A/N: ¡Hola! Sí, lo sé, ha pasado bastante tiempo. ¡Lo siento! Entre examenes, recuperaciones y vacaciones casi no he tenido tiempo. Pero bueno, lo importante es que lo he aprobado todo y que el capítulo ya está aquí. Así que ¡gracias por vuestra paciencia! Antes de callarme de una vez y dejaros leer en paz el capítulo, me gustaría pediros por favor que dejéis una review si podéis. Aunque solo sea una palabra, lo cierto es que se agradece muchísimo y me motiva a escribir más rápido y más a menudo. Además, así sé si es que os ha gustado y si todavía queréis más de la historia... Evidentemente, al final del día escribo para mí y para pasarlo bien. Pero las review me dan un extra de motivación hahah Bueno, ya me callo. Espero que os guste el capítulo :)

Todo lo que está en negrita pertenece a J.

-El siguiente capítulo es el número nueve: "La inscripción en el muro"-dijo en cuanto la encontró-. ¿Estáis todos listos?

Ginny sabía que aquella pregunta iba en gran parte dirigida a ella, de modo que asintió y dijo con firmeza:

-Sí, lo estamos.

-Bien-dijo la señora Weasley. La observó durante unos instantes y luego cogió aire y comenzó a leer.

¿Qué pasa aquí? ¿Qué pasa?

A pesar de haberse tomado unos minutos de descanso, todos seguían con los nervios a flor de piel. Solo hicieron falta esas dos frases para volver a llenarles de tensión.

Atraído sin duda por el grito de Malfoy, Argus Filch se abría paso a empujones. Vio a la Señora Norris y se echó atrás, llevándose horrorizado las manos a la cara.

Los que no habían estado ahí cerraron los ojos instintivamente, temiendo la reacción del conserje.

¡Mi gata! ¡Mi gata! ¿Qué le ha pasado a la Señora Norris? —chilló. Con los ojos fuera de las órbitas, se fijó en Harry—. ¡Tú! —chilló—. ¡Tú! ¡Tú has matado a mi gata!

–¡Déjale en paz!–soltó Sirius sin poderse contener.

¡Tú la has matado! ¡Y yo te mataré a ti! ¡Te...!

Aquello provocó que los puños de Sirius se cerrasen con fuerza.

–Que lo intente…–murmuró, poniendo en palabras lo que todos pensaban.

¡Argus!

Había llegado Dumbledore, seguido de otros profesores.

–Oh, menos mal–respiró Molly aliviada–. Lo último que necesitan después de lo que han vivido es que alguien les eche la culpa.

El trio dorado intercambió una mirada y Ginny no pudo evitar sentir una punzada de culpabilidad. Harry había sido acusado de ser el heredero de Slytherin por algo que ella había hecho. " No", se dijo, "por algo que V–Voldemort hizo". Incuso pensar el nombre le costaba, pero se negaba a llamarle "El-que-no-debe-ser-nombrado".

En unos segundos, pasó por delante de Harry, Ron y Hermione y sacó a la Señora Norris de la argolla.

Ven conmigo, Argus —dijo a Filch—. Vosotros también, Potter, Weasley y Granger.

–Muy listo, director–dijo Remus–. Es mejor descubrir qué está pasando sin el resto de alumnos por el medio.

Tonks asintió.

–Alumnos y también quien quiera que haya dejado la inscripción.

–¿Crees que también estaba por ahí?–preguntó Sirius–. Lo cierto es que sería una buena idea–añadió sin esperar respuesta–: te mezclas entre la multitud y te haces el sorprendido…

La señora Weasley carraspeó.

–Voy a continuar leyendo, ¿de acuerdo?

Los tres adultos asintieron en su dirección, con miradas de disculpa. Ninguno se había dado cuenta de lo que sus palabras estaban provocando en Ginny.

Lockhart se adelantó algo asustado.

Mi despacho es el más próximo, director, nada más subir las escaleras. Puede disponer de él.

–Vaya, por fin hace algo útil–comentó Fred.

–Sí–asintió su hermano–, creo que es lo más inteligente que le he oído decir en todo el libro.

Gracias, Gilderoy —respondió Dumbledore.

