Para Llamar a un Compañero
Esta historia no es mía, es de Penthesileia la cual fue muy amable en dejarme traducir su fic, el cual originalmente está escrito en inglés, y también quiero darle las gracias a Sara Croft por ofrecerse a ser mi editora y ayudarme a corregir errores. Espero que les guste tanto como a mí. Si quieren leer la historia en su idioma original les dejo el link:
w w w . fanfiction s / 4627810 / 1 / To - Summon - a –Mate
solo tienen que quitar los espacios.
Tiene contenido fuerte, lean bajo su propia responsabilidad.
Noviembre 1
Kagome despertó lentamente, el molesto repique de su despertador la sacó de su confortable sueño. Decidida a ignorarlo, suspiró y se acurrucó más al cálido cuerpo que la sostenía fuertemente, no queriendo despertar aún.
El gruñido irritado de Inuyasha retumbó a través de ella, tranquilizándola,mientras
él se estiraba sobre ella para aplastar el reloj, el cual, chillando moribundamente
fue azotado contra la mesita.
La azabache sonrió perezosamente, feliz de que Inuyasha se encargara del problema tan fácilmente por ella y se preparó para quedarse dormida de nuevo.
La mano de Inuyasha empezó a formar círculos en su espalda lentamente, ronroneando y manteniéndola despierta pero relajada. Su pierna se deslizó de donde él la había puesto, cruzada sobre su cadera, para tumbarla de espalda al colchón. Sus labios rápidamente encontraron la piel de su cuello.
Kagome se arqueó ligeramente hacia él aún medio dormida, pero a cada segundo que pasaba ponía cada vez más atención a los movimientos de Inuyasha, como cuando su lengua se deslizó justo por encima de su pulso. Él deslizó un brazo detrás de la cabeza de ella para que apoyara su cuello en él, y la otra se puso a trabajar, levantando su playera y explorando su estómago.
La azabache lentamente abrió sus ojos para encontrarse con Inuyasha observándola fijamente, anotando cada expresión que pasaba por su cara. Sus ojos dorados se adentraban en los de ella, y él deslizó su mano tranquilamente por encima de su estómago. Las puntas de sus dedos jugaban con el cierre delantero de su sostén.
Bip, bip, bip.
Kagome frunció sus cejas, fastidiada por el débil ruido que provenía de algún lugar de la casa. Parpadeó. El cuarto de Sôta. Debería de ser su alarma.
Alarma...
Las garras de Inuyasha quitaron el primer cierre, distrayéndola.
Espera... Había algo que debía recordar...
Alarma...
¡LA ESCUELA!
Soltó un gritito ahogado y sacudió su cabeza viendo los tristes restos de su reloj despertador. Pedazos rotos de cables y plástico desordenados en la mesita.
Gritó, el recuerdo de la noche anterior regresó a su cabeza como un torbellino.
Inuyasha... ¡Ese chico! Se autocorrigió ferozmente, era...
-¡Idiota! - Gritó, luchando- ¡¿Cómo te atreves?!
Él gruñó, alcanzándola. Ella pateó su muñeca y bajó ruidosamente de la cama, cayéndose al suelo dolorosamente.
-No te oí quejarte antes- ladró molesto. Kagome se levantó, bajando su playera para cubrir su estómago, jadeando levemente.
-Anoche me estaba quejando cuando tú me atacaste sin explicarme nada, haciéndome dormir a tu lado.- Espetó, enojada, tratando de controlar sus
agotados nervios. Él roló los ojos.
-Tú eres mi compañera, ¿Qué hay que explicar?- Preguntó con desdén. Kagome lo miró con el ceño fruncido.
-¡Mucho!- gruñó de vuelta, mirando la puerta. Él entrecerró sus ojos.
-Ni siquiera lo pienses.- él suspiró, y se tiró de nuevo a la cama, apoyando sus manos detrás de su cabeza, con una sonrisa de satisfacción, mientras ella se sonrojaba ante la visión completa de él.
-Es muy simple cariño. Tu...- La apuntó- Me sacaste del espejo en el que he estado aprisionado por... ¿qué año es este?
-2008- Le informó Kagome tensamente.
