Uno:

"Quinn Fabray."

— ¿Qué demonios estás mirando hobbit? — me saludó Santana.

El año escolar ya se me estaba haciendo largo, y eso que ni siquiera había empezado la primera clase del curso.

— ¡Eh!, ¡Te estoy hablando a ti imbécil! –siguió, esta vez acercándose un poco más a mí.

Iba escoltada por su grupito de 'amigas' lameculos que la seguían a todos lados, con la esperanza de que algún día, con suerte, llegasen a tener un 10% de su popularidad.

Santana era la típica chica guapa y sexy, con mucho pretendientes, seguida por un grupo de chicas menos guapas y menos sexys, con muchos menos pretendientes. Lo único que me reconfortaba era saber que bajo aquellas melenas chamuscadas, por el reiterado uso de las plancha, no había más que un cerebro del tamaño de un guisante, seco.

— No pienses que este curso te vas a escapar. Me voy a ensañar contigo. El año pasado me jodiste la vida y este año vas a preferir estar muerta.

Me di cuenta que el verano no le había sentado muy bien y seguía acordándose del desagradable percance del año anterior. Cada vez que había intentado explicarle la versión de los hechos calmadamente, aquello acababa peor que alguien tropezándose a mitad de concurso de Miss USA. No había manera de hacerle entender que yo no tenía la culpa de que el chico nuevo (y guapo) Noah Puckerman que había venido el curso anterior hubiese estado interesado en mí, lo cual, cosa no duró ni un par de días, ni siquiera llegarnos a rozar las manos. Los chicos no eran mi punto fuerte, pero el reducido cerebro de Santana no conseguía procesar nada de eso. Mi experiencia con el sexo masculino, desde pequeña, había sido horrible, y desde entonces había aprendido que dejar que un hombre esté cerca es receta perfecta para sufrir.

— ¡Te voy a estar vigilando, idiota!

Y si su frase maestra no hubiese sido suficiente, decidió empujarme, con tan mala suerte que al caer me di con una orilla en la ceja. Sentí un dolor agudo y un silbido en los oídos mientras intentaba levantarme del suelo. Tanto Santana como sus sumisas se disiparon rápidamente. La sangre me goteaba por los dedos después de inspeccionar la zona afectada.

El dolor me rebotaba por toda la cabeza, igual que la risa aguda y odiosa de Santana.

No me gustaba odiar a nadie por muy malos que hubiesen sido conmigo, pero Santana López estaba empezando a acercarse peligrosamente a la línea divisoria.

— Rachel Berry — me llamaron por megafonía.

Así era como nos llamaban uno a uno para distribuirnos según las diferentes clases.

Empezaban por los más pequeños que iniciaban el Middle School, y acababan por los del High School. Todos esperábamos pacientemente (menos Santana, que prefería divertirse conmigo) a que dijeran nuestro nombre.

Me acerqué a la entrada intentando ocultar la herida, pero fue en vano. Aunque no parecía muy profunda, empezaba a ser aparatosa por la sangre que seguía cayéndome por la cara. Cuando me acerqué a Emma Pillsbury, la consejera, que como cada año era la encargada de llamarnos uno a uno, se le escapó un grito de horror que resonó por todo el patio gracias a la ampliación del micrófono.

— ¿Qué te ha pasado? — me preguntó con cara de susto.

— Me he tropezado, pero no es nada. Ya se me curará— le dije intentando esquivarla para entrar lo antes posible, ya que todos miraban intrigados después del exagerado aullido con el que casi nos deja sordos.

— ¡Qué horror, te podrías haber saltado un ojo! Ve a la enfermería que allí te curarán.

Me costó no reír ante tal expresión, que combinaba algo así como susto, asombro y dolor. Sin duda, Emma Pillsbury podría haberle hecho creer a cualquiera que mi herida le dolía más a ella que a mí. Emma Pillsbury siempre me había recordado a las típicas mujeres bikingas que alguna vez había visto en anuncios de cerveza. Desprendía maternidad por cada poro de su piel, pero a la vez, su gran problema compulsivo, imponía respeto. De cualquier modo, siempre que la veía, me entraban ganas de darle un abrazo.

