Hola ¿Cómo están mis lectores? Espero que estén bien. Lamento tardar tanto en las actualizaciones pero la Uni se roba mi vida.

ACLARACIONES: SI, ES ELSANNA.

SI, CONTIENE HELSA.

SI, ES UN UA.

NO. NO SON HERMANAS. LO SIENTO.

SI, ESCRIBO SOBRE LA MARCHA Y PUEDE TENER ERRORES.

DISCLAIMER: Frozen es propiedad de Disney.

(…)

Anna ya no esperaba a Elsa. No. La rubia no había hecho acto de presencia en la casa de su madre en toda lo que iba de la semana. En consecuencia, Anna se vio obligada a trabajar sola o junto a Gogo cuando ésta no se encontraba ocupada en su laboratorio y podía ir a ayudarla. En realidad no es que le molestara trabajar sola. Lo que le molestaba, aunque no pudiera admitirlo, era la manera en que anhelaba la presencia de Elsa, "llegara de un momento a otro" se encontraba pensando de a ratos y se maldecía. Se propinaba largos sermones por ser tan patética. Soltó un suspiro contenido y se limpió el sudor de la frente. La semana estaba a punto de terminar, pero ya no importaba, acabaría la huerta ese día y después de eso podría, de una vez por todas, extirpar a Elsa de su vida. Aunque eso terminara matándola un poco.

-Anna. ¿Quieres algo de beber?- le preguntó Idun Arendelle desde la puerta que daba ingreso a la casa.

-No es necesario la molestia, ya casi término.- le informó ella aproximándose. Termina el trabajo, se recordó.- Debo sacar un par de hierbajos que han crecido sin invitación y regar un poco, luego ya la dejare en tus manos.- respondió con un intento de sonrisa. El rostro de Idun fue todo sorpresa.

-¿Ya terminaste el trabajo?-

-Le dije que terminaría esta semana.- le recordó, la mujer pareció decepcionada.

-Sí, pero la semana aún no termina y tú ya has acabado. No sé si estar feliz por tu efectividad o triste por ya no tener tu compañía en las mañanas.- comentó con sinceridad.

-Bueno, siempre puede pasarse por la tienda si necesita un consejo.- dijo más por cortesía que por otra cosa. Idun miró la huerta y asintió.

-Es una lástima que Elsa no pudiera venir esta semana. Ella y tú parecían perder la noción del tiempo cuando trabajaban juntan.- Anna estudió a la madre de Elsa, su perfil era casi idéntico al de su hija salvo por las arrugas a los lados de los ojos. Se preguntó si Elsa se vería así dentro de unos años. La amargura subió a su boca.

-Sí… es una pena.- mascullo reprendiéndose por el tono lastimero con que soltó esas palabras. Idun le posó una mano en el hombro en un gesto maternal.

-Mi hija es una cabezota, Anna, que no se te olvide. Además se encontraran el día del partido y siempre puedes venir a echarle un vistazo a la huerta. No quiero que tu trabajo termine arruinado.- Anna temía que aquello sucediera, pero ya tenía un plan de contingencia. No podía seguir sufriendo por una mujer que jamás le pertenecería, en eso, Kristoff había tenido razón.

-Lo siento, Idun, pero me temo que no poder hacerme cargo del mantenimiento de la huerta.- la mujer estaba a punto de protestar cuando ella siguió hablando.- Te daré el numero de un colega muy bueno que estará encantado de trabajar aquí. Él llevara todo viento en popa.- debió sonar convincente porque Idun sonrió.

-De acuerdo, Anna. Anótame el número del muchacho. Solo…- hizo una pausa, pareció dispuesta a agregar algo pero luego de hacer un gesto con la mano dijo.- No es nada. Lo contratare si viene recomendado por ti. Ahora iré por un refresco antes de que continúes.-

-Gracias.- sonó sincera, el hecho de que Idun no insistiera fue realmente un alivio.

-No hay porque, querida. Y con respecto a Elsa… Ella suele tardar un poco en darse cuenta de lo que es realmente importante. Dale algo más de tiempo.- Anna frunció el ceño.

-¿Hablas del trabajo?- cuestionó señalando la huerta. Idun Arendelle sonrió.

