Nada más salir el sol el capitán los llamó a voces para empezar el combate. Habían pasado ya dos semanas desde aquel combate en la bañera y por fin se decidiría qué Mugiwara era más fuerte. Luffy o Zoro. Senchou o segundo al mando.

Los presentes se sentaron en sillas cómodas en la playa del islote, tras un buen desayuno. El combate iba a ser largo.

El combate duró todo el día. Esta vez Zoro gestionó sus energías mucho mejor. Con Sanji había usado su fuerza bruta, sabía que ambos se tenían ganas y lo darían todo. Pero su capitán no era tan fuerte en un principio. Tenía mucha resistencia y eso Zoro lo sabía, por lo que debía dosificar sus fuerzas. Aunque ambos estaban controlados el combate era épico. Los golpes se sucedían sin descanso y la isla, ya maltrecha por anteriores combates, estaba ya prácticamente en ruinas. Cuando un árbol salió disparado y pasó muy cerca del gigante carpintero los otros Migiwaras decidieron retirarle al barco y observar desde allí. No querían llevarse un golpe fortuito y así les dejaban más espacio. Robin no apartaba la vista de su peliverde. El sudor adornaba su piel como si fueran pequeñas perlas que brillan bajo el sol. Sus piernas se contraían cada vez que veía como los músculos del peliverde se contraían en un nuevo golpe. Era terriblemente erótico. Pocas veces había tenido la posibilidad de poder observar un combate suyo sin estar ella en peligro. Estaba asombrada y muy excitada. Y eso le cabreó. Quería olvidarse de él y esto no era bueno para ella. Así que se retiró sin ver quien ganaba ese combate. Tenía que estar sola y serenarse. La alteraba demasiado y sabía que era porque estaba muy enamorada de él. Tenía que sacárselo de la cabeza pronto, solo quedaba un día para la siguiente isla. Se dió una ducha rápida, comió algo en la cocina como cena y se fue a la cama muy pronto. Tenía que descansar.

Zoro lo notó. Notó cuando ese par de ojos profundos como el océano dejaron de prestarle atención. Seguía sin saber qué le pasaba a ella últimamente pero no podía distraerse en ese momento. Luffy atacaba cada vez con más fuerza. A medida que avanzaba el combate parecía que tenía más energía y ganas en vez de menos. Eso era lo increíble de su capitán. En ese momento supo que no podría ganarle. Pero gastaría hasta la última gota de energía que tenía en intentarlo. Así quizá estaría tan cansado después que dejaría de pensar en todo lo que había pasado esas semanas. Tras un último golpe Zoro fue incapaz de levantarse del suelo y cayó rendido a la arena de la playa del islote, ya totalmente derruido.

Chopper salió corriendo para atenderlo pero se cayó al agua de los nervios. Tras ser rescatado por Franky ambos se dirigieron junto con Sanji a por los dos monstruos que habían luchado todo un día entero sin parar. Sanji cargó a un Luffy exhausto pero gritando que quería su corona de "emperador". Franky cargó con Zoro mientras Chopper le hacía un reconocimiento preliminar.

Lo dejaron en la enfermería dormido. Tenía heridas superficiales pero estaba tan cansado que se había dormido enseguida. Le habían dejado algo de comer también y el resto se había retirado a dormir. Luffy estaba demasiado cansado para montar una fiesta en esos momentos.

Robin se despertó a media noche. Siempre dormía poco pero esperaba que con el cansancio y la tristeza que cargaba podría dormir un poco más, solo por esa noche. Sin embargo su cuerpo estaba totalmente despierto. Decidió salir a dar un paseo por cubierta y sentarse a leer en la biblioteca después. No volvería a dormir esa noche. Cuando pasó por la enfermería vio una luz encendida. Se sorprendió hasta que cayó en la cuenta del combate. Habría acabado ya seguramente. Abrió la puerta un poco y vió a su peliverde dentro. Dormía plácidamente pero tenía el cuerpo entero lleno de vendas. Se habría esforzado mucho, como siempre. Sin poder evitarlo se acercó a él hasta sentarse en una silla a su lado. Zoro gruñó un poco y se movió pero no notó que se despertase. Se quedó un rato contemplándolo, era un hombre muy masculino. Lleno de músculo pero con una cara amable. Le pasó la mano por la sien y Zoro inhaló más fuerte, pero no abrió los ojos. Robin siguió con su camino por su cara. Le tocó la cicatriz del ojo, la nariz y los labios. Esos labios tan suaves y que sabían tan condenadamente bien. Lo amaba. Nunca había amado a nadie. Quería a su tripulación como si fueran su familia y a Nami como si fuera su hermana. Había querido a Saul, a su madre e incluso a los Revolucionarios pero nunca había amado. Hasta que se encontró con ese peliverde. Ella sabía que lo amaba. Pero esas palabras jamás saldrían de su boca. Aprovechó que estaba dormido para acercarse más a él y hundir su nariz en el hueco de su cuello. Olía de maravilla.