La silenciosa multitud se apartó para dejarles paso. Lockhart, nervioso y dándose importancia, siguió a Dumbledore a paso rápido; lo mismo hicieron la profesora McGonagall y el profesor Snape.

Snape, que no había dicho nada desde hacía largo rato, se removió algo incómodo en su sitio. El profesor de pociones había sido el primero en hacer sentir peor a Potter después de todo aquello y ahora una parte de él se arrepentía. Cuando eso sucedió, no había sido consciente de lo delicada que era situación realmente y, por ello, no desaprovechó su oportunidad de fastidiar al chico. Además, el leer los pensamientos y las emociones del muchacho le daba un punto de vista único y le ponía en una posición en la que de ninguna manera quería estar: le hacía sentir empatía por el crío. Snape quería con todas sus fuerzas dejar de sentirse así, pero por mucho que intentase limpiar su mente de toda emoción, le estaba costando más de lo normal. No podía evitar pensar en lo asustados que debían de haber estado los muchachos, así como la joven Weasley. Los alumnos no solían demostrar debilidad delante del "malvado profesor de pociones", pero a lo largo de los libros (y especialmente durante el capítulo anterior), lo habían hecho y aquello incomodaba profundamente a Snape, que no estaba acostumbrado a lidiar con esa clase de cosas.

Cuando entraron en el oscuro despacho de Lockhart, hubo gran revuelo en las paredes; Harry se dio cuenta de que algunas de las fotos de Lockhart se escondían de la vista, porque llevaban los rulos puestos.

En medio de la tensión, aquello consiguió arrancar algunas sonrisas.

El Lockhart de carne y hueso encendió las velas de su mesa y se apartó. Dumbledore dejó a la Señora Norris sobre la pulida superficie y se puso a examinarla. Harry, Ron y Hermione intercambiaron tensas miradas y, echando una ojeada a los demás, se sentaron fuera de la zona iluminada por las velas.

Harry recordó lo mal que se sintió en aquel momento, temiendo que la señora Norris había muerto.

Dumbledore acercó la punta de su nariz larga y ganchuda a una distancia de apenas dos centímetros de la piel de la Señora Norris. Examinó el cuerpo de cerca con sus lentes de media luna, dándole golpecitos y reconociéndolo con sus largos dedos.

El director asintió.

–Parecía bastante claro que no estaba muerta–dijo–, pero tardé más en comprender que le había sucedido exactamente.

Sirius, que no sabía nada de lo que había pasado, respiró con alivió al oír que la gata seguía viva. No le tenía especial cariño, pero sabía que, de haber muerto, Harry se hubiera culpado a sí mismo, y también podría haber sido acusado de ello.

La profesora McGonagall estaba casi tan inclinada como él, con los ojos entornados. Snape estaba muy cerca detrás de ellos, con una expresión peculiar, como si estuviera haciendo grandes esfuerzos para no sonreír.

–¿Te parece gracioso que haya un asesino suelto por la escuela, Severus?–preguntó Molly, perdiendo la paciencia.

Snape la miró con confusión en sus facciones; no era propio de la señora Weasley hablarle de ese modo. Ella siempre había sido uno de los miembros de la Orden en tratarle con más respeto y (Snape nunca lo diría en voz alta) afecto. ¿Qué estaba sucediendo? La respuesta no tardó en llegar a su mente. Estaba claro que los últimos capítulos habían dejado a Molly en tensión permanente y sufriendo por sus niños y, Snape sabía de sobras, cuando eso ocurría, la mujer cambiaba por completo y era capaz de enfrentarse a quien fuera. Incluso aunque ese "alguien" fuera el temido y cruel profesor de pociones.

Quizás influyera su extraño estado de ánimo o la sorpresa de ser hablado así por la señora Weasley, pero cuando Snape contestó a su pregunta, lo hizo de forma diferente a la que cualquiera de la Sala se hubiera imaginado.

–No, Molly, no me parece gracioso–empezó–. En aquel momento pensé que no era más que una estúpida broma de algún Slytherin y no le di demasiada importancia a lo que acababa de ocurrir. Admito que no era plenamente consciente de la gravedad de la situación– dijo, sorprendiéndose a sí mismo–. En cuanto a qué fue lo que me hizo sonreír...Bueno, si he de ser sincero, nunca me ha gustado demasiado esa gata; verla en ese estado fue bastante cómico. Por no hablar de las expresiones asustadas en los rostros de Potter y compañía, por supuesto. También tuvieron algo que ver– terminó con humor en la voz.

