Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de Kat097, yo solo me adjudico la traducción, con el debido permiso de la autora.

Disclaimer: Twilight characters are property of Stephenie Meyer, this story is from Kat097, I'm just translating with the permission of the author.

Capítulo beteado por Yanina Barboza

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Capítulo Quince

Bella y Edward regresaron a la cabaña en silencio, ambos perdidos en sus pensamientos. Bella seguía pensando en Edward, el pobre Edward que había amado a Marie y fue condenado en la familia Cullen. Estaba tan segura de que él no podría haberse suicidado. Estaba demasiado desesperado por vivir, por estar con Marie. ¿Cómo pudo alejarse de ella?

Pero tal vez... ¿y si Marie hubiese muerto? ¿Pudo eso haber forzado su decisión?

Bella se detuvo abruptamente. ¿Era por eso que Edward seguía apareciendo ante ella? ¿Seguía buscando a Marie y pensaba que la había encontrado?

—¿Bella? —Levantó la vista bruscamente hacia arriba para ver a Edward observándola, a unos pasos de distancia. Estaban en la cabaña y Bella tragó. Edward frunció el ceño y se volvió hacia ella.

—¿Estás bien?

—Sí, eso creo. Solo necesito respuestas.

—Volveré y veré si encuentro algo en los registros de la casa. No estoy seguro de hasta dónde se remontan —sugirió Edward, arrastrando los dedos contra su mandíbula. Bella asintió.

—Está bien. Necesito escribir todo, tratar de poner mis pensamientos en orden.

—Es una buena idea. ¿Tienes un teléfono móvil? —Se lo entregó y él ingresó su número antes de enviar un mensaje de texto, para que él tuviera el de ella—. Te llamaré si encuentro algo. Llámame si pasa algo... esta noche.

—Gracias —susurró Bella tomando su teléfono y Edward se encogió de hombros.

—Está bien. Quiero decir, no deberías tener que lidiar...

Se detuvo, porque Bella se inclinó hacia adelante, envolviendo sus dedos alrededor de su mano.

—No. Gracias —volvió a decir con fuerza—. No sé qué... Me alegro de que estés aquí, ¿está bien? No hubiese podido averiguar las cosas que sé ahora sin tu ayuda. Así que gracias.

Edward la miró de nuevo, notando por primera vez su verdadera expresión. La silenciosa y agotada determinación grabada en sus ojos oscuros y en su piel pálida, su agarre en su mano firme y ligeramente desesperado. Ella era pequeña, delgada, pero llena de ímpetu, y estaba un poco asombrado por su valentía. Estaba seguro de que otros ya se habrían rendido ante el miedo, pero ella seguía de pie.

Y ahora él estaría a su lado.


Bella regresó a su cabaña por el resto del día y Edward regresó a Cullen Hall. Rosalie y Emmett estaban en la cocina, preparando la cena. Edward se detuvo en la puerta para ver su extraña coreografía, practicada durante más de cinco años. Lo que sea que Rosalie necesitase, comida o utensilios, Emmett se los pasaba sin que ella se lo pidiera. Si Emmett buscaba algo, Rosalie lo tenía a mano.

Rosalie se movió para colocar una cazuela en el horno y la mano de Emmett recorrió su espalda. Ella se enderezó y se volvió, inclinándose hacia él mientras sus labios rozaban su frente. Los ojos de Rosalie se encontraron con los de Edward y le ofreció una leve sonrisa.

—¿Qué vamos a comer? —preguntó Edward, moviéndose hacia la mesa de la cocina. Emmett soltó a su esposa y ella se sentó a la mesa.

—Pollo a la cazadora, patatas y verduras frescas. Emmett bajó al mercado del pueblo.

—La anciana de ahí está enamorada de mí. Me dio muchos espárragos. —Emmett guiñó un ojo y Edward sonrió, sentándose frente a Rosalie mientras ella bebía un vaso de agua.

—¿Qué tal tu día? ¿Tu nueva amiga disfrutó de la casa? —inquirió Rosalie secamente y Edward le dio una mirada monótona.

—Ella no está interesada en interferir con nuestras vidas, Rose. Solo es una escritora en busca de inspiración.

—Puedo entender el punto de Rose, Edward —dijo su hermano—, vinimos aquí para estar solos como familia. Sería mejor si Bella no estuviera rondando todo el tiempo.

—No lo estará. Tiene fechas límite, no estará merodeando —aseguró Edward, pero Emmett lo estaba viendo con curiosidad.