-Entonces por 500 años, más o menos. Por tanto, el liberarme te hace... – hizo
una pausa para dar un efecto dramático- Mía.- Kagome cruzó sus brazos en su
pecho.
-Bonita historia, ¿Por qué estás aquí realmente?- Él, arrogante, alzó una ceja con una sonrisa cubriendo su cara.
-¿Mi linda compañera no me cree?- Kagome soltó un grito ahogado, sintiendo
algo hacer ''clic'' en su mente.
Él, perezosamente, pasó su mano por su cuello, y las rodillas de Kagome se
debilitaron cuando ella sintió el mismo toque en su propio cuerpo. Él la miró, su
sonrisa se ensanchó mientras su mano iba más abajo.
-Estamos conectados, tú y yo.- Su mano jugueteó en su clavícula, obligándola a
ella a agarrar su mesita de noche para apoyarse.
¿Acaso puedes negarlo? Susurró él en su cabeza.
-Lo sientes también, ¿No?- Él le preguntó, haciéndola estremecer cuandoprovocó
ligeramente la parte de arriba de su pecho.
-Esto es... una locura. Ni siquiera sé tu nombre.- Respondió ella entrecortadamente, escuchando un extraño rugido en sus oídos.
Su dedo se deslizaba a lo largo de su pecho, y su pezón se tensó. Nada se había sentido tan bien, y él apenas la estaba tocando.
-¿No lo sabes, cariño?- Le preguntó él.
Sabes quién soy yo compañera, tal y como yo sé quién eres... Kagome.
La joven ahogó un gemido, sus dedos estaban condenadamente cerca.
-¿Quién soy?- Le preguntó él, con una extraña mirada en sus ojos y jadeando
ligeramente, el sudor relucía en su pecho. Por lo menos ella no era la única que lo sentía.
Dime compañera, dilo.
¡Inuyasha! Gritó su alma en respuesta. ¡Inuyasha! ¡Inuyasha! ¡Inuyasha!
Su boca se secó, su dedo trazaba fogosos círculos sobre su piel. Ella lo necesitaba. Nunca antes se había sentido así. Su cuerpo entero se sentía débil y ardía por querer... necesitaba... algo.
¿Quién soy compañera?
-¡Inuyasha!- Gimió. Los dedos masculinos finalmente se deslizaron sobre su pezón. La mano de él se esparció por su propio pecho, dándole a ella una
sensación fantasmal de ser sostenida, mientras los dedos de él frotaban aquél botón.
Kagome tuvo que usar ambas manos para sostenerse en pie, preocupada de no ser capaz de aguantar sólo con sus pies. Inuyasha, observándola, tomó su mano libre y la posó en su vientre, volviéndola loca por la falta de movimiento.
Bip, bip, bip
El ruido la despertó lentamente del aturdimiento en el que el demonio la había arrastrado. Ella llevó sus manos a su cabeza, sonrojándose.
-¡Sal de mi cabeza!- Le ordenó, tratando de bloquearlo.
Rip.
Ella paró, asegurándose de no sentir más los toques fantasmales, y de que no fuera un truco. Levantó la cabeza para ver a un Inuyasha mirándola conmocionado.
-¡Me sacaste!- La acuso sorprendido.
Kagome volvió a jadear, siendo incapaz de apartar la mirada de la suya. Se lamió los labios, tratando de controlarse.
-Tengo que ir a la escuela. Quédate aquí.- Le dijo, sus palabras llenaron extrañamente el cuarto en un repentino silencio. Ella no se movió por un momento, aún jadeando silenciosamente antes de forzarse a voltearse.
-Y otra cosa, ¡Consigue algo de ropa!-
Y diciendo esto, cerró la puerta detrás de sí y se apoyó contra ella, sus ojos muy abiertos y sin parpadear por la conmoción.
Oh mi Dios.
¿En serio acababa de pasar eso?
Respiró profundo, tratando de calmarse. No tenía tiempo de encargarse de esto
ahora, tenía que levantar a Sôta, empezar a hacer el desayuno y asegurarse de
que su hermano estaba listo para la escuela.
Se encargaría de ese chico... de Inuyasha después.
Preferiblemente con ropa interior larga, bata, chaqueta, cinturón de castidad y un
casco de aluminio cubriendo su cabeza para proteger su mente.
