HOLA! LO SÉ, HA PASADO MUCHO DESDE LA ULTIMA VEZ QUE ESTUVE POR AQUÍ, PERO ESPERO PUEDAN DISFRUTAR EL CAPITULO Y PERDONARME POR EL TIEMPO DE ESPERA.

LOS QUIERO LECTORES!

YA SABEN QUE SI LES GUSTA LA HISTORIA PUEDEN DARLE AMOR CON SUS COMENTARIOS, ME GUSTA MUCHO LEERLOS.

DISCLAIMER: FROZEN NO PERTENECES, LA OBRA ES MIA.

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El silencio reinaba en la oficina. Habían hablado, de asuntos formales, de la boda que estaba al caer y de negocios la principal razón de que se encontraran allí tan temprano. Elsa parecía distraída como nunca esa mañana y él claramente lo notó. Su hija jugaba con el bolígrafo en su mano o enredada sus dedos en su trenza cuando tenía en mente algo más interesante que los negocios. La miró un segundo preguntándose cuando perdió la habilidad para hablar con ella. Preguntarle cómo se sentía, cómo estaba realmente.

De pronto le parecía que hacía ya demasiado tiempo de aquel día en que la vio entrando a su oficina con andar firme, para luego decirle que quería seguir sus pasos, que ella tomaría el lugar que Tarzan dejaba libre al marcharse tras Jane Porter. Él no se negó, aunque se mostró sorprendido, no podía negarlo. Siempre pensó que Elsa se dedicaría algo que amara, pero al no ser así… que quedaba más que enseñarle todo lo que sabía. La envió a las mejores universidades, pero Elsa… ella mostro tener madera para los negocios, instinto para los acuerdos, dureza frente a los hombres que no querían dar el brazo a torcer; si ellos eran duros su hija era mucho peor. Hojeó distraídamente el contrato que tenía en la mano, se sentía tan orgulloso. ¿Se lo había dicho alguna vez?

― Padre, ¿sabes si Westergard tiene las manos sucias o si se las ensuciaría?― enarco una ceja no comprendiendo del todo a donde quería llegar su hija con aquella extraña pregunta.

― Eso depende de que estemos hablando.― Elsa pasó la página en silencio como fingiendo estar concentrada.

― Me refiero así ha matado a alguien o si crees que podría hacerlo.― Pronunció aquello como si hablara del clima. Él dejo de lado los papeles y dirigió toda su atención hacia ella.

― Nada que pueda probarse.― confesó, no había nada que ocultar con respecto a eso. Los casos eran conocidos, pero Westergard siempre logro salir bien parado. Su hija se hundió en algún pensamiento.― Pero debo preguntar, ¿a qué se debe semejante curiosidad?― Elsa se encogió de hombros.

― Voy a casarme con su hijo.― dijo con simpleza y, lo que a su parecer, sonó como amargura. Ella volvió los ojos a los papeles pero él se quedó observando sus gestos encontró algo en ellos esa mañana que le resultaba extraño. Suspiró. Elsa era igual a su madre, pero de alguna forma también tan parecida a él y en ese momento era evidente que alguna cosa estaba inquietándola. Volvió los ojos al contrato mientras su mente se fue a la conversación que había mantenido con Idun la noche anterior.

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―Ella no es feliz. ¿Es que acaso no lo ves? ¿O es que el dinero vale más que la felicidad de tu hija, Jack? Porque si es así, dímelo y ya mismo armaré mis maletas.― le dijo aquello con una contundencia que lo hizo dejar de lado el vaso de whisky añejo que tenía en la mano.

― Iduna, por favor.―

― Solo piénsalo, si obligas a nuestra hija a casarse tomare mis cosas y saldré de esta casa para siempre. Esto no es en una negociación, Jack.― le dijo sentándose frente al espejo de su cómoda. Él bebió un trago de whisky, lo necesitaba antes de decir lo que iba a decir

― Pero su boda si podría serlo. Mira el revuelo que causo el compromiso, las ofertas que nos han llovido con solo anunciarlo.― exclamó, ella se giró lo miro profundamente y negó con la cabeza.

― La vida de nuestra hija vale más que esa empresa tuya, más que nada en este mundo. No seas como tu padre, ni tampoco seas el monstruo que todos piensa.― se puso de pie aproximándose a él y poso una mano cálida en su mejilla, sus ojos estudiaron los de él.― estoy segura que tras esa fachada sigue el tierno hombre con el que me case.―

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Elsa dejo una carpeta para tomar otra, él hizo lo propio. Su hija era demasiado para Hans Westergard. Siempre lo había sido. Aquel chiquillo malcriado no merecía a alguien como ella, en absoluto. Era hermosa, inteligente, de carácter difícil pero dulce como algodón de azúcar. Realmente demasiado para el último vástago de Westergard.

