CAPÍTULO 16: TSUKUYOMI


Minato Namikaze se cambió la caña de pescar de mano y se limpió el sudor de la frente. Estaba sentado a la orilla del lago, a la sombra de uno de los muchos cerezos que había junto a las aguas. Hacía buen tiempo, los peces picaban a menudo, y el pequeño Naruto correteaba de un lado al otro, tratando de atrapar a uno de los sapos que había aprendido a invocar.

— ¡Frena un poco, Gamakichi! ¡No es justo!

— ¡La vida no es justa! ¡Corre más rápido!

A Kushina se le curvaron los labios en una sonrisa. Ella estaba tumbada al sol, con una copia de Icha Icha abierta sobre la cara y los brazos detrás de la cabeza. Su larguísimo cabello, del color de la lava ardiente, brillaba bajo el agradable calor de mediodía. Minato la observaba de vez en cuando y trataba de fingir que no se le caía la baba al hacerlo. Una de las veces, ella le pilló de lleno. Se había levantado un poco el libro y lo miraba con un ojo cerrado y otro abierto. Ella sonrió. Él se puso colorado.

— ¿Qué pasa? — Kushina le guiñó un ojo—. ¿Te gusta lo que ves?

— Eso siempre.

Ambos sonrieron. Minato estiró la mano y entrelazó los dedos con los de Kushina; eran finos, suaves, y le encantaba tocarlos. Ella abrió la boca para decirle algo, quizá alguno de sus comentarios ingeniosos, pero entonces una piedrecita vino volando y rebotó en las cabezas de ambos, primero en una, y luego en otra.

— Eh, vosotros dos. Buscaos una habitación — dijo Jiraiya, levantando la cabeza de su pergamino—. Lo que hay que aguantar. Así no hay quien escriba.

Estaba sentado contra el tronco de un cerezo, no muy lejos de la pareja.

— Cualquiera diría que lleváis dos días saliendo — rezongó. Entonces metió la punta del pincel en el tintero y siguió escribiendo su novela.

— Lo que pasa es que estás celoso — le dijo Minato, tirándole otra piedrecita que Jiraiya bloqueó con el pincel—. Si quieres voy y te doy un abrazo, abuelo.

— Si quieres voy y te pongo cabeza abajo, alumno. Todavía puedo partirte la cara si me lo planteo.

— ¿Tú y cuántos más? — bromeó Minato.

Jiraiya levantó el brazo libre y lo dobló, marcando músculos.

— Yo y este compañero — le dijo, antes de seguir escribiendo.

— Comportaos, chicos — Kushina se incorporó y cerró el libro sobre su regazo—. Jiraiya, ¿cómo vas con la secuela? Me queda poco para acabarlo.

— Todo a su debido tiempo — dijo él, aunque secretamente, se sentía halagado.

— ¿Estará para mi cumpleaños? Queda un mes.

— Depende de cuántas veces me invites a almorzar.

— Eres un tacaño para ser tan rico.

— Soy rico porque soy un tacaño.

— Lo que tú digas. Ya sabes cuál será mi regalo de cumpleaños.

Él protestó por lo bajo, pero no le hicieron demasiado caso: alguien se acercaba caminando por la orilla del lago. Eran dos personas, una mujer y un chico de unos quince o dieciséis años. Ella era rubia y atractiva; él tenía un cuerpo fuerte, y el cabello del color de las nubes. Venían charlando entre ellos, mirándose de vez en cuando con ojos de idéntico azul.

— ¡Mira quién viene! — dijo Kushina con una sonrisa—. ¿Les has invitado tú?

— No — respondió Jiraiya, guardando su pincel y enrollando el pergamino—. Pero siempre sabe cómo encontrarme. Empiezo a pensar que me espía.

Minato soltó una risita, y tiró de la caña. Un pez enorme salió del agua, colgando del anzuelo.

— Si estuviera casado contigo, yo también te espiaría — dijo mientras recogía el sedal—. Eh, he pillado uno grande.

— No es para tanto — dijo Kushina, mirando el pez de reojo.

— Para una Uzumaki. Yo soy normal.

— Estás flaco. ¡Deberías comer más! Así nunca vas a ser Hokage.

— Que se ponga a la cola — dijo Tsunade, plantándose frente a ella con una sonrisa—. Algunos tenemos prioridad. ¿Verdad, Jiraiya?

— Yo estoy bien con mis novelas.

— Tú estás bien con lo que yo te diga. ¿Os importa que nos sentemos?

— Claro que no.

Les hicieron hueco. Tsunade se sentó cerca de Jiraiya, y el chico del cabello blanco, no muy lejos de ella. Minato sacó una botella de agua de la mini-nevera y se la tiró. El otro la atrapó sin dificultad.

— Así que ya eres jōnin, ¿eh? ¡Felicidades! — dijo Minato, con una sonrisa.

— Gracias. La verdad es que no ha sido fácil — respondió el chico.

Jiraiya resopló y negó con la cabeza.

— Mientes fatal.

El chico amagó una sonrisa, pero no dijo nada. La mano de Tsunade apareció de la nada y le revolvió el cabello con cariño.

— ¿Cómo le va a Naruto en la Academia? — preguntó.

— Acaba de empezar, pero ya tiene algunos amigos. Le irá bien — dijo Minato.

— Eso es genial. Me preocupaba que hubiera problemas con...

Kushina negó con la cabeza.

— Será el hijo de una jinchūriki, pero también es un buen niño. Estoy con Minato: le irá bien. Y si no...

Una sombra roja se encendió en su mirada durante un instante. Kushina sonrió, cogió su botella de agua, y le dio un largo trago.

— Quiero decir que si hay un problema, lo solucionaré como buena madre que soy.

— Por favor, no mates a ningún crío... — murmuró Minato, mientras una gotita de sudor se le deslizaba por la sien.

