CAPÍTULO 15: PARA VENGARLES


Naruto se desmayó. Tenía los párpados entreabiertos y si los mirabas, nada brillaba tras ellos. Estaba pálido, estaba herido, y se estaba muriendo. Ahí tirado en medio de los escombros, como si no importase más que ellos. El humo flotaba a su alrededor como niebla en un día de invierno. Jiraiya se acercó a él y lo observó largamente.

— Mi pobre idiota. Mira lo que te han hecho...

Un hondo dolor se alojó en el corazón del Sannin. Su chico estaba destrozado. Al mirarlo, vio golpes, cortes, quemaduras, puñaladas... tortura. Era sobrecogedor. Era horrible. Era repugnante. Naruto había venido al mundo y éste había decidido tratarle como a una mierda. Año tras año. Durante toda su vida. Y ahora esto. Cómo podía ser. Cómo podía merecérselo. Como podían haberlo permitido.

Pero él... él no lo haría.

— Nunca más — dijo para sí mismo, mientras observaba cómo los cuervos de Itachi Uchiha volaban a lo lejos, libres, y asquerosamente ilesos.

Dioses, no podía soportarlo.

Los cuervos ya estaban lejos, casi al final de la calle. Volaban rápido sobre uno de los tejados cuando ese tejado también voló, por los aires, en una explosión de fuego y aceite. El jutsu de Jiraiya recortó la enorme distancia en un simple parpadeo. Era un verdadero río de aceite en llamas lo que salió de su boca y calcinó el tejado, buena parte del edificio, y la bandada entera de cuervos. Las plumas carbonizadas cayeron como lo habían hecho antes las otras, sólo que más rápido, y con menor ceremonia. Jiraiya escupió un poco de aceite al suelo, tomó una bocanada de aire quemado, y dijo:

— Ahora.

Y junto a él aparecieron las diez sombras que formaban su escuadrón improvisado. Los había elegido él mismo al estallar aquella guerra. En Konoha, el único shinobi con mayor rango que un Sannin era el propio Hokage: eso convertía a Jiraiya en uno de los hombres de más estatus en todo el mundo ninja, básicamente un general de los ejércitos de la Hoja. En situaciones de excepción podía dar órdenes a cualquier shinobi, y por supuesto, él había escogido a los mejores ANBU que tuvo tiempo a encontrar.

Los enmascarados llevaban las armas desenvainadas y cada uno de ellos emitía unas poderosas ansias de matar.

Todos menos uno, el capitán. Él parecía más tranquilo que los demás, y se acercó a Jiraiya despacio, casi con cautela.

— Señor. Esperamos sus órdenes — dijo.

Jiraiya levantó la mano, indicándole que esperara; entonces se acercó a Naruto y lo cogió en brazos. Los ANBU no quitaban la vista del edificio en llamas, pero él sólo tenía ojos para su ahijado. Lo miró atentamente mientras volvía con su escuadrón.

La conclusión le llegó rápido: «Naruto debería estar muerto.»

Ni siquiera un Uzumaki podía aguantar tanto castigo sin caerse en pedazos, daba igual que llevase una bestia con colas dentro. Pero si su supervivencia no se debía a estos factores, ¿qué otra explicación podría tener? Debía de ser cosa del Zorro y su poder de regeneración. Pero Kyūbi jamás se esforzaría tanto en ayudar a un ser humano, y de todos modos, Naruto no sería capaz de soportar semejante nivel de chakra sin romper el sello.

El sello.

Un sudor frío se deslizó por la espalda de Jiraiya. Era la sombra de una sospecha lo que encogía su corazón, pero a cada segundo se volvía más clara. Recordó los ojos rojos, las garras, las marcas en las mejillas. Estaba transformado, no cabía duda, pero su resistencia ante las heridas, y aquel chakra... Todo eso iba mucho más allá de lo que una forma limitada podía ofrecer. Todos los jinchūrikis seguían las mismas reglas y Jiraiya conocía la mayoría de ellas. También había conocido a Kushina, la había visto transformarse, y aquello no...

Tenía que darse prisa.

— Sacad a los heridos de aquí — dijo. Se acercó a uno de los ANBU y le puso a Naruto en los brazos—. Yo me enfrentaré a Itachi.

— Necesitará apoyo, Jiraiya-sama — respondió el capitán —. La mitad de nosotros basta para evacuar a los heridos.

Jiraiya negó con la cabeza.

— Lo haré solo. Naruto y Kakashi están muy graves. No conozco el estado de Asuma y Kurenai. Necesitan a Tsunade. Llevadlos con ella.

— Pero señor, se trata de Itachi Uchiha— dijo el ANBU con voz cautelosa—. Deje que me quede yo, al menos. Es demasiado peligroso enfrentarlo solo.

Tuvo que dar un paso atrás cuando la mirada de Jiraiya lo fulminó incluso a través de la máscara.

— No te pagan para que cuestiones mis órdenes, Yamato. Te pagan para que las sigas. Atiende a los heridos. Llévalos con Tsunade. Protégelos con tu vida. Haz tu trabajo. ¡AHORA!

Con aquel grito, el chakra de Jiraiya se elevó tanto que erizó la piel de los demás shinobis. Yamato tragó saliva, retrocedió un paso e hizo una breve reverencia. Sus compañeros ya habían tomado a los heridos en brazos y estaban esperando órdenes.

— Sí, señor— dijo Yamato, dirigiéndose luego al resto de su equipo—. Ya le habéis oído, nos vamos.

Los ANBU desparecieron en un abrir de ojos, llevándose a los heridos con ellos. Pero antes de que lo hicieran hubo un destello, y un movimiento de sombras, seguidos del caer de algo pesado contra el suelo.

Poco después, mientras el escuadrón recorría los tejados a una velocidad de vértigo, Yamato echaría la cabeza atrás y se daría cuenta de que faltaban tres de sus compañeros.

Itachi llevaba una katana en la mano, extendida en diagonal hacia abajo. La hoja estaba teñida de la sangre de los tres cadáveres que había a su lado. Sólo había necesitado un segundo para decapitarlos. Unos shinobis expertos, eliminados tan rápido... Ni siquiera fueron conscientes de qué les había matado.

— Ahora es tu turno.

Las palabras venían desde algún lugar tras el alto cuello de su túnica. La túnica negra y con nubes rojas que ya llevaba durante su último encuentro. Aquella vez estaba acompañado de otro criminal: Kisame Hoshigaki, espadachín de la niebla, un tipo desagradable a la par que poderoso. Seguramente estuviera cerca. Él también llevaba aquella túnica. Debía de significar algo. Debía de haber algo detrás de aquel ataque. Los Uchiha eran peligrosos, pero, ¿una guerra contra Konoha? Algo así se les quedaba grande.

De todos modos, eso no importaba ahora. La verdad tendría que esperar. Y si Itachi se la llevaba la tumba, habría merecido la pena, porque lo único que quería Jiraiya en aquellos momentos era hundir su puño en las entrañas de aquel maldito traidor.

La espada se elevó hasta apuntar a Jiraiya con su filo.

Él soltó una risa que no podría ser más amarga.

— Hazlo con cuidado, Itachi-kun. Esa cosa es peligrosa. Y recuerda: el filo tiene que apuntar hacia mí, y no al revés.

Una intensa ira refulgió en los sharingan de Itachi.

Entonces, otro destello. Otro movimiento de sombras.

Y el sonido del metal chocando contra el metal.

Jiraiya chasqueó la lengua varias veces. Tenía el brazo levantado frente a su cara, con el protector hacia afuera. Un profundo corte recorría toda su superficie, allí donde la espada lo había golpeado. La hoja no salió indemne del choque: se partió en dos al chocar contra el protector de Jiraiya.

Las sandalias del Sannin pisaron el trozo roto al darse la vuelta.

— Muy mal, Itachi. ¿No te han dicho que las katanas son muy frágiles? Cómo se te ocurre usarla de esa manera...— Volvió a chasquear la lengua—. Anda, respira un poco e inténtalo otra vez. Oh. ¿Qué pasa? ¿Te duele el estómago?

Estaba a unos diez metros, una mano sujetando la espada, y la otra apretándose contra la tripa, justo en el lugar donde le había alcanzado el puño de Jiraiya. Un contraataque perfecto, invisible hasta para los ojos de un Uchiha.

Itachi se encogió sobre sí mismo, se tambaleó un paso, dos, y durante unos momentos parecía que iba a vomitar. Pero se recompuso antes de que el puño de su oponente le volase la cabeza. Sus pupilas giraron muy rápido mientras observaban la trayectoria del puñetazo, y si bien logró esquivarlo, fue por un margen tan estrecho las pieles de ambos se rozaron. Sin embargo, eso no amedrentó a Itachi. Al contrario: aprovechó la oportunidad para entrar en la guardia de Jiraiya y soltarle una ráfaga de cinco golpes, tan veloces que parecieron uno solo. Uno de los golpes fue una puñalada que entró hasta la empuñadura en el pecho de un clon de barro; Itachi tardó medio segundo en darse cuenta de lo que pasaba. Retrocedió de un salto muy elevado y, girándose en el aire, formó dos jutsus en rápida sucesión: una bola de fuego, y una gran ráfaga de viento que pronto se unió a ella.