-De todo.-

(…)

Era tarde. Elsa lo supo en cuanto puso los pies en el jardín trasero de la casa de sus padres y se encontró con la tierra húmeda, perfecta. Anna ya no volvería a esa casa estaba segura de eso. Respiró hondo, la brisa fresca de ese día le acarició las mejillas, bajó los ojos y observó en silencio las hojas verdes bañadas de sol. Había pasado la mañana discutiendo con Hans sobre la casa que su suegro pretendía regalarles. Ella no necesitaba una mansión, ya tenía un hogar donde podían vivir cómodamente. Pero ni su prometido, ni su padre podían entender eso.

Comenzó a caminar por el jardín pensando, siempre pensado. Su vida se estaba convirtiendo en una vorágine negra que la absorbía cada día más a prisa. Se encaminó hacia el gran garaje donde su padre tenía una colección de autos que nunca usaba, pero que se encontraban en perfecto estado, tras costosas restauraciones. Le gustaba ir allí, recostarse en los asientos y dejar a su mente viajar. En aquel sitio era como si el tiempo no transcurriese.

El silencio insondable era solo perturbado por el sonido de sus pasos. En el garaje los autos eran bestias de metal de esperaban a por alguien que se sentara en sus asientos, que hiciera girar la llave de contacto y que pisará el acelerador para traerlos de nuevo a la vida. A Elsa le encantaba aquel mágico lugar, era el único capricho de hombre rico de padre que no le molestaba en lo más mínimo, bueno, eso y la biblioteca que se hallaba en el segundo piso de la mansión; con tantos libros que uno perdía el aliento al entrar allí. Soltó un suspiro deteniendo sus pasos para buscar con la mirada el Ford del 47 que era uno de sus favoritos. Lo encontró al final del largo pasillo y pretendía dirigirse hacia él cuando pego un salto y su corazón se aceleró frenético a causa del sonido de uno de las bocinas que estruendosa invadió la estancia. Giro su cabeza a la derecha, y dentro de un Ferrari 250 gto Gogo le dedicaba una sonrisa burlona. Ella negó con la cabeza riéndose de su reacción antes de dirigir sus pasos hacia donde se hallaba su hermana. Sin medir palabra entró en el reducido habitáculo y de inmediato el aroma a tabaco y alcohol le causo picor en la nariz.

-Papá va a matarte.- se limitó a decir, su hermana se encogió de hombros.

-No creo que nadie vaya a decirle nada.- comento antes de tenderle a Elsa un vaso de plástico color rojo. Ella se encogió de hombros, aceptó el vaso, bebió y se sorprendió al sentir el suave sabor del vino blanco en su lengua, aquello no era lo que esperaba. Miró a Gogo que había sacado otro vaso de algún lugar y lo llenaba con el contenido de una botella que luego coloco en la bolsa de papel que estaba entre ambos asientos, dejando entre ver más de aquellos vasos y otra botella de vino. Elevó el vaso proponiéndole un brindis silencioso, el plástico emitió un sonido sordo al chocar y la bebida volvió a llenarle la boca de sabor. Se quedaron sin decir nada. Aquello era la bueno de su hermana, podían estar juntas sin habla por largo rato; Gogo no buscaba llenar los silencios y Elsa tampoco lo hacía. Se relajó en el asiento intentando tomar una postura tan relajada como la de su acompañante, sin saber si lo consiguió o no dejo que su mente vagara por los pensamientos que había ido a dejar fluir en aquel garaje.

Hans le había dicho que vendiera su pequeña casa. "No la necesitaras" argumentó, como si aquello la hiciera cambiar de parecer. El hecho estaba en que no quería una casa más grande con salida al fiordo, no quería una casa en las montañas, en el valle o en ningún otra parte. Quería esa casa. Si, tal vez estaba actuando como una niña caprichosa, pero es que sí aceptaba la casa que el padre de Hans pretendía regalarle… sentía que era como estarse vendiendo. "Esto va a suceder, Elsa. Te guste o no. No permitiré que le hagas un desaire como ese a mi padre, así que ve haciéndote la idea de que está vida se acabó." Le dio un largo trago a su bebida antes de dejar que su cabeza se viera invadida de otro pensamiento. El señor Akanne, o más bien su secretaria, le había enviado un mensaje diciéndole que fue muy grata la reunión con su padre y su prometido y que el cambio de manos del equipo no era para él, ni su compañía una molestia en absoluto; todo para terminar con unas nuevas felicitaciones por su boda. Ese era un tema que trataría con su padre, aunque debía admitir que casi le había soltado todo a Hans en la cara esa misma mañana durante la pelea. Una vez más el vino cruzo sus garganta. Echó la cabeza hacia tras y cerró los ojos. La imagen fugaz del jardín con las herramientas guardadas y la tierra húmeda fue un golpe, los abrió y escucho la voz de Anna. "No te acompañaremos al último juego" tenía un nudo en la garganta cuando Gogo habló.

