A/N: ¡Hola! Aquí tenéis el siguiente capítulo. Sé que llega con un mes de retraso pero es que mi ordenador se estropeó y tardaron como tres semanas en arreglarmelo y encima se borró todo lo que tenía escrito... Pero bueno, lo importante es que ya funciona bien y que he podido subir el capítulo. Espero que os guste :)
Todo lo que está en negrita pertenece a J.K Rowling
-Gracias-dijo Molly al recibir el tomo-. De acuerdo, esperemos que este capítulo sea más alegre-carraspeó, cogió aire y leyó-. "La Madriguera".
—¡Ron! —exclamó Harry, encaramándose a la ventana y abriéndola para poder hablar con él a través de la reja—. Ron, ¿cómo has logrado...? ¿Qué...?
-Eso me gustaría saber a mí-dijo Sirius con interés-. Aunque ahora mismo lo principal es sacarte de esa casa.
Harry se quedó boquiabierto al darse cuenta de lo que veía. Ron sacaba la cabeza por la ventanilla trasera de un viejo coche de color azul turquesa que estaba detenido ¡ni más ni menos que en el aire!
-¿Qué?-preguntó Remus, incrédulo. Luego sonrió y miró a Arthur con diversión-. Me da a mí que tú tuviste algo que ver.
El señor Weasley le devolvió la sonrisa, recordando el Ford Anglia.
-Sí-reconoció- tuve algo que ver. Aunque- añadió observando a Molly de reojo-, ya no hago cosas así.
Sonriendo a Harry desde los asientos delanteros, estaban Fred y George, los hermanos gemelos de Ron, que eran mayores que él.
Los gemelos chocaron los cinco.
-A ver si a partir de ahora tenemos más protagonismo-dijo Fred.
George asintió.
-Esperemos.
—¿Todo bien, Harry?
—¿Qué ha pasado? —preguntó Ron—. ¿Por qué no has contestado a mis cartas?
Ron bajó la mirada al recordar como Harry no había contestado realmente a sus preguntas. Si hubiese sabido la gravedad del abuso de los Durlsey, ni siquiera Albus Dumbledore hubiera podido detenerle. Ron habría luchado para poder darle a Harry el hogar que su amigo se merecía.
Te he pedido unas doce veces que vinieras a mi casa a pasar unos días, y luego mi padre vino un día diciendo que te habían enviado un apercibimiento oficial por utilizar la magia delante de los muggles.
Todos hicieron una mueca al recordar lo leído en el capítulo anterior.
—No fui yo. Pero ¿cómo se enteró?
—Trabaja en el Ministerio —contestó Ron—.
-Oh, claro-dijo Ginny-. Que en esa época no sabías casi nada de nosotros.
-Y que lo digas…-reconoció Harry con una sonrisa.
-Ahora ya eres completamente de la familia- continuó la muchacha-. Es raro ver cómo han cambiado las cosas. Y… nada podría alegrarme más-añadió al cabo de unos instantes, mirando a Harry con más intensidad de la que pretendía.
El chico tragó saliva.
-Lo mismo digo-murmuró, sus ojos clavados en los de Ginny y sin saber exactamente porque ella le observaba de aquella manera.
Luego recordó como había sido la primera vez que se conocieron y lo mucho que su relación y su visión de la chica habían evolucionado y se dio cuenta de que Ginny debía estar pensando en lo mismo. Todavía no tenía muy claro que sentía hacía ella, solo que le gustaban las emociones que la muchacha despertaba en él. Una vocecilla en su mente le recordó la promesa que había hecho algunos capítulos atrás. Se había jurado intentar controlar sus confusos sentimientos hacia la joven pero, evidentemente, no estaba haciendo un buen trabajo. Centró su atención en la lectura para dejar de pensar en ello, ya se preocuparía de ese problema cuando acabasen con los libros.
Sabes que no podemos hacer ningún conjuro fuera del colegio.
—¡Tiene gracia que tú me lo digas! —repuso Harry, echando un vistazo al coche flotante.
—¡Esto no cuenta! —explicó Ron—. Sólo lo hemos cogido prestado. Es de mi padre, nosotros no lo hemos encantado.
-Todas las reglas tienen sus excepciones, ¿eh?-sonrió Tonks.
Pero hacer magia delante de esos muggles con los que vives...
—No he sido yo, ya te lo he dicho..., pero es demasiado largo para explicarlo ahora.
-La verdad es que nunca me lo explicaste todo…-murmuró Ron.
Al oír aquello, Harry se quedó mirando a su mejor amigo. La culpa por no haber hecho más y la pena porque Harry no hubiera confiado en él le llenaban el rostro y al darse cuenta de aquello, el muchacho se sintió fatal.
-Ron…-empezó-. Siento no habértelo contado. No solo esto, sino todo lo de los Dursley. Siempre has estado ahí para mí –dijo transmitiéndole con la mirada lo mucho que apreciaba su apoyo-y sé que puedo confiar en ti. Lo he sabido desde el principio. Es solo que… No era fácil. Ni lo es-reconoció con esfuerzo-.
Ron tragó saliva, impresionado ante aquellas palabras y pensando en que decir.
-No tienes que… darme explicaciones-dijo con cuidado-. Ni tienes por qué preocuparte, de verdad. Quiero decir-volvió a empezar-, que agradezco que pienses en mí pero no deberías. O sea… Vale, sí, lo reconozco. Me ha… dolido que no confiaras lo suficiente en mí como para contármelo-dijo rápidamente, bajando la miraba. Costaba admitir algo así-. Pero sé que no es algo personal. Sé que eres así. Que no te gusta que la gente te tenga lástima. Ni que te traten diferente.
Harry asintió. Aquello era cierto, su amigo le conocía bien.
-No tengo derecho a exigirte o pedirte que me digas nada-continuó Ron-. Aunque, obviamente me hubiera gustado que lo hubieras hecho. Pero, en realidad, no son mis sentimientos los que importan en esta situación. Y que no me lo contases no es lo que me enfada y… y duele tanto de todo este asunto. Si no que hayas tenido que pasar tu solo por ello. Y… Merlín…-dijo y se quedó unos segundos callado, sin saber cómo poner sus pensamientos en palabras-. Lo que quiero decir es que incluso ahora te preocupas más porque yo esté bien qué que tú lo estés... Es más importante para ti que yo no me sienta estúpidamente inseguro a que tú estés mal por culpa de los Dursley. Y no debería ser así-respiró profundamente, ordenando sus ideas y tratando de calmarse-. En definitiva, que ni se te ocurra sentirte mal por no habérmelo contado. Tenías tus motivos y tus derechos. Y yo no tengo ninguna razón en recriminártelo. Así que ni se te ocurra disculparte-le advirtió con un atisbo de sonrisa.
Harry sonrió a su vez, sin ni siquiera darse cuenta de que lo hacía. Era muy extraño que Ron hablase de sus sentimientos, pero agradecía enormemente el gesto.
-Está bien-cedió-. No me disculparé, lo prometo.
-Bien.
-Y, Ron… Muchas gracias-dijo levantándose de su asiento y yendo a abrazar al chico.
El muchacho pareció sorprenderse al principio pero luego devolvió el abrazo con una sonrisa afectuosa.
-Gracias a ti, amigo.
Una vez que Harry y Ron volvieron a sentarse, Molly cogió el libro de donde lo había dejado. Tenía una sonrisa emocionada en el rostro, después de haber observado aquella escena, al igual que la mayoría de presentes. Sacudiendo la cabeza con cariño, pasó las páginas hasta llegar al punto en el que se había quedado y continuó leyendo.
Mira, puedes decir en Hogwarts que los Dursley me tienen encerrado y que no podré volver al colegio, y está claro que no puedo utilizar la magia para escapar de aquí, porque el ministro pensaría que es la segunda vez que utilizo conjuros en tres días, de forma que...
-Que te crees que Ron te va a dejar allí-dijo Hermione, haciendo que Harry sonriera. La muchacha había observado el intercambio entre sus mejores amigos con cariño y sorpresa al darse cuenta de lo mucho que ambos habían madurado. Especialmente Ron, para quien nunca había sido fácil hablar de sus sentimientos.
