Disclaimer: CdHyF no me pertenece, todo es propiedad de George R.R. Martin.
"Este capítulo participa en el reto multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras."
El clamor de cientos de gargantas los acompañó desde que llegaron a la ciudad. Antes el del pueblo, ahora el de los nobles que les deseaban la mayor de las dichas y mucho hijos y años de felicidad para una nueva era en Poniente. La alababan como la más bella de los siete reinos; a él, como el héroe que cayó sobre los dragones. Tenía el reino en sus manos, el poder absoluto que le confería el Trono de Hierro y como esposa a la mujer más bella. Por un momento Robert, el primero de su nombre, se lo creyó.
Hasta que comenzó el banquete interminable.
La cerveza y el hidromiel corrieron como un río, cada persona en el estrado y en las mesas del salón tomaban hasta que los hilos de líquido cayeran por su garganta. Nadie tomó tanto como Robert Baratheon, que por más empeño que puso no sintió ni ganas de vomitar. Odio su resistencia al alcohol más que nunca.
El mundo se volvía borroso con cada trago. Tantas risas y bailes apagados, conversaciones triviales que quedaron en el confín de su memoria. Solo quería que el mundo se desvaneciera, junto con las personas que lo rodeaban. Pero ella no desparecía, seguía a su lado, radiante como el sol, como el oro.
Su bella prometida dorada, igual que la cerveza que Robert apuró en su garganta, algunas gotas reptaron por su barba negra y cayeron en la mesa. Cersei sonreía, pero había un dejo de incomodidad en sus rasgos.
Robert siguió tomando, apenas acaba una copa seguía otra y otra, pero aunque el salón desapareció en una bruma oscura ella quedó imperturbable, con una sonrisa forzada y el cabello áurico adornado con joyas.
Nunca dudo al tomar a una mujer, compartió lecho con decenas de putas y mujeres de esa calaña, estaba seguro que al casarse dejaría eso, sería difícil, pero lo intentaría. Eso era antes, por Lyanna.
Cersei era su esposa. Solo un cuerpo anónimo para su placer. «Por el bien del reino», dijo Jon, el hombre que fue su padre. Decía que algunos llegaban a encontrar amor en matrimonios arreglados, al menos algo de cariño. Seguro había pensado en eso al casarse con la hija de Hoster, que podría haber sido su nieta.
Robert no quería el bien del reino, ni amor: quería a Lyanna.
Entre la bruma del hidromiel Cersei seguía nítida y gloriosa, hablaba con alguien, su padre tal vez, otra mancha dorada igual que ella. Robert se preguntó si en la oscuridad el dorado podría pasar por marrón y las esmeraldas por nubes de tormenta. Por más que lo intentara, el rostro de Lyanna desaparecía junto con la bruma hasta que solo Cersei destacaba.
Era hermosa. Pero no la amaba.