Fuego y viento, amplificándose el uno al otro. Los elementos entraron en contacto un momento antes de alcanzar a Jiraiya, y entonces, el jutsu se completó. Las gigantescas llamas volaron a través del viento y formaron un torbellino que atravesó cuatro calles antes de apagarse.

Y en medio del gran surco que la técnica había arrancado al suelo, apareció algo. Al principio sólo era una silueta entre el humo, pero cuando su chakra hizo que éste se disipara, Jiraiya apareció en medio de la devastación, erguido, ileso, y rodeado de llamas.

Los restos de una muralla de piedra de cinco capas se amontonaban ante él. El jutsu de Itachi había acabado con cuatro de ellas: la quinta aguantó el ataque, pero no sobrevivió a él.

Algunas de las llamas brillaban aún sobre la piedra seca. Las sandalias de Jiraiya pisaron una de ellas, aplastando la roca que la sostenía. El Sannin echó a andar a través de los shuriken que le lanzaba Itachi, esquivándolos sin apenas esforzarse. Su melena se había extendido hasta cubrirle los hombros y el cuello y cada mechón era tan duro como el acero de las herramientas que rechazaba, echando chispas, cuando Itachi acertaba.

— ¡Katon: Hōsenka Tsumabeni!

Eran diez, veinte, cincuenta, eran cien los shuriken que volaron hacia Jiraiya. Todos envueltos en terribles llamas. Todos prendidos de un intenso carmesí que recordaba al sharingan de su usuario. Eran rápidos, certeros, mortales. Una armadura de acero no bastaría para contenerlos.

Jiraiya observó la trayectoria de los proyectiles con un gesto casi aburrido.

— Oh. Peligroso.

Siendo sincero, el ataque podría matarlo. Habría que hacer algo al respecto. Quizá detenerse y pensar una solución, una vía de escape. Quizá pensar una estrategia inteligente y mortífera que demostrase no sólo su superior experiencia sino su rango como Sannin de la aldea más importante del continente.

Qué va.

Jiraiya no estaba de humor para eso.

De modo que cerró fuerte los puños («¡Ven a mí, mocoso!», gritó, sus venas marcándose en la garganta...) y reforzó su cuerpo con un chakra con el que otros hombres sólo podrían soñar. Con un chakra que no necesitaba de sangre especial ni de monstruos ocultos para arder azul a su alrededor como un aura. Para hinchar los mismos músculos que había entrenado duro desde su infancia, y volverlos una armadura, un escudo, una bastión mejor que el acero y la piedra. Y el suelo a sus pies se quebró cuando la presión de aquel tremendo poder explotó hacia afuera en forma de una cúpula de aire y chakra, con tal violencia que muchos shuriken salieron repelidos, y el resto...

El resto los rechazó él mismo.

Los shuriken chocaban contra su cabello y los protectores de sus brazos, y entre el metal y el chakra, no había manera de alcanzar la carne que era su objetivo. Jiraiya bloqueó el resto de los shuriken, sin esquivar ni uno solo de ellos. Los apartaba a un lado con una fuerza que era casi excesiva, como quien mata un mosquito de un puñetazo. Los bloqueos eran tan potentes que agrietaban el metal, y en algunos casos lo partían en muchos pedazos. En aquellos momentos, Jiraiya era una fortaleza en forma de ser humano. Tras los proyectiles vino una Gran Bola de Fuego, ardiente, poderosa, y realmente grande.

La bola de fuego se abalanzó a gran velocidad contra Jiraiya. Hubo unos sellos, hubo una palmada, y las llamas se congelaron en una hermosa esfera que quedó inmóvil frente al Sannin.

Jiraiya apoyó la punta de su dedo índice contra el hielo.

— Bum.

Y con un latigazo de su dedo corazón, toda la esfera saltó en pedazos.

Cinco sellos después, esos pedazos se convirtieron en afiladas estacas de hielo. Al sexto sello, todas salieron disparadas hacia Itachi como una descarga de flechas. Al noveno sello, las estacas doblaron su longitud y además quedaron envueltas de chakra.

Pero todas ellas se derritieron en el aire y de él cayó el agua, como si lloviera.

Las gotas se juntaron en un gran dragón de agua que Itachi revistió de rayos. La bestia serpenteó por el aire en dirección a su víctima hasta que una gran estaca de piedra ascendió desde el suelo y le atravesó el cráneo desde abajo, disolviéndola en una descarga de agua y corriente eléctrica. Jiraiya aceleró y saltó, apoyándose en la estaca con un impulso que partió la roca. Las dos mitades cayeron pesadamente al suelo mientras el Sannin volaba veloz a través del aire, con una mano hacia atrás, y una gigantesca esfera azul en ella.

— ¡Gōketsu Rasengan!

El intenso azul bañó de luz a Itachi de la misma manera que un rayo ilumina la noche. Ambos hombres se encontraron en el aire y el Uchiha estaba en desventaja. El rasengan se acercaba a él y la muerte estaba escrita en cada centímetro de la esfera. Si eso le alcanzaba, sería su fin. Si intentaba bloquearla, también moriría. Su única opción era un jutsu de sustitución, pero usarlo en el aire y contra semejante técnica sería arriesgado. Si no lo hacía a la perfección, aquella absurda masa de chakra lo convertiría en polvo.

«No me queda otra opción», pensó Itachi. Y cruzó los brazos por delante de su cuerpo.

El rasengan impactó contra él y lo siguiente que supo era que estaba hundiéndose varios metros en el suelo a una velocidad pasmosa, todo era confusión, humo y trozos de roca saltando por todas partes. Esa fue la razón por la cual su jutsu pasó relativamente desapercibido. Cuando su trayectoria se detuvo y las costillas de Susano' se apagaron delante de él, Jiraiya aterrizó en la parte superior del agujero, y dijo:

— Qué demonios ha sido eso.

Jiraiya e Itachi se miraron el uno al otro, el primero desde arriba, y el segundo aún en medio de aquel hoyo.

— No sé qué truco has utilizado, pero si sigues vivo, ha debido de ser bueno — dijo Jiraiya—. He sentido un chakra muy extraño. Pero da igual. Ya que estás ahí enterrado, la mitad de mi trabajo está hecho. Ahora falta la parte en la que te mueres.

Se llevó el dedo pulgar a la boca, y mordió.

— Kuchiyose no jutsu.

Una espesa nube de humo blanco apareció a su alrededor y de entre ella emergió la silueta de un gran sapo naranja, con un collar de cuentas colgando del cuello. Sus grandes ojos amarillos miraron a Jiraiya, luego a Itachi, y de nuevo a Jiraiya. Abrió la boca y dijo:

— Croac.

Jiraiya se cruzó de brazos y miró al sapo de reojo.

— No me fastidies, Gama.

Croac.

— Ya. Pero entiéndeme.

Allá abajo, Itachi se había puesto de pie en medio del agujero, y buscaba la mejor manera de salir de aquel lugar. Sus intenciones no pasaron desapercibidas para sus ahora dos oponentes: los ojos de ambos giraron hasta fijarse en él con una intensidad sobrecogedora.

— Tú no te vas a ninguna parte — dijo Jiraiya, uniendo las manos en un sello—. ¡Vamos, a por él, Gama!

— ¡Croac, croac!

Actuaron a la vez, pues estaban acostumbrados a hacerlo. El sapo escupió un chorro de aceite y Jiraiya añadió fuego a la mezcla. El chorro marrón y el anaranjado se combinaron en una onda destructiva como la que había utilizado para destruir aquel tejado, sólo que esta vez el agujero contuvo las llamas... durante un tiempo.

No tardaron mucho en escaparse por todas partes, como si aquello fuese un volcán en erupción. Todo lo que hubiera dentro de aquel agujero sería ahora, a lo sumo, polvo y cenizas... Todo menos Itachi, en cualquier caso.

Dos manos salieron del suelo y sujetaron los tobillos de Jiraiya.

Doton: Shinjū Zanshu no Jutsu.

Y de un tirón, se lo llevaron con ellas. El Sannin fue arrastrado hacia abajo y quedó enterrado hasta la barbilla en el suelo.

Itachi emergió a su lado, sin una sola quemadura en las ropas.

— Se acabó, Jira...

Antes de que finalizara su frase, algo chocó contra él. Itachi había levantado el brazo para bloquear el impacto y ahora ese algo estaba enroscado en él. Sus labios se apretaron cuando descubrió lo que era.

Era una lengua. Una lengua larguísima, gorda y viscosa que no podía quitarse de encima por mucho que tirase. Y lo había intentado. Y lo estaba intentando. Y la maldita lengua seguía sujetándole con enorme fuerza por donde el sapo le tenía agarrado.

— Croac — dijo Gama, estrechando sus ojos naranjas.

