Terrence observó la entrada del templo, forjado en adornos de oro y mármol de piedra brillante, El Rey reaccionó sorprendido en cuanto vio la figura de una mujer hecha para convertir en pecador a un santo. Y él no era para nada esto último. Al parecer, el Rey Jacob y sus ministros habían cumplido el pacto, de anonimato. ¿Qué opinaba Terrence al respecto? Que era una reverenda estupidez. Sin embargo, al sentir cómo la sangre empezaba a bullirle en las venas ante la idea de descubrir los secretos de esa princesa, lo consideró en esos instantes como un punto a favor de su ego masculino ante un escenario de conquista. ¿Machista? Quizá todos los hombres lo eran en poca o mayor medida; no existía blanco o negro en ese campo. Por eso estaba ahí ese día. Podía sumar a su formación de vida, lejos de su espíritu indomable y sus fogosas noches con mujeres, el haber viajado por el mundo; la apertura de mente que esos viajes le habían ofrecido para comprender realidades ajenas a las suyas no tenían precio, jamás podría considerarse más hombre forzando a una mujer ni alguien más débil. Quien tenía que recurrir a la fuerza y la perversidad para tener compañía en la cama solo era un cobarde. Nunca forzaría a una mujer a hacer algo que no quisiera ni la privaría de libertad. Además, sabía que existían muchísimos detractores de sus políticas progresistas, y ese matrimonio era una forma de reivindicar su posición como Rey y hombre de familia comprometido. Debía enfocarse en ese día. Los planes para empezar a aperturar vías de inversión extranjera empezarían al concluir su Luna de Miel, la cual sería muy breve porque no podía perder tiempo para iniciar su cruzada de cambio en su pueblo. Por otra parte, Terrence era sincero, y no podía negar que, en esos momentos, el lado cavernícola de su cerebro se sentía más regocijado ante la idea de ser el amante de la princesa que de organizar estrategias de negocios. De hecho, ansiaba estar en la recámara de recién casados para descubrir la persona que estaba a punto de convertirse en su reina consorte. Si ese cuerpo femenino tenía un rostro que lo equiparase, entonces concebir herederos con su futura esposa sería todo un placer. Las presentaciones entre los dos miembros de las Casas Reales que iban a contraer matrimonio se llevaron a cabo de forma breve. Terrence notó que, junto a su prometida, a modo de acompañante delegado, estaba un hombre con trajes típicos de su tradición. Y claro, no se trataba del Rey ni de ninguno de los ministros que él había conocido durante la firma del acuerdo nupcial semanas atrás. Le pareció extraño. Aunque tenía conocimiento de que la comitiva que estaría presente no era numerosa, tampoco tan reducida para que fuese solo una persona. Su equipo de logística tenía en claro lo que debía hacer para un total de quince personas. Así que, ¿dónde estaban las catorce personas restantes incluyendo todos los miembros de la monarquía?
―¿Dónde están los reyes, princesa Susana? ―preguntó Terrence, con las manos tras la espalda y los pies afianzados en el mármol con la misma firmeza que tomaba decisiones día a día―. Sé que venían en un automóvil hacia el templo, y los ministros en una segunda limusina. Usted era la única que, al final, se decidió que llegaría primero, para luego encontrarse con su padre quien la entregaría en este altar. La mujer se aclaró la garganta con suavidad. A través del pesado velo que tapaba su rostro, Candice era incapaz de observar los detalles a su alrededor con claridad, pero su entrenamiento le daba la posibilidad de agudizar los demás sentidos. Debía agradecer que al menos podía respirar. Cuando tuviese voz y voto lograría que esos jodidos velos dejaran de existir como una obligación, y fuesen opcionales para las mujeres.
