PRIMERA PARTE.

Candice se allaba entrenando como todos los días desde que a sus once años habia salido de su hogar, cuando perdió a su familia y tuvo que dejar la penosa situación, en condiciones lamentables, Candice había sido la única sobreviviente del palacio White. Ella era una princesa, la mas pequeña. Si no hubiera sido salvada por Archie, Stear, Anthony, y su mentor Albert sus ahora amigos, su situación hubiera sido una muerte segura. Había crecido en un lugar tradicional y creyente de culturas, liderada por el jefe Andrew. Desde aquella noche fatídica habían pasado ya once años.

Pero que ella recordaba como si hubiera sido ayer.

Once años atrás

Las conquistas territoriales a manos de rebeldes sucedieron en tiempos remotos. Era una pesadilla que en pleno siglo XXI, pudiese seguir existiendo. Era imposible de creer. La realidad era que existía. El Rey William White Ándley había tomado todas las precauciones posibles. Él monarca sabía que su territorio podría ser invadido en cualquier momento. Él bienestar de su poblado pequeño y lejano dependía de William White Andley, así como todos sus habitantes. Pero sabía que sus tierras eran codiciadas por el enemigo, sus recursos de Petróleo y minerales; permitía ser una población productiva y próspera. Los Reyes eran bondadosos, justos, y se preocupaban por las necesidades de cada uno de los habitantes que vivían en el poblado. Pero la ola de violencia parecía no tener final, y a pesar de que el Rey, William White Ándley había hecho doblar la seguridad para mantener tranquilo a su reinado y evitar una invasión, la maldad y la crueldad de esos hombres no tenía límites. La justicia, grande y precavida no podría hacer nada para intervenir. Cada poblado que tuviera un Rey era responsable de sus leyes y su propio código penal. Las preocupaciones del Rey William White Andley se hicieron realidad más pronto de lo que el monarca hubiese esperado..

El viento encerrado arrastraba el aroma metálico de la sangre. La princesa Candice vio su vestimenta con unos ojos llenos de miedo, y dolor. El vestido que por la mañana era de color blanco perlado, había sido usado una sola vez; ese espantoso y trágico día, ahora estaba rasgado, sucio, y con manchas de sangre por los arañazos en su cuerpo que no había podido evitar, cualquiera pensaría que lo había sacado de un basurero, y usado para fregar los pasillos y salones de la realeza. Pues era verdad, La princesa Candice era la más pequeña de las tres hijas de los Reyes, La princesa Candice había recorrido pasillos y salones arrastrándose, para luego apegarse a las paredes de pasadizos. Pasadizos secretos que pocas personas conocían en el palacio, Candice rogó para que siguiera siendo un secreto, su vida dependía de esas, estrechas paredes, huecas y llenas de telarañas. Lo único que debía hacer ahora la princesa Candice, era encontrar una salida libre de peligro y sobrevivir. No podía confiar en nadie. Ni siquiera en sus propios guardias. En aquel momento la seguridad del palacio podía haberse aliado con el enemigo. Apesar de la corta edad de la princesa Candice sabía bien lo que tenía que hacer. Había sido la única que pudo escapar de los hombres que mataron a sus padres y a sus dos hermanas. Candice deseaba fervientemente pedir ayuda y escapar de una muerte inminente. Pero ahora estaba sola ante una situación desgarradora y rodeada de maldad. Era sensaciones que nunca habían formado parte de su protegida vida. Sentía el corazón golpeándole frenéticamente el pecho. Aún no podía creer lo que acababa de suceder. Su familia, Su padre, el Rey William White Andley, su madre, la Reina RosJazmíne White Andley, una mujer tan bondadosa con todo aquel que venía a ella, y sus dos hermanas mayores, La princesa Elisabeth, y MaryAnnie habían muerto, Y, ella lo había visto todo. Las imágenes, iban sumiendo a la princesa en una clase de shok, a medida que la adrenalina iba bajando su intesidad. La princesa Candice permanecía a la expectativa de cualquier movimiento o sonido por minimo que pudiera surgir a su alrededor. Candice había sido instruida en el manejo de la seguridad del palacio, aunque había detalles que por su corta edad y siendo mujer no conocía. Todavía era una niña, de tan solo once años y que acaba de quedar huérfana, conocía cada una de las compuertas traseras, que daban a los establos, el jardín, y los campos que se usaban para entrenamiento de la guardia real. Había un regimiento de hombres custodiando cada entrada o salida del palacio las veinticuatro horas del día todo el tiempo. El problema era que los enemigos habían matado a todos los que rondaban esas zonas, otros se habían vendido y aliado a los enemigos. Mientras Candice recorría los estrechos pasadizos sus fosas nasales percibía el olor a la sangre con mayor intensidad, el desagradable olor le empezaba a causar arcadas, Candice tubo que parar un segundo, antes de seguir avanzando con mucha cautela, pues no pudo más y devolvió los alimentos del desayuno evitando hacer un mínimo sonido que la delatase.

Ahora era huérfana con el único afán de salvar su vida. Candice sabía lo que ocurriría si alguno de esos desalmados la encontraba, antes de matarla sabía lo que harían con ella, lo que inevitablemente vio que hacían en los cuerpos de sus dos hermanas, Candice no sabía si eso era lo que ocurría en una invasión para quedarse con el reino, como fue en su palacio. No importaba si tenía cinco, diez años o cien años de edad; la venganza y el odio no conocía límites, en especial un reino tan rico en recursos, como era el caso del pequeño reinado White, que había sido de su ahora muerto padre, El Rey William White Andley . Ahora Cadice era la única princesa sobreviviente de la casa real White, sabía que tenía sobrevivir, porque sus padres y hermanas estaban muertos, y ella tenía que permanecer viva si quería vengar a su familia. No le gustaba la violencia, pero de ello dependia conservar el lugar que por derecho de sangre le pertenecía. Él reinado White, Ella era la tercera en la línea Candice tenía que descubrir quiénes estaban detrás de toda la desgracia que, a su corta edad todavía no era capaz de comprender.

