A/N: ¡Hola! Esto de actualizar cada dos semanas más o menos mola bastante, me gusta el ritmo que llevo :D Aunque no sé si podré mantenerlo porqué tengo un examen muy importante en diez días y no podré escribir nada hasta entonces... Bueno, espero que os guste el capítulo :)

Todo lo que está en negrita pertenece a J.K Rowling

Una vez tuvo el tomo entre las manos, Ron se aclaró la garganta y comenzó a leer.

-"Capítulo 5: El sauce boxeador".

El final del verano llegó más rápido de lo que Harry habría querido. Estaba deseando volver a Hogwarts, pero por otro lado, el mes que había pasado en La Madriguera había sido el más feliz de su vida.

Molly sonrió y parpadeó con fuerza.

-Oh, Harry…-dijo emocionada.

Le resultaba difícil no sentir envidia de Ron cuando pensaba en los Dursley y en la bienvenida que le darían cuando volviera a Privet Drive.

Ron dejo de leer durante unos instantes y miró a Harry con intensidad. Antes de que se diera cuenta, sin embargo, desvió la mirada y continuó con la lectura. Se le hacía raro que Harry sintiera envidia de él pero después de leer el trato de los Dursley no le era difícil entender por qué.

La última noche, la señora Weasley hizo aparecer, por medio de un conjuro, una cena suntuosa que incluía todos los manjares favoritos de Harry y que terminó con un suculento pudín de melaza.

-Ya me acuerdo-asintió Harry-. Estaba todo delicioso.

Fred y George redondearon la noche con una exhibición de las bengalas del doctor Filibuster, y llenaron la cocina con chispas azules y rojas que rebotaban del techo a las paredes durante al menos media hora. Después de esto, llegó el momento de tomar una última taza de chocolate caliente e ir a la cama.

Harry esbozó una sonrisa y cerró los ojos, disfrutando de los recuerdos. Aquel había sido un buen final a su estancia en la Madriguera.

A la mañana siguiente, les llevó mucho rato ponerse en marcha. Se levantaron con el canto del gallo, pero parecía que quedaban muchas cosas por preparar.

-Suele pasar-sonrió Tonks.

La señora Weasley, de mal humor, iba de aquí para allá como una exhalación, buscando tan pronto unos calcetines como una pluma. Algunos chocaban en las escaleras, medio vestidos, sosteniendo en la mano un trozo de tostada,

Sirius soltó una carcajada al tiempo que se frotaba la frente con la mano.

-Vaya panorama-rio.

y el señor Weasley, al llevar el baúl de Ginny al coche a través del patio, casi se rompe el cuello cuando tropezó con una gallina despistada.

-¡Es verdad!-dijo Arthur con sorpresa-. No me acordaba…

A Harry no le entraba en la cabeza que ocho personas, seis baúles grandes, dos lechuzas y una rata pudieran caber en un pequeño Ford Anglia.

-Eso me estaba preguntando yo-dijo Hermione.

Claro que no había contado con las prestaciones especiales que le había añadido el señor Weasley.

-¿Arthur?-preguntó la señora Weasley con peligrosidad.

No le digas a Molly ni media palabra —susurró a Harry al abrir el maletero y enseñarle cómo lo había ensanchado mágicamente para que pudieran caber los baúles con toda facilidad.

-¡Arthur!-volvió a decir Molly.

-Lo siento, pero es que sino no cabíamos-se disculpó el hombre-. Además, tienes que reconocer que se iba muy cómodo.

La señora Weasley suspiró largamente.

-Tú y tus cachivaches muggle…-murmuró, pero se le había pasado el enfado.

Cuando por fin estuvieron todos en el coche, la señora Weasley echó un vistazo al asiento trasero, en el que Harry, Ron, Fred, George y Percy estaban confortablemente sentados, unos al lado de otros, y dijo:

Los muggles saben más de lo que parece, ¿verdad?

Sus hijos hicieron ademán de reírse pero vieron la mirada que Molly les estaba mandando y se lo pensaron mejor. Sirius fue un poco más lento y tuvo que ocultar su risa con una tos que nadie se tragó.

Ella y Ginny iban en el asiento delantero, que había sido alargado hasta tal punto que parecía un banco del parque—. Quiero decir que desde fuera uno nunca diría que el coche es tan espacioso, ¿verdad?

Esta vez Sirius no pudo contenerse.

-Lo siento, Molly-dijo al ver que ésta le mirada-. Pero, ¿en serio?

-¡Ay! Tampoco es que me fijase demasiado-dijo con las mejillas coloradas.

El señor Weasley arrancó el coche y salieron del patio. Harry se volvió para echar una última mirada a la casa. Apenas le había dado tiempo a preguntarse cuándo volvería a verla, cuando tuvieron que dar la vuelta, porque a George se le había olvidado su caja de bengalas del doctor Filibuster.

Aquello provocó que muchos sonrieran.

-No podía dejármelas-explicó George-. Fueron las protagonistas de muchas de nuestras trastadas ese año.

-¡George!

-Es broma, mamá. O no…-añadió en voz baja, haciendo que Ginny y Fred rieran.

Cinco minutos después, el coche tuvo que detenerse en el corral para que Fred pudiera entrar a coger su escoba.

-¡Venga!-exclamó Sirius. A ver quien más se ha dejado algo…

Y cuando ya estaban en la autopista, Ginny gritó que se había olvidado su diario y tuvieron que retroceder otra vez.

-No me lo puedo creer-rio el animago-. Lo decía en broma. ¿Nadie se dejó nada más, no?

Ginny negó con la cabeza y trató de sonreír pero su mirada se encontraba perdida en algún punto de la mesa. No paraba de pensar en que ojalá no hubiera vuelto a buscar el estúpido diario.

Cuando Ginny subió al coche, después de recoger el diario, llevaban muchísimo retraso y los ánimos estaban alterados.

-No me extraña-dijo Remus-. Aunque podríais haber enviado en una lechuza a Hogwarts todo lo que os dejasteis.

-También es verdad-repuso Arthur-. No sé por qué no lo pensamos antes.

El señor Weasley miró primero su reloj y luego a su mujer.

Molly, querida...

No, Arthur.

-¿Qué pasa?-preguntó Tonks.

Nadie nos vería. Este botón de aquí es un accionador de invisibilidad que he instalado. Ascenderíamos en el aire, luego volaríamos por encima de las nubes y llegaríamos en diez minutos. Nadie se daría cuenta...

-Oh-dijo Tonks, impresionada-. Qué útil, Arthur… Por cierto, ¿has pensado alguna vez en vender todos esos trastos que mejoras? Estoy segura que un coche volador con la capacidad de hacerse invisible podría ser de ayuda en, no sé, el departamento de aurores mismo.

El señor Weasley se la quedó mirando con sorpresa.

-Pues no… Nunca lo había pensado, la verdad.

Tonks sonrió.

-Pues hazlo-dijo.

He dicho que no, Arthur, no a plena luz del día.

-Ya… Si tenéis que dejar de ser invisibles en medio de una calle muggle, sí que es un poco arriesgado-reconoció Tonks.

Llegaron a Kings Cross a las once menos cuarto.

-Bueno, os queda un cuarto de hora-dijo Sirius encogiéndose de hombros.

-Éramos ocho personas las que habíamos de cruzar-explicó Molly- y seis de ellas con sus respectivos carritos.

-Vale, ya no creo que vayáis tan bien de tiempo-concedió Sirius.

El señor Weasley cruzó la calle a toda pastilla para hacerse con unos carritos para cargar los baúles, y entraron todos corriendo en la estación.

Todos los que no sabían lo que había ocurrido comenzaron a llenarse de nerviosismo y a escuchar con más atención.

Harry ya había cogido el expreso de Hogwarts el año anterior. La dificultad estaba en llegar al andén nueve y tres cuartos, que no era visible para los ojos de los muggles. Lo que había que hacer era atravesar caminando la gruesa barrera que separaba el andén nueve del diez. No era doloroso, pero había que hacerlo con cuidado para que ningún muggle notara la desaparición.

-¿Por qué nos vuelven a explicar todo esto?-dijo Tonks, sacudiendo la pierna con excitación.

Percy primero —dijo la señora Weasley, mirando con inquietud el reloj que había en lo alto, que indicaba que sólo tenían cinco minutos para desaparecer disimuladamente a través de la barrera. Percy avanzó deprisa y desapareció.

-Bueno, uno de ocho-murmuró Sirius.

A continuación fue el señor Weasley. Lo siguieron Fred y George.

-Cuatro de ocho-seguía diciendo Sirius.

Harry y Ron comenzaron a ponerse nerviosos sobre lo que dirían los demás al oír que volaron en el coche hasta Hogwarts.

Yo pasaré con Ginny, y vosotros dos nos seguís —dijo la señora Weasley a Harry y Ron, cogiendo a Ginny de la mano y empezando a caminar.

A pesar de que los señores Weasley ya sabían lo que había sucedido, Ron temía que el recordatorio volviera a ponerle en problemas y su preocupación se notaba en la rapidez con la que estaba leyendo en ese momento.

En un abrir y cerrar de ojos ya no estaban.

-De acuerdo, seis de ocho. Solo quedáis vosotros-declaró Sirius mirando a Harry y a Ron.

Snape puso los ojos en blanco ante la capacidad del animago de decir lo obvio. Pero lo cierto era que él también estaba algo nervioso, quería saber que había sucedido aquel día exactamente: por qué Potter y Weasley no pudieron acceder al tren y quien tuvo la estúpida idea de volar aquel maldito coche hasta la escuela. Su nerviosismo no se debía solo a la situación que se iba a leer sino también a que, si el libro no demostraba que Potter había hecho todo aquello para ser el centro de atención, no sabía que haría. Durante toda la lectura, se había ido demostrando como al chico no le gustaba ser el foco de todas las miradas pero Snape todavía guardaba algo de esperanza de que así fuera. En aquel momento su vida era demasiado complicada como para replantearse su visión de Potter.

Vamos juntos, sólo nos queda un minuto —dijo Ron a Harry. Harry se aseguró de que la jaula de Hedwig estuviera bien sujeta encima del baúl, y empujó el carrito contra la barrera.

-Vale, bien-dijo Sirius, más para sí mismo que para los demás-. Con tu suerte, Harry, ya empezaba a pensar que ibas a perder el tren.

Su ahijado intentó no devolverle la mirada ya que Sirius vería en ella que así había sido.