Para ser un tipo extraño, raro, atrapado-en-un-espejo... era difícil de resistir.
Kagome sacudió su cabeza, empujándose para pararse. Kagome mala. Tenía que parar antes de que esto la volviera loca. Pero no podía dejarlo merodeando por
toda la casa mientras ella no estaba ahí, así que pegó uno de los odafus de su
abuelo en la puerta de su cuarto. (NT: los papiros de Miroku xD) Si había estado
500 años encerrado, probablemente no sabría abrir las ventanas.
Frunció el seño en su camino al cuarto de su hermano. Esta situación con
Inuyasha no habrá sido algo que él y el Dr. Saíto hubieran hecho como
continuación de su broma de la pasado noche... ¿verdad?
Aunque si hubiera sido así, ¿cómo pudo Inuyasha... vincularse mentalmente con
ella?
Ya no estaba segura de qué pensar. Si la historia de Inuyasha era verdad, su vida cambiaría completamente... de nuevo.
Empujó la puerta de su hermano para abrirla, la alarma aún sonaba. La cama estaba vacía, las mantas tendidas de la forma que Kagome las dejó.
Repiqueteó su dedo, molesta, en el marco de la puerta. Estaría probablemente
dormido en frente de su altar, aún esperando. Debió haberle insistido para irse a
dormir la noche anterior, aunque estaba enojada por la broma que le hizo.
Y ahora la molestaba de cierta manera el no tener idea de la hora a la que el Dr.
Saíto se fue, o incluso si ese estúpido psiquiatra llegó a irse.
Cerró la puerta después de apagar la alarma, sonrojándose un poco al recordar
que le había pasada a la suya. Debería de comprar una nueva alarma en el
camino de regreso a casa después de la escuela.
La azabache ignoró intencionadamente el cuarto de su madre, sabiendo que era
poco probable que ella estuviera despierta y continuó bajando las escaleras,
escuchando los ronquidos de su hermano en la sala.
Escaneó la habitación. Sôta estaba enrollado en uno de los sillones frente a su
altar. Velas quemadas y flores que se marchitaban lentamente lo rodeaban, los
pedazos de vidrio roto aún estaban donde ella los había dejado la noche anterior.
Dr. Saíto no estaba en ningún lugar, gracias a Dios.
Se arrodilló al lado de Sôta, su nariz se arrugó cuando el olor de la comida que
había estado fuera toda la noche llegó a ella.
-Sôta, es hora de levantarse- Sacudió su hombro, viendo como sus ojos se abrían lentamente.
Él se levantó de un tirón, mirando el altar emocionado. La mayor no sabía qué era lo que el pequeño esperaba encontrar, pero los hombros de él se cayeron,
obviamente decepcionados de lo que no había llegado a pasar.
-Ve a cambiarte, Sôta, tenemos escuela en una hora- Kagome se levantó,
preguntándose qué tipo de comida prepararía de desayuno. Sôta la miró poniendo sus mejores ojos de cachorro.
-¿Podría quedarme hoy, Kag? ¿Y si acaso papá viene mientras no estoy?
Clic
La chica sacudió su cabeza, sin estar segura de si había escuchado algo.
-Tienes que ir a la escuela Sôta, sabes lo importante que era para papá el que
tuvieras una educación.
-Pero no lo he visto desde hace mucho, él no se molestaría si falto solo un día.
Los libros de Dr. Saíto dicen que esta también podría ser su última oportunidad
de verme.- Protestó.
Kagome cerró sus ojos, deseando, no por primera vez, el hacer daño a ese
chiflado.
Sólo dime a quién matar compañera y está hecho. La voz de Inuyasha resonó en
su cabeza, y sintió una presión en su mano, como si una fuerza invisible la
estuviera apretando.
La azabache se estremeció, insegura de cómo o cuando él se había unido a la
conversación.
-Ve a cambiarte Sôta, irás a la escuela.- Le ordenó Kagome. Su tono no permitía
escusas.
-¿Por qué solo yo? ¡Tú tampoco estás cambiada!- Le contestó.
Kagome miró hacia abajo para verse a sí misma y casi gruñó. Aún estaba usando las mismas ropas de ayer.
