¡Capítulo final!
Cam-2002: Todas queremos un Kenshin en nuestras vidas, es una lástima que no exista :( Espero que este capítulo final te guste y responda tu duda de si el pelirrojo va a ser tierno.
indii93: ¡Gracias a vos por leerlo y comentar! Espero que este final sea de tu agrado. ¡Saludos!
Shaiwase: Me alegro que te haya parecido hermoso. Espero que este también. :)
Parte Tres
"¡Oi, Jou-chan! ¿Dónde estás?" una voz fuerte los sobresaltó, provocando que la ropa que recogieron se cayera nuevamente al suelo.
Kaoru rio y Kenshin, con una sonrisa dedicada a ella, exclamó, "¡Estamos en el patio!" antes de volver a juntar la ropa.
La estaba ayudando a levantarse con su mano libre, la mano de ella se sentía tan cálida, hasta que Sanosuke apareció en el porche.
"¿Acaso interrumpí algo?" Les preguntó divertido, con un esqueleto de pescado de la boca mientras se apoyaba contra una columna.
"¡Mou, Cabeza de gallo! Sólo me estaba ayudando a levantarme," chilló Kaoru, ya de pie, arrojándole su calzado de madera al hombre. A lo cual, dicho gallo apartó la cabeza justo a tiempo.
"Así que estás a la defensiva, ¿ne?" Dijo alegremente.
"Sano..." Le advirtió Kenshin al hombre alto.
Sano le sonrió al samurái. "Bueno, ¿qué hay para almorzar?"
El cielo relucía con miles de estrellas titilando en la oscuridad de la noche. El viento soplaba gentilmente, alborotando las hojas de los árboles y haciendo ruidos que rompían la quietud de la noche.
Kenshin y Kaoru estaban sentados uno al lado del otro en el porche, la cabeza de ella descansaba sobre el hombro izquierdo de él, y la mano masculina cruzaba sobre su espalda para descansar en el piso, mientras sus otras manos se entrelazaban entre sí. Ambos estaban a gusto sin hablar. Sólo revelando su presencia el uno al otro, ya que era el único momento del día que podían estar juntos sin preocuparse por apariciones súbitas o reputación. Si bien toda la aldea no podía contrariarse con el samurái que los supervisaba, era totalmente diferente cuando se trataba de la joven granjera. Algunos dirían que era una afortunada. Otros, que era una oportunista. Y otros más dirían que, finalmente, alguien la cuidaría de ahora en más. Otros la envidiarían. Pero en general, revelar su relación fuera de los confines de la casa de Kaoru le traería desagradables consecuencias a la chica.
Era bueno, entonces, que sus vecinos no hubieran encontrado nada que les intesara aún. Con las frecuentes visitas de Kenshin al principio, no encontraron nada más que amistad y compañerismo entre ellos y Sanosuke. Incluso cuando el hombre alto disminuyó sus visitas y se quedaba en su casa, no tenían pruebas suficientes de que esos dos fueran más de lo que aparentaban al mundo: amigos cercanos. Porque era entendible cómo había sucedido, ya que el samurái había comenzado a hablarles a los aldeanos pocos días después de acercarse a Kaoru y a Sano. ¿Y las visitas nocturnas? ¿Por qué nadie sacaba conclusiones de eso? No muchos sabían que Kenshin podía moverse tan rápido que parecía un manchón borroso, haciendo imposible que un observador casual lo notara.
Sin embargo, en ese momento, las opiniones de los aldeanos sobre ellos estaban lejos de sus pensamientos. Kenshin había sido informado que se le había designado a una nueva aldea, en algún lugar del norte, hasta que el shogun encontrara a alguien que se hiciese cargo, y no sabía cuánto tiempo permanecería allí. Se marcharía dentro de tres días y todo lo que sabía era que se quedaría dos meses como mínimo.
Dos largos meses en un lugar desconocido, con camaradas que no había visto en años, y sin una Kaoru que lo golpeara con su escoba o bokken. Inconscientemente, su brazo rodeó la cintura de la joven, a lo cual ella respondió con un beso sobre su hombro.
