―Junto a la chimenea detrás de la cortina hay una puerta abre el paso, da hacia un pasillo que conecta nuestras dos habitaciones. Estuvo mucho tiempo sin usarse, desde que yo fui coronado. Quizá no recuerdas, pero lleva en el palacio desde hace mucho tiempo. ―Se encogió de hombros.
―¡Fuera de aquí, Terrence! ―exclamó, pero al notar la mirada brillante de lujuria, supo por qué el hombre parecía estar pegado al suelo. ¿Cuánto tiempo habría estado mirándola? Agarró la toalla, y se la puso sobre el negligé. Él inclinó la cabeza hacia un lado y empezó a acercarse. Candice estaba sonrojada y tenia los ojos como platos que se miraban tan bonitos, su color verdes y brillante la hacían una preciosa mujer.
―No puedo irme de mi propiedad… menos abandonar a mi esposa el día de nuestra boda. Pides imposibles ―dijo con las manos en los bolsillos, estudiando el pulso en el cuello de Candice―. Y cuando entré y observé cómo empezabas a disfrutar tú sola, creí mi deber como caballero intervenir para no privarte del placer de ser acariciada en tu noche de bodas.
Candice respiraba agitada-mente. Terrence no llevaba el traje típico de un soberano, ni las ropas costosas del día. El cabello oscuro y despeinado parecía algo húmedo, como si recién hubiese salido de darse un baño. La camisa de algodón blanco se pegaba a sus músculos, definiendo cada línea y haciéndolas visibles debido a la iluminación de la estancia. Llevaba un pantalón informal de tela suave que solo reforzaba la poderosa aura viril. Estaba descalzo, y parecía demasiado cómodo de esa manera. Ella deseó enterrar sus dedos en ese espeso cabello, y volver a probar la boca que la había excitado esa tarde. Terrence poseía un magnetismo que la desquiciaba, porque quería escapar tanto como dejarse envolver por él.
―Eso… ―ella miró hacia otro lado. El tema sexual no era su campo de mayor destreza, y se sentía intimidada, porque no le gustaba sentirse vulnerable―. Pudiste comentarme de aquel pasillo horas atrás, así como también pedir mi consentimiento para presentarte aquí, en lugar de hacerlo como el vulgar macho que eres. Él soltó una carcajada, y Candice quiso darle una bofetada. Ese hombre conseguía despertar sus instintos. ¿Estaba enloqueciendo?
―De haberlo hecho me habría perdido un espectáculo único. Los pies de Terrence estuvieron pronto en contacto con los de ella. El deseo carnal vibraba en el aire con una densidad. Candice tuvo que elevar la cabeza para mirarlo.
―No estoy aquí para entretenerte ―murmuró entre dientes, molesta por la reacción de su cuerpo.
―Lo sé ―replicó Terrence con su exquisita voz, que cualquier mujer caería a sus pies. Ella, no, gracias...
―¿Entonces, qué haces aquí? ―preguntó haciendo una mueca. Terrence estaba jugando en una mina peligrosa. El rocoso camino que tenía con Candice no tenía una ruta clara, y estaba caminando a ciegas. Debía recordar el motivo por el que había decidido sin anunciarse, y que no tenía relación con la lujuria recorriéndole la piel. Extrajo del bolsillo trasero del pantalón un teléfono, que había sido presentado al mercado semanas atrás. Se lo extendió, y Candice observó el aparato como si se tratase de una serpiente venenosa.
―Si tienes alguna emergencia mi número personal está grabado. Las llamadas que se registren fuera del país son monitoreadas. Así que piensa bien antes de cometer alguna tontería ― dijo Terrence con frialdad y Candice enarcó una ceja―. Aun tenemos que trabajar en mejorar el ensamblado de la red de telecomunicaciones, así que el acceso a internet es limitado―dijo él con frialdad―. Vine a dejarte el teléfono, porque no eres una prisionera, aunque me harías un favor si te fueras porque así podría aplicar la nulidad matrimonial por abandono.
— Sueñas ―replicó quitándole el teléfono, sin descuidar sujetarse la toalla―. Adiós, Terrence.