—Deja de decir tonterías —dijo Ron—. Hemos venido para llevarte a casa con nosotros.
-Exacto-asintió Hermione.
—Pero tampoco vosotros podéis utilizar la magia para sacarme...
—No la necesitamos —repuso Ron, señalando con la cabeza hacia los asientos delanteros y sonriendo—. Recuerda a quién he traído conmigo.
Los gemelos sonrieron y guiñaron el ojo a todos los que se les quedaron mirando.
-Nuestra fama nos precede, Fred-dijo George con los ojos brillantes.
—Ata esto a la reja —dijo Fred, arrojándole un cabo de cuerda.
-¿Cómo sabíais que ibais a necesitar una cuerda?-preguntó Sirius.
Fred se encogió de hombros.
-Una cuerda siempre viene bien, sobre todo en una misión de rescate. Además, suponíamos que Harry estaba en problemas así que cogimos todo lo que había por casa que nos pareció útil.
—Si los Dursley se despiertan, me matan —comentó Harry, atando la soga a uno de los barrotes.
-No quiero ni pensarlo-dijo Tonks con el corazón empezando a latirle con fuerza.
Fred aceleró el coche.
—No te preocupes —dijo Fred— y apártate.
-Sí, será lo mejor-murmuró Remus.
Harry se retiró al fondo de la habitación, donde estaba Hedwig, que parecía haber comprendido que la situación era delicada y se mantenía inmóvil y en silencio.
-Es tan lista…-dijo Harry con cariño.
El coche aceleró más y más, y de pronto, con un sonoro crujido, la reja se desprendió limpiamente de la ventana mientras el coche salía volando hacia el cielo.
-Ay, madre-susurró la señora Weasley dejando de leer-. Esperemos que no lo hayan oído.
Harry corrió a la ventana y vio que la reja había quedado colgando a sólo un metro del suelo. Entonces Ron fue recogiendo la cuerda hasta que tuvo la reja dentro del coche. Harry escuchó preocupado, pero no oyó ningún sonido que proviniera del dormitorio de los Dursley.
Todos respiraron aliviados.
-Menos mal-suspiró Tonks.
Después de que Ron dejara la reja en el asiento trasero, a su lado, Fred dio marcha atrás para acercarse tanto como pudo a la ventana de Harry.
—Entra —dijo Ron.
-Y rápido-dijo Sirius-. No queremos arriesgarnos a que los Dursley se despierten.
—Pero todas mis cosas de Hogwarts... Mi varita mágica, mi escoba...
Sirius se llevó una mano a la frente.
-¡Es verdad! Me había olvidado completamente.
—¿Dónde están?
—Guardadas bajo llave en la alacena de debajo de las escaleras. Y yo no puedo salir de la habitación.
-Maldición-soltó el animago.
-Pues sin todas tus cosas no te puedes ir…-dijo Remus con preocupación.
—No te preocupes —dijo George desde el asiento del acompañante—. Quítate de ahí, Harry.
Fred y George entraron en la habitación de Harry trepando con cuidado por la ventana.
-¿Qué vais a…?-empezó Tonks, pero Molly continuó leyendo para responder a su pregunta.
«Hay que reconocer que lo hacen muy bien», pensó Harry cuando George se sacó del bolsillo una horquilla del pelo para forzar la cerradura.
-Oh…-asintió la auror.
—Muchos magos creen que es una pérdida de tiempo aprender estos trucos muggles —observó Fred—, pero nosotros opinamos que vale la pena adquirir estas habilidades, aunque sean un poco lentas.
-Muy bien pensado-asintió Tonks, impresionada y complacida al mismo tiempo.
Se oyó un ligero «clic» y la puerta se abrió.
-Perfecto-dijo Remus, más tranquilo-. Bien hecho, chicos.
Los gemelos sonrieron con satisfacción.
—Bueno, nosotros bajaremos a buscar tus cosas. Recoge todo lo que necesites de tu habitación y ve dándoselo a Ron por la ventana —susurró George.
-De acuerdo, la cosa va bien-dijo Sirius, en voz baja-. Ahora solo hace falta que vayáis con cuidado cogiendo las cosas y serás libre, Harry.
-¿Por qué hablas en voz baja?-le preguntó éste con una sonrisa.
Sirius, dándose cuenta de ello, sonrió a su vez.
-Lo siento-dijo pasándose una mano por el cabello-, me meto demasiado en la historia.
—Tened cuidado con el último escalón, porque cruje —les susurró Harry mientras los gemelos se internaban en la oscuridad.
Harry fue cogiendo sus cosas de la habitación y se las pasaba a Ron a través de la ventana. Luego ayudó a Fred y a George a subir el baúl por las escaleras.
-Es sorprendente que no os hayan oído…-comentó el señor Weasley.
-No llames al mal tiempo, Arthur.
-Tienes razón, querida. Retiro lo dicho.
Oyó toser al tío Vernon. Una vez en el rellano, llevaron el baúl a través de la habitación de Harry hasta la ventana abierta. Fred pasó al coche para ayudar a Ron a subir el baúl, mientras Harry y George lo empujaban desde la habitación. Centímetro a centímetro, el baúl fue deslizándose por la ventana.
-Me estoy muriendo con esta tensión-gimió Hermione-. Sé que Harry al final va a conseguir huir pero aun así…
Tío Vernon volvió a toser.
-Esto no me gusta-dijo Tonks-. El libro ha mencionado demasiado la tos de tío Vernon…
Remus frunció el ceño.
-Merlín, tienes razón.
—Un poco más —dijo jadeando Fred, que desde el coche tiraba del baúl—, empujad con fuerza...
Harry y George empujaron con los hombros, y el baúl terminó de pasar de la ventana al asiento trasero del coche.
Sirius dejó escapar el aliento que había estado conteniendo.
-Vale, ya está. Ahora salid de ahí enseguida.
—Estupendo, vámonos —dijo George en voz baja. Pero al subir al alféizar de la ventana, Harry oyó un potente chillido detrás de él, seguido por la atronadora voz de tío Vernon.
-¡No!-exclamaron todos.
—¡ESA MALDITA LECHUZA!
—¡Me olvidaba de Hedwig!
-¡¿Cómo podias olvidarte de ella?!-exclamó Sirius mientras Molly volvía a leer rápidamente.
Harry cruzó a toda velocidad la habitación al tiempo que se encendía la luz del rellano.
-Deprisa, deprisa-le apremió Remus.
Cogió la jaula de Hedwig, volvió velozmente a la ventana, y se la pasó a Ron.
-Al menos ya está a salvo-susurró Hermione.
Harry estaba subiendo al alféizar cuando tío Vernon aporreó la puerta, y ésta se abrió de par en par. Durante una fracción de segundo, tío Vernon se quedó inmóvil en la puerta;
Tonks se mordió el labio con fuerza.
-Da igual lo que él haga, ¡tú corre!
luego soltó un mugido como el de un toro furioso y, abalanzándose sobre Harry, lo agarró por un tobillo.
-¡Suéltalo!-soltó Arthur, diciendo exactamente lo que Snape no podía.
El profesor llevaba desde el principio del capítulo en tensión y en ese momento había tenido que recurrir a todo su autocontrol para no gritar como el resto de presentes.
Ron, Fred y George lo asieron a su vez por los brazos, y tiraban de él todo lo que podían.
—¡Petunia! —bramó tío Vernon—. ¡Se escapa! ¡SE ESCAPA!
-¡Cállate y déjale ir!-exclamó Ron, que recordaba aquel momento con toda claridad.
Pero los Weasley tiraron con más fuerza, y el tío Vernon tuvo que soltar la pierna de Harry.
-¡Sí!-gritó Sirius, levantando el puño en señal de victoria.
Los demás soltaron suspiros de alivio.
-Menos mal…-murmuró Molly, llevándose la mano al pecho.
Tan pronto como éste se encontró dentro del coche y hubo cerrado la puerta con un portazo, gritó Ron:
—¡Fred, aprieta el acelerador!
Y el coche salió disparado en dirección a la luna.
-¡Bien! Ya eres libre, Harry-sonrió Ginny, dejando escapar toda la tensión.
El chico sonrió, radiante. Era bueno ver a todos tan contentos después de los últimos capítulos.