Candice había observado el trono de sus padres cubierto de sangre antes de que su madre la hiciera escabullirse de los enemigos. Tal vez pensarían que habían acabado con toda la familia real. Había visto por última vez; la mirada de amor que su madre le dio antes de ser tomada sin pudor alguno junto a sus hermanas. Los gritos de dolor y el llanto de sus hermanas se había quedado en su memoria para siempre. Pero la princesa sabía que llorar no iba a regresarle a su familia. Tenía que ser fuerte para recuperar lo que por derecho le pertenece.

Mientras analizaba como pasar desapercibida, Recordaba como había sido instruida con tutores de gran experiencia y sabiduría. La princesa era astuta, sagaz, su problema era que decía las cosas sin disfrazar, su sinceridad había sacado de quicio más de una ocasión a sus instructores.

Si lograba llegar a los establos podría montar su caballo. Añoraba poder rescatarlo, pero sabía que estaría poniéndose en riesgo. ¿Cómo podría escapar? La pregunta la estaba llevando a perder la paciencia. Candice era inconfundible. Tenía una belleza resplandeciente a pesar de su corta edad, Todos en su reino conocían a las hijas del Rey. La distinción de Candice, y sus hermanas muertas era el color verde esmeralda de sus ojos, que habían heredado de su madre. No había nadie más con ese color en toda la población, Candice además era querida por las familias de su reinado, pero toda esa gente inocente, ahora creía que Candice había muerto, como toda la familia real. Pero no estaba muerta. Candice contuvo las ganas de gritar y las arcadas que le atravesaban en la garganta mientras pasaba junto a los cuerpos sin vida; en su mayoría la guardia real. Los muebles estaban destrozados, había vidrios de las ventanas rotos, y las cortinas manchadas por la sangre. Candice cerro sus ojos y apretó sus puños por la ira que a su corta edad comenzaba a sentir. Tomo aliento y hasta que consiguió calmarse siguió en su tarea de escapar del palacio. Sus nervios cada vez la hacían sentirse débil. Su única opción en ese momento era salir por la puerta del servicio, que había en la cocina, estaba muy cerca. Cuando llegó al cuarto de despensa. Se oculto tras una cortina dorada de lana, e intentó armarse de fortaleza. Espiró con suavidad y movió el pesado material de la cortina, solo un poco. Miró a un lado y a otro.

No había nadie, Candice sintió alivio. Desde su posición pudo observar el pequeño jardín que había sido su lugar preferido, ahora destrozado. Las rosas que habían plántado hacia unos meses cada una de sus hermanas y ella estaban cortadas por armas de filo. Sacudió la cabeza. Estaba a un pasmo de salir de su escondite cuando unos dedos grandes y fríos cubrieron su boca,

Candice se trago el grito por miedo a alertar a más personas, simplemente se quedó quieta. Eso no impidió que su cuerpo se sacudiese de terror, ni que los latidos del corazón se desbocaran. Podía dar patadas o morder la mano, pero, sabía lo ocurriría si lo hiciera.

―No hagas ruido, jovencita. ¿Entendiste? ―dijo la voz desconocida, Candice supo que era de un joven a pesar de tener una voz ronca pero no desagradable, La princesa Candice tragó en seco―. Has tenido suerte de que haya sido yo quien te encontrará moviéndote tras esta cortina, qué bonito escondite el tuyo ―Dijo él desconocido burlándose ―. Más sigiloso es un pajarito que tú. ―A pesar de estar agotada, Candice no evito que ese comentario la molestará demasiado y estaba a punto de decir algo, pero fue cayada al momento ―. Shhh, ni lo pienses. Ahora pon mucha atención. Voy a quitar la mano de tu boca, pero si gritas, entonces voy a apretar tu cuello hasta que dejes de respirar. ¿Te queda claro? La princesa asintió.

Los dedos cedieron a la presión que había sentido en sus labios.

―Por favor,… ―Dijo en cuanto pudo decir algo aunque en un hilo de voz, pero sin atreverse a mirarlo―, puedes quedarte con todo; Yo tan solo quiero escapar… No me quites la vida. Terrence frunció el ceño

―¿Quién eres, jovencita? ―Terrence pregunto, sintiendo una sospecha. El tono de voz con que él le hablo era amenazante, pero la princesa no sentía amenaza con él. «¿Estaría volviéndose loca y empezando a confundir la maldad con la bondad?» Candice tomó una bocanada de aire antes de decir quién era. Si es que todavía era.

―La Prince… No termino por qué el extraño la giró con brusquedad para mirarla a los ojos.

―La princesa Candice, La más pequeña de las tres hijas del Rey William White Andley ―completó al reparar en el inconfundible tono esmeralda de su ojos, y que distinguía a la familia Real―. Todos creen que estás muerta, y están buscando tu cadáver entre los empleados del palacio, o mejor diría entre todo el personal de servicio ya muertos.

―Yo… ―Candice bajó la mirada angustiada, y sintió afligía. La gente que servía en el palacio llevaba con ellos desde hacía generaciones, ahora estaban muertos. Candice levantó la mirada, no podía ver nada, las facciones del desconocido, porque su rostro estaba cubierto por una tundra con varias capas gruesa llevaba una capucha cubrían su identidad. Lo único visible eran los intensos ojos azules o quizás eran verde azul, no estaba muy segura. Era alto, delgado, pero no parecía un asesino. Candice miró ambos lados de sus brazos, Él seguía teniendo sus manos en sus hombros. Al percatarse Terrence retiró sus manos, y ella creyó ver una marca de tinta roja y negra en la parte de la muñeca derecha. ¿Dos leones con espadas ? o algo parecido. Candice creyó que ya empezaba a ver de más. Su mente empezaba a jugarle una mala pasada; estaba emocionalmente agotada, y físicamente extenuada. Y creía que en cuál quier momento se iba a desmayar. Ella no era frágil, ni una debilucha, pero el olor de la sangre le había provocado un dolor en la cabeza que le daba mareos.

