―La próxima vez que intentes buscar una amante procura hacerlo sin crear una situación incómoda para la imagen de este acuerdo matrimonial. Terrence colocó ambas manos en los hombros de Candice— Quítate de mi camino, Terrence ―pidió evitando su mirada―. Necesito ir a cabalgar para despejar la mente. Él la tomó de los hombros para que lo mirase.
―No me acosté con ninguna mujer ―dijo sin pensarlo demasiado. Dar explicaciones no era algo que hacía con nadie, así que no entendía por qué demonios estaba haciéndolo ahora como si se sintiera culpable, cuando no le debía nada a Candice.
―Qué mal ―dijo mirando sin poder dejar ver sus emociones, la respuesta de Terrence la hizo feliz, ¿Por qué? Candice No lo sabía.
―Candy... — el diminutivo de su nombre la tomo por sorpresa, y si... también le gustó, pero aún así contestó altiva.
―¿Qué? ― Candice elevó el mentón, orgullosa. Estaba preparada para replicar cualquier palabra socarrona que él pudiera decirle.
―No creo que discutir sea la mejor opción para nosotros ahora mismo ―dijo apartando las manos de los hombros, mientras las llevaba lentamente hasta acunar el rostro de Candice. Con los pulgares le acarició las mejillas. Candice tragó en seco y creyó que le faltaba el aire. Una ola de necesidades íntimas parecían venir de las palmas de esas manos fuertes, que con suavidad acariciaban su rostro , hizo que Candice se rindiese un poco más. pensó que si Terrence seguía, sería ella quién se lo llevaría a la cama .
―¿Qué haces? ―preguntó en un susurro que sonó casi desesperado... Si Terrence seguía acarigiandola, Candice pensó que sería imposible concentrarse.
Terrence tenía la certeza de que los próximos días serían infernales si la tensión sexual que existía entre ambos continuaba creciendo. Si satisfacían sus instintos básicos, entonces ambos podrían convivir sin querer fulminarse con con las miradas o lanzándose dagas verbalmente.
―Quiero hacerte una pregunta.
―Para eso no necesitas tocarme… Terrence se rió con suavidad.
―¿Me deseas como yo a ti? ―preguntó con un brillo intenso en la mirada. Candice era una de las mujeres más bellas que había tenido el placer de tener a su lado, y la primera que prefería lanzarle piedras verbales a concederle el beneficio de la duda sobre motivos, ideas o planes. En especial, la primera que conseguía que su cuerpo no reaccionase a ninguna otra mujer. ¡Lo más sorprendente! Que ella parecía por completo ajena al efecto que causaba.
―No sé qué clase de interrogante es este, Terrence ―replicó Candice. Ella no tenía idea de cuál era la finalidad de Terrence con esas preguntas absurdas.
Candice tan solo podía escuchar cómo su cerebro le gritaba que se apartase de la tentación porque no sería capaz de lidiar con las consecuencias, mientras su cuerpo reaccionaba comportándose sensible y ansioso de recibir caricias en la espera de experimentar un alivio que llevaba años en el olvido.
―Una sencilla. Me gustaría que fueses honesta y la respondieras. Porque, a pesar del desprecio que muestras hacia mí, sé que me deseas tanto como yo a ti.
―Qué dices… ―susurró con la respiración agitada.
―La verdad. ―Candice murmuró algo sobre los hombres idiotas que tienen la cabeza llena de lujuria.
―Quiero ir a cabalgar, y me estás interrumpiendo la rutina. ―Terrence dejó caer las manos a los lados, y Candice sintió de inmediato la pérdida de su cercanía―. Además, si crees que soy una mujer que perderá la cabeza por acostarse contigo, te equivocas. Así como también te equivocas si crees que carezco de experiencia y que puedes enseñarme algo que ignoro sexualmente. Los ojos azules de Terrence relampaguearon, y Candice supo que acababa de cometer un error terrible. Sin embargo, no pensaba bajar la cabeza, ni avergonzarse, ni mucho menos retractarse..