Harry no podía creérselo: estaba libre. Bajó la ventanilla y, con el aire azotándole los cabellos, volvió la vista para ver alejarse los tejados de Privet Drive. Tío Vernon, tía Petunia y Dudley estaban asomados a la ventana de Harry, alucinados.
-¡No me extraña!-rió Tonks entre dientes.
—¡Hasta el próximo verano! —gritó Harry.
Aquello provocó que todos rieran con diversión.
-Oh, como me hubiera gustado verles las caras-dijo Sirius, secándose las lágrimas de alegría.
Los Weasley se rieron a carcajadas, y Harry se recostó en el asiento, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Suelta a Hedwig —dijo a Ron— y que nos siga volando. Lleva un montón de tiempo sin poder estirar las alas.
-Es cierto, pobrecilla…-dijo Tonks.
George le pasó la horquilla a Ron y, en un instante, Hedwig salía alborozada por la ventanilla y se quedaba planeando al lado del coche, como un fantasma.
—Entonces, Harry, ¿por qué...? —preguntó Ron impaciente—. ¿Qué es lo que ha ocurrido?
-Sí, supongo que tendríais muchas dudas…-comentó Sirius.
Harry les explicó lo de Dobby, la advertencia que le había hecho y el desastre del pudín de violetas.
Ron no dijo nada. Sí que era verdad que Harry les había contado lo de Dobby pero mencionó muy por encima todo lo hecho por los Dursley. Deja de pensar en ello, se dijo. Ya has hablado del tema con Harry, todo está bien.
Cuando terminó, hubo un silencio prolongado.
—Muy sospechoso —dijo finalmente Fred.
-La verdad es que con todo lo que ha pasado no he tenido tiempo para pensar en la advertencia de Dobby-reconoció Sirius.
—Me huele mal —corroboró George—. ¿Así que ni siquiera te dijo quién estaba detrás de todo?
—Creo que no podía —dijo Harry—, ya os he dicho que cada vez que estaba a punto de irse de la lengua, empezaba a darse golpes contra la pared.
-Ojalá te lo hubiera podido decir-suspiró Tonks.
Sirius asintió.
-Hubiera estado bien… Ahora tendremos que volver a esperar a que el libro lo diga. Y eso es algo que no me gusta-dijo suspirando con fastidio.
Vio que Fred y George se miraban.
—¿Creéis que me estaba mintiendo? —preguntó Harry.
-Espero que no…-dijo Tonks-. Y tampoco lo creo. Si no, no seríais amigos de él como hemos visto.
—Bueno —repuso Fred—, tengamos en cuenta que los elfos domésticos tienen mucho poder mágico, pero normalmente no lo pueden utilizar sin el permiso de sus amos.
-Ese es otro de los motivos por los que nadie los libera-explicó Dumbledore-. Tienen miedo de que el elfo pudiera tomar represalias.
El director no había comentado nada durante la lectura de la primera parte del capítulo. Nunca lo hacía cuando leían sobre el abuso de los Dursley.
Me da la impresión de que enviaron al viejo Dobby para impedirte que regresaras a Hogwarts. Una especie de broma.
-¿Tú crees?-preguntó Sirius, no muy convencido-. A mí me pareció sincero…
¿Hay alguien en el colegio que tenga algo contra ti?
—Sí —respondieron Ron y Harry al unísono.
Los chicos se sonrieron.
—Draco Malfoy —dijo Harry—. Me odia.
-"Potter"-le imitó Ron, poniendo cara de asco.
-¡Muy buena!-rió Harry, mientras Hermione sonreía.
Tonks sacudió la cabeza.
-La cara se parecía pero, Ron, te falta el color de pelo-a medida que iba hablando, su propio cabello fue pasando al tono rubio claro de Malfoy y su rostro se volvió más puntiagudo-. ¿Qué tal?-dijo, y su voz sonó más grave.
-Estás exacta-dijo Harry, al tiempo que sus amigos reían.
-Estoy de acuerdo-asintió Ron con diversión-. Aunque te falta decir la típica frase: "mi padre se enterará de esto".
Tonks, cuyos ojos brillaban con diversión, carraspeó y dijo:
-Mi padre se enterará de esto, Potter.
Aquello provocó que los alumnos se rieran a carcajadas y que Snape les observase a todos con irritación en el rostro.
Una vez que los chicos se hubieron calmado, Molly continuó leyendo con una sonrisa.
—¿Draco Malfoy? —dijo George, volviéndose—. ¿No es el hijo de Lucius Malfoy?
-Ojalá pudiera volver a una época en la que no sabía quién era…-suspiró George.
—Supongo que sí, porque no es un apellido muy común —contestó Harry—. ¿Por qué lo preguntas?
—He oído a mi padre hablar mucho de él —dijo George—. Fue un destacado partidario de Quien-tú-sabes.
-Más que destacado-murmuró el señor Weasley con disgusto.
—Y cuando desapareció Quien-tú-sabes —dijo Fred, estirando el cuello para hablar con Harry—, Lucius Malfoy regresó negándolo todo.
-Maldito embustero cobarde-gruñó Sirius.
Mentiras... Mi padre piensa que él pertenecía al círculo más próximo a Quien-tú-sabes.
-No solo lo pienso, lo sé-dijo Arthur.
-Yo se lo confirmo, señor Weasley-añadió Harry, pensando en el cementerio.
Harry ya había oído estos rumores sobre la familia de Malfoy, y no le habían sorprendido en absoluto. En comparación con Malfoy, Dudley Dursley era un muchacho bondadoso, amable y sensible.
-Habiendo leído lo que hemos leído-dijo Sirius- yo tampoco diría tanto… Pero sí que estoy de acuerdo en que Malfoy es peor.
—No sé si los Malfoy poseerán un elfo —dijo Harry.
Sí que lo hacen…, pensó el Harry actual. Bueno, lo hacían.
—Bueno, sea quien sea, tiene que tratarse de una familia de magos de larga tradición, y tienen que ser ricos —observó Fred.
-Tampoco hay tantas familias de magos así…-comentó Tonks.
—Sí, mamá siempre está diciendo que querría tener un elfo doméstico que le planchase la ropa —dijo George—.
Hermione miró a la señora Weasley con un deje de decepción en los ojos.
-Solo para que me ayude en casa-se explicó Molly al darse cuenta-. No le trataría mal ni nada. Solo que me vendría bien una ayudilla…
Hermione asintió y levantó una mano, intentando tranquilizarla.
-Sí, sí, lo sé. Lo siento, señora Weasley-se disculpó con una sonrisa-. Ya sé que no lo haría. Es solo que con ese tema me pongo muy a la defensiva.
-Está bien, cielo. No te preocupes.
Pero lo único que tenemos es un espíritu asqueroso y malvado en el ático, y el jardín lleno de gnomos.
-Algo es algo-sonrió Ginny.
Los elfos domésticos están en grandes casas solariegas y en castillos y lugares así, y no en casas como la nuestra.
Harry estaba callado. A juzgar por el hecho de que Draco Malfoy tenía normalmente lo mejor de lo mejor, su familia debía de estar forrada de oro mágico.
-Y que lo digas…-silbó Fred-. Pero también están forrados de maldad. Así que…
Podía imaginárselo dándose aires en una gran mansión. También parecía encajar con el tipo de cosas que Malfoy podría hacer, el enviar a un criado para que impidiera que Harry volviese a Hogwarts. ¿Había sido un estúpido al dar crédito a Dobby?
-No, no creo que haya mentido-volvió a decir Sirius-. Sí que es cierto que suena a algo que Malfoy haría… Pero, no sé. Dobby me ha dado buena espina. Por mucho que me haya enfadado lo que te ha hecho…
—De cualquier manera, estoy muy contento de que hayamos podido rescatarte—dijo Ron—.
-Y todos nosotros también-dijo Tonks.
Me estaba preocupando que no respondieras a mis cartas. Al principio le echaba la culpa a Errol...
—¿Quién es Errol?
-Eso quiero saber yo-repuso Remus.
—Nuestra lechuza macho. Pero está viejo. No sería la primera vez que le da un colapso al hacer una entrega.
-Sí que está viejo-reconoció Ginny-. Pero es adorable a su manera.