―Gracias, esposo, sonaría mejor ¿no? ―preguntó Terrence sarcásticamente―. Al menos, no tendrás que recibir mis atenciones esta noche.
―Ni ninguna otra que te quede claro, y la próxima ocasión que entres en mi habitación, sin anunciarte, lo que vas a recibir es un corte en la garganta. Terrence echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
―Ah, y gracias por el espectáculo tan estimulante.
― Idiota…―replicó Candice sonrojáda y se apartó para ir hacia el cuarto de baño. Cerró de un portazo. Terrence meneó la cabeza, todavía con la sonrisa bailándole en los labios, y salió por la puerta principal de la habitación. Decir que estaba frustrado sexualmente era poco, aunque se felicitaba por haber recobrado la cordura. Una seducción abrupta tan solo daría impulso a que ella se alejara. Ahora, que poseía la certeza de la química sexual entre ambos, él iba a utilizarla a su favor.
―¿Te crees muy superior, verdad, Terrence? ― soltó Gael, el hermano de Terrence. mientras intentaba recuperar la respiración.
―La petición de asilo en el extranjero ha sido aceptada ―replicó Terrence sin alterar su tono. Le dolía el mentón por el puñetazo; nada que un poco de hielo no quitase. Su hermanastro iba a tenerlo peor, porque el golpe que acababa de darle atacaría el punto más débil de Gael: el ego. Terrence le hizo una seña a los miembros de seguridad para que agarrasen a Gael de los hombros y lo sentaran. No debería sorprenderle que Gael hubiese intentado aplacar con puños la decisión de enviarlo al exilio. Terrence estaba cansado del comportamiento infame de su hermano. No permitió que sus guardaespaldas tomaran la situación a cargo, sino que lo hizo con sus propias manos. En pocos minutos tuvo a su hermanastro dominado en el suelo, porque inmovilizar a un oponente para no tener que usar armas era su especialidad.
―No puedes desterrarme ―dijo Gael con fiereza―. ¡Es mi derecho!
―Con mi orden firmada esta misma madrugada, te retiró el título de príncipe y todas las ventajas que esta posición te estaba dando, y no voy a permitir que continúes esparciendo tu ola de deshonra para este país ―replicó, haciendo caso omiso a las protestas absurdas.
—Has sido declarado ciudadano non-grato, algo que debí hacer tiempo atrás, pero quise ofrecerte el beneficio de la duda.
―Ayer te casaste ―dijo Gael con fastidio, mientras se removía en la silla para tratar de apartar a los cuatro hombres fornidos que tenía alrededor, a modo de barrera, por si intentaba asaltar a Terrence de nuevo―, así que solo quise festejar, lo que no podía compartir contigo en ese día tan importante. ¿Qué tal la princesita o debo decir, reina? ―Terrence apretó los puños a los costados―. ¿Ya has probado lo magnífico que es disfrutar de los placeres de una mujer?
―Llévenselo ―ordenó Terrence, harto de escuchar idioteces. Estaba agotado. Lo último que necesitaba era una confrontación adicional.
Su hermano sería llevado en alguno de los aviones de la casa GrandChester, consistía en tres Gulfstream G650ER, dos Embraer Lineage 1000E y un Airbus ACJ 319 Neo; cada grupo valorado individualmente en sesenta y seis, cincuenta y tres, y cien millones de dólares
―Seguro y la conozco en algún momento ―le hizo un guiño, mientras lo empezaban a sacar del hangar para llevarlo al avión que lo llevaría al extranjero―, tal vez cuando te aburras puedas pasármela. En mi cama puede disfrutarlo mejor. Terrence sabía que reaccionar ante las provocaciones solo darían munición para que Gael hallase la forma de fastidiarlo en un futuro. Su instinto fue más rápido que su cerebro, y le rompió la nariz a Gael antes de que este fuese llevado, entre carcajadas e insultos.