Itachi miró la lengua con una expresión de asco absoluto. Por un momento, incluso se puso algo pálido. Nunca lo admitiría, pero no soportaba a ese tipo de criaturas. Es más, había algo en ellos que le causaba un intenso repelús. Le pasaba lo mismo con casi todos los anfibios, pero los sapos eran los peores de todos, con sus ojos muertos, sus pieles aceitosas, y sus bocas como sacos…

— Ugh — gruñó, tirando fuerte, pero sin resultado.

Entonces la lengua empezó a subírsele por el brazo, despacio.

Allá donde le tocaba, le estaba empapando con su saliva.

— UGH.

Eso ya era el colmo. Itachi formó sellos con su mano libre y entonces tocó la lengua con ella, enviando una corriente eléctrica que alcanzó de lleno al sapo. La lengua se desenroscó de su brazo y volvió a la boca de la criatura cuando ésta trastabilló, aturdida y chamuscada. Mientras tanto Itachi disimuló un suspiro de alivio y se giró para enfrentar a Jiraiya, pero como suponía, ya no estaba allí. Sólo había un ancho agujero en el suelo y un montón de tierra suelta por todas partes. Había perdido demasiado tiempo con la maldita rana, y ahora...

— Te tengo.

Fue rápido. Jiraiya salió del suelo como lo había hecho su oponente antes que él, y lo inmovilizó desde atrás con un férreo abrazo de oso. Sus grandes brazos envolvieron el torso de Itachi, lo levantaron del suelo, y apretaron.

Apretaron realmente fuerte.

Itachi cerró los ojos de dolor, pero no dejó salir ni una sola queja.

— No eres el único que conoce ese truco, renacuajo — dijo Jiraiya. El esfuerzo que estaba haciendo por pulverizar los huesos de Itachi se notaba en su voz, tensa, y dura—. Pero a decir verdad, prefiero usar métodos más simples...

El súbito chasquido de la columna vertebral de Itachi puso punto y final a sus palabras.

Hasta que se deshizo entre sus brazos. Era barro. Un clon.

— Cabrón escurridizo...

Se sacudió el barro de los brazos y buscó al Uchiha con la mirada. Eso fue un error, pues la mirada de Itachi también estaba buscando la suya.

Para su desgracia, sus miradas se cruzaron durante un fatídico segundo.

Y de inmediato, unas grandes estacas de metal penetraron la carne de Jiraiya hasta tocar el hueso.

Magen: Kasegui no Jutsu — había dicho Itachi, aunque sólo se escuchó él mismo.

Un genjutsu. Su función: la tortura.

Puede que las estacas fueran una ilusión, pero el dolor que causaban era tan real como la vida misma.

Jiraiya tuvo que apretar los dientes para no gritar. Intentó mover las manos para formar un sello, pero estaba paralizado: los brazos le temblaban por el esfuerzo, pero sólo logró desplazarlos unos pocos milímetros.

— Ya es suficiente, Jiraiya. No perderé más el tiempo contigo.

Apareció frente a él. Volvía a tener su espada rota en la mano. Itachi levantó la hoja y la apoyó contra el cuello del Sannin. Apretó. La hoja empezó a perforar la piel, manchándose poco a poco de sangre.

Un gruñido se escapó de entre los dientes de Jiraiya, y sus brazos volvieron a temblar y a moverse ligeramente.

— Es inútil resistirse — murmuró Itachi—. Ni siquiera Orochimaru pudo escapar de este jutsu.

Algo se movió en los ojos marrones de Jiraiya. Con gran esfuerzo tensó sus labios en una extraña risita.

— ¿Orochimaru no pudo...? — dijo, doblando el esfuerzo por liberarse. Itachi no respondió, sólo siguió apretando la hoja.

Los brazos de Jiraiya se movieron un centímetro más.

— Hay una cosa que no sabes, Itachi.

El Uchiha entrecerró los ojos. La espada se detuvo.

Hubo una pausa.

Una corriente de aire sacudió los mechones negros de Itachi.

Abajo, los dedos de la mano izquierda de Jiraiya se habían tensado hasta formar un sello.

Y el sello se activó.

«Liberación.»

Jiraiya apretó su puño libre y lo estrelló contra el pecho de Itachi con tanta fuerza que aquello sonó como si fuera un gong, mezclado con el crujido de los huesos al ceder bajo el impacto.

El mundo se distorsionó a ojos del Uchiha mientras volaba a gran velocidad por toda la calle. Recorrió veinte metros antes de chocar contra el suelo, y al hacerlo, quedó ahí tirado, con los brazos en cruz y la visión borrosa.

El golpe le había hecho perder la conciencia durante un segundo.

Las sandalias de Jiraiya se pararon a ambos lados de sus muslos. El viejo estaba encima de él; el sol brillaba tras su cabeza y le envolvía el rostro en sombras.

Sus manos bajaron y cogieron a Itachi por las ropas, levantándolo en volandas hasta despegarlo del suelo.

— Lo que no sabías — dijo, continuando la frase de antes—. Es que soy el mejor de los tres.

Entonces lo soltó.

Y antes de que cayera al suelo, una poderosa patada frontal disparó a Itachi como una bala a través de un edificio en ruinas.

Jiraiya resopló, tratando de dejar ir el horrible dolor del genjutsu.

— Mala idea, chico — dijo con voz grave—. Debiste degollarme cuando tuviste la oportunidad.

Y como respondiendo a sus palabras, un destello rojo y negro le atravesó como un relámpago. Fue tan rápido que no pudo esquivarlo, sólo moverse lo suficiente como para que el kunai de Itachi le cortase el pecho y no la garganta.

Su sangre salpicó el aire y luego el suelo frente a él.

Sonó una voz. Venía de sus espaldas. Era Itachi.

— Has tenido suerte, Sannin. Pero no habrá una próxima vez.

Shunshin — dijo el otro, aún sin darse la vuelta. Se llevó los dedos a la herida, y miró la sangre en sus yemas—. Eso ha sido peligroso.

Jiraiya se giró de repente, a tal velocidad que su cuerpo se distorsionaba a la vista; y aprovechando el impulso descargó un poderoso gancho contra la cabeza de un Itachi que se esperaba el golpe. El puño pasó a través de su cara como si el Uchiha fuese intangible.

— Rápido...

Era el shunshin de nuevo. Lo que había visto no era más que los restos de un movimiento extremadamente veloz. Un kunai se hundió en su omóplato, desde atrás, y otra vez en su costado derecho, donde se partió contra la carne reforzada de Jiraiya. Un jutsu de fuego pasó volando a través del torso de un Itachi que ya no estaba allí, sino a la izquierda, recogiendo la espada que había soltado antes.

De pronto, desapareció, y volvió a reaparecer frente a Jiraiya, tan cerca de él que apenas había espacio para mover la espada. Pero girando el torso y los brazos hacia un lado, pudo lanzar una puñalada que de haber alcanzado a Jiraiya, habría atravesado su cráneo como si fuese de papel.

Gran parte de la razón era el chakra de viento que rodeaba la espada y completaba su filo, como si éste nunca se hubiera roto. La punta había rozado la mejilla del Sannin y ahora descansaba cerca de su oreja.

Itachi usó el shunshin para retroceder unos cuantos metros, y se puso en guardia, con la espada hacia el frente, dividiendo su torso justo por la mitad.

— La técnica de Asuma —dijo Jiraiya. Le sangraba el corte de la mejilla—. Cuánto cinismo.

Había viento alrededor de aquella katana y silbaba muy bajo, casi mudo, con cada uno de sus movimientos. Los sharingan del renegado giraban de nuevo, esta vez más despacio, pero igualmente atentas. Una gota de sudor recorrió su sien hacia abajo y se fundió con la palidez de sus pómulos.

— Una técnica sencilla —dijo, andando de nuevo hacia su oponente—. Suficiente para herirte.

Jiraiya también echó a andar, despacio, frotándose una mano con la otra.

— Oh, dicho como un hombre. Se ve que tus años de criminal te han hecho crecer.

— No sabes nada de mí.

Ya estaban muy cerca, y la espada zumbó en el aire, rápida, poderosa, y directa al cuello. Pero esta vez, Jiraiya se lo esperaba. Levantó el brazo y atrapó la muñeca de Itachi mucho antes de que la espada pudiera tocarle.

— Al contrario, Itachi. Sé demasiado.

El enorme puño de Jiraiya salió disparado hacia la mandíbula del Uchiha. Se escuchó el fuerte sonido de la carne contra la carne cuando los cuatro nudillos, duros como piedras, impactaron contra algo blando y vivo. Pero no era lo que esperaban: Itachi había atrapado el golpe con la palma de su mano libre. Hubo un intercambio de tirones, luego de miradas. Los sharingan buscaron los ojos castaños del viejo pero éste los desvió a tiempo. No caería en otro genjutsu, al menos no fácilmente. Y mucho menos estando en una posición favorecedora. Ahora estaban cerca, muy cerca, y unidos por los brazos. Itachi era un objetivo escurridizo, ágil. Difícil de atrapar.

No perdería esa oportunidad.