— Si es por ti, haré el esfuerzo — dijo ella, estirándose como un gato—. Probablemente.

Él volvió a lanzar el anzuelo al agua, con una cara a medio camino entre la sonrisa y la preocupación.

— De todos modos —comentó al cabo de un rato— Orochimaru-san dijo que cuidaría de él.

— ¿Eso dijo? — Tsunade alzó las cejas— Me sorprende. Se pasa más tiempo en su laboratorio que con sus alumnos.

— Está trabajado en nosequé técnica — dijo Jiraiya—. Me lo explicó, pero perdí el hilo a la quinta palabra.

— Suena complicado.

— Más bien aburrido. En cualquier caso, si te dijo que cuidaría de Naruto, lo hará. Orochimaru será un rarito, pero cumple su palabra.

— Supongo que sí — dijo Tsunade—. Últimamente no le vemos mucho. Va de la Academia a su laboratorio, y del laboratorio a la oficina del Hokage. Ni siquiera pisa su casa más que para dormir. Tanto trabajo le acabará matando.

— Eso no va a pasar, Tsunade — dijo Jiraiya—. Para matarte a trabajar necesitas tener una vida, y él no tiene de eso.

Minato tiró de la caña, recogió el sedal, y metió otro pez en el cubo.

— Eres cruel con tus amigos, sensei.

— No te creas — dijo el chico del pelo blanco—. Tiene una foto con Orochimaru-san en la mesa de noche. Mamá se puso tan celosa cuando la vio que...

El pincel de Jiraiya le golpeó en la frente.

— Mejor no sigas, no necesitas morir tan joven — dijo, señalando a Tsunade con la cabeza.

Ella ya estaba levantando la mano para soltarle una colleja al chico. Pero antes de que pudiera hacerlo, ocurrió algo extraño. Hubo un destello blanco, como el flash de una cámara, y todo se detuvo. Tsunade se quedó congelada, con el brazo estirado hacia adelante; sus dedos rozaban la piel del chico. Él encogía su nuca en anticipación al golpe. Minato tiraba de su caña, y un pez plateado asomaba la cabeza por la superficie del río, salpicándolo todo con gotas que ahora flotaban, inmóviles, en el aire. En la orilla, Naruto había atrapado por fin a Gamakichi, y el sapo trataba de librarse de los brazos del niño, empujándole la cara con las patas. También ellos estaban paralizados por completo. El mundo entero lo estaba: el agua, el viento, incluso los rayos del sol. Todo estaba tan quieto como el paisaje en una fotografía.

Todo, excepto una cosa.

Los ojos de Jiraiya aún podían moverse. Y lo hacían, de un lado al otro, desesperadamente. ¿Qué estaba sucediendo? Los círculos marrones iban de un lado a otro, de una persona a otra, buscando una explicación a todo aquello. Pero no obtuvo ninguna, y pasó largo rato antes de que algo se moviera en aquel mundo helado.

— De modo que es esto. Lo que más anhelas.

Era la voz de un hombre, y venía de sus espaldas. Jiraiya se sobresaltó e intentó girarse, hacerle frente... Su cuerpo no escuchaba. Movió los ojos de un lado al otro, pero estaba justo detrás de él, y no podía verle. Intentó hablar, llamarle, preguntarle quién era y qué quería. No pudo hacerlo. Sólo tenía control sobre sus ojos.

— Paz, amor, tranquilidad. Una familia — continuó el desconocido—. Son sueños razonables para un hombre. Pero extraños para un shinobi.

Entonces avanzó hasta quedar a su lado. La hierba crujió un par de veces bajo sus pasos. Una larga túnica negra entró en el campo de visión de Jiraiya, y él la miró de reojo conforme ésta avanzaba. Había nubes rojas bordadas en la prenda, dándole un aspecto peculiar. Se preguntó si significarían algo, pues era la primera vez que veía una prenda así.

— Aún así, no puedo decir que no te entienda, Jiraiya. Yo solía desear algo parecido. Antes de todo esto.

«De qué demonios está hablando», pensó el Sannin, mientras hacía todo lo posible por recuperar el control de su cuerpo. Fue inútil. Su fuerza no servía de nada si no podía utilizarla. Tampoco podía mover los labios, ni los dedos, de modo que el ninjutsu no era una opción. Estaba totalmente indefenso. Y lo que era peor: su familia también lo estaba.

Las piernas del desconocido caminaron hasta alejarse unos metros de él. Entonces se dio la vuelta, y los dos hombres quedaron por fin cara a cara.

Jiraiya reconoció su rostro.

«Itachi Uchiha. ¿Qué hace aquí?», pensó. Había coincidido algunas veces con el hijo de Fugaku; por lo que sabía, ahora estaba con los ANBU. El capitán más joven en los últimos diez o veinte años. A Jiraiya le parecía el típico Uchiha estirado, pero había que reconocerlo: el chaval era leal a la Hoja. O al menos eso había creído hasta ahora. El símbolo en el protector de Itachi estaba tachado por un corte en horizontal, justo como hacían los traidores que no se avergonzaban de serlo.

— Dime, Jiraiya. ¿Sientes apego por esta vida?

El sol brillaba en el metal plateado de su protector, resaltando el símbolo de Konoha, y la línea a través de ella.

— Cuando piensas en ella, ¿te parece real?

Itachi se acercó a Tsunade y pasó los dedos por su cabello rubio. Lo peinó despacio mientras ella, y todos los demás, seguían inmóviles como estatuas. Las pupilas de Jiraiya siguieron cada movimiento, y dentro de él, la frustración empezaba a ser reemplazada por una intensa rabia.

«Hazle daño», pensó, «y te sacaré las entrañas».

— ¿Crees que la amas, Jiraiya? — dijo Itachi, sin mirarle—. ¿Sientes miedo por ella? ¿Por lo que le pueda suceder...?

