano.

"¡Raikiri!"

El ataque de Kakashi se estrelló contra el suelo que hasta un segundo ocupaba el otro shinobi. La electricidad que emanaba de su mano fue apagándose despacio mientras se incorporaba. Estaba de pie entre mi oponente y yo. Respiraba pesadamente.

"Naruto", me dijo con voz seria. "Huye. Yo me encargo de él."

"No te hagas el héroe", le solté, poniéndome a su lado. "Es mucho más fuerte que tú."

El jōnin me fulminó con su único sharingan. Tenía el otro ojo firmemente cerrado. "¡Te he dicho que te vayas!", gritó, sacando un kunai de su reserva.

"No", respondí yo, sacando otro. "Tengo cuentas pendientes con este imbécil."

"Kakashi Hatake", dijo el Uchiha, interrumpiendo nuestra conversación. Su voz sonaba calmada, pero seguía ocultando la misma rabia de antes. "Te enfrentas a mí de nuevo. Dime, ¿acaso añoras colgar de tu cruz?"

Algo pareció activarse dentro de Kakashi. Sus manos temblaron antes de que alzara su kunai.

Pero el temblor no se debía al miedo, sino a la ira.

"¡ITACHI!", rugió, corriendo hacia él, mientras formaba sellos con tal rapidez que no podía distinguirlos.

"¡Katon: Gōkakyū no Jutsu!", gritó Kakashi.

"Katon: Gōkakyū no Jutsu", dijo Itachi.

Las bolas de fuego chocaron, inundando la calle de llamas, y los tres saltamos a través de ellas. Itachi bloqueó la puñalada de Kakashi con una mano, y desvió la mía con la otra, haciéndome tropezar algunos pasos. Recuperé el equilibrio, me giré, y mientras Kakashi se recuperaba de la patada frontal que acababa de encajar, yo cargué contra nuestro oponente, formando un Rasengan en mi mano derecha.

Itachi me atravesó convertido en una bandada de cuervos. Se movía tan rápido que... Joder. Frené, volví a girar, y una mano pálida me agarró la cara. La presión que ejercía era enorme.

"¡Naruto!", gritó Kakashi, lanzando una ráfaga de shuriken hacia Itachi. Los proyectiles pasaron rozando mi piel, pero sin tocarme. La puntería de Kakashi era perfecta.

Los shuriken, reforzados de chakra azul, se clavaron en el cuerpo de Itachi, que rápidamente se deshizo en un montón de barro, y apareció a pocos metros del jōnin, caminando lentamente hacia él.

A Kakashi se le abrieron los ojos en dos grandes círculos, y saltó hacia atrás, evitando una fuerte explosión. El clon de Itachi había saltado por los aires, y sólo pudo esquivarlo por los pelos. Kakashi se apoyó en el suelo, miró alrededor, buscando a su oponente, pero éste estaba detrás de él. La espalda del jōnin chocó contra el pecho del Uchiha. El puño del segundo impactó contra la barbilla del primero. Mi kunai pasó silbando a un centímetro de la cabeza de Itachi; él miró hacia mí, y Kakashi aprovechó para retroceder unos metros.

"¡Kage Bunshin no Jutsu!"

Hice diez clones, y cada uno formó su Rasengan.

"¡A por él!", les grité, y juntos corrimos hacia nuestro objetivo, pensando en destrozarlo, en matarlo, en hacerlo pedazos. Creo que fuimos demasiado optimistas.

"¡Katon: Hōsenka Tsumabeni!"

Los shuriken que lanzó estaban envueltos en fuego destructor. Se movían mucho más rápido que los shuriken normales. Su poder era también terrible. De un solo plumazo eliminó a todos mis clones, y yo tuve que frenarme en seco, e invocar dos de mis grandes manos de chakra, cuyas palmas extendidas bloquearon el ataque del Uchiha.

Pero no me rendí.

Apoyé aquellas manos rojas en el suelo y con su fuerza me impulsé hacia Itachi, corriendo a cuatro patas al tiempo que mi aura de chakra alcanzaba el nivel máximo que podía soportar el cuerpo de Naruto. No podría tenerla activa mucho tiempo, pero, mierda, qué más daba eso, mientras pudiera convertir sus huesos en polvo...