―Consideraron que sería una muestra de confianza hacia usted y su pueblo, Majestad, entrar sola, en un inicio ―replicó con suavidad utilizando la mentira que tenía aprendida si un escenario como aquel se llegase a dar. Nada deseaba más que hundir una daga en el costado de ese malnacido, a pesar de que la voz profunda del rey le causó un indeseado cosquilleo en la piel―. Quien me ha guiado por el pasillo ha sido mi tutor desde que cumplí un año, la persona de mayor confianza en mi círculo personal, otra muestra de que mi padre está satisfecho con el acuerdo establecido para esta alianza. Delegar en un tutor del rango es en nuestro país una de las muestras de humildad más altas, en especial en una ocasión como esta. ―Eso acababa de inventárselo, y confiaba en que su "prometido", no se hubiese tomado la molestia de aprender las costumbres del pueblo de la mujer con la que iba a casarse. Porque sabía que ese hombre que estaba frente a ella era un salvaje que aparentaba refinamiento, gracias a los costosos ropajes que usaba, producto de los saqueos. Despreciaba tanto a Terrence como la historia que lo precedía. Si pudiese estrangularlo en ese instante, lo haría; aunque quizá la daga que guardaba entre los pliegues internos del vestido sería mucho mejor. Sonrió para sí.
―Si no están presentes, entonces daremos inicio a la ceremonia. ―Ella asintió, aliviada. Lo consideraba un bruto tiránico sin educación ni perspectivas de la vida. «Menudo trabajo que tendría por delante para tolerarlo».
―Los documentos para casarnos están firmados. Este es un detalle y nada más ―agregó el rey Terrence.
―Usted es el rey, y lo que diga es ley aquí en su pueblo, Majestad ―murmuró Candice fingiendo sumisión. Odiaba esa parte de la puesta en escena―. Técnicamente, mis padres ya me han confiado a su cuidado, y solo hacen falta nuestras rúbricas que nos declararán oficialmente casados. Ese documento valdrá más que ningún otro.
Terrence frunció el ceño, pero debido al grosor del velo, a ella le fue imposible distinguir ese momento. Se preguntaba si todas las mujeres de su país eran así de sumisas. Prefería una persona con opiniones, pero dado que se trataba de un matrimonio de conveniencia eso carecía de interés en su lista de prioridades.
―Parece muy conocedora de las leyes y manejos de los protocolos de reino, princesa Susana ―dijo Tereence con amabilidad―, tal como su padre me indicó que había sido parte de su formación. Me complace notarlo. Lo que diga yo ―dijo esto último alzando la voz, y girándose de forma breve hacia los que ocupaban el templo como testigos, para que escucharan sus palabras―, es la ley, y empezaremos la ceremonia sin la presencia de los Reyes y sus ministros. Nos alcanzarán cuando les sea posible. Es una orden real.
Nadie osaría contradecir al rey menos el día de matrimonio.
Veinte minutos después, entre los aplausos al interior del templo, Candice y Terrence fueron declarados marido y mujer, Reyes del poblado. De acuerdo a las normas tradicionales, cuando una princesa ―que no era primera en la línea de sucesión al trono de su país nativo― se casaba con un monarca de un reino ajeno al suyo, perdía cualquier autoridad en su país de nacimiento. Lo único que permanecía con ella era su herencia, así como los derechos vinculados a bienes materiales al momento de la muerte de su padre, el rey de Jacob Marlow en este caso. Su título real correspondería de ahora en adelante a la Casa Real de GrandChester, antiguamente, White.
―Por favor, Majestades, pasen a firmar este documento ―pidió el ministro oficiante señalando un pequeño escritorio con esferográficas de oro que reposada a un costado del altar. Terrence estampó su firma de trazo rápido y varonil. Candice sentía que las manos le temblaban.
―¡Detengan esta farsa, ahora! ―exclamó alguien desde el umbral de la gran puerta de más de dos metros de altura y adornada con intrincados tallados arabescos. En ese templo que poseía cientos de años de antigüedad se habían casado todos los reyes de ese pequeño pueblo castigado por la historia y los rebeldes. Era el sitio en el que, alguna vez, Candice creyó que contraería matrimonio por amor, tal como lo hicieron sus padres. Qué irónica era la vida. Concedía los deseos, pero con un ligero ―y no siempre tan alegre― giro en el contexto. Candice aprovechó esa distracción para escribir su nombre completo junto a la del hombre que a partir de ahora sería, irrevocablemente, su esposo. Candice White Andley.. Con el rostro furioso, el Rey Jacob cruzó el umbral, seguido de la reina Fedra y un séquito de ministros, no sin antes dejar pasar a la persona que debería estar en el altar casándose, la princesa Susana. Entre una y otra escena, Terrence bajó la mirada hacia el documento que acaba de firmar, y al leerlo contuvo la respiración. Sin prestar atención a la comitiva que estaba a punto de llegar hasta él, para intentar evitar lo que ya no tenía vuelta atrás, se aproximó sin contemplaciones y levantó el velo de Candice. Se quedó mirándola como si jamás hubiese visto algo tan hermoso. Sin embargo, la impresión se transformó en una furia heladora.
