Notas de la autora: Las notas anteriores se sienten demasiado precisas como para siquiera cambiarlas.

Recuerdo cuando esto inicialmente iba a ser un one-shot y miren, ya vamos por el Capítulo 5.

No me culpen, por favor.

De verdad, les puedo jurar que este fic se está escribiendo solo. Por ejemplo, no tenía planeado en un inicio como sería la casa y, de hecho, esta se creó a medida que iba escribiendo, así como las habitaciones y pasillos y demás, así que muy seguramente no tenga congruencia arquitectónica x'D Igual con lo que iba a pasar durante los cuartos o cómo es que iba a surgir la historia de la casa, la familia, y qué tan involucrado iba a estar el BTT en esto.

Todo ha sido creado durante la marcha, inclusive los finales.

Sí, esta cosa tiene cuatro "finales", por decirlo así xD

Espero que este fic les agrade tanto como estoy disfrutando escribiéndolo.


AU: Humanos
Ship: USUK/UKUS
Advertencia: Intento de historia de horror
Disclaimer: Hetalia y sus personajes le pertenecen a Himaruya Hidekaz


Arthur.

No había pegado el ojo en toda la noche.

Arthur.

Ninguno había dicho algo sobre lo que pasó dentro de la casa, pero sus rostros eran capaces de decir todo sin necesidad de palabras.

Arthur.

No pudo soltar la mano de Gilbert y, a través de ella, pudo ver cuán fuerte ambos temblaban. Agradeció tanto que no le apartara ni se burlara.

Y así fueron en silencio, caminando hasta que sus pasos se separaron y cada uno se fue por su lado.

Arthur.

Había llorado como un niño pequeño una vez que volvió a casa a escondidas y se coló en su habitación sin ser visto, arropándose bajo las mantas mientras temblaba.

Arthur.

¿Qué habría pasado si lo hubiesen dejado allí y hubiese visto a los tres correr, cada vez más lejos de él?

Cada vez que cerraba los ojos veía esa posibilidad: Francis, Antonio y Gilbert corriendo, dejándolo atrás mientras esos dedos se aferraban a su piel con fuerza y era tirado nuevamente... Esta vez hacia atrás.

Arthur.

Y aun cuando la mañana llegó y el sol se coló por la ventana y a través de los hilos de las mantas, se sintió incapaz de salir de la cama, de esa seguridad fantasiosa que tienen los niños al esconderse bajo las frazadas.

Arthur.

Juntó todo el coraje que pudo y, aún con pánico, salió de su pequeña fortaleza hasta poner un pie sobre la madera. Al menos no tendría a nadie que le molestara sabiendo que el último de sus tíos salió ya de la casa y su madre había hecho lo mismo hace un par de horas atrás.

No tenía ganas de responder preguntas.

Arthur.

Aún podía oírlo si cerraba los ojos, aún podía oírlo cuando fue hacia el baño y se miró al espejo con temor de verlo ahí todavía, tras él.

Tenía miedo, como nunca antes lo había tenido.

Arthur.

Cada vez que cerraba los ojos bajo el agua de la ducha, cuando llevaba la mano hacia aquel mismo lugar en donde eso le había tocado.

Arthur.

Cuando sintió que su mente aún estaba perdida entre los muros de esa maldita casa, como si nunca hubiese salido de allí... Hasta que cae en un hecho simple y plano, tan palpable que le hizo abrir los ojos y fijarse en el rostro demacrado que encontró tras el espejo.

Nunca hubo un niño en la mansión Kirkland ese día.

Bajó por las escaleras casi corriendo, viendo el reloj de péndulo de la sala notando que aún estaba a tiempo de llegar a la clase de las diez de la mañana. Tomó la mochila que había dejado tirada sobre el sillón la noche anterior y salió corriendo de la casa directamente había la facultad, plenamente consciente de que algo no cuadraba.

Y sabía a la perfección que no podría seguir hasta sacarse la espina.

Detuvo sus pasos y giró, desviándose a la biblioteca local ignorando la única clase que tendría en el día, y se internó entre los registros locales, los periódicos de aquel año y las decenas de libros que, bien sabía de memoria, hablaban de alguna forma de la familia Kirkland y de su casa.

Fue hasta el corredor más antiguo del lugar y sacó libros y revistas de él, haciendo una pila que prontamente llevó hasta la sección de computadoras que estaba en una esquina cercana a un escritorio bastante grande donde podía dejar las cosas. Tomó asiento y, preparándose para la investigación, encendió el ordenador abriendo el registro electrónico de las portadas de los antiguos periódicos que pudieron ser registrados y escaneados.