"¡NARUTO!", gritó Kakashi, mientras activaba un nuevo jutsu. La tierra se abrió alrededor de Itachi y formó una prisión a su alrededor. Pero la prisión estalló por efecto de alguna técnica; Itachi se liberó, y de inmediato fue atrapado por una esfera de agua. Había un clon de Kakashi tras él, y se esforzaba por mantener la técnica. "¡Usa tu Rasengan", gritó el Kakashi original, corriendo hasta quedar en paralelo a mí.

Sin pensarlo, lo hice. Un Rasengan carmesí se formó en mi mano derecha.

Kakashi tendió su mano hacia la mía. Enseguida quedó envuelta de una intensa electricidad.

El chakra de rayo se unió al de viento. Aquella cosa era poderosa, era terrible. Una amalgama de poder y muerte. Notaba su peso en mi brazo extendido (volvía a correr sobre mis dos piernas) y la increíble presión que desprendía.

Era una técnica poderosa.

Decidí hacerla mejor.

Con un grito le insuflé una poderosa corriente de chakra que duplicó el tamaño de aquella cosa, y Kakashi arrugó el gesto, debía de ser doloroso para él mantenerla en su sitio; aún así seguimos corriendo, Itachi ya estaba cerca, cinco, cuatro metros... La esfera de agua estalló, pero el clon de Kakashi lo agarró por la espalda...El clon se llevó un potente codazo, fue destruido, estalló en una nube de humo, Itachi era libre; pero mis manos de chakra lo rodearon, impidiendo sus movimientos, y entonces llegó el golpe.

"¡RASENGAN!"

"¡CHIDORI!"

Disipé las manos de chakra. La técnica golpeó a Itachi en el pecho, lo mandó a volar, destruyó el edificio que tenía detrás. Y el siguiente. Y el siguiente detrás de ese. Un surco ardiente en forma de U quedó entre nosotros y lo que quedaba de nuestro enemigo.

Habíamos ganado.


"Es inútil", dijo una voz. "Sois débiles."

Estábamos equivocados.

Kakashi se giró lentamente, empapado de sudor, agotado, casi sin chakra. El cabello blanco estaba húmedo donde el sudor lo había alcanzado, y su mirada, aunque intensa, se notaba cansada, desgastada.

"No puede ser..."

Yo también me giré, y allí estaba. A diez metros de nosotros, envuelto en su túnica negra. Estaba intacto. No había ni una sola quemadura en sus ropas. Ni una sola herida en su piel. Caminaba hacia nosotros con una calma aparente que, sin embargo (yo lo sabía, lo notaba demasiado bien) ocultaba una rabia tan profunda como mil tumbas.

"El juego se ha acabado, Kakashi Hatake, Naruto Uzumaki." Seguía caminando, despacio, como si no acabara de evitar una muerte segura. "Vuestra resistencia es inútil. No alargaré más este encuentro."

Los párpados de largas pestañas se cerraron, volvieron a abrirse. Su sharingan había cambiado.

"Tsukuyomi."

"¡NO!", gritó Kakashi, pero entonces quedó quieto. Muy quieto.

Itachi seguía andando hacia nosotros, una de sus manos asomando por el pecho de su túnica. Dio un paso, dos, tres, al cuarto Kakashi se derrumbó de espaldas, inconsciente, apenas respirando. Cinco pasos, seis pasos. Aquel extraño sharingan buscó mis ojos, y yo cerré los míos como acto reflejo. Entonces noté una brisa, y una presencia. Itachi apareció a escasos centímetros de mi cuerpo, y hundió un kunai en mi estómago, hasta la empuñadura. El dolor me hizo abrir los ojos, y al hacerlo, allí estaban los suyos. Fijos en los míos, como si quisieran derretirlos.

El mundo se volvió negro.


Era un cuarto de baño. Pequeño, angustioso. Familiar. Las paredes eran de azulejos que algún día habrían sido blancos. El techo tenía la pintura deshecha y manchas de humedad; el suelo estaba cubierto de charcos. A la derecha había un espejo sobre un lavabo, y ambos estaban repetidos tres veces, iguales hasta en las manchas de sangre. De cada grifo caía una gota, a la vez, cada pocos segundos.

A la izquierda estaba Itachi Uchiha.