―¿Cuál es tu nombre ? ―le preguntó Candice, y se aseguro de sonar tranquila. Sabía que no debía tratar con brusquedad a un animal salvaje. La princesa tenía la certeza de que tenía que proceder con cautela en esta ocasión. Tal vez ese extraño parecía calmado, pero no quería cometer la imprudencia de provocarlo y que la terminase matando. Aunque no parecía en nada a los hombres que mataron a sus padres, el corazón volvía a oprimirse. Tenía que ser fuerte.

—No es de tu interés. Terrence no sabía cuánta paciencia tendría antes de explotar. Aquella niña hablaba mucho y preguntaba cosas que el no podía responder, por qué era su peor enemigo.

―¿Por qué está haciendo todo esto? ¿Quiénes son ustedes? No vistes uniforme como tus aliados, ni has gritado o clamando causa alguna… —Él la miro con cara de fastidio. Pero decidió calmar un poco el temblor de la joven.

―Si supiera los motivos detrás de cada incursión que hace este ejército, créeme, podría tomar medidas. Candice no comprendía el significado de esas palabras.

―¿Me vas a matar? ―preguntó en un murmullo que no ocultaba la resignación. El muchacho, que no debía pasar los dieciocho años, negó con la cabeza, enojado por la pregunta.

―Si alguien descubre que estás viva, no pararan hasta atraparte y mataran a los pocos que han dejado vivos.

—¿Entonces, que hará con migo? Terrence frunció el ceño. No tenía ni una puñetera idea de eso, pero algo tenía que hacer, Había ido para detener a su padre, desgraciadamente no llego a tiempo, si ayudaba a escapar a la princesa por lo menos había valido de algo su intento de no ser como su padre, Richard GrandChester.

—Ellos querrán una prueba de que estás muerta al igual que tus padres y hermanas. ―Terrence bajó la mirada, brevemente― Necesitan a todos los de la realeza White muertos para reclamar el trono.

―¿Tú…? ¿Tú tuviste algo que ver en la muerte de ellos? ―preguntó con una mezcla de dolor, rabia e impotencia.

―No ―replicó de inmediato, ésta vez ofendido―, pero no soy un santo. He llegado hace poco para tratar de impedir esta masacre, pero ha sido demasiado tarde. Candice frunció el ceño.

—Como te ha… fue interrumpida al momento

―No puedo seguir hablando contigo, no si quieres que te perdone la vida ―zanjó con brusquedad, Candice parpadeo y sus ojos brillaron, después y con resignación asintió―. Vas a tener que ser valiente. Tengo que llevar una prueba de que estás muerta.

―¡¿Qué?! ―preguntó asustada.

―Déjame hacer ―dijo él empezando a agarrarle los bajos del vestido que, esa mañana, había sido de un resplandeciente tono perlado.

—No, espera, ¿que estás haciendo?

—No, te voy a lastimar. Puedes confiar en mí… o intentarlo al menos.

Candice hizo una mueca, porque ambos sabían que no tenía otra salida.

Terrence empezó a hacer jirones la tela con pasmosa rapidez. Después aplicó los mismos movimientos a las mangas del vestido, cuando le agarro el pelo, con un rápido movimiento, Candice lo detuvo, agarró su mano, pero al comprender que era necesario si quería vivir , la soltó. Terrence que con un solo movimiento, trozo el cabello rizado que Candice había adorado cada mañana. Ella sabía que llorar no serviría de nada. Ahora también perdía su larga y sedosa cabellera rubia

―Princesa. Ahora viene la parte más difícil, ―dijo Terry. y en su tono no existía un atisbo de burla o ironía como Candice había esperado. Candice elevó la mirada con determinación. Terrence sintió un dolor en el pecho. En los ojos de la princesa no había nada. Estaba vacía. La princesa jamás volvería a ver el mundo de la manera que lo había hecho todos los días, desde que nació, hasta este día. Terry se sintió mal por la chica.

―No soy ya una princesa ―dijo mordiéndose el labio interior con fuerza―. Si este grupo de hombres viene contigo, entonces ya debes saber que me han despojado de todo. Mi título real debe ser solo un trapo sucio y lleno de sangre inocente… Terrence puso un dedo sobre sus inocentes labios y meneó la cabeza de izquierda a derecha, y ella cerró la boca.

―Ni el oro, o las coronas, ni los títulos te hacen una princesa.

―¿Entonces...? ―preguntó agachando la cabeza, tímida

―La valentía de tu interior, cómo la rosas de tu jardin, Así vas a florecer pequeña, siempre serás una princesa. Candice lo miró con esperanza.

―La última rosa del portal ―dijo bajando la mirada al recordar las rosas que habían destruido los hombres en la invasión del palacio, pensando en la pérdida, su familia, su hogar, sus amigos, los empleados a los que ella siempre les tuvo cariño. Todos sus animales. Terrence se encogió de hombros. No tenía tiempo que perder.

―Debo hacer una herida en tu cuerpo― Terrence sacó un pañuelo sucio del bolsillo―, muérdelo con fuerza cuando sientas dolor.

― ¿Tendré una herida…?

―Intentaré que sea rápido en una pierna y no será pequeña. Tendrás una cicatriz ―Candy se sintió con ganas de decir que no, pero al final asintió―. Tu sangre la juntaré con tu mechón de rizos, y tu vestido, eso bastará para que te crean muerta.