―¿Qué estás diciendo? ―preguntó con un tono severo en su voz, casi siniestro. La inmediata necesidad de ponerle rostro a cualquiera que se hubiese atrevido a tocar a Candice surgió como un animal rabioso. El sentido de posesión que lo envolvió era tan potente que Terrence tuvo que apartarse por completo para controlar su enfado.
―No soy virgen ―soltó sin titubear―, y tampoco estoy interesada en repetir esa clase de experiencias, en especial con un matón despreciable como tú. Este matrimonio tiene fecha de caducidad.
A pesar de las ganas que Terrence tenía de acallar con sus besos a Candice demostrándole con su cuerpo lo que ella se negaba en aceptar, Terrence prefirió tratar de calmarse y optar por una estrategia diferente.
No recordaba haber sentido tanto enfado en muchísimo tiempo, y nada tenía que ver con la virginidad o la falta de esta, porque él no era un hombre cultivado a la antigua. Podía entender que ella sintiera un resentimiento hacia él por la muerte de sus padres y hermanas a manos de Richard; pero él no era su padre. El hecho de que Candice lo hubiese condenado sin darle la oportunidad de conocerlo, le parecía un insulto, y no era la primera vez. Que otro hubiera tocado a Candice, le escocía, sí, pero no iba a ponerse a los pies de ninguna mujer. Al contrario, iba a lograr que ella se arrepintiera de sus palabras.
―Vaya ―dijo Terrence fingiendo desinterés―, yo creía que eras el tipo de persona que consideraría que lo importante de una mujer estaba en su cabeza, y no entre sus piernas. Imagino que tú piensas diferente. Interesante.
―Eres un majadero… Además, no tienes idea de lo que pienso ―refutó.
Terrence se dirigió hacia su escritorio y se sentó en el cómodo sillón. Candice mantenía la mano sobre el pomo de la puerta; tenía los nudillos casi blancos.
―En pocos días iremos a recorrer las calles de la ciudad, y tendremos que inaugurar el nuevo edificio de la policía, así como entregar víveres para zonas desfavorecidas. Organiza tu agenda como mejor te plazca, pero no puedes faltar porque será tu primera aparición oficial. De momento, disfruta tu cabalgata ―dijo Terrence con un tono de aburrimiento, mientras se desentendía por completo de ella.
Candice cerró de un portazo. Odiaba ese tono condescendiente, pero todavía más que Terrence se creyera con la posición de decidir los términos de una relación en la no había ningún tipo de sentimiento, ni acuerdo. Y odiaba más tener que hacer lo qué él decía.
Cuando estuvo a solas, Terrence recostó la cabeza contra el respaldo y soltó una sonora exhalación. Solo podía salir airoso uno de los dos, y Terrence no estaba dispuesto a rendirse. Candice iría a sus brazos por voluntad propia, y cuando eso ocurriese, él pensaba disfrutar su victoria, y ella no volvería a ser capaz de recordar a ningún hombre que hubiese estado antes de él. Satisfecho ante las perspectivas con Candice en el horizonte, Terrence empezó a revisar las gestiones que tenía pendientes.
Tres semanas a tope con viajes a diferentes ciudades del país, Terrence y Candy mantuvieron a raya las discusiones, así como la química sexual, porque en cada reunión siempre había personas alrededor. Candice y Terrence jamás se quedaban a solas. Ambos habían comprendido que estar con su personal privado, como acompañantes era la receta antídoto, para la atracción que ambos se negaran a aceptar . Tanto como Sophie y Bernard, se encargaban de todo, incluyendo mensajes que uno quería decirle al otro. Después de todo, no tenían nada personal que decir. De cara al público, los reyes eran la pareja perfecta: sonrientes, amables y generosos con su tiempo. Una vez que las puertas del inmenso palacio se cerraban las máscaras caían, y parecían dos extraños separados por mundos diferentes.
