Notas de la autora: ¿Saben? Este fue uno de los capítulos que más me gustó escribir.

Anécdota de Halloween 2020: Hice lo mismo que este cuarteto de idiotas con dos amigas. Fue épico, aunque, al final, si nos dieron un buen susto. Entramos a un hospital abandonado el 31/10 por la noche, armadas con una linterna y celulares con la batería super baja, aunque tomé unos cuatro o seis videos. Lamento con toda el alma no haber grabado nuestra huida. Fue como "todo lo que no debería pasar en un escape estilo película de terror".

Super F.

Pero… Ahora entiendo mucho a estos tarados. En serio, uno no sabe cuál va a ser la reacción del otro en el momento. Una de las chicas, por ejemplo, se quedó congelada y sólo corrió a escaparse cuando escuchó unos golpes (imposibles, valga decirlo) desde una puerta interna; la otra, salió disparada y se estrelló contra la pared por la impresión. Cuando inició la huida, ella salió a la cabeza, la chica que empezó a correr después de escuchar los golpes fue segunda y yo, como la idiota del grupo, me quedé atrás alumbrando y corriendo como la última persona del grupo. Nunca había tenido tanto miedo de que algo me agarrara por la espalda.


AU: Humanos
Ship: USUK/UKUS
Advertencia: Intento de historia de horror.
Disclaimer: Hetalia y sus personajes le pertenecen a Himaruya Hidekaz


El pasillo, lejos de lo que resultó en un principio, se mostraba como una experiencia reconfortante, más si tenía en cuenta lo que había pasado en el cuarto anterior. Nadie se había atrevido a decir algo y las luces, de alguna forma, revelaban el verdadero estado en el que se encontraban todos en ese momento: temblando.

Llegar a la réplica del recibidor del segundo piso despertó el impulso de girar el rostro hacia los cuartos del fondo, pero de inmediato la imagen de lo último que vio en este mismo lugar se le vino a la mente, haciéndole dudar de echar un vistazo y encontrarse cara a cara con lo que sea que había cruzado la entrada del corredor minutos antes. Miró fijamente hacia adelante y, cuando los pasos se detuvieron en el punto céntrico de la entrada a la segunda planta y no escuchó ninguna reacción por parte de los presentes, soltó el aire que no se había dado cuenta que había retenido, sintiéndose a salvo.

—Entonces... —Antonio fue el primero en romper el silencio que se había formado—. ¿Dónde es que tenemos que ir?

Los tres pares de ojos terminaron sobre él, sacándolo del pequeño laberinto que estaba empezando a crear en su cabeza.

—Comenzamos con los dormitorios —el inglés respondió abriéndose paso entre ellos hasta terminar a la cabeza—, así que lo lógico sería terminar con ellos.

Alexander levantó la mano hacia el frente señalando el corredor tétrico que se alzaba delante de ellos, iluminado por el techo severamente dañado que dejaba filtrar la luz de la luna hacia el interior. No les fue difícil notar la ausencia de corrientes de aire, propio de una noche inesperadamente calma, pero, en un acuerdo tácito de no mandar al diablo la calma del grupo, nadie se atrevió a mencionarlo.

—Las habitaciones de los invitados están instaladas al frente, unos cinco en total con un baño al final del corredor —continuó el británico, volviendo a la historia de la casa—. Muy ajeno a lo que podría esperarse, los Kirkland eran muy herméticos en lo que se trataba de asuntos personales, por lo que esta casa no tiene habitaciones numerosas.

El grupo avanzó con el inglés al frente de ellos, observando los detalles del lugar que, si bien no era tan ostentoso como el primero, conservaba aún un aire imponente en su simpleza. Desde el color hasta las molduras, pasando por los pocos cuadros que permanecían allí todavía, desgarrados o pintados con grafitis en su mayoría, que, estaba seguro, debieron haber dado un toque mucho más formal y elevado a la estancia. Caminaron con cuidado y, con cada paso, podían sentir la madera chirriar en un sonido demasiado agudo que les produjo escalofríos, obligándolos a apegarse mucho más y sus manos, armadas únicamente con las linternas, buscaron alumbrar el recinto lo mejor que podían.

El primero en detenerse fue Alexander, haciendo que la caravana hiciera lo mismo y, en respuesta, apuntaran con la luz de las linternas hacia el cuarto de la izquierda.

—Me estás jodiendo —soltó el español, entrando a la habitación producto de la curiosidad—. ¿Cómo es que ésta está completamente vacía y las otras no?

Y, en efecto, los otros tres sólo pudieron corroborar lo que su compañero había mencionado cuando lo acompañaron en la habitación. Miraron hacia el interior casi escudriñándolo, buscando algún objeto tirado sobre la madera llena de polvo y manchas oscuras que podía demostrar el siglo que ha pasado sin visita alguna; buscando algún mueble o rastros de él, alguna almohada o frazada o alguna otra prenda que pudiese confirmar que fue usado alguna vez como dormitorio... Y nada.

La pregunta empezaba a tener mucho más peso que hace segundos atrás.

—Quién sabe —comentó el inglés, encogiéndose de hombros a medida que alumbraba las paredes de la habitación, deterioradas por la humedad y el tiempo—. Tal vez sólo les fue más fácil quitar las cosas de aquí que de las habitaciones del otro corredor.

—O, quizás —el francés tomó la palabra mientras avanzaba hacia la ventana del lugar, pasando un dedo sobre el marco de ella sólo para descubrir que estaba lleno de polvo—, los que vinieron aquí se dejaron llevar por el cuento de terror.

—Es probable —Alexander respondió, apuntando con su linterna hacia el techo sólo para encontrar la pintura descamándose a mitad de la caída, colgando en una tétrica decoración que, a estas alturas, agradecía ver para llevar algo de calma a su ya trastornada mente—. No me sorprendería que algún supersticioso haya preferido dejar las cosas allí después de romperlas o terminar de hacer lo que haya querido hacer allí en primera instancia.

