¿Sí? ¿No? ¿Quién sabe?

ACLARACIONES: SI, ES ELSANNA.

SI, CONTIENE HELSA.

SI, ES UN UA.

NO. NO SON HERMANAS. LO SIENTO.

SI, ESCRIBO SOBRE LA MARCHA Y PUEDE TENER ERRORES.

DISCLAIMER: Frozen es propiedad de Disney.

(…)

-Si he de ser sincera contigo, no sé muy bien que hago aquí.- murmuró Elsa frotándose la nuca. Anna salió de la cocina con una tetera y una par de tazas.

-Tranquila, no necesitas excusas para venir a verme.- bromeó a pesar del leve temblor que sentía en estómago. Elsa la quedó mirándola un par de segundo sin decir nada.- ¿Vas a sentarte?- cuestionó al ver a su invitada aún de pie.

-Sí, solo déjame ayudarte con eso.- balbuceó tras salir del extraño trance en que había caído.

-Gracias.- dijo sintiendo el delicado aroma de Elsa cuando se le aproximó. De pronto la sala se le hizo pequeña, claustrofóbica.- ¿Te parece si nos sentamos en el porche trasero? Es que necesito algo de aire fresco.- sugirió. Elsa asintió sin más y dejo que ella la guiara hacia el exterior.

Elsa se sentó en el largo sofá de mimbre, por lo que Anna decidió ocupar un sillón individual del mismo material. Colocó las tazas en una pequeña mesa y las llenó.- Estas segura que no tienes hambre. No tardaría nada en hacerte algo, lo que sea.- volvió a proponer al tiempo que tendía la taza hacia Elsa, ella bebió un sorbo de café y negó.

-El café es exactamente todo lo que necesito, gracias.- dijo clavando en ella una mirada que casi le hizo perder el resuello.

-De acuerdo.- logró decir antes de que cayeran en un el silencio cálido, casi agradable, aunque Anna podía sentir los ojos de Elsa sobre ella, quemándola. Pidiéndole que le devolviera la mirada. Se abstuvo no sabiendo si podría controlarse; y pasó el momento. Bebió, la cucharilla de Elsa golpeteó la loza de la taza al hacerla girar. Se atrevió a mirarla a hurtadillas y la encontró absorta, mirando el jardín repleto de florecillas que respondían al llamado natural de la primera que estaba al caer. Se perdió en su perfil, la piel lozana, los ojos azules enmarcados por largas y espesas pestañas. Y empezó preguntarse cómo se sentiría acariciar su mejilla o rozar sus labios con los dedos. De pronto terminó de comprender lo imposible de sus sentimientos hacia ella. Ahogó un quejido cuando Elsa la descubrió observándola.

-Me encanta lo has hecho con el jardín.- murmuró haciendo que el corazón de Anna se hiciera pequeño.- Siempre quise algo parecido en el jardín de mi casa, pero siempre lo posponía. Una reunión, una cena o almuerzo con empresarios, galas benéficas, etcétera, etcétera. Jamás llegue a hacer nada y ahora…- Elsa guardó silencio tan repentinamente que ella la aminó a continuar.

(…)

-¿Y ahora?- preguntó. Elsa sentía un cosquilleo constante cada vez que escuchaba la voz de la pelirroja, mezclado con inseguridad, angustia y miedo puro y simple.

-Ahora, no lo sé.- admitió encogiéndose de hombros. Los sonidos de la noche las envolvieron, una brisa fresca les revolvió el pelo, en ese instante, fue como si estuvieran solas en el mundo. Bebió un poco más de café y agradeció el silencio de Anna, pasó saliva al verla observándola con aquello ojos tan profundos.

-Cuando compre la casa tuve una reunión con uno de los hijos del ex-propietario. El hombre estaba algo triste por tener que vender y me contó la historia de aquel lugar. Fue mandada a construir en 1920 por el capitán de un barco. La quería lo más lejos del mar posible y por eso se encuentra al otro lado de la ciudad, próxima a tu tienda.- comenzó a contar para alejar el aleteó intranquilo de su corazón.- El capital Dirsson, es una historia algo triste. Se casó con Nelly, una mujer a la que amo mucho y tuvieron cuatro hijos. ¡Imagínate! Una casa de tres habitaciones para seis personas. Debió ser un caos total. Pero Nelly murió y como en aquello época no existían los padres solteros, el capitán mandó a traer a su hermana para que cuidara de sus niños. Esta hermana, Hilda, no resulto ser la mejor elección. Ella tenía una mano muy dura y era muy devota, tanto que los pobres niños no podían siquiera jugar porque era pecado.