"Ne, Kenshin," comenzó a hablar Kaoru, pasando la mano por el borde de su yukata. "¿Por qué yo?" Preguntó con tranquilidad, mientras apretaba la prenda.
"¿Hmmm?" Murmuró él, bajando la cabeza para verla. "¿A qué te refieres con por qué tú?"
Ella suspiró, separó su cabeza del hombro del pelirrojo y lo miró. "De todas las mujeres aquí en la aldea, ¿por qué te gusto yo? Una chica... poco femenina en muchos sentidos... alguien sin habilidades en la cocina... alguien que siempre golpea a los que la molestan... alguien que-"
Un dedo índice sobre sus labios cortó su diatriba. "Has enumerado algunas de las razones de por qué lo hago..." Sus ojos se ensancharon y él le sonrió con ternura. "Sólo lo hago, Kaoru. Es difícil enumerar las razones de por qué te encontré atractiva o por qué me siento de esta manera. No sólo porque tu cabello se siente como seda cuando lo toco," y dicho esto, su mano liberó el cabello de su cinta. "O porque tu piel se ve y se siente como la leche..." Su otra mano acarició la mejilla de la chica. "O la manera en que tus ojos se oscurecen en un profundo azul oscuro... Y tus labios..." Se inclinó y dejó que sus labios rozaran los de Kaoru, sin apartar sus ojos de los de ella, permitiéndole ver las emociones que destilaban, antes de capturarlos en un beso.
Un beso tan dulce. Un beso lleno de promesas. Un beso que lo decía todo. Un beso que se volvió cada vez más apasionado y exigente.
Y Kaoru cedió, dejando que Kenshin cuidara de ella.
Más tarde esa noche, mientras se acurrucaban en el porche con unas mantas, Kaoru no pudo evitar sentirse desgarrada ante la idea de la partida de Kenshin. Durante esos últimos meses en los que habían sido amigos y luego algo más, se había vuelto dependiente de él. Porque durante años, sólo se había tenido a sí misma, y luego llegó Sano, quien la trataba como un hermano mayor lo haría. Finalmente tenía a alguien a quien llamar familia. Alguien con quien pudiera discutir, alguien con quien se podían molestar, alguien con quien pudiera descargar sus frustraciones... Pero lo más importante, alguien con quien hablar, alguien que velara por ella... y alguien de quien depender.
Después, Kenshin llegó y su mundo volvió a cambiar. Pero esta vez, no lo veía como un hermano. Lo veía como... alguien que pudiera cuidar de ella. Alguien con quien pudiera compartir esperanzas y sueños. Alguien a quien pudiera mirar por horas sin cansarse. Alguien con quien pasar toda la noche conversando o sólo permanecer en silencio. Alguien con quien...
Alguien con quien pudiera pasar el resto de su vida.
Y casi comenzó a pasarlo con él. Kenshin había pedido su mano en casamiento una semana atrás y ella había aceptado feliz. Pero tenía que ir e informar a sus superiores y a obtener su aprobación primero antes de poder proceder con la boda. Él se había mostrado positivo con que le darían su consentimiento fácilmente y sin dudar. Pero volvió temprano esa mañana con un rostro inescrutable. Se negó a hablar de lo sucedido hasta que no pudo más y le dijo que no le habían dado el permiso y que si se atrevían a continuar con su locura, ellos y toda la aldea pagarían las consecuencias. Al escuchar esas palabras... ella salió corriendo de la casa, con las lágrimas cayendo por su rostro, sin prestar atención al llamado de Kenshin. Corrió y corrió, hasta que sintió como si de repente le hubieran arrebatado toda su fuerza y cayó sobre sus rodillas, con su cuerpo sacudiéndose violentamente mientras lloraba.
Kenshin la encontró dos minutos después y tuvo que detenerse y mirarla antes de recordar por qué ella estaba allí y por qué él la había seguido. Allí, a la orilla del río, ella estaba sentada sobre sus rodillas, con las manos cubriendo su rostro mientras su cuerpo se sacudía con sollozos desgarradores... y estaba rodeada por cientos de luciérnagas. Pasó un minuto entero antes de que él se moviera, la levantara y la llevara de regreso a casa, donde ella continuó llorando contra su pecho. Él acariciaba su espalda, arrullándola, tranquilizándola. Era todo lo que podía hacer para evitar quebrarse él también. Necesitaba ser el fuerte entre los dos porque ella ya había sido lo suficientemente valiente por sí sola.
