Disclaimer: los personajes usados para este fic son propiedad de J.K. Rowling.

Este fic participa en el Reto #44: "La magia del azar" del foro Hogwarts a través de los años.

La categoría que me tocó para esta historia fue los SAGRADOS VEINTIOCHO, mis condiciones:

· Debe aparecer una rana de chocolate

· Alguien debe hacer un hechizo

Y mi personaje: Gideon Prewet


En esta historia se incluyen:

· FAMILIA: Flint

· PROMPT: Domingo

· CONDICIÓN: Debe aparecer una rana de chocolate


FINES DE SEMANA EN FAMILIA

Para Marcus el domingo era el día más importante de la semana ya que durante ésta lo único que hacía era ir al colegio y volver a casa. Por las tardes tampoco podía tener ningún rato de diversión porque siempre estaba atareado con las clases de refuerzo, al ir a una escuela pre-Hogwarts muy elitista, el nivel era alto y eso sumado a que le dejaban deberes, Marcus estaba muy ocupado con los estudios.

Sus padres no tenían tiempo para poder jugar con él durante la semana ya que ambos trabajaban muchas horas, pero cuando llegaba el fin de semana dependiendo del sábado entre las guardias de su madre o las horas extras de su padre sí que podía tener algún ratito de diversión, pero no demasiado así que los solía pasar con sus abuelos que eran los que lo acogían mientras sus padres estaban trabajando.

Por todo esto el mejor día era el domingo, era especial ya que sus padres dejaban sus trabajos fuera, tanto el empleo en el Ministerio de Magia de Marcel Flint como el trabajo en el Hospital San Mungo de Maxime Flint y se reunían con su hijo.

Ese era el día de pasarlo en familia y esos días era muy probable que fueran a Hogsmeade y que dieran un paseo por el pueblo mágico, que le regalaran alguna cosilla a Marcus, que merendasen en el pub Las Tres Escobas o que directamente fueran a Honeyduckes para conseguir el dulce favorito de Marcus: las ranas de chocolate.

Otros domingos en vez de salir, iban a casa de sus abuelos y hacían una pequeña fiesta entre todos, con sus tíos, primos y respectivas familias; jugaban al quidditch, comían la fantástica tarta de calabaza de la abuela Flint o jugaban al snap explosivo, pero una cosa sí era segura: los domingos eran sagrados para la familia, nada podía interrumpirlos.