―Maldita sea ―murmuró Terrence. Miró alrededor, y todos parecían ocupados en sus propios asuntos, es decir, pretendiendo no escuchar o ver lo que estaba sucediendo. «Como debe ser», pensó. Nadie osaba contrariar a Terrence, y los nervios en las filas de los escuadrones de seguridad, en esos instantes especialmente, estaban a flor de piel, debido al incidente en el templo con Candice. Iban a rodar algunas cabezas más pronto que tarde.
Lo que menos le apetecía a Terrence era sucumbir a la lujuria. Necesitaba poner distancia física, porque con su mente y cuerpo agotados le restaban capacidad de frío raciocinio, en especial ahora que sabía el peligro que representaba Candice. Jamás había tenido el placer de observar a una mujer tocarse a sí misma con la seguridad con la que su esposa lo hizo frente al espejo. Sí, claro que tuvo amantes muy versadas y capaces de seducir con facilidad, pero todas eran siempre calculadoras, porque sabía cómo encender el deseo en él; Candice, en cambio, fue seductora por el simple hecho de no haber querido serlo. ¿Qué tal con esa contradicción?
―Preparen mi avión ―dijo de repente a uno de los pilotos―. Quiero salir lo antes posible a París.
―Por supuesto, Majestad ―replicó el asistente que lo acompañaba esa noche, en ausencia de Bernard quien estaba encargado del traslado su hermanastro al extranjero.
Las recolección de las muestras para la prueba de ADN de Candice se harían al día siguiente y los resultados estarían en dos días. Hasta entonces, Terrence pretendía aprovechar para investigar por su propia cuenta lo que había ocurrido. Su jefe de inteligencia y tecnología, Navarro, parecía optimista ante la búsqueda de detalles vinculados al pequeño transmisor que Candice había lanzado a la fuente de agua, creyendo ingenuamente que nadie la vería. ignorando en pleno conocimiento del error que había hecho.
―Quiero que tengan listo mi apartamento Avisa a Bernard que solo volveré cuando tenga los resultados. No quiero que hablen con la prensa.
―Por supuesto…
―Llama a mi ama de llaves en Francia.
Recostado en el cómodo asiento de cuero blanco, rumbo a la capital francesa. Terrence pensó en Candice, a solas en el palacio durante una noche que ―de haber sido otra la circunstancia― podrían haber disfrutado juntos. Pudo regresar al palacio, pero no creía tener la capacidad de autocontrol con ella alrededor. Era mejor esperar a los resultados del examen de ADN. Él era consciente de que ella era una White Aldley la más pequeña hija de los Reyes White , pero una reafirmación médica resultaba imperiosa en circunstancias tan inusuales. Le daba igual si Candice se preguntaba al siguiente día por su presencia o carencia de esta en los alrededores del palacio real. ¿Acaso no fue ella quien decidió entrometerse en su vida?
Terrence cambió de ropa en la habitación privada de su avión. Dejó el traje tradicional con el que había salido del palacio, y lo reemplazó por uno de sus trajes hecho a medida. En esta ocasión era color gris ceniza, sin corbata, y zapatos a juego. Llevaba el cabello peinado hacia atrás, y sus facciones cinceladas resaltaban con facilidad. Era el tipo de hombre que jamás pasaría desapercibido, pero esa noche solo deseaba llegar a su apartamento y fingir que nada había cambiado. Que continuaba siendo soltero, sin responsabilidades, y dispuesto a disfrutar la oferta gastronómica y de escenarios que tenía Francia.
Abrió la puerta del penthouse, una propiedad discreta en pleno corazón de París con vistas a la Torre Eiffel, y dejó la billetera junto a la consola de mármol cerca del corredor que llevaba a su habitación. Todo estaba en perfecto estado, como si él jamás se hubiese ausentado durante esos ocho meses.
Terrence caminó a lo largo del pasillo, iluminado con luces bajas. Abrió la puerta de su habitación, dispuesto a recuperar las horas de sueño que tanto necesitaba, aunque esa parecía ser la última opción disponible cuando reparó en su cama.
―Me dijeron que querías todo como siempre ―dijo con una sonrisa pícara la mujer rubia de ojos celestes, desnuda, recostada en el amplísimo colchón―, así que aquí estoy para ti, Terry. Ha pasado mucho desde tu última visita, y espero que estés dispuesto a recuperar el tiempo perdido.