Así que intenté pedirle a Percy que me prestara a Hermes...
—¿Quién?
—La lechuza que nuestros padres compraron a Percy cuando lo nombraron prefecto —dijo Fred desde el asiento delantero.
Los señores Weasley se tensionaron al oír sobre su hijo.
—Pero Percy no me la quiso dejar —añadió Ron—. Dijo que la necesitaba él.
—Este verano, Percy se está comportando de forma muy rara —dijo George, frunciendo el entrecejo—. Ha estado enviando montones de cartas y pasando muchísimo tiempo encerrado en su habitación...
-Ahh-sonrió Sirius, intentando hacer menos incómoda la mención de Percy-. Esto suena a típico caso de que se ha echado novia. O novio-añadió encogiéndose de hombros.
No puede uno estar todo el día sacando brillo a la insignia de prefecto.
-Te sorprenderías-sonrió Remus.
Te estás desviando hacia el oeste, Fred —añadió, señalando un indicador en el salpicadero.
Fred giró el volante.
—¿Vuestro padre sabe que os habéis llevado el coche? —preguntó Harry, adivinando la respuesta.
—Esto..., no —contestó Ron—,
Sirius soltó una carcajada.
-No, claro que no.
esta noche tenía que trabajar. Espero que podamos dejarlo en el garaje sin que nuestra madre se dé cuenta de que nos lo hemos llevado.
-Me da a mí que no va a funcionar-sonrió Tonks.
Ron y los gemelos cerraron los ojos al recordar como su madre les había pillado con las manos en la masa.
—¿Qué hace vuestro padre en el Ministerio de Magia?
—Trabaja en el departamento más aburrido —contestó Ron—:
-El más interesante, querrás decir-dijo Arthur con una sonrisa. No le importaba lo que los demás pensaran, a él le fascinaba su trabajo.
el Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles.
—¿El qué?
—Se trata de cosas que han sido fabricadas por los muggles pero que alguien las encanta, y que terminan de nuevo en una casa o una tienda muggle. Por ejemplo, el año pasado murió una bruja vieja, y vendieron su juego de té a un anticuario.
-Ah, sí-dijo el señor Weasley-. Lo recuerdo bien.
Una mujer muggle lo compró, se lo llevó a su casa e intentó servir el té a sus amigos. Fue una pesadilla. Nuestro padre tuvo que trabajar horas extras durante varias semanas.
-Fue bastante pesado, sí-reconoció Arthur.
—¿Qué ocurrió?
—Pues que la tetera se volvió loca y arrojó un chorro de té hirviendo por toda la sala, y un hombre terminó en el hospital con las tenacillas para coger los terrones de azúcar aferradas a la nariz.
-Madre mía…-murmuró Tonks.
Nuestro padre estaba desesperado, en el departamento solamente están él y un viejo brujo llamado Perkins,
El señor Weasley sonrió ante la mención del mago.
y tuvieron que hacer encantamientos para borrarles la memoria y otros trucos para que no se acordaran de nada.
—Pero vuestro padre..., este coche...
Fred se rió.
—Sí, le vuelve loco todo lo que tiene que ver con los muggles,
El señor Weasley sonrió, contento. Era cierto.
tenemos el cobertizo lleno de chismes muggles. Los coge, los hechiza y los vuelve a poner en su sitio.
La señora Weasley bufó.
Si viniera a inspeccionar a casa, tendría que arrestarse a sí mismo. A nuestra madre la saca de quicio.
-Así es-reconoció Molly-. Pero intento aguantarme ya que a él le encanta… Solo me enfado cuando "alguien" utiliza esos chismes para cosas que no debería-dijo mirando a sus hijos inquisitivamente.
Ellos sonrieron, haciéndose los inocentes.
—Ahí está la carretera principal —dijo George, mirando hacia abajo a través del parabrisas. Llegaremos dentro de diez minutos... Menos mal, porque se está haciendo de día.
Tonks suspiró.
-Debéis de estar hechos polvo.
Los gemelos y Ron asintieron.
Un tenue resplandor sonrosado aparecía en el horizonte, al este. Fred dejó que el coche fuera perdiendo altura, y Harry vio a la escasa luz del amanecer el mosaico que formaban los campos y los grupos de árboles.
—Vivimos un poco apartados del pueblo —explicó George—. En Ottery Saint Catchpole.
Todos los Weasley sonrieron.
El coche volador descendía más y más. Entre los árboles destellaba ya el borde de un sol rojo y brillante.
—¡Aterrizamos! —exclamó Fred cuando, con una ligera sacudida, tomaron contacto con el suelo.
-No sé cómo demonios sabías conducir un coche volador, Fred-comentó Sirius-. Pero me alegro que lo hicieras.
Aterrizaron junto a un garaje en ruinas en un pequeño corral, y Harry vio por vez primera la casa de Ron. Parecía como si en otro tiempo hubiera sido una gran pocilga de piedra, pero aquí y allá habían ido añadiendo tantas habitaciones que ahora la casa tenía varios pisos de altura y estaba tan torcida que parecía sostenerse en pie por arte de magia, y Harry sospechó que así era probablemente.
-Exactamente-dijo Molly, sonriendo con cariño ante la descripción de su casa.
Cuatro o cinco chimeneas coronaban el tejado. Cerca de la entrada, clavado en el suelo, había un letrero torcido que decía «La Madriguera». En torno a la puerta principal había un revoltijo de botas de goma y un caldero muy oxidado. Varias gallinas gordas de color marrón picoteaban a sus anchas por el corral.
-Me ha gustado tu descripción, Harry-dijo Ginny con alegría-. Representa muy bien el ambiente de la Madriguera.
—No es gran cosa.
—Es una maravilla —repuso Harry, contento, acordándose de Privet Drive.
Los Weasley sonrieron, complacidos.
Salieron del coche.
—Ahora tenemos que subir las escaleras sin hacer el menor ruido —advirtió Fred—, y esperar a que mamá nos llame para el desayuno. Entonces tú, Ron, bajarás las escaleras dando saltos y diciendo: «¡Mamá, mira quién ha llegado esta noche!»
Sirius soltó una carcajada mientras los adultos sonreían ante la ingenuidad de los muchachos.
-No sé por qué pero me da a mí que no va a funcionar-dijo el animago.
Ella se pondrá muy contenta, y nadie tendrá que saber que hemos cogido el coche.
Tonks sacudió la cabeza, con una media sonrisa.
—Bien —dijo Ron—. Vamos, Harry, yo duermo en el...
De repente, Ron se puso de un color verdoso muy feo y clavó los ojos en la casa.
-Y… ahí está-declaró Sirius.
Los otros tres se dieron la vuelta. La señora Weasley iba por el corral espantando a las gallinas, y para tratarse de una mujer pequeña, rolliza y de rostro bondadoso, era sorprendente lo que podía parecerse a un tigre de enormes colmillos.
-No me gustaría estar en vuestro pellejo, chicos-dijo Tonks mientras Remus asentía con una sonrisa.
Molly enrojeció un tanto. No sabía si sentirse orgullosa de su fama o avergonzarse por la misma.
—¡Ah! —musitó Fred.
—¡Dios mío! —exclamó George.
-Ya podéis rezar, ya…-rio Sirius.
La señora Weasley se paró delante de ellos, con las manos en las caderas, y paseó la mirada de uno a otro. Llevaba un delantal estampado de cuyo bolsillo sobresalía una varita mágica.
—Así que... —dijo.
Todos contuvieron el aliento, esperando la reprimenda.
—Buenos días, mamá —saludó George, poniendo lo que él consideraba que era una voz alegre y encantadora.
Aquello provocó un aluvión de risas y carcajadas entre los muchachos y algunos adultos.
-Sé que era poco probable librarnos de ésta…-reconoció George-. Pero había que intentarlo.
—¿Tenéis idea de lo preocupada que he estado? —preguntó la señora Weasley en un tono aterrador.
El mismo tono que estaba usando Molly para leer aquel fragmento y que hizo que sus hijos se estremecieran.
—Perdona, mamá, pero es que, mira, teníamos que...
Aunque los tres hijos de la señora Weasley eran más altos que su madre, se amilanaron cuando descargó su ira sobre ellos.