No le daba miedo; era mucho más seguro que usar los polvos flu. Se inclinaron sobre la barra de sus carritos y se encaminaron con determinación hacia la barrera, cogiendo velocidad. A un metro de la barrera, empezaron a correr y...

Ron entrecerró los ojos e hizo una mueca, recordando el gran golpe que se llevaron, antes de gritar la siguiente palabra.

¡PATAPUM!

-¿Qué ha pasado?-preguntó Sirius, asustado.

Los dos carritos chocaron contra la barrera y rebotaron.

-¿Qué?

El baúl de Ron saltó y se estrelló contra el suelo con gran estruendo, Harry se cayó y la jaula de Hedwig, al dar en el suelo, rebotó y salió rodando, con la lechuza dentro dando unos terribles chillidos.

-No entiendo nada-dijo Remus con los ojos muy abiertos.

-¿Qué está pasando?-preguntó Sirius, tan confundido como su amigo.

-No tengo ni idea-le respondió Lupin-. Pero nunca había oído que el paso se cerrase de esta manera.

-Yo tampoco-dijo Tonks.

Todo el mundo los miraba, y un guardia que había allí cerca les gritó:

¿Qué demonios estáis haciendo?

-Lo que faltaba-bufó Sirius-. ¿Los demás ya sabíais que iba a pasar todo esto?-preguntó, mirando a los Weasley y al trio dorado.

-Así es-dijo Arthur-. Y en aquel momento nos llevamos un susto tremendo, al ver que Harry y Ron no aparecían.

He perdido el control del carrito —dijo Harry entre jadeos, sujetándose las costillas mientras se levantaba.

-Buena excusa a pesar de todo, Harry-le dijo Tonks.

Ron salió corriendo detrás de la jaula de Hedwig, que estaba provocando tal escena que la multitud hacía comentarios sobre la crueldad con los animales.

-Merlín-suspiró Remus-, el lio que se ha montado en un momento…

¿Por qué no hemos podido pasar? —preguntó Harry a Ron.

-Eso me gustaría saber a mí-repuso Sirius-. Pero realmente no tengo ni idea.

Harry pensó en Dobby y en como él fue el causante de aquello. No sabía que iba a suceder cuando los demás supieran la verdad pero, teniendo en cuenta como había reaccionado Sirius a la primera aparición del elfo, no querría estar en su lugar.

Ni idea.

Ron miró furioso a su alrededor. Una docena de curiosos todavía los estaban mirando.

Hermione se sintió mal por sus amigos al pensar los nervios que debieron pasar en aquel momento.

Vamos a perder el tren —se quejó—. No comprendo por qué se nos ha cerrado el paso.

-Yo tampoco-dijo Remus entrecerrando los ojos.

Harry miró el reloj gigante de la estación y sintió náuseas en el estómago. Diez segundos..., nueve segundos... Avanzó con el carrito, con cuidado, hasta que llegó a la barrera, y empujó a continuación con todas sus fuerzas. La barrera permaneció allí, infranqueable.

Ron leyó aquella parte recordando las emociones que sintió en aquel momento; no habían sido nada agradable.

Tres segundos..., dos segundos..., un segundo...

Ha partido —dijo Ron, atónito—. El tren ya ha partido. ¿Qué pasará si mis padres no pueden volver a recogernos? ¿Tienes algo de dinero muggle?

-Vamos a ver-dijo Tonks con una sonrisa incrédula-. No hace falta ponerse nerviosos. Si por lo que sea Molly y Arthur no pueden volver, en Hogwarts se darán cuenta de que no habéis llegado y vendrán a buscaros.

-O también podéis enviar una lechuza a la escuela explicando lo sucedido-sugirió Remus.

Es verdad-asintió Sirius-. Es raro que se haya cerrado el paso pero si lo pensamos con calma tampoco es tan grave.

Harry y Ron compartieron una mirada. Ellos no lo habían pensado con calma y de ahí que se les ocurriera la estúpida idea de volar en el coche hasta Hogwarts.

Harry soltó una risa irónica.

Hace seis años que los Dursley no me dan la paga semanal.

Ron pegó la cabeza a la fría barrera.

No oigo nada —dijo preocupado—. ¿Qué vamos a hacer? No sé cuánto tardarán mis padres en volver por nosotros.

-Solo respirad hondo y calmaos-dijo Sirius-. Volved al coche o, si es que os sobra algo de dinero mágico, podéis ir al callejón Diagon a tomar algo-se encogió de hombros-. No entiendo a qué viene tanto alboroto. ¡Un día de clase que os saltáis!-dijo con una sonrisa-. James y yo ya estaríamos celebrándolo.

Echaron un vistazo a la estación. La gente todavía los miraba, principalmente a causa de los alaridos incesantes de Hedwig.

A lo mejor tendríamos que ir al coche y esperar allí —dijo Harry—.

-Lo que yo decía-sonrió Sirius-. Buena idea, Harry.

Estamos llamando demasiado la aten...

¡Harry! —dijo Ron, con los ojos refulgentes—. ¡El coche!

Esta vez, los ojos de Ron no brillaban. El chico se sentía más bien avergonzado de su idea. Todavía notaba un cosquilleo en el estómago cada vez que recordaba cómo les habían recibido sus compañeros de Gryffindor y por eso no podía arrepentirse totalmente de su decisión. Pero la investigación que sufrió su padre en el trabajo, los sermones de su madre, McGonagall y Dumbledore y el hecho de que habían pasado tres años y medio, hacían que ya no se sintiera tan orgulloso como antes de aquel plan.

¿Qué pasa con él?

¡Podemos llegar a Hogwarts volando!

Sirius se atragantó.

-¿Q-qué?-dijo entre toses-. ¿Es broma, no?

Harry y Ron evitaron mirarle pero la expresión en el rostro de Molly confirmó sus sospechas.

-Merlín…-suspiró Sirius con los ojos muy abiertos.

Pero yo creía...

Estamos en un apuro, ¿verdad? Y tenemos que llegar al colegio, ¿verdad? E incluso a los magos menores de edad se les permite hacer uso de la magia si se trata de una verdadera emergencia, sección decimonovena o algo así de la Restricción sobre Chismes...

-Cuando lo pones así sí que parece lo más lógico del mundo-dijo Tonks-. Pero…-sacudió la cabeza-. Lo cierto es que es una idea de locos.

Los adultos y Hermione asintieron, totalmente conformes.

El pánico que sentía Harry se convirtió de repente en emoción.

-Hay que tener en cuenta que eran unos críos…-reflexionó Remus-. Y todos sabemos que a esa edad cualquier idea descabellada parece la mejor del mundo.

-Eso es cierto-dijo Sirius-. Y tengo que reconocer que de haber estado ahí probablemente habríamos hecho lo mismo. ¿Cuántas oportunidades de volar un coche mágico tienes a los doce años?

-¡Exacto!-exclamó Ron, contento de que alguien les comprendiera-. Aunque-añadió al ver la mirada de sus padres-, eso no quita que sea una muy mala idea.

-Cierto, cierto.

¿Sabes hacerlo volar?

Por supuesto —dijo Ron, dirigiendo su carrito hacia la salida—.

-¿Y cómo es eso, señorito?-preguntó la señora Weasley peligrosamente.

-Eh…-empezó Ron, no queriendo delatar a sus hermanos.

-Fuimos nosotros, mamá-reconoció Fred señalándose a él mismo y a George-. El camino a casa de los Dursley era largo, así que mientras conducíamos se lo explicamos por encima.

-Pues muy mal-dijo Molly-. Mirad como acabó la cosa.

-No pensábamos que iba a hacer algo así-se defendió George.

-No, pero seguro que os pareció "alucinante" que lo hiciera, ¿no es verdad?

-Bueno…-dijo Fred con un atisbo de sonrisa en los labios-. Lo cierto es que sí, fue bastante increíble-admitió, ya sin poder evitar sonreír.

Molly suspiró.

Venga, vamos, si nos damos prisa podremos seguir al expreso de Hogwarts.

Y abriéndose paso a través de la multitud de muggles curiosos, salieron de la estación y regresaron a la calle lateral donde habían aparcado el viejo Ford Anglia. Ron abrió el gran maletero con unos golpes de varita mágica.

-¿Eso no cuenta como magia de menor de edad, no?-preguntó Ginny.

-No, porque no ha sido un hechizo ni nada-explicó Hermione-. Solo que el coche ha reconocido su magia.

Metieron dentro los baúles, dejaron a Hedwig en el asiento de atrás y se acomodaron delante.

Comprueba que no nos ve nadie —le pidió Ron, arrancando el coche con otro golpe de varita. Harry sacó la cabeza por la ventanilla; el tráfico retumbaba por la avenida que tenían delante, pero su calle estaba despejada.

-Bueno, menos mal-dijo Tonks-. Así no os verá nadie.

Vía libre —dijo Harry.

Ron pulsó un diminuto botón plateado que había en el salpicadero y el coche desapareció con ellos. Harry notaba el asiento vibrar debajo de él, oía el motor, sentía sus propias manos en las rodillas y las gafas en la nariz, pero, a juzgar por lo que veía, se había convertido en un par de ojos que flotaban a un metro del suelo en una lúgubre calle llena de coches aparcados.

-¡Brillante!-sonrieron los gemelos-. Nosotros no lo usamos cuando te fuimos a buscar a los Dursley.

Arthur sonrió, satisfecho. Lo cierto era que nunca había podido comprobar si su dispositivo de invisibilidad funcionaba. Le alegraba comprobar que sí.

¡En marcha! —dijo a su lado la voz de Ron.

Fue como si el pavimento y los sucios edificios que había a cada lado empezaran a caer y se perdieran de vista al ascender el coche; al cabo de unos segundos, tenían todo Londres bajo sus pies, impresionante y neblinoso.

-Debió de ser impresionante-dijo Ginny, imaginándoselo.

-Sí, que lo fue, sí-sonrió Harry.

Entonces se oyó un ligero estallido y reaparecieron el coche, Ron y Harry.

Sirius soltó una maldición.

-¿Por qué ha pasado eso?-preguntó.

-Bueno, no estoy seguro exactamente-contestó Arthur-. Nunca comprobé si funcionaba después de instalarlo: solo era un prototipo.

¡Vaya! —dijo Ron, pulsando el botón del accionador de invisibilidad—. Se ha estropeado.

Los dos se pusieron a darle golpes.

Tonks soltó una carcajada.

-Ante a duda, darle porrazos siempre es una buena solución.

-Te sorprendería la de veces que llega a funcionar-rio Sirius. Ahora que Harry y Ron ya estaban volando en el coche, había decidido disfrutar del viaje y no pensar en cómo podrían haberse hecho las cosas de diferente manera.