Trás haber hecho una profunda herida, ahora vendada con un trozo de tela. Terrence le ordenó.

—Bien es hora de salir de aquí, a cuenta de tres, tú vas a seguir mi paso, mantendrás la mirada en el suelo, no abrirás la boca, no te quejarás ¿Entendiste? Terrence no espero su respuesta, comenzando a caminar

―Espera… ― Pidió la princesa .

—No tengo tu tiempo, ―dijo Terrence con fastidio―. Así que habla rápido. Candy apretando los puños por dolor que le quemaba la pierna, lo agarró con fuerza del brazo.

―¿Quién eres? Por favor. Terrence molesto se zafó del agarre.

―Soy tu peor enemigo, y por ahora, tu única vía de seguir viva ―dijo de mala gana cruzándose de brazos.

―¿Por qué me perdonas la vida?

―Porque no me parece en lo que están haciendo con tu pueblo, no creo en las invasiones ni en las torturas de inocentes. Tampoco en los asesinatos.

―Gracias…

―No me la des, porque puedo cambiar de opinión ―zanjó, fastidiado. Tenía otras cosas de las cuales ocuparse. Por ejemplo Richard GrandChester, su padre y el culpable de esta tragedia.

Candy agachó la mirada y mantuvo la boca cerrada, procuró no quejarse del dolor en la pierna, mientras salía del palacio.Su hogar, La princesa pensaba en ese chico que no la trataba con delicadeza, pero ella tampoco lo reprochaba, después de todo le había salvado la vida, era un hombre bueno aunque queria demostrar que no; era su Salvador. Ahora solo necesitaba ser libre.

Candy miro con tristeza la calle, empolvada e impregnada de desolación, así como de gritos a lo lejos, Le Pareció ver a su Salvador hablar con alguien, pero ella estaba concentrada en las destrozadas rosas de su portal. Pronto se encontró en brazos de él, para luego sentir un golpe en el costado.

Él la había tirado como un costal de basura, contra montones de frutas o verduras. Candy se aclaró la garganta iba decir algo, pero él pareció darse cuenta de su intención. Terrence tapó la boca sin perder ni un segundo, y luego se le acercó a la oreja para hablarle, mientras fingía estar acomodándola en el interior.

―Estas personas creen que eres una pordiosera y te llevarán con ellos. Pon mucha atención, pueden matarte de un momento a otro o tenerte como una esclava. En cuanto entren a la profundidad de los bosques. A la primera oportunidad que se te presente segura, tendrás que saltar de la carreta, después corre, corre lo más rápido que puedas. No mires atrás. Olvídate de que exististe alguna ves en este palacio, y en este pueblo. Candice asintió, pero él se equivocaba, ella no podría olvidarse nunca, y algún día iba a volver por lo arrebatado a su familia, y ella los iba a vengar, pensó mientras llena de furia que a su corta edad comenzaba a sentir, La princesa Candice intentaba ver el rostro de su Salvador, pero lo que esa ropa oscura escondía lo hacia Imposible, pero los ojos difícilmente no se borrarían de su memoria, los tendría por el resto que le quedaba de vida. ―Ahora estás por tu cuenta ―dijo Terrence, antes de dar golpes a la carreta, y esta pronto empezó a moverse.

Una hora después del constante movimiento de la carreta, Candice vio que entraban en los bosques, La princesa Candice supo que era el momento para su nuevo destino. Se acercó al borde de la carreta, y tomó impulso. Sin pendarlo mucho saltó con fuerza, pero cayó en la pierna herida. Contuvo un grito de dolor cuando aterrizó en el camino polvoriento. La princesa camino por horas. Había tenido que detener a descansar un par de veces, estaba sedienta, cansada y llevando la pérdida de su familia la agotaba aún más . Cuando sintió que sus fuerzas estaban más estables, volvió a la carga, y continuó su paso entre las ramas y arbustos, pantanos de uno o dos pies de profundidad, a veces cayéndose, llorando, gritando, pero sin claudicar. Así se mantuvo durante una noche. No supo cuanto tiempo había transcurrido, pero ya se podia ver el nuevo día. La herida en la pierna le escocia y la perdida de sangre ya la había derrotado, cuando creía que estaba lista, por más que se decía que tenía que ser fuerte, y trataba de darse ánimos, su cuerpo no parecía obedecerle. Pronto la envolvió la oscuridad.

Un ruido estridente la despertó de un solo. Abrio los ojos espantados. Intentó parpadear, pero sentía el cuerpo pesado. No sabía en dónde estaba. Trató, sin éxito, de sentarse, pero una mano la empujó contra superficie. La princesa quiso protestar, pero no encontraba palabras.

―Hey… Tranquila, princesa Candice ―le susurró una voz de tono grave, profunda, y con amabilidad―. Ha tenido suerte, le hemos rescatado en el bosque. Ahora está a salvo. Tomó bastante agua, menos mal, por que estaba deshidratada, luego cayó en un sueño largo. ―Lentamente, Candice giró hacia el sitio desde el que provenía la voz. A su izquierda.

―¿Dónde estoy…? ―preguntó.

―Somos leales servidores de los Reyes White, princesa ―dijo el hombre inclinando la cabeza―. Candice pudo observarlo mejor. Era un hombre fuerte de pelo rubio tenía los ojos azules como el día.

―¿He dormido mucho? El hombre negó. ―Le dimos un sedante, pero de corta duración. Solo así pudimos calmarla, curar sus heridas, porque el estado de shock la hizo pelear contra nosotros creyendo que éramos responsables del terrible incidente que ocurrio dos dias atras en su palacio. Una de nuestras sanadoras se ha encargado de curarle las heridas. Su pudor está a salvo ―concluyó nuevamente inclinando la cabeza, con reverencia―.La princesa Candice no sintió miedo al estar a solas con él. Quizá había perdido la capacidad de sentirlo cuando vio como mataban a sus padres y sus hermanas o tal vez sus instintos estaban más afilados que antes.

