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No sé bien las razones exactas de cómo acabé escribiendo esto. Supongo que fue porque la ship me encanta. Admito que ya no he escrito mucho en general de cualquier fandom, pero esta OTP es simplemente tan hermosa que fue capaz de traerme del mundo de los muertos para escribir, y no solamente un fic, aquí les traigo smut porque la idea desde fb me pareció sumamente hilarante, en verdad me divertí mucho.

Solo para aclarar, sé que no escribo cosas con mucho sentido del humor porque cuando eso pasa nieva en el infierno, así que no esperen comedia aquí, traté de apegarme a la parte general en el argumento. Espero que les guste :D

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Alquiler por mutuo acuerdo

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Para Noriaki Kakyoin de diecisiete años era la mejor y la peor noticia de su vida. Ser aceptado en la Universidad de Tokyo era en sí un logro, un mérito loable, sus padres lo apoyarían económicamente, pero el asunto, el verdadero problema, no tenía nada que ver con lo académico, no, todo se cerraba a que por más que ajustaba sus cuentas entre renta y transporte Kakyoin acababa en números rojos aún si tenía más de un empleo a tiempo parcial.

Trató de buscar durante semanas —que se volvieron más de dos meses-, un piso o al menos un cuarto ya fuera compartido donde pudieran darle cabida. Solamente lo quería para dormir ahí si podía estudiar y hacer sus deberes en la biblioteca, más no encontraba nada.

Frustrado estuvo casi a punto de desilusionarse de su sueño universitario acudiendo a otra escuela en su afán de no preocupar a sus padres, cuando fue que se le ocurrió aquel plan casi desesperado de publicar en internet su situación tratando de buscar ayuda o al menos obtener algunos consejos.

Fue ahí donde la rueda del destino lo fue a llevar a donde ni siquiera se lo imaginaba…

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Serían cerca de las diez de la noche cuando una notificación sonó en su móvil, al principio no le prestó atención hasta que vio que se trataba de alguien desconocido diciéndole que podría ayudarlo entendiendo su situación como estudiante.

El asunto le pareció turbio a Noriaki quién pidiendo más información aquel extraño le indicaba que como alquiler lo único que pedía eran dos cosas:

La primera: tendría que estar a cargo de la limpieza.

La segunda: le preguntaba qué tan diestro era con el anal porque tendría que pagar la renta por lo menos dos veces por semana de esa manera.

Todas las alarmas sonaron en la cabeza del pelirrojo estudiante. Su reacción inicial fue la esperada de disgusto, asco e indignación. Él estaba hablando en serio. Quería propuestas serias, ayuda desinteresada, no propuestas indecorosas de gente mayor.

Puesto de los mil colores pensó que antes que prestarle más atención al asunto preferible era ignorarlo y dejarlo pasar. Sin embargo pasaron algunos días sin que pudiera encontrar ninguna otra solución a sus problemas y de paso aquel extraño le había mandado más fotos del lugar que le estaba ofreciendo.

Kakyoin pretendió ignorarlo, no obstante las demás fotos mostraban un lugar de lujo, una arquitectura moderna, minimalista y elegante, cocina con isla, áreas de recreación, terraza con jardín, dos pisos, múltiples habitaciones, vista panorámica… algo demasiado bueno para ser verdad. Es decir, tendría que tratarse de alguien con demasiado dinero para estar ofreciendo tanto espacio en el sobrepoblado Tokyo.

Se reitera, Kakyoin pretendió ignorarlo.

No pudo.

Pero lo que más llamó su atención fue que aquel extraño benefactor había salido en una foto de una de las recámaras. Si había sido su propósito salir de cuerpo completo gracias al espejo de piso a techo del armario en esa foto o si no se había dado cuenta el preparatoriano no lo sabía, lo de envergadura es que había despertado su interés.

Un cuerpo de esas proporciones tenía que esconder algún extraño secreto. ¿Cuál era el defecto? Nadie en su sano juicio podría creer que un hombre cómo ese estuviera buscando sexo con propuestas indecentes a adolescentes desconocidos… a menos que ese fuera su fetiche.