El coche desapareció, pero luego empezó a aparecer y desaparecer de forma intermitente.

¡Agárrate! —gritó Ron, y apretó el acelerador. Como una bala, penetraron en las nubes algodonosas y todo se volvió neblinoso y gris.

-Es una buena idea-asintió Remus-. Con la cantidad de nubes que hay siempre sobre Londres no creo que los muggles sean capaces de veros.

¿Y ahora qué? —preguntó Harry, pestañeando ante la masa compacta de nubes que los rodeaba por todos lados.

Tendríamos que ver el tren para saber qué dirección seguir —dijo Ron.

-Sí, será lo mejor-les dio la razón, Sirius-. Aunque deberíais daros prisa si no queréis perderlo.

Vuelve a descender, rápido.

Descendieron por debajo de las nubes, y se asomaron mirando hacia abajo con los ojos entornados.

¡Ya lo veo! —gritó Harry—. ¡Todo recto, por allí!

El expreso de Hogwarts corría debajo de ellos, parecido a una serpiente roja.

-Mezcla de Gryffindor y Slytherin-sonrió Tonks, provocando que Sirius hiciera una mueca.

Derecho hacia el norte —dijo Ron, comprobando el indicador del salpicadero—. Bueno, tendremos que comprobarlo cada media hora más o menos. Agárrate.

Y volvieron a internarse en las nubes. Un minuto después, salían al resplandor de la luz solar. Aquél era un mundo diferente. Las ruedas del coche rozaban el océano de esponjosas nubes y el cielo era una extensión inacabable de color azul intenso bajo un cegador sol blanco.

-Qué envidia sana-dijo Hermione al imaginarlo-. Debió de ser más increíble que un avión, ya que erais vosotros los que controlabais el coche.

-La verdad es que sí-sonrió Ron-. Aunque nunca he volado en un avión así que no sabría que decirte.

Hermione rio suavemente.

Ahora sólo tenemos que preocuparnos de los aviones —dijo Ron.

Se miraron el uno al otro y rieron.

Igual que hicieron varios de los presentes.

-Tengo que reconocer-empezó Sirius con los ojos brillantes-, que aunque al principio pensaba que era una idea de locos… Ahora me parece incluso buena.

-Por muy bonito que fuera el paisaje o lo agradable del viaje no quita que fuera una idea descabellada-dijo Molly.

-No-sonrió Sirius-. Pero ayuda.

Tardaron mucho en poder parar de reír. Era como si hubieran entrado en un sueño maravilloso. Aquélla, pensó Harry, era seguramente la manera ideal de viajar: pasando copos de nubes que parecían de nieve, en un coche inundado de luz solar cálida y luminosa, con una gran bolsa de caramelos en la guantera

Harry asintió, recordando. A pesar de lo que sucedió después, había disfrutado mucho el principio de aquel viaje.

e imaginando las caras de envidia que pondrían Fred y George cuando aterrizaran con suavidad en la amplia explanada de césped delante del castillo de Hogwarts.

-Qué simpáticos ellos-dijo George con sarcasmo.

-Ahora me alegro que no fuera así-susurró Fred a su gemelo.

Comprobaban regularmente el rumbo del tren a medida que avanzaban hacia el norte, y cada vez que bajaban por debajo de las nubes veían un paisaje diferente. Londres quedó atrás enseguida y fue reemplazado por campos verdes que dieron paso a brezales de color púrpura, a aldeas con diminutas iglesias en miniatura y a una gran ciudad animada por coches que parecían hormigas de variados colores.

Hermione recordó la primera vez que había ido en avión y como, a pesar de los nervios iniciales, al final le pareció una experiencia increíble. Lo que más le impactó fue ver lo diminutas que parecían las ciudades desde ahí arriba.

Sin embargo, después de varias horas sin sobresaltos, Harry tenía que admitir que parte de la diversión se había esfumado. Los caramelos les habían dado una sed tremenda y no tenían nada que beber.

-Eso debió de ser molesto…-comentó Ginny.

Harry y Ron se habían despojado de sus jerséis, pero al primero se le pegaba la camiseta al respaldo del asiento y a cada momento las gafas le resbalaban hasta la punta de la nariz empapada de sudor.

-Sí-recordó Harry-. Estaba sudando como un cerdo.

-Bueno, siento decírtelo- le sonrió Ron-, pero cada uno suda como lo que es.

Harry soltó una carcajada.

-Tú, calla, que estabas igual o peor que yo.

-Eso es cierto-rio el muchacho.

Había dejado de maravillarse con las sorprendentes formas de las nubes y se acordaba todo el tiempo del tren que circulaba miles de metros más abajo, donde se podía comprar zumo de calabaza muy frío del carrito que llevaba una bruja gordita.

-Oh, como echo de menos ese zumo-dijo Sirius con los ojos cerrados-. Era realmente delicioso.

¿Por qué motivo no habrían podido entrar en el andén nueve y tres cuartos?

-¡Es verdad!-exclamó Sirius-. Con tanto zumo de calabaza y volar sobre las nubes casi se me olvida. ¿Qué demonios pasó? ¿Por qué no pudisteis entrar?

-Eh… Sé que lo odias y siento decírtelo-empezó Harry-. Pero…

Sirius soltó un gruñido.

-Ya sé, ya sé-se desesperó-. Tendré que esperar a que lo leamos para saberlo.

No puede quedar muy lejos ya, ¿verdad? —dijo Ron, con la voz ronca, horas más tarde, cuando el sol se hundía en el lecho de nubes, tiñéndolas de un rosa intenso—. ¿Listo para otra comprobación del tren?

-Debías de estar muy cansado, Ron-dijo Hermione-. Pasaron horas y no descansaste en ningún momento… Mi padre siempre dice que hay que parar bastante a menudo cuando uno conduce durante tanto rato. Y que después siempre acabas agotado.

-Pues tiene razón-reconoció el muchacho.

Éste continuaba debajo de ellos, abriéndose camino por una montaña coronada de nieve. Se veía mucho más oscuro bajo el dosel de nubes. Ron apretó el acelerador y volvieron a ascender, pero al hacerlo, el motor empezó a chirriar.

-Oh, no-gimió Molly. Se había ahorrado la mayoría de comentarios durante toda la lectura del viaje ya que no quería volver a sermonear a Ron. Estaba segura de que su hijo ya había aprendido la lección. Sin embargo,el chico nunca les había explicado exactamente qué pasó con el coche y empezaba a tener una ligera idea. Sería muy propio de Ron no decirles que se habían estrellado. El muchacho probablemente no había querido hacerles sufrir más de lo necesario ni que le regañasen de nuevo.

Harry y Ron se intercambiaron miradas nerviosas.

Seguramente es porque está cansado —dijo Ron—, nunca había hecho un viaje tan largo...

-Tiene sentido-dijo Ginny.

Y ambos hicieron como que no se daban cuenta de que el chirrido se hacía más intenso al tiempo que el cielo se oscurecía.

-Eso no suena nada bien-dijo Sirius, inquieto y poniendo en palabras lo que todos pensaban.

Las estrellas iban apareciendo en el firmamento. Se hacía de noche. Harry volvió a ponerse el jersey, tratando de no dar importancia al hecho de que los limpiaparabrisas se movían despacio, como en protesta.

Snape trató de calmarse. No sabía que le ponía más nervioso: si la estupidez de Potter y Weasley al decidir que volar en aquel coche era una buena idea o el saber que se iban a estrellar. Él vio lo sucedido con el Sauce Boxeador a través de una ventana de Hogwarts y no fue para nada agradable. Para cuando, corriendo y sin aliento, llegó al lugar de los hechos, los dos muchachos ya se encontraban fuera de peligro y arrastraban sus baúles mientras hablaban de él. Aquello hizo que la urgencia por salvarles que sentía momentos antes diera lugar unas ganas tremendas de que los expulsasen.

Ya queda poco —dijo Ron, dirigiéndose más al coche que a Harry—, ya queda muy poco —repitió, dando unas palmadas en el salpicadero con aire preocupado.

-Venga, tú puedes-le animó Tonks, aunque sin mucha convicción.

Cuando, un poco más adelante, volvieron a descender por debajo de las nubes, tuvieron que aguzar la vista en busca de algo que pudieran reconocer.

¡Allí! —gritó Harry de forma que Ron y Hedwig dieron un bote—. ¡Allí delante mismo!

-Gracias a Merlín por tus sentidos de buscador-dijo Sirius, agitando la pierna con nerviosismo.

En lo alto del acantilado que se elevaba sobre el lago, las numerosas torres y atalayas del castillo de Hogwarts se recortaban contra el oscuro horizonte. Pero el coche había empezado a dar sacudidas y a perder velocidad.

-¡Oh, no!-exclamaron todos.

¡Vamos! —dijo Ron para animar al coche, dando una ligera sacudida al volante—. ¡Venga, que ya llegamos!

-Aguanta un poco más-murmuró Molly.

El motor chirriaba. Del capó empezaron a salir delgados chorros de vapor. Harry se agarró muy fuerte al asiento cuando se orientaron hacia el lago. El coche osciló de manera preocupante. Mirando por la ventanilla, Harry vio la superficie calma, negra y cristalina del agua, un par de kilómetros por debajo de ellos.

-A esa altura es lo mismo caer sobre agua que sobre el suelo-informó Hermione con preocupación.

-Eso no ayuda-gimió Sirius, haciendo que Ron leyera más deprisa.

Ron aferraba con tanta fuerza el volante, que se le ponían blancos los nudillos de las manos. El coche volvió a tambalearse.

¡Vamos! —dijo Ron.

Sobrevolaban el lago.

En este punto ya eran muchos los que tenían los ojos entrecerrados, temiendo lo peor.

El castillo estaba justo delante de ellos. Ron apretó el pedal a fondo.

-Venga, venga-dijo Remus. A su lado, Tonks tenía la mima expresión de tensión en el rostro.

Oyeron un estruendo metálico, seguido de un chisporroteo, y el motor se paró completamente.

-¡NO!-gritó Molly, mientras el resto se quedaban callados por la impresión.

¡Oh! —exclamó Ron, en medio del silencio. El morro del coche se inclinó irremediablemente hacia abajo. Caían, cada vez más rápido, directos contra el sólido muro del castillo.

-Maldita sea, maldita sea-dijo Sirius, espabilándose-. Sé que no os vais a matar ni nada por que estáis aquí, pero esta tensión es horrible.