Algo recorrió el rostro del Uchiha. Su párpado tembló. Su mano también lo hizo.

— Deberías — murmuró, al cabo de unos momentos.

Y de pronto, Tsunade fue devorada por una descarga de llamas negras.

«¡NO!»

Intentó gritar. Intentó moverse, liberarse, correr hasta a ella y salvarla; o al menos, alcanzar a Itachi y hacerlo pedazos. Nada de eso fue posible. Jiraiya seguía sentado en el suelo en una posición casual, como si no estuviera pasando nada. Como si su esposa no estuviese siendo consumida por un incendio que sólo la afectaba a ella.

«¡Tsunade! ¡No! ¡TSUNADE!»

Las llamas ardieron durante muy poco tiempo. No tardaron en consumir el cuerpo de Tsunade, y una vez lo hicieron, se disiparon en nubecillas de humo negro. De la mujer sólo quedaron algunos trocitos de ceniza que flotaban donde ella había estado. Pero pronto se deshicieron en el aire, como si nunca hubiesen existido.

Itachi bajó la mano y se acercó al chico del cabello blanco.

— Realmente se parece a su padre — dijo. Y le tomó la cara con una mano.

Un segundo estallido de llamas lo consumió como había sucedido con Tsunade.

Sus cenizas cayeron al suelo y formaron un montoncito antes de disolverse.

El corazón de Jiraiya dio un vuelco y comenzó a latir con tanta fuerza que le dolía. La rabia que sentía había dado paso a un odio tan profundo que nunca podría desaparecer. Su familia se había ido. No quedaba nada de ellos, ni siquiera las cenizas... ¿Y por qué razón? ¿Por qué Itachi haría algo así? ¿Y cómo había logrado detener el tiempo de aquella manera? Eso no podía ser real. No podía ser...

«¿Un genjutsu?»

Un ruido sordo. La cabeza de Minato cayó rodando por el suelo, y luego tanto ella como el resto de su cuerpo se prendieron fuego. Las llamas oscuras también consumieron a Kushina. La pareja desapareció en dos nubecillas de ceniza.

— Uno tras otro — dijo Itachi—. Tan fácil.

Los dientes de Jiraiya se apretaban tan fuerte que dolía.

— Ahora sólo falta el chico.

«Naruto... ¡CORRE!»

Era una petición absurda, y lo sabía. Él no podía hablar y el niño no podía oírle.

Seguía abrazando a Gamakichi con aquella expresión de deleite en la cara. Ni siquiera se había enterado de la muerte de sus padres.

Itachi Uchiha echó a andar hacia él, despacio.

— Ahora no lo recuerdas, pero estás aquí por su culpa — dijo—. Agradéceselo, o cúlpale: eso queda a tu elección.

Un fogonazo acabó con el niño. Los restos de Naruto se disiparon entre las aguas del río.

Fue en ese momento cuando Jiraiya, el Sabio, se quedó solo.

Solo con la muerte y la furia. Con los rayos helados y el viento incapaz de moverse. Solo con Itachi Uchiha.

Se acercó despacio, con las manos ocultas por sus mangas.

— Quizá ahora entiendas cómo se siente un hombre al perderlo todo.

Voy a matarte, cabrón.

— No importa si no lo has entendido. Tendrás ocasión de hacerlo.

Si sólo pudiera cerrar mis dedos sobre tu garganta.

— Tenerlo todo, y ver cómo se desvanece ante ti. Ese será tu castigo, Jiraiya. Y sólo acaba de empezar.

Itachi Uchiha levantó un dedo, y la conciencia de Jiraiya se apagó.

Durante un tiempo, el mundo fue oscuridad.

Pero entonces, Minato Namikaze se cambió la caña de pescar de mano y se limpió el sudor de la frente. Estaba sentado a la orilla del lago, a la sombra de uno de los muchos cerezos que había junto a las aguas. Hacía buen tiempo, los peces picaban a menudo, y el pequeño Naruto correteaba de un lado al otro, tratando de atrapar a uno de los sapos que había aprendido a invocar.

Jiraiya no estaba muy lejos de él. Tenía un pergamino sobre las piernas y el pincel en las manos. Se sentía tranquilo y feliz. En su cabeza (pues no tenía razón para pensar lo contrario) todo iba bien. Su vida era perfecta y el mañana prometía serlo, también.


Mientras el rasengan se apagaba justo frente a sus narices, Itachi pensó en su hermano, y en lo cerca que había estado de ir a visitarlo. El chakra azul giraba ahora más despacio, pero seguía levantando una brisa que él sentía en la cara manchada de sangre. La brisa y la sangre estaban calientes. El resto de su cuerpo se sentía frío. Frío y débil.

No podía más. Itachi se dejó caer de espaldas, soltando un gruñido de dolor. Jiraiya, en cambio, se quedó de pie, aún atrapado en el mundo ilusorio del Tsukuyomi. Seguiría estándolo durante algún tiempo más. En el mundo real serían treinta o cuarenta segundos, pero en su cabeza pasarían días enteros, cada uno de ellos repleto de una intensa agonía.

Cuarenta segundos no eran muchos. Pero bastarían para acabar con él.

O al menos, eso pensaba Itachi. Pero los primeros diez se le fueron en un suspiro cuando Tsukuyomi se cobró su precio: un ardiente dolor surgió desde sus cuencas oculares y rápidamente invadió todo su cráneo, latiéndole por todas partes, y haciendo imposible que pudiera moverse.

A los quince, separó las palmas de sus mejillas y las vio manchadas de rojo y negro.

Itachi Uchiha se puso en pie, apoyándose en el suelo, luego en sus rodillas, luego tambaleándose... Habían pasado veinte segundos. Aún tenía tiempo. Metió una mano en su túnica. Pero su bolsa de herramientas estaba vacía.