Candy, con la temeridad que la caracterizaba se quitó el velo. Terrence la tomó de los hombros rompiendo la habitual contención que procuraba proyectar.
―¡¿Qué demonios?! ―preguntó, pero los ojos esmeralda de Candice eran más elocuentes que cualquier prueba―. ¿Cómo es posible…? Bernard y los ministros estaban tratando de contener la crisis, mientras miembros de un equipo de seguridad bloqueaba la salida. La familia Marlow, y los ministros de ambos reinos se entraron en un debate verbal para intentar hallar la forma más adecuada de manejar lo que estaba sucediendo sin alertar a los ciudadanos que esperaban a los recién casados. Mientras eso ocurría, Candice era consciente de que sus Amigos y resto de infiltrados Andrew estaban escuchando todo el revuelto que estaba armándose. Ella solo debía decir una palabra para que acudieran en su rescate.
―¡Silencio! ―gritó Terrence y su voz fue como un látigo que silenció hasta el último murmullo. Miró a Candice―: Irás detenida por este caos. Ella tuvo la audacia de mirar a su alrededor y reírse. Se zafó del agarre de Terrence y se ubicó en el centro del templo. Era la viva imagen de cómo una reina debería dejar sentada su posición e importancia ante públicos pequeños o grandes. Bernard iba a intervenir dando una señal para que el equipo de seguridad se llevase a la persona que estaba haciéndose pasar por la princesa Susana, Terrence que empezaba a recuperarse del impacto de lo ocurrido al ver a la muchacha que había rescatado tiempo atrás ahora convertida en una hermosísima mujer, y ahora su esposa, le hizo una señal para que se mantuviera al margen. Con una discreta señal del rey al jefe de su equipo de seguridad hizo que los agentes mantuvieran una distancia prudente de Candice, así como de la familia real Marlow.
―Gracias por venir hoy ―dijo Candice sin un atisbo de mofa e ignorando cómo la mirada de Terrence era capaz de traspasarle la piel, no de pasión, sino de rabia e incredulidad. Lo podía comprender, pero no estaba para aplacar emociones ajenas ―. Soy la princesa Candice White Andley, legítima de nacimiento, y ahora legalmente reina por matrimonio. ―Las expresiones de asombro e incredulidad de quienes recordaban la historia del país no se hicieron esperar―. Sobreviví a la matanza de mis padres y hermanas, once años atrás; a la devastación de mi país, mi cultura y todo aquello que conocí como mi hogar. Desde que escapé he vivido en las montañas, preparándome, física y mentalmente, para cuando llegase el momento de ocupar el sitio que, por derecho me pertenece. ―Candice miró a Susana―: En ningún instante fue mi intención causarle una afrenta, y lo único que puedo decirle a modo de explicación es que este es mi pueblo, mis raíces, y he llegado para tomar posesión de todo lo que alguna vez me fue arrebatado.
―¡Esto es un atropello a todos los convenios internacionales! ―exclamó de nuevo el Rey Jacob. Su esposa e hija estaban en silencio y sorprendidas.
―Solicitamos la anulación de ese documento matrimonial. Esas tres firmas estampadas hoy no son suficientes ―intervino, sin poder evitarlo al parecer, uno de los ministros del Rey Jacob, con el rostro enrojecido de la furia―. La princesa Susana es la única que puede coronarse hoy ante el pueblo. Candice le dedicó una mirada compasiva. La misma que se le dedicaría a un ignorante que procuraba dárselas de sabiondo. Terrence sabía lo que llegaría a continuación, así que se limitó a apretar los labios y apretar los puños a los costados.