De repente alguien entró en la habitación en la que se allaban. La conversación se detuvo.

―Hola, Albert ―dijo un joven que tendría unos tres o cuatro años más que la princesa Candice. Se acuclilló junto a Albert mirando a la muchacha―. Me alegra que esté bien, princesa ―la saludó con una leve inclinación de cabeza. Ella miró a uno y otro.

―Creo que prefiero que no me llamen de ese modo… No tiene sentido… El mas grande sonrió y sus dientes blancos y perfectos, aparecieron al completo. Ninguno de los dos negó o aceptó la petición.

―La cuidaremos, entrenaremos, y protegeremos hasta que esté lista para cumplir lo que tanto insistía entre sus pesadillas ―dijo Albert.

Presente...

―Majestad, los hombres de seguridad están en posición, la ruta está trazada. Solo esperan a que usted suba al automóvil de la realeza para dar inicio a la presentación de su prometida, recuerde que no podran ver su rostro, pero sabrán que ella sera su Reina―dijo Bernard, el consejero y asistente personal del rey. Desde que Terrence había ascendido al trono, seis años atrás, tras la muerte de Richard GrandChester, el rey antecesor―. Su prometida nos honrará con su presencia en el segundo automóvil real, tal como dicta la tradición. Cada automóvil lleva los tradicionales banderines de ambas casas reales que han colocado en los capós de los vehículos oficiales.

―Ser Rey es a veces una mierda ―murmuró Terry, fastidiado―. Seis malditos años y sigo intentando adaptarme a una vida que no pedí. ―Terrence hablo en confianza, sabia que Bernard más que su asistente y consejero era un amigo y tenian la confianza para hablarse sin formalidades una vez estuvieran solos, Bernard lo conocía desde niño, para expresar abiertamente sus opiniones. ―Quizá debí dejar a mi hermanastro ser monarca y así yo estaría dedicándome a lo que me apasiona.

―Criar caballos es una labor noble ―intervino Bernard―, pero este pueblo necesitaba una persona con entereza y don de liderazgo para sacarlo de la miseria. Terrence lo observó con fastidio.

―¿No me digas? ¿Acaso crees que la gente no me compara con Richard ? La gente solo espera mi primer gran error para compararme con él? Este pueblo ha sufrido la muerte y confiar en quién tiene la sangre del asesino, sería pedir un milagro.

―Durante este tiempo solo se ha procurado hacer lo mejor para ellos, no con palabrerías falsas; les ha demostrado que no es como su padre y que ests más que dispuesto a redimir el caos del pasado. El sistema de justicia moderno, ahora esta disponible cob hombres preparados y la figura femenina es una parte importante. La apertura a la inversión de grandes potencias como Estados Unidos, Canadá y Francia empieza a notarse. También ha creado planes de salud para las mujeres de bajos recursos que necesitan asistencia. No puede borrar el pasado de un plumazo, pero tenga confianza, Majestad, en que este pueblo sabrá diferenciar un dictador de un líder.

Bernard estaba orgulloso del hombre que era su Rey, y siempre le sería leal, aunque ―bien sabía― en un futuro quizá podría costarle la vida. Existían muchos detractores e incrédulos de la gestión de Terrence, pero esa era la realidad de un país que apenas empezaba a creer que era posible salir de la tragedia y el horror del pasado.

El día en que Richard asesinó a la familia real, White Andley torturó a los soldados que se negaban a revelar los códigos de seguridad, y los compinches de Richard violaron a las mujeres que se les dio la gana. Terrence había intentado detener a su padre― de los planes para usurpar el trono real. Después de toda la masacre causada, Terrence se culpó por haber llegado tarde con sus aliados decididos a evitar el asesinato de una familia querida y venerada por su pueblo―, después Terrence se sumió en una profunda depresión. Años después, exiliado en las montañas, le llegó la noticia de la muerte de su padre.Richard había tenido un infarto mientras estaba con una de sus amantes. Obligado Terrence salió de su refugio en las montañas y regresó. Tenía la posibilidad de cambiar el rumbo de ese pequeño país, que lo había adoptado sin saberlo, aceptó el reto una Frenta cuerpo a cuerpo contra su hermanastro, Gael, para demostrar que el más fuerte podía reinar, y el otro, continuar su vida como le apeteciera. Gael era un imbécil, y Terrence no quiso darle la oportunidad de continuar en una tierra que no le pertenecía por derecho, sino a consecuencia de una desalmada invasión poco mas de una década atrás.

―Lo sé, Bernad— Dijo el Rey Terrence—, sin embargo, la sombra de Richard me persigue.

―Esta alianza matrimonial será de gran ayuda para que su legado permanezca con un sello de compromiso con su pueblo. Lo verán como un hombre capaz de asumir la responsabilidad de una familia, una nación, y con la intención de crear un futuro.

—No la conozco. Respondió Terrence, la sola idea de tener una mujer pidiendo explicación lo hacía querer salir corriendo hacia las montañas—. ¿No es mejor ser soltero.?