Carraspeó para llamar su atención.

― Me gustaría... que seas sincera conmigo.― su hija suspiró y cerró la carpeta que tenía en las manos.

― Pues me parece que el capital que piden no está nada mal y la producción promete lo suficiente como para…― la llamó al silencio con un gesto de su mano.

― No me refería a los contratos, hablo de tu boda con Westergard, ¿Es lo que realmente quieres?― se percató de como los ojos de Elsa se fijaron en algún punto más allá de su cabeza, en las montañas que podían verse desde su oficina. Suspiró una vez más, solo que es vez era un sonido cansino, deposito la carpeta sobre el escritorio.― Solo deseo escuchar la verdad.― pidió aquello con toda sinceridad.

Ella dejo que su mirada encontrara la suya. Se veía agotada y fue entonces cuando noto que era aquello extraño en su rostro, que era esa cosa que a él le estaba resultando tan extraña, parecía imperceptible escondido bajo el maquillaje, sin embargo, allí estaba… Apretó la mandíbula con fuerza y se enderezo aún más en su silla.

―No, no quiero casarme con él.― fue lo primero que salió de sus labios. Él notó que tenía el cuerpo tenso como cuando era pequeña y estaba a punto de recibir un castigo a causa de alguna jugarreta que hubiera llevado a cabo. Intento ablandar el gesto mas esa respuesta era un baldazo de agua helada. Carraspeó.

― ¿Y qué es lo que quieres, Elsa? ¿Acaso…― titubeó ante lo que iba a decir.― ¿Acaso es por Krommer?― preguntó sin comprender. Ella soltó una risilla y miro al techo como si sus palabras fueran una burla.

―Claro que no, padre. Víctor… es un buen amigo, pero solo eso.― de repente su postura cambio por completo, jugueteo con sus manos nerviosa, tomó aire. No había diversión en sus ojos había algo más profundo. ― Es… por Anna Summers.― la habitación se vio envuelta en silencio. Algo se volvió caliente en el estómago de Jack, pero desaparición en el momento en que una sonrisa se adueñó del rostro de su hija, sus ojos brillaron y su rostro se ilumino. ¿Era alivio, felicidad?― Ella… es como el sol que entra por la ventana en un día frío. Es el aroma a flores que llega con la primavera. Jamás pensé que sentiría algo así. Algo tan grande, pero… cuando la conocí supe que todas las piezas encajaban, supe que todo lo que había estado buscando estaba allí, en el espacio entre sus pecas, en su sonrisa, en lo profundo de sus ojos.― Elsa hizo una pausa, resplandecía. Esa era su hija siendo valiente una vez más.― Así que si quieres la verdad…― lo miro a los ojos con la misma seguridad que hacía años cuando entro a su oficina a decirle que tomaría el lugar de Tarzan.― Pues allí la tienes. No quiero casarme con Hans, no quiero tener que fingir en las reuniones, en las cenas de salón, en la calle. Estoy harta y…― Elsa se llamó al silencio cuando lo vio ponerse de pie bruscamente.

Una mujer, tenía una y mil preguntas al respecto; sabía que Iduna estaba al tanto y era por ello que seguramente ya lo había amenazado con marcharse. Su esposa era ante todo una estratega. Negó con la cabeza mientras se volteaba para contemplar las montañas. Pensó en aquella marca oculta con tanto cuidado. Cualquier cosa era mejor que aquello y él no le permitiría nunca a Westergard algo asi…

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La oficina parecía contener la respiración, expectante, esperando que Jack Arendelle dijera algo, que al menos se moviera. Elsa pasó saliva y tomó el valor que el cansancio le estaba brindando para llamar a su padre. Al fin lo había dicho, al fin…

―Papá.― su voz tembló llevándose con ella la seguridad que pensó había ganado. Él se volteó y la miró no con dureza como hubiera esperado, sino con cierto cariño y hasta se atrevería a decir que con dulzura.

― Acércate un momento.― le pidió. Elsa respiro hondamente antes de ponerse de pie y atravesar la oficina. Se colocó frente a su padre, este parecía cargado con emociones.― Junto con tus hermanos tú eres uno de los tesoros más preciados que tengo. La compañía es importante, claro… el dinero, la reputación de nuestra familia lo son sin duda, pero hija…― hizo una pausa y la sujeto del mentón para observar mejor su rostro. Elsa sintió cierto pánico, tenso el cuerpo, la marcar del golpe que Hans había dejado aún no se borraba del todo y aunque ella tomó especial cuidado al taparla con maquillaje esa mañana no estaba tan segura de que no se notaría a tan corta distancia. Su padre entrecerró los ojos antes de soltarla con delicadeza, suspiró y se volvió para contemplar las montañas.