Apretó los dientes. Tanto daba. Aún podía hacerlo.

Juntó las manos. Lo hizo rápido.

Buey. Liebre. Mono. Dragón. Rata. Pájaro. Buey. Serpiente. Perro. Tigre. Mono.

— Esto es por Sasuke.

Hubo un resplandor de puro azul, y entonces:

Chidori.

La poderosa electricidad que envolvía su mano derecha chilló como un millar de pájaros...

Itachi volvió a pensar en su hermano mientras hundía el brazo en el pecho de Jiraiya.

No.

No había hundido su brazo en nada.

— Croac.

Una gruesa y musculosa lengua envolvía el pecho de Jiraiya como una armadura de carne. Lo había apartado del peligro de un rapidísimo tirón hacia atrás.

Ya habían pasado treinta segundos.

El chidori se apagó mientras la lengua volvía a la boca de su dueño: un sapo naranja y enorme. Jiraiya le había llamado Gama.

Itachi le había dado por muerto.

Craso error.

El sapo voló hacia él y lo derribó de un contundente placaje. Itachi quedó debajo del animal y forcejeó con él, dándole golpes, empujándole, todo para nada. Era fuerte y era pesado. Y él estaba cansado. Herido. Enfermo. En otras palabras:

— CROAC.

La pata del sapo era enorme y dolía sentirla contra su ya maltrecho pecho. Itachi tosió sangre, la cabeza le daba vueltas, el mundo estaba borroso. Demasiadas heridas. Demasiado castigo.

Hacía años que no se sentía tan débil.

— ¡Apártate de mí, criatura!

Pero el sapo no se apartó. Al contrario: apretó su pata con toda la fuerza que le permitía su pesado cuerpo; y cuanto más apretaba, menos aliento le quedaba a Itachi.

— Maldita... rana...

En circunstancias normales se la habría podido quitar de encima con sólo un gesto de su brazo. Claro que en circunstancias normales nunca habría acabado en esa situación en un primer lugar. Ninguna sucia rana podría haberle tumbado de aquella manera. Pero allí estaba: Itachi Uchiha, el prodigio de su clan, inmovilizado bajo la pata de un anfibio.

— ¡Croac, croac!

El sapo tenía la piel chamuscada y un ojo a medio cerrar. La descarga eléctrica de antes le había dejado herido, pero aún se mantenía en pie. Apretaba su pata contra Itachi con toda la fuerza que podía reunir, mientras a sus espaldas, Jiraiya comenzaba a recuperar el control de su cuerpo. El Sannin estaba pálido, sudaba, jadeaba, pero ya se movía. Cuarenta segundos. Cuarenta y dos.

Jiraiya recuperó la conciencia.

Y de inmediato, cayó de rodillas al suelo.

Itachi coló su pierna en el estómago del sapo, y lo pateó con todas sus fuerzas, levantándolo lo suficiente como para escabullirse por debajo; y sin perder un segundo esprintó hacia Jiraiya. Quería matarle, acabar con él lo más rápido posible. El Sannin estaba todavía desorientado, medio consciente, vulnerable. Una presa fácil.

Un chorro de aceite golpeó la espalda de Itachi y lo tiró al suelo. Se levantó sin perder tiempo y volvió a cargar contra Jiraiya; entonces el sapo chocó de nuevo contra él. La criatura lo arrastró varios metros hacia atrás como si se tratase de un luchador de sumo, pero a mitad de camino Itachi se deshizo en una pequeña bandada de cuervos. El sapo, confuso, trató de seguirlo con la mirada y después corriendo, pero los cuervos eran tan rápidos...

— ¡Croac!

Gama plantó las patas bien firmes en el suelo y escupió seis balas de aceite, grandes y a altísima temperatura. Las tres primeras arrasaron con casi todos los cuervos. Las otras tres fallaron al alcanzar el último. Era el más grande y el que peor aspecto tenía. También era el que graznaba más fuerte. Era Itachi. El graznido se convirtió en un grito cuando recuperó su forma original a medio vuelo, saliendo de entre las plumas negras como una aparición, sus ojos tan abiertos y enrojecidos, una mano extendida al frente, y algo en ella: una pluma, envuelta en chakra de viento. Cogida hacia abajo como un puñal. No tenía nada mejor. No necesitaba algo mejor, sólo su filo de viento, más mortal que cualquier acero.

— ¡Se acabó! — gritó con voz ronca— ¡Jiraiya!

La puñalada fue directa a la base del cuello, en el centro, buscando matar de un solo golpe. Y conectó. La hoja alcanzó su objetivo. Entró en él. El chakra de viento se hizo paso a través de la carne como si ésta fuese mantequilla. La sangre salpicó la túnica de Itachi cuando cayó sobre el viejo, derribándolo de espaldas, con la hoja de viento aún clavada muy dentro de él. El choque los arrastró por el suelo en un caos de piedras sueltas y polvo en suspensión, y entonces se separaron, cada uno rodando en una dirección distinta.

Gama chilló, y echó a correr hacia ellos, sus cuatro patas retumbando en el suelo. El sapo croó y croó hasta alcanzar a Jiraiya. Su maestro estaba tumbado boca abajo, medio oculto por su melena blanca, ahora despeinada y libre. Estiró una pata para tocarlo. No se movía. De su pecho se escapaba algo húmedo y rojo. La pata empujó a Jiraiya hasta dejarlo boca arriba. Tenía todo el pecho empapado de sangre, así como parte de su cabello. Algunas gotas le salpicaban el rostro, también, cerca de unos ojos que mantenía abiertos. Unos ojos que aún vivían.

Jiraiya formó una leve sonrisa.

— ¿Te he preocupado... verdad? — dijo con voz débil.