Construida en el año 1890 por encargo del abogado y empresario Albert Kirkland, la Casa Kirkland toma modelos nacionales, priorizando el Tudor, y europeos, como detalles alemanes, franceses e hispanos, creando una obra de arte en donde él y su familia residen desde que la construcción finalizó tras casi dos años de trabajo arduo.

Releyó a detalle el artículo referente a la casa y lo alabada que fue en su época y, de pronto, volvió a la noche anterior armado con la linterna en la mano y una mochila en la espalda recorriendo los pasillos y cuartos que, ahora mismo, podría detallar con incluso mayor precisión que lo que encuentra entre líneas.

Se oficializa la unión de los Kirkland y los Bloch.

Albert Kirkland y Gérard Bloch hacen pública la nueva alianza de sus casas a través del compromiso de Arthur y Charlotte, hijos mayores de ambas familias. Se espera que, con el futuro matrimonio de los adolescentes, la nueva asociación mantenga una postura más sólida en la sociedad británica y francesa, reafirmando su estatus como una de las alianzas económicas más fuertes de los últimos años.

La foto de la muchacha sale a colación y, para lástima suya, la parte del periódico donde está la imagen del hijo de Albert está demasiado desgastada como para saber siquiera cuáles son sus rasgos.

Familia Kirkland es asesinada en su propia casa.

Esta mañana, Londres se viste de luto. Albert Kirkland y su familia son encontrados muertos en el comedor de su mansión en una escena macabra, descubierta por sus propios empleados a primeras horas del día. Voceros de Scotland Yard presumen que la hora del deceso ronda alrededor de las diez de la noche del día de ayer.

Fuentes cercanas al Departamento de Policía dejan entrever que la causa probable de muerte sería envenenamiento y que el principal sospechoso forma parte de los trabajadores de la casa.

Revisó a mayor conciencia las entradas, buscando por detalles que tal vez se le saltaron la primera vez.

La maldición Kirkland se lleva a uno más.

Charlotte Bloch, a sus veintitrés años, es sepultada el día de hoy en una escena conmovedora. No hay pompas ni una ceremonia acorde a su nombre, tampoco hay concurrencia de personas, salvo miembros íntimos de la familia.

Los rumores se cumplieron: la Iglesia se niega a darle un entierro a la joven después de que las investigaciones establecieran que se trataba de un suicidio.

Por un momento, sintió lástima de la chica por lo que había pasado, a lo que había sido orillada a hacer y cómo fue que resultó su final, incluso después de la muerte. Estuvo a punto de pasar la página, pero un detalle le llamó la atención significativamente.

Veintitrés años.

Buscó de inmediato algo cercano a la fecha, con el nombre de los Kirkland marcado en el titular.

La última sobreviviente de la familia maldita guarda silencio.

Diane Hamilton vuelve a Londres tras estar dos años alejada de la sociedad inglesa. Ella, vestida por completo de negro en un conjunto simple y casual, lejos del glamour al que nos tenía acostumbrados, baja del avión junto a su esposo, Frederick, y el pequeño William en brazos. Se niega a declarar y, según amistades cercanas a la familia, se rehúsa a recibir visitas y rechaza cualquier mención referente a la tragedia.

Los Hamilton se convierten en los herederos absolutos de la fortuna y la Casa Kirkland.

Cuando menos lo nota, ya lleva las tres cuartas partes del archivo de periódicos leídas. Exhala, sintiendo que los ojos le arden por el cansancio y se recuesta en el respaldar dispuesto a tomar un poco de aire. Mira su reloj de muñeca y apenas nota que es la una de la tarde, pensando en cómo diantres han pasado tres horas sólo revisando portadas de periódicos a través de un lector y uno que otro artículo en físico que está escondido en los pasillos más viejos de la biblioteca local.

Agita la cabeza un poco para desperezarse y, con ánimos renovados y la curiosidad cada vez más intensa, vuelve a buscar entre los títulos de diarios viejos y magazines perdidos en el tiempo.

Diane abandona la Casa Kirkland.

Tras no más de un par de meses en el lugar, la única hija de Albert y Elizabeth, fallecidos ambos a los cuarenta y dos años, abandona la propiedad sin dar alguna explicación, clausurándolo definitivamente.

La joven madre de familia y esposa, de veinticuatro años, deja atrás la casa que se llevó a su hermano mellizo un año atrás, y a su hermano adoptivo, Alfred, de diecinueve.

Ofertas de compra de empresarios, nobles, ingenieros, historiadores y personas de las más altas esferas de Europa han sido rechazadas desde entonces, quedando la propiedad inhabitada desde que sus últimos ocupantes desalojaran el lugar.