Cuando la historia de la reaparición de Candice llegó a la prensa, gracias a la gestión de comunicación de la Casa Real, la respuesta internacional no se hizo esperar. Hubo muestras de apoyo e incluso algunas productoras contactaron a los asistentes de los reyes para proponerles hacer un documental de la vida de la reina Candice. Por supuesto, todas las ofertas fueron declinadas. El pasado de Candice, aquellos once años en las montañas continuaba siendo un tema que ni Candice ni Terrence habían vuelto a discutir. A medida que transcurrían los días, Candice no dejaba de sorprenderse por las muestras de respeto que tenían los ciudadanos hacia Terrence. Cuando ella les preguntaba al respecto de forma casual, empezaba a escuchar frases que no tenían nada que ver con las que ella mantenía, en concepto sobre el Rey Terrence. Jamás lo admitiría, pero en cada ocasión que estaban juntos Candice se esmeraba por ser la receptora de aquella calidez que surgía de él cuando hablaba con otros fuera del palacio, mientras a ella la había relegado a la zona de sonrisas superficiales. Claro, Candice le merecía el mismo trato, porque dar su brazo a torcer no estaba en sus planes. Reconocía que estaba siendo contradictoria, pero, ¿cuándo había tenido la cabeza a derechas desde que tuvo por primera vez frente a frente a Terrence?
Terrence tampoco tenía la cabeza en orden, por eso prefirió fingir que Candice no estaba en el palacio, se engañaba diciéndose que seguía soltero, y prefirió enfocarse en su labor de liderazgo. Cómo ese día, que había recibido noticias importantes. Uno de sus puntos en la agenda del día consistía en reunirse con su jefe de inteligencia quien, al parecer, ya tenía una pista que podría llevarlos a encontrar a los responsables de que Candice hubiese reemplazado el lugar de la princesa Susana en la boda real.
Candice apartó sus conjeturas con respecto a Terrence, cuando llamaron a la puerta.
―Adelante.
―Buenas noches, Majestad ―dijo Sophie―. Le traigo los cuatro trajes de noche que me encargó, y todo el equipo está listo para prepararla.
―Empecemos, entonces ― asintió Candice, mientras se acercaba a elegir el vestido. Poco a poco se había habituado a tener de regreso los lujos y atenciones. Sin embargo, para su propio asombro, continuaba echando en falta la simpleza del campo en lo alto de las montañas y la libertad de romper protocolos para ser simplemente ella. Esa ocasión Candice iba a ser la anfitriona de una cena con miembros importantes del gobierno australiano. Estos estaban estudiando la posibilidad de apoyar financieramente el proyecto de Terrence para brindar mejores condiciones de seguridad, así como beneficios de salud, a los empleados que miraban. Esa era la primera nación que mostraba apertura hacia un país que anteriormente había sido considerado zona de guerra, inseguro, y con líderes mercenarios. Incluso cuando Terrence llegó al trono, debido a su parentesco con Richard, el nivel de desaprobación internacional fue brutal. Le estaba costando muchísimo al joven Rey lograr penetrar las barreras de la incredulidad e indiferencia de otros países. Candice sabía lo que estaba en juego, y por más fastidio que sintiera por Terrence, no podía permitir que esa noche terminase en desastre.
―Luce esplendorosa, Majestad ―dijo Sophie cuando Candice estuvo completamente vestida. A medida que habían pasado los días, Candice mantuvo la firme intención de que su asistente se expresara con libertad en su presencia.
―Gracias.
Candice llevaba en esta ocasión un vestido de corte cuadrado en tono azul turquesa, lo que más llamaba la atención era el delicado brocado de perlas, entremezclado con pequeños zafiros, que formaban parte del escote. Lucía exuberante. Llevaba el cabello recogido parcialmente, mientras una cascada ondulada se regaba bajo sus hombros.