―Simbolismo el tema de la coronación, pero, lo ilustraré ―dijo la reina inclinando la cabeza hacia un lado. Su cabello lustroso rizado invitaba a desear tocarlo o quizá se trataba solamente de Terrence siendo gobernado por una mezcla de lujuria, rabia, y desconcierto―. Al parecer existe un desconocimiento de cómo funciona mi país... Los matrimonios de la monarquía en mi pueblo solo pueden ser anulados por la autoridad máxima de un país: miembros de la familia real nacidos, criados y descendientes del linaje White, en este caso, yo. ―Candice miró a Terrence―: Una persona que ha ocupado el trono como herencia de una rebelión, que causó la muerte de muchos ciudadanos, incluyendo el asesinato de la familia real anterior, así como de incontables integrantes de la fuerza pública, militar e inocentes, no posee la legitimidad para tomar una decisión de un nivel tan importante como es anular una unión real que, como han sido testigos, es oficial y legítima. Cualquier otro documento firmado fuera de este templo es un mero acuerdo financiero o de negocios. Yo ―sonrió de nuevo, observando su entorno como si fuesen ellos pequeñas hormigas―, no deseo la anulación de este matrimonio.
―Es suficiente ―interrumpió Terrence―, no voy a permitir que entre aquí a usurpar el lugar de una persona, además de insultarme a mí o a mis invitados. ―Bernard meneó la cabeza, porque sentía que el carácter imprevisible del Rey podía aparecer de un momento a otro y no habría nadie para sugerirle lo contrario. El consejero y asistente personal del rey era también consciente de que Candice era la verdadera dueña del show a partir de ese momento―. Si usted dice que tiene testigos, entonces todo esto se trata de un complot de fuerzas rebeldes para desestabilizar…
―Por favor, no intente comparar al genocida de su padre conmigo ni quienes tuvieron la decencia de ayudarme estos once años ―dijo Candice con firmeza, mientras elevaba la mano para acallar a Terrence, y caminó hasta encontrarse frente a él. Un escalofrío le recorrió la piel; no contó nunca con el impactante atractivo de ese hombre. «Enfócate en lo importante». Terrence no quería armar más contratiempos del terrible escándalo que estaba llevándose a cabo en esos momentos. Impuso toda su altura a Candice, la agarró con firmeza de la mano, y se giró hacia el público. La mirada de Bernard era elocuente para el Rey Terrence: la batalla sobre la legitimidad de su matrimonio y la identidad de la mujer que estaba a su lado estaba perdida. Sin embargo, el rey encontraría la manera de hacerle pagar a la curvilínea mujer el haberle arruinado los proyectos para el pueblo, así como la humillación e insulto público al decirle que su padre había sido un genocida. No porque fuese mentira, sino por lo inadecuada de la acusación en ese momento. Al parecer su flamante esposa tenía poco respeto por los filtros al momento de hablar en eventos sociales. ¿Qué tanto daño causaría este nefasto evento en el futuro?
―Trataremos este asunto en privado ―dijo Terrence conteniendo las ganas de largarse de allí e ir a refugiarse cabalgando, para así evitar cometer un homicidio premeditado―. El pasado no tiene por qué juzgarse en este templo. ―Miró alrededor―: Ante los ojos de la Divinidad, y ustedes, Candice es mi esposa; y yo seguiré siendo el Rey. Espero que este impase diplomático sea llevado del mejor modo por el bien de nuestros países ―explicó Terrence. Menospreciar la posición de Candice sería hacerlo contra sí mismo, no era estúpido y las largas horas con expertos en diplomacia internacional le habían enseñado bien. «Después ajustaría cuentas con la reina Candice», pensó burlándose al recordar el título que ahora poseía. «Condenada mujer»―. Es lo último que diré en referencia a este asunto, y por supuesto, Majestades y Alteza ―dijo mirando al rey Jacob, así como al hermano de esta última―, son bienvenidos a quedarse en el palacio para participar de las celebraciones.
―Gracias, Rey Terrence, aceptamos su invitación ―el rey Jacob se aclaró la garganta―, y comprendemos que ha sido una situación… especial. — Iba hacer que Terrence pagase una compensación por la humillación. Encontraría la forma, eso seguro. Candice, ajena a la furia que bullía en la cabeza de Jacob, dirigió su mirada hacia Bernard con altivez. El hombre de confianza de Terrence reconoció que estaba ante la viva imagen de la fallecida reina RosJazmíne White Anfley. El consejero, al igual que todos los ministros del pueblo, inclinaron la cabeza hacia ella poco a poco. Con o sin pruebas de ADN, eran conscientes de que la mujer no mentía. Incluso, a regañadientes, la comitiva de ministros de Jacob, excepto los integrantes de la familia real como era de esperar, inclinaron la cabeza hacia la nueva reina. Si el Rey Terrence aceptaba la historia de su esposa como válida, nadie podía osar contradecirlo.
