Epílogo
La luz del sol se daba paso a través de las cortinas blancas que adornaban el gran ventanal a espaldas de Sakura mientras ella evaluaba su apariencia en el espejo de cuerpo entero. Su reflejo había cambiado, y cómo no, después de quince años de matrimonio. Seguía siendo esbelta y elegante, pero su cadera tenía una curva algo más pronunciada que antes; su rostro, evidiablemente atractivo, portaba con orgullo algunas líneas alrededor de sus amables ojos verdes, y su cuello ya no era tan firme como cuando tenía treinta. Pero nadie diría que estaba avejentada, su piel se conservaba igual de suave y su cabello no había perdido brillo. Aunque sí el largo. Lucía un corte asimétrico por encima de los hombros hacía años, y le encantaba como resaltaba la forma de corazón de su cara. Lejos habían quedado los jeans gastados y las remeras con estampados llamativos. Ahora mismo llevaba un pantalón sastre color ciruela y una blusa cruzada rosa pálido.
Se subió a unos tacones bajos y volvió a mirar.
—No está mal —le dijo a su imagen invertida.
Salió del dormitorio que compartía con su esposo y bajó las escaleras.
Se le hizo extraño el silencio que reinaba en cada rincón de la construcción. Llevaba más de una década compartiendo las mañanas con sus hijos, sus mellizos de trece años, Shin y Kohana. Ambos habían partido a una excursión a la playa un par de horas antes. Un escalofrío invadió su espalda. No es que fuera una madre sobreprotectora, pero eran sus bebés, y muy jóvenes aún para dormir fuera de casa. De todas formas no dijo nada, sabía que debía dejarlos crecer, aunque la idea no le hiciera demasiada gracia.
Lamentaba mucho no poder acompañarlos a la escuela y darles más besos antes de que desaparecieran de la casa por todo un fin de semana. ¡Todo un fin de semana! Era una locura. Qué harían Syaoran y ella con una casa tan grande sin los niños quejándose, peleando y riendo aquí y allá. De pronto, ya sentada en el auto, pensó que no sería tan malo redescubrir con él algunos lugares comunes de su hogar... Con una sonrisa pícara que asomó en su rostro, se puso en marcha rumbo al teatro.
El teatro de Tomoeda había quedado a su cargo años atrás, cuando Fye decidió que la vida de pueblo ya no le satisfacía y se embarcó en un nuevo viaje por el mundo. Cada tanto se comunicaban y Sakura lo mantenía al tanto de las novedades. Fye siempre se mostraba complacido y le agradecía por amar ese viejo edificio tanto como él.
Antes, a penas se casó, Syaoran le había ofrecido sumarse al proyecto del teatro de Ginza pero ella no había aceptado. Él también trabajaba ahí, y aunque lo quería como a nadie y adoraba su compañía, no le pareció buena idea pasar tanto tiempo juntos. Cualquier cosa que antentara contra su funcional relación se descartaba de inmediato. Pero sí había participado en varios proyectos como actriz y nunca dejaba de sorprenderse con la magia que un buen presupuesto podía hacer. Nada que ver con lo que contaba en el viejo teatro que ella administraba, pero la consolaba que su fin no era ser espectacularmente derrochadores sino enseñar el arte de la dramaturgia e inculcar el interés de la gente en él, cosa que lograba de forma exitosa.
Llegar a Tomoeda desde las afueras de Tokio le tomó una media hora. Hizo el papeleo y presenció algunas clases de interpretación como una espía apoyada en el gran umbral del salón con escenario. A veces extrañaba subirse a las tablas, pero por el momento prefería su sitio al final del pasillo.
La mañana dio paso a la tarde y el sol empezó a esconderse. Tomó sus cosas y se dirigió a la salida. La tarde estaba naranja y bella, como en un cuento de hadas, y pensó que sería buena idea preparar algo especial para esa noche.
Solos después de trece años. Al menos podía transformar su preocupación un poco injustificada en algo positivo.
Hacía mucho que el romance no era parte cotidiana de la vida del matrimonio Li, y aunque no hubiese desaparecido del todo, la paternidad no les daba muchas oportunidades. Pero no se arrepentía, sus niños eran increíbles y ya no se imaginaba sin ellos y sus constantes «Mamáaaaa...».
