―El asunto es que nadie conoce mejor las montañas como las personas que la habitan. Yo viví como ellos más de una década, Albert me enseñó mucho sobre los sitios más peligrosos. Yo podría haber liderado una misión de rescate. ―Terrence no lo dudaba ni un segundo―. Sin embargo, no me lo habrían permitido por seguridad, y porque el país no puede quedarse sin sus dos líderes al mismo tiempo, y a merced de los ministerios. Entonces, yo…
―Vi a Anthony y a los seis hombres que, se suponía, deberían estar en la cárcel ―intervino Terrence con aburrimiento, sin perder de vista las expresiones de desconcierto y preocupación que se operaron en su esposa―. ¿Debo asumir que existió una orden especial de por medio o alguna promesa de compensación de tu parte hacia ellos para que aceptaran brindar su ayuda? Candice se aclaró la garganta, y soltó la mano de Terrence. Empezó a caminar de un lado a otro en la habitación que poseía todas las facilidades y comodidades para el rey. Terrence tan solo la contemplaba con silenciosa adoración, y manteniendo el rostro inexpresivo. A veces, le divertía lo obstinada que ella podría llegar a ser, y también le gustaba la manera en que afrontaba las dificultades. No estaba enfadado con Candice, sino agradecido. Si no hubiera sido por su empeño en tomar las riendas lo antes posible, lo más probable es que él no hubiese logrado recibir ayuda a tiempo. Debido a la gran cantidad de sangre, que perdió por la herida en la pierna, perdió la conciencia en el helicóptero que lo trasladó al centro médico. El doctor le dijo que tenía suerte de estar con vida. Terrence no ponía eso en duda.
―No voy a disculparme por haber hecho lo que consideré preciso para salvarte la vida, Terrence de GrandChester ―dijo cruzándose de brazos, y mirándolo como si esperase que él la contradijese. Tal cosa no ocurrió. Él esbozó una media sonrisa.
―Tampoco esperaría que lo hicieras. Ven aquí, dulzura ―pidió estirando la mano libre de la aguja, que estaba pasando los fluidos por su torrente sanguíneo, y palmeó el sitio vacío a su costado izquierdo. Ella frunció el ceño.
―¿No vas a discutir conmigo? ―preguntó incrédula.
―Claro que no ―murmuró, cuando ella acortó la distancia―. Acomódate a mi lado, y así podemos conversarlo estando más cerca.
―No creo que…
―Hazlo, no me voy a romper como un debilucho, soy un rey, un jeque con preparación militar y he tenido bastantes heridas. Estas son solo magulladuras sin importancia ―dijo interrumpiendo―. Además, quiero que estés a mi lado. Compláceme que estoy postrado en esta cama y sin el calor de tu cuerpo dudo que pueda recuperarme. ―Ella se rio por el intento de ser dramático. Procurando ser muy cuidadosa, se hizo un espacio para acostarse junto a él. Los médicos habían unido dos camillas para que el rey, debido a su físico y condición, estuviese más cómodo para moverse o maniobrar si era preciso. No le darían el alta hasta dentro de tres días, ya le habían advertido. Lo peor era que Candice estaba al tanto de la información, y Terrence era consciente de que ella no dejaría que él se saliera de ese hospital antes del tiempo establecido. Candice apoyó la mano con suavidad sobre la parte del abdomen masculino que no tenía vendajes, y después acomodó la cabeza en el hombro de Terrence. Elevó la mirada perdiéndose en esos ojos zafiros ahora casi negros profundos y tan amados para ella.
―¿Mejor? ―preguntó ella con suavidad.
―Por completo, mi vida ―dijo complacido―. Ahora, cuéntame, ¿qué les prometiste a tus amigos?
―La libertad ―murmuró con cautela, esperando que él explotara de rabia. Terrence la sorprendió con una risa, y que, al finalizar, lo instó a hacer una mueca de dolor que no duró demasiado.
―Ya veo ―dijo entre muecas adoloridas.
―¿Eso es todo lo que vas a decirme? ―preguntó, atónita. Él le acarició la mejilla con el pulgar, y después hizo lo mismo dibujando la forma de las cejas, para luego bajar dibujando la nariz y los labios. Fue un momento íntimo sin ser sexual. Ella dejó de fruncir el ceño y se relajó un poco, que era exactamente lo que Terrence buscaba.
―Tomaste una decisión para salvarme la vida, y si el precio es revertir la condena de los Andrew que te ayudaron, así como de ese Anthony ―Candice sonrió por el tono de celos que distinguió en la voz de Terrence al mencionar a su mejor amigo―, pues se pagará sin contemplaciones. Cuando salga de aquí, firmaré la orden para dar soporte a la tuya. Jamás los declararía héroes, así que ni lo pienses. ―Ella hizo una negación con la cabeza. «Casi parecía que Terrence le leía la mente». Su sonrisa se ensanchó―. Que tengan claro, eso sí, que deberán meterse en sus propios asuntos de ahora en adelante. Yo no estoy en un cargo fácil, ni tú, así que indultar seres humanos que cometen crímenes a ojos de la Ley, no será una forma de manejar este pais. Candice no iba a discutir. Además, como él no le había comentado que la libertad de sus amigos estaría en peligro si era ella la que visitaba las montañas, entonces iba a optar por considerar que sí era permitido y no existía ningún inconveniente. ¿Semántica, verdad?, pensó con perspicacia.