Y aquello la había llevado a cuestionarlo, después de que él la calmara y enjugara sus lágrimas. Lo cual los llevó a acercarse y descubrir sus cuerpos. No debió haber permitido que sucediera, por mucho que él también lo quisiera. Es que cuando se fuera, quién sabe cuándo volvería. Y no podía tener a Kaoru pensando que se estaba aprovechando de ella.
Suspiró, rodeándola silenciosamente entre sus brazos, con seguridad. "Te amo. Recuérdalo siempre. Pase lo que pase, te amo." Besó su frente con amor, apretándola contra sí cuando la sintió estremecerse. "Volveré. No importa cuánto tiempo me lleve, lo haré." Era una promesa que mantendría.
Ella asintió. "Y yo te esperaré." Y lo haría.
Los siguientes dos días pasaron como un suspiro mientras trataban de pasar cada momento juntos. Había miradas furtivas, toques... Y pasaban las noches en los brazos del otro.
Cuando llegó el día de la partida de Kenshin, este despertó temprano, más temprano que de costumbre, y se escabulló de los brazos de Kaoru, siendo cuidadoso para no perturbar su sueño. La contempló dormir, mientras memorizaba la manera en que sus pestañas se abanicaban contra sus mejillas, la forma en que sus labios se separaban, la manera en que su pecho subía y bajaba al compás de su respiración, la manera en que sus manos se aferraban a las sábanas... Suspirando, se dio la vuelta y recogió sus cosas en silencio. Teniendo todo listo, se acercó a ella, apartando su flequillo para besar su frente. Todavía en silencio, salió de la habitación después de dedicarle una última y larga mirada, y cerró la puerta de shoji.
Kenshin vagaba por las calles, tan familiares pero al mismo tiempo tan diferentes. Treinta y cinco años... Treinta y cinco largos años había permanecido alejado de ese pequeño pueblo. Treinta cinco largos años que no la había visto... Ni escuchado nada de ella. Treinta y cinco largos años.
De los cuales cinco años estuvo casado con una mujer llamada Tomoe. Quien de alguna manera le recordaba a Kaoru debido a lo negro de su cabello. Pero que constantemente también le recordaba que no era así, pues Tomoe era tímida, mientras que Kaoru no.
De los cuales pasó treinta años soñando con la mujer que había dejado. Cuyos ojos eran del color de un profundo océano. Cuyos cabellos eran tan negros como la noche. Cuya risa iluminaba toda la habitación.
Y volvió adonde la conoció, treinta y cinco años después, buscándola. Con la esperanza de que al menos pudiera vislumbrarla. No importaba si había decidido casarse. Sólo con verla, ver cómo estaba, si era feliz, era suficiente para él. Sólo tenía que saber. Sólo tenía que verla.
Al doblar la esquina, se detuvo buscando algo que le diera una pista de la ubicación de la casa. Caminó lentamente, observando cada puerta que pasaba, hasta que la vio: una tabla de madera estropeada cuyo tallado era indescifrable. Pero estaba seguro de que esa era la que estaba buscando. Se detuvo ante la puerta, tiró de la cuerda atada a una campanilla y esperó. Un minuto después, una joven abrió la puerta y lo miró con curiosidad.
"¡Ohayou!" saludó a la chica. "¿Se encuentra Kamiya Kaoru aquí?"
La joven negó con la cabeza. "No."
Con la esperanza desinflándose en su pecho, hizo otra pregunta. "¿Y Sagara Sanosuke?"
"Um..." La chica parecía pensativa hasta que una mujer mayor salió de la casa. "¡Suzume! ¿Qué estás-? ¡Oh! ¡Ohayou! ¿Busca a alguien?"
"Hai. ¿Conoce a una persona llamada Kamiya Kaoru? Solía vivir aquí," dijo Kenshin.
"¿Kamiya? No. Lo siento. Cuando compramos esta casa, el propietario era un tal Myojin," respondió la mujer.
"Aa. ¿Y a Sagara Sanosuke?"