-¡Noooooo! —gritó Ron, girando el volante; esquivaron el muro por unos centímetros cuando el coche viró describiendo un pronunciado arco

Todos soltaron un suspiro de alivio.

y planeó sobre los invernaderos y luego sobre la huerta y el oscuro césped, perdiendo altura sin cesar. Ron soltó el volante y se sacó del bolsillo de atrás la varita mágica.

Ron hizo una mueca, recordando como había quedado su varita después del choque contra el Sauce boxeador.

¡ALTO! ¡ALTO! —gritó, dando unos golpes en el salpicadero y el parabrisas, pero todavía estaban cayendo en picado, y el suelo se precipitaba contra ellos...

Los señores Weasley se cogieron de las manos y cerraron los ojos instintivamente. Habían estado muy enfadados al saber lo hecho por Harry y Ron pero, ahora que oían la historia, se sentían más que nada agradecidos de que hubieran sobrevivido.

-¡CUIDADO CON EL ÁRBOL! —gritó Harry, cogiendo el volante, pero era demasiado tarde.

Sirius se mordió el labio con fuerza; empezaba a odiar esos libros.

¡PAF! Con gran estruendo, chocaron contra el grueso tronco del árbol y se dieron un gran batacazo en el suelo. Del abollado capó salió más humo; Hedwig daba chillidos de terror;

-No me extraña-suspiró Tonks, dejando ir el aliento que había estado conteniendo. Ahora que el coche ya había tocado tierra empezaba a relajarse un poco.

a Harry le había salido un doloroso chichón del tamaño de una bola de golf en la cabeza, al golpearse contra el parabrisas;

-Teniendo en cuenta lo que acabas de pasar…-empezó Remus-, yo diría que has tenido suerte.

y, a su lado, Ron emitía un gemido ahogado de desesperación.

¿Estás bien? —le preguntó Harry inmediatamente.

¡Mi varita mágica! —dijo Ron con voz temblorosa—. ¡Mira mi varita!

Se había partido prácticamente en dos pedazos, y la punta oscilaba, sujeta sólo por unas pocas astillas.

-Oh, no-dijo Tonks-. Es bastante triste cuando pasa algo así. El vínculo entre un mago y su primera varita suele ser difícil de replicar. Aunque, por supuesto-añadió-, Ollivanders normalmente es capaz de hacerlo.

Harry abrió la boca para decir que estaba seguro de que podrían recomponerla en el colegio, pero no llegó a decir nada. En aquel mismo momento, algo golpeó contra su lado del coche con la fuerza de un toro que les embistiera

-¿Qué?-preguntó Sirius, con los nervios a flor de piel.

y arrojó a Harry sobre Ron, al mismo tiempo que el techo del coche recibía otro golpe igualmente fuerte.

—¿Qué ha pasado?

-El Sauce Boxeador-susurró Remus.

-¿Qué? ¿Cómo lo sabes?

-El título del capítulo-se limitó a decir el hombre lobo.

-Maldita sea-soltó Sirius.

Ron ahogó un grito al mirar por el parabrisas, y Harry sacó la cabeza por la ventanilla en el preciso momento en que una rama, gruesa como una serpiente pitón, golpeaba en el coche destrozándolo.

-Ay, madre-gimió Molly-. ¿Qué hace un árbol así en Hogwarts?

-En nuestros tiempos no estaba-dijo Arthur-. ¿Por qué lo plantaron?

Remus iba a contestar pero Dumbledore intervino.

-Eso es algo que también se sabrá en los libros, me parece a mí-compartió una mirada con Remus y éste asintió, recordando el momento en el que se lo había explicado a Harry.

El árbol contra el que habían chocado les atacaba. El tronco se había inclinado casi el doble de lo que estaba antes, y azotaba con sus nudosas ramas pesadas como el plomo cada centímetro del coche que tenía a su alcance.

-¡Salid de ahí enseguida!-les apremió Sirius, al borde de un ataque de nervios.

¡Aaaaag! —gritó Ron, cuando una rama retorcida golpeó en su puerta produciendo otra gran abolladura; el parabrisas tembló entonces bajo una lluvia de golpes de ramitas, y una rama gruesa como un ariete aporreó con tal furia el techo, que pareció que éste se hundía.

-¡Moveos!-exclamó Ginny, con la misma urgencia que Sirius.

¡Escapemos! —gritó Ron,

-Por fin-bufó George-, ya tardabais.

empujando la puerta con toda su fuerza, pero inmediatamente el salvaje latigazo de otra rama lo arrojó hacia atrás, contra el regazo de Harry.

-Maldición-soltó Sirius, apretando los puños.

¡Estamos perdidos! —gimió, viendo combarse el techo. De repente el suelo del coche comenzó a vibrar: el motor se ponía de nuevo en funcionamiento.

Todos suspiraron, un poco más aliviados.

-Oh, gracias a Merlín-dijo Molly-. Eso es bueno.

¡Marcha atrás! —gritó Harry, y el coche salió disparado.

-¡Bien hecho!-sonrió Arthur con orgullo.

El árbol aún trataba de golpearles, y pudieron oír crujir sus raíces cuando, en un intento de arremeter contra el coche que escapaba, casi se arranca del suelo.

-Gárgolas galopantes… -susurró Sirius-. Creo que no podían haber plantado un árbol mejor para evitar que te escaparas de la casa de los gritos-le susurró a Remus.

-Totalmente de acuerdo-asintió el hombre lobo.

Por poco —dijo Ron jadeando—. ¡Así se hace, coche!

El coche, sin embargo, había agotado sus fuerzas. Con dos golpes secos, las puertas se abrieron y Harry sintió que su asiento se inclinaba hacia un lado y de pronto se encontró sentado en el húmedo césped.

-Si yo fuera coche probablemente hubiera hecho lo mismo-sonrió Hermione.

Unos ruidos sordos le indicaron que el coche estaba expulsando el equipaje del maletero; la jaula de Hedwig salió volando por los aires y se abrió de golpe, y la lechuza salió emitiendo un fuerte chillido de enojo y voló apresuradamente y sin parar en dirección al castillo.

-Creo que Hedwig ha tenido más que suficiente de las locuras de su amo-rio Sirius, dejando ir la tensión acumulada.

Si, pobrecilla, le hago pasar por una de cosas…

A continuación, el coche, abollado y echando humo, se perdió en la oscuridad, emitiendo un ruido sordo y con las luces de atrás encendidas como en un gesto de enfado.

-Normal…-dijo Tonks.

Arthur asintió.

-No le culpo.

¡Vuelve! —le gritó Ron, blandiendo la varita rota—. ¡Mi padre me matará!

-Oh, cierto-dijo Tonks-. Supongo que no reaccionasteis nada bien al enteraros de la historia, ¿no?

Los señores Weasley hicieron un gesto afirmativo con la cabeza.

-No quieras saberlo…-dijo Ron, recordando el Howler que su madre le había mandado.

Pero el coche desapareció de la vista con un último bufido del tubo de escape.

¿Es posible que tengamos esta suerte? —preguntó Ron

-Después de todo eso estáis vivos-señaló Remus-. Yo creo que es tener bastante suerte.

embargado por la tristeza mientras se inclinaba para recoger a Scabbers, la rata—.

Todos arrugaron la nariz con disgusto.

De todos los árboles con los que podíamos haber chocado, tuvimos que dar contra el único que devuelve los golpes.

Aquello hizo que muchos rieran, relajándose y recuperándose de lo que acababan de leer.

Se volvió para mirar el viejo árbol, que todavía agitaba sus ramas pavorosamente.

Vamos —dijo Harry, cansado—. Lo mejor que podemos hacer es ir al colegio.

No era la llegada triunfal que habían imaginado.

-Y os está bien empleado-sentenció Molly, haciendo que Snape asintiera conforme.

Con el cuerpo agarrotado, frío y magullado, cada uno cogió su baúl por la anilla del extremo, y los arrastraron por la ladera cubierta de césped, hacia arriba, donde les esperaban las inmensas puertas de roble de la entrada principal.

-Pues lo arrastrasteis un buen techo-comentó Hermione.

-Y que lo digas-dijo Ron-. Y después de la tunda con el coche y los golpes del Sauce no estábamos demasiado finos.

Me parece que ya ha comenzado el banquete —dijo Ron, dejando su baúl al principio de los escalones y acercándose sigilosamente para echar un vistazo a través de una ventana iluminada—. ¡Eh, Harry, ven a ver esto... es la Selección!

-Oh. Bueno al menos no os la habéis perdido-dijo Tonks, buscando el lado positivo.

Harry se acercó a toda prisa, y juntos contemplaron el Gran Comedor. Sobre cuatro mesas abarrotadas de gente, se mantenían en el aire innumerables velas, haciendo brillar los platos y las copas.

Todos sonrieron al recordar aquel mágico lugar, tanto los que iban al colegio actualmente como los antiguos alumnos.

Encima de las cabezas, el techo encantado que siempre reflejaba el cielo exterior estaba cuajado de estrellas. A través de la confusión de los sombreros negros y puntiagudos de Hogwarts, Harry vio una larga hilera de alumnos de primer curso que, con caras asustadas, iban entrando en el comedor.

Cada uno de los presentes rememoró su respectiva Selección.

Ginny estaba entre ellos; era fácil de distinguir por el color intenso de su pelo, que revelaba su pertenencia a la familia Weasley.

Ginny sonrió, orgullosa de su pelo y contenta de que Harry se fijase en él.

Mientras tanto, la profesora McGonagall, una bruja con gafas y con el pelo recogido en un apretado moño, ponía el famoso Sombrero Seleccionador de Hogwarts sobre un taburete, delante de los recién llegados.

-Es una tradición extraña pero muy bonita-dijo Dumbledore, orgulloso de su escuela.

Cada año, este sombrero viejo, remendado, raído y sucio, distribuía a los nuevos estudiantes en cada una de las cuatro casas de Hogwarts: Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin.

-El libro nos recuerda las casas de Hogwarts por si no nos acordamos-bromeó Fred con una pequeña carcajada-. No, pero en serio, ¿por qué nos dice todo esto?

Harry se encogió de hombros.

-Por si acaso, supongo.