La respuesta estaba lejos de satisfacer la pregunta; sin embargo, también estaba la posibilidad —o la certeza— de que eran ellos quienes estaban dándole demasiadas vueltas a todo, así que prefirieron no insistir y continuar con el recorrido. El primero en salir fue el francés, seguido del alemán y por último del español y el inglés. Todos avanzaron hacia el frente topándose con la siguiente habitación, que no tenía rastros de alguna bisagra enganchada al marco de la puerta. Se miraron todos y, con cautela, se asomaron desde la entrada para comprobar que lo que sea que haya dentro estuviera en orden, topándose con una copia exacta de la habitación anterior, mas ésta sólo tenía un catre vacío y oxidado junto a pilas y pilas de lo que, a simple vista, parecían ser revistas o periódicos.

—Como dije en un principio —retomó el británico, ingresando—, no eran personas que gustaran de recibir visitas que implicaban pasar la noche allí o algunos días, en su defecto. Dicen que, de hecho, el que fueran cuartos tan simples no era más que una invitación para su pronta despedida convenciéndoles de que no habría lujos ni nada similar si decidían prolongar el tiempo que se quedaran. Una invitación de salida cortés para cualquier cazafortunas.

Gilbert avanzó por la habitación y se agachó tomando uno de los diarios, fechados hace cincuenta años atrás. Con cautela, se las ingenió para tomar el periódico que crujió al ser abierto, notando la coloración amarilla que se escondía tras sus páginas.

Guerra Fría —leyó en voz alta, llamando la atención de los demás—. Los Estados Unidos de América y la Unión Soviética compiten en una constante carrera- —se detuvo, cerrando el periódico de inmediato—. ¿Quién demonios viene aquí con un diario a sentarse y leer como si fuera el lugar más cómodo de la tierra para hacerlo?

Antonio se rio al ver su expresión de reclamo, dándole la razón a cabalidad.

—¿No dices que se metían vándalos y personas sin hogar? —Francis se adelantó en hablar un tanto divertido—. De alguna forma tenían que pasar el tiempo ¿no?

Los tres rieron soltando comentarios que siguieron el mismo hilo mientras Alexander, por su parte, caminó por los alrededores revisando las revistas y diarios y sus fechas, los encabezados y uno que otro dato más que llamaba su atención y reafirmaba sus ganas de tomar algunos de ellos y llevárselos con la única intención de pasar un buen rato. Periódicos que evocaban el asesinato del Archiduque, las guerras de trincheras, las bajas y la muerte que la Gran Guerra causó, la firma del Tratado de Versalles y, a medida que avanzaba, podía leer encabezados similares esta vez referidos a la Segunda Guerra Mundial, al rescate de Dunkirk, al desembarco en Normandía y, cómo no, el fin de la Guerra.

Se arrepentía de no haber traído una mochila más grande y cargar con ellos de regreso a casa.

—¿Y si dejamos una cámara aquí también? —preguntó el español, capturando su atención—. Parece un buen lugar para hacerlo.

—Recuerda que sólo tenemos tres más, Antonio —le regañó Gilbert, haciendo que el español hiciera un puchero—. ¿Cuántas habitaciones más nos faltan, cejas?

El inglés ignoró lo último por el bien de la unidad del grupo y, sacando los mapas del bolsillo de la polera que llevaba, echó un vistazo a aquellos espacios que había considerado como posibles objetivos, sabiendo la intención de la visita. Los enlistó nuevamente en su cabeza, contando con los dedos, y sonrió satisfecho con su trabajo.

—El salón principal, la biblioteca y el comedor son, quizás, los lugares donde debería haber una mayor actividad, si quieres llamarlo así. Sugeriría que guardaras las cámaras hasta entonces —suspiró—. Respecto a lo otro, teniendo en cuenta lo anterior mencionado y donde estamos, nos faltarían sólo la biblioteca del segundo piso y el corredor que está frente a él para terminar con la segunda planta, bajar al primer piso y terminar el recorrido.

Francis suspiró, mirando con reproche a sus dos amigos.

—De haber sabido que sería tan largo, los hubiese dejado a su suerte y hubiese pedido que me contaran mañana por la mañana cómo les había ido cuando los viera en la universidad.

Gilbert rio y Antonio pasó un brazo por sobre los hombros del francés, haciendo que se agache un poco.

—Tío, ya estamos aquí —inclinó la cabeza a un lado, pegándola a la del francés.

Gilbert no tardó en hacer lo mismo que Antonio y, formando una figura inhumana de tres pares de piernas, estalló en risas con un volumen bastante alto.

—No seas aguafiestas, Francis. No me vas a decir que resultó ser una pérdida de tiempo ¿O sí?

Alexander, incómodo, los miró largamente sabiendo que sobraba en la escena y, dejando que los tres siguieran en su pequeña burbuja de confraternidad y buen ánimo, salió de la habitación dispuesto a continuar con el resto de cuartos que quedaban por explorar. Se acercó a la siguiente puerta y encontró una escena bastante similar a las anterior, desistiendo de ingresar siquiera y observar; fue hasta la siguiente y, ya habiéndose unido el trío de idiotas a él, descubrió que el patrón era el mismo y no se molestó en insistir más.

La historia se repitió en las que quedaban por explorar, hasta llegar al baño y ver una única tina en medio del lugar, sin ningún mueble más u otra cosa que reflejara la función que alguna vez había tenido. Se dieron media vuelta e iniciaron el camino de vuelta al corredor sintiendo que lo único bueno que había para ver ya lo habían visto al inicio, completamente convencidos de que no era nada más y nada menos que una simple casa abandonada y que lo primero que habían vivido no era otra cosa sino la sugestión de quien inicia un trayecto que desconoce y se aventura teniendo en cuenta los comentarios pesimistas de quienes alguna vez cruzaron por allí y desistieron.

Alexander rio entre dientes sintiéndose completamente estúpido por permitir que se le saliera de las manos y hubiese perdido el control por unos instantes.