― ¿Recuerdas la historia de tu madre y mía?―

― Claro, es la favorita de mamá para cualquier fiesta especial― afirmó. Su padre rió por lo bajo.

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Tenía 23 años cuando termino la universidad, se hallaba en Dinamarca por órdenes de su padre en busca de inversores para una nueva idea de negocio "de lo más revolucionaria" así era como debía venderla. Y aquel día se lo paso de reunión en reunión hasta que Thomas uno de los amigos de la familia lo llamo para invitarlo a una pequeña fiesta que organizaban en honor a que su hijo menor se iría a américa para comenzar una nueva vida.

Claro que Jack se lo pensó dos veces pero terminó aceptando la invitación. Así que allí estaba vestido con su smoking más elegante y bebiendo champaña junto a una piscina que simplemente cumplía la función de decorado, había hablado con otros invitados e incluso llego a un acuerdo para nueva reunión de negocios. Era una noche fructífera y comenzaba a pensar en su retirada cuando sin que se lo esperase Thomas se aproximó con una dama que lo dejo sin aliento, aquella joven era sin duda la más hermosa que jamás había visto.

― ¿Cómo lo estás pasando, Jack?― le pregunto Thomas a modo de saludo. Él elevo su copa y acompaño el gesto con su mejor sonrisa.

― De maravilla, una noche esplendida― respondió, Thomas asintió.

― Entonces me alegro de haberte insistido en que vinieras.― apremió, entonces miró a la joven a su lado y él corazón de Jack se detuvo un instante al escuchar de quien se trataba.― ¿Ya conoces a Iduna Winter, no?― y eso era una broma del destino. Ella sonrió ampliamente al verlo quedarse de piedra.

― Claro que nos conocemos, Thomas, pero no comprometas al joven Arendelle con este saludo.― dijo sin más. El recuerdo de una niña que colgaba de un árbol sobre él se apareció y se esfumo al instante.

― No es ningún compromiso, Iduna. Es un placer verte después de… ¿Cuánto ha sido?― fingió no recordar el tiempo.

― Cinco años, quizás seis... No lo sé, el tiempo pasa rápido.― dijo.

―Entonces es momento de que se pongan al día, ¿no?― interrumpió Thomas soltando el brazo de Iduna y haciendo una seña a algún otro invitado, Jack ni siquiera fingió ver de quien se trataba, sus ojos estaban perdidos en la mujer que tenía delante.

―Tú ve, nosotros nos podremos al día, siempre que Jack así lo desee.― dijo Iduna devolviéndolo a la realidad. Miro a Thomas y asintió.

―Será un placer, claro. La noche es larga.― agregó antes de que Thomas se marchara. Él jugueteo con su copa en la mano, la champaña ya estaba caliente seguramente, pero no le importo se la zampo de un trago. Entonces escucho la risa de Iduna, y un calor se instaló en su estómago, se lo atribuyo a la bebida.

― Si mi compañía te hará beber así, lo mejor sería que me marche, no quiero que termines hecho girones por ahí.― él elevo las cejas y negó con la cabeza.

― No, no, por favor quédate. Realmente, solo me tomaste por sorpresa, no te reconocí.― ella lo miró y con un gesto atrevido pero cotidiano le acomodo el pelo. El corazón de Jack se detuvo, el aire se llenó de su perfume.

― Eres un libro, Jack. Note que no sabias quien era desde que nos estábamos acercando. Y sin embargo, tú sigues siendo el mismo, esos ojos no han cambiado, ni tu ceño fruncido.― agregó. El calor en su panza se extendió por todo su cuerpo. ¿Qué era aquello? Se preguntó.

― Tus ojos también son los mismos y tu risa burbujeante.― se encontró diciendo, Iduna le hizo un gesto que él no descifro.

―Cuidado con lo dices, Arendelle. Recuerda como son las cosas.― advirtió ella. Él lo recordaba, su padre odiaba a los Winter. Según sabia fue su amigo, el padre de Iduna, quien robo sus ideas e hizo fortuna traicionándolo. Pero de aquello… hacia tanto tiempo, y además, que tenían ellos que ver con la pelea entre sus padres… Iduna saludo con un gesto a alguien a lo lejos.

― No creo que eso importe esta noche, estamos tan lejos de casa... yo no le diré nada a mi padre, ¿tú lo harás?― cuestionó, ella entrecerró los ojos como buscando algo en sus palabras.