— Tengo un mensaje para usted, Majestad ―Candice asintió―. Me pidió Bernard que le comunicara que el Rey Terrence desea tener una charla privada antes de la cena. ¿Está de acuerdo? ―preguntó Sophie―. Si me da una respuesta ahora, entonces yo podría coordinar la secuencia de actividades de la cena de esta noche con el equipo del rey.
Esa era la primera ocasión en que Terrence pedía reunirse a solas. Imaginaba que iba a darle algún discurso sobre lo importante que era esa cena. «Como si ella no supiera…». Por otra parte, no podía dejar de ser consciente que había juzgado mal a su esposo durante todo ese tiempo. No solo por lo que escuchaba de la gente, sino porque había visto, sin que él lo supiera, cómo pasaba noches en vela tratando de resolver algún problema o planeando formas para negociar con los diferentes Ministerios en el país para lograr acuerdos
Candice estaba nerviosa, y también sabía que le debía una disculpa a Terrence por sus prejuicios. Aunque, ¿cómo podría alguien culparla con el antecedente del asesino de su padre, Richard GrandChester ? Claro, su desbordada imaginación tuvo una gran cuota en todo el asunto con Terrence, la hizo pasar una vergonzosa tarde cuando preguntó a Bernard si las mazmorras podrían ser transformadas en un centro de acopio de alimentos imperecederos. El hombre, tan diplomático como era, tan solo se limitó a decirle que no existían mazmorras en el palacio, ni tampoco harenes. Sonrojada a más no poder, Candice le pidió que jamás se comentaría a Terrence. Por supuesto, Bernard le prometió que no tenía de qué preocuparse, aunque no por ello Candice dejó de notar la ligera sonrisa que se operó en el consejero y asistente personal de Terrence. El tiempo de ignorarse había quedado atrás. Sabía que muchos de los acontecimientos por venir iban a tener que discutirse sin intermediarios para agilidad de las agendas mutuas de trabajo. Más le valía a Candice estar preparada.
―Sí, Sophie, dile a Bernard que puedo recibir a mi esposo para esa reunión que me pide. Encárgate de que en la recepción de esta noche no quede ni un solo detalle olvidado.
A Terrence le habría gustado esperar a la mañana siguiente para decirle a Candice que una hora atrás, los miembros del ejército habían apresado a sus compinches en el incidente por la suplantación de la princesa Susana en el templo. Sin embargo, debido a un error en el equipo táctico que llevó a cabo la misión en las montañas, el líder Andrew que había acogido a Candice durante años, sufrió un disparo en el estómago y estaba en esos instantes en terapia intensiva. Terrence no sabía cómo dar una noticia semejante a una persona con un carácter explosivo como Candice sin que esta intentase echarle la culpa… Aunque, técnicamente, era culpable, pues fue él quien dio la aprobación y orden de hacer la incursión. No hubo que utilizar la fuerza, porque los Andrew eran personas de paz, aunque a ninguno le agradó ver a su jefe herido, y a un tal Anthony ―según le informaron por radio los miembros del ejército, el hombre era el sobrino, casi como un hijo del líder. Anthony había escapado, no sus compinches, un tal Archie y Stear. El jefe de inteligencia y tecnología, Navarro, le había entregado un informe completo a partir del análisis del auricular que Candice llevaba el día de la boda, así como todo el proceso de seguimiento del caso. Aquella información fue en gran parte el motivo por el cual se mantuvo apartado de Candice; no solo por la tentación que ella representaba, sino porque, en una de las incontables discusiones, lo más probable es que le hubiese terminado diciendo sobre la misión de inteligencia solo para sacarla de quicio. No habría sido beneficioso para nadie. Y ahora, a pesar de la cautela utilizada, el disparo inesperado había transformado una pacífica rendición en una caótica escena, y Terrence necesitaba encontrar la manera de enfrentar a Candice. Durante esas semanas, a él le había resultado complicado observar cómo la mujer que había resurgido de los campos montañosos volvía poco a poco a convertirse en la reina que estaba destinada a ser. La atracción que intentaba olvidar se hacía más fuerte. Cada día, ella le parecía más tentadora, desafiante, en especial por la forma en que desarrollaba una sincera empatía con los ciudadanos, que conocían en los recorridos al inaugurar obras o al visitar fundaciones benéficas e incluso yendo a hospitales, y estos le correspondían en interés y aprecio.