-¿Vas a decirme qué te pasa o solo te vas a quedar allí soltando suspiros como si fueran a ahorcarte antes del atardecer?- Elsa se encontró con unos ojos tan azules como los suyos.

-No sucede nada.- mintió. Gogo apoyó su mano libre en volante.

-¡Oh vamos, Elsa! Sabes que a mí no puedes mentirme. Podrás hacerlo con nuestra madre, con nuestro padre, incluso con Tarzan o contigo misma; pero sabe que no puedes hacerlo conmigo. Es decir, te conozco más que cualquiera.- su hermana hizo una pausa antes de pasar la mano por su cabello en un gesto que ambas compartían.- Tú me criaste, pase mi vida entera dando pasos detrás de ti. Siempre queriendo alcanzarte, así que conozco cada aspecto de tu persona. Incluso eres la horrible voz que salta en mi cabeza cuando estoy por hacer algo malo.- Elsa sonrió ante aquella confesión y Gogo también lo hizo.- Te juro que a veces solo quiero que te calles pero no lo haces "Es mala idea apostar ese dinero" "Ponte el casco antes de correr" "no rompas el vidrio del auto de Wasabi"- Se golpeó la frente un par de veces consternada y Elsa ya no puedo contener la risa. Cuando el silencio volvió a rodearlas en el rostro de su hermana se reflejaba un semblante serio.- Dime que sucede porque estoy cansada de ver esa arruga en tu frente y esa escases de luz en tus ojos.- Gogo hizo un silencio dramático.- Hazlo o te juro que le pondré antidepresivos a tu bebida ahora mismo.- Agrego a modo de advertencia. Elsa se enderezo en el asintió y comenzó a jugar con la salida del aire acondicionado. Suspiró.

-No estoy enamorada de Hans.- soltó para su sorpresa, pero no para la de su hermana.- No estoy enamorada de Hans.- repitió sintiendo que decirlo en voz alta era, de alguna manera que no lograba a comprender, liberador.

-Ya. Pero va a casarte con él.- afirmó Gogo. Aquella verdad, hizo que la pequeña sensación de libertad desapareciera de inmediato. Elsa lo meditó un segundo, le dio un trago a su bebida y luego miró a si hermana.

-¿Y si no me casara con él? Es decir ¿Cómo estas tan segura que voy a hacerlo?- Gogo se hizo de la botella de vino y sirvió más en el vaso de Elsa antes de contestar.

-Porque dejarlo ahora es complicado. Volver a empezar es complicado y si somos sinceras, hermana, tu nunca hacer nada complicado.- Elsa estaba casi indignada por aquella respuesta.

-Eso es mentira.- protestó.

-Claro que no, Els. Has planeado tu vida desde los 11. Trabajarías en la empresa, tendrías una bonita casa con un bonito y perfecto esposo, niños perfectos, incluso uno de esos horribles perros peludos y pequeños. Todo fácil y perfecto. Por eres así, ¿sabes? Sin problemas. La niña perfecta.- Gogo guardó silencio, ella pasó saliva. De pronto sintió que su vida era una farsa, una gran mentira. El suelo se derrumbaba bajo sus pies.- En problema es que…- Elsa miró interrogante a su hermana, ella se recostó contra el asiento con un gesto contrariado.

-¿Qué?- se atrevió a preguntar. Gogo le dio un sorbo a su bebida.

-Que ahora está Anna. Y eso te ha llenado de preguntas y dudas. Porque, ¡Oh! Resulta que tu vida no es tan perfecta y no puedes seguir luchando contra el sentimiento que te dice que tires todo por la borda y te dejes llevar por la corriente.- Elsa soltó una risa histérica.

-Sabes creo que has bebido mucho vino y no sabes de lo que hablas.- mascullo con un tono que rayaba el enfado. Gogo mantuvo su postura.

-Créeme que sé de lo que hablo, Elsa. Es más, ¿Quieres qué te diga que harás luego?- cuestionó como si fuera un juego. Elsa dejo el vaso de vino sobre el tablero y se cruzó de brazos totalmente a la defensiva.