Harry se acordaba bien de cuando se lo había puesto, un año antes, y había esperado muy quieto la decisión que el sombrero pronunció en voz alta en su oído. Durante unos escasos y horribles segundos, había temido que lo fuera a destinar a Slytherin,

Todos recordaron bien aquel momento que habían leído el día anterior. A Sirius seguía sin hacerle gracia pero estaba intentando controlarlo y Snape había tratado de no pensar demasiado en ello desde el instante en que lo escuchó.

la casa que había dado más magos y brujas tenebrosos que ninguna otra, pero había acabado en Gryffindor, con Ron, Hermione y el resto de los Weasley. En el último trimestre, Harry y Ron habían contribuido a que Gryffindor ganara el campeonato de las casas, venciendo a Slytherin por primera vez en siete años.

Aquello hizo que todos aplaudieran ante el recordatorio.

Habían llamado a un chaval muy pequeño, de pelo castaño, para que se pusiera el sombrero. Harry desvió la mirada hacia el profesor Dumbledore, el director, que se hallaba contemplando la Selección desde la mesa de los profesores, con su larga barba plateada y sus gafas de media luna brillando a la luz de las velas.

Dumbledore suspiró largamente.

-Esperó poder estar ahí el año que viene, en la próxima Selección.

Todos le escucharon con atención, esperando lo mismo.

Varios asientos más allá, Harry vio a Gilderoy Lockhart, vestido con una túnica color aguamarina.

Sirius hizo una mueca.

-Espero que no aparezca demasiado en el libro y que solo se lean un par de clases suyas. Porque si no… no sé si podré aguantarlo.

-Nosotros tuvimos que hacerlo durante un año entero-se quejó Harry.

Sirius aspiró aire dramáticamente.

-Pobrecillos.

Y al final estaba Hagrid, grande y peludo, apurando su copa.

-Esa es una buena descripción-rio Ron.

Espera... —dijo Harry a Ron en voz baja—. Hay una silla vacía en la mesa de los profesores. ¿Dónde está Snape?

-¡Qué más da!-dijo Sirius despreocupadamente-. Aunque me preocupa que te importe, Harry.

-¡No lo hace!-dijo el muchacho con rapidez, antes de recordar que el profesor se encontraba en la Sala-. Eh… Quiero decir que… Simplemente me parecía extraño, eso es todo.

Snape se los quedó mirando pero no hizo ningún comentario.

Severus Snape era el profesor que menos le gustaba a Harry.

-Es mutuo-dijo Snape, hablando finalmente.

Y Harry resultó ser el alumno que menos le gustaba a Snape,

Dumbledore sacudió levemente la cabeza. Había esperado que Harry y Severus pudieran llegar a una especie de cordialidad ya que los dos iban a ser fundamentales en el desarrollo de la guerra. Pero, evidentemente, eso no había pasado. Aunque el director tenía que reconocer que, por muchos beneficios su trabajo en equipo pudiera aportar, quizás era menos arriesgado que continuasen llevándose mal. De ese modo, Voldemort nunca podría saber todo lo que Snape hacía por la Orden. Ya fuera leyendo la mente de Severus o la de Harry.

que daba clase de Pociones y era cruel, sarcástico y sentía aversión por todos los alumnos que no fueran de Slytherin, la casa a la que pertenecía.

¡A lo mejor está enfermo! —dijo Ron, esperanzado.

-¡Ron!-le regañó Molly. Pero el chico continuó leyendo antes de que le obligase a disculparse.

¡Quizá se haya ido —dijo Harry—, porque tampoco esta vez ha conseguido el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras!

-Sí… No creo que tengáis tanta suerte-dijo Sirius-. Es una pena…

-Sirius-le advirtió Dumbledore.

O quizá lo han echado —dijo Ron con entusiasmo—. Como todo el mundo lo odia...

-¡Ron!-volvió a decir su madre, esta vez más fuerte-. Haz el favor de pedirle perdón al profesor Snape.

El muchacho suspiró pero, tragándose su orgullo, miró al maestro de pociones y dijo:

-Perdón, señor.

Snape hizo un seco asentimiento con la cabeza.

O tal vez —dijo una voz glacial detrás de ellos— quiera averiguar por qué no habéis llegado vosotros dos en el tren escolar.

Ron leyó aquella parte haciendo una más que notable imitación de Snape y provocando que los demás le mirasen con una sonrisa divertida. Menos el propio hombre, por supuesto, que se limitó a observarle con impasibilidad en el rostro.

Harry se dio media vuelta. Allí estaba Severus Snape, con su túnica negra ondeando a la fría brisa.

-Tengo que decirlo-empezó Sirius- esa ha sido una entrada genial: esperando en las sombras hasta el momento adecuado, escuchando su conversación y pensando que decir hasta encontrar una gran frase como ésta… De verdad, estoy impresionado-dijo sonriendo al con sarcasmo maestro de Pociones, aunque Snape podría jurar que había algo de diversión también.

-La verdad es que yo también me he quedado asombrado-intervino Remus-. Pensaba que Sirius Black era el rey del drama y las entradas dramáticas… Pero me temo que te ha salido un firme competidor, Canuto.

-¿Qué?-preguntó el animago indignado.

-Así es. Al parecer Severus y tú no sois tan diferentes-soltó con una sonrisa, esperando la reacción que sabía que se iba a producir.

-No nos parecemos en nada-dijeron los dos a la vez. Nada más hacerlo, se miraron sorprendidos el uno al otro.

-Si vosotros lo decís-sonrió Remus, disfrutando de aquella situación.

Era un hombre delgado de piel cetrina, nariz ganchuda y pelo negro y grasiento que le llegaba hasta los hombros, y en aquel momento sonreía de tal modo que Ron y Harry comprendieron inmediatamente que se habían metido en un buen lío.

-No importa de qué modo sonría, es una mala señal. Si Snape sonríe es porque algo malo está pasando.

-Quizás deberías dejar de tentar a la suerte, Black-dijo Snape, no pudiendo aguantar más su rabia-. Puede que a ti te encante hablar sobre mí todo el tiempo y no tengas nada mejor que hacer que leer estos libros… Pero los demás tenemos obligaciones y no voy a pasarme los días escuchando leer cada estúpida y peligrosa situación en la que se ha metido tu ahijado mientras tú me insultas-se puso en pie-. Albus puede explicarme los detalles importantes de lo que se haya leído; no es necesario que yo esté aquí. Pensaba que leeríamos algo significativo pero hasta ahora no ha sido así, de manera que volveré a mi despacho.

-De eso nada. Severus, siéntate, por favor-dijo Dumbledore alzando la voz-. Estas aquí porque los que nos enviaron estos libros creen que es necesario que así sea. De modo que así se hará. Leer los años que ha pasado Harry en Hogwarts, así como sus enfrentamientos con Voldemort, es una manera de recordar lo que ya hemos vivido y poder encontrar detalles importantes que en su día dejamos escapar. Además, también podemos conocerle mejor- dijo con una pequeña sonrisa al muchacho-, lo cual siempre es interesante.

Harry le sonrió de vuelta, aunque todavía estaba pendiente de la discusión entre Sirius y Snape.

-Así que vamos a seguir leyendo. Todos-añadió el director-. Y me gustaría que no se dieran más interrupciones de este tipo de ahora en adelante. Si tenéis algo que hablar podéis hacerlo en la habitación que la Sala ha creado para ello-dijo señalando el lugar donde los Weasley habían hablado el día anterior-. Además, ¿no pactasteis una tregua solamente ayer?

Snape apretó los dientes pero no dijo nada. No le gustaba ser regañado como si fuera un crío.

-Tal y como ha dicho Remus, no sois tan diferentes vosotros dos. Y no solo porque os encanten las entradas teatrales-dijo con los ojos brillando con humor-. Los dos queréis acabar con Voldemort más que nada, así como mantener a salvo a Harry.

Sirius asintió y observó intensamente a su ahijado. Snape, sin embargo, hizo todo lo posible para no mirarle.

-De modo que, por favor-continuó Dumbledore-, tengamos la fiesta en paz. Todo lo que se vaya a leer ya ha pasado y no se puede cambiar, o sea que no merece la pena enfadarse por ello. Y lo que no haya pasado aún estamos a tiempo de cambiarlo-sonrió a los dos hombres hasta que estos asintieron-. Muy bien-dijo contento- continúe leyendo, señor Weasley.

Seguidme —dijo Snape.

Sin atreverse a mirarse el uno al otro, Harry y Ron siguieron a Snape escaleras arriba hasta el gran vestíbulo iluminado con antorchas, donde las palabras producían eco.

Después de aquella pausa, todos tardaron un instante en reubicarse en la historia.

Un delicioso olor de comida flotaba en el Gran Comedor, pero Snape los alejó de la calidez y la luz y los condujo abajo por la estrecha escalera de piedra que llevaba a las mazmorras.

Sirius se abstuvo de hacer ningún comentario, pero lo pensó.

¡Adentro! —dijo, abriendo una puerta que se encontraba a mitad del frío corredor, y señalando su interior. Entraron temblando en el despacho de Snape.

Los que nunca habían estado escucharon con curiosidad.

Los sombríos muros estaban cubiertos por estantes con grandes tarros de cristal, dentro de los cuales flotaban cosas verdaderamente asquerosas, cuyo nombre en aquel momento a Harry no le interesaba en absoluto.

Harry pensó que después de la cantidad de clases de Oclumancia de aquel año, ahora se conocía perfectamente ese despacho.

La chimenea estaba apagada y vacía. Snape cerró la puerta y se volvió hacia ellos.

-Qué atmosfera más deprimente-le susurró Fred a su gemelo, no queriendo que Snape le oyera.

Así que —dijo con voz melosa— el tren no es un medio de transporte digno para el famoso Harry Potter y su fiel compañero Weasley. Queríais hacer una llegada a lo grande, ¿eh, muchachos?

-Snape-empezó Tonks-, no quiero echar más leña al fuego ni nada de eso… Pero ¿de verdad creías que a Harry le gustaba ser famoso? ¿O era solo para hacer que se sintiera mal?

-Es muy fácil sacar conclusiones ahora que ha leído su versión de la historia, señorita Tonks-dijo Snape, sin contestar realmente a su pregunta-. Pero desde mi perspectiva era diferente. Yo vi a un crio tan desesperado por atención que no le importaba robar el coche del padre de su mejor amigo, ni aunque eso significase ponerle en un problema. Vi a alguien tan obsesionado con ser el centro de todas las miradas que gustosamente se arriesgaría a ser golpeado por el Sauce Boxeador si eso le garantizase un minuto de gloria.

-Sí, bueno, supongo que visto así se entiende que lo pensases… Pero ahora ya no crees eso, ¿no? Después de haber leído todos los pensamientos de Harry al respecto, es obvio que no le gusta ser una celebridad.