Se acercó a la puerta del auto con todo eso en mente cuando escuchó una incesante bocina y unas ruedas avanzando hacia su posición, levantó la vista y frunció el ceño. Era un hombre montado en una moto la cual ella sólo podría describir como grande, negra y brillante. El tipo en cuestión llevaba una campera de cuero del mismo color que su vehículo y una camiseta blanca a lo James Dean. La comparación le causó gracia pero no se lo hizo notar.
—Buenas tardes, señorita —saludó él después de retirarse el casco y mostrar su rostro, tenía la misma edad que Sakura más o menos.
—Señora —corrigió ella, fingiendo estar ofendida—, soy casada.
—Oh, lo siento, señora —se disculpó el hombre con una sonrisa de diversión realmente seductora—. Sabe, pasaba por aquí y la vi salir de ahí —continuó señalando el edificio con molduras europeas del siglo XVIII—, no resistí la tentación de acercarme a pedirle que me acompañe a dar una vuelta. Conozco un lugar estupendo que creo que podría disfrutar.
—Le dije que soy casada y dudo mucho que a mi marido le guste la idea de que me vaya a hacer quién sabe qué con un desconocido —lo rechazó teatralmente, pensando que Syaoran a esa hora debería estar saliendo de la oficina vestido con el traje azul que llevaba en la mañana. El azul resataba sus ojos marrón claro y a ella le encantaba cómo se le veía, por eso se lo había comprado, pero no era lo único que lo hacía lucir impactante...
Él se rió y aceleró hasta quedar entre Sakura y la puerta del auto, para que no pudiera abrirla y escapar.
—No creo que le moleste. No si no se entera, ¿acaso le cuenta todo a su marido?
—Todo, siempre —contestó un poco mareada por la combinación del aroma a perfume y cuero que desprendía su «acosador». Era delicioso.
El hombre volvió a sonreír, ampliamente, mostrándose muy satisfecho con su respuesta.
—Como debe ser —aseguró después, inclinando el cuerpo hasta dejar su rostro frente al de Sakura—. ¿Vienes? —preguntó haciendo un gesto rápido, apuntando al asiento de la CB 1100 del siglo pasado. Notó que los ojos Sakura volaron a su automóvil y se adelantó a la excusa— No le pasará nada, vendremos a buscarlo después. Ven, sube.
Todavía un poco atontada por la presencia imponente de aquel atrevido y ya sin argumentos, Sakura accedió. Tomó el casco de repuesto y pasó una pierna sobre el asiento hasta apoyar el pie en el soporte lateral, con cuidado de no tocar en caño de escape.
—¿Lista? —preguntó él girándose para mirarla asentir con la cabeza— Sujétate.
Sakura rodeó el delgado talle de su acompañante y entrelazó los dedos sobre su estomago mientras él soltaba el embriague y salían disparados por las callecitas de Tomoeda.
Sakura se dejó acariciar por el viento que circulaba a sus costados y pegó más su cuerpo al del conductor deseando poder sentir en su mejilla el frío del cuero negro, contacto imposibilitado por el casco que llevaba puesto, así que concentró en acompañarlo con el peso de su cuerpo en cada una de sus maniobras y en el tacto de la camiseta bajo sus dedos.
Poco a poco dejaron los edificios y casas atrás y se adentraron en la autopista. A su derecha el sol ya casi había desaparecido detrás de las montañas y les regalaba un paisaje maravilloso. Todo era sencillamente ideal; el viento, la velocidad, la vista, él. Aquel hombre en apariencia despreocupado y aventurero, que en realidad era serio y noble, y consentidor. Ese hombre entre sus brazos era hermoso en todos los sentidos que se le ocurrieran, y era «su» hombre, su Syaoran.
Sakura se aseguró de disfrutar por completo el momento hasta que sintió como disminuían la velocidad y las rudas pisaban el colchón de césped debajo. Atravesaron unos pocos árboles de tronco grueso hasta que por fin se detuvieron. Syaoran le permitió bajar primero para asegurar el pedal. Después de quitarse el casco llegó a su lado y la tomó por la cintura.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Sakura mirando el boscoso escenario.
Syaoran se molestó por no captar su atención después de todo el trabajo que se había tomado para sorprenderla, así que la acercó más a sí y le acomodó los mechones cabello despeinado por el viento y el casco detrás de la oreja.
—Ya lo sabrás, paciencia —le susurró en un tono profundo. Acarició el rostro de su bella Sakura y sin más preámbulo, la besó.