- ¿Sabes qué es lo que más me gusta de tí Kenshi-san? .- le dijo al oído, sabiendo que él no podía oírle .- Eres un hombre leal, fuerte pero todo un caballero fufufu.

Robin soltó su risa característica contra su oreja y se retiró. Le había sentado bien soltar aquellas palabras a sabiendas de que él no las oiría y puede que incluso ahora pudiera dormir un rato.

Cuando la puerta de la enfermería se cerró Zoro abrió un ojo. Maldita mujer, pensó. Estaba despierto. Se había despertado al poco de dejarlo en la enfermería y se había comido la cena que le habían dejado. Pero como no tenía ganas de moverse y la cama era bastante cómoda había decidido pasar ahí la noche. Además así Chopper no le regañaría al día siguiente. Tenía los ojos cerrados cuando notó el olor a cerezos y sin saber muy bien porqué decidió no abrir los ojos. Quería saber qué hacía aquella mujer allí. Casi lo descubre cuando posó su mano en él pero se contuvo. Su caricia había sido deliciosamente lenta y suave. Pero lo que más le gustó a Zoro fueron las palabras de ella. Le gustaba, a ella le gustaba alguna parte de él, aunque Zoro no tenía muy claro que fuera un caballero ella se fijaba en él. Eso lo alegró pero también lo inquietó mucho. Suponía que se pasaría la noche dándole vueltas a ese encuentro en el que solo él sabía lo que había pasado en realidad.

Cuando Robin se despertó era ya medio día. Había conseguido dormir muy bien después de su confesión. Cuando llegó a la cocina ya estaban todos preparados para comer. Se sentó en su sitio de siempre y miró de reojo a Zoro, lo pilló mirándola pero enseguida apartó la mirada sonrojado. Comieron entre risas y caos, como siempre, y se organizaron para pasar la tarde en la isla. Robin se vistió para salir nada más acabar de comer. Se puso muy sexy. Sabía que no necesitaba todo aquello para tener al hombre que quisiera pero necesitaba sentirse poderosa y al mando, cosa que no había logrado esos últimos días. Se puso una falda de cuero negra pegada, con una abertura en un lateral acompañada de una blusa gris vaporosa pero que enmarcada sus pechos de una manera muy sugerente. Acabó el look con un sombrero y unas botas de tacón. Antes de salir se encontró con Sanji (que se desmayó de la impresión) y con Nami que también iba a bajar a la isla para comprar algo de ropa. Le insistió mucho para que la acompañara pero ella quería estar sola, tenía un plan muy concreto para su tarde e implicaba algo de vino, un hombre musculoso y una cama de hotel.

Antes de entrar en algún local paseó por las calles para familiarizarse con la ciudad. Era muy pequeña, prácticamente era un puerto pesquero con un par de casas más pero era acogedor. Vió que había un par de hoteles pequeños y otro que era un bar-hostal. Decidió que iría a ese, así no tendría que salir del propio local para su cometido: olvidar al peliverde.

Cuando entró en el bar todos los ojos se volvieron hacia ella. Eso le gustó, aunque en el fondo quería que fueran otros ojos los que se le quedaran fijos mirando. Eso nunca iba a pasar, el espadachín nunca la miraba más de dos veces. Se sentó en la barra y pidió un vino, miró disimuladamente a su alrededor. Había un hombre bastante guapo sentado en una mesa que no paraba de mirarla. Se acabó tranquilamente la copa y cuando pidió otra se acercó y se sentó a la mesa con él. Era un hombre agradable, con barba y de su edad. Trabajaba de carpintero en la zona y se notaba. Tenía un buen cuerpo, de trabajar con las manos y cargar peso. No era el cuerpo que ella quería tocar pero no estaba mal. Sonreía coquetamente y reía de vez en cuando. Pero todo eso se acabó cuando vió como él entraba al bar. Sus miradas se cruzaron solo un segundo. Robin se quedó muda sin saber qué decir.