Snape frunció el ceño, muy molesto de pronto. ¿Por qué le importaba a Tonks lo que él pensase sobre Potter? ¿Qué más daba si no quería replantearse sus opiniones sobre el muchacho? ¿Por qué todo el mundo insistía en ello, poniéndole la vida más difícil?

-Creo que lo que yo piense o no, señorita Tonks, no es relevante para nadie ni para poner fin a esta guerra. ¿No le parece?

-Sí, claro pero…

-De modo que-interrumpió Snape-, si no es relevante no le veo el sentido a seguir hablando sobre ello-sentenció-. ¿Le importaría seguir leyendo, señor Weasley?

No, señor, fue la barrera en la estación de Kings Cross lo que...

¡Silencio! —dijo Snape con frialdad—. ¿Qué habéis hecho con el coche?

-¿Cómo lo sabías?-preguntó Remus con cuidado, viendo que Snape podía saltar a la mínima.

Ron, que sabía el motivo, continuó leyendo para responder a aquella pregunta.

Ron tragó saliva. No era la primera vez que a Harry le daba la impresión de que Snape era capaz de leer el pensamiento.

Es que así es, pensó Harry, aún inquieto a causa de la discusión entre su padrino y Snape. Él también creía que era estúpido leer sus pensamientos sobre cosas que ya habían pasado; eso no les daba ninguna ventaja. Aunque, evidentemente, no iba a darle la razón a Snape y decirlo en voz alta. También seguía dándole vueltas a la conversación entre Tonks y el profesor de Pociones. La metamorfomaga le había preguntado si aún creía que Harry adoraba ser famoso y Snape solo había contestado con evasivas. No sabía el motivo pero aquello le molestaba bastante. ¿Por qué Snape se empeñaba en verle como él quería? Peor para él, pensó con rabia. Si prefiere odiarme el resto de su vida por creer que soy alguien que no soy en realidad… Es solo culpa suya.

Pero enseguida comprendió, cuando Snape desplegó un ejemplar de El Profeta Vespertino de aquel mismo día.

Os han visto —les dijo enfadado, enseñándoles el titular:

«MUGGLES» DESCONCERTADOS POR UN FORD ANGLIA VOLADOR

-Oh-dijo Remus asintiendo-. Ahora lo entiendo. Aunque no es bueno que os hayan visto.

-Para nada-concordó Sirius.

Y comenzó a leer en voz alta:

Esta vez Ron contuvo sus ganas de imitar la voz grave y pausada de Snape. El profesor no parecía estar de humor para ello.

«En Londres, dos muggles están convencidos de haber visto un coche viejo sobrevolando la torre del edificio de Correos (...)

-Qué mala suerte-dijo Tonks, negando con la cabeza-. Solo estuvisteis visibles durante unos pocos segundos, es mucha casualidad que os vieran.

al mediodía en Norfolk, la señora Hetty Bayliss, al tender la ropa (...) y el señor Angus Fleet, de Peebles, informaron a la policía, etcétera.» En total, seis o siete muggles.

-Esto no pinta bien-dijo Sirius-. Suerte que sé que seguís en Hogwarts porqué sino empezaría a preocuparme de que os expulsaran.

Tengo entendido que tu padre trabaja en el Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles —dijo, mirando a Ron y sonriendo de manera aún más desagradable—. Vaya, vaya..., su propio hijo...

Arthur frunció el ceño; no le gustaba que Snape hubiera hablado así a su hijo.

-Gracias por el interés, Severus-dijo-. Pero ya nos íbamos a ocupar Molly y yo de hacerle reflexionar sobre sus actos.

Snape se limitó a asentir.

Harry sintió como si una de las ramas más grandes del árbol furioso le acabara de golpear en el estómago.

Snape observó a Harry durante unos instantes. Le complacía saber que sus palabras habían logrado el efecto deseado.

Si alguien averiguara que el señor Weasley había encantado el coche... No se le había ocurrido pensar en eso...

-No te preocupes, Harry-le sonrió Arthur amablemente-. Es obvio que no fue muy buena idea lo que hicisteis pero estoy seguro que si lo hubierais pensado con calma no habríais actuado así. Sé perfectamente que no pretendíais meterme en un lio.

He percibido, en mi examen del parque, que un ejemplar muy valioso de sauce boxeador parece haber sufrido daños considerables —prosiguió Snape.

-No parece probable-dijo Remus-. Dado que ese árbol ha aguantado cosas peores que un coche volador y aún sigue en pie.

Snape le miró mal pero Lupin se limitó a seguir sonriendo con tranquilidad.

-Además-añadió Sirius-, ¿cómo es que de repente te importa tanto lo que le pase a ese árbol? Creía que lo odiabas.

El desagrado en la mirada de Snape aumentó al pasar de un merodeador a otro.

-Supongo que sigues odiando al árbol-continuó Sirius-. Solo que detestas más a Harry.

-Sirius-le advirtió Dumbledore.

-No estoy insultándole-se defendió, levantando los brazos-. Solo me limito a exponer hechos.

Dumbledore suspiró y, antes de que Snape pudiera responder, le indicó a Ron con la mirada que continuase leyendo.

Ese árbol nos ha hecho más daño a nosotros que nosotros a... —se le escapó a Ron.

Aquello provocó que muchos rieran con diversión.

-No sé si es el mejor momento para protestar-sonrió Tonks-. Pero tienes toda la razón.

¡Silencio!—interrumpió de nuevo Snape—. Por desgracia, vosotros no pertenecéis a mi casa, y la decisión de expulsaros no me corresponde a mí.

-¿Realmente expulsarías a alumnos de tu propia casa?-preguntó Remus con curiosidad.

-¿Si llegan a hacer algo parecido a esto?-dijo Snape señalando al libro en manos de Ron-. Por supuesto que sí.

Voy a buscar a las personas a quienes compete esa grata decisión. Esperad aquí.

Ron y Harry se miraron, palideciendo. Harry ya no sentía hambre, sino un tremendo mareo.

-Normal…-repuso Ginny-. Yo estaría igual.

Trató de no mirar hacia el estante que había detrás del escritorio de Snape, donde en un gran tarro con líquido verde flotaba una cosa muy larga y delgada. Si Snape había ido en busca de la profesora McGonagall, jefa de la casa Gryffindor, su situación no iba a mejorar mucho. Ella podía ser mejor que Snape, pero era muy estricta.

-Eso iba a decir yo-comentó Sirius-. Siempre es justa en sus castigos pero no se si eso os ayudará demasiado en una situación como ésta.

Diez minutos después, Snape volvió, y se confirmó que era la profesora McGonagall quien lo acompañaba.

-Esperemos que no sea muy dura con vosotros-dijo Tonks, pasándose una mano por la frente.

Harry había visto en varias ocasiones a la profesora McGonagall enfadada, pero, o bien había olvidado lo tensos que podía poner los labios, o es que nunca la había visto tan enfadada.

-Merlín-dijo Remus-. Esto no pinta bien; debe de estar realmente enfadada.

Harry y Ron intercambiaron una mirada: sí que lo había estado.

Ella levantó su varita al entrar. Harry y Ron se estremecieron, pero ella simplemente apuntaba hacia la chimenea, donde las llamas empezaron a brotar al instante.

-¿En serio pensabais que os iba a castigar con magia?-preguntó Molly con incredulidad.

Ron se removió en su asiento, un poco incómodo y Harry se encogió de hombros.

-Nunca nos habíamos metido en un lío tan grande-dijo el muchacho-. El año pasado por estar paseando por Hogwarts en medio de la noche nos mandaron al Bosque Prohibido… Y esto era mil veces más fuerte. Así que…

-Ya…-dijo Molly-. Supongo que es comprensible.

Sentaos —dijo ella, y los dos se retiraron a dos sillas que había al lado del fuego—.

-Al menos ya no tenéis frío-dijo Tonks, intentando encontrar algo positivo-.

Explicaos —añadió. Sus gafas brillaban inquietantemente.

Ron comenzó a narrar toda la historia, empezando por la barrera de la estación, que no les había dejado pasar.

... así que no teníamos otra opción, profesora, no pudimos coger el tren.

-En realidad teníais varias opciones más…-empezó Hermione, pero luego se dio cuenta de que aquello había pasado hacía mucho y, como no quería ahondar en la herida, lo dejó estar.

¿Y por qué no enviasteis una carta por medio de una lechuza? Imagino que tenéis alguna lechuza —dijo fríamente la profesora McGonagall a Harry.

-Debisteis de sentiros muy estúpidos-dijo George.

Harry y Ron se miraron.

-Mucho-reconoció el pelirrojo.

Harry se quedó mirándola con la boca abierta. Ahora que la profesora lo mencionaba, parecía obvio que aquello era lo que tenían que haber hecho.

Sirius soltó una carcajada.

-Lo siento, lo siento-dijo, tratando de no sonreír-. Es una situación delicada, no hay duda. Pero es que… Madre mía, chicos. Si lo piensas bien es bastante ridículo.

Harry, muy a su pesar, sintió como sus labios se curvaban en una sonrisa.

-Visto así y al cabo de tres años y pico sí que lo es. Pero en el momento… ¡entramos en pánico!

-Tranquilo, Harry, lo hemos leído-dijo Tonks con diversión, provocando que los demás sonrieran a su vez.

No-no lo pensé...

Eso —observó la profesora McGonagall— es evidente.

Ante aquello, las risas no se hicieron esperar. Si minutos antes todos estaban con los nervios a flor de piel y llenos de tensión, ahora el ambiente en la Sala había cambiado radicalmente. Se encontraban todos más relajados y, a pesar de estar leyendo una situación como aquella, lo hacían con humor.

Llamaron a la puerta del despacho y Snape la abrió, más contento que unas pascuas.

Típico, pensó Sirius rodando los ojos.

Era el director, el profesor Dumbledore.

-Oh-dijo Tonks. Todos dejaron de sonreír y miraron a Dumbledore disimuladamente.

Harry tenía todo el cuerpo agarrotado. La expresión de Dumbledore era de una severidad inusitada.

Harry bajó la mirada, recordando. Lo había pasado realmente mal en aquel momento: no había querido decepcionar al director.

Miró de tal forma a los dos alumnos que tenía debajo de su gran nariz aguileña, que en aquel momento Harry habría preferido estar con Ron recibiendo los golpes del sauce boxeador.

Sirius suspiró.

-Sí, suele producir ese efecto.

Todos los que habían sufrido la decepción de Dumbledore en sus propias carnes asintieron. No era un sentimiento agradable.