—Ser el rey más joven del mundo, y el soltero más codiciado no le hace bien a un país en el que siempre ha reinado la tradición,

Terrence con un metro noventa de estatura, y un impactante físico que llevaba con grácil elegancia, llamaba la atención sin proponérselo. La barba recortada con pulcritud, así como los caros atuendos que utilizaba para los eventos de Estado, no lograban opacar el aura salvaje que parecía estar cautiva y contenida en el fulgor de esos ojos zafiros e intensos que poseían la capacidad de absorber las impresiones de un entorno con rapidez. No solo eso, sino que poseía una serenidad natural para caminar. Sus pasos no pasaban desapercibidos, porque su sola presencia desprendía una tensión animal capaz de atraer la atención sin proponérselo. ―¿Podríamos cancelar esta función? ―preguntó, consciente de que si quisiera podría detener los preparativos porque era el Rey. Giró una pluma fuente entre sus poderosos dedos―. No considero que resulte tan difícil encontrar una novia adecuada por mí mismo, y sin tener que firmar ningún acuerdo ―dejó la esferográfica a un lado―, creo que soy un adulto con suficiente capacidad para elegir bien.

El asistente y consejero del Rey parecía a punto de sufrir una apoplejía, y eso que era un hombre curtido por su dura vida. Con el rostro agitado se acercó hasta el escritorio del Rey.

―Si usted se retracta, Majestad, corremos el riesgo de entrar en una guerra de la que saldríamos perdiendo, no solo con vidas humanas, sino con recursos que ahora mismo son imprescindibles de salvaguardar. El fallecido Rey, no dejó, como es de su conocimiento, en buena posición a este país ante el resto del mundo.

―Solo accedí a firmar esa alianza para empezar a instaurar un nuevo sistema de alimentación para las personas de bajos recursos, así como planes de prevención de enfermedades..

―Una alianza matrimonial, por más arcaica que le parezca, es la solución perfecta con frutos a largo plazo ―se aclaró la garganta―, y me refiero a descendencia, Majestad. Niños o niñas nacidos bajo este cielo, y no fruto de una revuelta o de un país sumido en el caos. La princesa Marlow aportará con la riqueza, educación y la admiración internacional de la que goza esa casa real.

―¡No he visto a esa mujer en mi vida! ―dijo Terrence dando un puñetazo sobre el escritorio. Le parecía absurdo que el jodido monarca del Medio Oriente no hubiese sido flexible en lo más lógico: que el novio y la novia se conocieran. Bernard sonrió con discreción.

―Debido a las reglas del Padre, que en este caso es el Rey Jacob Marlow, el rostro de la princesa, su hija se ha mantenido siempre en secreto. Solo cambiará el día en que haya un documento pactado y firmado, como lo han hecho, un matrimonio de conveniencia y con la venia de los altos ministros. ―Terrence empezó a pasearse de un lado a otro. Conocía todo lo que su asistente personal estaba comentándole, aunque no tenía por qué agradarle el recordatorio―. Ese acuerdo matrimonial está basado en la confianza, en que usted será un esposo amable y procreará descendencia, y ella, aportará con todas las riquezas, así como la exquisita educación de la que ha gozado toda la vida que lleva preparándose para reinar en el país de su esposo. Él hermano de la princesa será el heredero al trono en un futuro cercano, así que la alianza se transformaría en un lazo todavía más fuerte.

―Viviremos en alas separadas del palacio ―dijo Terrence casi perdiendo la paciencia. El futuro estaba basado en lo que construía en el presente, aunque eso no implicaba que él iba a derrochar su tiempo escuchando sobre asuntos que podría tratar más adelante―. ¿Tienen todo arreglado? ―Bernard asintió―. Yo permaneceré en el ala Oeste, y ella tendrá que conformarse con la vista del Este. Esta es una alianza de negocios, y yo llevo la voz líder.

―Todo está coordinado.

―¿Lista ? ―preguntó Anthony, moviéndose en círculos―. En los cinco últimos encuentros has estado algo distraída.

―No desconfío de mi concentración, ―replicó Candice, haciendo la primera movida. Ambos jóvenes se habían convertido en amigos con el paso del tiempo, y cuando la princesa cumplió dieciocho años fueron novios y amantes; Al principio la princesa creyó que Anthony era su Salvador, Anthony llevaba un tatuaje en la muñeca y Candice pensó que era el chico que la había salvado, pero decepcionada, supo que no había sido Anthony su Salvador, él qué en la noche en que asesinaron a su familia –la había ayudado. La curiosidad que sentia por en ese tema, al parecer no se iba a resolver. El romance entre Anthony y la princesa duró poco y termino convirtiéndose en una buena amistad, Con Anthony había conocido lo que era ser amada y deseada en la intimidad, pero no por eso debían seguir en una relación cuando ambos no sentían lo mismo y sabiendo que no iban por el camino del amor decidieron ser solo buenos amigos

Anthony consideró decirle a Candice lo que sentía todavía por ella, pero no lo hizo porque el momento para ambos no era en esta vida. A partir de la partida que cada día era más cercana sus destinos no volverían a cruzarse. Iba a perder a su amiga, y a cambio, el pais tendría una reina digna de su título. Anthony poseía plena confianza en que Candice lograría sus propósitos con éxito, pero mucho se temía por los problemas que le tocaría enfrentar en un mundo en el que no había participado en once años.

Con el paso de los pocos meses que duro el enamoramiento tonto, ahora tres años después su cuerpo le pedía el contacto sexual. Candice no se arrepentía de algo que le había dado tanto placer, reconocía quevtuvo suerte de no quedar embarazada, porque eso habría terminado con la promesa que hizo a la memoria de sus padres y hermanas. El tiempo en brazos de Anthony fue interesante, una bonita memoria, pero también tuvo que reconocer que durante ese período había perdido un tiempo muy importante para vengar la muerte de su familia. Fueron cinco meses de romance en los que fantaseó sobre tener su propia familia y vivir en calma en el exilio, olvidando sus raíces, el trono, a su pueblo, y hacer justicia.