¿Kakyoin entonces caía en el rango por ser menor de edad, hombre, atractivo y estar desesperado? ¿Era ese hombre un altruista millonario?

No es que Noriaki fuera virgen, la experiencia la tenía, ni siquiera estaba completamente seguro de que las mujeres le desagradaran, solo los hombres parecían mucho más interesantes para él, y sobre todo hombres que fueran a devorarlo porque de que había explorado todo su cuerpo descubriendo aquello que más le gustara lo tenía más que aprendido si de sexo se trataba.

Movido por la curiosidad y un latente (aunque aún negado) palpitar en su interior, lo condujo a llevar a cabo una investigación por internet, toda aquella que pudiera ser llevada con minuciosidad por alguien con wifi y sexto sentido detectivesco.

El perfil era uno secundario, la identificación de rostros lo llevó a la página oficial de un hombre mayor llamado Jotaro Kujo quién además tenía sangre extranjera, nieto de un empresario americano famoso del que alguna vez escuchó hablar: Joseph Joestar. El hombre estaba divorciado, tenía una hija. También era investigador y profesor, su especialidad: biología marina.

¿Podría tratarse de un engaño? Tal vez.

¿Podría tratarse también de un hombre que ocultaba su sexualidad y recurría a obtener un amante de una manera tan poco ortodoxa? También podría darse esa posibilidad.

La charada de que todo fuera real y viento en popa fue la que no dejaba tranquilo a Kakyoin.

[¿Esto es real?] escribió cómo respuesta inquieto una noche.

La respuesta llegó una hora después.

[Solo si realmente te interesa] y adjunta una foto de su erección aún apretada en su ropa.

Kakyoin arqueó las cejas, no supo si aún por sentirse un tanto indignado consigo mismo o porque se le había secado la garganta.

Ciertamente el pelirrojo no era un novicio, más tampoco tenía experiencia mandando nudes. 'De bajarse una aplicación como Tinder tal vez sería así como se manejaran las cosas' pensó. Así que fue al baño de su casa, se desabotonó el uniforme y tomó una foto de su torso desnudo, lo suficiente para verse erótico sin ser vulgar pero lo suficientemente incitante con un toque de ojo artístico para la desnudez.

Aunque la foto fue vista Kakyoin se sintió avergonzado por haberla mandado.

Minutos después recibió respuesta.

[¿Cuánto mides?].

De haberle sido preguntadas sus medidas hubiera podido desconfiar aún más, tal vez querrían secuestrarlo. Imaginó muchas cosas.

Aquel desconocido nunca mostró su rostro aunque siguieron intercambiándose un par de fotos más antes de concretar una cita para ver el condominio.

Tal vez fue demasiado para Kakyoin esa experiencia, su corazón martilleaba como loco encerrado en la caja de su pecho, su rostro se sentía caliente, debía estar sonrojado hasta las orejas, se mordía los labios constantemente y tamborileaba sus dedos sobre su pierna.

Aunque le había sido ofrecido un auto para ir a recogerlo lo rechazó por temor cauto de que se tratara de un fraude, pensó que si iba por su cuenta podría huir si no le gustaba con lo que se encontraba. Hubiera querido mandarle su ubicación en tiempo real a algún amigo de la escuela o compañero, pero se trataba de un chico muy discreto, tímido y asocial, su aislamiento lo había llevado a no congeniar con casi nadie en la escuela atrapado en su estampa de alumno modélico.

Podía hacerse a la idea de que las fotos fueran de alguien más, que las hubiera robado de la cuenta de otra persona cómo cualquier depravado con acceso a internet buscando engañar a cualquier despistado, pero quiso creer que aquella última foto, aquel dickpic de despedida en medio de su intercambio de packs fuera real. Entonces podría cerrar los ojos y fantasear con alguien más si aquel hombre no le gustaba. Solo rogaba al cielo que no se encontrara con un estudio amateur de pornografía snuff con varios actores de AV al llegar.