El problema fue que ambos shinobis pensaron lo mismo. Los dos buscaron anticiparse a su oponente y por eso actuaron rápido y con contundencia. El chakra de viento abandonó la espada de Itachi y en su lugar apareció una descarga eléctrica tan violenta y tan peligrosa que Jiraiya le soltó el brazo de golpe. La espada quedó libre, y apuntó al corazón, descendiendo como un rayo contra el pecho de Jiraiya. Pero un relámpago era demasiado poco para él. Su poderoso chakra se concentró alrededor de su brazo libre y entonces, con una fuerza que parecía imposible, simplemente apartó la espada. Su antebrazo, protegido por el chakra y el acero de su armadura, chocó contra el arma y la rechazó como un escudo desvía una flecha, enviándola lejos; y en ese momento Itachi le soltó el otro brazo y cerró los mismos dedos alrededor de su garganta.

La muerte brilló en las aspas de su sharingan.

— Arde.

No era un jutsu. Era una orden.

Cuando los poderosos hablan, el mundo se postra y obedece.

Las llamas sabían cuál era su lugar. Obedecieron sin rechistar.

El cuerpo de Jiraiya se prendió fuego.

No tardaría en desaparecer entre la oscuridad de Amaterasu.


La joven se derrumbó de espaldas, muerta. Sus sharingan se apagaron lentamente a los pies de su asesino, quien le echó un largo vistazo antes de abandonarla en medio de la calle.

— Deshaceos de ella — dijo Danzo Shimura, ajustándose las vendas que le cubrían el ojo derecho—. No quiero basura en mi aldea.

— ¡Sí, señor! — respondieron los ANBU de su escuadrón, todos a una.

Se pusieron a trabajar de inmediato. Para cuando Danzo alcanzó a Tsunade, había decenas de piras ardiendo a sus espaldas.

— Tsunade-hime — dijo el viejo con voz educada—. Hemos acabado. La zona está asegurada.

Ella estaba arrodillada en el suelo, atendiendo a los heridos. Había tantos que tres cuartas partes de los médicos de la aldea estaban al borde de un ataque de ansiedad. Casi todos estaban agotados, apenas sin chakra. Así que Tsunade tenía que compensar por ellos. En esos momentos tenía la mano izquierda sobre el pecho de un chūnin, y la derecha sobre el cuello de un ANBU. Ambos estaban muy heridos. Si quería que los dos sobrevivieran, tenía que curarlos a la vez. Y eso hacía.

Si seguía así, ella también se quedaría sin chakra.

— Bien — dijo sin mirarle—. Las zonas 14, 15 y 18 también lo están. Mi equipo está trabajando en la 16 ahora mismo.

La zona 16 correspondía al mercado, una de las áreas mas afectadas por el ataque Uchiha. Había muerto mucha gente allí. Tsunade prefería no pensar en ello.

Danzo asintió con la cabeza, más para sí mismo que para ella, y se alejó unos pasos antes de responder.

— Enviaré a mis hombres como apoyo — dijo.

— Bien — repitió Tsunade. Hubo un momento en el que ninguno de los dos dijo nada; ella curaba a los heridos, y Danzo estaba ahí de pie, como esperando algo, quizá una respuesta mayor a la que ella le había dado. Pero como esta no llegó, decidió seguir su camino.

No le había dado tiempo a dar dos pasos cuando lo notó. Había alguien acercándose, un grupo entero de shinobis. Eran rápidos, mucho, y venían directos a su posición. Tsunade levantó la cabeza, y Danzo una mano: su equipo se reunió rápidamente alrededor ambos. Los ANBU formaron un círculo protector y desenvainaron sus armas al unísono. Estaban preparados para lo que fuera, especialmente si ese algo era matar.

— Quietos — murmuró Danzo, con la mano todavía levantada. Sus hombres esperaban el gesto, la orden que les permitiría atacar. Pero Danzo no hacía nada. Los desconocidos estaban cada vez más cerca y la orden seguía sin llegar. Ahora podían verlos en la distancia, eran muchos, y corrían en un perfecto orden militar. Los ANBU reconocieron la formación al instante: era la que se utilizaba para proteger a los heridos mientras se les transportaba. Un shinobi delante, otro en la retaguardia, y el resto muy cerca del objetivo a proteger.

Danzo bajó la mano.

— Calma. Son aliados.

— Es el escuadrón de Jiraiya — dijo Tsunade, cuando se acercaron lo suficiente—. ¿Qué hacen aquí?

— Llevan heridos consigo — dijo uno de los ANBU—. Muchos.

— Dios mío, ¿ese no es Kakashi? — dijo otro.

Lo era. Sus inconfundibles mechones blancos se agitaban con cada uno de los pasos del ANBU que lo llevaba a cuestas. Junto a él, había tres heridos más. Tsunade reconoció el rostro duro de Asuma, y las blancas ropas de Kurenai. Y luego, detrás de ellos, apareció un shinobi más, cargando un cuerpo pequeño, delgado, y cubierto de sangre.

El rostro de Tsunade perdió todo su color.

Aquel chico era Naruto.

La ninja médico descargó una buena cantidad de chakra sobre los heridos y se puso de pie de un salto.

— ¡Que alguien se ocupe de ellos! — gritó, justo antes de echar a correr hacia los ANBU.

Tenía el corazón encogido en un puño, y la sensación de que algo malo, algo horrible, estaba pasando.


Muy lejos de allí, Shikamaru sentía algo parecido. Él y su grupo habían vuelto a la zona 3, que correspondía al hospital y a sus alrededores, en busca de alguien en particular. Alguien a quien había visto morir con sus propios ojos. Hasta donde él sabía, Kankurō había sucumbido a uno de los capullos de arena del Ichibi. Estaba seguro de ello. Pero no podían darle por muerto sin más. Ya le había abandonado una vez. Si lo volvía a hacer, no se perdonaría a sí mismo. Y, lo que era casi más importante: Temari tampoco lo haría.

Ella caminaba con ayuda de Hinata, pasándole el brazo alrededor del hombro. Estaba muy herida, pero había insistido en acompañarles. Necesitaba saber de su hermano, algo, por poco que fuera. Por esa razón ignoraba el fuerte dolor que había estado muy cerca de matarla. Shizune se mantenía muy cerca de ella y la vigilaba muy de cerca, por si acaso.

— Esto es horrible — murmuró Rock Lee. Él también necesitaba ayuda para andar, y para sorpresa de todos, Tayuya se había ofrecido a dársela—. Cómo puede haber sucedido algo así. Tan de repente. Tan fácil. Toda esta gente...

— Corta el rollo — le interrumpió Tayuya—. Hay lugares donde esto pasa a menudo.

— ¿De qué lugares hablas?

— Da igual.

El chico se le quedó mirando, perplejo.

La verdad era que a Tayuya no le gustaba hablar de sus recuerdos. De modo que se centró en ayudar con los cadáveres, es decir, a buscar a Kankurō entre ellos. Era una tarea difícil. Los cuerpos estaban hechos un desastre, y la inmensa mayoría no era más que un amasijo de carne, sangre y arena. Era imposible reconocer a nadie así. Ni siquiera parecían restos humanos. A Tayuya le recordaban más bien a los despojos de una carnicería. Sus sandalias hacían crujir la arena que cubría todo el lugar, y siguieron haciéndolo durante mucho rato, pues el cuerpo de Kankurō no aparecía por ninguna parte, y había muchos cadáveres que examinar.

— Dios mío. Es él.

Habían pasado veinte largos minutos y allí estaba. Entre uno de los amasijos asomaban grandes trozos de tela negra. La misma que formaba las ropas de Kankurō. La arena estaba endurecida alrededor de algo grande. Algo que parecía un cuerpo.

Temari se tapó la boca y ahogó una arcada.

— No. No. Kankurō, no...

Shikamaru apoyó una mano sobre el hombro de la chica. Ella la apartó de un manotazo, y comenzó a escarbar en la arena, intentando sacar lo que había debajo. Los demás la miraron, consternados, sin saber qué hacer, qué decir, qué pensar. Pronto, las mejillas de Temari se anegaron de gruesas lágrimas. Y mientras hundía los dedos en la arena, se echó a llorar, y cuanto más escarbaba, mejor podía ver a su hermano, y más fuerte lloraba ella.

Rock Lee abrió la boca para decir algo, pero Tayuya se la tapó con la mano libre.

— Mejor déjala, Lee. No hay nada que puedas decirle.

Él no respondió nada. En el fondo, sabía que tenía razón.

— Oh, Kankurō. Oh, hermanito...

El torso del joven asomaba por entre la arena, y ya no quedaba duda de que era él. Incluso vieron el símbolo circular que llevaba al pecho. Aquello era terrible de ver. No era más que trozos de tela hundidos en arena; arena blanda, y arena endurecida, y... trozos de madera.

— ¿Madera? — murmuró Shikamaru.

Temari estiró una mano y cogió uno de los trozos. Lo miró con mucha intensidad, como si fuera a derretirlo con los ojos. Era una madera resistente, oscura, y muy familiar. Demasiado familiar.

Algo encajó dentro de su cabeza, y entonces, entendió. Clavó sus dedos en las ropas de su hermano y las arrancó de un tirón, revelando lo que había debajo. Y lo que allí había no era un ser humano, no era Kankurō, sino algo distinto.