No tardaron en volver al lugar donde estaba la escalera y avanzar hacia los cuartos de al fondo, esta vez desechando por completo el miedo anterior que había generado hasta esta parte de la casa, y fueron directamente a la biblioteca entre comentarios tontos sobre la falta de emoción y la gran diferencia que hubo en un inicio y a cómo lo estaban llevando ahora. Esta vez fue Gilbert quien avanzaba primero, seguido del inglés, y se detuvo en la entrada, viendo estupefacto lo que se alzaba delante de él.

Alexander apuró el paso y se detuvo a su lado, sintiendo que el corazón le latía fuertemente en el pecho. Era una imagen casi surrealista, perfecta, salida de algún cuento o de alguna foto de esos enormes castillos en ruinas que le gustaba tanto ver en sus tiempos libres. Avanzó con cuidado sin molestarse de alumbrar con la linterna, siendo guiado únicamente por la luz de la luna llena que iluminaba el lugar.

Una enorme biblioteca, casi del tamaño de la que había en su facultad, con la mayoría de sus libros aún en los estantes y la alfombra, aunque sucia, enmarcando lo ornamentada que estaba la habitación. Un sillón enorme con detalles victorianos estaba en el centro de la habitación y, cómo no, una silla con apoya-brazos que seguía el mismo estilo, a juego. Había, también, bustos en los rincones que no pudo reconocer en el momento, y una pintura enorme que le daba la bienvenida, aunque completamente destrozada por la misma erosión a la que había sido sometida.

Grande, espléndida, maravillosa...

Las palabras no bastaban para describirla.

—Y se supone que esa es la biblioteca secundaria —soltó maravillado, viendo la cúpula de cristal que alguna vez estuvo en un buen estado—. No me imagino cómo será la principal.

Rio completamente entusiasmado por el descubrimiento, recordando que era el ñoño del grupo cuando los otros tres empezaron a fastidiarlo con que era un ratón de biblioteca y a picarle con que había vuelto a su hábitat natural. Los insultó, como era de esperarse, causando una risotada masiva previa a la salida de la habitación. Le dio un vistazo más tratando de conservar la imagen mental como un recuerdo al qué recurrir una vez que dejara la casa, y les siguió, avanzando hacia el corredor que estaba al frente.

Iban entre risas sin siquiera molestarse en alumbrar el camino cuando la voz de cierto francés se cortó de pronto y, lentamente a sus ojos, su cuerpo empezaba a caer hacia adelante dejándolo estático viendo la escena.

—¡Fran! —el español gritó lanzándose hacia él y tomándolo por la cintura y el rubio, pálido, no creía lo que había ocurrido ni lo poco que estuvo de estamparse con el suelo, varios metros hacia abajo.

Gilbert corrió de inmediato y Alexander, despertando del shock del momento, siguió sus pasos hasta juntarse con ellos y ver si el mencionado estaba bien. Le oyó quejarse entre gritos y uno que otro reclamo mezclado, por lo que atinó a apuntar con la linterna al camino frente a ellos. descubriendo que podía verse con claridad los azulejos de la primera planta desde donde estaban.

No había acceso a ninguna de las dos puertas que se encontraban allí y, después de esto, estaba seguro que ninguno quería arriesgarse a llegar hasta allá.

—Tenemos que ir al primer piso —murmuró captando la atención de los tres.

—¡¿Puedes al menos dejar que me recupere?! —Francis alzó la voz, indignado—. Claro, como no fuiste tú el que estuvo a punto de palmarla, no cuenta para ti.

Los ojos de Antonio y Gilbert iban desde el inglés al francés, como si fuera un juego de ping-pong.

—¿Prefieres pasar la noche aquí, Bonnefoy? —y el argumento había sido suficiente para hacer rabiar al aludido quien, sin importarle mucho, soltó algunas palabras malsonantes en su lengua natal y se puso de pie, listo para continuar.

Gilbert y Antonio se rieron y Francis, preso del momento, no hizo más que mandar al diablo a ambos mientras seguía al inglés hacia la escalera y, con cuidado, bajaban a la primera planta con más confianza, teniendo una idea vaga de cómo sería lo que les faltaba explorar.

—Drake —el español habló, mordiéndose el labio para reprimir otra risa y evitarse un golpe del francés—, ¿Habías venido aquí antes?

La pregunta le tomó por sorpresa, haciendo que se detuviera unos instantes. Por un segundo, estuvo a punto de responder un "sí" que se quedó a mitad de camino, recordándose que el hecho de saber a la perfección sobre la edificación no significaba que hubiese puesto un pie antes en la propiedad. Suspiró echando la idea de lado, bajando el último escalón sólo para darse la vuelta y, esta vez, tomó la precaución de alumbrar hacia el corredor de la izquierda que se formaba tras la escalera.

—No —respondió con sinceridad, preguntándose si la opción correcta era ingresar por allí y encontrarse con los cuartos de aseo y la salida hacia el jardín trasero—, pero con todo lo que he leído de esta casa, se siente como si hubiese estado aquí antes.

Dio unos pasos y volvió a plantarse en el lugar antes de girarse y volver a la escalera, ignorando el corredor paralelo que nacía por el lado derecho, sólo para apuntar hacia el pasillo principal del ala este de la casa. Avanzó sabiendo que los otros le seguían y continuó.

—Nadie habla sobre la historia de esta casa en mi familia —retomó la palabra, viendo que los demás aguardaban en silencio y acompañaban la iluminación de su linterna, haciendo que el enorme pasillo que atravesaban resultara menos tétrico—, por lo que tuve que hacerme de la información por mi cuenta y memorizarla, así que supongo que la sensación existe por eso.

Ninguno de los tres acotó algo, haciendo que los pasos resonaran entre las paredes que, al parecer, tenían la única función de alimentar el eco en el lugar.

—¿Por qué? —Gilbert fue esta vez quien tomó la palabra, apuntando hacia los cuadros rotos y los marcos vacíos que se alzaban en la pared.