¿Será acaso la maldición de la familia? ¿Habrá quizás algo oculto detrás de esas paredes?

Alexander se detiene por unos segundos y relee los últimos párrafos, repasando las edades hasta toparse con la última.

Diecinueve.

Alfred tenía diecinueve cuando murió.

Bufó con fastidio, apoyándose nuevamente en el respaldar.

Los abuelos eran bastante mayores, considerando que eran los padres de Elizabeth. Albert y su esposa estaban en sus cuarenta, Arthur apenas llevaba veintitrés... Y luego estaba Alfred, el menor de todos, que apenas iba a llegar a los veinte.

Retrocedió los títulos mucho más atrás del incidente, hasta la fecha del incendio.

Infierno en la tierra.

Incendio consume las calles de Notting Hill, dejando un saldo de tres víctimas mortales, una docena de heridos y cuantiosos daños materiales. Entre los fallecidos figuran Amelia y Abraham Jones, empresarios estadounidenses que empezaron a robarse los titulares de tabloides y columnas de interés nacional y económico durante los últimos meses en toda Gran Bretaña.

Su único hijo queda en orfandad.

El apellido fue suficiente para parar e iniciar el lento camino hacia adelante.

¿Desafortunado o ganador de la lotería?

La Corte Suprema, tras meses de expectativa por los medios y el resto del país, se decide a dar la custodia de Alfred Jones a Albert Kirkland, convirtiéndose en el tercer hijo de una de las familias más influyentes del Reino Unido.

El menor, de cuatro años, tiene ahora los reflectores del Reino Unido puestos sobre él.

La nota está coronada por la foto de primera plana de quien cree ser el ahora nuevo padre de Alfred y el niño, pero, una vez más, la imagen está tan deshecha que le es imposible distinguirla.

Arthur tenía ocho años.

Sigue buscando y buscando hasta que, prontamente, se vuelve una empresa destinada al fracaso. Revisa una vez más sin éxito, volviendo a ver el apellido sólo cuando la mención del homicidio se vuelve un encabezado recurrente en los papeles... Y lo deja por la paz, poniéndose de pie y estirando un poco las piernas entumecidas después de pasar horas allí, mucho más de las que tuviera previstas. Suspira, estira sus brazos y sus ojos van de inmediato hasta el reloj, marcando las tres y media de la tarde y su estómago cruje en respuesta.

Cuelga su mochila al hombro y, con cuidado, toma la pila de libros dispuesto a devolverlos, avanzando hasta el viejo estante. Coloca el primero y el que sigue, y así sucesivamente, hasta ir acabando la montaña de escritos que sacó al inicio de la jornada. Empuja con cuidado, esperando que todos entren por lo atiborrados que están, y es cuando se percata que hay uno pequeño que impide guardarlos todos, uno que desentona completamente con el resto.

Un libro de Wilde, uno de sus autores favoritos.

—Una casa de granadas —susurra inspeccionando la portada y abriéndolo, fijándose en la fecha de publicación y ese aroma curioso que los libros antiguos suelen tener.

Sonríe y, entonces, pasa las hojas y se encuentra con el índice, leyendo el contenido con una familiaridad que sólo un ávido lector puede tener. Lee el título del primero de todos, El Joven Rey, y se pierde en sus líneas hasta llegar a la hoja final del cuento y previa al siguiente, dándose cuenta de una anotación en la mitad de la página que ha quedado vacía en sus tres cuartas partes.

Una caligrafía perfecta que le llama a leer.

Para mi más querida rosa:

Aunque el Rey viejo y egoísta haya designado su camino,
estoy seguro que el Joven Rey obrará como lo ha hecho hasta ahora.

Tras un manto simple y humildad en cada acto,
me ha enseñado que se hace mucho más con mucho menos.

Y ahora soy yo quien se siente incapaz de mirarle a la cara.

¿Me dejarías cantar una última vez para ti?

El ruiseñor.

Los nombres saltan a la vista, así como el contenido, pero es incapaz de entenderlo del todo. Lee una, dos, tres, cuatro y cinco veces sin descifrarlo del todo, dejándolo con un sabor amargo en la boca. Desiste entonces, cerrando el libro y lo devuelve a su lugar, notando como una pieza de papel cae al piso después de marcar una espiral en el aire alivianando su descenso. La mira con curiosidad y se agacha, tomándola delicadamente temiendo quebrarla por la antigüedad que tiene visiblemente.

Kirkland.