— De verdad que no es nada — le insistí sabiendo ya de antemano que perdía el tiempo intentando incumplir una de sus órdenes.

De repente cambió su expresión. Ésta ya me daba un poco más de miedo. Estaba claro que no tenía opción, tenía que ir a la enfermería sí o sí.

Daba gusto ver los pasillos tan tranquilos y despejados. Todo el mundo estaba en sus clases con sus tutores que les explicaban cómo iría el curso. Yo no podía evitar sentir pena por los más jóvenes, los que acababan de venir del Middle School, por esa ilusión e inocencia que pronto desaparecería aterrizando de lleno en la cruda realidad de la vida casi adulta. Yo misma había tenido esa ilusión. Recuerdo claramente la noche antes de empezar noveno grado del Instituto McKinley, No pude apenas dormir. Ni siquiera cuando era la noche de Hannuka recuerdo haber estado tan nerviosa y emocionada como aquella noche. No podía parar de pensar en cómo sería el edificio, los profesores y los alumnos nuevos. Tenía muchas ganas de estrenar la mochila y unos lápices preciosos que mi padre Leroy me había comprado. Lo recuerdo como si fuese ayer, pero de lo que más me acuerdo es del beso que me dio mi papá antes de entrar en el colegio.

Que poco sabía yo lo mucho que iba a cambiar mi vida esa misma noche cuando regresé ilusionada de mi primer día de clase.

Cuando llegué a la enfermería, no había nadie. Me senté en una de las sillas delante de la sala de profesores por si pasaba alguien. La herida me seguía sangrando, y podía sentir el corazón latiendo con fuerza justo donde estaba el corte. Todo seguía igual. Seis años en aquel lugar y nada había cambiado. Seguro que Emma Pillsbury no había pensado que no habría nadie en enfermería, ya que todos estaban ocupados distribuyendo a los alumnos en las aulas. Vamos, que lo mismo hubiera dado desangrarme en clase, que en enfermería.

El sol entraba con fuerza por una de las ventanas y me daba en la espalda. Era agradable sentir aquel calor que se esparcía por todo mi cuerpo. Miré por la ventana. Nada especial. Un pueblo de lo más común, con poca gente y poca actividad. Lima, Ohio tenía su gracia porque estaba rodeado de campos y bosques, pero el pueblo en sí era bastante feo. Me fijé en unas grandes nubes cumulonimbos que se acercaban amenazantes a lo lejos. Eran negras, y se acercaban con rapidez, incluso me pareció ver un rayo a lo lejos. Con un poco de suerte, para rematar el día, acabaría lloviendo y tendría que caminar bajo la lluvia sin paraguas durante cuarenta minutos hasta llegar a casa.

Pero de repente, cualquier calamidad que pudiese sufrir dejó de tener importancia. Me quedé sin respiración, como si alguien me hubiese golpeado en el estómago. Una mujer alta, rubia y extremadamente hermosa, salió de la sala de profesores. Desprendía una elegancia que hacía imposible no fijarse en ella. Nunca había visto una mujer así, y menos tan cerca de mí.

— Hola —me saludó desvelando una voz que parecía música para mis oídos.

Casi me desmayo.

— Hola —contesté, con tan mala suerte que me salió un chillido.

Entre el calor que me había entrado por la vergüenza, el calor del sol en la espalda y ese nuevo y desconocido calor que me recorría todo el cuerpo, el ambiente estaba empezando a calentarse.

Aquella increíble mujer estaba ocupada tomando papeles en secretaría, lo cual, me proporcionaba una perfecta visión desde mi posición. Cuando salió, me volvió a mirar y

se fijó en mi herida. Hasta entonces no me había dado cuenta de sus preciosos ojos avellana. Eran los más bonitos que había visto jamás. Además, iba muy bien vestida, con una falda un poco apretada y una camisa verde que le resaltaba aun más esa interesante mirada.

— ¿Estás bien? —me preguntó preocupada.

— Sí.

Intenté responder lo más normal posible aun sabiendo que no me sentía nada normal.

Era como si me hubiesen quitado la capacidad de pensar con claridad, como si no pudiese evitar quedarme embobada mientras la miraba.

— Estás sangrando —dijo apuntando a mi ceja.