Supongo que eso significa que... ¿tienes que regresar y cambiarte? Ronroneó
Inuyasha. Ven, déjame ayudarte, cariño, quitando la ropa por ti... Jesús, ¿Por qué demonios te vistes como si estuvieras en un convento?
-Sôta- Gruñó Kagome en una advertencia. El labio inferior de su hermano sobresalió.
-¡Te odio!- Le gritó, subiendo las escaleras y dando patadas.
Ella suspiró, sintiéndose cansada de repente. Se suponía que tenía que ser la
hermana de dieciséis años de Sôta, pero en vez de eso se sentía como si fuera
su madre.
No te preocupes compañera, yo no te veo como mi madre. Señaló Inuyasha
amablemente. De hecho, eres la más caliente pequeña...
Kagome envió sus manos a su cabeza violentamente.
-¡Sal de ahí! ¡Sal!- Le ordenó.
Rip
Esperó un momento, disfrutando del repentino silencio. Luego miró hacia abajo y
analizó su ropa, realmente sin querer ir arriba y enfrentarse a Inuyasha. Recordó
haber dejado algunas de sus ropas en el cuarto de lavado. Tal vez tendría suerte y éstas estarían limpias.
Su estómago rugió, recordándole que sus ropas no eran la única cosa de la que
necesitaba ocuparse.
Oh, demonios. ¿Inuyasha también necesitaría comer?
Frotó su cabeza, sintiendo una jaqueca aproximándose. Este iba a ser un largo
día.
-Y entonces, la primera batalla de Bull Run terminó con una victoria confederada,
la cual la Unión respondió con...
No lo entiendo compañera, ¿me dejaste solo para escuchar esto? Susurró
Inuyasha en su cabeza, volviéndola loca.
Kagome miró con ansias el escritorio en frente de ella, deseando golpear su
cabeza contra la superficie hasta que Inuyasha fuera forzado a salir. Ella ya lo
había ''empujado'' afuera tres veces el día de hoy, pero el bastardo siempre se
escabullía dentro de nuevo.
Un leve toque de pluma provocó la base de su cuello, haciéndola saltar.
-¿Está todo bien, señorita Higurashi?- La maestra paró su monólogo para
preguntarle. La azabache asintió rápidamente, forzando una sonrisa en su rostro.
-Por supuesto- Dijo efusivamente, ignorando las miradas que le enviaban los otros estudiantes. Sabía que había estado actuando de forma extraña, pero ¿Podía ser
culpada? El más caliento chico-atrapado-en-un-espejo había estado hablando en
su cabeza y tocándola todo el día. La única cosa más distractora sería tenerlo a su lado.
Y entonces necesitaría ser enviada a un manicomio.
Mmmm, eso podría ser divertido. Una gran y acolchonada habitación, tú toda
linda y amarrada para que no puedas pegarme. Suena a un buen rato.
La mano de Kagome pegó al aire cuando sintió la mano de él moverse hacia
abajo.
-¿Puedo ir al baño?- Chilló. La maestra alzó una ceja, pero afortunadamente no
hizo preguntas.
-Vaya rápido Señorita Higurashi.
Kagome se levantó rápidamente de su asiento, sabiendo que probablemente se
veía como una idiota. Corrió al baño tan pronto como la puerta del salón fue
cerrada detrás de ella.
Se llevó las manos a la cabeza, tal y como lo había hecho esta mañana y todas
las otras veces que Inuyasha decidía molestarla.
Oh, vamos cariño, no seas así. Se quejó Inuyasha. Sólo un minuto más, estoy
tan aburrido. Ven, déjame hacerte sentir mejor...
Kagome gimió cuando Inuyasha empezó a masajear sus hombros, tratando de
quitarle un nudo. Sus manos se cayeron y su cabeza se inclinó hacia el frente. El masaje era casi tan bueno como las caricias de esta mañana.
-Esto se siente tan bien- Soltó un gritito ahogado, sus dedos sintiéndose
mágicos. Él rió entre dientes dentro de su cabeza.
No es tan malo tenerme cerca ahora, ¿verdad? Preguntó burlón
-Tal vez tengas tus usos- Masculló la joven- Aún tenemos que hablar cuando
regresemos a casa- amenazó- Esa pobre historia no es lo suficientemente buena.