El edificio era magnífico, el lobby tenía a dos recepcionistas muy bellas y amables, y había elevadoristas uniformados. Pensó en ir a la recepción, sin embargo acudió a los elevadores con confianza. Aunque las chicas detrás del mostrador lo miraron un rato no se atrevieron a importunarlo. Agradecido por no mostrarse poco natural con su confianza le indició al elevadorista su piso quién lo miró con una disimulada sorpresa al ver que se trataba de uno de los penthouses.

Una vez bajó del elevador se perdió un poco buscando el número del cual estuvo muy tentado a tocar el timbre. Prefirió no hacerlo siguiendo las instrucciones que le fueron dadas. Digitó el código de acceso, se escuchó el sonido de la puerta automática y entró.

Adentro olía a nuevo, una mezcla de asepsia con cuero recién estrenado algo abrumadora para su nariz. El techo era alto. Se descalzó. Había otros zapatos ahí, el dueño había llegado.

Al ponerse las sandalias de invitado se cuestionó del porqué le había sido preguntada su altura. Al comparar el tamaño de zapatos pudo adivinar que se trataba de un hombre alto porque si bien él estaba orgulloso de medir casi 1.80 cm era notoria la diferencia entre su calzado y el otro, además de tener una hechura impecable, tal vez sus zapatos eran italianos.

Suspirando más por nervioso que por resignación, el adolescente se adentró hasta la estancia donde encontró a un hombre fumando cerca del ventanal que daba hacia la terraza. Aquel lugar era tan amplio que el aroma del humo no se sintió hasta que llegó con él.

Kakyoin tuvo que disimular muy bien el quedarse boquiabierto el cuanto se giró para verlo. Sostenía el cigarro entre sus dedos, una mano estaba en el bolsillo de su pantalón de un blanco deslumbrante, tenía puesta una playera pegada al cuerpo de manga larga y cuello alto color negro, era muy elegante y llevaba adornos dorados a la altura de la yugular muy parecidos a los que decoraban el gorro que usaba. Parecía como si fuera parte de alguna organización militar o algo parecido. Por supuesto, era mucho más alto que él, y por lo que podía adivinarse dibujándose entre su ropa, debía tener un cuerpo grandioso.

—¿Noriaki Kakyoin? —le perforó con la mirada.

El estudiante tampoco estaba listo para escuchar una voz tan varonil cómo esa, no solo infundía respeto y temor sino deseo. Y luesgo estaba esa mirada azulada rígida y masculina que había hecho que un escalofrío recorriera toda su espina. En definitiva ese hombre era mitad extranjero. Era un portento, una escultura helénica con toda su belleza y poderío andante.

—¿Profesor... Kujo? —devolvió seguro en su semblante aunque pensando que tal vez a él no le hubiera gustado que su invitado supiera tanto sobre él.

Lo único que recibió fue otra enigmática mirada mientras le daba otra calada a su cigarro. Era una experiencia de adrenalina el ser capaz de perderse en su fríos ojos que no obstante hablaban de lujuria contenida. Era como estar ante un hombre peligroso que sin embargo fuere tan elegante que pareciere más de otra casta.

No era que Noriaki se sintiera inferior, solo estaba incrédulo de la situación.

—Hiciste bien al investigarme, demuestra que no eres tonto

Le indicó con un gesto que se sentara. Aunque dubitativo accedió al ver que también él se sentaba. Había algunos documentos en la mesa cafetera de la amplia sala, al parecer había llevado parte de su trabajo porque había algunos reportes, gráficas y fotografías.

Cómo se acabó su cigarro sacó la cajetilla de su gabardina blanca a un lado, le ofreció uno al estudiante que rechazó confesando que no fumaba.

—Si vas a vivir aquí necesitas conocer la casa, ve a la cocina a preparar un té para los dos si es que hay algo en la despensa

Kakyoin obedeció porque aquella voz era autoritaria, tuvo que abrir varias gavetas para encontrar lo que buscaba. Eran pocas cosas, de utensilios no faltaba nada, pero salvo avena, cereales y conservas no había nada perecedero. Afortunadamente el té era fresco aunque había de ambas presentaciones.