Fue un beso lento, correspondido y sumamente cálido. Con una sensación de alivio similar a la que se tiene al llegar a casa después de un día pesado. Porque de alguna forma así era, pasaban demasiadas horas separados el uno del otro, y conseguir compartir el calor y su deseo mutuo era reconfortante y acogedor. Era llegar a casa.
—Vamos —dijo Syaoran tomádola de la mano y guiándola a través de tan mágico lugar.
Sakura miró alrededor y se distrajo con la belleza de las flores y hojas, con los detalles coloridos que perdían intensidad con cada paso que daban mientras ocurecía. No sabría decir cuánto tiempo pasó hasta que llegaron, pero lo que vio la dejó sin aliento. Lo primero que captó su atención fue el vapor que salía de un pequeño río escondido entre los árboles. Las luciérnagas empezaron a aparecer con timidez y le hicieron notar una piedra lisa en el centro que partía el recorrido del agua en dos por uno metro y medio cuadrado, más o menos. Siguió su recorrido y notó una cabaña de madera no muy lejos de ellos. Tenía algunas macetas pintadas con diseños llamativos y una galeria con hamaca.
—¿Y? ¿Qué te parece?
—Esto es... Esto es hermoso, Syaoran. Gracias. —Se volvió para verlo, él estaba sonriente y muy satisfecho con la impresión que le había causado.
—Es nuestro por este fin de semana. Un cliente de la empresa me comentó que había comprado este lugar con la idea de convertirlo en un retiro de aguas termales, pero como ves, todavía no ha sufrido ninguna modificación.
—Creo que es precioso como está —comentó Sakura soltando la mano de Syaoran y caminando unos pasos hasta acariciar el agua tibia—. Creo que algo en tu perfecto plan falló. No traje nada conmigo.
—No hacía falta —contestó él agachándose para acariciarle los hombros y la espalda antes de llevar sus manos hacía adelante—, tenemos comida y todo lo que necesitamos en la cabaña, ¿después de todos estos años te atreves a tomarme por un improvisado, enana?
Sakura rió por la urgencia que sugerían las manos de Syaoran y su aliento que le acariciaba el oído, insitándola a dejar de hablar, pero ella quería divertirse a su costa.
—Supongo que no olvidaste mi traje de baño —afirmó mientras se levantaba, ya no tenía edad para estar tanto tiempo en cuchillas, pensó.
—Ups. —Fingió inocencia.
—Ah, bueno, supongo que tendré que bañarme desnuda... —dijo con falsa resignación en lo que dejaba caer su blusa cruzada.
Cuando Syaoran fue a agarrarla otra vez, se escapó y se desnudó lejos de él, después salió corriendo y se adentró en el río de un salto.
—¡Carrera a la roca! —gritó desde el agua y comenzó a nadar.
—¡Vuelve aquí, tramposa!
X
—Ya no es como a los treinta, ¿no?
Sakura detuvo las caricias que le estaba dando al abdomen de su marido y lo miró desde su pecho.
—¿De qué hablas? No tienes un gramo de grasa. Ni celulitis...
Syaoran emitió una carcajada por lo divertida que le pareció la expresión de disgusto de su mujer.
—Esto que tienes aquí —Le apretó el trasero con su gran mano—, sigue siendo lo más sexy que haya visto en la vida.
—¿Ah, sí...? —dijo ella alzando una ceja.
—¿Quieres que te lo demuestre, otra vez?
—Syaoran, los niños...
—Tarde —sentenció antes de voltearla con un movimiento rápido y levantarle la camiseta blanca con la que había dormido para besarle la espalda.
Sakura liberó un profundo suspiro cuando sintió las manos de Syaoran masajear delicadamente sus caderas hasta llegar al centro ida y vuelta.
—Preciosa —Lo escuchó murmurar.
Él siguió su camino espalda arriba rozando la perfumada piel de Sakura con la yema de los dedos de forma casi imperceptible. La despojó de la prenda de dormir y comenzó a besarle la nuca mientras se deleitaba con los sonidos que delataban el placer que le provocaba.
—Me vuelves loco —le susurró al oído, acto seguido le acarició el lóbulo de la oreja con la lengua.
—Ah, Syaoran...
De repente, el sonido del celular de Sakura los aturdió.
—Mā de —insultó Syaoran en chino, apartándose.
—Es Shin —le informó antes de contestar—. Hola, cielo.