— Karasu — dijo Temari, apoyando la mano sobre el torso de la marioneta—. Eres tú. ¡Joder, eres tú...!

— Es su marioneta — dijo Shizune—. Eso significa...

— ¿Que está vivo? — completó Rock Lee.

— Parece la técnica del cambiazo — dijo Shikamaru, acuclillándose junto a la marioneta—. Pero es extraño. Kankurō no tenía sus marionetas cerca cuando...

— ¡Qué importa eso! — dijo Temari, fulminándolo con la mirada—. ¡Puede que esté vivo!

— Sólo estoy intentando entender...

— ¡No hay nada que entender! ¡Tenemos que encontrarlo!

Shikamaru apretó los labios, los abrió para decir algo, y volvió a apretarlos. Tenía el ceño muy fruncido y una expresión complicada en la cara, pero si tenía algo en mente, prefirió guardárselo. Se puso en pie con un gruñido, y tendió la mano a la chica.

— Vamos — dijo, intentando aparentar una seguridad que no sentía—. No perdamos el tiempo.

Ella le miró su mano durante unos momentos, pero a la hora de levantarse, no se la cogió.


Tsunade apoyó las palmas sobre el pecho de Naruto y activó su jutsu. Una gran ola de chakra curativo entró en el sistema del chico y lo llenó por completo, actuando al mismo tiempo en todas y cada una de las heridas que sufría. Las más pequeñas se curaron casi al instante, pero quedaban muchas más, y gran parte de ellas no sólo eran graves, sino también mortales. Un gran corte a medio cerrar le cruzaba el cuello y esa era la peor de todas. Daba la impresión de haber sido tratada, pero malamente; había partes casi cicatrizadas, y otras que aún sangraban. La diferencia entre unas y otras era extraña. Tsunade tapó la herida con una mano y decidió concentrarse en ella.

— Esta herida debería de haberle matado — murmuró para sí misma, mientras la examinaba—. Fue un corte largo y profundo. Limpio. Preciso. Hecho por un arma afilada, y una mano experta. Estas marcas... y este patrón. Regeneración. No recibió tratamiento: fue su chakra. Un chakra irregular. Violento. El Zorro.

El Zorro.

Una desagradable sensación se alojó en su garganta y no se fue hasta que agarró la camiseta del chico, y se la levantó hasta el pecho. Entonces la sensación se fue, sí. Sólo para ser reemplazada por algo peor. Por un respingo, por un escalofrío. Por el sonido de los muchos cuchicheos de los ANBU. Por el silencio de un Danzo al cortar una frase de golpe y volverse hacia el chico. El viejo se acercó, los enmascarados se acercaron, y hasta los médicos que atendían a Kakashi, Asuma y Kurenai levantaron la cabeza para mirar.

Danzo fue el primero en decir algo. Fue apenas un murmullo, pero todos le oyeron hablar.

— El sello no está — dijo con voz grave—. ¿Qué significa esto...?

Y su rostro gastado se llenó de sombras mientras Tsunade, tan pálida como todos los que allí estaban, recorría la tripa de Naruto con sus dedos manchados de sangre seca. Los ANBU hablaban entre ellos y lo que se oía no era más que nerviosismo, confusión, miedo. Uno de ellos se acercó más de la cuenta, hizo una reverencia tan breve que bien pudo no haberla hecho, y habló.

— Señor — dijo con voz de mujer—. Permiso para opinar.

— Denegado — respondió Danzo, cerrando su ojo visible durante un momento. Luego miró a Tsunade—. ¿Sigue la bestia dentro de él?

Ella se concentró un momento, con la palma abierta sobre el estómago del chico.

— Siento su chakra — dijo, consternada—. Pero hay algo extraño, no puedo... Mierda. ¿Hay algún Hyūga en tu escuadrón?

Danzo asintió, e hizo un gesto con la mano.

Uno de los ANBU se acercó a ellos. Era un hombre delgado, con el pelo negro y largo. Su máscara representaba a un bello cisne blanco.

— Si me permite, Tsunade-sama.

— Rápido.

— Entendido. ¡Byakugan!

El ANBU había formado un sello con una mano y ahora miraba a Naruto con una intensidad sobrecogedora. Y aunque los demás no podían verlo, sabían que bajo su máscara se habrían marcado las gruesas venas de su dōjutsu.

Tardó un momento o dos en hablar.

— ¿Qué es lo que quiere que examine, Tsun...?

La frase se cortó en seco:

— ¡Por Dios y Buda, qué es eso! — chilló el ANBU, desviando la mirada hacia el suelo.

Retrocedió un paso. Retrocedió dos. Y mientras toda su espalda se encogía en un tremendo escalofrío, el ANBU tragó saliva, y volvió a mirar. Los ojos de todos los presentes estaban puestos en él, esperando a saber lo que veían los suyos, y las miradas más intensas eran las de Tsunade y Danzo. Ambos parecían ansiosos; ella estaba, además, asustada. Pero no era su seguridad lo que le preocupaba. Sus dedos se apretaron contra la piel blanca de Naruto. «Qué es lo que te han hecho», pensó. «Naruto...»

Danzo tenía otras cosas en mente.

— ¿Y bien? — dijo con voz dura.

— Es... — murmuró el enmascarado— Señor, ahí...

Él conocía bien a sus hombres. Los escogía y entrenaba él mismo. Sus hombres no eran débiles, ni de cuerpo ni de mente, y mucho menos fácilmente impresionables. No fallaban, no dudaban, y no perdían la compostura. Por eso eran ANBU. Por eso eran Raíz. Y sin embargo, allí estaba aquel Hyūga, balbuceando como un genin en su primer examen. Algo no encajaba. Algo estaba mal. Danzo apretó los dientes, se acercó a su subordinado, y le apretó el hombro con la mano sana.

Sus dedos de hombre mayor hicieron que el ANBU se encogiese de dolor.

— Le he hecho. Una. Pregunta. Soldado.

El ANBU soltó un gruñido de dolor y asintió. Danzo le soltó, pero se quedó muy cerca de él, atravesándolo con la mirada.

— Es el Zorro — dijo con voz temblorosa—. Su chakra está por todo su sistema. Lo llena entero. Dios mío, sus canales... Son como ríos desbordados. Nunca he visto algo así. Ni siquiera parece una red de canales — Volvió a echar un vistazo. Se estremeció—. Esa niebla roja está por todo su cuerpo. No lo entiendo. No es natural. No debería estar vivo.

Tsunade abrió la boca, incapaz de decir nada, y bajó la vista hacia el rostro inconsciente de Naruto.

— Recompónganse — ordenó Danzo—. Y fije su byakugan en el estómago del jinchūriki — El ANBU lo hizo, no sin dudar antes—. Dígame qué ve.

— Veo el núcleo de su chakra —dijo el ANBU—. Está descontrolado. El chakra se escapa de él y sale por todas partes, fuera de los canales... Es rojo, denso. Y es... Malévolo. Señor, es peligroso. Creo que el Zorro se está escapando del chico.

— El sello no está. Si pudiera salir, ya lo habría hecho — reflexionó Danzo—. ¿Ve algo más?

— Hay algo en su núcleo. Una mota azul, pequeña, débil. Parece chakra humano. Debe de ser el suyo, pero...

Danzo le miró intensamente.

— ¿Pero?

— Creo que el chakra rojo está devorando al azul.

Se escuchó un breve jadeo. Tsunade había desactivado su jutsu curativo y ahora formaba sellos a gran velocidad. Tenía la frente perlada de sudor y respiraba con más fuerza a medida que su chakra ascendía a una velocidad vertiginosa.

— Tsunade-hime — dijo Danzo calmadamente—. ¿Qué es lo que piensa hacer?

Ella no le miró, pero si lo hubiera hecho, sus ojos azules se habrían cargado de ácido.

— Salvarle la vida — dijo la kunoichi—. Y vosotros haréis lo mismo.

Hubo muchas miradas, pero ninguna palabra. Ella formó sus últimos tres sellos, esta vez lentamente, y con mucho cuidado: primero el caballo, luego la rata, y finalmente el tigre. Este último lo mantuvo, inmóvil, frente a su rostro claro. Estuvo así durante unos largos cinco segundos, y durante cada uno de ellos, su chakra aumentó, y aumentó, hasta el punto que el suelo bajo sus rodillas crujió bajo la presión de su poder. Su ropa se agitaba como atrapada en medio de una brisa particularmente fuerte, y su coleta también; y cuando su chakra alcanzó su apogeo, las gotas de sudor que habían bajado hasta sus mejillas volvieron a subir por ellas, y por sus sienes, perdiéndose en algún lugar de su cabello. Entonces, su chakra se estabilizó, se encogió, volviéndose tan denso que frente a los byakugan de aquel ANBU asustado, Tsunade desapareció en medio de una enorme aura de color verde.

— Semejante poder... — murmuró el Hyūga— De modo que así es un Sannin...