"Levanta", dijo. Yo estaba desnudo, acostado boca arriba en aquel suelo húmedo. Las luces palpitaban, temblaban, como si agonizaran. Cada poco tiempo, el cuarto de baño se quedaba sin luz por un breve instante, y cuando eso pasaba, lo único que podía ver eran los brillantes sharingan de Itachi.

Apoyé una mano en el suelo, y me vi reflejado en él. Tenía los ojos azules de nuevo, y las marcas de mis mejillas se habían cerrado. Para cuando terminé de levantarme, se escucharon dos portazos que sonaron a la vez. Naruto Uzumaki entró en el baño y se apoyó en la puerta, de espaldas a nosotros. Gimió, balbuceó, y al arrodillarse, se dividió en dos. Uno estaba de pie, y el otro arrodillado. Compartían espacio como si estuvieran hechos de luz y no de carne. El que estaba de pie arañaba la madera con uñas alargadas y gruesas. Se movían de una manera extraña. Los movimientos se cortaban, como si vieras una serie de dibujos muy rápidamente, de manera que fingieran moverse.

"¿Cómo...?", dije, aunque me hacía una buena idea de qué estaba pasando. "Sal de mi maldita cabeza."

Itachi no me respondió, sino que observó a los dos Narutos.

Ambos andaron entre nosotros como si no nos vieran; uno fue al váter, y vomitó largamente. El otro se apoyó en una pared, gimoteando como un perro herido. Poco después se apoyó en el lavabo del medio, abrió el grifo, y metió la cabeza debajo. Cuando el primero dejó de vomitar, ocupó el lavabo del fondo, abrió el grifo, lo cerró, lo abrió, lo cerró, y siguió repitiendo este movimiento...

"Suficiente", dijo Itachi, levantando su dedo índice. Los Narutos quedaron congelados en el sitio, la luz dejó de parpadear, el agua del grifo quedó inmóvil en el espacio y el tiempo. "De modo que este es el jinchūriki de la Hoja. Lamentable."

Me sorprendí sintiendo rabia.

"No sabes nada de él."

"¿Él?", preguntó Itachi, acercándose a mí. Incluso en aquel mundo imaginado, podía sentir el gran poder que aquel shinobi ocultaba. "¿Y quién eres tú, entonces...?"

"¿Quién eres tú?", dijo una voz.

"¿Quién soy yo?", dijo una voz igual.

Eran las copias, las visiones de Naruto. Movían la boca pero no el resto del cuerpo, como autómatas, como marionetas. Sus frases brotaban sin control, se atropellaban entre ellas, llenaban el baño entero:

"Mi nombre es Naruto Uzumaki"

"Encantado de conocerte"

"¡El Equipo 7 es el más fuerte!"

"¡Una de ramen, por favor!"

"Encantado de conocerte"

"Naruto Uzumaki"

"¡Me convertiré en Hokage, de veras!"

"¡Ero-sennin!"

"Naruto Uzumaki"

"Naruto Uzumaki"

"¡Jamás me echo atrás, es mi camino del ninja!"

Y entonces:

"¡SASUKE!"

El último grito salió de la boca del Naruto más lejano. Su cuerpo se movió, se estremeció, se dividió en dos, tres, seis torsos que se sacudían alrededor de la misma cintura, que se superponían, que vibraban, que se angustiaban... Al final, volvieron a unirse. Naruto jadeaba. Se quedó quieto unos momentos, y entonces, en un arrebato repentino, sus ojos se encendieron con una potente luz roja que cubrió todo el espejo frente a él.

"¡SASUKE! ¡SASUKE! ¡SASUKE!"

La frente de ese Naruto se estrelló contra el espejo y se quedó allí.

"¿Qué significa esto?", murmuró Itachi. Tenía el asco escrito en la cara.

Los ojos del otro Naruto se encendieron del mismo rojo.

"¡NARUTO! ¡NARUTO! ¡NARUTO!"

La frente del segundo Naruto se estrelló contra el segundo espejo, y se quedó allí.

