Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de Kat097, yo solo me adjudico la traducción, con el debido permiso de la autora.

Disclaimer: Twilight characters are property of Stephenie Meyer, this story is from Kat097, I'm just translating with the permission of the author.

Capítulo beteado por Yanina Barboza

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Capítulo Diecinueve

No podían volver a la cabaña. Edward estaba empapado hasta los huesos, así que Bella encerró a Sam en la cabaña y caminaron hacia Cullen Hall, abrazados, más para apoyarse que cualquier otra cosa.

Todos estaban en la cama, por lo que Bella esperó en la biblioteca mientras Edward se cambiaba de ropa. Se sentó en el sofá, mirando el retrato de Edward Cullen. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se cubrió la cara con las manos.

Se terminó. Edward se había ido y ese pensamiento hizo a Bella extáticamente feliz y, en igual medida, le rompió el corazón. ¿Estaban juntos Edward y Marie? Edward dijo que vio a Marie... ¿era eso lo que necesitaban? ¿Volver a verse esa noche, cambiar el rumbo que tomaron antes? Quizás Bella nunca lo sabría.

Manos cálidas se envolvieron alrededor de las de ella, apartándolas suavemente de su rostro mientras Edward se sentaba a su lado, vistiendo vaqueros limpios y una camisa de franela de manga larga. Se contemplaron el uno al otro durante mucho tiempo y, sin la tensión de la inquietud y la ira de la incertidumbre, Edward y Bella se quedaron con un nuevo conjunto de emociones que ella no sabía cómo abordar o entender. Así que agachó la cabeza y lloró.

Edward la atrajo a sus brazos mientras ella lloraba, silenciándola como a una niña. Al poco rato yacían juntos en el sofá, ambos mirando la pintura.

—Si Aro no lo hubiera matado… —susurró Bella, y Edward apretó sus brazos alrededor de ella mientras ella yacía con la cabeza apoyada en su pecho.

—Creo que habría ido tras ellos. Habría ido tras Marie —dijo, seguro ahora al igual que ella. Lo que vio... ¿cómo podría pensar de otra manera?

—Yo también lo creo —comentó Bella, cerrando los ojos. Era casi medianoche y estaba exhausta.

Podía escuchar el corazón de Edward latiendo sin parar. El sonido la hizo sentir extraña, tan acostumbrada a ser abrazada por un hombre muerto. Hizo que su propio corazón acelerara un poco su latido y curvó los dedos bajo los botones de la camisa de Edward para poder sentir sus dedos desnudos contra la piel sobre ese ritmo.

—¿Cómo pudo haber hecho eso Aro? ¿Cómo pudo haber amado esta casa más que a su propia familia? —se preguntó Edward en voz alta, pasando su mano de arriba abajo por la espalda de Bella. Ella sollozó en silencio.

—¿Crees que fue él quien lo encubrió? ¿Hizo que pareciera que Edward se había ahogado?

—Probablemente... —murmuró Edward mientras Bella estiraba la mano y trazaba el contorno de un hematoma en forma de dedo en la garganta de Edward—. No debió ser difícil. ¿Quién sabe cuánto tardaron en encontrar el cuerpo? Pero ¿por qué Marcus no hizo nada? Seguramente hubiese querido justicia para Edward.

—Y la pobre Marie… obligada a dejar su casa, perder al hombre que amaba, irse a un país diferente y tener que renunciar a su hijo —susurró Bella con voz ronca.

Edward se quedó en silencio por un momento antes de hablar de nuevo.

—Ella estuvo allí esa noche. Edward te dijo que huyeras, ella estuvo allí momentos antes de que llegara Aro. Pudo haberlo visto todo.

—Sin embargo, no pudo hacer nada —agregó Bella—, tenía que proteger a su hijo.

Bella volvió a cerrar los ojos y buscó la mano de Edward. Entrelazó sus dedos con los de ella, sosteniendo sus manos unidas contra su pecho mientras el sueño los vencía.


Bella durmió sin soñar, por lo que estaba agradecida, y solo fue perturbada cuando la cálida almohada debajo de ella comenzó a moverse. Frunciendo el ceño, abrió los ojos mientras Edward se estiraba y luego se congelaba. Bella también se congeló.

Rosalie estaba parada en la puerta de la biblioteca, fríos ojos azules examinándolos con curiosidad. Bella se sentó tambaleándose y Edward la siguió, su mano todavía alrededor de la cintura de Bella.