— Sí, no es nada. La señorita Pillsbury no me ha dejado ir a clase porque quiere que me curen. Es imposible decirle que no, así que aquí estoy, esperando a que venga alguien.

— Es un buen corte, la verdad. Por lo menos necesitarás un punto de tirita. Así dejará de sangrar. ¿Quieres que te lo ponga yo? — me preguntó.

¡Sí quiero! Pensé.

— No se preocupe, ahora vendrá alguien —le agradecí mientras me odiaba por no aceptar.

— A ver si de tanto esperar te acabas desangrando — me advirtió divertida. — Te lo curo yo y ya está. No te voy a dejar aquí perdiendo sangre.

Sonrió, y no sé si era ya el calor, el dolor, la tensión o aquella sonrisa, pero yo estaba a punto de infarto.

— De acuerdo, a ver dónde está el botiquín — curioseó mientras entraba en la enfermería y buscaba en un armario.

Me di cuenta de que tenía un acento inglés que la hacía aun más irresistible, si eso era posible. No sabía bien dónde situarla. No sonaba a inglés americano ni a inglés del Reino Unido, y era muy sutil. Sólo se le apreciaba en algunas letras, pero era más que suficiente para hacerla pasar la línea de increíblemente irresistible. ¿Desde cuándo había una profesora tan hermosa en el instituto, y yo sin enterarme?

Tenía que respirar. No podía comportarme como una idiota. Menos mal que se había nublado y el sol ya no me daba en la espalda, pero aun así me notaba las mejillas ardiendo. Seguro que las tenía ruborizadas.

— Aquí está —sonrió cuando encontró el botiquín. — Voy a desinfectar la herida primero y luego te pondré la tirita de punto.

— De acuerdo.

Se acercó y puso el botiquín en frente mío, en una las mesas que había en la sala. Yo seguía con ese extraño nerviosismo, como si tuviese calambres en el estómago. Podía oírme el corazón latir en el pecho con fuerza.

— Puede que te moleste un poco— advirtió acabando de echar un líquido desinfectante a un trocito de gasa que había preparado cuidadosamente.

Era realmente hermosa. Sin duda la mujer más hermosa que yo jamás había visto.

Desde esa distancia, los ojos se le veían aun más impresionantes. Eran preciosos, miel como las avellanas, en un día tranquilo de trabajo de las abejas.

Noté el contacto de la gasa en la herida, y no sé si fue porque ella me estaba casi tocando o que el escozor era mucho más fuerte de lo que imaginé, pero el calor era algo sobrenatural. Era como estar en una sauna. Estaba tan cerca de mí que seguro que podía ver como cada poro de mi piel empezaba a segregar sudor, pero yo tenía que hacerme la fuerte. No podía mostrarle que por un poco de desinfectante quería llorar. Aguanté como una verdadera actriz de Broadway… pero como no parase pronto me sería difícil no soltar una lágrima.

— ¿Molesta mucho? — me preguntó mirándome a los ojos.

— No —mentí lo mejor que pude.

— Ya casi está. Ahora te pondré el punto.

— Deacuerdo —y sonreí intentando no parecer tonta.

Me fijé en sus manos mientras tiraba la gasa y tomaba la tirita de punto. Eran suaves y delicadas con dedos largos finos.

— Es que es un buen corte. ¿Cómo te lo has hecho? — se interesó inquieta.

— Me he tropezado en el patio.

— Pues sí que has caído mal, ¿no?

Algo en su mirada me decía que no acababa de creerse lo que acababa de contarle.

— Sí… no he empezado el día con buen pie –contesté.

— Nunca mejor dicho — completó sonriendo.

Yo también sonreí ensimismada por aquella preciosa sonrisa que desvelaba unos perfectos dientes blancos. Se acercó a mí para ponerme el punto y entonces algo extraño ocurrió. Me miró directamente a los ojos y hubo una rara conexión. Nos quedamos mirando unos segundos, y aunque tan sólo fueron segundos, es todo lo que bastó para que una extraña sensación se apoderase de mi corazón. Ella se dio cuenta e intentó disimular un poco, pero sus mejillas, unos tonos más rojizas, me hicieron ver que ella también lo había notado.

— Pues ya está. Ahora seguro que no te desangras, si no vuelves a tropezar, claro — y volvió a sonreír, pero esta vez un poco más tímida.