Entonces, muy, muy lentamente, las pupilas de ambos giraron hasta donde nosotros estábamos, y gritaron, GRITARON, con bocas de hondo y espeso negro, donde no había dientes, ni lengua, sólo vacío, sólo hambre, sólo nada. La puerta que teníamos detrás se abrió de golpe, y una fuerza incomprensible nos empujó hacia ella, a mí, a los dos Narutos, e incluso a Itachi, y de repente el baño estaba boca abajo, y desde la puerta caímos despacio, como trozos de papel en un vaso de agua, hasta el corazón del Valle del Fin.


Itachi se posó suavemente sobre la superficie del lago. Los demás chocamos contra el agua, y nos hundimos varios metros antes de volver a la superficie. Concentré el chakra en mis manos y pies, y me incorporé. Los Narutos desaparecieron en las profundidades, en silencio, y despacio.

"Esto es el Valle del Fin", dijo Itachi para sí mismo. "Y ahí está la jaula del Zorro."

Estaba justo debajo de la cascada, partiendo el agua con sus barrotes de dura piedra. Caminamos hacia ella juntos, sin hacer mucho caso el uno del otro. ¿Qué demonios era lo que buscaba? ¿No quería saber el destino de su hermano? A esas alturas, si me lo preguntase, se lo diría, de lo harto que estaba de todo aquello. Aunque quizá lo sabía ya. ¿Lo sabría? Entonces, ¿qué hacíamos allí? Lo miré con disimulo. Itachi tenía los ojos fijos en la jaula... Caminar al lado de aquel hombre se me hacía realmente extraño. Pero supuse que atacarle no serviría de nada, pues nada de aquello era real.

"¿No me vas a preguntar?", le acabé diciendo. "Por Sasuke."

Cerró los ojos por un momento.

"Ya sé todo lo que tengo que saber."

"Sabes cómo murió."

"Cada detalle."

"No pareces tan furioso como antes."

Se paró un segundo. Su sharingan giró hasta encontrarse con mis ojos.

"Naruto Uzumaki", dijo. "No he olvidado lo que hiciste. Jamás lo voy a hacer."

Entonces volvió a andar hacia la jaula, no sin antes añadir:

"Cuando esto acabe, te mataré."

Un escalofrío recorrió mi espalda. No dije nada, simplemente le seguí.

La cascada caía justo en frente de nosotros. Nos salpicaba con gotas pequeñas, cálidas. Aquel era un lugar verdaderamente extraño. Si mirabas hacia arriba, no había cielo, sino el techo de un baño, con sus lámparas, su humedad, y su pintura en mal estado. Era como si todo el valle estuviese dentro de aquel baño. A ambos lados de la cascada había dos figuras: la de la izquierda representaba a Sasuke, vestido con una armadura de batalla roja. La de la derecha no tenía rostro, ni detalles, sólo un cuerpo toscamente tallado.

Itachi observó la escultura de su hermano durante largo rato, pero no dijo nada.

Nos acercamos a la jaula. Él avanzó hasta tocar los barrotes, yo me quedé atrás. Había algo en ese lugar... En esa maldita jaula. Mirarla me daba ganas de vomitar. No quería acercarme más. No quería ni mirarla. ¡No quería que existiera...!

"Pierdes el tiempo", le dije. "Esa jaula está vacía."

Pero una luz se encendió dentro de ella. Era una luz pequeña y roja. Parecía estar lejos, pero aún así, emitía un gran brillo. Estaba a la altura de mi cintura; se movió un poco de un lado al otro, y ascendió hasta quedar más o menos a la de mis ojos.

Una segunda luz se encendió al lado de la primera.

Estábamos mirando el brillo de unos ojos.

¿Los ojos...de Kyūbi?

"¡NO!", grité, pero la voz salió ahogada. "¡No puedes ser el Zorro! ¡Yo soy el Zorro!"

Itachi guardó un breve silencio antes de hablar.

"Zorro de las Nueve Colas", dijo, endureciendo la voz. "He venido a llevarte conmigo."


"Qué es lo que has dicho."

Las palabras se escaparon de mis labios por sí solas, cortantes como el mejor de los cuchillos.

Pero Itachi Uchiha no hizo caso de mis palabras. No me consideraba importante. No me tenía en cuenta. Para él, yo sólo era Naruto Uzumaki, un jinchūriki maltratado, desquiciado, y roto. Para él, yo sólo era el asesino de su hermano.