El sapo croó en respuesta. Algo se movió detrás de ella: Itachi se ponía en pie, despacio, y mirándolos fijamente.

— Está bien, está bien. Gama. Escucha.

Los pasos de Itachi fueron amortiguados por el grave croar del sapo.

— Tienes que irte.

— Croac.

— Ya has hecho suficiente... De verdad. Vete. Estaré bien.

Gama volvió a protestar, pero más débilmente.

— Estaré bien. Te lo prometo.

Hubo un momento de duda. Pero entonces el sapo asintió despacio, y desapareció en una nube de humo blanco.

El brazo de Itachi perforó la nube un momento después de que Gama desapareciera.

Los sharingan aparecieron entre el humo al mismo tiempo que la expresión calmada de Jiraiya se disolvía por completo.

— Siento decírtelo — Una tos áspera interrumpió su frase—. Pero has fallado.

Itachi bajó la mirada hasta su cuello.

No había ninguna herida en él.

En cambio, la marca de una ancha y grave puñalada se le abría como un agujero cerca del hombro izquierdo. Jiraiya se la señaló con el pulgar.

— Esa esa tu gran oportunidad — dijo, apoyándose en los codos para incorporarse—. Y la has perdido. Ahora estás jodido.

Tosió fuerte. Luego tosió sangre.

— Jodido de verdad, chico... — murmuró, antes de caer de lado al suelo.

Jiraiya dejó salir un largo hilo de aire antes de cerrar los ojos, lentamente, como si sus párpados le traicionaran.

No tardó mucho en quedarse completamente quieto.

— De modo que este es tu final, Sannin.

Nunca lo admitiría, pero se sentía aliviado. Ya apenas le quedaban fuerzas. Estaba al límite de lo que su cuerpo y su sharingan podían aguantar. Ese era el precio a pagar por enfrentarse a Jiraiya. Había estado preparado para ello desde que decidió atacar la aldea, pero aún así... Una cosa era imaginar que sería difícil, y otra muy distinta, encajar los golpes de un shinobi de su talla. Itachi se había enfrentado a muchos ninjas poderosos, pero nunca había tenido que darlo todo en una pelea. Al menos no desde que se enfrentó a su padre, Fugaku, en aquella maldita noche, años atrás.

No era momento para recuerdos. Tenía que acabar su trabajo. Se agachó junto a Jiraiya y lo puso boca arriba, luego metió la mano en sus ropas hasta encontrar la bolsa de herramientas del viejo. Sacó un kunai de ella, lo agarró bien, y apoyó el filo sobre su garganta. Luego cortó. Rápido y profundo, como si degollase a un cerdo. Una muerte rápida y segura. La sangre brotó, abundante y roja, empapándolo todo. Pintándole las manos de rojo. Estaba hecho. Después de tanto luchar, después de aquella pesadilla... Jiraiya, el Sabio, por fin estaba muerto.

Itachi dejó salir un largo suspiro, y soltó el kunai sobre el cadáver.

El acero comenzó a hundirse en su pecho, despacio, como si lo hubiese soltado en un lago...

Los párpados de Jiraiya se abrieron de golpe, revelando dos ojos turbios y sin brillo.

— No pensabas que sería tan fácil, ¿verdad?

Hablaba sin mover los labios. La voz venía de muchos lugares y ninguno en concreto; Itachi se sobresaltó y retrocedió rápidamente. Puso unos metros entre Jiraiya y él de un salto.

Al aterrizar, se hundió en el suelo, igual que su kunai se había hundido antes.

La roca se convirtió en agua y él descendió hacia sus profundidades, cayendo lentamente hacia un lugar que cada vez era más oscuro. La voz de Jiraiya seguía hablando mientras Itachi caía.

— Tsukuyomi. Un jutsu despreciable. No me sorprende que sea tuyo.

Itachi formó un sello.

— ¡Disolver! — dijo, pero nada sucedió.

El genjutsu siguió activo, y él siguió cayendo a través de aquella negrura.

Se escuchó una risa grave, amarga.

— ¿Estás asustado, pequeño Uchiha?

— ¡Disolver!

No funcionaba. Itachi apretó los dientes y trató de concentrarse. Le era difícil. Sus pensamientos iban y venían, desorientados. Le llevó unos segundos entender lo que estaba pasando. Aquello no era un genjutsu normal, sino uno auditivo, y de alto nivel. No podría disolverlo así como así, no mientras siguiera sonando. Tenía que identificar su sonido y aislarlo antes de poder librarse del jutsu. Y para cuando lo hiciera, quizá sería demasiado tarde.

— Lo que me has hecho... vas a pagarlo caro, Itachi. Y vas a pagarlo ahora.

Fue entonces cuando la caída se detuvo. La espalda de Itachi golpeó algo duro y seco y la oscuridad comenzó a tomar forma a su alrededor. Estaba en el salón de una casa tradicional. Todo estaba oscuro excepto el centro, donde un rayo de luna iluminaba a dos personas arrodilladas.

Habían pasado años, pero Itachi les reconoció enseguida.

Los rostros de su padre y su madre seguían iguales, después de tanto tiempo.

Quiso gritar, pero sus labios quedaron sellados por unas grandes manos. Jiraiya estaba detrás de él y le apretaba los dedos contra la cara, llenándosela casi, e impidiéndole hablar.

— Tú me mostraste lo que podía haber sido — dijo con voz grave—. Yo te mostraré lo que eres.

Y ambos miraron cómo alguien aparecía tras la pareja. Era una figura oscura, con una espada desenvainada en la mano. Al acercarse a ellos, la luna iluminó parte de la armadura ANBU de un Itachi más joven.

La mujer levantó la cabeza. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

— Cómo has podido. Itachi...

El hombre, en cambio, tenía el semblante sereno como el de una estatua.