Edward negó con la cabeza.

—Bella es solo una persona interesante con la que he disfrutado conversando —indicó con firmeza y Emmett sonrió.

—Está bien —hizo una pausa—. Alice va a estar encantada.

—Rose, controla a tu marido.

—Emmett, pon las patatas a hervir —ordenó Rosalie y Edward le sonrió.

No estaba seguro de por qué estaba defendiendo a Bella, aparte del hecho de que sabía que ella no quería interferir con la familia. Pero incluso mientras escuchaba a Rosalie reflexionar sobre qué servir de postre, la mente de Edward vagó a los eventos de esa mañana. La mujer estaba sola en la cabaña, esperando que un muerto se acercara a ella.

¿Por qué la estaba ayudando? Esa era la verdadera pregunta, pero Edward no sabía si alguien podía ver lo que él había visto y no ofrecerse a ayudar. Cuando siguió a Sam al jardín de rosas y vio a Bella Swan atrapada en los brazos de un hombre que podría ser su reflejo si no fuera por la ropa que llevaba, Edward ni siquiera supo qué pensar. Su negación inicial… bueno, habló sin pensar. La lógica prevaleció, diciendo firmemente que no había visto lo que había visto.

Fue la desesperada ira y frustración de Bella lo que lo hizo cambiar de opinión, lo que lo impulsó a querer ayudar. Pero aun así…

Edward no sabía en qué creer.


Después de la cena, Edward se excusó con la familia y subió las escaleras. Carlisle estuvo musitando que podría encontrar algunos registros oficiales de la casa en una de las habitaciones sin usar que almacenaba cajas y muebles. En el último piso de la casa, Edward caminaba por una alfombra polvorienta, las partículas girando alrededor de sus pies.

Estas habitaciones sirvieron de cuartos de servicio en los días en que Cullen Hall tenía tales cosas. Eran seis habitaciones, tres a cada lado. Cuatro estaban cerradas con llave y dos tenían pilas de cajas y muebles cubiertos con fundas. Las luces de arriba estaban en un panel eléctrico separado y no se habían molestado en encenderlas ya que nadie venía aquí, por lo que Edward disponía de un poco de tiempo antes de que oscureciera demasiado para ver lo que estaba haciendo.

Después de no encontrar nada en la primera habitación, Edward pasó a la segunda, rascándose la nariz que le picaba. Se quitó las gafas ya que le dolían los ojos, frotándoselos. Ya estaba cansado y abrió otra caja, no queriendo nada más que bajar las escaleras, tomar una taza de té y sentarse en una silla cómoda.

La luz casi se había ido, rayas anaranjadas cruzaban la habitación a través de las pequeñas ventanas mientras el sol comenzaba a esconderse. Edward examinó una página de un gran libro de cuero, enumerando los ocupantes que una vez vivieron en la extensa tierra de Cullen Hall, pero no encontró nada útil allí. No vio ni rastro del nombre de Marie Tanner, así que cerró el libro y lo deslizó de nuevo en la caja, arrodillándose en el suelo polvoriento.

Un suave jadeo lo hizo mirar hacia arriba y se quedó paralizado.

Una mujer joven estaba de pie en la entrada. Llevaba un vestido negro largo con un delantal blanco impecable y una gorra blanca en la mano. Tenía el cabello castaño rizado recogido en un moño, del cual los rizos escapaban para enmarcar su rostro. Su expresión nerviosa hacía que su pequeño y pálido rostro pareciera joven, a pesar de sus bonitos ojos marrones.

Por un extraño momento, Edward pensó que estaba viendo a Bella pero no… los ojos de esta mujer no eran tan grandes como los de Bella, su boca un poco más pequeña, pero el parecido era asombroso.

¿Qué estás haciendo aquí arriba? —susurró ella vacilante, sus manos girando la gorra frente a ella mientras lo contemplaba. Edward se enderezó y ella dio un paso hacia él, pero él no se atrevió a hablar.

Oh, Edward, esto no es seguro… ¡sabes lo que sucederá! Me echarán. —Su voz era suplicante, pero él vio que su resolución se desmoronaba incluso mientras hablaba. Sus ojos estaban llenos de amor y adoración mientras se acercaba, poniéndose al alcance de su mano. Edward la observó y ella sonrió débilmente.