—¡Las camas vacías! ¡Ni una nota! El coche no estaba..., podíais haber tenido un accidente... Creía que me volvía loca, pero no os importa, ¿verdad?...
-La verdad es que visto así es bastante normal que se enfadara-repuso Tonks.
-¡Gracias! -dijo Molly levantando los brazos.
Nunca, en toda mi vida... Ya veréis cuando llegue a casa vuestro padre, un disgusto como éste nunca me lo dieron Bill, ni Charlie, ni Percy...
La voz de la señora Weasley se tensionó al leer el nombre de su hijo y continuó leyendo con rapidez.
—Percy, el prefecto perfecto —murmuró Fred.
El Fred actual no dijo nada.
—¡PUES PODRÍAS SEGUIR SU EJEMPLO! —gritó la señora Weasley,
En vez de gritar, Molly se limitó a leer aquella frase con tristeza y el ceño fruncido. Ahora no quería que ninguno de sus hijos siguiera el ejemplo de Percy. No podría soportar perder a otro de sus pequeños.
dándole golpecitos en el pecho con el dedo—. Podríais haberos matado o podría haberos visto alguien, y vuestro padre haberse quedado sin trabajo por vuestra culpa...
-Ahh, las ventajas de la juventud-suspiró Dumbledore, hablando por primera vez en mucho tiempo-. No preocuparse por nada.
Les pareció que la reprimenda duraba horas. La señora Weasley enronqueció de tanto gritar y luego se plantó delante de Harry, que retrocedió asustado.
-Tu no tenías la culpa, Harry-dijo ella-. No iba a enfadarme contigo.
—Me alegro de verte, Harry, cielo —dijo—. Pasa a desayunar.
Aunque Molly no sabía hasta qué punto era mala la situación con los Dursley, sí que era consciente de que Harry no había sido tratado bien por los adultos de su vida. Por ello, desde el primer momento, intentó tratarle con cariño y hacerle entender que no iba a ser regañado por algo que no era su culpa.
La señora Weasley se encaminó hacia la casa y Harry la siguió, después de dirigir una mirada azorada a Ron, que le respondió animándolo con un gesto de la cabeza.
Los chicos se sonrieron.
Ron recordó lo natural que se había sentido ver a Harry en su casa y siendo tratado como uno más de la familia. Le dio la sensación de que el muchacho siempre había tenido un lugar esperándole en la Madriguera.
La cocina era pequeña y todo en ella estaba bastante apretujado. En el medio había una mesa de madera que se veía muy restregada, con sillas alrededor. Harry se sentó tímidamente, mirando a todas partes. Era la primera vez que estaba en la casa de un mago.
-Bueno, que yo recuerde-rectificó Harry.
El reloj de la pared de enfrente sólo tenía una manecilla y carecía de números. En el borde de la esfera había escritas cosas tales como «Hora del té», «Hora de dar de comer a las gallinas» y «Te estás retrasando».
-Es bastante útil-dijo Arthur.
Sobre la repisa de la chimenea había unos libros en montones de tres, libros que tenían títulos como "La elaboración de queso mediante la magia", "El encantamiento en la repostería" o "Por arte de magia: cómo preparar un banquete en un minuto".
Molly asintió, un tanto sorprendida.
-¡Caramba! Te fijas en todo, Harry.
Y, a menos que Harry hubiera escuchado mal, la vieja radio que había al lado del fregadero acababa de anunciar que a continuación emitirían el programa «La hora de las brujas, con la popular cantante hechicera Celestina Warbeck».
-No escuchaste mal, Harry-sonrió Molly-. ¡Es de mis cantantes favoritas!
La señora Weasley preparaba el desayuno sin poner demasiada atención en lo que hacía, y en el rato que tardó en freír las salchichas echó unas cuantas miradas de desaprobación a sus hijos.
-Oh, es verdad. ¡Estaba enfadada!-dijo la señora Weasley-. Con tanta descripción se me había olvidado.
De vez en cuando murmuraba: «cómo se os pudo ocurrir» o «nunca lo hubiera creído».
—Tú no tienes la culpa, cielo —aseguró a Harry, echándole en el plato ocho o nueve salchichas—.
Sirius asintió para sí mismo, agradeciendo el comportamiento de Molly. Aquello era exactamente lo que Harry necesitaba y no el ser regañado por algo que no había hecho.
Arthur y yo también hemos estado muy preocupados por ti. Anoche mismo estuvimos comentando que si Ron seguía sin tener noticias tuyas el viernes, iríamos a buscarte para traerte aquí.
El señor Weasley asintió, recordando.
-Aunque me alegro de que te trajeran los chicos antes-reconoció el hombre-. Porque si hubiéramos visto el estado en el que tenían, probablemente Molly y yo hubiésemos acabado en Azkaban después de hacerles algo a tus tíos.
Muchos se quedaron mirando a Arthur con sorpresa ante aquellas palabras y la intensidad de su mirada. Sus hijos, en cambio, ya sabían que cuando algo era importante para su padre, actuaba de aquella manera.
Pero —dijo mientras le servía tres huevos fritos— cualquiera podría haberos visto atravesar medio país volando en ese coche e infringiendo la ley…
Entonces, como si fuera lo más natural, dio un golpecito con la varita mágica en el montón de platos sucios del fregadero, y éstos comenzaron a lavarse solos, produciendo un suave tintineo.
-Oh, claro-dijo Molly para sí misma-. Que los muggle no los lavan así… ¿Entonces como lo hacen?-preguntó con una curiosidad propia de su marido.
-Bueno...-empezó Harry, pensando en cómo explicarle lo que era un lavaplatos-. Pueden lavarlos a mano o usar un aparato que lo hace por ellos. Se llena de agua y jabón y luego se seca y los platos salen limpios. Aunque claro, es mucho más trabajo que con magia porque hay que llenarlo y luego vaciarlo.
Todos los que no sabían lo que era un lavavajillas escucharon con atención.
-Fascinante…-dijo Arthur, impresionado.
—¡Estaba nublado, mamá! —dijo Fred.
—¡No hables mientras comes! —le interrumpió la señora Weasley.
Molly asintió, de acuerdo con sí misma.
—¡Lo estaban matando de hambre, mamá! —dijo George.
—¡Cállate tú también! —atajó la señora Weasley,
Al oír aquello, las manos de Molly comenzaron a temblar y dejó de leer.
-Harry… yo… No sé ni que…-empezó con dificultad, enterrando la cara entre las manos-. Sabíamos que tenías problemas en casa pero nunca creímos que llegaban hasta tal punto- levantó la cabeza y Harry pudo ver como su rostro estaba lleno de tristeza y culpabilidad-. Creí que era una exageración lo que mis hijos me contaron: lo de los barrotes y la falta de comida y…-respiró profundamente-. Y por eso no hicimos nada. Si lo hubiera sabido… Te habríamos sacado de ese horrible lugar, te lo prometo-tragó saliva y evitó la mirada de Harry-. Aun así, sé que eso no es excusa, debimos haber hecho algo más.
-Molly-intervino Remus-. Sé que es realmente duro el tener que oír todo lo que han hecho los Durlsey, una y otra vez, pero… Si vas a recriminarte algo, deberías hacerlo también al resto de nosotros. Todos, y me incluyo, sabíamos que Harry era tratado mal en casa, pero ninguno hicimos nada. Quizás pensábamos que el grado de abuso era menor; tal vez no quisimos ver la realidad, ya que las protecciones de sangre eran tan importantes... Pero la cuestión es que la culpa recae sobre todos nosotros. Y tendremos que aprender a vivir con ella el resto de nuestras vidas.
-No, eso no es cierto- dijo Harry.
Había escuchado lo dicho por Molly con asombro pero, a medida que ésta y Remus fueron hablando, la sorpresa dio lugar a una clara determinación. A pesar de que solía no hablar demasiado cuando aparecía el tema de los Dursley, en ese momento no podía quedarse callado.
-No es cierto-repitió-. No tenéis porque vivir con la culpa. No podéis dejar que os atormente el pensamiento de si podríais haber hecho más o menos.
-Harry…-intentó decir Sirius con una mueca de pena; él también pensaba lo mismo que Remus.