— Muchas gracias. Espero que no le haya hecho ir tarde.

Dejó el botiquín y volvió a tomar sus cosas. Nos pusimos a caminar hacia el pasillo para ir a las clases.

— No te preocupes. Tengo a los de segundo de McKinley así que eran los últimos en entrar.

— ¿Qué grado tiene? —investigué deseando con todas mis fuerzas que fuese mi profesora. Como fuese mi profesora ya me daba algo seguro.

— Segundo A — respondió.

Tuve que reprimir un grito de felicidad. Estuve a punto de saltar y todo.

— ¡Pues es mi profesora! — le dije intentando que cada una de mis palabras sonaran de manera desinteresada, pero no funcionó.

Ya habíamos llegado a la puerta. Contemplé por una ventana del pasillo. Me sorprendió la oscuridad de fuera. Las nubes estaban justo encima nuestro, y parecía que no tardaría mucho en llover. Abrió la puerta, y el inicial alboroto fue disminuyendo. Santana me lanzó una intensa mirada de odio cuando me vio entrar, pero pronto aquel odio pasó a segundo plano al darse cuenta de lo hermosa que era la mujer que acababa de entrar en clase. La verdad es que no era la única que se había dado cuenta. Todos los chicos habían rápidamente puesto sus caras de casanovas, ya de por sí exageradas. Hasta las chicas se habían quedado impresionadas. No sé por qué razón, pero no me gustaba nada que las chicas le miraran de ese modo.

Encontré un pupitre libre en la segunda fila justo al lado de la ventana.

Ella se dirigió hacia el escritorio y ordenó un poco sus cosas. Tomó un rotulador y se dirigió a la pizarra. El tiempo de la espera había sido suficiente para que los chicos más creativos de la clase llenasen la pizarra de penes dibujados en diferentes situaciones.

Tenían su gracia, pero no dejaba de demostrar el nivel de madurez de cada uno de ellos.

Echó un vistazo la pizarra un rato y se giró hacia la clase. Todo el mundo estaba en silencio.

— Veo que hay mucho talento en esta clase —y se rió para asombro de todos.

Nadie se esperaba esa reacción. Era la primera profesora en toda la escuela que se había encontrado con una pizarra repleta de penes y no los había reprendido.

— Éste es el mejor — apuntó a uno que tenía un sombrero de mariachi y aguantaba unas maracas—Pero sintiéndolo mucho tengo que borrar un trocito para escribir.

Tomó el borrador y empezó a borrar por el centro, con lo cual Noah Puckerman soltó un 'no' dolorido con lo que la clase contestó con risas. Tomó el rotulador y escribió su nombre con una letra preciosa.

'Lucy Quinn Fabray'.

— Me llamo Quinn Fabray y este año seré su profesora. Es mi primer año aquí, así que quiero que sea una buena experiencia tanto para ustedes como para mí. Quiero que sea un año divertido, y me gustaría que me traten más como a una amiga que como a una profesora. Estoy aquí para ayudarlos, así que cualquier problema que tengan me lo dicen y tratamos de solucionarlo.

Se acercó a su mesa y sacó un montón de papeles de un portafolio de cuero vieja parecida a las que salen en las películas de Indiana Jones. Se fue acercando a cada mesa repartiendo los papeles.

— Aquí tienen los horarios. Detrás tienen las vacaciones y las semanas de exámenes. Como pueden ver, nuestras clases son los jueves por la tarde, y me tienen también como profesora de Historia del Arte.

Llegó a mi mesa y dejó el papel. Se quedó parada un segundo delante de mí. Vi hacia arriba y me crucé directamente con su mirada. Me volvieron a dar estremecimientos en el estómago. Giré rápidamente a la ventana para ver el cielo negro intentando disimular mis mejillas al rojo vivo. ¡Ni en verano pasaba tanto calor! De reojo pude ver como sonreía disimuladamente y seguía repartiendo. Cuando acabó volvió a su escritorio.