—¿Prefieres de bolsa o…

—Ese está bien —le respondió leyendo las hojas que tenía en la mano. Kakyoin realizaba ésta tarea tratando de pasar por alto el hecho de que sabía que estaba siendo observado y quizás hasta estudiado en cada uno de sus movimientos por el profesor, por eso trató de lucir la elegancia natural de la que se sabía poseedor.

Una vez silbó la tetera sirvió el caliente líquido en las tazas, recordó en que lugar había visto una charola y colocó ahí tanto las tazas como los terrones de azúcar. Tal vez alguien se encargaba de la limpieza y llevar alimentos. Eso hasta que él tomara ese papel.

—¿Vive aquí profesor Kujo? –llevó todo a la sala presentando la taza ante el dueño —¿cuántas de azúcar?

—Ninguna. No lo tomaré con azúcar

Kakyoin dejó su taza y fue a servirse dos terrones en la suya disolviéndolos con la cucharilla.

Cruzado de una pierna y con actitud tanto reservada como abierta le miraba instigadoramente.

—Este lugar me fue concedido por un familiar de parte de una organización, no lo habito porque viajo constantemente. Tal vez me verás a aquí una o dos veces por semana, otras puedo desaparecer meses si voy mar adentro puesto que sabes a lo que me dedico. Está cerca de tu universidad, no tengo ningún inconveniente con que trabajes, solo mantén limpio y ordenado el lugar, no traigas mascotas ni lo uses pare reuniones personales, en cuanto a nuestro arreglo, creo que sabes cómo manejaremos el asunto del arrendamiento

El adolescente bebía su taza sosteniéndola con dos dedos de abajo. Cerró los ojos aunque parecía que sonreía con estos mismos también.

—No tengo ningún inconveniente con ello. Solo me cuesta trabajo que esto sea real

Jotaro le sonrió por primera vez en todo el tiempo que llevaban los dos en esa habitación. Pese a que Kakyoin se mostraba afable el hombre era tal vez demasiado serio, eso aportaba aún más a su aura de respetabilidad y temor, solo que el pelirrojo podía controlar perfectamente sus nervios con él. La sonrisa del pelinegro tampoco fue una tan amigable, era una de poder.

—No me interesan amantes por el momento, solo quiero un compañero sexual estable y disponible. Por supuesto que también se sobreentiende que si no te contagiaré nada tampoco quiero ninguna sorpresa desagradable de tu parte

Kakyoin no podía creer la honestidad de esa conversación.

—No hay ningún problema de mi parte con eso

—Me alegra escucharlo, porque no tengo pensado usar protección contigo

El pelirrojo tragó saliva. Esas palabras eran brutales y directas. Comprometedoras.

—Si se trata de exclusividad…

—Por eso firmarás un contrato —le interrumpió. Descruzó la pierna para poner los dedos sobre una hoja de papel en un folder abierto que arrastró sobre la mesa hacia el estudiante.

Noriaki dejó su taza para recogerlo. Era un contrato de confidencialidad.

Decía a grandes rasgos que a cambio de dejarlo vivir durante su carrera en aquel pent-house tenía tres obligaciones específicas.

1. Discreción. No podía informar a nadie de ese acuerdo ni llevar a nadie bajo ninguna circunstancia, de lo contrario el contrato quedaba anulado.

2. Mantenimiento. La limpieza y cuidados del lugar quedaban a su cargo, cualquier desperfecto debía ser informado a un número de emergencias de parte de la Fundación Speedwagon cuya tarjeta estaba anexada y el número guardado en el teléfono de la línea de la cocina.