Lee la única palabra escrita en la parte en blanco, con la misma caligrafía empleada en la nota del final del cuento, haciendo que la curiosidad aflore por completo. Mira una vez más el libro que aún tiene en su mano y gira el papel, descubriendo la fotografía de un chico de cabellos claros y ojos alegres que lo miran desde una imagen en blanco y negro, detenida en el tiempo. Busca alguna otra anotación o, si quiera, las líneas de lo que alguna vez la tinta pudo haber marcado en la fotografía, pero no encuentra nada. Mira una vez más al chico de unos doce o catorce años que mira con soltura y diversión al lente, viéndolo vestido con ropas de aquella época... Cuando un sonido seco lo distrae haciéndolo levantar la cabeza, temiendo por un segundo ver al chico delante suyo, viéndolo tal cual lo hace ahora desde su mano.

—¡Les dije que estaba aquí! —escuchó entre risas, viendo al alemán estirar su mano en dirección al español quien, haciendo un puchero, le puso un billete en la palma extendida.

No pudo evitar suspirar de alivio.

—Tuviste suerte hoy —respondió Antonio, perdiéndose en una pequeña disputa con Gilbert que, honestamente, Alexander no tenía ganas de oír.

Francis dio un paso hacia adelante, ignorando a los otros dos.

—Hay algo de lo que tenemos que hablar y muy probablemente no te vaya a gustar.

Pudo ver como Antonio y Gilbert cesaban de pronto su pelea y se acercaban a él, mirándolo con duda.

Temía lo que estaba por venir, pero sabía, desde que volvió a casa, que era solo cuestión de tiempo para llegar a esto. Asintió completamente rendido, pidiendo que lo esperaran afuera mientras él terminaba de guardar los libros y los tres aceptaron, muy seguramente porque sabían que no estaban en posición de presionarlo.

Inspiró hondo y exhaló con pesadez, pensando en lo idiota que era. Metió la fotografía dentro del libro y, mirando hacia los lados sin hallar algún posible testigo, se decidió a esconderlo en su mochila más por una mera corazonada que por la adrenalina que podría sentir por cometer su primer acto delictivo... Y salió corriendo, sin querer pensar las cosas por temor a arrepentirse.

De verdad, esperaba no tener que hacerlo en el futuro.


Notas de la autora (segunda parte):

Bloch, por Rosine Bloch. Fue una mezzosoprano francesa que interpretó a Amneris de la ópera Aida de Verdi. ¿Por qué ella? Porque resume un poco el puesto de Charlotte. Ella estaba enamorada de Arthur y estuvo comprometida con él -como Amneris con Radamés-, aunque supiera que estaba enamorado de alguien más. Y el final de la ópera y de Aida, Radamés y Amneris es lo que pasa con estos tres: Charlotte queda viva llorando por Arthur mientras él, sin que ella lo supiera, yace muerto con la persona que amó en vida.

¿Spoiler? No, las pistas estuvieron allí, sólo que no las quisieron ver (?).

El Joven Rey. Es un cuento del libro Una casa de granadas de Oscar Wilde, publicado en 1891. El cuento trata de un joven que será coronado Rey después de que su predecesor estuviera ya en su lecho de muerte, mandado a llamar más por un tipo de expiación y para que el trono siguiera en su linaje. El joven tiene tres sueños en los que ve que su gente es explotada para hacer su manto, su cetro y su corona por lo que, cuando llega el día, este prefiere ser coronado en ropas viejas y comunes, siendo la burla del pueblo en general y del Papa. Al llegar a la catedral, el Papa decide que no lo coronará así, en ese momento, al reconocer que la gente veía las cosas de una mala manera, "el joven rey" decide orar, y por arte divino surge una luz, aparece un "ser divino" que lo viste con cosas hermosas, pero usando elementos brindados por la naturaleza. Así que después sale de la catedral vestido de esta manera y todo el pueblo queda anonadado, citando la última frase "Y el joven rey bajó del altar mayor y regresó a palacio pasando entre su pueblo. Pero nadie se atrevió a mirar su rostro, pues era como el rostro de un ángel."

El Ruiseñor y la Rosa. Estoy segura que éste lo conocen xD El emisor le llama la Rosa, pues es su manera de decir que "llegó hasta su corazón" de una forma amarga y dulce al mismo tiempo, sin arrepentirse de lo que hizo.

Oscar Wilde. Es un escritor de la época victoriana. ¿Por qué él de todos los autores? Porque es británico (irlandés, pero meh. En ese tiempo era del Reino Unido) y es uno de mis autores favoritos por su ingenio y capacidad de expresar, porque le escribía a su amante y amigo Alfred Douglas -haha- y, sabiendo lo anterior, era homosexual.

¿Recuerdan la obra de los capítulos anteriores?

De profundis.

Créanme, todas tienen un significado.

Y eso que hubo un par de referencias en los capítulos pasados que nadie pilló (?).