-No-dijo Harry con firmeza-. Los únicos culpables aquí son los Dursley. Ellos deberían haberme tratado bien, pero no lo hicieron... Llevo diciéndolo desde el principio del libro anterior. No es culpa vuestra lo que me pasó. Todos vosotros-dijo señalando a su alrededor-, me habéis dado una familia. Y eso es lo único que habéis hecho. Lo único de lo que sois culpables-terminó con un nudo en la garganta.
Sirius parpadeó con fuerza mientras Molly se secaba las lágrimas disimuladamente con la manga. El resto de presentes reaccionaron de manera similar, al tiempo que Harry les indicaba con la mirada la verdad en sus palabras.
-Sé que no será fácil-continuó el muchacho-. Pero quiero que recordéis lo que os acabo de decir. Y que lo intentéis.
-Está bien, Harry-dijo Molly tratando de que su voz dejase de temblar-. Lo intentaremos si eso es lo que quieres. Pero… no será sencillo.
-Sé que no-reconoció Harry-. Es difícil dejar de sentirte culpable por algo que tú no has hecho-dijo pensando en la muerte de Cedric-. Eso lo sé. Pero el primer paso es intentarlo.
La señora Weasley, seguida por Sirius y los demás, asintieron. Harry sonrió y le indicó a Molly que continuase leyendo.
En vez de seguir escuchando la lectura, Dumbledore cerró los ojos con fuerza. Sabía que Harry también le había perdonado a él pero el anciano director no iba a hacer caso de la petición del muchacho. Su situación no era igual a la de los otros presentes ya que él hubiera seguido dejando a Harry en aquella casa incluso sabiendo todo por lo que el muchacho tendría que pasar. Y, por ello, ahora más que nunca, odiaba su papel en aquella guerra. Su lugar en la comunidad mágica. No quería tener que ser él quien tomase las decisiones difíciles por el Bien Mayor. Pero, pensó con tristeza, no había nadie más.
Tampoco prestaba atención a la lectura Snape. El motivo era parecido al de Dumbledore. Ya que no importaba lo que Potter dijera; él siempre sentiría la culpabilidad en su interior. Si el resto de personas en la Sala le habían dado una familia al chico, Snape y su estupidez se la había arrebatado. Y eso era algo que el maestro de Pociones nunca iba a olvidar.
pero cuando se puso a cortar unas rebanadas de pan para Harry y a untarlas con mantequilla, la expresión se le enterneció.
En aquel momento apareció en la cocina una personita bajita y pelirroja, que llevaba puesto un largo camisón
-Oh, no-murmuró Ginny tapándose el rostro con la mano.
y que, dando un grito, se volvió corriendo.
Harry sonrió y Sirius soltó una carcajada.
-Viéndote ahora me cuesta creer que fueras así-dijo el animago con los ojos brillando con diversión.
-Pues tranquilo que mis hermanos estarán encantados de confirmártelo...
Los gemelos sonrieron inocentemente pero, en cuanto Ginny dejó de mirarles, prometieron a Sirius con la mirada que le contarían todo lo que quisiera saber.
—Es Ginny —dijo Ron a Harry en voz baja—, mi hermana. Se ha pasado el verano hablando de ti.
-Por Merlín, ¡Ron!-dijo la muchacha, intentando con todas sus fuerzas no enrojecer-. ¿Es que no sabes ser discreto?
—Sí, debe de estar esperando que le firmes un autógrafo, Harry —dijo Fred con una sonrisa,
-El que faltaba…-bufó la chica, haciendo reír a sus hermanos.
-Oh, vamos, Gin. Debes de reconocer que es gracioso.
-No me obligues a hechizarte, George-dijo, tratando de ocultar el toque de diversión en su voz.
pero se dio cuenta de que su madre lo miraba y hundió la vista en el plato sin decir ni una palabra más.
-Gracias, mamá.
-Sin problema, cariño-sonrió Molly a su hija.
No volvieron a hablar hasta que hubieron terminado todo lo que tenían en el plato, lo que les llevó poquísimo tiempo.
-Estábamos muertos de hambre-dijo Ron, recordando.
—Estoy que reviento —dijo Fred, bostezando y dejando finalmente el cuchillo y el tenedor—. Creo que me iré a la cama y…
-Me da a mí que no va a funcionar-dijo Tonks con una carcajada y los ojos brillantes.
—De eso nada —interrumpió la señora Weasley—. Si te has pasado toda la noche por ahí, ha sido culpa tuya.
-Sí, se veía venir-sonrió la auror.
Así que ahora vete a desgnomizar el jardín, que los gnomos se están volviendo a desmadrar.
-Vaya tarea más dura para hacer después de una noche en vela-dijo Remus sacudiendo la cabeza.
—Pero, mamá...
—Y vosotros dos, id con él —dijo ella, mirando a Ron y Fred—. Tú sí puedes irte a la cama, cielo —dijo a Harry—.
-No creo que quiera perdérselo-comentó Sirius.
Harry asintió.
-Así fue.
Tú no les pediste que te llevaran volando en ese maldito coche.
Pero Harry, que no tenía nada de sueño, dijo con presteza:
—Ayudaré a Ron, nunca he presenciado una desgnomización.
-Ah, la curiosidad de los Evans-dijo Remus con cariño y una sonrisa, mientras Snape reprimía una reacción.
—Eres muy amable, cielo, pero es un trabajo aburrido —dijo la señora Weasley—. Pero veamos lo que Lockhart dice sobre el particular.
Sus hijos rodaron los ojos.
-Había olvidado lo obsesionada que estabas con Lockhart, mamá.
La señora Weasley se ruborizó.
Y cogió un pesado volumen de la repisa de la chimenea.
George se quejó.
—Mamá, ya sabemos desgnomizar un jardín.
-Y mejor que ese inepto-dijo Fred con firmeza.
Harry echó una mirada a la cubierta del libro de la señora Weasley. Llevaba escritas en letras doradas de fantasía las palabras «Gilderoy Lockhart: Guía de las plagas en el hogar». Ocupaba casi toda la portada una fotografía de un mago muy guapo de pelo rubio ondulado y ojos azules y vivarachos.
-¿Quién es ese?-preguntó Sirius con curiosidad.
-¿No sabes quién…?-empezó Tonks-. Oh, claro-dijo dejando la pregunta a la mitad-. Azkaban.
Sirius asintió lentamente.
-Azkaban.
Como todas las fotografías en el mundo de la magia, ésta también se movía: el mago, que Harry supuso que era Gilderoy Lockhart, guiñó un ojo a todos con descaro. La señora Weasley le sonrió abiertamente.
-Ugh-dijeron sus hijos, haciendo muecas de asco.
—Es muy bueno —dijo ella—, conoce al dedillo todas las plagas del hogar, es un libro estupendo...
Ron puso los ojos en blanco.
—A mamá le gusta —dijo Fred, en voz baja pero bastante audible.
—No digas tonterías, Fred —dijo la señora Weasley, ruborizándose—.
Arthur sonrió ampliamente.
-Lo cierto es que sí que te gustaba, querida.
-¡Arthur!-le reprimió la señora Weasley, tan colorada como su cabello-. No les des alas.
Ante aquello, su marido soltó una carcajada.
Muy bien, si crees que sabes más que Lockhart, ponte ya a ello; pero ¡ay de ti si queda un solo gnomo en el jardín cuando yo salga!
-Típica frase de madre-dijo Tonks pensando en la suya.
Entre quejas y bostezos, los Weasley salieron arrastrando los pies, seguidos por Harry. El jardín era grande y a Harry le pareció que era exactamente como tenía que ser un jardín. A los Dursley no les habría gustado; estaba lleno de maleza y el césped necesitaba un recorte, pero había árboles de tronco nudoso junto a los muros, y en los arriates, plantas exuberantes que Harry no había visto nunca, y un gran estanque de agua verde lleno de ranas.
Los Weasley sonrieron con cariño. Habían pasado mucho tiempo en aquel jardín, jugando y riendo.
—Los muggles también tienen gnomos en sus jardines, ¿sabes? —dijo Harry a Ron mientras atravesaban el césped.
-Sí pero esos no tienen nada que ver con cómo son los de verdad-dijo Hermione con una sonrisa-. La primera vez que vi un dibujo de uno aluciné bastante.