— No me mancharé las manos con la sangre de mi hijo — dijo Fugaku, cerrando los ojos—. Acaba rápido.

La katana atravesó el pecho de la mujer, asomando muy roja por el otro lado. Luego salió por donde había venido, y ella cayó al suelo. Fugaku negó con la cabeza mientras su hijo le apoyaba la hoja empapada en el cuello.

— Sólo dime una cosa. ¿Tomarás mis ojos cuando acabes conmigo?

Itachi no respondió. Apretó la espada y la levantó, apuntándole cuidadosamente al cuello. Pero antes de que pudiese bajarla, alguien irrumpió por la puerta de la entrada.

— ¡Papá! ¡Mamá...!

Por aquel entonces, Sasuke era aún un niño, y como tal estaba aterrorizado. Entró corriendo, con la cara enrojecida y llena de lágrimas, y se detuvo de golpe cuando vio la escena que tenía delante: su padre arrodillado, su madre muerta... y su hermano mayor detrás de ellos, con la espada levantada y dos sharingan que ardían como el fuego.

— ¿Qué... está pasando? — ¡Sasuke! — gritó Fugaku, de pronto perdiendo la calma— ¡Sal de aquí, ahora!

Pero el chico no le hizo caso. En lugar de eso, corrió hacia ellos, mientras un centenar de sentimientos contradictorios hacían hervir su corazón de niño. Sasuke apretó los puños mientras corría hacia su familia, más enfadado que asustado, más confuso que decidido, y entonces, a media carrera, los sharingan de Itachi le atraparon. El genjutsu le hizo caer de rodillas, paralizado, pero aún consciente de lo que sucedía.

— ¡No! — Fugaku gritó al ver caer a su hijo pequeño—. ¡Sasuke!

Intentó correr hacia él, pero la espada ya estaba bajando hacia su cuello, rápida y mortal...

El metal se incrustó en la carne.

En la carne de la mano de Fugaku. Agarró la hoja con su puño izquierdo y la apretó hasta agrietarla.

— Te atreves a hacerle daño — dijo con voz áspera—. Incluso a él, que no es culpable de nada, excepto de compartir esta sangre...

La espada se quebró. Itachi atacó con la hoja rota, pero el contraataque de su padre llegó antes, y le hizo retroceder una amplia distancia.

Fugaku se levantó lentamente.

Sus sharingan se activaron como linternas rojas en la oscuridad.

— No quiero matar a mi propio hijo.

Se giró para plantar cara a Itachi. Cruzaron miradas.

Los sonidos de decenas de combates se escuchaban amortiguados en la distancia, allá donde los Uchihas se devoraban a ellos mismos, como ya había ocurrido antes.

— De modo que a partir de ahora, deja de pensar en mí como tu padre.

Entonces, atacó. Y la habitación no tardó en llenarse con los sonidos y los destellos de un combate que nada tenía que envidiar a una lucha entre dos kages...

Toda la escena se deshizo en una espiral de sombras y oscuros colores.

Jiraiya apareció a su lado, maltrecho y tambaleante. Habían vuelto. A Konoha, al presente, al mundo real. La ilusión había sido breve, pero suficiente para girar las tornas de la pelea: ahora era Itachi quien estaba tumbado en el suelo, a la merced del otro hombre. Y si eso no le había costado la vida era porque Jiraiya apenas podía mantenerse en pie. Daba la impresión de que fuera a caerse en cualquier momento, pero de alguna manera, lo evitaba.

— Esa noche —dijo— el clan Uchiha perdió a su líder. Konoha perdió a un Hokage. Y tú perdiste a tu padre. A tu familia. Y también tu dignidad.

— Vosotros me hicisteis hacerlo.

— Danzo lo hizo. Y tú decidiste escucharle.

No hubo respuesta. Jiraiya le tomó por la túnica, levantándolo hasta dejarle de rodillas.

— Y mira a dónde hemos llegado, Itachi. Todo porque seguiste las órdenes de quien no debías. Todo porque no quisiste pararte a pensar. Ya no te queda familia, ni tampoco aldea. ¿Y tu clan? ¿Qué crees que sucederá cuando esto acabe? Usa la cabeza. Konoha no lo dejará pasar. Yo no lo dejaré pasar.

— ¿Mi clan?

Itachi le agarró la muñeca con los dedos, con una fuerza que parecía imposible para alguien tan herido. Mientras lo hacía, echó a reír por lo bajo.

— Mi clan puede irse al infierno — dijo, abriendo mucho los ojos—. Y tú les vas a acompañar.

Antes de que el otro pudiera responder, estiró el otro brazo, agarró las ropas de Jiraiya, y tiró de él con ambas manos hasta acercárselo. Las caras de los dos shinobis quedaron bien pegadas, la una a la otra. Estaban forcejeando con las pocas fuerzas que les quedaban, cuando los sharingan de Itachi volvieron a cambiar.

— ¡AMATERASU! — gritó.

Y todo lo que había en su visión se pintó de llamas negras.

Jiraiya y él las observaron juntos durante unos momentos, el primero agarrando el cabello del segundo.

Cuando el jutsu llegó, él estaba preparado. Con un rápido movimiento, se había colocado a un lado de Itachi, rodeándole el cuello con un brazo, y el cabello con la otra mano. Le bastó un tirón para dirigir la mirada del Uchiha hacia un lugar donde no había nada vivo que quemar.

El fuego negro comenzó a alzarse frente a ellos, desprendiendo un calor insoportable.

— Mala suerte, chico — dijo Jiraiya—. Adiós.