—Buenos días, Rose —saludó, frotándose los ojos mientras Bella miraba cualquier cosa menos la expresión indescifrable de Rosalie.

—… Jasper y Alice están aquí —dijo Rosalie suavemente—. Los mantendré en la cocina para que puedan tener unos minutos.

—Gracias. —Edward se estiró mientras Rose cerraba la puerta detrás de ella. Bella se pasó las manos por el pelo y lo recogió en una cola de caballo, lo mejor que podía hacer sin un cepillo.

Cuando se pusieron de pie, Edward tomó su mano sin dudarlo y la condujo fuera de la biblioteca.

Pasaron junto a una pequeña pila de maletas y bolsas al pie de las escaleras antes de entrar en la cocina. Bella apretó nerviosamente los dedos de Edward y él hizo una pausa. Ella extendió la mano y tocó los moretones que se desvanecían rápidamente en su garganta. No se notaban mucho, pero hacían que se le encogiera el corazón. Edward sonrió levemente antes de abrir la puerta de la cocina.

Estaba lleno, gente moviéndose, charlando, riendo, con olor a tostadas, tocino y café en el aire. Quizás Rosalie les había advertido sobre la presencia de Bella, porque nadie hizo un escándalo cuando Edward la condujo directamente a la mesa de la cocina donde estaban sentados una mujer de cabello oscuro y un hombre rubio. La mujer se puso de pie, abrazando a Edward con fuerza.

—Alice, vinieron temprano. —Él le sonrió y Jasper se paró para estrechar su mano.

—Queríamos unos días más con la familia. Y esta debe ser Bella. —Ella le estrechó la mano también, y la de Alice cuando la joven le sonrió. Ella consideró irse, pero Edward tenía su mano en la parte baja de su espalda y la estaba guiando hacia un asiento.

Se sentaron a la mesa con el resto de la familia y mientras Bella revolvía leche en su café, Esme le sonrió.

—Debes estar trabajando mucho, cariño. ¿Edward te ayudó a encontrar lo que necesitabas? —preguntó y Bella miró a Edward. Él le sonrió levemente y Bella miró su taza, sonriendo también.

—Sí, lo hizo... en realidad hemos estado investigando el árbol genealógico de los Cullen.

—¿Han encontrado algo interesante? —inquirió Carlisle, alcanzando el plato de tocino. Edward y Bella intercambiaron otra mirada. Lo habían hecho, pero nada que pudieran probar.

—Algunas cosas… pero nada concreto —respondió Edward.

Jasper metió la mano en un maletín a sus pies.

—Antes de que lo olvide, aquí tienes la información que querías, Edward. No pude encontrar mucho, pero aquí... hay algunas cosas sobre Marie Tanner y encontré algunas cartas escritas por Didyme Cullen, pero no he tenido la oportunidad de revisarlas. —Deslizó una carpeta grande a través la mesa para ellos y Edward la abrió rápidamente.

El aliento de Bella quedó atrapado en su garganta. Encima de todo lo demás estaba una fotografía. Un hombre guapo y una mujer estaban sentados uno al lado del otro, vestidos con galas en un pequeño sofá. Junto a ellos, con un sencillo pero elegante atuendo de sirviente estaba...

—Marie… —murmuró Edward mientras Bella tocaba el rostro de la chica. Su dedo se deslizó hasta el regazo de Marie donde, vestido con un traje blanco y mirando a la cámara con una expresión muy seria, estaba un niño, tal vez de un año.

—Alistair —susurró Bella, volteando a ver a Edward con asombro. Aquí tenían una prueba, una prueba real, de que lo que ella le había dicho a Edward era verdad.

Su hijo vivió.

—Alistair fue mi bisabuelo —les dijo Carlisle—. Esos son sus padres, Marcus y Didyme.

Bella y Edward se miraron de nuevo, pero no dijeron nada. No tenían pruebas de la ascendencia de Alistair, solo lo que sabían.

Debajo de la mesa, Edward tomó la mano de Bella.


Más tarde esa mañana, Bella regresó a su cabaña sola. Edward estaba pasando tiempo con su recién llegada hermana, aunque prometió ir a buscarla más tarde ese día.

Bella siguió la orilla del lago y se detuvo cuando llegó a la escena de la muerte de Edward. Mientras observaba la superficie vidriosa del lago, inhaló profundamente, deleitándose con la sensación del aire fresco en sus pulmones.