3. Servicio. El pago de la renta de su parte significaba sus servicios sexuales incluyendo sexo anal, oral y jugueteos previos sin protección. El uso de juguetes, herramientas o dinámicas varias serían discutidas entre los dos para llegar un mutuo acuerdo. El Profesor Jotaro Kujo se comprometía a nunca ofrecerlo a nadie más o incluir a un tercero en sus relaciones por lo cual exigía exclusividad, presteza e higiene.

Punto por punto era específico y franco.

El adulto tomó un sorbo de su té.

—No me interesa si tienes novio, si tienes sexo con él deberás usar protección, conmigo no. Y por supuesto, jamás deberás traerlo aquí o me será informado por vigilancia. Hay cámaras dentro de la casa por seguridad también

Noriaki sabía que aquello sonaba injusto, de tener pareja no sería equitativo con la relación más importante. Claro. Solo en caso de tener pareja...

Por otra parte estaba el hecho de que pese a sonar a ficción o un cuento de hadas con clasificación para adultos el trato estaba bien. Su benefactor era atractivo, el condominio era de ensueño, sus problemas se verían resueltos, podría ahorrar todo el dinero de la pensión de sus padres, quedaba cerca de su trabajo y la escuela. ¿Qué contra le podría encontrar?

Una parte de su mente le repetía "No eres una ramera. No firmes. No eres una ramera".

Otra parte le decía "¿Es tan malo cuando el hombre en cuestión te gusta y es de tu tipo?".

Sintió sus manos sudar.

—¿Tengo su palabra Profesor Kujo? —inquirió.

Con el cigarro en la boca volvieron a intercambiar miradas.

—Si considero que no tienes la suficiente experiencia para complacerme espero que aprendas lo que me gusta, Kakyoin. Y puedes llamarme Jotaro a secas, no me gustan los formalismos

Se miraron un par de segundos más. De su abrigo Kakyoin sacó su estilográfica, firmó sin más miramientos. Al ver su firma el pelinegro la encontró elegante aunque reveladora de una personalidad tímida.

Kakyoin le devolvió el documento firmado, volvió a tomar su taza de té.

Las palabras parecían sobrar.

Jotaro apagó su cigarro en el cenicero y se puso de pie.

—Entonces vamos

Le indicó las escaleras con un gesto.

Kakyoin no esperaba que se lo pidiera en ese momento. Es decir, claro que lo imaginaba, pero le pareció casi abrupto. No quería demostrar ansiedad o temor. Le siguió al segundo piso por el mezzanine hasta la habitación principal, adentro se mostraba la vista hacia el terrario donde un ciruelo crecía solo en un cubo de luz, el juego de la iluminación hacía que se derramara una calidez rosada en el cristal, la alfombra y parte de la cama.

Una vez cerró la puerta Kakyoin le miró con más detenimiento esperando a ver si haría el primer movimiento o si debía tomar la iniciativa él. Jotaro lo analizaba, aunque ya lo había visto de la cabeza a los pies ahora era más descarada su mirada.

El pelirrojo le regaló una sonrisa limpia, de esas que son mitad jugueteo mitad embrujo.

—¿Tienes algo específico en mente?

—No en realidad

Tuvo que adaptarse pronto a ver más allá de su frío semblante pues en cuanto se acercaron y acarició su rostro pasando su pulgar sobre sus labios no dudo en lamerlo y después chuparlo. No era indiferente entonces, tampoco era que se contuviera, solo estaban reconociéndose.

Kakyoin imaginó que tal vez se besarían primero más la primera orden salió de su boca.

—Chúpalo

Sus ojos se desviaron hacia donde imaginó. Ver que ya estaba duro despertó aún más las ganas del estudiante. Se fue de rodillas para deshacer su cinturón y bajar la cremallera. Imaginó que esperaba un espectáculo por lo que se atrevió a hacerlo con los dientes mirándolo a los ojos.

Para hablar de su tamaño el pelirrojo agradeció hacerse preparado de antemano porque pudo comprobar no solo que iba a disfrutar sino que tal vez podría doler si no se dilataba un poco más.