Hubo un prolongado silencio, tras el cual Dumbledore dijo:

Por favor, explicadme por qué lo habéis hecho.

Habría sido preferible que hubiera gritado.

-Siento haberte hecho sentir así, Harry-se disculpó el director-. Pero era necesario que entendierais que no habíais actuado bien y que no estaba nada contento convosotros.

-No se preocupe-dijo Harry rápidamente-. Y captamos el mensaje alto y claro…

A Harry le pareció horrible el tono decepcionado que había en su voz. No sabía por qué, pero no podía mirar a Dumbledore a los ojos, y habló con la mirada clavada en sus rodillas.

Era bastante incómodo para Harry el tener que oír como Dumbledore le había hecho sentir y más teniendo al director delante de él. Cuando solo se leía lo que había pasado, sin tener en cuenta sus sentimientos, era mucho más fácil escuchar la lectura y no sentirse.

Se lo contó todo a Dumbledore, salvo lo de que el señor Weasley era el propietario del coche encantado, simulando que Ron y él se habían encontrado un coche volador a la salida de la estación.

Sirius, los gemelos y Ron rieron con ganas.

-Seguro que cuela, Harry-dijo Fred secándose las lágrimas y haciendo que el chico le mirase mal.

-Agradezco el intento-sonrió el señor Weasley-. Aunque es obvio que Dumbledore no se lo creyó.

-¿Cómo qué no?-preguntó el director con los ojos brillantes-. Fue una mentira bastante convincente.

Harry se ruborizó.

Supuso que Dumbledore les interrogaría inmediatamente al respecto, pero Dumbledore no preguntó nada sobre el coche. Cuando Harry acabó, el director simplemente siguió mirándolos a través de sus gafas.

-Odio cuando hacen eso-dijo George.

Iremos a recoger nuestras cosas —dijo Ron en un tono de voz desesperado.

¿Qué quieres decir, Weasley? —bramó la profesora McGonagall.

Bueno, nos van a expulsar, ¿no? —dijo Ron.

-No te des por vencido tan pronto-le aconsejó Tonks.

Harry miró a Dumbledore.

Hoy no, señor Weasley —dijo Dumbledore—.

-Era evidente que no os iban a expulsar pero sienta bien oírlo-reconoció Sirius.

Todos les dieron la razón.

Pero quiero dejar claro que lo que habéis hecho es muy grave. Esta noche escribiré a vuestras familias.

-A los Dursley no les importará lo más mínimo-dijo Tonks-. Pero pobre Ron…

He de advertiros también que si volvéis a hacer algo parecido, no tendré más remedio que expulsaros.

-Bueno, por eso no tenéis que preocuparos-sonrió Ginny con sarcasmo-. No creo que volváis a llegar a Hogwarts en un coche volador.

Por la expresión de Snape, parecía como si se hubieran suprimido las Navidades.

No me gustan las Navidades así que no, pensó Snape. A decir verdad odiaba esas fechas más que ninguna otra: le hacían sentir realmente solo. Lo único positivo era que Hogwarts estaba más o menos libre de mocosos.

Se aclaró la garganta y dijo:

Profesor Dumbledore, estos muchachos han transgredido el decreto para la restricción de la magia en menores de edad, han causado daños graves a un árbol muy antiguo y valioso... Creo que actos de esta naturaleza...

Sirius puso los ojos en blanco y soltó un gruñido.

-Oh, por favor… Podrías intentar que se te notase menos que quieres librarte de Harry, ¿no?

El profesor de Pociones le ignoró pero apretó los dientes con fuerza.

Corresponderá a la profesora McGonagall imponer el castigo a estos muchachos, Severus —dijo Dumbledore con tranquilidad—. Pertenecen a su casa y están por tanto bajo su responsabilidad.

Qué mala suerte, ¿eh?, quiso decir Sirius, pero se contuvo. Restregarle aquello a Snape iba a provocar otra discusión y, sinceramente, tenía ganas de seguir oyendo la historia.

Se volvió hacia la profesora McGonagall.

Tengo que regresar al banquete, Minerva, he de comunicarles unas cuantas cosas. Vamos, Severus, hay una tarta de crema que tiene muy buena pinta y quiero probarla.

Los alumnos sonrieron ante aquello. Ese comentario era muy característico de Dumbledore.

Al salir del despacho, Snape dirigió a Ron y Harry una mirada envenenada. Se quedaron con la profesora McGonagall, que todavía los miraba como un águila enfurecida.

-Por muy alucinante que debió ser el viaje en coche… No me gustaría estar en vuestro pellejo-reconoció Fred.

Lo mejor será que vayas a la enfermería, Weasley, estás sangrando.

-Oh, no-dijo Molly con preocupación.

-Tranquila, mamá. No era nada.

-Eso lo juzgaré yo-dijo ella con firmeza.

No es nada —dijo Ron, frotándose enseguida con la manga la herida que tenía en la ceja—.

-Incluso una pequeña herida se te puede infectar-dijo Molly-. Y más si la frotas con la manga sucia de tu camisa. Fuiste a ver a Madame Pomfrey, ¿no?

-Eh, sí, claro-mintió Ron.

Profesora, quisiera ver la selección de mi hermana.

Ginny le sonrió.

La Ceremonia de Selección ya ha concluido —dijo la profesora McGonagall—. Tu hermana está también en Gryffindor.

-¡Bien hecho, Ginny!-le animaron los gemelos mientras los demás aplaudían.

-¿Qué noticia tan inesperada, verdad?-bromeó Hermione, haciendo que Ginny y Ron rieran.

¡Bien! —dijo Ron.

Y hablando de Gryffindor... —empezó a decir severamente la profesora McGonagall.

-Ni se le ocurra quitar puntos-advirtió Sirius, de pronto muy serio.

Pero Harry la interrumpió.

Profesora, cuando nosotros cogimos el coche, el curso aún no había comenzado, así que, en realidad, a Gryffindor no habría que quitarle puntos, ¿no? —dijo, mirándola con temor.

-¡Ah! Mi ahijado es un lince-dijo Sirius con alegría-. Ahora esperemos que te dé la razón.

Snape no quiso reconocerlo pero aquello había estado a la altura de un Slytherin.

La profesora McGonagall le dirigió una mirada penetrante, pero Harry estaba seguro de que había estado a punto de sonreír. Tenía los labios menos tensos, eso era evidente.

-Esa es una buena señal-sonrió Remus.

No quitaremos puntos a Gryffindor —dijo ella, y Harry se sintió muy aliviado—.

-Bien hecho-le felicitó Sirius, haciendo que Harry sonriera de vuelta.

Pero vosotros dos seréis castigados.

-No se puede tener todo en la vida-dijo Ron con filosofía.

Eso era menos malo de lo que Harry se había temido. En cuanto a que Dumbledore escribiera a los Dursley, le daba lo mismo. Harry sabía perfectamente que los Dursley lamentarían que el sauce boxeador no lo hubiera aplastado.

-Que les den-dijo Sirius, contento.

-¡Eh!-le llamó la atención la señora Weasley.

-Perdona, Molly, pero es verdad.

Ella suspiró.

-Sí, bueno, tienes razón.

La profesora McGonagall volvió a levantar su varita y apuntó con ella al escritorio de Snape. Sonó un ¡plop! y apareció un gran plato de emparedados, dos copas de plata y una jarra de zumo frío de calabaza.

-No está mal, no está mal-comentó Tonks-. Voláis en coche a Hogwarts, os estampáis contra el Sauce boxeador y a cambio solo os lleváis una pequeña regañina, una carta a los padres y un castigo. Y después os dan una buena comida de regalo… Tuvisteis mucha suerte, ¿eh?

-Visto así…-dijo Harry-. Lo cierto es que sí.

Comeréis aquí y luego os iréis directamente al dormitorio —indicó—. Yo también tengo que volver al banquete.

-Supongo que no quería que volvierais al Gran Comedor con ella como si nada hubiera pasado-dijo Remus-. No hubiese sido un buen ejemplo para los demás.

Arthur le dio la razón.

-Solo faltaría que algún alumno decidiera volar en coche él también al año siguiente.

Cuando la puerta se cerró detrás de ella, Ron profirió un silbido bajo y prolongado.

Creí que no nos salvábamos —dijo, cogiendo un emparedado.

Y yo también —contestó Harry, haciendo lo mismo.

-Por un momento parecía que no-coincidió George.

Pero ¿cómo es posible que tengamos tan mala suerte?—dijo Ron con la boca llena de jamón y pollo—.

-No tan mala suerte-replicó Ginny-. Como bien ha dicho Tonks antes: el castigo podría haber sido mucho peor.

Ron asintió.

-Sí, tienes razón. Pero yo hablaba de que nos vieran los muggle.

-Ahh.

Fred y George deben de haber volado en ese coche cinco o seis veces y nunca los ha visto ningún muggle.

-¿Ves?-dijo Ron.

Tragó y volvió a dar otro bocado

¿Y por qué no pudimos atravesar la barrera?

-Eso quiero saber yo-intervino Sirius-. Llevo desde el principio del capítulo con la mosca detrás de la oreja.

Harry se encogió de hombros.

Tendremos que andarnos con mucho cuidado de ahora en adelante —dijo, tomando un refrescante trago de zumo de calabaza—.

-No veas lo que me apetece ahora-dijo Ron cerrando los ojos-. Es una pena que la Sala no pueda proporcionar comida.

Si al menos hubiéramos podido subir al banquete...

Ella no quería que hiciéramos ningún alarde —dijo Ron inteligentemente—. No quiere que nadie llegue a pensar que está bien eso de llegar volando en un coche.

-Lo que yo decía-repuso Remus-. Las grandes mentes piensan igual, Ron-le sonrió el hombre lobo.

Ron sonrió de vuelta.

Cuando hubieron comido todos los emparedados que podían (en el plato iban apareciendo más, conforme los engullían), se levantaron y salieron del despacho, y tomaron el camino que llevaba a la torre de Gryffindor.

-Debíais de estar agotados-dijo Ginny.

Harry asintió.

-Sí que lo estábamos, sí.

El castillo estaba en calma, parecía que el banquete había concluido. Pasaron por delante de retratos parlantes y armaduras que chirriaban, y subieron por las escaleras de piedra hasta que llegaron finalmente al corredor donde, oculta detrás de una pintura al óleo que representaba a una mujer gorda vestida con un vestido de seda rosa, estaba la entrada secreta a la torre de Gryffindor

La contraseña —exigió ella, al verlos acercarse.