No puedo soportar estar separada de ti pero… Edward, por favor no te arriesgues de nuevo. Que se enteren sobre nosotros sería bastante malo, pero si descubrieran... no podría soportar que me alejaran de Cullen Hall si...

Ella jadeó y se giró rápidamente, mirando hacia la puerta. Se llevó las manos a la garganta.

¡Viene alguien! Se volvió para mirarlo de nuevo y se acercó a él, rozando suavemente sus labios contra su mejilla antes de lanzarse hacia la puerta, tapándose el pelo con el sombrero mientras desaparecía por el umbral.

Edward corrió tras ella, pero cuando giró hacia el pasillo, vio que estaba vacío mientras la última luz del sol se desvanecía, dejándolo de pie en la oscuridad.


Bella se estaba sirviendo un plato de chili con carne cuando alguien golpeó la puerta. Vio a su alrededor con sorpresa antes de dejar el cucharón y dirigirse a la puerta de la cocina.

Edward se apoyó contra el marco, con la respiración entrecortada, luciendo como si hubiese corrido todo el camino desde la casa. Bella frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

—La vi —jadeó—, Bella, vi a Marie.

Ella lo observó fijamente. Él le devolvió la mirada y ella se apartó de la puerta, permitiéndole entrar. Se hundió en una silla en la mesa y ella le sirvió un vaso de agua. Bebió la mitad de un trago y la estudió mientras ella se apoyaba en la superficie de la cocina.

—Estaba en las habitaciones de los sirvientes, revisando algunos registros antiguos. Ella estaba ahí. Me llamó Edward y ella... estaba hablando acerca de que si alguien se enterase y que si los encontraban, la enviarían lejos.

—¿Las habitaciones de sirvientes? —repitió Bella, frunciendo levemente el ceño. Edward se bebió el resto del agua y asintió, limpiando la humedad de su boca.

—Sí. Llevaba un uniforme de sirvienta. Era una sirvienta en la casa, Bella.

—Por eso no podían estar juntos —comprendió, y se observaron con entendimiento. Edward respiró hondo, todavía recuperándose de la carrera.

—Un miembro renombrado de la sociedad que tiene una aventura con una sirvienta.

—¿No estaba permitido?

—Los habría exiliado a ambos. Edward podría haber perdido su título y su herencia. Marie hubiese sido avergonzada; nunca hubiera encontrado trabajo ni hubiera podido casarse, su reputación habría sido destruida.

Bella se metió la mano en el bolsillo y encontró el relicario de plata. Se movió para sentarse junto a Edward en la mesa, su rodilla rozando la de él.

—Encontré esto un poco después de llegar aquí —dijo en voz baja—, estaba junto al lago. No lo abrí hasta el otro día cuando me lo devolviste.

Vio que Edward abría el relicario, sus ojos se agrandaron al ver la fotografía de la joven que acababa de ver en Cullen Hall.

—Había mucho en riesgo —comentó ella en voz baja y Edward la miró con dureza, como si recordara algo.

—Creo que pudo ser algo más.

—¿Qué quieres decir?

—Algo que dijo Marie… algo acerca de que sería suficientemente malo que alguien se enterara de ellos pero que si descubrieran…

—¿Descubrieran qué? —Bella se inclinó hacia delante pero Edward negó con la cabeza.

—No lo dijo. Escuchó que alguien venía y se fue.

Bella recuperó el relicario, lo cerró y lo puso sobre la mesa. Edward se frotó la barbilla, observando su expresión reflexiva. Su cabello oscuro caía alrededor de su rostro mientras veía el medallón, sus ojos oscuros pensativos cuando se volteó para mirarlo. Estaba un poco desconcertado por su expresión: determinada y llena de algo emocional, como dolor.

—Tenemos que averiguar qué les pasó, Edward. Tenemos que encontrar a Edward y Marie y tenemos que ayudarlos a encontrarse.

—Bien.

Edward no estaba seguro de si creía en fantasmas. Todavía no sabía qué creer respecto a eso.

Pero estaba bastante seguro de que creía en Bella.


Ahora ya no solo Bella ve fantasmas y conversa con ellos, nuestro Edward ya vivió en carne propia algo de lo que Bella ha vivido desde que llegó a Cullen Hall.

¿Qué será eso que temen tanto Edward y Marie que se descubra?

Gracias por sus comentarios, alertas y favoritos, me alegra mucho saber que les está gustando la historia.

No se olviden de decirme qué les pareció el capítulo.

Nos leemos en la siguiente actualización.

Sarai