El capitán viajaba mucho, por lo que no estaba muy a menudo en casa y no se enteraba de nada. Hasta que llego a casa un día y descubrió que la niña más pequeña llevaba dos semanas con el brazo roto. Echo a Hilda y se puso a buscar otra mujer. En está ocasión eligió bien. Se casó con una muchacha más joven que él que no podía tener hijos. Así que amo a los niños con todo su corazón. Allí vivieron los seis, en esa pequeña casa. Y está llena de las huellas que dejaron: rasguños, agujeros y zonas más gastadas de la casa. Por todas parte.-

-¿Y cómo fue que compraste la casa?- preguntó Anna con un hilo de voz.

-Con el tiempo, los hermanos se dispersaron. El capitán murió y meses después, Birgit, su esposa lo siguió. El menor se quedó con la casa, pero su esposa decía que ésta zona del país era muy fría. Él no tenía fuerzas para discutir con ella, entonces yo vi su anuncio en el periódico y cuando la recorrí junto con el agente inmobiliario me enamore de ella. Y cuando me reuní con Olaf, él me vendió la casa pero antes me regalo su historia junto con las cartas que el capital les enviaba desde cada rincón del mundo. Incluso en el sótano aún se encuentra el látigo con el Hilda solía golpear a los niños, como una especie de recuerdo de lo mala que pueden ser las personas.- Elsa miró a Anna antes de seguir. Paso saliva al encontrarse con sus ojos y aquel brillo extraño.- Si me deshiciera de ella, jamás podría recuperarla. Está ubicada en un barrio privado, por lo que me da nauseas pensar en que cualquier tonto adinerado la compre y pisotee su suelo, lo pula y cambie el papel pintado por algún horrible decorado moderno. La destruirían antes de que pudiera pronuncia "mal gusto" ¿Quién se preocuparía por conservar las anotaciones junto a la puerta donde Birgit anotaba cuanto habían crecido los niños? ¿Quién leería las cartas del capitán? ¿Quién miraría la lista a lápiz escrita en la madera de la alacena? Su historia desaparecería y entonces no sería más que… una casa. Bonita, pero sin alma.- cuando Elsa se cayó en cuenta que estaba hablando de más, se sintió avergonzada. Aunque una parte de ella necesitaba que Anna la entendiera. La miró para disculparse y comprobó que ella seguía observándola con una intensidad que al mismo tiempo desconocida y reconfortante. Su pulso se disparó cuando incomprensiblemente Anna se puso de pie y se sentó a su lado, no lejos, sino cerca; tanto que Elsa podía sentir su respiración. Su cuerpo tembló y tras dudar un segundo, la beso en los labios.

(…)

Una descarga eléctrica atravesó la columna de Anna cuando sintió la lengua de Elsa buscando la suya. Su cabeza daba vueltas. Se sujetó de su espalda y sintió como ella afirmaba sus manos, posándolas en sus hombros. Aquello estaba prohibido. Aquello no debería estar pasando. Sin embargo… estaba ocurriendo. Y Anna ya no podía luchar, ya ni siquiera sabía si quería hacerlo. Solo una vez. Solo una noche y nunca más. Se dijo mientras Elsa pasaba sus dedos por el largo de su nuca. El mundo iba a destruirse pero ella estaba dispuesta a saltar al abismo.

(…)

El sillón de mimbre rechinó bajo ellas. Elsa jamás pensó que besar a alguien podía llegar a ser tan intenso, tan frenético, tan descontrolado. Solo podía compáralo con el momento en que un huracán tocaba la costa. Si, así se sentían los labios de Anna Summers sobre los suyos y era tan perfecto. Bajo las manos recurriendo el largo de la espalda de aquella mujer que la volvía loca. Y jadeo en su boca cuando sintió la pierna de Anna ubicándose delicadamente entre las suyas. El viento comenzó a levantarse en algún momento, pero ella no supo cuándo. Ni siquiera sabía cuánto llevaba besando a Anna. Un minuto, una hora, para ella podía ser toda la eternidad y no se saciaría nunca.

-Elsa.- murmuró Anna de manera gutural, haciéndole perder los estribos. Cuando sintió su boca besando su cuello rogó que la noche se hiciera interminable. El sillón volvió a quejarse justo cuando encontraba el camino bajo la camiseta de Anna. Fue entonces que los besos se detuvieron, las miradas se encontraron y las palabras sobraban. Elsa se vio frustrada por aquella interrupción mas supo que era necesaria. Anna se puso de pie y la ayudó a incorporarse. Sus manos quedaron entre lazadas y las mejillas de ambas estaban rojas al igual que sus hinchados labios. Anna le beso el interior de la muñeca en un gesto tan sexi que Elsa soltó un gemido contenido.

-¿Estas segura de esto?- preguntó Anna. No, claro que no lo estaba. No estaba segura de nada. Se hizo una pausa.