-Pues dímelo. ¡Anda, dime que hare a continuación!- la retó.

-Te vas a acostar con Anna.- El corazón de Elsa se detuvo, abrió y cerró la boca un par de veces. Gogo negó con la cabeza.- ¿Lo ves? Es lo que harás. Te acostaras con ella para luego caminar hacia el altar del brazo de Hans y será como si nunca la hubieras deseado.- Elsa relajó los hombros antes de caer contra el asiento del coche. Su interior era silencio, como si cada palabra de Gogo fuera la pura verdad. Se molestó tanto porque su mente estuviera cayada que le dio un golpe al techo del auto soltando una maldición, se arrepintió al instante.

-¡Eso duele, joder!- exclamó sacudiendo la mano en aire. Su hermana suspiró y le tendió el vaso que ella dejara. Bebió todo el contenido de una sola vez, se giró hacia Gogo.

-Eso no pasara.- afirmó, porque una parte de ella le decía. No, le gritaba que su deseo por Anna no moriría jamás. Su hermana soltó una risa sin gracia, sacó un sobre de su chaqueta, se lo tendió. Elsa lo tomó y se encontró con el logo de la nasa en el dorso.

-En la vida… cualquier cosa puede pasar. Cualquier cosa pasa todo el tiempo.-

(…)

Elena acababa de marcharse, Anna se encontraba lavando los platos cuando su abuela entró en la cocina trayendo consigo las tazas del café que habían servido tras la cena.

-Las dejare aquí y te ayudare.-

-No es necesario, abuela, ve a sentarte.- le pidió. Pero su abuela ya se hacía de un trapo para secar los trastos.

-No estoy tan vieja, cariño.- comentó sacándole una sonrisa.

-Vale.- dijo sabiendo que cualquiera de sus intentos por hacer que su abuela se estase quieta terminaría en un rotundo fracaso. Siguió fregando en silencio, mientras la mujer, tan parecida a ella, secaba cada plato concienzudamente. Estuvieron en silencio escuchando el rumor del televisor que provenía de la sala acompañado cada tanto de por la voz del abuelo de Anna que se quejaba de las noticias sin importancia.

-Elena es una chica encantadora.- comentó de pronto su abuela. Ella asintió.

-Lo es. Ciertamente no lo es.- afirmó sin ganas.

-Pero tú has estado muy distraída hoy, me parece que vas siendo hora de decirle lo que sientes.- sugirió su abuela tomando el vaso que ella le tendía. Anna elevó una ceja curiosa.

-¿Puedo saber de qué hablas?- preguntó. Jolín Johnson negó con la cabeza.

-No te vengas a hacer la desentendida conmigo. Sabes perfectamente de lo que hablo, no dejes que se haga ilusiones contigo.- Anna soltó un suspiró antes de dejar correr el agua.

-No creo que se esté haciendo ilusiones. Ella tiene muy en claro de que va nuestra relación.- informó a su abuela, pero ella volvió a negar con la cabeza.

-No, Anna. No lo sabe y si tú le prestaras un mínimo de atención a la forma en que te mira ya te habrías dado cuenta.- le reprochó. Anna cerró el grifo, colocó las tazas de café en el lavabo y se giró para mirar a su abuela.

-Estas imaginando cosas.- dijo secando sus manos en la tela de sus pantalones.

-No. No lo hago. Piénsalo bien este es el tipo de cosas que pasan en la vida. Elena se enamora de ti, tú te enamoras de esa chica adinerada y ella está a punto de casarse.- le dijo como si se tratara de una historia de telenovela. Anna bajó la mirada al piso. Se permitió pensar en Elsa a pesar de que se hubiera prometido esa mañana que la sacaría de su vida para siempre.

-Ya.- suspiró de manera cansina.- Queremos lo que no podemos tener y nos cagamos en lo que podemos tener. ¿De eso hablas?- preguntó con fastidio. Se reprochó en seguida, ella no podía hablarle así a su abuela.- Lo siento.- susurró. Jolín dejó de lado el plato que secaba ante de volverse para hacerle frente.