— Como era de esperar de una Senju — dijo Danzo, para quien ver algo así era incluso nostálgico—. Espléndido.

La niebla se disipó rápidamente, y cuando lo hizo, algo brillaba en la frente de Tsunade. El símbolo que llevaba en ella, normalmente oscuro, ahora era una luz tan intensa que te hacía desviar la mirada. Pero su destello fue fugaz, y pronto se apagó, y mientras lo hacía aquel símbolo se estiró, cayendo en gruesas líneas por el rostro de la mujer. Su blanca piel quedó decorada por gruesas líneas, oscuras como tatuajes, curvadas como lazos, y guardianas de un increíble poder.

Tsunade abrió los ojos, ahora llenos de determinación.

— Danzo-san — dijo—. A partir de ahora, y como Sannin de la Hoja, tomo el mando de su escuadrón, y de usted, por el resto de la misión.

Las miradas de ambos se cruzaron, quedándose clavadas la una a la otra. Algo extraño recorría el ojo visible de Danzo. Sus párpados se estrecharon, cautelosos, mientras el anciano observaba a la kunoichi sin decir ninguna palabra. A su alrededor, los ANBU se miraban entre ellos, mudos y confusos. Sabían que una orden como aquella entraba entre los poderes de un Sannin, pero jamás habrían esperado algo así de Tsunade, ni de nadie, realmente. En Konoha había una regla no escrita, y era muy simple: no vayas en contra de Danzo. Hacerlo significaba acabar mal, o muerto. A veces, incluso peor. Lo cual tenía todo el sentido del mundo desde que sabías que a un nivel práctico, era como un segundo Hokage, y que a diferencia del viejo Sarutobi, no se andaba con medias tintas cuando alguien se ponía en su camino.

Lo que Tsunade acababa de hacer era nada más y nada menos que ignorar todo lo que Danzo significaba, y apelar a lo que era, al menos oficialmente. Y es que, pese a todo lo que llevaba a sus espaldas, Danzo Shimura seguía siendo un jōnin. Uno poderoso, influyente y cruel, sí, pero un jōnin al fin y al cabo.

Y los ninjas obedecen a sus superiores.

— Muy bien, Tsunade-hime — dijo al cabo de unos segundos—. Mis hombres y yo colaboraremos con usted, por el bien de Konoha.

— Use las palabras que quiera, si le hace sentir mejor. Pero Naruto Uzumaki no morirá hoy. Todos los que estamos aquí nos aseguraremos de ello. Cada uno de nosotros. Incluso usted. Así que escuchadme, y hacedlo bien, equipo. La vida de uno de los nuestros depende de ello. ¿Está claro?

— ¡Sí, Tsunade-sama! — dijeron los ANBU, aunque Danzo no dijo nada.

Las manos de Tsunade se apoyaron sobre el vientre de Naruto, y comenzaron a curar. La cantidad de chakra que desprendían había aumentado tanto que el jutsu parecía ahora algo completamente distinto.

— Estas son mis órdenes: los que tengáis mejor control de chakra, acercaos, y descargadlo sobre el núcleo de Naruto. Con mucho cuidado, ¿entendido? No queremos empeorarlo aún más — Los enmascarados asintieron y algunos se arrodillaron junto a ella. Entonces Tsunade se dirigió al Hyūga—. Tú, no despegues tus byakugan de Naruto. Infórmanos de cualquier cambio, sea bueno o malo.

— ¿Y el resto? — preguntó alguien.

— Danzo-san se encargará de sellar el chakra del Zorro — dijo Tsunade, mirando al viejo, quien asintió lentamente—. Los que tengáis conocimientos de sellado, apoyadle, y seguid sus órdenes. ¿Hay algún Yamanaka entre vosotros?

— No, señora — dijo un ANBU.

— Pues ve a buscar uno. Ahora.

El ANBU desapareció en una nubecilla de humo. Los que quedaban ocuparon sus puestos, todos alrededor de Naruto. Un montón de brazos se estiraban hacia el chico y lo tocaban desde todas las direcciones. Daba la impresión de ser un insecto rodeado de decenas de hormigas. El único que se mantuvo en pie fue Danzo. Tenía una sandalia a cada lado de la cabeza del chico, y estaba bien erguido sobre todos los demás, formando sellos con una única mano. Era difícil incluso para él, formar técnicas de alto nivel con sólo cinco dedos. Pero ya estaba acostumbrado, y además, había que mantener a la bestia bajo control. Por eso había aceptado las "órdenes" de Tsunade. Tenían que mantener al Zorro dentro del niño Uzumaki. Eso era crucial para la supervivencia de la Hoja, y ahora más que nunca, también para su futuro.

Danzo acabó sus sellos y apuntó a Naruto con la palma abierta.

El jutsu se activó, y la marca de un sello negro apareció en el estómago de Naruto, justo por debajo de las manos de Tsunade y los demás shinobis. Las líneas del dibujo se extendieron delgadas y largas como hilos de telarañas, cubriendo casi todo el vientre del chico.

— ¡Está funcionando! — exclamó el Hyūga— ¡El chakra del Zorro se desvanece!

Era cierto. La neblina roja estaba comenzando a retroceder por los efectos del sello. Lo hacía muy despacio, pero lo hacía, después de todo, y él podía ver cada detalle gracias a sus ojos blancos. Era casi como ser testigo de un milagro. Pero si algo nos enseña el tiempo es que los milagros no existen en el mundo de los hombres. Que lo que puede torcerse, lo hará en cualquier momento; la mayoría de las veces, más pronto que tarde. Tal es la naturaleza de las cosas. Las heridas de Naruto ya estaban casi curadas cuando se puso a temblar. Su piel, hasta entonces helada, se calentó hasta molestar al tacto. Sus dedos fueron pequeños y suaves hasta que las garras de un animal emergieron de ellos. Las heridas en sus mejillas se abrieron, su mandíbula se apretó fuerte, y un hilillo de saliva, pegajoso y grueso, se le escapó por la comisura de los labios.

Pero lo peor de todo no estaba fuera, sino dentro.

— ¡Se está transformando! ¡Acabad el sello, rápido! — gritó Tsunade, descargando aún más chakra sobre Naruto—. ¡Hyūga! ¡Dime lo que ves!

En lugar de responder, el ANBU se arrodilló junto a ellos tan rápido como pudo hacerlo, y con un golpe seco, incrustó su dedo índice en el pecho de Naruto.

— El chakra se desborda — dijo apresuradamente, mientras golpeaba más puntos en el cuerpo del chico—. Algunos conductos están a punto de estallar. Si no los sello a tiempo...

— ¡Tira todo su sistema abajo! — gritó uno de los ANBU—. ¡No podemos dejar que el Zorro lo utilice!

— ¿Quieres que su cuerpo colapse? — respondió el Hyuga, sin dejar de activar puntos de presión—. Tiene que purgar el chakra de... Dios. No soy lo suficientemente rápido. Danzo-sama, el sello...

Danzo endureció el rostro y con un gruñido, elevó su chakra hasta su máxima capacidad. De inmediato sintió la queja de su viejo y maltratado cuerpo. Notaba la tensión en sus músculos y sus huesos, desgastados por una vida dedicada a la muerte. Ya no era el joven que había sido antaño, cuando utilizar aquel nivel de chakra le resultaba tan natural como levantarse por las mañanas. Pero él no era un hombre dado a las excusas; es más, las despreciaba, de modo que tras escuchar todo lo que su cuerpo tenía que decirle, asintió para sus adentros, y luego lo ignoró. Hizo acopio de su fuerza de voluntad e insufló el sello de tal cantidad de poder que recortó el tiempo de activación a la mitad.

Lo iba a conseguir. Por Konoha.

Los párpados de Naruto se abrieron de golpe, dejando ver dos furiosas esferas carmesíes.

— ¡Está despierto! — gritó Tsunade—. ¡Genjutsu! ¡Ahora!

Uno de los ANBU despegó las manos de Naruto y empezó a formar sus sellos. Y aunque nadie más lo sabía, el ojo oculto de Danzo se posó sobre el chico, y esperó. No quería usarlo si no era necesario, pero lo haría si no le quedaba otra opción.

— ¡Vamos, date prisa! — dijo el Hyūga.

— ¡Ya estoy, joder! — le gritó el ANBU que preparaba el genjutsu, al tiempo que terminaba su último sello—. ¡Vamos, mocoso! ¡A dormir!

Se escuchó un sonido agudo. Los ojos de Naruto se volvieron blancos, y su cabeza cayó inconsciente hacia atrás y luego hacia un lado.

El ANBU resopló de alivio.

— Ha faltado poco — dijo, mientras una sombra se cerraba sobre su máscara blanca.


Itachi chocó contra el muro de una casa y lo derribó con el impacto. Cayó pesadamente al suelo, rodó por él, y se incorporó lo más rápido que pudo. Estaba dentro del edificio. Todo estaba lleno de escombros y de un humo tan espeso que, de no ser por su sharingan, no habría llegado a ver lo que había más allá de sus narices. A su lado había un mueble de madera que parecía en buen estado. Se apoyó en él mientras su cerebro trataba de procesar lo que acababa de ocurrir. Un penetrante dolor le recorría la sien por el lado derecho de la cabeza. Se la tocó con la mano, sangraba. Luego bajó los dedos a su oreja. Estaba húmeda y le pitaba tan alto que no podía oír otra cosa por ella. Algo le había golpeado con fuerza mientras se recuperaba de su técnica. Utilizar a Amaterasu le volvía vulnerable, y alguien lo había aprovechado.