Él comportamiento genuino de Candice lo instó a comprender la pasión que compartían ambos por el pais. Al menos en ese ámbito no eran tan distintos. Terrence empezó a examinar a Candice bajo otra luz, y entendió todavía más el por qué del rencor que sentía ella hacia él. Si había alguien nacido para reinar esa era Candice White Andley. La terca mujer hizo válido su derecho y poder, para optar por no utilizar el apellido GrandChester; él no podía culparla, así como tampoco le era posible ignorar cómo la presencia de ella había suavizado su imagen de rey inaccesible ante otros. Lo levísimos roces intencionales, las miradas furtivas o las sonrisas robadas que Candice le dedicaba, estaban a punto de arrebatarle el juicio. Que ella lo considerase indigno de tocarla, le escocía. Terrence pretendía mantener el propósito de hacerla tragar sus palabras de desprecio una a una, por más de que en el proceso él tuviera que recurrir a baños de agua helada y aliviarse con la mano. Sabía que encontrar otra mujer que estuviese deseosa de complacerlo, en lugar de intentar cortarle la garganta con una daga o echarlo al suelo con una maniobra física, era muy fácil. Sin embargo, su cuerpo no estaba interesado en otra persona. ¿Qué tal con semejante imbecilidad?
―Candice ―dijo llamando con los nudillos a la puerta semi-abierta.
―Pasa, por favor ―replicó Candice con esa voz suave que inundaba las fantasías del rey―. Estoy ajustándome los pendientes, ya estoy contigo en un momento.
Terrence cerró la puerta tras de sí, y avanzó hasta llegar a la pequeña salita dispuesta para todo lo concerniente a belleza femenina: maquillaje, espejo, utensilios para el cabello, y accesorios varios. Candice estaba de espaldas, pero a él le era posible ver el reflejo del rostro en el espejo. Se colocó tras ella.
―¿Qué necesitas? ―preguntó Candice.
Una corriente eléctrica pareció recorrerle la columna vertebral a la Reina, y sus dedos vibraban ante la tentación de acariciar el rostro de ese hombre exasperante y sensual.
Terrence poseía la elegancia de un tigre, su cuerpo poseía agilidad al moverse, y en conjunto él iba más allá de lo que se podría considerar hermoso. Estaba convencida de que su opinión era muy imparcial, porque había escuchado lo que otras mujeres solían decir, entre murmullos disimulados o en la forma de mirarlo al pasar. El aroma del costoso perfume varonil, entremezclado con el sutil sándalo propio de él, olía deliciosamente. Aunque odiaba admitirlo, le encantaba cuando lo escuchaba hablar o debatir con esos labios sensuales, la invitaba a preguntarse qué cosas pecaminosas podría hacer a una mujer que, como ella, quería ser tocada y acariciada de todas las formas posibles con un ansia que resultaba embarazosa. Esa era la fuerza del deseo.
―Hay algo importante que preferí comunicarte personalmente ―dijo con seriedad, mientras ella bajaba las manos al terminar de colocarse el último pendiente en la oreja, y se ponía de pie. ―Estoy muy clara en las decisiones que he tomado, si ahora quieres cancelar el discurso que voy a dar para los representantes australianos, entonces es muy tarde. Sé que es mi primera cena de negocios, pero estoy preparada.
Terrence frunció el ceño.
―No estaba poniendo en duda tu capacidad ―replicó mirándola de arriba abajo, porque le era imposible no hacerlo.
«Esta mujer tarde o temprano va a matarme de deseo», pensó Terrence―. Así que no hay necesidad de ponerte a la defensiva.
Candice soltó una exhalación. Él debería estar utilizando el traje clásico de un rey, pero había optado por la sugerencia de su asistente en llevar un traje del medio oriente.