Con avidez le regaló un par de besos y chupadas juguetonas en la punta mientras ocupaba su mano y acariciaba sus bolas. Quería demostrar sus habilidades así que de una sola vez lo llevó hacia su garganta succionando y regulando su respiración en cuando se empezó a mover, despacio, pasando su lengua por toda su extensión como robándole pequeñas caricias, disfrutando de lo que hacía y de lo que estaba seguro que hacía sentir a quién tenía en su boca.

Lo escuchó gruñir, le estaba gustando. Se sintió airado para comer más rápido, mirándose fijamente el uno al otro.

—Suficiente —le detuvo de repente, la respiración de los dos había cambiado—. No voy a terminar en tu boca

Kakyoin lo vio deshacerse de su playera, aquel cuerpo musculoso y marcado quedó al descubierto para poder deleitarse con él todo lo que quisiera.

Le fue inevitable soltar una pequeña risa de interés en cuanto lo arrastró a la cama, le hizo marcas en el cuello pero no lo besó. Él mismo se quitó el abrigo, recibió ayuda con los botones de la camisa, ambos tenían prisa. Tal vez Jotaro no lo besaba pero no dejó sus pezones desatendidos e incluso tocó un poco su pene por sobre la ropa.

El estudiante se deshizo de sus pantalones con calma y seducción, no por ello lento. Aún no estaba seguro de cómo tomar que no se besaran en la boca pero que el profesor pudiera besar y lamer toda la extensión de su brazo.

Quiso recompensar esas caricias quedando a horcadas de él. El mayor estaba a la expectativa al verlo con esa determinación pues sus ojos brillaban con deseo borbotante en medio de una profundidad que clamaba inocencia o de no ser así por lo menos ternura.

Lo introdujo en su cuerpo con algunas dificultades las cuales fue completamente capaz de solucionar, empezó con la punta, volvió a intentarlo al subir, de nuevo a dentro y con cada movimiento lo metía aún más. Estaba apretado, húmedo y caliente. Noriaki jamás en su vida lo había hecho sin condón. Era cómo un mundo nuevo. Los sonidos que se escaparon de su boca así lo indicaban.

Hizo acopio de todas sus fuerzas, luchando contra el desvanecimiento temprano en su cabeza, tratando de respirar profundamente, de no gemir tan alto. Se acomodó mejor y empezó a montarlo, despacio, casi bailando con el vaivén de sus caderas, deslizando toda su longitud en su interior, suave, intenso, apretando, haciendo círculos de cuando en cuando. Sabía lo que hacía y el hombre debajo de él estaba satisfecho con su desempeño pues así arañó sus rodillas y apretaba sus muslos, gruñendo y soltando alguno que otro gemido, acompañándolo con la respiración.

Su ceño estaba fruncido más no estaba molesto, estaba más bien concentrado.

Fue cómo si pudieran comunicarse sin hablar pues solo con la mirada los dos juntaron sus manos, entrelazaron los dedos y le sirvió de apoyo para que lo hiciera aún más rápido y duro.

Cuando la fuerza le empezó a fallar deteniéndose porque estaba a punto de correrse, el pelinegro se hizo cargo de continuar. Lo atrajo hacia si para luego tumbarlo sobre el colchón, mirarse ambos con las bocas abiertas muy juntas apenas si tocándose, sintiendo el aliento cálido del otro en la cara mientras Kakyoin sentía como lo penetraba de nuevo, mirándolo a los ojos mientras lo hacía, robándole un gemido prolongado, burlándolo con la promesa continua de un beso sin concretarse.

Fue tan intenso para el menor que casi se corre de nuevo.

Entonces Jotaro no se detuvo, lo embistió primero lento pero con una brutalidad tan fuerte y con tanta urgencia que el pelirrojo casi se vuelve loco con todo lo que sentía.

Trató de no rasguñarle la espalda. Trató y no pudo lograrlo. Se corrió.

Cerró los ojos, se ahogaba con su propia respiración. Escuchó a Jotaro gruñir de nuevo sobre él, sintió como se abrazó a su espalda y cintura de fino de talle, lo tomó luego del cabello rojizo, su rostro volvió a hacer una mueca casi enfadada. Lo penetró lo más profundo que pudo y, se corrió dentro.