Inuyasha suspiró
Tienes tan poca fe en mi, compañera. Sus manos empezaron a moverse hacia
debajo de su espalda de nuevo. Vuelve a casa pronto. No me gusta que estés
fuera por tanto tiempo.
Inmediatamente se volvió a tensar.
-Es suficiente. Afuera.
Inuyasha suspiró mientras era empujado hacia fuera. Y Kagome se alegró de ya
no tener que ponerse las manos en la cabeza para deshacerse de él.
La colegiala abrió el grifo, y el agua fría comenzó a calmarla. Estudió su cara en
el espejo, preguntándose si se veía como el tipo de chica que podía llamar a su
alma gemela por un espejo. ¿No es que en los libros y las películas usualmente
las describen como hermosas, amables, trabajadoras y con algún tipo de pasado
trágico?
Bueno, dos de cuatro probablemente no era tan malo...
... Ella había sacado a alguien de un espejo...
Perdió la fuerza para estar parada y cayó sobre sus rodillas, el día pasado por fin
se hacía presente. Era obviamente real, no había manera de que ella pudiera ''oír'' o ''sentir'' a Inuyasha de otro modo. Posó su frente contra el frío fregadero de
porcelana, tratando de recuperar su respiración.
Ella realmente tenía un... ¿Un compañero?
Gimió. Ella no tenía tiempo para nada tan grande como el eterno amor, ni siquiera tenía novio. Su padre estaba muerto, el estado mental de su madre era cuestionable, la usual ausencia de su abuelo, su hermano probablemente sería forzado a lidiar con la muerte de su padre una vez que su espíritu no se presentara y ahora ella se tendría que hacer cargo de un chico que asegura haber estado encerrado en un espejo por más de 500 años.
La chica chocó su cabeza ligeramente contra el fregadero. Maldita sea, ¿por qué no otra chica hermosa, amable, trabajadora y con un trágico pasado se puedo haber metido en esto?
Cerró sus ojos e inclinó su cabeza hacia atrás, tratando de pensar racionalmente. Ella no conocía mucho a Inuyasha, pero parecía que ahí tenía algunos beneficios.
Se sonrojó, su cuerpo hormigueó con el recuerdo. Inuyasha ni siquiera la había
tocado físicamente ¿Cómo sería cuando lo hiciera? Si ella antes había sentido fuego ¿se quemaría con las llamas?
Volvió a pegar su cabeza contra el fregadero, tratando de enfriar sus mejillas que estaban ardiendo. Había tratado de pensar racionalmente, y ahora se estaba preguntando si Inuyasha podría hacerla arder. Ella no debería siguiera pensar en tener sexo hasta que supiera más sobre él. Ni siquiera estaba segura de si era algún extraño demonio que estaba planeando devorar su alma.
Acercó sus rodillas y posó su barbilla sobre ellas, frunciendo el seño. El espejo había venido del Dr. Saíto. El psiquiatra estaba loco. ¿Quién sabía de dónde había venido el espejo? ¿Qué si ella realmente había liberado alguna clase de demonio malvado en su casa? ¿Estaban su mamá y su abuelo a salvo allí?
Miró su reloj, las 12:36. Tenía dos horas más de escuela, y desde el momento que habló con Inuyasha su familia tendría que estar a salvo. Iría a una iglesia en el camino de vuelta a casa y vería si podría conseguir un poco de agua bendita y tal vez una Biblia. El reloj despertador podría espera un día más.
Probablemente Inuyasha terminaría rompiéndolo de todos modos.
Pasada 137... Pasada 138... Pasada 139...
El timbre de la puerta que sonaba cuando ésta era abierta distrajo a Miroku en su tarea de pulir el banco de madera. Suspiró, molesto por haber perdido la cuenta.
Una chica entró indecisamente a la iglesia, mirando alrededor con cautela. El corazón de Miroku se suavizó por la asustada criatura, la cual estaba obviamente nerviosa por algo. Sus mejillas se sonrojaron mientras tembló y sacudió su cabeza, respirando profundamente. Miroku la miró con compasión. Pobre chica.
-Perdone señorita, la casa de mujeres maltratadas está al final del pasillo. Estaré más que feliz de hablar con el director si usted es tímida o asustadiza.- La boca de la chica se abrió.