Unos pasos se acercaron a través del agujero en la pared. Iban despacio y sonaban a algo pesado. Hacían crujir las piedrecillas que había repartidas por todas partes, sin hacer ningún esfuerzo por disimular el ruido.

Los pasos iban directos hacia él. Itachi se apartó el pelo de la frente y sacó un kunai de su túnica. Entonces aguzó la vista. Sus sharingan giraron rápidamente mientras escrutaban a través del humo y el polvo en suspensión. Al principio no pudo ver nada, sólo humo gris. Pero entonces apareció la silueta de un hombre. Alguien robusto, alto, con una gran melena a sus espaldas.

No esperó más. Itachi formó sus sellos y lanzó una poderosa bola de fuego que arrasó con todo lo que tenía delante. El jutsu terminó de destrozar el muro y todo lo que había sobre él se vino abajo. La casa empezó a temblar y unos segundos después, también se derrumbó. Los dos pisos del edificio se desplomaron sobre los dos shinobis, aunque ninguno de ellos seguía allí.

Los pies de Itachi se apoyaron sobre el tejado de un edificio de pisos, a unos doscientos metros del lugar del derrumbamiento. Desde allí podía ver el resultado del incendio que acababa de provocar. La alta columna de humo que ascendía a lo lejos encajaba muy bien con el nuevo paisaje de Konoha. No era más que otro incendio entre tantos. Eso estaba bien. Pronto toda la aldea quedaría cubierta de ellos. La Hoja entera se convertiría en un gran incendio. Y cuando eso sucediera, quizá le sería menos doloroso recordar a su hermano.

Su puño apretó el mango del kunai. Estaba preparado. Mataría a aquel hombre, y luego a los que hiciera falta. Konoha debía pagar. Y si para ello tenía que alzarse sobre una montaña de cadáveres, que así fuera.

No sería la primera vez que lo hacía.

Sus pensamientos se interrumpieron cuando un borrón rojo y blanco aterrizó sobre el tejado, abriendo largas grietas en su superficie. Itachi ocultó su kunai bajo su manga derecha y avanzó hasta quedar frente a frente con el Sannin de la Hoja, Jiraiya.

— De modo que aún vives — dijo con voz neutra.

Jiraiya sonrió con ojos de hielo.

— Un niñato como tú no basta para matarme, Itachi Uchiha, da igual qué técnicas use.

Los dos hombres se acercaron con cautela, observándose el uno al otro. Los sharingan de Itachi buscaban la mirada del otro ninja, pero Jiraiya la evitaba sin dificultad.

— Vi cómo ardías — dijo Itachi—. Te vi morir.

— Yo me siento bastante vivo, chico.

— Mis ojos jamás se equivocan.

— Todos los shinobis con dōjutsu dicen lo mismo en algún punto de sus vidas. No eres especial.

Itachi estrechó la mirada.

— Como desees. No necesito saber cómo has escapado: me bastará con asegurarme de que no vuelvas a hacerlo.

— Estás hablando mucho hoy. Me gustaba más cuando mantenías la boca cerrada.

— Veamos cuánto te duran las bromas, Jiraiya...

— Bromas— murmuró Jiraiya, soltando una risa amarga—. No estoy para bromas, imbécil. Usa esos ojos tuyos y mírame a la cara. Mírame. Estoy lívido. Heriste a mi chico. Le has hecho lo mismo que a Kakashi, ¿verdad? Ese genjutsu.

— Tu chico mató a mi hermano.

El labio de Jiraiya tembló con un breve tic.

— Así que lo hiciste. Vi lo que le pasó a Kakashi la última vez. Estuvo semanas en cama. Y ahora, Naruto... — Jiraiya resopló largamente, dejando salir el aire entre los dientes—. No, no. Debo controlarme. No puedo perder la cabeza aquí. Ven. Atácame. Acabemos con esto rápido. Debo volver con Naruto, y tú con Sasuke.

Algo se agitó en la expresión de Itachi.

— Te atreves a pronunciar su nombre. Después de lo que tu aldea le hizo...

— Mi aldea también es la tuya, Itachi. Y fuiste tú quien le abandonaste en ella.

— Los dos abandonamos a alguien.

Por primera vez en aquel combate, la mirada de Jiraiya subió hasta los sharingan de Itachi.

— Naruto — continuó el Uchiha—. Creció sin familia, como mi hermano. La diferencia es que yo dejé atrás a Sasuke para protegerlo. Por su bien. En cambio... ¿Qué es lo que hacía Jiraiya, el Sabio? Acostarse con mujeres y vaciar botellas de sake, mientras su chico se convertía en el monstruo de la aldea. Y aún así me acusas de abandonar a Sasuke, cuando sabes por qué lo hice. Por qué tuve que hacerlo. Eres patético. Siempre lo has sido, Jiraiya, y ambos lo sabemos bien.

El Sannin no respondió. Simplemente se quedó mirando a Itachi con la expresión de un cadáver. Le observó largamente, grabándose su imagen en las retinas. No parpadeaba. Ni siquiera respiraba. Aquel hombre se había vuelto una estatua. El único movimiento en él era el de su cabello al agitarse, primero con la brisa, y después con el movimiento de su chakra.

Itachi se acercó aún más a él. Estaban tan cerca que si alguno de los dos estirase el brazo, llegaría a tocar al otro.

— Eres un fracaso. Como ninja, como hombre, y como padre. Deberías haber muerto en lugar de Mina...

La frase se paró en seco. Itachi retrocedió de un salto y se llevó la mano al cuello, sobresaltado. Un agudo y frío dolor le recorría la garganta en horizontal. ¿Qué había sucedido? ¿Le había degollado? ¿Cuándo? Se palpó la garganta pero allí no había sangre, no había herida. Y Jiraiya seguía en el mismo lugar de antes, sin moverse un milímetro siquiera, quieto como una gárgola.

Una desagradable sensación se alojó en el estómago del Uchiha. Empezó a sudar frío por la espalda.

«¿Ansias de matar?», pensó, con el corazón latiendo fuerte contra el pecho. «¿Me ha hecho retroceder, sólo con eso?»

Recuperar la compostura le llevó más tiempo del que le habría gustado, y durante ese tiempo fue vulnerable, pero Jiraiya no atacó. En lugar de eso, levantó los brazos lentamente, con la mirada aún fija en el lugar que Itachi había ocupado hasta hacía unos momentos.

«Aquí viene», pensó Itachi. Pero se equivocaba.

Jiraiya no preparó ningún jutsu, sino que se llevó las manos al rostro, y más arriba de él, hasta alcanzar el protector que llevaba a la frente. Lo manipuló con los dedos y se lo quitó. Los mechones blancos le cayeron libres a ambos lados de la cara, enmarcando una expresión donde ya no quedaba nada que fuese bueno.

— Ya hace muchos años desde que hice la promesa — murmuró con voz ronca—, de que llevaría este símbolo con orgullo allá a donde fuera. Aceite. El símbolo del monte Myoboku. Ellos me acogieron cuando no era nada, y me convirtieron en lo que soy.

Sopesó el protector con las manos. Lo miró largamente, y luego lo giró hacia Itachi. La palabra "Aceite" destacaba entre las manos gruesas del Sannin.

Itachi pensó en atacarle, pero había algo que se lo impedía. Su oponente estaba distraído, y completamente abierto, pero aún así nunca le había parecido tan peligroso. Tenía la sensación de que si actuaba ahora, lo pagaría caro. Prefirió esperar, y recuperar sus fuerzas. Su cuerpo no toleraba bien las luchas largas. Estaba cansado, mucho más de lo que debía estar un hombre de su edad y poder. Ya notaba el frío aliento de la enfermedad reptándole por los huesos y el pecho. Tenía que apresurarse, antes de que fuera demasiado tarde. Tenía que crear una oportunidad.

— Como shinobi, he intentado vivir según los principios de Myoboku — siguió Jiraiya, ajeno a Itachi, y a todo lo demás—. Durante tanto tiempo. Les respeto demasiado. No puedo hacer esto en su nombre. No mientras porto su símbolo en la frente.

El Sannin suspiró. Entonces levantó la mirada.

— Atrápalo — dijo, lanzándole el protector de repente.

Itachi lo cogió en el aire por puro reflejo, y bajó la mirada hacia él, buscando una trampa, un pergamino explosivo, algo. Pero no había nada que ver, sólo un protector viejo y gastado.

Entonces, algo se lo llevó por delante.