Su cimiente estaba caliente, era casi reconfortante.

Se quedaron así un rato, sudando uno sobre el otro. Jotaro apenas si había pateado sus pantalones fuera de la cama.

Escucharon sus mutuas respiraciones regularizarse perdiéndose en el remolino de su oído.

Casi por instinto Kakyoin pegó sus labios húmedos al cuello del Profesor Kujo, sin moverlos, solo barriendo un fantasmal beso sobre sus músculos.

—¿Estuvo bien para ti? —le preguntó casi infantil.

El pelinegro le miró incierto por semejante pregunta en un momento cómo ese. No supo cómo o qué tocó exactamente en él, pero le conmovió de alguna manera.

No había tenido intenciones al principio de hacerlo más acabó haciéndolo. Lo besó. Kakyoin lo recibió con sorpresa y agrado, encontrándose sus lenguas para degustarse, paseándose por la hilera superior de sus dientes, sintiendo la amargura del tabaco que fumó pero cuyo gusto no le importaba. Se abrazó a su cabeza cómo pidiéndole más.

Ese podría ser su primer beso pero no sería el único.

Después de unos minutos, sin arrumacos de por medio, Jotaro se levantó sin mediar palabra yendo al baño.

—¿Te quedarás ahí solo?

El adolescente recogió las piernas para seguirle. Todavía bajo el chorro de agua lo hicieron una vez más, la cabeza del pelirrojo golpeaba contra el vidrio y sus gemidos hacían eco entre los azulejos.

El adulto se vistió de nuevo después de arreglarse el cabello todavía húmedo, dejó la toalla con la que se secó en el suelo. En el aire quedó impregnado el aroma de su colonia y desodorante.

Kakyoin se vistió también, fue a seguirlo escaleras abajo. Casi sin ver Jotaro recogió todos los documentos guardándolos en su portafolio. El futuro universitario al fin pudo ver cómo lucía con la gabardina blanca puesta, en verdad parecía uniforme. Brillaba con la luz de los ventanales.

—Sé que no hay mucho en la despensa pero puedes quedarte desde hoy

—Aún no he terminado de empacar todas mis cosas para la mudanza. No son muchas, solo ropa y libros —se recargó en la esquina de una pared.

Jotaro recogió la tarjeta de la Fundación Speedwagon de la mesa.

—Ellos pueden traer tus cosas si les dices que es para mí

El adolescente la recibió casi con afecto, se contuvo de besarla casi como impulso.

—¿Cuándo volverás?

—No lo sé. Puede ser en cualquier momento —clamó.

Se volvieron a mirar, tal vez era que Kakyoin no podía dejar de mirar sus labios o que Jotaro aún parecía ser un sueño para él, algo irreal.

—Ya conoces la clave, esa es la única llave para entrar, también te da acceso a la piscina

—La memorizaré —prometió.

—Estudia. Has que valga la pena —espetó sardónico, con una sonrisa de autosuficiencia.

Kakyoin no se lo tomó a pecho. Aunque sonrojado estaba firme en el paso que había dado.

—Haré que valga cada segundo

El Profesor Jotaro Kujo desapareció por la puerta. Kakyoin se quedó aún recargado en la pared extrañando la estela que había dejado a su salida, sintiendo en su cuerpo los resabios de calor que habían explotado en su interior, medio mareado medio ensoñado.

Se fue a sentar en la sala, el pelinegro apenas si había tocado su taza de té, aún quedaban las colillas de los cigarros que fumó.

Kakyoin subió un pie, se recagargó en su rodilla mirando la tarjeta con letras doradas de la SPW. Se tocó los labios, sonrió.

Miró por la puerta de la terraza de aquel gran muro de cristal, aún seguía abierta, el aire era fresco, empezaba a oscurecer.

Suspiró con anhelo. Ese era el comienzo de su nueva vida en la universidad.

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