-¡No estoy siendo abusada! ¡Ni siquiera tengo novio!- Hizo una pausa- Uh... creo.
Miroku inclinó su cabeza hacia ella.
-El refugio de prostitutas no está abierta hasta la noche. Si está interesada en tener alguna clase para escoger una segunda carrera, puedo incluirla en la lista de espera.- Sacudió su cabeza con compasión. Realmente estaban iniciando muchas jóvenes.
-¡Tampoco soy prostituta!- Se detuvo ella y respiró profundo.- Me gustaría una Biblia y tal vez un poco de agua bendita. Posiblemente un rosario si tiene alguno. O una cruz.- Pensó por un momento- ¿Es posible tener una estaca bendecida?- Preguntó muy educadamente.
Miroku la miró, ahora no muy seguro de qué sugerir.
-Sí, puedo darle una Biblia.- Dijo lentamente.- Nosotros no damos agua bendita o cruces, y la última vez que revisé, las estacas estaban agotadas.- Bromeó, no muy seguro de si ella captó su broma, ya que ahora se veía más seria. Suspiró- Venga por aquí.- Dejó caer el trapo, feliz de tener un descanso del apestoso olor del producto de limpieza.
Ella lo siguió fuera de la iglesia, y en el pasillo brillantes pinturas hechas por niños cubrían las paredes mientras caminaban a la oficina de su superior. Las suaves y rústicas Biblias dadas a las personas sin hogar descansaban en pilas en la ventana, colocadas para que se adquirieran fácilmente. Mientras su superior creía que esas personas estaban leyéndolas, Miroku sabía que la mayoría las usaban como leña para el fuego. Era por eso que él quería usar el dinero para comprar cobijas...
Sacó sus frustraciones y tomó una Biblia, curioso de saber por qué ella la quería. La iglesia no tenía muchas chicas de secundaria visitándola solo para leer la palabra de Dios.
-Siéntete libre de volver si llegas a tener alguna pregunta en cualquier pasaje o solo para charlar con un pastor sobre Dios.- La invitó Miroku, extendiéndole el libro a la chica. Ella lo tomó, sonriendo levemente.
-Muchas gra...- Paró cuando Miroku agarró su muñeca y forzó su palma arriba.- ¿qué está haciendo?- Gritó, tratando de alejar su mano.
Miroku se negó a dejarla ir, estudiando una marca atentamente.
-¿Cuando se hizo esto?- Le demandó él.
-¿Hacerme qué? Oh...- Kagome miró hacia abajo y sus ojos se abrieron desmesuradamente- Eso no estaba ahí antes- Respiró profundamente.
En el centro de su palma había una luna creciente negra, justo encima de un rosado corte.
Una llama quemaba la punta de la luna, como si ésta estuviera en llamas. Miroku frotó su pulgar sobre ella, alejándose temblando por la magia que ésta infundía.
-Has estado jugando con algunos rituales, señorita- Le advirtió- ¿Tienes alguna idea de lo que estás haciendo?- La chica lo miró con la boca abierta.
-¿Haciendo? ¿A qué te refieres? Es un tatuaje. No veo el problema.- Le mintió rápidamente.
Miroku roló los ojos, dejando ir su muñeca.
-Esa Biblia no te va a ayudar.- Él caminó al escritorio que se encontraba en el centro de la habitación, abriendo un cajón y buscando en él, mientras la chica aferraba el gordo libro contra su pecho.
-Tomo- Él le lanzó un collar, y la chica lo atrapó automáticamente. Miró las
cuentas azules y los dientes blancos en su palma.- Necesitarás esas.- Miroku asintió con su cabeza hacia el collar.- Y espero que regreses y me cuentes. Siempre estoy aquí por si tienes alguna pregunta.
La chica continuó mirándolo, sin comprender.
-Bien, vete ya, no puedes dejar al demonio solo por tanto tiempo- Le ordenó el joven, no queriendo hacerse cargo de cualquier ataque a la ciudad. –Los demonios se ponen irritables cuando están sin sus compañeros por mucho tiempo-
-Gracias.- Chilló ella, dándose la vuelta y corriendo fuera de la habitación.