"¡QUÉ ES LO QUE HAS DICHO!", grité, agarrando la túnica de aquel hombre y tirando de él hacia mí, obligándole a mirarme a la cara. Sus pupilas descendieron hasta las mías, llenas de un infinito desprecio.

"Hoy morirás, Naruto Uzumaki", dijo. "Y la Hoja perderá a su última bestia."

"Pretendes capturarme."

"El Zorro se vendrá conmigo. Tú morirás."

"¿Pero no lo entiendes, imbécil?", le grité, sacudiéndolo por la ropa. "¡YO soy el Zorro!"

Una mano abierta me golpeó en el pecho, tirándome de espaldas.

"Me das lástima, Naruto Uzumaki. Lástima y asco. La aldea te ha usado hasta romperte, como hizo con mi hermano. Pero hoy", dijo, dándome la espalda. "Hoy se acaba tu triste historia."

Itachi apoyó la mano en uno de los barrotes. "Ahora, sal, Zorro de las Nueve Colas. Sal y enfréntate a mí."

Hubo un silencio. Sólo se escuchaba el rumor de la cascada, el agua infinita rompiéndose contra el lago, contra la piedra, contra todo.

El silencio se mantuvo. Pero entonces...

...una risa. Una risa suave, casi lejana, y aguda. Una risa joven.

"Ja, ja, ja, ja."

"Ahí viene", murmuró Itachi.

Los pasos resonaban por el interior de la jaula. Se acercaban. Eran ligeros y regulares; los pasos de un cuerpo pequeño. Aquellos dos puntos rojos avanzaban con ellos en la perfecta oscuridad. Y conforme avanzaba, aquella presencia reía:

"Ja, ja, ja, ja"

Con una voz que no era ni la mía, ni la de Naruto Uzumaki.

"No puede ser", dije. "Ese... no soy yo."

Cada vez estaba más cerca. En algún momento, la risa se apagó. Los dos puntos rojos se acercaron, y se acercaron, hasta detenerse justo detrás de los barrotes. Eran dos ojos carmesíes. Observaron primero a Itachi, que quedó lívido, inmóvil en su larga túnica.

"Qué...no...", balbuceó. Era la primera vez que le veía dudar.

Entonces los ojos me miraron a mí. Y yo los miré a ellos. Los miré bien. Miré su intenso color rojo. Su perfecta forma redonda. Las tres aspas que giraban despacio en cada una de ellas.

Una mano pálida atravesó la jaula y agarró la mano de Itachi, quien la retiró, espantado.

"Ja, ja, ja...", volvió a reír el prisionero.

"Tú eres..."

Un rostro cubierto en sombras se asomó a los barrotes. Era pálido, y pequeño. Tenía el pelo negro, corto, de punta, y unos rasgos finos y burlones. Lo reconocí de inmediato. ¿Cómo no iba a hacerlo? Acababa de ver su rostro en la piedra.

"Es Sasuke Uchiha", dije, completamente atónito.

Itachi estaba incluso más afectado que yo.

"Sasuke..."

El rostro terminó de salir a la luz. Tenía la boca curvada en una gran sonrisa.

"Hola, Naruto. Hola, hermano. Ha pasado mucho tiempo..."

Y justo cuando aquel rostro menudo empezaba a salir de los barrotes, justo cuando su cuerpo comenzó a colarse entre ellos como una serpiente entre los árboles, Itachi Uchiha levantó las manos, las unió, y todo volvió a teñirse de negro.


El fuego crepitaba a nuestro alrededor. Desperté tumbado en el suelo, boca arriba, como había aparecido en el baño. Sólo que ahora estaba en medio de una calle medio calcinada, donde olía a quemado, y a muerte, y a sangre, y a todas las cosas terribles en aquel mundo. Intenté moverme, y aunque podía, era difícil. Me sentía herido y cansado. Y sobre todo, confuso. Más confuso de lo que recordaba haber estado nunca.

¿Cómo era posible? ¿Sasuke Uchiha...dentro de mí?

Levanté la mirada, y allí estaba Itachi. Parecía tan afectado como yo, o incluso más; estaba pálido, y sudaba, y respiraba de manera irregular... «Parece ser», pensé, «que el hombre de hielo puede derretirse.»

