Disclaimer: Canción de hielo y fuego es propiedad de George R.R. Martin.

"El primer capítulo de esta historia participa en el reto Principios del foro Alas Negras, Palabras Negras."

Palabras: 405


Era el día de su boda. No podría sentirse más infeliz.

Finalmente terminaron los rezos del septón, peroratas sobre los Siete bendiciendo su matrimonio y derramando bendiciones sobre la pareja real. Cersei no prestó atención a las personas que la rodeaban, señores y damas que celebraban a su nuevo rey, ella solo era su esposa. La capa negra que rodeaba sus blancos hombros pesaba más a cada instante. Su antigua capa, la escarlata Lannister, hacia juego con su vestido dorado y la gargantilla enjoyada con esmeraldas, pero la cosa que Robert le colocó opacó todos los colores, como una sombra que nunca la dejaría en paz.

La amargura hacia que aflorara un traicionero picor en los ojos, pero mantuvo su sonrisa firme. Una niñita y una mujer lloraría, Cersei Lannister solo jugaría su papel. El león no lloraba.

La mano de Robert era áspera en la suya, aún más que la de Jaime y sin ninguna muestra de cariño. Los ojos del rey nunca se encontraron con los suyos, aunque ella tampoco se esforzó en encontrarlos. En una fantasía, en las pocas en que no se casaba con Jaime, encontraba ojos violetas en su esposo.

Todavía sentía la sensación de Jaime dentro de ella, como la había tomado esa misma mañana consciente de que esa misma noche sería de Robert. Cersei deseaba que ese recuerdo la consolara mientras yacía con el venado.

Robert Baratheon no era un dragón, la sangre de esa abuela suya se ahogó entre el carbón para dejarle un venado inservible. Nada estaba bien. Esto no era lo que le prometieron Cersei.

«Soy la reina», se recordó. Que importaba si tenía un inútil como esposo, el amor no se comparaba con el poder.

«Reina serás», murmuró una voz, entre la oscuridad y el olor a viejo, «hasta que llegué otra, más joven…»

La multitud que los esperaba afuera del septo rugió al verlos, el sonido ahogó el resto de la oración de Maggy.

―Les habéis caído en gracia, mi señora ―susurró el Rey en su oído―. Hay una sonrisa en cada rostro.

Rostros de mujeres humildes, hombres con niños en brazos. Los tontos sonreían a cualquier cosa, pero por un momento Cersei quiso creer que la felicidad de ellos podía ser la suya. Hasta que encontró un rostro severo, parecido al que le devolvía el espejo.

«No, no en cada rostro, mi señor»

Fue suficiente para recordar que no tendría final feliz.