― Deberá ser nuestro secreto.― dijo con una sonrisa.

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Después de aquella lejana noche donde se vio obnubilado por la increíble belleza de Iduna, se habían vuelto a encontrar otras veces en secreto todo lo que duro su estadía en Dinamarca y luego cuando volvieron a Noruega. Día tras día tenía que encontrar una excusa y hacerse de tiempo en su agenda para verla. Aquel secreto se fue haciendo más íntimo, más arriesgado y a medida que crecía también lo hacían sus sentimientos.

Jack miro a hurtadillas, su hija esperaba paciente que dijera algo.

― El día que le dije a tu madre que estaba cansado de esconderme, que quería casarme con ella, me sentía el hombre más valiente del mundo. Pero luego cuando fui con tu abuelo y él me escupió a la cara diciéndome que jamás vería un centavo de su fortuna, que desde ese día dejaba de ser su hijo, me volví un cobarde que se preguntó si ese amor valía la pena, si valía perder a mi familia por una mujer. Tarde unos días en darme cuenta de la verdad― hizo una pausa se giró hacia su hija.― ¿Sabes cuál era esa verdad?― preguntó. Elsa negó con la cabeza.

― Que no perdía a mi familia, yo la estaba ganando.― afirmó.― enfrente a tu abuelo y en ese instante, cuando me marche de casa con mi madre llorando y sin nada en los bolsillos me dije que nunca le haría algo así a mis hijos. Jamás los obligaría a elegir entre la persona que aman y su familia. Sabría de ante mano que ellos elegirían al amor, porque eso… eso es la familia.― Jack respiro hondo, sentía como se le hubieran sacado un velo que tenia ante los ojos, ante el corazón. El negocio se iría al cuerno, la campaña tal vez podría salvarse, pero su hija, sin duda ella… los brazos de Elsa lo envolvieron en un abrazo que casi lo deja sin aire.

― Gracia, papá. Gracias.― los ojos de su hija se llenaron de lágrimas, la abrazó fuerte. Su niña se merecía aquello, se merecía ser feliz. La apartó con cuidado y le limpió la cara como cuando era pequeña.

―Quiero que seas feliz con quien elijas. Así que solo vete, yo me encargare de todo, de la prensa, de Westergard y…― ahora entendía la pregunta que su hija le había hecho.― y no te preocupes yo las cuidare a ambas. Pero tal vez sea mejor que se vayan del país un tiempo.―

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Elsa tenía mil cosas en la cabeza, en el pecho, pero solo una sobresalía entre todas ellas podría estar con Anna.

Podría estar con Anna.

Harían una vida juntas, despertaría cada mañana a su lado, la besaría todo lo que deseara y sin miedo. Se terminó de secar las lágrimas, no cabía en sí de felicidad. Siguió con la mirada a su padre que ya caminaba hacia su escritorio.

―Papá, yo no sé cómo agradecerte. Tenía tanto miedo y… lo siento tanto.― las palabras se amontonaban en su garganta y formaba un nudo que… su padre la sujeto de los hombros.

― No tienes que disculparte por nada, Elsa. Soy yo quien lo siente. Te puse en esta situación. No puedo creer que estaba por obligarte a ser infeliz por el resto de tu vida. Lo lamento tanto.― ella lo abrazó una vez más.

― Gracias.― era todo lo que podía decirle y lo soltó. Él le revolvió el pelo antes de alejarse.

― Lo mejor será que se marchen lo antes posible, aquí tengo los papeles del avión privado iras al aeropuerto y hablaras con Eugene para salir hoy mismo, luego empacaras tus cosas e iras por Anna. Yo hablare con Westergard una vez que tú y ella estén lejos de aquí. ¿De acuerdo?― le dijo eso mientras llenaba un cheque que le extendió.

― Cámbialo antes de irte. No quiero que uses las tarjetas a menos que sea necesario Westergard puede ser peor de lo que imaginas.― agregó, Elsa tomó el cheque y miró a su padre sin creer que ellos iban a relacionarse con esa familia.― Lo sé, lo siento. Lamento no haberte advertido. Toma esto como mi intento de redimirme― dijo apesadumbrado. Ella se aproximó y volvió a abrazarlo quizás sería la última vez en meses.

― ¿Qué pasara con ustedes, contigo, con tu campaña?― pregunto soltándose. Su padre sonrió.

― No te preocupes por eso. Estaremos bien. Solo vete, ahora.― le dijo. Ella sintió su corazón hacerse pequeño, abrazó una última vez a su padre y comprendió que aquel era el mayor regalo que le había hecho. Su libertad. La libertad de amar a Anna sin miedos. Sin obstáculos.