—Porque Diane desarrolló una aversión a tal punto que la sola mención del lugar se volvió un tabú —disminuyó la velocidad de sus pasos y apuntó hacia el techo, descubriendo que la estructura compartía el mismo estilo que el del corredor donde se encontraban los dormitorios pertenecientes a los miembros de la familia—. Sólo supe que Diane y Frederick se fueron de la casa y que no se volvió a hablar más de eso una vez se asentaron en otro lugar. La fortuna de la familia, de un momento a otro, disminuyó hasta hacerse nada y ellos se quedaron aquí en Inglaterra, sin ser capaces de cruzar el Atlántico donde tenían su propio hogar.

Francis entonces avanzó, deteniéndose en la entrada del único cuarto que se alzaba en el lugar. Un enorme y ostentoso salón que les daba la bienvenida, con un techo altísimo y candelabros colgando todavía de él, reflejando la luz que la linterna del francés había usado para descubrirlos. El resto del grupo le alcanzó en segundos, ingresando en grupo al lugar descubriendo los cerámicos que adornaban el suelo y los muebles que todavía existían allí, tapados pobremente con sábanas viejas y sucias que sólo daban un aspecto melancólico al lugar.

—William preguntaba a medida que crecía y hubo un punto en que se cansó y dejó de insistir, criando a Rose con el precepto de que era un tema del que no se podía hablar en más y ella, a su vez, se lo inculcó a sus hijos con tanto ahínco que desapareció todo documento a simple vista. Lo poco que había en mi casa acerca de este lugar, era obra de mis tíos que se las ingeniaron para camuflarlos entre los libros.

Gilbert entonces tomó la palabra mientras seguían explorando el lugar, encontrando uno que otro objeto que llamaba su atención.

—¿Qué fue lo que pasó aquí para que ella lo detestara tanto? —y no es como si él no estuviera al tanto de lo que se decía de la casa, pero prefería escucharlo de boca del inglés.

—¿A este salón te refieres? —Alexander respondió dándose la vuelta, observando al alemán—. Aquí nada en especial. Sólo era el corazón de las fiestas de esta casa y, probablemente, sea la razón por la que hay tanto esmero en su decoración.

Gilbert negó con la cabeza, riendo, y desistió de retomar la pregunta por ahora.

—La cámara —Francis habló claro y profundo, señalando un enorme barandal de mármol que sobresalía desde lo que parecía ser la parte más importante del lugar, donde muy posiblemente los pronunciamientos relevantes o los inicios del brindis se realizaban—. Puede verse el salón completo desde allí.

Y, tal como Francis lo había dicho, Antonio sacó una cámara de su mochila y la encendió, mencionando una vez más el nombre del lugar y la hora, ubicándola en posición y corroborando que la grabación iniciaba. El español volvió de inmediato con el grupo quienes, una vez estuvieron reagrupados, volvieron al pasillo y regresaron al punto de partida.

—Sólo nos quedan dos —Antonio exhaló con fuerza viendo el contenido de su casi vacía mochila que ahora cargaba convenientemente en su pecho y no en la espalda—. ¿A dónde más iremos?

Francis y Gilbert miraron al inglés y éste, encogiéndose de hombros, supo que lo mejor era ahorrar algo de tiempo después de sacar sus cálculos y notar que habían pasado demasiado rato escaleras arriba, descuadrando su agenda.

—Debido al incidente de la segunda planta, lo mejor será limitarnos aquí —ninguno se sintió capaz de apelar—. La mano izquierda de la escalera lleva hacia el jardín, los cuartos de limpieza y los referentes a los empleados, como la cocina, la lavandería y otras disposiciones... Por lo que nos saltearemos ese tramo —alzó el brazo esta vez indicando el corredor que surgía a la derecha de la escalera—. Y, respecto a este —exhaló con pesadez antes de girarse hacia la entrada y empezar a andar—, sólo traten de no separarse.

Y, fiel a las recomendaciones, el grupo avanzó detrás del inglés conservando una distancia mínima entre ellos, observando las molduras de madera y los vestigios de uno que otro jarrón, pintura o escultura que alguna vez fue usado para adornar el lugar. Levantaron las linternas y alumbraron los techos altos y los detalles del cielo raso, los marcos de algún espejo enorme que se alzaba en la pared y los cuartos que regalaban una sensación de elegancia bohemia oculta tras los muebles descoloridos, la suciedad y los fragmentos de una pieza rota que cubría el suelo. Caminaron siguiendo al inglés hacia una puerta que daba paso a un enorme cuarto y, casi al unísono, todos levantaron sus linternas y apuntaron hacia adelante mientras se adentraban. De pronto, todos se callaron y, con la boca abierta, no pudieron creer lo que estaban viendo ahora.

Alexander, simplemente, confirmó por qué es que este lugar recibía el título de biblioteca principal.

Una pintura enorme con el árbol genealógico de la familia con todos los rostros borrados con tinta negra se extendía desde el piso hasta el techo, enmarcada por muebles gigantes que albergaban una cantidad abrumadora e irreal de libros. Se acercaron a la pintura solo para descubrir los nombres del matrimonio que habitó alguna vez el lugar y el de sus hijos, con un espacio considerable que daba pie para ser continuado casi como una herencia. Cada uno avanzó por su lado, descubriendo esculturas que se habían salvado del vandalismo y pinturas que, viéndolas de cerca, bien podían estar colgando en una exhibición de arte, o en un museo. Gilbert se topó con una escalera adaptada con ruedas que bien se acomodaba a los distintos niveles de los estantes, desde el más alto hasta el que escapaba de la altura promedio para ser examinado. Antonio pudo ver los muebles correspondientes al lugar acomodados en un semicírculo, sobre una alfombra con acabados muy parecidos como la que se encontraba en el recibidor de la primera planta. Francis, por su lado, avanzó hacia un extremo de la biblioteca mientras Alexander, imitándolo, hacía lo mismo por el otro lado, leyendo los cientos de títulos escritos en inglés, alemán, francés e incluso latín que alcanzó a ver.