Miroku sacudió su cabeza, antes de abrir su palma y estudiar su propia marca.
Estás cerca. Puedo sentirlo. Dijo Inuyasha en su mente mientras ella corría para subir las escaleras del templo, sintiéndose un poco culpable por traer una Biblia a la casa de su abuelo cuando él aún creía fervientemente en la antigua religión.
Pero si un demonio/cosa del infierno había sido convocado en las tierras del templo, entonces tal vez necesitaba encontrar un poder diferente.
Ella casi tropezó cuando Inuyasha provocó su ombligo, agarrando la barandilla justo a tiempo para evadir romperse la barbilla en el pavimento.
Ven compañera. Ronroneó él, enfocando sus atenciones en sus caderas.
-¡Fuera!- Gritó Kagome, obteniendo algo de satisfacción al ver pájaros dispersarse. No necesitaba esto ahora. Ella tenía millones de cosas que hacer y desesperadamente necesitaba evadir a Inuyasha por ahora.
Abrió la puerta de la cocina, sin sorprenderse de la ausencia de su abuelo, ya que su abrigo no estaba en el gancho. Vio la pierna de Sôta cuando fue desde la puerta hasta la sala, otra vez en frente de su altar. No entró, preocupada de qué haría mañana cuando su padre no llegara. En lugar de eso, puso agua a calentar y preparó el té favorito de su madre, el ginseng, esperando que ella estuviera lo suficientemente bien para tomarlo.
Se sentó mientras esperaba el agua, viendo ausentemente la Biblia que ella había obtenido de la iglesia. Si el monje/cura/chico del altar/lo que sea estaba en lo cierto, ella había invocado alguna clase de demonio. ¿Pero acaso eso no sólo empeoraba las cosas? Supuestamente los demonios son malos, ¿cierto? ¿Y por qué él actuó como si supiera lo que estaba pasando?
Ella miró su palma, preguntándose cuando habría aparecido la marca. Probablemente otra cosa que preguntarle a Inuyasha.
La tetera gritó y Kagome brincó para alcanzarla, queriendo acabar con su visita diaria a su mamá. Mezcló el agua y el té cuidadosamente antes de subir las escaleras, casi cayéndose por culpa de los libros de Sôta. Tendría que acomodarlos después.
Tomó un respiro profundo antes de tocar la puerta de su madre y abrirla. Sus ojos se torcieron por la repentina oscuridad.
Su madre yacía hecha una bolita en el centro de la cama, sus ojos sin vida miraban las persianas cerradas de la ventana. Un lío de sábanas cubría su pequeño cuerpo y había mentido sus manos bajo su mejilla como si fuera una niña. Pestañearía de vez en cuando, y sería el único movimiento que hiciera seguramente.
Kagome entró suavemente al cuarto y puso la taza de té en la mesita de noche de su madre, teniendo que llevar a tirar la antigua y aún llena taza de té frío después.
-Hola mamá.- susurró mientras se sentaba en el suelo, cerca de la cabeza de su madre.- Ayer invoqué un demonio. Él me dio mi primer beso, mis primeras caricias y me dejó una extraña marca. Ese psiquiatra que le mandaste a Sôta, que por cierto, está loco, piensa que el espíritu de papá volverá hoy. Estoy molesta porque seré la que tendrá que hacerse cargo de la pelea mientras tú estás aquí.- Le informó a su madre, buscando alguna prueba de que estaba escuchándola.
Parpadeó una vez. Miró a su madre.
-El abuelo quiere mandarte lejos, mamá. -Se acercó y tocó la mejilla de su madre tratando de llamar su atención.- Tienes que ponerte mejor. ¿quieres quedarte estancada en un hospital mental como si fueras una loca?- La menor sostuvo su aliento, esperando alguna reacción.
Su madre ni siquiera se crispó.
Kagome se volvió a sentar, sabiendo que era inútil por hoy. Tal vez mañana...
Se llevó la fría taza de té, tirándolo en el lavabo del baño del pasillo. Llevó la taza vacía a la cocina, necesitaba otro minuto para enfrentarse a Inuyasha.
Clic.
Kagome chillo cuando una mano se deslizó por su columna.
De nuevo, enfrentarse con Inuyasha podría esperar.