—Sí, ya he visto esas cosas que ellos piensan que son gnomos —dijo Ron, inclinándose sobre una mata de peonías—. Como una especie de papás Noel gorditos con cañas de pescar...
Hermione soltó una carcajada.
-Esa es una descripción bastante acertada, Ron.
El muchacho sonrió, contento de haber hecho reír a su amiga.
Se oyó el ruido de un forcejeo, la peonía se sacudió y Ron se levantó, diciendo en tono grave:
—Esto es un gnomo.
—¡Suéltame! ¡Suéltame! —chillaba el gnomo.
Desde luego, no se parecía a papá Noel:
-Lo cierto es que no-rio Harry al recordarlo.
era pequeño y de piel curtida, con una cabeza grande y huesuda, parecida a una patata.
Todos lo que habían visto a un gnomo alguna vez, asintieron. Aquella era una buena descripción.
Ron lo sujetó con el brazo estirado, mientras el gnomo le daba patadas con sus fuertes piececitos. Ron lo cogió por los tobillos y lo puso cabeza abajo.
—Esto es lo que tienes que hacer —explicó. Levantó al gnomo en lo alto («¡suéltame!», decía éste) y comenzó a voltearlo como si fuera un lazo.
-No me extraña que pusieras esa cara, Harry. Teniendo en cuenta que nunca habías visto un gnomo ni como se hacía una desgnomización.
Viendo el espanto en el rostro de Harry, Ron añadió:
-No les duele. Pero los tienes que dejar muy mareados para que no puedan volver a encontrar su madriguera.
Hermione asintió; aquello la tranquilizaba. Sabiendo como trataban la mayoría de magos a otras criaturas…, pensó sacudiendo la cabeza, no le hubiera extrañado en absoluto que sí les doliera.
Entonces soltó al gnomo y éste salió volando por el aire y cayó en el campo que había al otro lado del seto, a unos siete metros, con un ruido sordo.
—¡De pena! —dijo Fred—. ¿Qué te apuestas a que lanzo el mío más allá de aquel tocón?
-Parece divertido-dijo Sirius iluminándose-. Lo cierto es que nunca he participado en una desgnomización.
-¿En serio?-preguntó Ginny con curiosidad.
-Así es-asintió Sirius-. No hay jardín Grimmauld Place y en casa de los Potter se encargaban los empleados de hacerlo. Pero-añadió- algún día me pasaré por la Madriguera a probarlo.
-Perfecto. Entonces te cedo mi turno-dijo Ginny rápidamente y haciendo que sus hermanos le mirasen mal.
-¡No vale!-se quejó George.
-Haber sido más rápido-sonrió su hermana.
Harry aprendió enseguida que no había que sentir compasión por los gnomos y decidió lanzar al otro lado del seto al primer gnomo que capturase, pero éste, percibiendo su indecisión, le hundió sus afiladísimos dientes en un dedo, y le costó mucho trabajo sacudírselo...
-Ay-dijo Fred, sacudiendo la mano-. A mí también me han mordido en alguna ocasión y no es nada divertido.
-Luna dice que la saliva de los gnomos tiene muy buenas propiedades-comentó Ginny.
-Sí, bueno… Puede ser. Pero el daño te lo llevas.
—Caramba, Harry..., eso habrán sido casi veinte metros...
-Buen tiro-le animó Tonks.
Pronto el aire se llenó de gnomos volando.
—Ya ves que no son muy listos —observó George, cogiendo cinco o seis gnomos a la vez—. En cuanto se enteran de que estamos desgnomizando, salen a curiosear. Ya deberían haber aprendido a quedarse escondidos en su sitio.
-Lo cierto es que sí-rio Sirius.
Al poco rato vieron que los gnomos que habían aterrizado en el campo, que eran muchos, empezaban a alejarse andando en grupos, con los hombros caídos.
—Volverán —dijo Ron, mientras contemplaban cómo se internaban los gnomos en el seto del otro lado del campo—. Les gusta este sitio... Papá es demasiado blando con ellos, porque piensa que son divertidos...
-Es verdad-sonrió el señor Weasley-. Pero a Molly no le gustan demasiado.
-No es agradable ir paseando por el jardín y que se te suban a las piernas, Arthur.
-Eso es cierto.
En aquel momento se oyó la puerta principal de la casa.
—¡Ya ha llegado! —dijo George—. ¡Papá está en casa!
Y fueron corrieron a su encuentro.
Arthur sonrió al oír aquello, contento de que sus hijos se alegrasen tanto de verle.
El señor Weasley estaba sentado en una silla de la cocina, con las gafas quitadas y los ojos cerrados. Era un hombre delgado, bastante calvo, pero el escaso pelo que le quedaba era tan rojo como el de sus hijos.
-Ahora incluso más clavo que entonces-sonrió el señor Weasley pasándose una mano por su poco cabello.
Llevaba una larga túnica verde polvorienta y estropeada de viajar.
—¡Qué noche! —farfulló, cogiendo la tetera mientras los muchachos se sentaban a su alrededor—. Nueve redadas. ¡Nueve! Y el viejo Mundungus Fletcher intentó hacerme un maleficio cuando le volví la espalda.
-Maldito Mundungus…-bufó Sirius-. Es útil en según qué cosas de la orden, pero no se puede confiar en él-sentenció.
Arthur tuvo que asentir, completamente de acuerdo.
El señor Weasley tomó un largo sorbo de té y suspiró.
—¿Encontraste algo, papá? —preguntó Fred con interés.
—Sólo unas llaves que merman y una tetera que muerde —respondió el señor Weasley en un bostezo—.
-Eso es bastante-comentó Hermione.
-Según como lo mires sí-le sonrió el señor Weasley-. Pero una vez has visto tantas cosas extrañas como yo… Se queda en nada.
Hermione asintió.
-Supongo que todo es una cuestión de perspectiva.
Han ocurrido, sin embargo, algunas cosas bastante feas que no afectaban a mi departamento. A Mortlake lo sacaron para interrogarle sobre unos hurones muy raros, pero eso incumbe al Comité de Encantamientos Experimentales, gracias a Dios.
-¿Hurones?-rió Tonks.
-Mejor no preguntes.
—¿Para qué sirve que unas llaves encojan? —preguntó George.
—Para atormentar a los muggles —suspiró el señor Weasley—. Se les vende una llave que merma hasta hacerse diminuta para que no la puedan encontrar nunca cuando la necesitan...
-Hay gente que odia mucho a los muggle y que no tiene nada que hacer-sentenció Remus frunciendo el ceño.
Naturalmente, es muy difícil dar con el culpable porque ningún muggle quiere admitir que sus llaves merman; siempre insisten en que las han perdido. ¡Jesús! No sé de lo que serían capaces para negar la existencia de la magia, aunque la tuvieran delante de los ojos...
-Hombre, también es normal-dijo Ron-. Deben de pensar que se están volviendo locos o algo.
Pero no os creeríais las cosas que a nuestra gente le ha dado por encantar...
—¿COMO COCHES, POR EJEMPLO?
Molly había gritado aquella frase de la misma manera que hacía cuatro años y su marido e hijos se estremecieron.
-Ay, madre…-murmuró Fred.
-Nunca mejor dicho-le sonrió Ginny.
La señora Weasley había aparecido blandiendo un atizador como si fuera una espada. El señor Weasley abrió los ojos de golpe y dirigió a su mujer una mirada de culpabilidad.
—¿Co-coches, Molly cielo?
-No creo que hacerse el despistado funcione-comentó Sirius, alegre.
-Algo tenía que intentar-dijo Molly, sonriendo muy a su pesar-. Sabía muy bien que le había pillado.
—Sí, Arthur, coches —dijo la señora Weasley, con los ojos brillándole—. Imagínate que un mago se compra un viejo coche oxidado y le dice a su mujer que quiere llevárselo para ver cómo funciona, cuando en realidad lo está encantando para que vuele.
Arthur suspiró.
-Debería habértelo dicho, lo siento.
-Está bien, cielo. Ya hablamos sobre ello en su momento, no te preocupes.
El señor Weasley parpadeó.