Terrenceuería que los australianos lo viesen como un líder progresista, moderno, pero también preparado para la ocasión.
―De acuerdo, Terrence. Quedan veinte minutos antes de que empiece la recepción. Está todo coordinado por nuestros equipos de trabajo… Así que, ¿qué es eso que te ha traído hasta mi habitación? ―preguntó con cautela.
Terrence no quería bajar de mal humor a la reunión, mucho menos ver a su esposa sacar las garras afiladas con sud palabras sardónicas en una actividad de cuyo resultado dependía el futuro del pueblo. Terrence tomó una decisión contraria a la que lo había llevado a la habitación de Candice. Sería preferible hablar del tema de los Andrew al día siguiente, cuando ambos estuviesen en calma, y él recibiera una llamada del Hospital Central del pueblo diciéndole que el líder Andrew estaba fuera de peligro.
―Hubo una situación en las montañas hace pocos minutos. — dijo desviando la mirada intensa de Candice. ―Un incendio en el camino que lleva hacia una de las zonas habitadas, empezaba a dar paso a una turba que fue detenida ―dijo. Era una verdad a medias, porque sí que hubo un incendio que fue causado por los beduinos que formaban parte de la gente de los Andrew y que intentaron crear una barrera de fuego para que los militares del palacio no ingresaran. Fue un incendio sin consecuencias graves, y bastante controlable. Obviamente, eso no iba a decirle.
―¿Por qué ocurrió el incendio? ―preguntó entrelazando los dedos entre sí. Cientos de posibles escenarios catastróficos se le vinieron a la mente. Esperaba que solo hubiese sido un mal entendido, que solían ocurrir de vez en cuando, y el incendio haya sido parte de alguna travesura de los inconscientes amiguitos de las zonas aledañas.
―Oh, no tengo el informe todavía, pero apenas me lo entreguen te lo haré saber. Creí preciso comunicártelo debido a tu apego a la gente de las montañas, así como lo tuvo tu padre en algún momento ―replicó elevando la mano y acariciándole la mejilla. Ella contuvo la respiración―. ¿Estás cómoda en este palacio?
―Yo… Sí. La habitación es muy grande y la han redecorado con buen gusto. No he tenido la oportunidad de recorrer los jardines como me hubiese gustado… ¿Cómo sabes de mi padre si no lo conociste?
―He estudiado muy a fondo la cultura del Rey, y sé que fue un hombre muy respetado y noble. Sentí su muerte, aunque no quieras creerlo. No soy un mercenario.
Candice tragó en seco. Asintió. Sabía que él decía la verdad.
―Gracias por decir eso de mi padre.
―Es la verdad.
―¿Desde cuándo es la verdad una parte de tu personalidad? ―preguntó sin poder evitarlo. Estaba habituada a mantenerlo a raya.
―Podrías sorprenderte si te interesara conocerme, en lugar de escuchar cotilleos o llenarte la cabecilla de absurdos medievales. Candice rió con suavidad.
―Es difícil cuando vives aislada, y solo te llegan noticias nefastas.
―Tal vez podamos cambiar esa percepción de un modo más… práctico. Mmm ―dijo sonriéndole.
Terrence inclinó y colocó la boca cerca de la pequeña oreja de Candice―: Hueles delicioso. Tu perfume suele quedarse impregnado en el aire aun cuando te has marchado. Eso me vuelve loco.
―Ah… No lo sabía… ―susurró, olvidándose de todo lo que no fuese ese instante; ningún tema poseía importancia, ningún recuerdo, solo ese momento. Los dientes masculinos le dieron un pequeño mordisco al lóbulo de la oreja, y Candice soltó un jadeo. Lo sintió respirar contra su cuello, mientras él iba depositando suaves besos hasta llegar a la comisura de sus labios―. Tú me vuelves loca con tus idioteces ―dijo para tratar de romper la tensión sexual.