Su brazo apretó, con suficiente fuerza como para convertir cualquier hueso en polvo. Pero no hubo ningún chasquido: Itachi había colado una de sus manos entre su cuello y el brazo de Jiraiya, y con la otra le aferró el cabello. Tiró de él, estrellándole la mandíbula contra la parte superior de su cabeza. A Jiraiya se le escapó sangre por la boca. Aflojó el agarre. Un error mortal: Itachi le soltó un codazo en el costado, y entonces volvió a tirar de su cabello para lanzarlo contra las llamas negras. Pero el cabello se volvió como espinas y le hirió en la mano, ambos gritaron, Jiraiya evitó ser lanzado, y giró por el suelo, muy cerca del fuego, pero aún a salvo... Hasta que Itachi cargó contra él, arrastrándolo hacia atrás, hacia su muerte.

Las sandalias de Jiraiya se clavaron en el suelo, y dejaron de moverse. El esfuerzo le marcaba las venas del cuello y los brazos mientras resistía el empuje de Itachi. El fuego ardía a sus espaldas, tan cerca que amenazaba con prenderle el cabello. Hubo otro forcejeo y el puño del Uchiha le golpeó justo en la herida del hombro. Soltó un grito de dolor, tropezó. Itachi volvió a empujar, entonces recibió un poderoso gancho en el estómago. Se dobló por la mitad. Jiraiya estiró un brazo, le agarró la túnica por la parte de atrás, y lo lanzó al fuego. Esta vez no hubo resistencia. No hubo contraataque. Itachi cayó dentro del fuego negro, sin poder hacer nada para evitarlo. Y Amaterasu estaba lista para recibir a su dueño.

Quizá fue el destino lo que quiso que Itachi sucumbiera a su propia técnica. O puede que simplemente se lo buscase él mismo al continuar el mismo ciclo del dolor que había atormentado a su clan durante toda su historia. Al permitir que la rueda siguiese girando. Puede que hubiese sido mejor dejarla estar, que se detuviese por sí misma...

Claro que, si pudiéramos preguntarle a él, quizá nos diría algo como: «¿Detenerla? ¿Para que otro la ponga en marcha, otra vez?»

Aunque esas cosas no estén claras, sí hay algo que podemos saber: aquella fue la última batalla de Itachi. Las llamas de Amaterasu ardieron a su alrededor, tan negras como el destino de un clan maldito. Negras como el odio al que quizá debían su color. Lo envolvieron entero. Haciéndole desaparecer. Sólo por unos momentos.

— Susano'o.

No había acabado. Itachi estaba tirado en el suelo, a cuatro patas, débil, extenuado, pero a su alrededor había un dios que le protegía de las llamas. Se necesita de un dios para enfrentar a otro, y aquel chakra naranja resistía la mordedura del fuego negro. Ambos colores luchaban el uno contra el otro y se mezclaban en algunas partes... Daba escalofríos verlo. ¿Cómo era posible que un moribundo pudiera desatar semejante cantidad de poder? ¿Acaso era normal que un solo hombre poseyera tales técnicas? Se decía que Amaterasu lo consumía todo. Ese "todo" no debía de incluir, entonces, a Itachi Uchiha. Pues logró sobrevivir a las llamas. Logró levantarse y encarar a su oponente, ambos sharingan llorando sangre, su cuerpo a punto de quebrarse... Era imposible que siguiese vivo. Era una pesadilla. Jiraiya jadeaba, con las manos en las rodillas, viéndole acercarse. Lentamente, un paso tras otro. Sin hablar, sin parpadear, apenas consciente, pero emitiendo unas ansias de matar, de luchar, de sobrevivir, que abrumaban incluso al fuego que pisaba. Itachi siguió avanzando, erguido como el espadachín que le envolvía, y estaba muy cerca de salir de las llamas cuando sucedió la traición. La peor y la última de todas. Su cuerpo cedió. Su espíritu se quebró. Susano'o, que era su escudo, le abandonó; Amaterasu, que era su espada, le devoró.

Itachi Uchiha se mantuvo de pie mientras el fuego le consumía.

Sus sharingan ardieron con infinito odio hasta que la negrura los envolvió por completo.

— Se acabó para ti, Itachi. No te echarán de menos.

Jiraiya se sacó un sello de papel de las ropas.

— Quién ibas a imaginar que guardabas algo como eso bajo la manga — dijo, sacando un pincel y escribiendo sobre el sello—. Joder. Susano'o, Amaterasu, Tsukuyomi. Nombres de dioses. Maldito crío, ¿cómo de arrogante puede llegar a ser alguien?

Terminó de escribir sobre el sello y lo observó un momento, comprobando si había algún error en él. Tenía la vista ligeramente borrosa.

— Mira para lo que sirve tanta grandilocuencia — dijo con voz cansada—. Derrotado por un silbido y algunos golpes. Te lo mereces. Ni siquiera quisiste usar tu Susano'o hasta que fue demasiado tarde. Me habrías puesto las cosas un poco más difíciles...

Lanzó el pergamino con un gesto de la mano. Al caer sobre las llamas, éstas empezaron a entrar en él, poco a poco.

— Pero al final el resultado habría sido el mismo. Me pregunto si lo sabías. Si fuiste capaz de verlo.

Y al cabo de unos segundos, Amaterasu desapareció por completo, atrapada para siempre en un trozo de papel.

Jiraiya recogió el sello.

— Pero ahora que lo pienso — dijo, dándose la vuelta—. La verdad es que me da igual.

Las sandalias de madera volvieron a sonar, cada vez más lejos, y al cabo de un rato, la calle quedó en silencio.


El silencio duró poco. Un hombre salió volando desde alguna parte y se estrelló contra aquella misma calle. La caída le arrastró por casi toda ella, levantando una enorme polvareda por el camino. Para cuando pudo detenerse, se las había arreglado para ponerse de pie.