-Una vez que pase ya no habrá vuelta atrás- fue más una afirmación que una pregunta pero Anna igualmente asintió.

-Ya no podré olvidarte.- agregó en un hilo de voz empañado por una tristeza tal que colocó los pies de Elsa en la tierra. Acortó las distancias entre ambas y la abrazó con fuerza, cerrando los ojos para sentirla completa. Se mordió el interior de la mejilla hasta hacerse daño, sus ojos le escocieron. Acarició el anillo de compromiso con su dedo pulgar antes soltar una maldición mentalmente. No podía hacerle eso a alguien como Anna.

-¿Elsa?- su voz le cantó al oído.- Puedo soportarlo.- susurró y su corazón se hizo pequeño.

-Puedes… pero no deberías hacerlo. No quiero que sea de esta forma. No así, no a escondidas, no contigo.- El momento en que los brazos de Anna la soltaron fue cuando más frio sintió en su vida, pero en el momento en que vio sus ojos…

-Solo tienes que ser un poco más valiente que hasta ahora.- murmuró Anna y ella ya no podía verla.

-Lo siento.- masculló cómo si aquello bastase. Se aproximó le dio un beso en la mejilla y se dispuso a marchar. La mano de Anna sostuvo la suya hasta que ella se soltó en una lenta agonía. No miro atrás, solo se fue.

(…)

Hans consulto la hora en su reloj, pasaban de las doce y Elsa aún no había llegado a casa. Se acomodó en el sillón Chesterfield que tenía en la pequeña biblioteca de aquella pequeña casa y bebió de un trago su cuarto vaso whiskey de la noche. La casa le resultaba tanto silenciosa como vacía sin Elsa. Debía admitir que él no comprendía el sentimentalismo que aquel lugar despertaba en ella, para él todas las casas eran iguales. Pero si era sincero nada se parecía más Elsa que ese lugar. Cada centímetro parecía llevar su nombre escrito o tener su amor grabado en él. Volvió a consultar su reloj y alzó los pies en la mesa donde terminó por apoyar el vaso vacío.

Rememoró el encuentro universitario donde pudo entablar una conversación con ella por primera vez. La vio alta, con la melena rubia que le llegaba más allá de los hombros y con un aura de inaccesibilidad que terminó atrayéndolo más que nada en su vida. Era hija de la competencia y sabía que el padre ella jamás aceptaría la relación; pero también sabía que jamás había deseado tan ardientemente algo. Y estaba acostumbrado a tener lo que quería. Su padre lo había educado como un ganador, además de que al no disponer de tiempo real para él, se lo compensaba dándole todo lo que Hans señalaba. Nunca le negaron nada material, aunque se lo daban con la misma indiferencia con la que se acaricia a un perro que mendiga atención.

Con Elsa, Hans se había enfrentado por primera vez en su vida con algo que no podía conseguir con solo desearlo. Ella había sido tan inaccesible y difícil. Sonrió al recordar una confesión que vino mucho después "Estaba encantada contigo, pero no iba a dejártelo fácil, cariño."

No. Tuvo que cortejar a Elsa día y noche. Rosas, cenas, regalos y cumplidos. No regateó en esfuerzos. Y ella aunque reacia, se dejaba cortejar con modestia. Era irresistible. No fue hasta esa noche, cuando se encontraron en parís para cenar, que ella no aceptó una relación. Al principio Elsa siempre era cariñosa, con abrazos, besos y largas charlas tras las horas de pasión. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, sintió en su corazón el vertiginoso recorrido de una grieta que comenzaba a pintar el tiempo.

Ahora, se daba cuenta de que aquella sonrisa, la auténtica, ya no estaba. Cuando él la besa, la acariciaba, cada vez que le dice lo mucho que la quiere, también sonríe; pero no siempre y al hacerlo… Apretó puños, comenzaba a odiar esa sonrisa lejana, ausente, casi indulgente. Él no podía preguntar. Por pura cobardía de provocar una reacción en cadena cuya consecuencia no estaba dispuesto a afrontar. Era mejor tenerla a su lado aunque solo fuese en el sentido físico. Con eso le bastaba, con una parte, con un fragmento de Elsa, era suficiente. Abrió los ojos y observó el techo.

Lo que más le costaba aceptar era que Elsa pudiera ser feliz a lado de alguien más. Que fuera capaz de abrir su coraza a otro hombre, cuando a él apenas le dejaba llegar a los muros. Apretó los dientes. Se sintió como una goma que se estiraba y se estiraba y que, tarde o temprano, se rompería. Se sirvió otro vaso de whiskey y consultó una vez más la hora justo cuando la puerta emitía un chasquido. ¿Cómo sonaría él cuando finalmente se rompiera?