―Lo he comprendido ―dijo, satisfecha. Él conocía cómo se movían las tuercas en el cerebro de Candice, así que iba a protestar, pero al notar la manera tan cautivadora en que lo miraba, prefirió pensar en otra cosa. Por ejemplo, conjuró en su mente las imágenes de todo lo que quería hacer con ella cuando saliera de ese jodido hospital. «Serían días muy terapéuticos».
―Bien, me alegro; después de todo soy yo quien manda aquí. Con una carcajada, Candice acercó el rostro hasta que sus labios se unieron con los de su esposo. Antes de besarlo, elevó la mano para posarla sobre la mejilla, y él, por un breve lapso, cerró los ojos para sentir la calidez. Terrence consideraba la presencia de Candice como una recompensa del universo.
―¿Es así? ―preguntó, mordisqueándole el labio con ternura. ―Sin duda alguna ―replicó con aquella voz tan sensual que conseguía crear cosquilleos en la piel de Candice.
―Tendrás que demostrarlo cuando te recuperes del todo, Terrence ―susurró. Él se entregó a ese beso. No podía moverse demasiado, pero no impidió que sus bocas crearan una hoguera de deseo. Al cabo de un largo rato, cuando los ojos de ambos brillaban de deseo y algo mucho más profundo, se sonrieron con complicidad.
―Te amo, Terrence, y quiero que sepas que siempre estaré contigo.
―Candice yo te amo con una intensidad que a veces me sobrepasa… ―murmuró, mientras le acariciaba los cabellos rubios, ondulados, y suaves. Aspiró su aroma con fascinación.
Llevaba el cabello algo despeinado, los ojos impregnados de deseo, y tan alto y fuerte, que ella solo deseaba quedarse entre sus brazos hasta que alguien le dijese que era prohibido hacerlo por tanto tiempo.
―Me gusta esta versión tuya, más cercana y encantadora ―susurró.
―Es un proceso que me ha tomado tiempo perfeccionar ―replicó abriendo sin dificultad la túnica. Ella soltó una carcajada que se convirtió en gemido cuando las manos de Terrence le tomaron los pechos desnudos entre las palmas de las manos, mientras la túnica caía al suelo―. Oh, Candice ―dijo con reverencia―, no sabes cuánto he echado en falta tu cercanía. Tu cuerpo me tiene enganchado como una droga.
Al cabo de un rato, cuando las respiraciones de ambos recuperaron el ritmo natural, Candice abrió los ojos. Terrence se pasó la mano por la frente, y al hacerlo el brazalete que solía llevar se zafó. Ella le sonrió y agarró el pequeño objeto observándolo.
―Candice… Ella agarró la muñeca de Terrence para besarla, pero se llevó una sorpresa tan grande que solo le quedó mirar a su esposo con los ojos abiertos de par en par. El recuerdo de una noche, once años atrás, llegó a ella; el recuerdo era una imagen que, hasta esos momentos, no había sido capaz de recordar con claridad. Pero ahora la tenía frente a ella; nítida y perfectamente delineada en un tatuaje. ―Terrence ―dijo con el labio inferior temblándole―. ¿Tú…? Terrence GrandChester ―susurró esto último, incrédula. Él no quería que ella supiera su verdadera identidad. Al menos no tan pronto. Hizo una mueca y tomó una profunda respiración. Le acarició la mejilla con la otra mano, mientras las lágrimas asomaban a los ojos verdes y dorados de su esposa. No quería verla llorar. Jodido brazalete, pensó.
―No creía que te interesara… Tampoco tiene importancia o cambia lo que hemos construido sin necesidad de esa información.
―Pero, ¿cómo? ¿Es posible que…? ―tartamudeó. Le parecía tan irreal―. Es el mismo tatuaje que tenía el chico que me salvó…
—Esa noche fatídica ―se aclaró la garganta―, cuando te encontré no quería que supieras que era el hijo del hombre que había matado a tu familia.
―Oh, Terrence… ―lo miró con ternura, y no pudo retener las lágrimas―. Yo… Cuando me acariciaste la primera vez con tu boca, íntimamente, viste mi marca en la pierna. La marca que me hiciste con tu daga… Por eso sabías que no mentía… Él sonrió de medio lado.
―Sí, princesa Candice ―dijo con el mismo tono que había utilizado tantos años atrás. Pero en esta ocasión era la voz de un hombre, y no la de un adolescente que creía tener la capacidad de enfrentarse a un ejército de cientos de hombres y salir airoso.