Kisame Hoshigaki no tuvo tiempo para recuperarse: su oponente ya estaba surcando los cielos en su dirección, a tal velocidad que cuando el golpe llegó, apenas pudo bloquearlo. Samehada gruñó al interponerse en el camino de un durísimo bastón. Las armas chocaron una y otra vez. Cada vez que lo hacían, sonaban unos ruidos terribles, como si un gigante estuviese golpeando una montaña. Durante unos momentos, el intercambio fue relativamente igualado. Los ataques, los bloqueos y las contras se mezclaban los unos con los otros como si fuesen la misma cosa. Pero cuanto más peleaban, más ventaja iba sacándole el bastón a la espada, y llegó un momento en el que Samehada cedió, soltó un grito, y salió despedida de las manos de su usuario. Así que Kisame tuvo que usar los puños. Pese a lo que pudiera parecer, el espadachín también era peligroso con las manos desnudas. Su taijutsu era rudo y poco flexible, pero lo que le faltaba de agilidad lo compensaba con precisión y poderío físico. Era capaz de bloquear el bastón y contrarrestar con golpes que noquearían a un hombre adulto con apenas rozarlo. El problema era que ninguno de sus contraataques alcanzaban a su oponente. Los esquivaba todos. Ni siquiera se molestaba en bloquearle: con apenas un balanceo de su cuerpo, Hiruzen Sarutobi se colaba entre los golpes como el viento que rodea a los árboles.

Uno de los bastonazos alcanzó a Kisame en las costillas y lo lanzó en la dirección opuesta a donde estaba su espada.

— Me dijeron que Orochimaru te había dejado medio muerto — dijo, limpiándose la sangre de la boca con el dorso de la mano—. La gente abre la boca muy fácilmente, ¿verdad, Hokage-san?

No se molestó en responderle. Hiruzen le lanzó el bastón como si fuese una lanza, y cuando Kisame lo atrapó a medio vuelo, el viejo apareció de pie sobre su propia arma, y le pateó en la cara con fuerza. Logró aguantar el dolor, pero no esquivar el siguiente golpe. Hiruzen enlazaba un ataque con otro sin perder un solo segundo: apoyó una mano en el hombro del espadachín, y lo usó para impulsarse hacia arriba. Saltó, con el bastón pegado al chakra de su pie, y estando en el aire se lo cambió a las manos. Lo agarró con ambas. Había pasado un segundo desde que patease la cara de Kisame. Ahora estaba detrás de él, volando un metro por encima, y apuntándole a la nuca con un bastón que era duro como el diamante.

Acertó. Justo en la parte de atrás de la cabeza. Kisame cayó de bruces contra el suelo, rodó, esquivó un bastonazo que le habría dejado fuera de combate, y estando tumbado boca arriba, contraatacó. De su boca salió un dragón de agua, rugiente y azul. Un ninja normal habría necesitado más de cuarenta sellos para invocarlo. A él le bastaban tres.

¡Suiton: Suiryūdan no Jutsu!

Estuvo a punto de alcanzarle. Hiruzen clavó el bastón en el suelo y con el mismo movimiento saltó hacia atrás, muy alto, y el dragón le seguía desde muy cerca, con sus ojos amarillos fijos en él. Pero nunca llegaría a alcanzarle. En un momento estaba surcando los cielos con las fauces abiertas, y en el siguiente, una boca mucho más grande que la suya le envolvió la cabeza y después su cuerpo, tragándoselo entero, como si fuese una simple culebra.

Esa boca pertenecía a otro dragón. Era igual que el anterior, sólo que de fuego, y tres veces más grande. Kisame nunca tuvo una oportunidad. El dragón se lo llevó por delante, a él, y a la prisión de agua en la que se envolvió para protegerse. Si salió con vida fue gracias a un clon de agua perfectamente sincronizado; aprovechó la oportunidad para recuperar el aliento, la compostura, y de paso a Samehada. Gracias a ella pudo bloquear el siguiente golpe. Hiruzen había aterrizado suavemente junto a su bastón. Apoyó la mano en su superficie, lento, casi que con calma. Entonces, bam. El bastón se extendió y se incrustó contra Samehada. Fue tan rápido que dio la impresión de suceder instantáneamente. De no ser por los afilados reflejos de Kisame, aquel bastón le habría convertido el esternón en serrín. Pero bloquearlo no fue suficiente. Aquella cosa siguió extendiéndose y extendiéndose como si no tuviera fin. Su velocidad y su fuerza hacían imposible que te apartaras una vez habías bloqueado el golpe. Sólo quedaba aguantar. Ver cómo el bastón te arrastraba de espaldas hasta estrellarte con algo. En este caso, fue una casa. Kisame chocó contra ella, y la pared se le cayó encima.

Se quedó tirado bajo los escombros mientras Hiruzen se acercaba. Aquello no le estaba haciendo ninguna gracia. Ya desde un principio, todo aquel asunto del ataque a Konoha le parecía un plan destinado al fracaso. ¿Atacar a la mayor potencia del mundo ninja? Mala idea. ¿Hacerlo apoyados por un hatajo de Uchihas rencorosos? Eso ya era una locura, incluso para él. Si había accedido a venir era por Itachi, punto, igual que la otra vez. Y ahora Itachi no estaba. Ni siquiera había podido ayudarle. El Hokage se había asegurado de ello.

Lo cierto es que se habría largado de ahí tan tranquilo, si no fuera porque estaba realmente cabreado. Él se consideraba un tipo práctico pero, mierda, su amigo estaba muerto. Y no es que tuviera otro. Itachi había sido el único que...

La punta de Samehada salió de los escombros, hacia arriba, como la aleta de un tiburón. Entonces, un corte en arco. La piedra quedó pulverizada y Kisame salió disparado de ella, con su espada firmemente cogida entre las manos.

Frente a él tenía al Tercer Hokage. Una leyenda viva. Para muchos, el hombre más fuerte del mundo.

Kisame soltó una risa amarga. Puede que esta vez tuviera que esforzarse un poco.