Se sentía al borde de la vida, como una semilla plantada en la tierra cálida, que se desenreda y crece, tan cerca de la superficie. Todo lo que necesitaba era algo que la trajera a la primavera una vez más.

Respiró hondo de nuevo y abrió los ojos. Su mirada se dirigió a la orilla del lago y notó algo. Al pisar el suelo húmedo, algo pequeño y plateado brilló en la tierra.

Era el relicario.

Bella lo deslizó en su bolsillo una vez más y se volvió hacia su cabaña. Sam la saludó con entusiasmo en la puerta y ella lo abrazó con fuerza antes de verter algo de comida en su plato.

El relicario pesaba mucho en su bolsillo. No le pertenecía, se dio cuenta. Necesitaba ponerlo donde pertenecía.

—¿Te apetece dar un paseo? —le preguntó a Sam, quien meneaba la cola alegremente.

El sendero público hacia la iglesia parroquial era de aproximadamente una milla y media. Saliendo a paso rápido, Bella se encontró cerca del cementerio en veinte minutos. Sam, que la había seguido alegremente, llegó a su lado cuando ella se acercó a la puerta. Ella volteó a verlo y él le devolvió la mirada con adoradores ojos marrones.

—Quédate aquí —ordenó con firmeza antes de entrar al cementerio. Él se sentó obedientemente, viendo con curiosidad mientras ella se abría paso entre las hileras de lápidas cubiertas de musgo hacia las más grandiosas en el lado más alejado del terreno.

Esta parecía ser la parcela de la familia Cullen. Los nombres eran tan familiares y Bella se mordió el labio mientras sus ojos se deslizaban hacia los dos que había estado buscando.

Alistair Cullen.

Edward Cullen.

Las dos tumbas estaban una al lado de la otra, y junto a Marcus y Didyme. Marie no estaba aquí. Ella no fue un miembro reconocido de esta familia. Nadie sabía lo importante que fue para Cullen Hall.

Bueno... ya no más. Ya no.

Bella se detuvo junto a la tumba de Edward, envolviendo sus brazos alrededor de su cintura. Estaba tan tranquilo, ni siquiera el canto de los pájaros. Un viento fresco pasó, haciendo crujir las hojas del árbol. Sacó el delicado relicario y le dio la vuelta en sus manos.

No podía reunir a Marie con Edward, pero podía hacer esto por ellos. Se arrodilló junto a la tumba y cavó en la hierba, solo un poco, y puso el relicario en el suelo antes de volver a taparlo. Trajo otra cosa con ella, colocando una flor contra la lápida, sacudiéndose la tierra de sus dedos.

—¿Estás bien? —La voz de Edward la hizo saltar. Se puso de pie, girándose mientras él se acercaba, su cabello un poco azotado por el viento mientras la observaba. Ella asintió con la cabeza, todavía quitándose la tierra de las manos.

—Sí, estoy bien. Solo devolviendo el relicario —explicó y él se acercó, estando tan cerca que el calor de su cuerpo calentó el de ella.

—¿Qué significa la flor? —preguntó en voz baja y Bella tragó saliva.

—Quería regalarles una. Es un crisantemo blanco; simboliza la verdad y el amor leal. Pensé que ellos... ellos fueron leales, hasta el final, y al menos ahora sabemos la verdad, incluso si nadie más la sabrá.

La mano de Edward fue a su hombro. Bella se giró para verlo y deslizó sus brazos alrededor de su cintura, la barbilla de él descansando contra su frente. Él suspiró suavemente, un brazo sosteniéndola contra su cintura, el otro en su cuello, acariciando el cabello en la base de su cráneo.


Edward había llegado conduciendo así que guio a Bella a su auto. Sam los siguió y subió al asiento trasero, acomodándose mientras realizaban el corto viaje de regreso a la cabaña. Edward estacionó al lado de la camioneta de Bella y mientras él movía la palanca de cambios a neutral, ella se acercó para descansar su mano sobre la de él, trazando los dedos levemente callosos. Edward hizo una pausa antes de mirarla a los ojos. Ella lo observó de vuelta sin hablar y él salió del auto, siguiéndola hasta la puerta de la cabaña.

Sam se sentó frente a la chimenea vacía y Bella cerró la puerta mientras Edward se quedaba de pie, viéndola fijamente. Bella se quitó la chaqueta y la arrojó al sofá antes de devolverle la mirada.