En los libros de la historia se necesitaban documentos que incluían resultados de pruebas de ADN. Ningún miembro de una Familia Real daba explicaciones. Y Terrence tenía que pensar muy bien cómo manejaría ese enredo. De momento su preocupación era controlar cada pequeño paso que diese Candice. Ignoraba quiénes habrían ayudado a burlar la seguridad de los guardaespaldas de la Familia Real de Jacon, pero hallaría a los culpables tarde o temprano.
―Debemos irnos ―dijo Terrence con voz fría para que solo su esposa lo escuchara. Antes de que fuesen cobijados por un resguardo de seguridad estricto, ella lo miró un breve instante antes de hacerlo hacia el público. Su mano continuaba agarrada por la de Terrence. De hecho, podía sentir cómo él, inconscientemente, apretaba sus dedos variando la presión, según cuán enfadado estuviese. El toque se podía comparar al de una descarga eléctrica. Jamás le había ocurrido semejante impacto el toque de otro ser humano. Ella se aclaró la garganta.
―Soy la única sobreviviente en la línea de sucesión, por lazos de sangre, al trono de la Casa White Andley. Jamás me hubiese arriesgado a venir hasta aquí si fuese sido una impostora. Entiendo que la pena de muerte todavía no ha sido abolida. La Casa GrandChester pasará a la historia, porque jamás fue legítima. Todos estos detalles serán tratados en los próximos días. ―La gente abrió y cerró la boca. Terrence estaba al límite de su paciencia, pero agarrar a la mujer y sacarla sobre el hombro no parecía la mejor idea, por más de que lo ameritase. ¿Qué carajos se creía que estaba diciendo? El nombre de una casa real no podía cambiarse porque a ella le diese la gana, y él no era Richard; no estaba reinando porque le gustara la idea, sino porque era lo mejor para el pueblo a tener que soportar las vejaciones e indignas actuaciones de Gael―. Así que, amparada en la Ley Monárquica de mi pueblo, si alguien tiene la capacidad de anular este matrimonio soy yo, mas no el rey Terrence―lo miró―, y ahora… mi esposo. Sé que es atípico el escenario en el que nos encontramos, así que les agradezco que me hayan escuchado ―concluyó con suave elocuencia.
―Nos largamos, ya, y hazlo con calma ―siseó Terrence al oído de Candice..
Pronto, los invitados se pusieron de pie, unos aplaudieron, otros intercambiaban airadas opiniones, aunque la tónica general era de incredulidad, sorpresa, y también la certeza de que ese sería el cotilleo internacional más sonado durante las siguientes semanas. Estaban prohibidos los teléfonos móviles y las fotografías, aunque eso no impedía que la información se divulgase con datos de más o de menos. Ambas Casas Reales contaban con la ventaja de que el rostro de la princesa Susana era desconocido para cualquiera fuera del templo, así que presentar a Candice en el balcón real no sería un problema. La historia que explicase la reaparición, después de trece años, era un asunto por completo aparte, porque lo que se dijera a los ciudadanos no solo reabriría viejas heridas sufridas a manos del rey anterior, sino que volverían a percibir a Terrence como el hijo de un matón. El panorama no pintaba en absoluto optimista.
―Acepto el comentario porque resulta que hoy estoy de buen humor ―replicó Candice con fastidio. El toque de Terrence le causaba cosquilleos y se sentía ridícula por ello.
―Fue un discurso atrevido y será mejor que recuerdes que debes moderar el tono de voz ―dijo él―. A mí no me importa que seas la reina de los croissants o dulces franceses. Debes entender que soy el Rey, y la entrada que acabas de hacer solo complica el clima de convivencia en un país erosionado por la falta de trabajo.
La voz que empleaban era airada, tensa, rabiosa, pero suficientemente baja para que no fuese escuchada por ningún curioso.
―No eres quién para darme órdenes sobre cómo utilizar mi voz ―replicó sin cortarse―. Si existe una crisis en el pueblo es porque tienen un líder a quien le queda demasiado grande el título.