Cuatro horas en el gimnasio habían sido suficientes para eliminar el estrés al que había estado sometido las últimas horas, aunque no podría decir lo mismo respecto a la mujer que pasó la noche en su cama. Sola. Estuvo tentado a dejarse envolver por los brazos de Sheila, vamos, era una mujer preciosa con una figura esbelta; piernas largas, abdomen firme, y pechos pequeños. Sin embargo, al verla, lo único que llegaba a su cabeza era compararla con las curvas y la sensualidad de otra mujer que estaba a miles de kilómetros de distancia durmiendo sola. Y que se había convertido en su esposa. ¿Cómo había sido tan estúpido? Sheila de seguro sabría que estaba casado, porque sería ridículo que no lo supiera cuando estaba su fotografía junto a Candice en todos los medios de comunicación internacionales. Lo más probable es que ella no dudase en comentarle a alguna de sus amigas que estuvo con él. Esos cotilleos tan solo lastimarían la imagen que él tan fervientemente necesitaba reconstruir como líder joven de un país conflictuado en su área económica y laboral. Si hubiese sido más astuto, Terrence habría recordado que pedir que su penthouse fuese organizado tal como se hacía cada ocasión en que visitaba la ciudad, entonces habría caído en cuenta de que ―por lo general― eso incluía que su amante estuviese presente. Después de todo ella era la mujer con la que solía pasar las noches en París cuando iba de visita de Estado o por negocios personales. Furioso se pasó las manos entre los cabellos húmedos. El baño, con agua fría a modo de castigo, le ayudó a despejar la mente. Iba a permanecer dos días más en la ciudad; ese era el tiempo preciso en que tardarían en dar los resultados del ADN.
―Procura que Sheila sea compensada adecuadamente ―le dijo Terrence a su asistente cuando este atendió su llamada―. Lo suficiente para que olvide haber pasado la noche en mi penthouse e incluso que fue invitada a hacerlo. Agarró las llaves con determinación. Cuando abrió la puerta del penthouse, su equipo de seguridad estaba esperándolo. Debería estar habituado a que lo siguieran a todas partes; no era así. Su vida ya no le pertenecía, porque se debía a los cientos de miles de personas que esperaban que él jugara bien sus cartas para conseguir un mejor porvenir para ellos.
Dormir ocho horas seguidas la había compensado con múltiples beneficios, entre ellos despertar con una actitud optimista. Su primer punto en la agenda era recibir al médico de la Casa Real, para que tomase la muestra de su ADN.
―A pesar de que tengo que hacer estas pruebas por obligación, no podría ni un segundo dudar de su procedencia. Me alegra que haya logrado sobrevivir ―hizo una inclinación de cabeza. Candice se aclaró la garganta.
―Gra… gracias, doctor. Era la primera persona que le mostraba completa confianza y se sintió conmovida.
Cuando terminó con la diligencia bajó al salón de desayuno. Apenas estuviese el mar en calma, se daría a la tarea de encontrar la forma de llegar a las cuentas bancarias que tenía su familia en el extranjero, y que le pertenecían; estaba convencida de que Richard no se había hecho con esa información, porque eran recursos personales de sus padres.
Las siguientes horas del día, Candice pasó ocupada, no solo conociendo el personal, sino recorriendo el palacio, familiarizándose con todo como si fuese la primera vez que pisaba la inmensa propiedad. Algunos de los miembros del staff la observaban con desconfianza, porque les parecía por completo irreal que una reina se acercase para querer conocerlos o interesarse por su existencia. Nadie osó cuestionarla, por supuesto; al contrario, la felicitaron por el matrimonio y expresaron su profuso deseo de continuar sirviendo a la Casa Real.
No quería sentirse recluida, pero salir a la calle no era todavía una opción, porque quería hacerlo cuando su identidad hubiese sido confirmada y dada a conocer en todos los medios locales. Así se lo había sugerido Bernard al inicio de la conversación. Se vendería la historia de su regreso al palacio, como medio de distracción, a la crisis económica. «El pueblo siempre estaba ávido de un poco de esperanza o ilusión», le acababa él de decir.