— Y esto es todo… Ah, por cierto, ya saben que cualquier teléfono móvil que yo tenga la mala suerte de escuchar será confiscado hasta final de curso. Son reglas de la directora Sue Silvester, así que asegúrense de ponerlo en silencio antes de entrar. Yo intentaré que las clases sean amenas, pero por favor les pido que estén atentos. Todos lo pasaremos bien si están atentos en mis clases. Y no quiero parecer dura, pero para estar distraídos y distraer a los demás, mejor quédense en casa.

De repente un trueno rompió el hechizo de la voz de Quinn, haciendo que todo el mundo se sobresaltara. La luz se apagó unos instantes, pero volvió a encenderse.

— Y que sepan que esto lo tenía planeado — bromeó refiriéndose al rayo, haciendo que la clase riera. — Así que si no hay ninguna pregunta nos vemos mañana para empezar con nuestra primera clase de Historia del Arte.

Justo en aquel momento sonó la campana. Todo el mundo se levantó y fue saliendo de clase. Recogí mis cosas y también salí, pero antes pude ver como Santana y su grupito de lameculos se habían acercado a Quinn y le hacían alguna pregunta que no llegué a escuchar, empleando poses más bien no correctas. Ver a Santana cerca de Quinn me hacía hervir la sangre. Mientras me dirigía a la salida apreté los dientes tan fuerte que los podía oír rechinar. ¿Cómo era posible que Quinn provocara ese efecto en mí? Me ponía a recordar su mirada, su voz, su olor… y me parecía perder la cabeza. No podía parar de pensar en ella.

Tenía que concentrarme, no podía dejarme llevar por la locura.

Siempre había sido muy correcta y eso no iba a cambiar. Que me gustase Quinn no quería decir nada. Además, yo ya tenía asumido que acabaría mis días sola, con un montón de gatos y comiendo chocolate constantemente.

Cuando llegué a la salida impulsada por la marea de alumnos desesperados por salir

(cualquiera diría que tan sólo era el primer día de clase), comprobé que estaba lloviendo. No me quedaba más opción que ponerme el abrigo, ya que como buena previsora que soy, me había olvidado de tomar el paraguas. Si por lo menos pudiera decir que caían cuatro gotas, pero es que aquello realmente parecía el diluvio universal.

No tenía a nadie que pudiese venir a buscarme. Hacía dos años que vivía sola, pero eso no lo sabían servicios sociales, que pensaban que aún seguía viviendo con el idiota de mi tío. Mi papá llevaba casi seis años ingresado en el hospital en coma. La noche de mi primer día en el instituto, fue la última que vería a mi papá 'vivo', y por suerte, también fue la última que vería a mi madre. Me hubiese gustado poder decir que tenía la opción del transporte público, pero no era el caso. Tal vez en el siguiente pueblo… porque en el mío, no había ni semáforos, entre muchas otras cosas.

Los chicos alocados ya me tenían bajo el agua. Cuando uno queda atrapado en la avalancha, no hay quien escape. No sirve de nada intentar salir, puede incluso ser peligroso. No hay nada tan determinado como un grupo de estudiantes de McKinley intentando salir por una estrecha puerta a la vez.

Las gotas eran frías, y el fuerte viento que se había levantado pronto me calaría hasta los huesos, así que sin más remedio, me puse a caminar. Cuando hacía tanto viento me daba miedo caminar bajo los balcones. Con mi suerte, seguro que a alguna de las macetas se

le ocurría aterrizar en mi cabeza. Además, las calles eran de adoquines, y se convertían en una pista de hielo cuando estaban mojados, así que mis posibilidades de llegar a casa sana y salva eran escasas.

A los pocos segundos oí un claxon. Me giré instintivamente sin parar de caminar. Vi a Santana saludarme con una maléfica sonrisa desde un Audi A al lado de sus Cheerios, todavía más ricas que ella. No contesté. Seguí caminando intentando no pensar en los temblores que sacudían mi cuerpo para combatir el frío que sentía en cada centímetro de mi piel. Ni treinta segundos habían pasado cuando volví a escuchar un claxon. Esta vez no me iba a girar, no le daría esa satisfacción. Volvió a pitar. Me estaba empezando a enojar. Por lo menos eso me servía para entrar un poco en calor. Volvió a pitar. Me giré con la expresión más enfadada que pude conseguir, dispuesta a fulminar a Santana con la mirada, pero no era Santana.