—Bueno, querida, creo que estarás de acuerdo conmigo en que no ha hecho nada en contra de la ley, aunque quizá debería haberle dicho la verdad a su mujer...
-Eso sí-asintió Remus.
Verás, existe una laguna jurídica... siempre y cuando él no utilice el coche para volar. El hecho de que el coche pueda volar no constituye en sí…
—¡Señor Weasley ya se encargó personalmente de que existiera una laguna jurídica cuando usted redactó esa ley! —gritó la señora Weasley—.
Aquello provocó sonrisas y carcajadas entre os presentes. Incluso Molly rio un tanto.
-A veces se me va la mano con estas cosas…-murmuró Arthur.
-Lo sé-le dijo Molly con cariño-. Pero es parte de tu encanto-terminó, dándole un beso en la mejilla y haciendo que Arthur sonriera a su vez.
¡Sólo para poder seguir jugando con todos esos cachivaches muggles que tienes en el cobertizo! ¡Y; para que lo sepas, Harry ha llegado esta mañana en ese coche en el que tú no volaste!
—¿Harry? —dijo el señor Weasley mirando a su esposa sin comprender—. ¿Qué Harry?
-¿Cuántos Harrys conoces?-rio Ginny.
Al darse la vuelta, vio a Harry y se sobresaltó.
—¡Dios mío! ¿Es Harry Potter? Encantado de conocerte. Ron nos ha hablado mucho de ti...
-Demasiado incluso…-le chinchó George, haciendo que su hermano se ruborizase.
—¡Esta noche, tus hijos han ido volando en el coche hasta la casa de Harry y han vuelto!—gritó la señora Weasley—. ¿No tienes nada que comentar al respecto?
—¿Es verdad que hicisteis eso? —preguntó el señor Weasley, nervioso—. ¿Fue bien la cosa?
Antes aquello, todos volvieron a reír.
-Merlín, Arthur-sonrió Sirius sacudiendo la cabeza-. Cada vez la fastidias más y más.
Qui-quiero decir —titubeó, al ver que su esposa echaba chispas por los ojos—, que eso ha estado muy mal, muchachos, pero que muy mal...
Tonks enterró el rostro entre las manos.
-No se ha notado nada-dijo riendo.
—Dejémosles que lo arreglen entre ellos —dijo Ron a Harry en voz baja, al ver que su madre estaba a punto de estallar—. Venga, quiero enseñarte mi habitación.
-Sí, creo que será lo mejor-asintió Remus.
Salieron sigilosamente de la cocina y, siguiendo un estrecho pasadizo, llegaron a una escalera torcida que subía atravesando la casa en zigzag.
Snape escuchó atentamente. Nunca había estado en el hogar de los Weasley y, por ello, sentía curiosidad por saber cómo era y prestaba atención cada vez que éste era descrito. En aquel momento, el profesor de Pociones tenía un rastro de una sonrisa en el rostro, después de escuchar la discusión entre los Weasley y los intentos de explicarse de Arthur. A pesar de que normalmente no podía soportar a las parejas ni a las familias, Molly y su marido siempre le habían tratado con cordialidad y Snape sentía un cierto respeto hacia ellos.
En el tercer rellano había una puerta entornada. Antes de que se cerrara de un golpe, Harry pudo ver un instante un par de ojos castaños que estaban espiando.
-Merlín…-gruñó Ginny.
—Ginny —dijo Ron—. No sabes lo raro que es que se muestre así de tímida. Normalmente nunca se esconde.
-No es tan raro-dijo ella-. Teniendo en cuenta que tenía once años y había una celebridad en mi casa. Aunque-añadió-, evidentemente, me alegro de que se me haya pasado la tontería.
-Y yo también-sonrió Harry-. De lo contrario hubiera dejado de tener a una gran amiga.
Ginny intentó sonreírle de vuelta pero tuvo que hacer un gran esfuerzo para que no se notase su decepción. "Una gran amiga", pensó. "Eso es todo lo que eres para él". Lo cierto era que, aunque estaba encantada con la amistad de Harry, había algo dentro de ella que quería más. Aunque sabía que nunca lo reconocería en voz alta.
Subieron dos tramos más de escalera hasta llegar a una puerta con la pintura desconchada y una placa pequeña que decía «Habitación de Ronald».
Ron sonrió ante la mención de su cuarto.
Cuando Harry entró, con la cabeza casi tocando el techo inclinado, tuvo que cerrar un instante los ojos.
-¿Tan desordenada estaba?-bromeó Hermione.
-No tanto-rio Harry-. Fue el color, en realidad. Tanto naranja me cegó durante un segundo.
-¡Chudley Cannons!-exclamó Ron con el puño en alto y haciendo que sus dos amigos rodasen los ojos.
Le pareció que entraba en un horno, porque casi todo en la habitación era de color naranja intenso: la colcha, las paredes, incluso el techo. Luego se dio cuenta de que Ron había cubierto prácticamente cada centímetro del viejo papel pintado con pósteres iguales en que se veía a un grupo de siete magos y brujas que llevaban túnicas de color naranja brillante, sostenían escobas en la mano y saludaban con entusiasmo.
Ron asintió con alegría y orgullo.
—¿Tu equipo de quidditch favorito? —le preguntó Harry.
—Los Chudley Cannons —confirmó Ron, señalando la colcha naranja, en la que había estampadas dos letras «C» gigantes y una bala de cañón saliendo disparada—. Van novenos en la liga.
-No es demasiado buen puesto…-suspiró Ron-. Pero no importa, para mí son los mejores.
-Creo que te confundes con las Arpías de Holyhead-le sonrió Ginny.
Ron abrió la boca para replicar pero su madre continuó leyendo antes de que se formase una batalla entre los fanáticos del Quidditch.
Ron tenía los libros de magia del colegio amontonados desordenadamente en un rincón, junto a una pila de cómics que parecían pertenecer todos a la serie "Las aventuras de Martin Miggs, el «muggle» loco". Su varita mágica estaba en el alféizar de la ventana, encima de una pecera llena de huevos de rana y al lado de Scabbers,
Todos gruñeron o miraron con rabia al libro que Molly sostenía entre las manos.
la gorda rata gris de Ron, que dormitaba en la parte donde daba el sol.
Harry echó un vistazo por la diminuta ventana, tras pisar involuntariamente una baraja de cartas autobarajables que se hallaba esparcida por el suelo. Abajo, en el campo, podía ver un grupo de gnomos que volvían a entrar de uno en uno, a hurtadillas, en el jardín de los Weasley a través del seto.
-Típico-sonrió el señor Weasley sacudiendo la cabeza.
Luego se volvió hacia Ron, que lo miraba con impaciencia, esperando que Harry emitiera su opinión.
—Es un poco pequeña —se apresuró a decir Ron—, a diferencia de la habitación que tenías en casa de los muggles. Además, justo aquí arriba está el espíritu del ático, que se pasa todo el tiempo golpeando las tuberías y gimiendo...
-Ron, ni lo intentes. Tu casa es perfecta-le dijo Hermione, haciendo sonreír al muchacho.
Pero Harry le dijo con una amplia sonrisa:
—Es la mejor casa que he visto nunca.
Ron se ruborizó hasta las orejas.
-Y realmente lo es-dijo Harry-. No es tan importante como sea una casa sino quien hay en ella. Y en esta no podría haber nadie mejor.
Los Weasley sonrieron con afecto y, después de hacerlo, Molly pasó la página.
-Ya se ha terminado el capítulo-anunció-. El siguiente se llama "En Flourish y Blotts".
Todos lo que habían vivido aquel viaje al Callejón Diagon cerraron los ojos, recordando.
-¿Quién quiere leer?-preguntó.
-Ya lo haré yo-dijo el señor Weasley levantando la mano.
Su mujer le pasó el libro y Arthur se recolocó en el asiento, buscando una posición más cómoda.
-De acuerdo-dijo en cuanto la encontró-. Capítulo cuarto: "En Flourish y Blotts".
A/N: Aquí acaba este capítulo. ¡Nos vemos en el próximo! En él Harry descubrirá que no sabe utilizar los polvos flu, Ginny recibirá el diario y aparecerá Lockhart por primera vez... ¡Hasta entonces!
Como siempre gracias por leer y dejad review si queréis :D