―Gracias por reunirse conmigo y aceptar mis puntos de vista. Candice le sonrió con amabilidad.
―¿Dónde está Terrence? ―le preguntó sin darse cuenta. Llevaba horas sin verlo. No es que lo echara de menos, pero después del incidente de la noche anterior, se imaginó que estaría alrededor para sacarla de quicio. Bernard se aclaró la garganta. Su lealtad estaría siempre del lado del rey. No podía revelar nada que no fuese de su incumbencia, en especial después de que le hubiesen afirmado que Terrence estaba en París.
―Tuvo una emergencia de Estado ―dijo. No era una mentira, pero tampoco la verdad al completo.
―¿De qué clase?
―No poseo esos datos, Majestad, tan solo sé que salió en la madrugada y el asunto es de seguridad ―murmuró casi con un tono de disculpa, y en lugar de conseguir que Candice se sintiera tranquila, logró todo lo contrario―. Puede que tarde en resolver el tema algunos días. Candice se puso de pie. No quería detalles ni justificaciones si Terrence había ido o no a desfogar sus necesidades sexuales con otra mujer a la madrugada siguiente del día de su boda, en especial porque era falsa, tanto como esos votos ridículos que le tocó decir ante el ministro en el templo. Sin embargo, resultaba humillante que Bernard supiera que había sido abandonada en su noche de bodas.¿Si acaso la idea de que Terrence estuviese con otra mujer le incomodaba? Por supuesto. ¿El motivo? No tenía la más remota idea.
—Te trataré de tú a tú, porque sé que eres parte del círculo de confianza del rey. Fuera de esta oficina, la situación será diferente.
―Por supuesto, usted dirá, Majestad ―replicó con una inclinación de cabeza.
―Me he preparado arduamente para atender cualquier clase de crisis. No he estado viviendo en otro planeta, sino en las montañas y cada tanto he ido a otras ciudades de mi pueblo para conocer su realidad y hallar mejores formas de lograr el progreso de las zonas menos desarrolladas. Así que espero en un futuro próximo, que los problemas que surjan en el palacio, me sean comunicados. Tengo tanto derecho a saber lo que sucede a mi alrededor como lo tiene Terrence; sea un asunto de seguridad o no. Si el rey quiere tener una amante, me da lo mismo; si acaso llegase a filtrarse información al respecto, al ser este un matrimonio tan reciente y que la gente cree que ha sido concebido por amor, las consecuencias serán muy perjudiciales para los negocios y para la imagen de estabilidad o compromiso de esta monarquía.
Bernard quiso sonreír, porque ninguna mujer era tan adecuada para ese cargo como Candice. Así como tampoco existía otra persona que fuese capaz de equiparar el nivel de compromiso que Terrence prodigaba al pueblo. Quizá ahora ambos fuesen enemigos declarados, pero con el tiempo podrían encontrar las similitudes que los acercaban y trabajar en ellas. El tiempo era sabio.
―Así será, reina Candice.
―¿Puedes pedir al jefe de cuadras, y al equipo de los establos, que esté presente en treinta minutos? Me gustaría recorrer esa área.
La convocatoria para la junta extraordinaria se dio sin inconvenientes, Candice supo que Terrence llegaría en cualquier porque su avión acababa de aterrizar procedente de Francia. Ese detalle no pasó desapercibido para Candice, quien trató con todas sus fuerzas de ignorarlo, pero perdió la batalla porque no podía quedarse sin respiración solo para evitar que el exquisito perfume de Terrence se le filtrase por las fosas nasales.
No creyó que, entre las dificultades de regresar a su ciudad para recuperar su puesto legítimo, tuviera que aprender a soportar la exquisita visión que era Terrence. Su lucha interna era tenaz, porque el hombre más sexy que recordaba haber visto en años, también era el descendiente de un monstruo. Todos, menos la reina, se pusieron de pie para saludar al Rey. No era una falta de respeto, sino una demostración de la condición de equidad de poder que Candice estaba dejando claro que iba a existir en esa Casa Real.