Las montañas, los campos frondosos, el aire fresco y la libertad la habían cambiado, olvidándose de comodidades. Candice no recordaba cómo era sentir un vestido de la mejor tela sobre la piel, o un colchón de plumas de ganso, pero le daba igual. Su vida ahora era distinta, la aceptaba. Sabía que le había llegado el momento de poner en marcha el plan para el que llevaba todos esos años preparándose. Ella había estudiado cada movimiento de Richard GrandChester y sus secuaces; se nutría de los detalles que escuchaba mientras iba muy pocas veces a comprar a alguna población cercana. El día en que ese sádico murió, y el nuevo Rey, hijo de Richard, subió al trono, Candice supo que tenía que ser paciente y conocer todo lo que concierne al nuevo "monarca". No creía de las noticias que habían llegado recientemente.

Las instituciones fueron eliminadas, todos los ministros y ejecutivos de Richard GrandChester habían perdido su privilegio y exiliados, y que se instauraron nuevas normas, más apertura económica y acceso a mejores posibilidades de vida para la población›.

Quizá los ciudadanos eran crédulos a las palabras, o pretendían darle una oportunidad al nuevo Rey, Terrence, pero Candice–no, por qué bien dice el dicho. "De tal padre tal hijo". Las historias de las fosas de tortura, en que encerraban por días a los que intentaban rebelarse contra el rey, Richard GrandChester no dejaba dormir a Candice, así como la existencia de un suntuoso palacio al servicio del lujurioso monarca, eran rumores que corrían de uno a otro lado. La princesa Candice se frustraba de impotencia, aunque se Consolaba diciéndose que tan solo necesitaba encontrar un punto vulnerable para hacer prevalecer sus derechos de nacimiento. La sangre real que corría por sus venas era prueba suficiente, y no le importaba el riesgo que eso conllevara. No tenía nada que perder. Prefería morir dejando por sentado que los Reyes White Andley y sus hermanas tenían quién los vengase, Candice no iba a quedarse de brazos cruzados, mientras otro régimen de brutalidad y salvajismo se instalaba por más y más décadas.

Finalmente, once años después de que su pueblo y el mundo entero la diese por muerta, la ocasión perfecta para abandonar su entrenamiento en las montañas había llegado. Le habían llegado noticias de estado. El Rey Terrence estaba comprometido en matrimonio, iba a convertir en reina a una extraña para su pueblo, y Candice no podía permitirlo por qué la única persona con la capacidad de ocupar ese cargo era ella. Con las estrellas brillando en el firmamento La princesa Candice White Andley, por nacimiento estaba lista para reclamar el trono. Estaba viva, y su pueblo iba a saberlo.

―Me alegrará algún día poder servirle ―Abthony inclinó la cabeza, y al levantarla para mirar a Candice, no existía atisbo de burla en sus pupilas―, Alteza.

Casarse era lo último que Terrence tenía en mente, sin embargo, las alianzas eran imprescindibles para sacar al pais de la miseria que Richard ―con su régimen de perfidia, perdición e injusticia a modo de legado― había dejado en el país.

Terrence tuvo muchas oportunidades para asesinarlo limpiamente, pero fue más inteligente y prefirió aprenderlo todo sobre el manejo de armas, coordinación de actividades ilícitas, sobornos, y demás, porque no existía mejor manera de entender al enemigo que aprendiendo de él. También entendió, gracias a los consejeros más ancianos y que poco se vinculaban con Richard, sobre cómo lidiar con estadistas, ilustrados y artistas; aprovechó el desinterés de su hermanastro Gael, y su padre, en lo relacionado a la cultura del pais, para nutrirse de conocimientos profundos sobre ese pueblo. Pasaba las noches en las montañas, y casi al alba llegaba a entrenar con los soldados, como uno más del escuadrón. Lo era en presencia, pero no acciones. No estaba de acuerdo con ninguna de las actividades intimidatorias que se utilizaban en la era de Richard para encontrar desertores o castigar crímenes. Escuchaba, y aprendía, porque el conocimiento siempre sería una fortaleza. Sin embargo, jamás se involucró en ningún tipo de invasión o malas mañas. A lo largo del tiempo del reinado de Richard, este conquistó dos pequeños países, ampliando así los límites geográficos. Sin embargo, como todo lo que tocaba Richard, esos nuevos territorios sufrieron un gran quebranto en la economía por la mala gestión administrativa y distribución de recursos. Terrence se limitó a ser un espectador y esperar su oportunidad. Cuando murió Richard, entonces todas las lecciones de lucha le sirvieron para aplacar a su hermanastro, oportunista y violador como su padre. Par de escorias. Todos sabían que Terrence era el bastardo y Gael el hijo nacido de un matrimonio en la ecuación, una lucha cuerpo a cuerpo cin su hermanastro hasta que uno de los dos muriera o se rindiese..

El pequeño reino había sido destrozado por la avaricia, las juergas, y los despilfarros. Seis años se contaban desde su coronación como Rey, y la opinión popular había empezado a cobrar fuerza positiva, así como la credibilidad de su gestión y todos los organismos monárquicos encargados de cumplir funciones gubernamentales Terrence se sentía avergonzado del pasado, de su fallo al no haber podido llegar a tiempo para advertir a los monarcas White y así evitar su asesinato a manos de Richard, pero también estaba orgulloso de ser el nuevo Rey y con los poderes que le otorgaban la capacidad de reivindicar la valía de un pueblo que había sido humillado, saqueado y oprimido por más de una década. Tenía la posibilidad de devolverle lo que Richard les había arrebatado. Fallar no era una opción, y él estaba dispuesto a todo con tal de sacar a su pueblo adelante. A pesar de sentirse fracasado en su intento de prevenir, a los reyes de la casa White de lo que podía ocurrir, Terrence guardaba como su único consuelo el haberle salvado la vida a la princesa que todos creían que había muerta. Cada tanto se preguntaba si la chiquilla habría sobrevivido al infame panorama cuando la instó a escapar en una carreta guiada por hombres de mala gana.