Estaba tan ensimismado en sus nuevos hallazgos que no se dio cuenta de la voz de Gilbert que lo llamaba, sino hasta la tercera vez.

—¡Hay un cuarto más! —alzó la voz, llamando la atención de todos—. ¡Justo detrás de la pintura!

Y todos se acercaron con rapidez, observando las marcas de una puerta que no eran visibles a simple vista. Gilbert giró el rostro esperando la autorización de Alexander quien, al asentir, invitó al alemán a tirar de ella hasta abrirla, haciendo que una nube de polvo se extienda a lo largo y ancho de la entrada, la misma que les hizo toser con fuerza.

—Esto es una jodida broma —soltó el francés entre la tos cuando su linterna enfocó lo que se mostraba a su paso, alimentando sus ganas de ingresar.

Había un enorme ventanal con las cortinas corridas a ambos lados que dejaba entrar la luz de la luna, permitiéndoles observar los detalles de la habitación en general. Entraron y descubrieron un enorme escritorio frente al ventanal y, tras de él, un enorme mapa de las islas británicas desde el piso hasta el techo, con las divisiones marcadas y los nombres de las ciudades perfectamente escritos con una caligrafía impresionante. El cuarto tenía una pequeña biblioteca con libros específicos, todos ellos referidos a Leyes, Economía y Ciencia Política según pudieron leer los títulos, así como otros estantes donde podían ver medallas de guerra perfectamente conservadas y un enorme globo terráqueo muy al estilo antiguo que casi era del tamaño del español. Los cuatro se miraron y, con una enorme sonrisa en labios, no pudieron estar más satisfechos y extasiados.

—Es el estudio ¿No es cierto? —Gilbert se sintió realizado, orgulloso de haber sido quien descubrió la entrada del lugar.

—Si —respondió el inglés, admirando una vez más la pieza—. No pensé que estuviera oculto así.

—Es una casa antigua —agregó el francés—. Es normal que tengan este tipo de puertas y cuartos. Es casi un regalo.

Y Alexander no pudo estar más de acuerdo con eso último.

El grupo salió de la habitación completamente encantado, dejando la puerta abierta tras de ellos mientras buscaban una posición para la cámara. Gilbert encontró una ideal sin mucho trabajo y se encargó de fijarla, repitiendo el mismo procedimiento que con las anteriores antes de volver con el resto y salir del lugar, devolviendo sus pasos hasta el recibidor.

La casa de pronto tenía un aire lleno de melancolía para él y se preguntó si, en lugar de venderla, quizás podía habitarla cuando llegase a restaurarla del todo. Venderla empezaba a verse como una opción lejana y entonces se encontró debatiendo consigo mismo la posibilidad de que ésta fuera una señal: El hecho que sus tíos renunciaran a la propiedad y se la dejaran a él, como si toda la familia hubiese conspirado para que esas llaves terminaran en sus manos y él estuviese destinado a devolverle a la casa algo de la gloria que alguna vez tuvo. Pensó en opciones y ahora que lo veía de esa forma, no se veía como una mera ilusión. Avanzó por el corredor faltante junto con sus compañeros y siguió perdido en sus propias cavilaciones cuando Antonio los detuvo y preguntó por una enorme puerta de madera que, al parecer, estaba cerrada. Hizo un poco de memoria hasta que recordó cuál era el lugar y metió la mano al bolsillo, sacando el manojo de llaves para ofrecerle la indicada.

—Es la Sala de Reuniones —comentó una vez que el español abrió la puerta y empujó ambas hojas de madera, dejando una enorme mesa redonda a la vista, rodeada por sillas perfectamente adornadas a juego como si estuvieran perdidas en el tiempo.

Todos apuntaron las linternas al interior, avanzando un poco más confiados. Se acercaron a las mesas y a las sillas, y a la chimenea que estaba en el fondo de la habitación descubriendo un retrato enorme con el rostro cubierto de negro, revelando un uniforme militar antiguo. Los cuatro se miraron entre ellos y omitieron el detalle, observando las pinturas enormes que se extendían a cada una de las paredes laterales, revelando paisajes casi mágicos de antiguos castillos. El francés tomó uno de los portarretratos que adornaban la chimenea y entonces vio una foto de la familia quemada desde el centro, en el interior del marco, sin existir ninguna marca visible de quemadura por los exteriores... Y tembló.

Un mal presentimiento terrible se extendió en él, haciéndole levantar la vista y buscar al resto del grupo, debatiéndose si era necesario decirlo o guardárselo para él mismo ya que, quizás, pudieran tomarlo como una tontería suya o algo parecido. Un escalofrío recorrió su espalda y, cuando se decidió a abrir la boca, Gilbert se adelanta y abre la enorme puerta del frente, llevándose toda la atención.

La luz de las linternas se dirige directamente hacia la mesa rectangular enorme que se alza en el medio de la habitación, con un juego de unas veinte sillas en total. Un candelabro grandísimo que cuelga desde el techo y le entrega una apariencia elegante, enmarcada por los largos espejos que rodean la mitad superior de las paredes haciendo que el lugar luzca muchísimo más grande y espacioso, casi irreal.

—Deberíamos irnos —termina diciendo casi en un murmullo, siendo ignorado por el resto.

—Ilumínanos, Drake —mencionó Gilbert en un tono mucho más alto, casi divertido, ignorando el sonido que no llegó hasta sus oídos.

El inglés se aclaró la garganta y habló a medida que recorría la habitación.

—Este es el comedor principal de la casa, usado para ocasiones formales o cuando un invitado llegaba y la cabeza de los Kirkland oficiaba la bienvenida —rozó con sus manos los asientos hasta terminar en el último, apoyándose en el respaldar del único que estaba directamente frente a la puerta, presidiendo la mesa—. Pero este no es el lugar del que hablan las historias de la casa —esperaba la reacción de asombro de los tres y, de alguna forma, es eso lo que le invitó a seguir y disfrutar del último lugar del recorrido que él mismo había diseñado—. Ese es, de hecho, el de allá —y levantó la mano indicando un arco en la pared, haciendo que los tres apuntaran con su linterna hacia la entrada—, el comedor secundario.

