MJ Keehl: Hola! Aquí está :) Espero que te guste y gracias por tus palabras. Saludos!
Cam-2002: Hola! Síiiii, Kenshin es un ser de luz, tan divino y humilde :) Espero que este capítulo sea de tu agrado. Saludos!
Ane himura: Hola Ane! Cuánto tiempo, qué bueno que estés por acá! Kenshin, como siempre, un amor... Me alegro que te haya gustado y espero que este también. Saludos!
Parte Dos
Pasaron las semanas y se seguían viendo muy a menudo los dos, pero menos a Sano, debido a que este último se hallaba muy ocupado cortejando a la doctora de la ciudad, llamada Megumi. Y ya que no había nadie con ellos que rompiera el hielo continuamente con bromas y enfureciendo a cierta tanuki, Kaoru y Kenshin se volvieron cercanos y cómodos el uno con el otro. Especialmente Kaoru, quien ahora era propensa a golpear a Kenshin cuando este hacía algo estúpido, y el samurái sólo murmuraba Gomen nasai y corregía lo que fuera que hiciera mal.
Luego llegó lo inevitable, que ambos estuvieran destinados a sentir algo mucho más profundo que amistad el uno por el otro. Kaoru comenzó a padecer ataques de sonrojo cada vez que Kenshin accidentalmente (o mejor dicho, intencionalmente) rozaba su mano con sus dedos cuando le alcanzaba o recibía algo, y cada vez que ella se daba cuenta de que era observada a lo lejos. Kenshin, por el otro lado, comenzó a tartamudear cada vez que Kaoru posaba sus ojos sobre él mientras decía alguna cosa, y tropezaba cuando ella lo honraba con una sonrisa.
La tensión fue evidente entre los dos cuando Sano retomó sus comidas con ellos. El hombre más alto era el único que llenaba el silencio mientras comían. Kaoru ya no lo llamaba Cabeza de gallo y ya no lo aporreaba a cada minuto. Kenshin parecía decidido a enfocarse sólo en su comida y en terminarla. Después de varios días de la misma rutina, Sano decidió preguntar.
"¿Acaso pelearon?" quiso saber, mirando a Kaoru, luego a Kenshin, y de nuevo a Kaoru, quien hizo un ruidito. "¿Y?" la instó.
""Nosotros... anou... no peleamos," respondió ella pobremente, con una especie de sonrisa forzada.
No muy convencido, Sano se volvió hacia Kenshin. "¿Es verdad, Kenshin?"
Levantando la vista, el samurái dijo suavemente, "Hai." Pero sus ojos le transmitieron al más alto que no hiciera más preguntas o habría consecuencias.
Pero Sano no le prestó atención a la advertencia, ya que volvió a centrarse en Kaoru. "Ne, Jou-chan, ¿acaso ustedes dos ya se acostaron?"
Esa pregunta hizo que la persona en cuestión se sonrojara y que Kenshin se atragantara con su comida.
Fulminándolo con la mirada, Kaoru miró a su insistente amigo. "Oi, Cabeza de gallo, ¿quieres que cocine para ti o qué?"
Aquello provocó que Sano dejara de masticar y una sonrisa suya respondiera a su pregunta.
Era el día de descanso en la semana para todos los agricultores y demás trabajadores, y Kaoru lo usaba para limpiar la casa, lavar la ropa, y practicar kendo. Tarareaba mientras caminaba por el pequeño patio trasero sin notar que alguien había llegado a su casa. Y ese alguien la contemplaba con una sonrisa antes de desaparecer en el interior del hogar, para después reaparecer cargando la ropa sucia.
Ella barría metódicamente, hasta que dio un paso hacia atrás y chocó levemente con alguien. Pero se sobresaltó tanto que gritó y se dio la vuelta para ver unos sorprendidos ojos violetas mirando fijamente sus propios ojos azules, antes de que se agrandaran y miraran hacia abajo. Siguiendo su línea de visión, ella vio sus ropas hechas un bulto en el suelo.
"¡Kenshin! ¡¿Qué crees que estás haciendo con mi ropa?!" le preguntó, olvidándose de que la asustó escabulléndose detrás de ella y concentrándose en lo que el samurái intentaba hacer con sus prendas, que ahora levantaba.
Kenshin observó su rostro severo desde su posición agazapada, respondiendo, "¿Lavarla?" de una manera que sonaba insegura pero determinada. Luego, siguió juntando la ropa, con la mirada gacha para no ver esos ojos azules abiertos de incredulidad y alarma.
"¡Kenshin!" Chilló Kaoru, soltando su escoba y arrodillándose apresuradamente, recogiendo toda la ropa que podía. "¿Cómo puedes siquiera pensar que te dejaré lavar alguno de mis kimonos?" refunfuñó, mientras tiraba con fuerza de la yukata que ella y el samurái pelirrojo alcanzaron al mismo tiempo. "Te dejé cocinar ya que no puedo hacer una comida decente, pero soy muy capaz de hacer otras tareas," prosiguió, mientras trataba de quitarle el atuendo a Kenshin.
Pero él se aferraba, sin cederle nada a ella. "Pero quiero ayudarte," razonó, tomando las ropas que ella había logrado recoger.
El tire y afloje continuó por un rato, con cada uno haciendo todo lo posible para sacarle una prenda de vestir al otro.
"Pero tú estás ayudando," le dijo ella, concentrada en sus ropas sucias, y no en lo que estaba diciendo. "Mantienes la paz en la aldea. Mantienes alejados a los malhechores. Me preparas comida, incluso no tienes que hacerlo porque eres el administrador aquí y soy yo quien debería servirte, no al revés. No abusas de tu poder y haces lo que es justo. Eres muy amable y es lo que más aprecio de ti. Tienes una voz tranquilizadora y tus ojos destellan un color ámbar cuando sientes emociones intensas... como ahora," se calló, finalmente notando que su "guerra" había cesado y que sus brazos estaban llenos de ropa, y que él la miraba fijamente. Tragó grueso, recordando vagamente lo que había dicho. "Ano sa..."
"Tus ojos son azules... de un perfecto azul," dijo él con suavidad mientras extendía la mano para tocarle una mejilla.
Su corazón se aceleró ante su caricia. "Kenshin..."
"Hai..."
Él se estaba acercando, con la nariz impregnándose con el perfume de jazmín. Ya podía sentir su aliento en los labios...