-Aún no la sabéis… -dijo Sirius-. ¿Cómo vais a entrar?

-No te preocupes-sonrió Harry-. Por suerte alguien siempre está ahí para ayudarnos.

Esto... —dijo Harry.

No conocían la contraseña del nuevo curso, porque aún no habían visto a ningún prefecto, pero casi al instante les llegó la ayuda; detrás de ellos oyeron unos pasos veloces y al volverse vieron a Hermione que corría a ayudarles.

-Aparece siempre cuando se la necesita-dijo Ron con afecto.

-Dicho así parece que solo esté ahí para sacaros de los problemas.

-¡Claro que no! No pretendía que sonase así.

Hermione asintió.

-Está bien, lo siento.

¡Estáis aquí! ¿Dónde os habíais metido? Corren los rumores más absurdos... Alguien decía que os habían expulsado por haber tenido un accidente con un coche volador.

Tonks se mordió el labio.

-No son rumores…

Bueno, no nos han expulsado —le garantizó Harry.

¿Quieres decir que habéis venido hasta aquí volando? —preguntó Hermione, en un tono de voz casi tan duro como el de la profesora McGonagall.

-Menos mal que había alguien a quien no le parecía "alucinante" o "genial"-dijo Molly con aprobación.

Ahórrate el sermón —dijo Ron impaciente— y dinos cuál es la nueva contraseña.

-Oye, Ron. Qué borde, ¿no?-le dijo Ginny.

-Estaba cansado y solo quería entrar en la Sala común-se justificó éste-. Además, Dumbledore y McGonagall ya nos habían hecho sentir suficientemente mal. No necesitaba lo mismo por parte de Hermione.

-Ya bueno pero ella no tenía la culpa-insistió Ginny.

-Tranquila, Ginny-le calmó Hermione con una sonrisa-. Te lo agradezco pero no te preocupes. Ron y yo tenemos una especie de pacto-dijo, mirando al chico con cariño-. Nos podemos hablar mal de vez en cuando pero en el fondo nos… Eh…-se calló un instante, buscando la palabra adecuada-. En el fondo nos tenemos afecto y… y somos amigos.

Ron asintió con energía.

-Exacto.

-Está bien-dijo Ginny-. Pero si en algún momento se pasa… Tú te vienes conmigo y ya verás que en menos de una hora lo tienes pidiéndote perdón-dijo riendo.

-Lo recordaré-sonrió Hermione mientras Ron miraba mal a su hermana.

Es «somormujo» —dijo Hermione deprisa—, pero ésa no es la cuestión...

No pudo terminar lo que estaba diciendo, sin embargo, porque el retrato de la señora gorda se abrió y se oyó una repentina salva de aplausos.

-¿Qué…?-empezó Tonks.

-Gryffindor-se limitó a decir Sirius, sonriendo con orgullo.

Al parecer, en la casa de Gryffindor todos estaban despiertos y abarrotaban la sala circular común, de pie sobre las mesas revueltas y las mullidas butacas, esperando a que ellos llegaran.

-Como adoro mi casa-dijo Sirius, cerrando los ojos y esbozando una sonrisa.

Snape puso los ojos en blanco. Aquello solo podría ocurrir en esa casa de inconscientes y temerarios.

Unos cuantos brazos aparecieron por el hueco de la puerta secreta para tirar de Ron y Harry hacia dentro, y Hermione entró detrás de ellos.

¡Formidable! —gritó Lee Jordan—. ¡Soberbio! ¡Qué llegada!

Los gemelos sonrieron al oír el nombre de su amigo.

Habéis volado en un coche hasta el sauce boxeador. ¡La gente hablará de esta proeza durante años!

Hermione rodó los ojos.

-Ahora que he oído vuestra versión de los hechos entiendo por qué lo hicisteis y todo eso. Pero no creo que os merezcáis estos aplausos y felicitaciones.

-Totalmente de acuerdo-asintió Molly.

-Oh, vamos-intervino Sirius-. Llevan medio capítulo recibiendo broncas y discursos, dejadles disfrutar un poco.

¡Bravo! —dijo un estudiante de quinto curso con quien Harry no había hablado nunca.

-Vamos que el año pasado que detienes a Voldemort y casi mueres en el intento no te dicen nada y éste, de repente, vuelas en coche hasta Hogwarts y ya eres el héroe de todo Gryffindor…-Tonks sacudió la cabeza-. De verdad que no lo entiendo.

Alguien le daba palmadas en la espalda como si acabara de ganar una maratón. Fred y George se abrieron camino hasta la primera fila de la multitud y dijeron al mismo tiempo:

¿Por qué no nos llamasteis?

La señora Weasley miró a sus hijos con severidad.

-Para haberles detenido, mamá-se explicó Fred.

-Por supuesto-añadió George con cara de inocente.

Molly encarnó una ceja.

-Ya, claro

Ron estaba azorado y sonreía sin saber qué decir. Harry se fijó en alguien que no estaba en absoluto contento. Al otro lado de la multitud de emocionados estudiantes de primero, vio a Percy que trataba de acercarse para reñirles.

-Y bien hecho-dijo Molly con firmeza y tratando de no pensar demasiado en su hijo.

Harry le dio a Ron con el codo en las costillas y señaló a Percy con la cabeza. Inmediatamente, Ron entendió lo que le quería decir.

Tenemos que subir..., estamos algo cansados —dijo,

-Esa ha sido una buena idea-rio Sirius-. Habéis esquivado al peligro.

-Aunque yo no cantaría victoria-dijo Remus-. Probablemente a la mañana siguiente reciban una carta de Molly y Arthur, que ya se habrán enterado de lo sucedido.

Sirius abrió mucho los ojos.

-Es verdad… Espero que durmierais bien esa noche, chicos-dijo mirando con lástima a Harry y a Ron-. Por qué os espera una buena.

Ron se estremeció al recordarlo

y los dos se abrieron paso hacia la puerta que había al otro lado de la estancia, que daba a una escalera de caracol y a los dormitorios.

Buenas noches —dijo Harry a Hermione, volviéndose. Ella tenía la misma cara de enojo que Percy.

-Lo cual es totalmente normal-le apoyó Molly.

Consiguieron alcanzar el otro extremo de la sala común, recibiendo palmadas en la espalda, y al fin llegaron a la tranquilidad de la escalera.

Snape contuvo sus ganas de hacer un comentario. Potter podía negar todo lo que quisiera que no le gustaba ser el centro de atención pero era evidente que había disfrutado aquello.

La subieron deprisa, derechos hasta el final, hasta la puerta de su antiguo dormitorio, que ahora lucía un letrero que indicaba «Segundo curso». Penetraron en la estancia que ya conocían; tenía forma circular, con sus cinco camas adoseladas con terciopelo rojo y sus ventanas elevadas y estrechas.

Harry y Ron sonrieron con cariño: aquel era uno de sus lugares preferidos en Hogwarts. Siempre se podía encontrar en él un momento de tranquilidad o de risas con sus compañeros de habitación.

Les habían subido los baúles y los habían dejado a los pies de sus camas respectivas.

-Yo ya me había olvidado completamente de ellos-reconoció Ron.

-Normal-sonrió Ginny-. Con todo lo que pasó…

Ron sonrió a Harry con una expresión de culpabilidad.

Sé que no tendría que haber disfrutado de este recibimiento, pero la verdad es que...

-Tranquilo, Ron-dijo Hermione a pesar de todo-. Lo entendemos. Aunque esto no significa que me parezca bien lo que hicisteis-añadió rápidamente.

-Lo sé, lo sé.

La puerta del dormitorio se abrió y entraron los demás chicos del segundo curso de la casa Gryffindor: Seamus Finnigan, Dean Thomas y Neville Longbottom.

¡Increíble! —dijo Seamus sonriendo.

¡Formidable! —dijo Dean.

¡Alucinante! —dijo Neville, sobrecogido.

Todos, incluidos Molly y Hermione, acabaron sonriendo ante aquello. Por muy mala idea que fuera haber volado en coche a Hogwarts y por mucho que se merecieran ser castigados y regañados, en el fondo era agradable ver a Harry y a Ron contentos.

Harry no pudo evitarlo. Él también sonrió.

Ron terminó de leer con una sonrisa en los labios, todavía recordaba bien aquel momento.

-Este es el final del capítulo-informó-. El siguiente se llama "Gilderoy Lockhart".

Todos gruñeron con disgusto.

-Creo que siendo ese el título debería leerlo Hermione-dijo Ron con una sonrisa burlona-. O mi madre, pero ella ya lo ha hecho.

Hermione se ruborizó y le fulminó con la mirada al mismo tiempo, pero finalmente se inclinó para coger el libro.

-Está bien-cedió-. Pero antes de empezar he de decir que era una niña pequeña y que Lockhart me encantaba así que no tengáis en cuenta nada de lo que diga o haga- dijo rápidamente.

Los gemelos sonrieron.

-No prometemos nada-dijo George.

Hermione se llevó la mano a la frente y soltó un largo suspiro de fastidio.

-Esto va a ser muy humillante-sentenció.

-Sí, pero tu tranquila-le animó Ron-. Ginny también daba vergüenza…

-¡Oye!-exclamó ésta.

-Y Harry y yo mismo también, ¡es normal! Hace tres años y pico, hemos crecido bastante. No pasa nada.

Hermione respiró profundamente.

-De acuerdo, tienes razón-dijo más calmada-. Aunque preferiría que no me hubieras hecho leer.

-Si quieres puedo hacerlo yo-dijo Harry con una sonrisa traviesa-. Y me recrearé mucho tiempo en tus comentarios sobre Lockhart.

-Ni pensarlo-soltó Hermione con rapidez y haciendo que Harry sonriera aún más-. Leo yo.

-Está bien, está bien-dijo Harry levantando las manos-. Adelante, pues.

La chica abrió el libro por la página correspondiente.

-Espero no salir demasiado-pidió y después se aclaró la garganta-. Capítulo 6: "Gilderoy Lockhart".

A/N: Hasta aquí este capítulo, ¡espero que os haya gustado! No he tenido mucho tiempo para revisarlo así que puede que tenga más errores de lo normal. Si es así no dudéis en decirmelo. He estado leyendo capítulo anteriores y es alucinante la de errores o palabras que me he comido. Algún día quiero volver y revisarlos.. Cuando tenga tiempo hahaha. Bueno nos vemos como muy pronto de aquí quince días, ¡ya casi Navidad! ¡Que vaya bien!

Como siempre gracias por leer y dejad review si queréis :D