-Según tú, la vida se caga en todos nosotros. Y no es así, Anna.- le dijo y ella sonrió por escuchar a su abuela usando aquella "palabrota".- Si fuera así yo no hubiera terminado con el señor Johnson y tu madre jamás se habría logrado casar con tu padre.- Anna sintió de pronto unas ganas inmensas de llorar, apretó los diente y se limpió una lagrima traicionera que se escapaba de uno de sus ojos. Estaba transformándose en una persona pesimista y sin esperanzas.

-Quisiera creer que ese tipo de amor aún existe.- tenía un roca en la garganta. Su corazón iba de romperse o quizás ya estaba roto.- Solo me gustaría creer que puedo hacer… que puedo ser feliz con alguien más. Que puedo encontrar a otra chica, enamorarme, hacer que dure y olvidar. Olvidarme de Elsa de una vez por todas. Pero justo ahora, parece ser imposible.- suspiró y elevó la mirada al techo, sintió las manos de su abuela sujetando las suyas.

-El amor da cáncer, cariño, al igual que todo lo demás; pero sigue siendo amor.- ella bajo la mirada. Su abuela le limpio una lagrima.- Ahora dime… ¿Siquiera le has dicho a Elsa lo que sientes?- cuestionó. Ella rió por lo bajo parecía una especie de chiste.

-No. No puedo… jamás podría decirle que yo… Ella va…- las frases murieron en sus labios. Escucharon al señor Johnson gritar algo de que iba a ir acostarse, Jolín Johnson rodó los ojos.

-Tendré que ir a buscarle su pijama; pero antes déjame darte un consejo. A veces, Anni, solo es cuestión de poner las cartas sobre la mesa para que el otro jugador las vea, y entonces, se puede ganar o se puede perder. Y en caso de que pierdas solo deberás levantarte y dejar la mesa, pero sabrás que lo has intentado.- Su abuela le dio un beso en la mejilla con dulzura.- Piénsalo, cariño.-

Y Anna pasó todo el camino de regreso a casa meditando en lo que su abuela le había dicho. Estaba enojada por que le sugiriera aquello. Decirle la verdad a Elsa, ¿Es que acaso estaba loca?, sin embargo, una parte de ella tenía que darle la razón. Si Elsa no tenía ni idea de todo que ella sentía. Nada en absoluto ¿Cómo podría darle una oportunidad? ¿La tenia siquiera? ¡Dios! No, ella iba a casarse, aunque… si era sincera, las últimas señales que la rubia le había envidado no eran de indiferencia. Recordó la noche en que Elsa se pasó de copas, lo que dijo y su manera de actuar. Aquello invitaba a Anna a pensar que tal vez ella tendría… Si, podía ser que, después de todo, tuviera una oportunidad y sino... Apagó el motor de Betty. Sino terminaría con el corazón roto de todas formas. Bajó de la camioneta, dio unos pasos hacia su casa buscando la llave en el bolsillo de su gabardina y cuando levantó la cabeza se encontró con a Elsa. Estaba sentada en los escalones del porche mirándola con aquellos ojos tremendamente azules.

-Elsa Arendelle en mi entrada debe ser mi día de suerte.- se atrevió a bromear a pesar de estar perpleja y temblando.

-¿Me creerías si te dijera que ahora la compañía vende acciones puerta a puerta?- preguntó la rubia sin levantarse. Anna se paró a su lado.

-¿Tanto a caído la economía?- Elsa sonrió con ferocidad y había algo en sus ojos que disparó el pulso de Anna por las nubes, pasó saliva.- ¿Te apetece pasar? Me gusta escuchar las propuesta de negocios con un café de por medio.- propuso cruzando junto a Elsa, sus piernas casi le fallaron. Sus manos se sacudieron cuando colocó la llave, la hizo girar y se volvió hacia la mujer que le causaba todo aquello.

-¿Vas a entrar?- su corazón martilló. Elsa la recorrió con la mirada, la boca se le secó.

-No sé si debería… ¿Tú qué harías?- preguntó en un murmulló casi ronco. Anna se aferró al picaporte, llenó sus pulmones del frío aire de la noche, miro en derredor como si fuera a ser descubierta haciendo algo prohibido, tal vez lo estaba haciendo. Y a pesar de que todos sus sentidos le gritaban una cosa, a pesar del miedo que comenzaba a sentir de sus labios afloró el deseo más profundo de su alma.

-Yo lo haría.- se encogió de hombros mientras Elsa se mordía el labio inferior. La vio soltar el aire que contenía antes de ponerse de pie.

-De acuerdo.-