Sakura abrió los ojos de par en par y miró la pantalla de su teléfono, se lo volvió a colocar en la oreja y dijo atropelladamente:
—Lo sé, lo siento mucho. Sí, claro. Nosotros llegaremos en un rato.
»No sé exactamente en cuánto, Shin.
—¿Qué sucede? —susurró Syaoran pero no recibió respuesta. Enseguida creyó saber qué pasaba y miró la hora en el reloj que había dejado sobre la mesita de noche. Las dos de la tarde, del domingo.
—De acuerdo. Ya vamos. Adiós, cariño.
—¿Ya llegaron? —preguntó Syaoran vistiéndose.
—Sí.—Su expresión se volvió afligida— Soy una madre terrible, mis hijos se van por primera vez y no estoy ahí para recibirlos.
—Nada de eso, sólo nos tomamos un descanso, Sakura. No tiene nada de malo.
—Pero...
—Pero nada. No es como si los hubieses dejado abandonados en algún sitio. Siempre vuelven solos de la escuela y ya vamos para allá, pueden estar sin supervisión un par de horas. Tú y yo podíamos a su edad, no los subestimes. —La miró con severidad para que no siguiera—. Vamos, vístete.
El viaje de regreso no fue ni por asomo tan placentero como el de ida. Syaoran no lo exteriorizaba, pero él también se sentía algo culpable por no haber estado en casa cuando sus hijos volvieron. Se suponía que se levantarían temprano, pero había olvidado programar el despertador.
Finalmente llegaron en el auto de Sakura después de dejar la motocicleta en la agencia donde Syaoran la había alquilado, cerca del teatro de Tomoeda.
Kohana los esperaba en la puerta, llevaba su largo cabello castaño oscuro amarrado en una coleta y un vestido del mismo verde que sus ojos. Su pálidos brazos estaban cruzados a la altura del pecho y hacía sonar la punta de sus zapatos sin taco contra el piso de la entrada.
—¿Dónde estaban? —quiso saber como si los papeles se hubiesen invertido.
Sakura dudó, pero Syaoran no lo hizo.
—De viaje, igual que ustedes —contestó con firmeza y les ordenó que entraran.
El carácter de la niña se parecía mucho al de él, pero aún le faltaban años para que se le enfrentase, si es que llegaba a hacerlo. Sakura agradeció que Syaoran cortara los reproches de su hija por lo sano, ella probablemente se hubiese pasado horas disculpándose y dando explicaciones.
En la escalera estaba Shin, sentado con su consola favorita en las manos. Él tenía el cabello negro, como su abuela materna, la cara redondeada, la piel bronceada y sus ojos eran color miel, siempre cálidos y distraídos, una cualidad que todos aseguraban igual a la de los de Sakura.
—Bien —dijo el niño sin levantar la vista —, calculo que en unos nueve meses podemos esperar la llegada de un hermanito.
Sakura se sintió peor, a sus hijos sí les había afectado aquello.
—Como si no pudiéramos hacerlo en casa, o cualquier otro lugar.
—¡Syaoran!
Los tres lo miraron oscilando entre la sorpresa y el reproche. Los niños nunca lo habían visto con esa expresión tan rígida, porque con ellos era atento y cariñoso, y Sakura supo que él estaba tanto o más enojado que sus hijos.
—¿Qué? Están siendo egoístas, Sakura. Si así es como quieren que sean las cosas por mí está bien —Pasó por al lado de Shin y subió rumbo a la habitación a dejar el bolso que había preparado dos días antes.
Sakura suspiró y le indicó a los mellizos que se sentaran con ella en el sofá.
—Niños, puedo entender que les moleste que no los estuvieramos esperando cuando regresaron, pero así no es como se arreglan las cosas.
Shin que no tenía las dificultades de su hermana para expresar sus sentimientos, fue el primero en contestar.
—Pero fue extraño, llegamos contentos, esperando que nos recibieran porque nos habían extrañado, y ni siquiera había una nota. Nos sentimos, o al menos yo —aclaró cuando vio a Kohana cruzarse de brazos otra vez— me sentí abandonado.
Esas palabras dolieron mucho para Sakura, pero se concentró en aclarar el horrible malentendido.
—No los abandonamos, no podríamos, ustedes son lo más importante para nosotros. Su padre y yo nos equivocamos, sí, y lo siento mucho, los dos, de hecho, pero necesitábamos un descanso y necesito que entiendan eso.