Los tres se miraron y las ganas de irse de Francis habían crecido a un ritmo alarmante, negándose a continuar. Gilbert y Antonio, percatándose de esto, lo tomaron cada uno por el brazo y usando algo de fuerza, terminaron arrastrándolo hasta el umbral haciendo caso omiso a sus protestas.

—Te escuchamos, cejas —masculló Antonio intentando alumbrar hacia al frente sin soltar al francés, siendo imitado por Gilbert.

Alexander avanzó hacia ellos y haciendo acopio de todo cuanto ha leído sobre aquel día, comenzó. Entró al lugar armado única y exclusivamente con su linterna y las ganas de acabar con la bendita exploración de una vez por todas. No ahondó en el hecho de que el cuarto era profundamente oscuro, sin ingreso natural de luz y, en respuesta, sólo alzó la linterna para apuntar hacia el techo y descubrir una araña de cristal inmensa que, muy por seguro, satisfaría la necesidad de luz del lugar.

—Nadie sabe realmente qué fue lo que pasó esa noche, por lo que todo quedó en una simple especulación una vez que el juicio fue cerrado y la sentencia fue dada, aunque nunca se logró arrancar una confesión del hombre al que culparon por el homicidio de la familia Kirkland.

Avanzó por el cuarto descubriendo una mesa más pequeña pero idéntica a la que habían visto segundos atrás, únicamente acompañada por siete sillas. Caminó con cuidado, ubicándose hasta el fondo de la habitación, donde la chimenea se hacía presente y, sobre ella, unos cuantos portarretratos estaban dispuestos en marcos de plata y oro, a los que ignoró para enfocarse en sus invitados.

—Sólo se sabe que los empleados, siguiendo la política que los mismos dueños de casa habían instaurado, volvieron a trabajar a la mañana siguiente y, al ingresar al comedor, vieron la mesa aún servida y a los cuerpos de Albert y su esposa, y los de los padres de ésta sentados en sus lugares, sin moverse... Descubriendo a unos pasos de ellos el cuerpo de Arthur en el piso y el de Alfred aferrándose a él en un abrazo férreo, según unos por el rigor mortis y, a palabra de otros, por el afecto que ambos se tenían desde pequeños.

Gilbert y Antonio soltaron a Francis por fin y éste, lejos de correr, avanzó junto a ellos hacia su anfitrión, curioso por el hecho de que la historia real fuera un tanto distinta a la que se contaba en el vecindario.

—Fue el cocinero, eso es lo que dijeron —comentó Antonio, sintiendo un repentino escalofrío por el cambio drástico de ambiente—. Y se suicidó en su celda un mes después del juicio.

—Es lo que dicen —respondió el inglés, encogiéndose de hombros—, pero si lo piensas, el hombre no tenía ningún motivo para hacerlo. No tenía ningún rencor conocido ni tampoco se verificó un ingreso en sus haberes como para justificar que fue el encargo de alguien que quería ver a Albert muerto.

Gilbert llevó la mano hacia su barbilla, dilucidando la ficción del hecho real, antes de hablar.

—Descubrieron que la causa de muerte fue envenenamiento y, sabiendo eso, la opción más lógica fue culpar a quien se encargaba estrictamente de la comida de la familia. No había intermediarios en la entrega, más que los del servicio —suspiró—. Además, se supo que la dosis del veneno era exactamente la misma en cada plato, por lo que sólo el cocinero pudo haberlo hecho al verterlo sobre la comida antes de servir.

Francis, Gilbert y Antonio miraron fijamente a Alexander buscando respuestas, sintiendo que tenían la llave del caso sin duda alguna.

—Es la opción más conveniente, pero no quiere decir que calce del todo —el inglés echó un vistazo rápido a la habitación ayudándose de su linterna, buscando un lugar decente para la última parte del tramo. Una vez dio con ella, retomó la palabra—. Se le ofreció un trato si revelaba cómo fue que hizo lo que hizo o si al menos confesaba y decía las razones que lo llevaron a hacerlo y, aun así, siguió apelando a su inocencia. Un hombre en esa situación y con ese trato no hubiese dejado ir una oportunidad como aquella.

Antonio, percatándose de las intenciones de Alexander, sacó la última cámara de su mochila y la colocó sobre el piso en un rincón cercano a la puerta, de manera que todo el interior del cuarto pudiese ser filmado. Alexander, por su parte, empujó las sillas que se acomodaban en el lateral de la mesa abriendo un espacio suficiente para que los cuatro pudieran sentarse y acomodarse, valiéndose de lo grande que resultaba ser el comedor. Tomó su lugar entonces, dándole la espalda a la chimenea. Gilbert hizo lo propio y se posicionó exactamente frente a él una vez que Francis y Antonio se acomodaron a los lados, teniendo el suficiente cuidado de hacer las cosas bien para no estropear el equipo. El alemán abrió la mochila de Francis y sacó el aparato más raro del arsenal, ubicándolo en medio de los cuatro. Alexander, viendo aquello, sacó las dos grabadoras que llevaba en su mochila y las puso a disposición de Gilbert.

—Entonces... —Alexander tanteó el ambiente, sin saber realmente qué demonios tenían planeado—. ¿Qué se supone que van a hacer con esas cosas?

El alemán infló el pecho, orgulloso, señalando el primer aparato.

—El primero es un Medidor de Campos Electromagnéticos y servirá para indicar si hay un fantasma cerca de nosotros. Y los otros —agregó, señalando ambas grabadoras—, serán para intentar grabar unos cuántos Fenómenos de Voz Electrónica si tenemos un poco de suerte.

A Francis, ahora que lo pensaba mejor, no le gustaba para nada la idea que Gilbert había tenido en un comienzo. Antonio no dudó en respaldarlo de inmediato.

—¿Y para qué querríamos saber eso? —el español apeló, asustándose—. ¿Acaso no basta con las cámaras?