―Soy tu rey, y tu esposo ―dijo Terrence indignado ante tal nivel de insolencia ―, así que te conviene mantener la boca cerrada. Al ponerme en evidencia también te pones tú en ridículo. Recuerda que acabas de firmar un papel en el que, cualquier acción o palabra, nos compromete. Al menos, hasta que se compruebe la veracidad de tu origen… Porque de no ser así, créeme, que tu atrevimiento te costará varias décadas tras las rejas. Candice lo miró, irritada.
―No eres mi dueño, ni mi guardián, y menos el indicado para darme lecciones de moral ―bajó más la voz y agregó―: Eres un mercenario, ignorante, que solo ha disfrutado de lo que dejaron detrás los asesinos que tenías como familia. He venido a reclamar lo que me pertenece.
―No te pases, mujercita ―dijo Terrence, entre dientes. Creía que iba a salirle humo de las orejas ante los insultos que no podía devolver. Jamás había sido un hombre que vejase verbalmente a las mujeres, y con Candice estaba costándole controlarse para no caer en la tentación de mandarla al demonio.
―Disfruta este breve momento, Candice. Si pretendes hacer el día a día un infierno, entonces prepárate para disfrutar del tuyo. En ese instante, el teniente Ramsés los interrumpió para explicarles la ruta que tomarían una vez que entrasen en el automóvil. Terrence creía que tarde o temprano se iba a quedar sin nudillos de tanto apretarlos. Candice era una mujer exasperante, exigente, y además jodidamente hermosa. Él estaba agotado por toda la información que estaba digiriendo. Una White Ándley. La muchacha que él había salvado de ser decapitada y violada, ahora amenazaba su posición de líder. Necesitaba ser fuerte y convencerla de que eran un equipo mientras estuviesen de frente al público. Como sabía que a Candice le escocía la duda alrededor de su legitimidad como miembro de la realeza, Terrence pensaba disfrutar ese detalle. No iba a darle la razón diciéndole que sí, efectivamente, él sí sabía que se trataba de la descendiente de la anterior casa real.
―Majestades ―dijo Ramsés con una inclinación de cabeza―, los protocolos de seguridad han sido elevados al máximo.
―De acuerdo ―replicó Terrence.
Candy aprovechó el bullicio de alrededor, y el movimiento, para quitarse con discreción el auricular que todavía estaba en su oído, antes de echarlo a una pequeña fuente de agua del templo para que se echase a perder. Esa era la única prueba que podría llevar a localizar a sus queridos amigos.
Terrence no era imbécil, y con el rabillo del ojo reparó en el sutil movimiento. Con una inusitada calma, le pidió a Candice que entrase primero hacia la limusina, y cuando estuvo seguro de que él estaba fuera de su campo visual, Terrence hizo una seña a su jefe de seguridad para que recogiese todo cuanto había en esa fuente. Instantes después, con una gran calma, se unió a Candy en la limusina. Iba a un paso adelante. La mujer quizá era rebelde y osada, pero había perdido la suspicacia que suele desarrollarse cuando vives en la civilización más que en el campo o en las montañas. Una lástima, pero la desventaja de uno era la ventaja del otro.
―¿Cómoda? ―preguntó Terrence, burlonamente.
―Algo ―replicó Candice.
―Vaya, de pronto, en un lugar cerrado las palabras que salen de tu boca son solo monosílabos. ¿No estarás teniendo un ataque de pánico, verdad, Candice? Ella no iba a aceptarlo, pero estar encerrada en ese automóvil con él, a solas por primera vez, empezaba a causarle claustrofobia. ―Lo que acabas de hacer tiene un alto precio ―dijo Terrence, con veneno y serena entonación al mismo tiempo―. No hay que ser un genio para saber que no actuaste sola. Créeme, todas las personas que han formado parte de este complot, serán encontradas y castigadas. Que no te quepa ninguna duda.
―Tan solo he venido a reclamar los derechos que me robaron a sangre fría ―replicó sin mirarlo.
―Cuando hablo, me tienes que mirar ―zanjó Terrence, mientras el automóvil empezaba a cobrar velocidad―. Soy el rey, y tú… Candy giró el rostro, con deliberada lentitud, y enarcó una ceja.
―Y yo, la reina, ¿qué te parece? ―replicó. Estaban de igual a igual, y ella pensaba recordárselo a partir de ese instante.
Continuará...