"No...Esto no...", murmuraba, con las pupilas temblorosas, y aquellas ojeras tan negras, tan marcadas, luciendo más oscuras que nunca. Un millón de pensamientos debieron de cruzar su cerebro, y ninguno debía de ser bueno. Le oí tomar aire. Le oí respirar profundamente, y luego perder el aliento. Apretó los ojos, y al abrirlos, el párpado derecho le temblaba.

Los sharingan de Itachi Uchiha me pulverizaron con un odio que no podía medirse. Las aspas cambiaron de formas, se hicieron más anchas, más amenazantes.

"Tú", gruñó; la calma que caracterizaba su voz se desmoronaba por momentos. "Tú, monstruo, ¿qué le has hecho a Sasuke?" Las dos manos del shinobi descendieron me cogieron del cuello, me clavaron las yemas en la carne, la hicieron sangrar. "¿QUÉ HAS HECHO A MI HERMANO?", chilló, escupiéndome saliva en la cara, desquiciado y loco. En su voz había rabia, y tristeza, a partes iguales.

"Yo no le he hecho nada", dije con un hilo de voz. "No sé qué está pasando..."

"¿Que no lo sabes? ¡¿Que no lo sabes?! ¡MIENTES! ¡Responde, maldito! ¡¿Qué le has hecho a Sasuke?!

Algo comenzaba a formarse alrededor del Uchiha. Era un chakra extraño, anaranjado, que no se parecía a nada que hubiera hecho hasta ahora.

"¡Dímelo!", gritó. Había perdido por completo los papeles.

«No me cabe ninguna duda», llegué a pensar, en medio de todo aquello. «De que este hombre amaba a su hermano.»

"Si no hablas", dijo, bajando mucho la voz. "Yo haré que hables... ¡Tsukuyomi!"

El dolor fue increíble. Itachi Uchiha me torturó durante lo que se sintió como varios días. Estaba colgado boca abajo, en medio de un campo de hierba interminable. E Itachi, armado con una katana, me perforaba, me cortaba, me desollaba, una y otra vez. Me destrozaba. Me interrogaba. Pero yo no tenía respuestas, ninguna. Y aunque las tuviera, me negué a dárselas. Aguanté el dolor, aguanté la tortura, la humillación, cada maldita incisión que me hacía en la piel. Lo aguanté todo, mientras grababa aquel rostro, aquella figura, aquel nombre en mi memoria.

«Itachi Uchiha», pensé, lleno de amargura. «Todo lo que me estás haciendo, yo te lo devolveré. Te lo devolveré dos veces, tres, cuatro, hasta hacer diez veces diez. Haré que desees haber nacido muerto.»

Y en algún momento, el genjutsu acabó. Me desplomé en el suelo, completamente acabado. En el mundo real, sólo habían pasado unos segundos. Itachi me soltó el cuello y se llevó una mano al ojo izquierdo: tenía ambos inyectados en sangre. Gruñó de dolor, pero se recompuso, y cerró los dedos en un puño que elevó en el aire. "Vas a sufrir, monstruo", dijo, pero cuando el puño quiso descender, no pudo hacerlo.

Una mano gruesa y fuerte lo sostenía por la muñeca.

Su dueño se erguía detrás de Itachi, sacándole varias cabezas. Era corpulento, y tenía una fuerza descomunal: Itachi intentó liberarse, pero la mano no se movió ni un milímetro. El recién llegado extendió su otro brazo, y rodeó el cuello del Uchiha, pegándoselo al pecho. Tenía una larga melena blanca que le caía por la espalda como una cascada; un protector en la frente donde se leía la palabra "Aceite"; un chakra tan poderoso que distorsionaba el aire a su alrededor.

La boca de Jiraiya se contorsionó en una mueca de rabia.

"Has hecho daño a mi chico", dijo con una voz grave, furiosa, que surgía desde el estómago como el crepitar de una hoguera. "Y ahora yo te haré daño a ti."

La mano que aferraba la muñeca de Itachi pasó a agarrar su cabeza. La agarró firmemente, con la fuerza de un hombre que podría doblar el metal. Hizo presión. Luego más. Y entonces, partió el cuello del Uchiha como si se tratase de una ramita en el bosque.

El chasquido se escuchó por toda la calle.

Entonces, una nube de cuervos.