La mujer inclinó la cabeza a un lado. "Conozco a alguien con ese apellido pero no es un Sanosuke."
"¿Sabe dónde vive? Debe conocer a Sano."
La mujer lo miró, midiendo sus intenciones. "¿Por qué está buscando a esas personas?"
"Yo... los conocí hace mucho tiempo. Pero perdí contacto con ellos cuando me mudé a otro sitio," ofreció como explicación.
Asintiendo, la mujer se apartó un poco de la puerta y señaló la calle que tenía adelante. "Su nombre es Aoki Sagara y vive en el tercer departamento después de doblar a la izquierda, al final de esta calle."
Miró hacia donde ella apuntaba y luego se inclinó. "Arigatou gozaimasu."
Conoció a Aoki y se sorprendió al descubrir que era el hijo de Sano y de esa doctora Megumi. Terminaron juntos, después de todo. Pero ambos padres estaban muertos y él nunca había escuchado que hubieran mencionado a una Kamiya Kaoru estando vivos.
Sin rendirse, comenzó a tocar puertas, preguntando si conocían a Kaoru, o a alguien de apellido Kamiya. Pero todas las respuestas fueron negativas. Estuvo así durante tres días. Casi pensaba que estaba cerca de encontrarla, pero todo era un engaño, y los aldeanos desconfiaban de sus preguntas. La mujer que respondió a su llamado era más joven de lo que se imaginaba que sería Kaoru y sus ojos eran turquesas, no azules.
Aún con la esperanza de poder encontrarla, colocó un anuncio en el periódico, indicando que si la mujer que estaba buscando lo leía, podía encontrarlo por la tarde, por los próximos cinco días, a la orilla del río de la aldea agrícola de Yamanashi. Y por cinco tardes esperó. Pero ella no vino. Algunas personas llegaron, sí, pero sólo eran curiosos.
Llegó el quinto día, y seguía sin haber señales de Kaoru. Kenshin había concluido que si ella no aparecía, era porque se había olvidado de él, o peor, ya estaba muerta. La tarde parecía prolongarse y ya no había espectadores que se molestaran en contemplar al hombre solitario a la vera del río.
El cielo se tornó naranja y luego cayó la noche. Kenshin dejó salir un suspiro de sufrimiento. Ella no vendría y él tendría que volver a Kyoto al día siguiente. Inmóvil, se dejó sumergir en recuerdos de gallos, tanukis, bokkens, arroz ennegrecido, lavandería, ojos azules, cabellos negros, labios suaves, mejillas tersas... Y de repente algo lo despertó de su ensoñación, sintiendo como si algo pasara a través de él. Abrió los ojos y miró a su alrededor, pero no vio nada. Nadie estaba allí. Dejó caer una lágrima. Nunca la volvería a ver.
Con lentitud, se puso de pie y se sacudió el polvo de sus pantalones. Dándole una última mirada a la orilla del río, se dio cuenta de que estaba rodeado de cientos de luciérnagas. Se estremeció mientras reprimía sus ganas de llorar.
No debió haber escuchado esas órdenes, simplemente debió haber enfrentado las consecuencias.
No debió haberla dejado.
Él debió...
Caminó rápidamente, alejándose del río. No podía soportar el arrepentimiento que comenzaba a acumularse en su interior. Y mientras pasaba junto a la que era la casa de Kaoru, pensó que había visto su sombra. Pero cuando miró más de cerca, era sólo un árbol.
Y mientras se alejaba de esa aldea para siempre, un solo pensamiento seguía rondando por su cabeza.
Debí haberme quedado.
Owari
Glosario:
Ohayou: Buenos días.
Arigatou gozaimasu: Muchas gracias.
Lo sé, no fue el final que todos hubiéramos querido. Estoy tan destrozada como seguramente están ustedes por cómo no se quedaron juntos. Aun así, junto con la tristeza, disfruté mucho de traducir esta historia. Tiene un toque muy romántico dentro de lo nostálgico que pueda ser, y particularmente me gustó mucho.
Si no hay imprevistos, la semana que viene voy a publicar una traducción de la misma autora, un AU que les prometo será más llevadero XD.
¡Saludos y nos leemos!