―Buenos días, Candice ―dijo Terrence antes de sentarse a su lado. Le parecía imposible que una persona fuese capaz de verse más guapa, en especial cuando apenas la había visto dos días atrás, sin embargo, eso era exactamente lo que Terrence creía sobre Candice. Ella llevaba el cabello recogido en un tocado sencillo que realzaba sus facciones aristocráticas; y el vestido color rojo marcaba discretamente los pechos que él había tenido el placer de ver días atrás. Tuvo que reprimir las ganas de tomarla en brazos para besarla y deshacer esa fría actitud. Terrence ahora sabía que tras la fachada de indiferencia se escondía una mujer apasionada; nada deseaba más que encender la chispa que conseguiría que todo ese fuego se transformase en una llamarada de lujuria.
―Buenos días ―replicó ella con acritud en tono bajo. Pronto, todos volvieron a tomar asiento, y la sesión para la que habían sido convocados entró en proceso. Con el permiso de los reyes, el doctor leyó en alto los resultados de ADN, confirmando a Candice como una White Andley, legítima heredera al trono real. Cada miembro de la junta extraordinaria tomó la palabra, agradeciéndole a Candice el haber tenido la valentía de volver, le extendieron disculpas a nombre del pueblo por la pérdida de sus padres, y le prometieron lealtad. El encargado del registro legal pidió la firma de los reyes y los testigos antes de llevarse el documento a un destino seguro para que constara en la historia del país.
Minutos más tarde, una gran sonrisa satisfecha se formó en los labios de Candice. Se incorporó tratando de contener las lágrimas de emoción. El resultado no la sorprendía, sino que le brindaba el respaldo que necesitaba para empezar su trabajo.
―El equipo de comunicación empezará a trabajar en la historia ―anunció Bernard cuando la pareja real salió del salón―, para que el pueblo tenga presente el papel de la reina Candice de ahora en adelante.
―No voy a conceder entrevistas ―dijo Candice a Bernard, y miró después a su asistente y consejera oficial, Sophie―: No quisiera dar explicaciones. Espero que puedan manejar el tema de la mejor forma.
―Los monarcas no explican nada a nadie ―zanjó Terrence, mientras avanzaban por los corredores del palacio con Bernard y Sophie siguiéndolos―, así que no tienes que preocuparte por eso. Las órdenes las das tú, no al revés.
Candice frunció el ceño, fastidiada.
―Bernard y Sophie pueden retirarse.
Sin demora, Terrence guío a Candice hacia su despacho. Ella lo siguió, no porque quisiera hacerlo de buena gana, sino porque tenía un par de cosas que decirle. Se plantó en la alfombra persa determinada a dejar en claro su lugar.
―¿Cómo te atreves a hacerme pasar una situación tan bochornosa al largarte sin más, en plena madrugada del día de nuestro matrimonio? ―preguntó respirando agitadamente―. ¿Quieres o no que este país salga del bache en que tu sanguinaria familia lo dejó?―Terrence apretó los puños a los costados.
—Eres un malcriado cabeza dura.
Terrence le dió una sonrisa sarcástica y apoyó la espalda contra la puerta.
―Tuve que resolver una crisis de Estado ―replicó con indiferencia. Cuandice soltó una exhalación, y después se dirigió hacia la salida. No quería discutir. Estaba emocionalmente agotada. Quedarse con él en esos momentos no iba a contribuir a crear un clima llevadero para vivir.
―Quítate de mi camino, Terrence ―pidió evitando que sus ojos colisionaran con los de él―. Necesito ir a cabalgar para despejar la mente. Él la tomó de los hombros para que lo mirase.
―No me acosté con ninguna mujer ―dijo sin pensarlo demasiado. Dar explicaciones no era algo que hacía con nadie, así que no entendía por qué demonios estaba haciéndolo ahora como si se sintiera culpable, cuando no le debía nada a Candice.
Continuará...
Hola lectores. Nos leemos. Gracias por acompañarme con otra historia de Candy y Terry, simplemente con la intención de dar un momento agradable. Créditos de Kristen C.
Saludos.
JillValentine.x.