Algo grande y pesado. Jiraiya cargó contra él y fue como si una decena de toros embistieran contra su pecho. Pero aquello no era la cabeza de un animal, sino la rodilla de un hombre furioso. Jiraiya rugió mientras lo hacía. El golpe levantó a Itachi del suelo pero dos manos enormes se apoyaron en sus hombros, empujaron hacia abajo, y lo devolvieron a donde estaba. Y sin perder un segundo, la frente desnuda de Jiraiya se estrelló contra suya. El mundo se volvió blanco del golpe, y luego rojo cuando la sangre le llenó la cara. Itachi cayó de espaldas, pero el Sannin estiró el brazo, lo cogió por la túnica, y lo levantó de nuevo como si no pesara nada; y mientras un brazo le subía, el otro se echó hacia atrás, muy atrás, apuntándole a la cara.

Jiraiya levantó del suelo a Itachi con una mano, tan alto como le llegaba el brazo. Su mano libre formó un puño, y atacó. Un tremendo puñetazo impactó contra la cara del Uchiha, con tanta fuerza que le hizo dar una vuelta completa en el aire. Entonces cayó al suelo de espaldas, con la cara ensangrentada, confuso y agotado. Jiraiya se alejó de él unos pasos antes de darse la vuelta.

— Esto ya no es un combate entre ninjas, Itachi — Tenía la mandíbula apretada y se le marcaban las venas del cuello al hablar—. Esto es la guerra, justo como querías. Levántate. No hemos terminado. Levántate, maldita sea. ¡LEVÁNTATE!

Con un grito, agarró a Itachi por la cabellera, y lo levantó tirando de ella. De inmediato le hundió la otra mano en el estómago, doblándolo por la mitad. Volvió a tirarle del pelo hasta ponerlo recto, y repitió.

Itachi tosió sangre.

— Aprieta los dientes — gruñó Jiraiya—. ¡Apriétalos!

No le dio tiempo a hacerlo. Le cogió la cara con las manos y le estrelló la rodilla en la mandíbula. Los dientes de Itachi chocaron los unos con los otros y se mancharon de sangre.

La mano de Jiraiya se cerró sobre su cara, y lo tiró de espaldas de un empujón.

— Voy a partirte en dos, desgraciado...

Itachi estaba tumbado en el suelo, con un ojo apretado y el otro abierto, aturdido. Un intenso dolor le palpitaba por casi todo el cuerpo. Había soportado muchos daños, demasiados. Y lo peor de todo, había visto venir cada uno de los golpes. Sus sharingan los habían detectado y analizado claramente. Entonces, ¿por qué no había logrado esquivarlos? Debería de ser capaz de manejar ataques de ese nivel. ¿Acaso su cuerpo estaba ya demasiado cansado como para hacerles frente? ¿O era otra cosa lo que sucedía...?

No había tiempo para pensar. Algo se acumulaba en la mano derecha de Jiraiya: era un rasengan, azul y perfecto. Letal. La cantidad de chakra que había comprimida en aquella esfera era espeluznante. Si algo así le golpeaba, estaba acabado. Pero los últimos golpes le habían dejado débil, confuso. No podría apartarse a tiempo. No podría esquivar ese jutsu, a menos que... Sólo quedaba una opción. Jiraiya le cogió por la túnica de nuevo y le apuntó con el rasengan a la cabeza. Quería matarle de un solo golpe. El rasengan se acercaba rápidamente hacia su cara. Se la haría trizas. Tenía que...

Los sharingan de Itachi cambiaron de forma.

Un dolor insoportable volvió a llenarle los ojos.

— ¡Tsukuyomi! — dijo—. Y el rasengan se detuvo a escasos centímetros de su nariz.


El ANBU cayó de espaldas entre fuertes gritos de dolor. Cinco grandes surcos le recorrían la máscara y también la cara, pues los dedos de Naruto habían rasgado incluso la carne bajo la piel. La sangre manaba sin control desde su rostro de hombre joven, pero ninguno de los presentes le prestó ninguna atención.

Tsunade gritaba sus órdenes a pleno pulmón.

— ¡Inmovilizadlo! ¡Otro genjutsu! ¡Ahora!

— ¡El genjutsu no funciona! — gritó otro de los ANBU, con las manos unidas en un sello— ¡No reacciona a él...!

— ¡Sedantes! ¡Usad sedantes!

Alguien clavó una aguja en el cuello de Naruto, pero el metal se partió contra la piel del chico.

— ¡Su cuerpo está reforzado con chakra! — gritó, esquivando un nuevo zarpazo por los pelos.

— ¡El chakra rojo! ¡Está saliendo fuera de él!

— ¡Agárralo, maldita sea!

— ¡Oh Dios! ¡Mis ojos!

El último grito venía del ANBU con la máscara destrozada. Se revolvía en el suelo como un perro sobre un charco, pero una vez más, todos le ignoraron.

— ¡Prueba con los puntos de presión! — dijo el ANBU de la aguja.

Las garras de Naruto pasaron rozando la máscara del Hyūga cuando éste le golpeó el cuerpo con la punta de sus dedos. Los primeros impactos no hicieron nada. Pero los Hyūga son rápidos, y a cada instante que pasaba, se activaban más y más puntos de presión. Pronto, Naruto dejó de revolverse con tanta fuerza, e incluso cesaron los ataques. Pero sus ojos rojos siguieron bien abiertos, yendo de un ANBU a otro, mientras el chico jadeaba como lo habría hecho un zorro.

— Lo he paralizado. No sé por cuánto tiempo — dijo el Hyūga—. Si no acabamos rápido...

A Tsunade se le cayó una gota de sudor por la punta de la nariz.

— ¡Danzo! ¿Qué hay del sello?

— Mantenedlo a raya — dijo el viejo—. Necesito un minuto más.

— ¡No sé si eso será posible, señor! — dijo el Hyūga—. ¡Su chakra vuelve a activarse...!

— ¡Pues vuelve a bloquearlo! — gritó otro.

— ¡Ya he golpeado sus puntos! Si lo hago de nuevo, podría dejarle secuelas...

— ¡Y qué más dan las secuelas...!

— ¡Silencio! ¡Todos! — gritó Tsunade, y su voz vino acompañada de una fuerte corriente de chakra. Los ANBU guardaron silencio de inmediato—. No le haremos más daño del necesario. Mantengamos la calma.

— Sí, señora.

— Entendido, Tsunade-sama.

— Está aturdido. Usad la aguja de nuevo.

La aguja entró entera en el cuello. Salió y dejó detrás una cantidad de somnífero suficiente para tumbar de espaldas a tres hombres adultos.

Naruto ni siquiera se inmutó.

Siguió mirándoles a todos con aquellos ojos rojos.

— ¿No le afecta? — dijo, asustado, uno de los ANBU—. ¿Cómo puede ser que no le afecte? ¡El efecto es instantáneo!

— ¡No tengo ni ide...!

El ANBU que acababa de hablar se llevó las manos a la garganta. Los dedos de Naruto se habían cerrado sobre ella y estaban apretándole con suficiente fuerza como para matarle.

— ¡Dios mío! ¡Vuelve a moverse! — gritó uno de los ANBU.

«No me jodas», pensó el que estaba siendo ahogado. Intentó quitarse la mano de Naruto de encima pero aquel chico tenía la fuerza de un animal salvaje y no le soltaba, sólo le apretaba más, y como siguiera así... Como siguiera así...

Los instintos de supervivencia del ANBU se activaron. Empezó a emitir unas enormes ansias de matar.

Estaba a punto de atacar cuando las pupilas de Tsunade subieron y se clavaron en su máscara.

Había un mensaje implícito en aquella mirada. Decía: inténtalo.

El ANBU decidió no hacerlo. Sus ansias asesinas se disiparon, y entonces, Tsunade volvió a mirar hacia abajo, donde Naruto gruñía, rabioso y descontrolado.

Los dedos de la kunoichi se posaron suavemente sobre la cara del chico.

Y un segundo después, apretaron.

— ¡Naruto! ¡Ya está BIEN!

Tsunade levantó la cabeza de Naruto unos buenos treinta centímetros antes de estrellarla contra el suelo con una violencia que sobresaltó incluso a Danzo.

Una nubecita de polvo se elevaba desde donde el cráneo había encontrado a la roca. Tsunade apartó la mano de la cara de Naruto, y todos le miraron como si esperaran verle muerto. Pero sólo estaba inconsciente. Tenía los ojos en blanco y la boca entreabierta, como en shock.

La Sannin soltó un largo suspiro de frustración.

— Ya está inmovilizado — dijo al cabo de unos momentos—. Terminemos nuestro trabajo.

Hubo un cruce de miradas entre los ANBU. Al final nadie dijo nada, y se centraron en la tarea entre manos.

No mucho después, Tsunade terminó de cerrar la última de las heridas, y se secó el sudor de la cara con ambas manos. Estaba más cansada de lo que había estado en décadas, pero al final lo había conseguido. Naruto no moriría aquel día. La vida del pequeño Uzumaki estaba salvada, y su regeneración natural haría el resto. Sobre su estómago se extendían las negras líneas de un nuevo sello, uno que con suerte, impediría que el Zorro de Nueve Colas saliese y acabase con lo que quedase de Konoha. Si es que quedaba algo de ella.