Los cuervos chillaron fuerte. Eran muchos y nos rodeaban desde todos los ángulos. De sus alas se desprendían plumas, y éstas cayeron lentas sobre nosotros. Cayeron sobre las cenizas de los incendios. Sobre los escombros y las ruinas. Sobre el polvo, la sangre, el metal. Sobre mí, tendido en el suelo. Sobre Jiraiya, erguido ante mí.

— Siento haber tardado tanto — dijo con una voz que se iba apagando como una radio sin pilas—. Pero ya estoy aquí, Naruto, estoy aquí contigo. Y ya nadie te hará daño. Todo esto, este caos, esta guerra... todo acaba ahora.

Y al poco de terminar su frase, se elevó una fuerte brisa a su alrededor. Un viento blanquecino ascendió en espiral, levantando el polvo y las piedras más pequeñas, y sacudiendo lo demás. Su fuerza se hacía mayor a medida que Jiraiya iba apretando los puños, los dientes. A medida que su rostro perdía el color, la expresión, y la vida. Estaba pálido de ira. Cada una de sus facciones parecía tallada en el más frío de los mármoles y hasta las venas que se le marcaban en el cuello y en las sienes parecían estar hechas en piedra.

Sólo cruzamos unas pocas palabras antes de que perdiera el sentido:

Yo levanté la vista y él me la sostuvo con sus iris castaños. Abrí los labios, los tenía cortados. Moví la lengua, la tenía seca, muerta, insensible. Intenté hablar y fue como tragar hojas de afeitar. Estaba herido, estaba cansado, pero también estaba verdaderamente furioso. De modo que grité. De rabia, de rencor, de dolor, de frustración. Grité, y mi voz no sonó como una voz, sino como un alarido, un chillido animal que sin embargo formaba palabras. Sonó como la voz de un zorro herido.

— ¡Mátalo!— decía el grito—. ¡Mátalo...! ¡Jiraiya...!

Su respuesta fue lo último que pude oír antes de desmayarme.

Jiraiya abrió los puños y dejó salir el aire en un estrecho hilo.

— No sólo le mataré, Naruto—dijo, con una voz vacía de emociones—. Voy a destrozarlo.

La brisa blanca se tiñó de azul al tiempo que mi mundo lo hacía de negro.

Y ese fue el último de mis recuerdos.