La risa del rey recorrió cada terminación nerviosa de Candice. Terrence no se apartó.
―Es bueno que me lo recuerdes, así, cuando cambies de opinión será toda una revelación que descubras los verdaderos motivos por los cuales te voy a volver loca. ―¿Terrence? ―llamó sin aliento.
―Cuéntame ―dijo mirándola con una intensidad que la hizo contener la respiración. Le tomó las manos, y con suavidad empezó a desenlazar los dedos, acariciándoselos uno por uno. Ella colocó las palmas instintivamente sobre los pectorales firmes de Terrence cuando este le deslizó las manos por las caderas, le recorrió el costado, hasta que sus pulgares quedaron justo bajo el borde inferior de los pechos. Podía ver cómo los ojos de Candice vibraban como oro líquido, y los labios entreabiertos ligeramente decían con elocuencia lo que las palabras no expresaban. No había sido su intención llegar a ese punto, aunque confesaba que no se arrepentía.
―Los invitados nos esperan…
―Tenemos quince minutos, y no damos explicaciones ―replicó―. Aunque, si quieres que me detenga, dímelo ahora mismo, porque una vez que toque tus labios con los míos, no voy a parar.
Candice se debatía entre la cordura y el deseo.
―Asumes que quiero besarte ―dijo con altivez. Él le sonrió de medio lado y bajó la cabeza hasta que sus labios estuvieron solo a pocos milímetros de los de ella.
―No ―Terrence murmuró contra los labios de Candice, sin besarla. El tiempo parecía haberse detenido súbitamente―, pero sí puedo decirte que yo deseo hacerlo.
―¿Por qué? ―preguntó cerrando los ojos, mientras su cuerpo se inclinaba hacia el de él. Las manos de Terrence hicieron presión bajo los pechos femeninos, porque su intención de tocarla iba más allá de un contacto de sus labios. La deseaba por entero, quería tenerla a su merced, y conocer sus jadeos, sus gemidos, los sonidos que hacía al llegar al orgasmo. En especial, quería escucharla gritar su nombre cuando se sumergiese en lo más profundo de su sexo, y no hubiese espacio entre un cuerpo y otro. La quería toda para él.
―El deseo es difícil de explicar, porque solo se siente, Candice. No necesitas racionalizarlo todo ―dijo bajando las manos hasta posarlas en las nalgas. A través de la tela del vestido podía sentir la carne firme que quería probar. Apretó los dedos, consciente de que su fuerza podría dejar marcas, pero eso era lo que quería. Deseaba marcarla de ese modo tan primitivo. Ella soltó un jadeo quedo.
―Yo… Te desprecio. Él sonrió.
―Imagino que tiene que ver con el hecho de que me deseas tanto como yo a ti, y no puedes evitarlo. ¿Verdad? ―
Esto está mal, y tú eres un cínico presumido. ―Dijo Candice, pero no le pidió que apartara las manos. Al contrario, de movió con suavidad contra él, y la excitación que sintió al constatar la erección contra su abdomen barrió por completo su última lucha consigo misma. ―El desprecio no inhibe el deseo ―dijo Terrence masajeándola con una posesiva presión. El calor de esas manos atravesaba su piel, pero ya nada era suficiente―. Ahora, solo para aclararte, el bien y el mal son conceptos que cada individuo mira de forma distinta. ¿Qué deseas, entonces, Candice? Si él creía que podía doblegarla por el hecho de tener más experiencia, entonces iba a encontrarse con una persona que podía igualarlo. Ella aprendía todo con asombrosa velocidad. No era ingenua para decir que la química entre ambos resultaba un invento de su imaginación. Tampoco era estúpida para continuar ignorando el deseo. Ella lo miró con determinación.
―Bésame ― ordenó Candice.
―Me alegra que lo pidas. Con una risa ronca por la forma de pedírselo, y porque él no podía esperar más, se inclinó para capturar la suave boca con la suya.
Continuará...
Saludos lectores. JillValentine.x