—¿De nosotros? ¿Necesitaban un descanso de nosotros?
—No de ustedes, en general. Saben, a veces las parejas...
—Ay, mamá, ahorrámelo, no me interesa eso de las parejas —la censuró su pequeña, negando con ambas manos y un poco sonrojada.
Sakura se rió por dentro ante el rechazo de su hija a los temas del corazón.
—El punto es que nada ha cambiado, los queremos igual siempre y los hemos extrañado, sólo nos retrasamos un poco, es todo.
Ambos suavizaron sus expresiones ante la dulzura de su madre.
—Saben qué —les dijo palmeándose los muslos con entusiasmo en cuanto percibió que habían bajando la guardia—, sé que les debo una compensación, podríamos ir por helado. ¿Qué les parece?
Kohana y Shin asintieron con el ánimo renovado. La alegría de su madre era contagiosa, y tampoco querían seguir estando enojados con ella. Había sido la decepción del momento, pero sus padres eran los mejores. Quizá debían empezar a aprender que también eran humanos y podían equivocarse.
—¿Papá querrá venir? —preguntó Kohana mirando con recelo las escaleras.
—Seguro que sí, vayan a decirle. Y no olviden disculparse como yo hice con ustedes. Sólo explíquenle cómo se sintieron.
Se miraron y dijeron que sí a dúo y con decisión.
Minutos después bajaron los tres entre risas y anécdotas del campamento. Al parecer, los mellizos habían ganados varias competencias y juegos. Se veían felices de nuevo y Sakura sintió que le volvía el alma al cuerpo. Cuando sus ojos se encontraron con los de Syaoran, no puedo esconder la sonrisa.
Se alistaron en cinco minutos y los niños corrieron al auto de su padre que había estado guardado todo el fin de semana. Antes de llegar, Syaoran detuvo a Sakura por el brazo y se inclinó para murmurar:
—Gracias, no sé qué haría sin ti, Sak.
—Estarías perdido, soy maravillosa —contestó ella y le dio un beso en la mejilla aprovechando la cercanía.
Cierto era que habían disfrutado sus días solos, pero su vida no podía ser mejor de otra forma. La familia que habían construido era su mayor obra, y aunque los conflictos, grandes o pequeños, siempre fuesen a estar ahí, ninguno cambiaría un detalle de sus vidas. Esas vidas que se habían unido y habían creado otras, a su modo, eran perfectas.
Mejor tarde que nunca, eh? Está bien, estoy en falta, e igual que Sakura me disculpo con quien haya esperado algo de mi parte y no lo haya obtenido a tiempo.
Qué les pareció? Espero haber satisfecho su curiosidad en cuanto al futuro de mis versiones de estos personajes. Cuenten, cuenten!
Sepan que el mini-conflicto lo saqué de la vida real, así que si, como yo, son más bien lógicos, tengan en cuenta que estas cosas pasan en serio. Hay gente muy sensible y peor es cuando se juntan porque se potencian y justifican mutuamente. Me hubiese gustado hacer que empatizaran más con los nenes pero, o se me hacía larguísimo, o terminaba siendo un epílogo de miles que hay en esta página. No tenía sentido para mí.
Quiero agradecer enormemente los reviews, favorites y follows (lo digo en inglés porque así me aparece a mí), son lo más y me hicieron muy feliz! Gracias a:
Sslove, por haber comentado tantos capítulos a pesar de que ya la había terminado, me encantó leerte y aunque no me considero especialmente sabia, me alegra que te haya gustado el final, ese detalle lo tenía planeado desde el principio, por eso el título. Espero que andes bien :)
Ari-chan, que me felicitó por terminar el proyecto y asegura que le gustó. Muchas, muchas gracias por la buena onda y la predisposición que le pusiste desde el principio! :D
Los que tienen usuario los contesté hace rato por privado.
Iba a hacer todo un analisis, como mi propia review, pero me quedaba larga y es una historia simple, no vale la pena. Sí me jode no haber podido corregirla como quería porque dejé pasar mucho tiempo y la página ya no me deja editar los documentos :( pero pudo ser peor supongo.
Espero que nos leamos pronto, no sé si pase pero sería genial.
Un abrazo enorme a todos los que me bancaron en ésta. Que les vaya bien.
Éxitos!
Mezzolec.