Francis lo apoyó y Gilbert, habiendo sospechado que esto iba a pasar, intentó convencer a sus dos amigos de continuar, guiándose del pretexto de quitarse la curiosidad de encima. Alexander no sabía a cuál de los bandos apoyar, sinceramente.

—Es rápido y simple —estiró su mano hasta tomar el medidor—. Encendemos esto y el aparato reaccionará si algo se acerca. Respecto a las voces, sólo será preguntar con la voz en alto sobre una de las grabadoras y reproducirlo después a ver si captó algo. La otra grabará toda la sesión y si no hay resultados, nos iremos pronto.

Los tres se miraron entre ellos antes de ver al alemán y, sin saber cómo, aceptaron el trato que se les ofrecía. Gilbert sonrió satisfecho mientras prendía el equipo y las grabadoras, comenzando la sesión.

Y así, cada uno en sus puestos, se prepararon para comenzar. Después de todo, entre más rápido lo hicieran, más rápido se irían ¿Verdad?

—Hola ¿hay alguien aquí? —Gilbert lanzó la primera pregunta rápidamente, mirando el sensor—. Si estás aquí, acércate a este aparato, hazlo sonar y sabremos que no estamos solos ¿Te parece?

Los cuatro miraron fijamente hacia el aparato, unos con más miedo que otros, esperando si algo le pasaba o comenzaba a pitar y, para su suerte, el objeto se mantuvo en silencio. Gilbert, decepcionado de su primer intento, rebobinó la grabación y la reprodujo a máximo volumen, intentando escuchar algo entre sus preguntas, sin éxito alguno.

Los otros tres suspiraron de alivio.

—¡No seas tímido! —el alemán volvió a insistir—. Acércate y toca el aparato ¡Hazlo sonar para nosotros!

Esperaron otra vez por un sonido y éste, devolviéndoles el alma a cuerpo a Antonio, Francis y Alexander, nunca sonó. Lo mismo pasó con la grabación de voz.

—¡Por favor! ¡No es tan difícil! —se quejó el albino en voz alta, haciendo que los tres se rieran.

—Tal vez es porque no hay nadie —agregó el inglés con una risilla, recibiendo el apoyo de Francis y Antonio.

—¡Eso! —respondió el español, casi saltando en su sitio—. Nada de nada. No hay nadie.

—Lo mejor sería irnos de una jodida ve—

Y el pitido se hizo presente haciendo que los cuatro pares de ojos se enfocaran en el aparato ubicado en medio del cuadrado que habían formado entre ellos y que, de alguna forma, comenzaba a emitir luces de forma irregular. Los cuatro se miraron a las caras, aterrados, mientras Gilbert, quien había empezado a temblar, reproducía lo que había grabado hasta la voz del francés, descubriendo un tono de voz completamente ajeno al de ellos, uno que no estaba allí antes.

No te vayas.

Los cuatro se quedaron en silencio, reproduciendo el audio una vez más y confirmaron lo que en un inicio habían oído. Antonio se levantó de golpe y Gilbert tomó su mano, instándolo a volver a su sitio.

—¿Quién eres? —esta vez fue Francis quien preguntó, siendo él a quien le había respondido hace unos segundos.

No hubo respuesta ni en el medidor ni en la grabadora.

Los cuatro volvieron a mirarse sin saber qué hacer o cómo reaccionar, miraron el aparato que seguía inmóvil, sólo alumbrado por las linternas que ahora sujetaban con fuerza como si resultara un arma mortal contra lo que sea que fuera a lanzarse sobre ellos.

—¿Qué quieres? —Antonio preguntó entre dudas. No porque temiera ser él a quien respondiera ahora, sino por saber cuál sería la respuesta.

El medidor no volvió a emitir sonido ni luces y la grabadora sólo repetía la pregunta formulada con su voz, como si hubiese sido lo único que hubiese en la habitación.

—¿Cuál es tu nombre? —fue el turno de Alexander, más por quitarse el estigma de ser quien no se había atrevido a preguntar nada hasta ahora.

Esperaron a que el medidor revelara algo y, al no hacerlo, intentaron lo mismo con la grabadora.

No había nada más.

Gilbert se hartó y estuvo a punto de pararse cuando el medidor volvió a sonar como loco y sus luces empezaron a prenderse y apagarse con fuerza. Antonio saltó para atrás golpeándose contra las sillas y Francis, sintiendo su corazón al límite, apoyó su espalda contra la pared rogando que nada de esto fuera cierto. El inglés tragó saliva y miró a Gilbert directamente y luego a la grabadora. El alemán entendió de inmediato y reprodujo el audio para terror de todos.

No quiero estar solo.

Gilbert tuvo que repetirlo varias veces para poder identificar lo que decía y dejar en claro ciertas cosas: Uno, no era mujer; dos, probablemente sea un niño debido al tono de voz; y tres, esa cosa, sea lo que sea que fuera, estaba dejando mensajes claros, lo suficiente para decir que existe una conexión entre un enunciado y un hecho en relación a la voz que se expresa en la grabación. Ninguno de ellos en ese momento se sintió capaz de refutar lo que pasaban con algún hecho científico o hacer de cuenta que nunca pasó.

Era real, demasiado real, como para hacerse los idiotas a estas alturas.

—¿Cuántos años tienes? —fue la primera pregunta de Gilbert una vez tomó asiento, sin respuesta en ninguno de los aparatos.

Y así siguió por al menos media hora de preguntas sin respuesta, momento en el que alguien aprovechó y se aventuró a decir que no fueron más que coincidencias y que, de alguna forma, la grabación que oyeron no era más que una señal de radio o televisión que interceptaron por obras del destino. El tiempo pasó y, al no haber nada que refutara el precepto, lo tomaron como verdadero, logrando aligerar el ambiente.