No había planeado verlo allí y eso le desbarataba un poco los planes. Zoro la miró también sorprendido, pero en cuanto vió que ella estaba acompañada torció el gesto y la ignoró, sentándose en la barra y pidiendo mucho sake. Robin podía verlo desde su posición. Tenía su abrigo verde abierto y podía ver su torso desnudo junto con su perfil. A partir de ese momento fue incapaz de concentrarse en su cita. Por mucho que el hombre intentara captar su atención Robin se distraía cada vez que el espadachín le lanzaba una mirada furtiva. Al principio eran pocas. Solo la miraba como comprobando que estuviera allí, pero a medida que bebía se iban haciendo más intensas. Robin notaba como sus ojos eran fuego, que en vez de quemarla le calentaba la piel, haciendo que notase un calor muy interesante en el centro de sus muslos. Los ojos del peliverde estaban cargados de promesas, promesas calientes que Robin sabía que podía cumplir. Pero ella se negaba, no podía volver a besar a ese chico o estaría perdida. Cuando Zoro empezó a poner esa sonrisa pícara y repasarla de arriba abajo no aguantó más. Cortó la conversación con su acompañante y le invitó a subir a una de las habitaciones. Obviamente el hombre le dijo que sí, sin creerse la suerte que estaba teniendo. Pagaron las copas y subieron por un lateral del bar hasta dar con la habitación por la que acababan de pagar.

Robin no dejó que ese hombre la besara y a él no le importó. Sus manos volaban por todo el cuerpo de la arqueóloga y esta se estaba convenciendo para dejarse llevar y pasar una buena noche. Quizá su estrés al fin disminuyera. Estaba muy excitada, pero más por las miradas que le había lanzado el peliverde que por las manos de este hombre. Le empujó hasta la cama, queriendo tomar ella el control y le empezó a desabrochar los pantalones. En ese momento sonó la puerta. Robin no le hizo demasiado caso y siguió con su misión pero volvió a sonar. Se quedó quieta, quizá fueran los marines que la habían encontrado, quizá ese hombre la había vendido. Pero mirándolo se dió cuenta de que era imposible, ese pobre hombre estaba totalmente metido en la escena y no tenía pinta de saber quién era ella.

La puerta se abrió de un golpe y un Zoro cabreado entró en la habitación.

Se quedó mirando la escena. Robin sentada a horcajadas sobre un hombre con medio pantalón desabrochado y cuyas manos estaban en las caderas de la pelinegra. Esto no gustó nada al espadachín que, entre un aura asesina, sacó al hombre de allí. Al pobre tipo no le costó ser convencido, no quería morir ese día.

Entonces Zoro se acercó a Robin que estaba sentada en la cama sin saber qué decir. Por primera vez en su vida la arqueóloga se había quedado sin palabras.

- ¿Le has besado? .- Zoro seguía teniendo esa mirada que atemorizaba al más valiente.

- No.

Fue la única palabra que escapó de los labios de la pelinegra. Robin no sabía qué estaba pasando pero no tenía miedo, nunca tendría miedo de él. Zoro tampoco sabía que estaba haciendo allí, había seguido un impulso. No pudo quedarse sentado en ese bar sabiendo que ella estaba con otro hombre, no después de las miradas de deseo que ella le había echado. Había comprendido que ella lo deseaba tanto como él y se estaba volviendo loco. Así que, después de amenazar al tipo del local para que le dijera en qué habitación estaba subió. No sabía bien para qué pero estaba aliviado de que ella no hubiera besado a ese hombre. Los labios de la arqueóloga le seguían perteneciendo.

Acortó el par de pasos que los separaban y se lanzó a su boca. Se podría decir que la devoró. Era un beso de pura necesidad, demandante y caliente. Robin correspondió con la misma pasión. Se abrazó a su cuello y pegó todo su cuerpo al musculoso torso de su espadachín. Ya habría tiempo para hablar, para confesarse y para intentar poner un poco de orden en todo aquello pero ahora no quería separarse de esos labios. Zoro la besaba como si nunca más pudiera volver a hacerlo, pero ambos entendieron en ese momento que su boca nunca tocaría a otra que no fuera la de la persona que tenían enfrente.

Zoro se apartó de ella, solo un segundo, para cerrar la puerta y llevar a su mujer (SU maldita mujer) a la cama. La tumbó con delicadeza y le susurró al oído.

- Te lo voy a hacer fuerte, luego suave y después a medio camino entre ambos para volver a empezar después. No pienso parar en toda la noche Robin.