Terrence guardó la daga de mango de oro, que siempre solía llevar consigo, y salió rumbo a la entrada del palacio, en donde le esperaba su limusina.

―La próxima vez que te pida una sugerencia sobre cómo sobrellevar una crisis, espero no terminar adoptando cinco hijos de alguna reina desdichada. ―Bernard esbozó media sonrisa, y asintió―. Vaya mierda para empezar este viaje presentando a mi prometida, a la que nadie podrá ver ―dijo Terrence con sarcasmo. Agregó―: ¿Estás seguro de que no puedo ver a la princesa antes de la ceremonia?

―Eso sería romper el protocolo de confianza.

―En pleno siglo veintiuno tener que soportar estos arcaísmos.

―Los matrimonios arreglados han sido parte de…

―Las tradiciones de estos pueblos durante siglos―completó en tono cansado.

―Todo saldrá muy bien.

—Más les vale que así sea.

EL DÍA DE LA BODA HABÍA LLEGADO.

La ciudad estaba adornada con flores que engalanaban el camino por donde pasaría el automóvil de los recién casados. Días atrás, con el anuncio del compromiso matrimonial, el pueblo se llenó de júbilo y alegría como no había tenido en mucho tiempo. Se trataba de una celebración más que bienvenida en tiempos difíciles. Ahora, esperando tras las vallas de seguridad de la calle, los vítores y aplausos se escuchaban como una constante en los alrededores. La ceremonia era privada y, a diferencia de otras casas reales, la prensa no estaba admitida en el templo, tan solo un grupo de selectos invitados. Para los banquetes del día, almuerzo y cena, el número de personas convocadas era de doscientas. El Rey no quería problemas, y por ese motivo su hermanastro, quien parecía tener tatuada esa palabra en la frente, no estaba invitado. Mientras el Rey, esperaba a su futura esposa, los integrantes Andrew ―vestidos con trajes de exquisito gusto, con la finalidad de pasar desapercibidos entre la multitud― estaban estratégicamente colocados en diferentes puntos de la ciudad. Archie y Stear monitoreaban a través de micrófonos los pasos de los suyos. Ningún detalle se había dejado de lado en el plan desde que supieron, mucho antes de que se hiciera público, que el Rey pensaba contraer matrimonio con una princesa de un reino cercano con minas de diamantes.

―¿Estás lista, Candice? ―preguntó Anthony a través del pequeño audífono que la princesa llevaba oculto en la oreja.

―Sí, lista ―se giró mirándose de reojo en el espejo de cuerpo entero―, pero no me siento como globo ―rezongó. Un entallado vestido de seda blanco, con pedrería y pequeñísimos diamantes incrustados a lo largo de las mangas que cubrían sus brazos, dejaba a la vista una figura de curvas. No era atrevido, ni recatado, sin embargo, invitaba a intentar descifrar cómo serían las formas que escondía la exquisita tela. El traje había sido confeccionado a medida, con telas exquisitas que eran fruto del duro trabajo de Candice. Durante mucho tiempo estuvo acostumbrada a esconder sus formas femeninas, y olvidarse de la vanidad, porque no tenía tiempo para esas boberías

La princesa se había convertido en una mujer hermosa, de piel blanca, sus labios de tonalidad rosado por el labial eran suaves y aun así no lograba ocultar la sensualidad de su sonrisa. Lo que se pretendía destacar era la herencia que los White Andley tenían como muestra distintiva: el tono -verde esmeralda de los ojos. Una imagen valía más que mil palabras, y Candice estaba dispuesta a demostrarlo.

―Te lo probaste una y otra vez, ya sabías que esta es la parte menos agradable de la ecuación ―dijo Albert con su habitual tono, calmado―. Eres una mujer hermosa, princesa, siéntete orgullosa de quien eres, y consciente de que tu misión es recuperar el trono, vengar la muerte de tus padres y hacer de este un mejor país.

―Lo sé… ―murmuró, dándose una vuelta más frente al espejo con las manos en las caderas.― Gracias, Albert, por creer en mí.

―Esto es solo el principio de una larga aventura. Depende de ti salir airosa ―le dijo la voz Archie a través del auricular.

―¿Dónde está la princesa Susana? ―preguntó Candice calzándose los zapatos.

―En la limusina que la llevará, junto con su familia que la acompaña, así como la comitiva que va en los automóviles de seguridad, hacia los límites de la ciudad ―intervino Stear. Candice se cubrio la boca con su mano.

―¿Lo han conseguido? ―dijo mirando a Albert, y este sonrió.

―Sí, hemos reemplazado a todos los conductores asignados para la novia y su comitiva por los nuestros. Como no conocen el país, no tienen cómo darse cuenta si los caminos son demasiado largos o cortos. Lo que sabrán, en unas horas, es que la novia no estará en la ceremonia. Al menos no la novia esperada ―aclaró Stear.

―Ya es hora de irme ―dijo Candice tomando una profunda respiración―. Esta es la parte más complicada…

―Nuestros hombres están dispersos, y a la primera alarma de que necesites ayuda estarán contigo y te sacarán de la capital ―intervino Albert―. Aunque confiamos en que te las ingeniarás para completar el inicio de este plan con éxito. Candice sintió el corazón acelerársele por la adrenalina. ―Daré lo mejor de mí ―dijo ella, mientras caminaba hacia la salida de la pequeña casa. Una vez fuera sería escoltada con discreción hacia una limusina exactamente igual a la que estaba utilizando la princesa Susana Marlowe, mientras era desviada a los límites de la ciudad―. Cambio y fuera. Con la risa de Anthony vibrando en su oreja Candice pensó en sus padres y en sus hermanas. Lo que iba a hacer valía la pena, por ellos.

Continuará... Saludos lectores.