Comenzaron a reír entonces por el susto de muerte que se habían llevado. Gilbert concluyó que Alexander tuvo razón desde un principio y Francis, haciendo a un lado la vergüenza de su tremenda actuación en el salón que estaba en frente, se sintió bastante tonto por el circo que había montado. Alexander no distaba mucho del francés recordando sus propios ataques de pánico, minimizándolos ahora mientras Antonio, entre risas, se burló del pseudo fantasma y de lo "aterrador" que era hasta que escuchó uno de los retratos que estaban sobre la chimenea caer, haciendo que todos se callaran. El español no supo qué hacer en ese momento y, jugando una última vez para quitar el ambiente pesado que empezaba a crecer, decidió preguntar una vez más.

—¿Ahora sí nos podemos ir?

Gilbert rebobinó la grabación y, para sorpresa de todos, justo después de la voz de Antonio se pudo oír algo más.

Por favor.

—¡Oh, por favor! —se quejó el inglés en voz alta desde su sitio, mirando a sus compañeros—. No creerán que es cierto ¿O sí? —y pudo jurar que se indignó un poco al no oír una negativa rotunda, haciéndole bufar. Le dio una señal al alemán quien, ni corto ni perezoso, encendió la grabadora nuevamente esperando que el inglés hablara—. ¿Qué carajos eres?

El ambiente se quedó totalmente en silencio y la cara de horror por lo oído de los otros tres no se hizo esperar. Miraron con terror el aparato que nunca llegó a sonar y, al reproducir el sonido, no escucharon más que la voz de Alexander con la misma pregunta.

—¿Ven? ¡Se los dije!

Estuvo a punto de reírse cuando vio las muecas de los tres contraerse de una forma bastante exagerada, pero la risa quedó atascada en su garganta cuando un frío intenso recorrió su nuca y congeló sus nervios, cortando toda palabra que estuvo a punto de salir de sus labios.

Gilbert, quien estaba sentado frente a Alexander, sólo podía ver con terror absoluto cómo es que alguien se asomaba por detrás del inglés con la cabeza agachada, notando apenas el color rubio de sus cabellos. El grito nunca salió de su garganta y su cabeza, mandando al diablo su cordura, no daba crédito a lo que sus ojos veían sin darle la oportunidad de reaccionar o, siquiera, moverse de su lugar.

Alexander sintió el aliento helado sobre su oído y la misma voz de ultratumba que había escuchado en la grabadora susurrar un único nombre que juraría no iba a olvidar nunca en su vida. Sintió que el corazón dejó de latirle cuando unos dedos empezaron a subir por su hombro y un par de labios congelados rozaron su oreja repitiendo el nombre una y otra vez hasta que una mano cogió la suya y lo tiró hacia adelante, arrastrándolo sin darle tregua a pensar. Su cuerpo reaccionó después de unos segundos, levantándose torpemente y empezando a correr a todo lo que sus piernas podían dar mientras su mano se aferraba a la otra con completa desesperación. Francis y Antonio corrían adelante, gritando cosas que nunca llegaron hasta él, no con esa voz resonando aún en sus oídos.

Alexander corrió y corrió como nunca antes lo había hecho en su vida. Atravesó el comedor principal y el inmenso pasillo que comenzaba a hacerse eterno e infinito cuando por fin iba siendo consciente de lo que había pasado y eso, lejos de calmarlo, había hecho que el horror alcanzara nuevos límites. Sus piernas ardían para cuando había llegado al recibidor y sus pulmones imploraban aire y un descanso, cosa que ni siquiera cruzó por su mente cumplir ahora ni nunca.

Francis y Antonio, en iguales circunstancias, corrían, tropezaban, se levantaban y seguían corriendo a la cabeza mientras Gilbert, gritando, tomaba con fuerza la mano del inglés como si ésta fuera el único nexo que lo atara la vida. Tiró de él con fuerza y esquivó cuanto mueble amenazaba con retenerlos y dejarlos con lo que sea que estaba allí, en ese comedor. Las lágrimas brotaban sin que pudiera retenerlas, recordando la imagen en su cabeza mientras gritaba a todo pulmón a Antonio y a Francis que abrieran la puerta de la casa a como diera lugar... Y así lo hicieron.

Apretó con mayor fuerza la mano de Alexander, negándose a dejarlo atrás, y cruzó el jardín a todo lo que pudo dar, rezando que el otro estuviese con al menos un mínimo de lucidez como para darse cuenta de cualquier obstáculo que los pudiera hacer caer y evitarlo. Corrió por las piletas, por el maldito pasto que había crecido sin control ni cuidado por casi un siglo hasta que pudo ver la reja al final del camino y, en un último esfuerzo, exigió a sus extremidades como nunca con la única finalidad de salir de esa maldita propiedad de una vez por todas.

El inglés no notó que lloraba hasta que el frio del jardín golpeó su cara y revivió aquella sensación fría del comedor, ahogándolo en un terror que nunca antes había experimentado. Sus piernas, actuando casi por cuenta propia, lo llevaron hasta la reja que horas antes habían forcejeado, y la cruzó, dándole una sensación de paz abrumadora que lograba reconfortarlo y hacerlo sentir seguro de nuevo... Y es cuando la curiosidad, vil y engañosa, le hizo girar el rostro sólo para ver a un chico rubio en la entrada de la casa dándoles la espalda, vestido con la misma ropa con la que le vio cruzar la zona principal de la segunda planta cuando inició la maldita noche de la que se arrepentirá hasta el fin de sus días.

Por unos segundos, pudo oír su risa, la misma que oyó cuando salieron del último cuarto del pasillo de los dormitorios de la familia, el de Albert y Elizabeth. Sus ojos se abrieron de par en par cuando lo vio entrando de nuevo a la casa, cerrando las puertas tras él mientras el nombre, el mismo que le había susurrado antes en el comedor, volvía a hacerse presente como si estuviese ahí afuera a su lado, diciéndoselo nuevamente al oído.

Arthur.

Y aunque estuvieran ya a varios metros de la Casa Kirkland y sintiera que algo de él se quedó allí adentro, no se supo capaz de soltar la mano de Gilbert porque, literalmente, era lo único que lo aferraba a la cordura en ese momento.