Edward le ofreció una leve sonrisa pero en lugar de devolverla, Bella tomó su mano y lo condujo hacia las escaleras.

Él la siguió.

Arriba, Bella cerró la puerta del dormitorio para asegurarse de que Sam no los molestara y cuando se giró, Edward estaba allí, levantando las manos para tomar su rostro. Él descansó su frente contra la de ella y ella cerró los ojos, sintiendo su respiración a través de su piel.

—Estoy asombrado por ti, Isabella Swan —confesó, pasando sus labios por su frente—, me pregunto si lo sabes…

Besó el puente de su nariz y Bella se mordió el labio, el aliento se le quedó atrapado en la garganta cuando su corazón comenzó a latir con fuerza.

—Eres tan valiente… —Le besó la mandíbula, cerca de la oreja y Bella ladeó la cabeza, su pulso se aceleró mientras sus manos se deslizaban hacia sus caderas, acercándola—. Tan fuerte…

—Edward… —Bella abrió los ojos y se puso de puntillas para presionar los labios contra su barbilla y la sensación de su piel suave y cálida la empujó al borde y la trajo a la vida, a la primavera, mientras el corazón de él latía tan fuerte que podía sentirlo bajo su palma.

Esto era vivir y Bella estaba lista para ello, desesperada por ello, ansiosa por escapar de las noches frías y de las manos frías y etéreas, a dedos cálidos, besos y caricias.

Cayeron a la cama, besándose y ansiosos, despojándose de la ropa con torpeza, los botones y las cremalleras se engancharon en su prisa. Bella luchó contra una sonrisa ante el puchero de Edward cuando se enredó en su camisa de manga larga y le mordió el hombro con diversión mientras ella luchaba con el botón de sus vaqueros.

Él besó donde la había mordido, inclinándose sobre ella y ella deslizó sus brazos alrededor de su cuello, acercando su rostro al de ella.

—Bella… —su susurro fue suave pero era su nombre, el de nadie más, y este hombre sabía quién era ella y qué era capaz de hacer.

Él era tan gentil, tan humano, mientras sus manos la acariciaban hasta estar preparada, un poco torpe a veces, ambos lo eran, pero los dos estaban fuera de práctica. Ella se mordió el labio, sosteniendo su mirada mientras él la penetraba y besaba su jadeo.

Esto era lo que ella quería, Edward Cullen que leía el periódico descalzo y con anteojos con montura metálica, que comía lo que ella preparaba, que era adorado por Sam y cuyo corazón podía sentir latir con fuerza, cuya respiración era pesada contra su cuello mientras se movían juntos, jadeando y respirando con dificultad. El placer creció y creció y Bella gimió, retorciendo sus dedos en su cabello y él sonrió, besando su boca una y otra vez mientras se corrían y fue su nombre el que él dijo. Rodaron, cayeron y se sostuvieron mientras las sensaciones los abrumaban y ni una sola vez se desprendieron del otro.

Se quedaron acostados, jadeando pero en silencio. La habitación estaba un poco fría y Edward cubrió sus cuerpos con las mantas, colocando la pierna de Bella sobre la suya para que ella se recostara contra él y ella pudiera escuchar su corazón latiendo en su pecho.

Cerró los ojos por unos momentos, disfrutando de la vida que corría por sus venas, llena de energía y vitalidad. No había muertos aquí, no ahora. Solo vida y calidez donde antes hubo fantasmas y frío.

—¿Por qué viniste al cementerio? —preguntó Bella suavemente, rozando su boca sobre la cálida piel de su pecho y Edward dejó escapar un suspiro, su mano se deslizó sobre su espalda.

—Porque sabía que ahí es donde estarías. Porque yo también quería despedirme. —Su tono era un poco incierto, como si él mismo no estuviera seguro.

—Ya se terminó —reflexionó Bella y Edward asintió con la cabeza, apretándola con fuerza contra él.

—Término. Comienzo. Ambos.

Bella sonrió y volvió a cerrar los ojos.

Término.

Comienzo.

Ambos.


Bueno, llegamos al final de la historia. Solo falta el epílogo y el outtake (que originalmente era un OS aparte, pero creo que queda mejor como parte de la historia).

Espero que les haya gustado tanto como a mí, una historia rodeada de misterio, amor, desesperación. Gracias por acompañarme en esta traducción. Cuéntenme qué les pareció, lo bueno, lo malo y lo feo...

Nos leemos en el epílogo.

Sarai