Ella no cabía en sí de la emoción, y no creía que pudiera detener las lágrimas de alegría al saber que el hombre que una vez le perdonó la vida, la amaba; y era el mismo de quien ella estaba enamorada. Locamente enamorada.
―¿Por qué dejaste pasar todo este tiempo para decírmelo? ―preguntó Candice.
―No soy un héroe ―murmuró Terrence sintiendo los labios de Candice sobre su tatuaje, después ella se inclinó para besarlo, dulce y largamente en los labios―. Además, creo que no me hubieras creído. ―Candice hizo una mueca―. Tampoco habría podido culparte, porque no hice nada para ganarme tu confianza, al contrario… Hemos tenido un viaje complejo.
―Me salvaste, Terrence. Eres un héroe para mí. Me salvaste la vida.
No había día que no diera gracias por la mujer que tenía a su lado. Las peleas entre los dos continuaban siendo monumentales, pero la reconciliación resultaba muy estimulante. A veces, a propósito, Terrence la provocaba. Además de ser su amante, Candice era una excelente aliada en los negocios. Gracias a las gestiones de ambos, su país había sido nombrado el lugar más seguro para visitar y tenían tres grandes cadenas hoteleras que habían apostado por invertir en el país. Dos años habían pasado
A lo largo de esos años hubo protestas contra diversas medidas económicas, que se solucionaron con drásticas imposiciones de seguridad. También se reformaron estatutos para darle más libertad a las mujeres, mientras el dinero de los impuestos, que tuvieron que aumentarse, se invirtió en mejorar los hospitales, proveer a las escuelas públicas con maestros bien pagados y una infraestructura digna. En la plaza principal ahora había un precioso monumento erigido en honor a los fallecidos reyes White Andley y las princesas Marianne, Elizabeth. Aquel fue un gesto de Terrence que hizo llorar a Candice de alegría. El camino era arduo, pero la intención de mantener al pais en buenos términos internacionales y derechos humanos, continuaba. Todavía quedaban muchas personas que no creían en el progreso, la equidad y los derechos de las mujeres o la igualdad de oportunidades sin importar la clase social en el país. El trayecto se presentaba con muchos obstáculos, pero ninguno que la voluntad no fuese capaz de enfrentar para procurar salir airosa.
Después de un día largo de trabajo, como todos los días. Una vez solos, Terrence agarró a Candice de la cintura y la abrazó. Canfice le rodeó el cuello con los brazos, sonriéndole.
―Me dijo Bernard que tenías algo urgente que hablar conmigo. Lamento no haber podido desentenderme a tiempo de la llamada del rey de Noruega. Al parecer tendremos nuevos aliados muy pronto en temas de intercambio cultural.
―Eso suena fantástico, Terrence ―murmuró, lo atrajo hacia ella para besarlo; no podría concebir su vida sin el sabor de esa boca y la sensualidad de ese hombre tan apuesto y cautivador que podía llamar suyo―. Además de decirte que te quiero, me gustaría hacerte una pregunta importante. Él la apretó más contra su cuerpo.
―No más de lo que te quiero yo, por supuesto ―replicó acariciándole la espalda a Candice―. Ahora, cuéntame todo lo que tienes en mente, cariño. Se encontraban en la inmensidad de los jardines tan preciados para ambos. El lugar privado de Terrence continuaba siendo un refugio, ahora de ambos, y la habitación que había sido de Candice ―a pesar de que tenían quince cuartos en todo el palacio―, fue redecorada para que se convirtiese en el espacio del príncipe heredero. Cuando esté llegará La habitación de ambos, y que fue construida dos años atrás, era espléndida y muy cómoda.
―Quiero saber si ser padre te sigue entusiasmando.
―¿Bromeas? Es lo que deseo con toda mi vida, después de saber que no había echado a perder lo que teníamos tú y yo. Ella se rio. Frotó la nariz contra la de Terrence. ―Entonces, ¿crees que serías capaz de asumir el reto de ser padre? Terrence la miró con incredulidad, y luego una amplísima sonrisa iluminó su rostro. ―Candice…―susurró con devoción―. Es la mejor noticia que me has dado desde que me dijiste que me amabas. Ella soltó una carcajada. ―Tengo dos meses apenas, y… La reina Candice detestaba que la interrumpiesen al hablar, pero cuando la boca de Terrence estaba devorando la suya, todo carecía de importancia, como en ese momento. Se dejó llevar por la pasión incontenible y las promesas silenciosas que él le ofrecía sin restricciones. Giró con él en brazos, riéndose, y sintiéndose dichosa de poder, finalmente, tener su propia familia. Su hogar.
FIN.
PRIMERO AGRADEZCO A KRISTEL RALSTON POR PERMITIR ESTE TRABAJO. Lectores Gracias por terminar otra aventura de Candy y Terry conmigo. Este trabajo no me pertenece, es una adaptación limitada. El crédito es de kristel Ralston. La historia original contiene interesante información árabe: se llama a la última princesa del desierto. Se las recomiendo mucho. Muchas gracias por su tiempo. Como siempre Jillvalentine.x.