–¿Esa es tu defensa? – intervino Sirius antes de que Molly dijera nada, sus ojos abiertos con incredulidad–. Solamente has cambiado un motivo malo por otro... Puede que no estuvieras sonriendo por que hubiese un asesino suelto pero tus motivos siguen siendo propios de alguien cruel y mezquino.

Snape se encogió de hombros e hizo un gesto de despreocupación con la mano.

–Nunca he dicho que yo no lo sea.

Sirius abrió la boca para replicar, pero luego se dio cuenta de que no tenía nada que decir ante aquello. Por suerte para él, no tuvo que hacerlo ya que la señora Weasley continuó leyendo con rapidez. Molly no sabía exactamente que pensar acerca de Snape y, desde luego, el profesor no se lo estaba poniendo fácil.

Y Lockhart rondaba alrededor del grupo, haciendo sugerencias.

Puede concluirse que fue un hechizo lo que le produjo la muerte..., quizá la Tortura Metamórfica. He visto muchas veces sus efectos. Es una pena que no me encontrara allí, porque conozco el contrahechizo que la habría salvado.

–Oh, por Merlín…–se quejó Ron–. Casi había olvidado lo insoportable que era.

–Por no hablar de que no es el momento para ir de sabelotodo– dijo Hermione–. Y sí, antes de que digáis nada, hasta yo sé cuándo dejar de serlo.

Aquello provocó que los alumnos rieran y que Ginny esbozase una sonrisa, al tiempo que daba las gracias por tener a Hermione como amiga.

Los sollozos sin lágrimas, convulsivos, de Filch acompañaban los comentarios de Lockhart. El conserje se desplomó en una silla junto a la mesa, con la cara entre las manos, incapaz de dirigir la vista a la Señora Norris.

–Me da hasta pena…–dijo Tonks, mordiéndose el labio.

–Tranquila, a mí me pasó igual.

–Y a nosotros–dijo Ron, señalándose a sí mismo y a Hermione.

Pese a lo mucho que detestaba a Filch, Harry no pudo evitar sentir compasión por él,

–¿Ves?–sonrió el muchacho.

aunque no tanta como la que sentía por sí mismo. Si Dumbledore creía a Filch, lo expulsarían sin ninguna duda.

–Sé que ahora es fácil decirlo, pero no te tendrías que haber preocupado–dijo Sirius–. Dumbledore no es idiota.

–Vaya, gracias–sonrió el director, con los ojos brillantes.

Sirius no pudo evitar devolverle una pequeña sonrisa. Se le hacía extraño poder bromear con el anciano como si su encierro en Grimauld Place nunca hubiese ocurrido. Pero lo cierto era que, desde que habían empezado con la lectura de los libros, Dumbledore se estaba comportando más como el amable director de sus tiempos de estudiante que como el severo líder de la Orden del Fénix.

Dumbledore murmuraba ahora extrañas palabras en voz casi inaudible. Golpeó a la Señora Norris con su varita, pero no sucedió nada; parecía como si acabara de ser disecada.

... Recuerdo que sucedió algo muy parecido en Uagadugú

Molly tardó un instante más de lo normal en leer esa última palabra.

dijo Lockhart—, una serie de ataques. La historia completa está en mi autobiografía. Pude proveer al poblado de varios amuletos que acabaron con el peligro inmediatamente.

Los ojos en blanco no se hicieron esperar.

Todas las fotografías de Lockhart que había en las paredes movieron la cabeza de arriba abajo confirmando lo que éste decía. A una se le había olvidado quitarse la redecilla del pelo.

Ron sonrió con ganas. Durante los cinco años que llevaba estudiando en Hogwarts, pocos profesores le habían caído peor.

Finalmente, Dumbledore se incorporó.

No está muerta, Argus —dijo con cautela. Lockhart interrumpió de repente su cálculo del número de asesinatos evitados por su persona.

¿Que no está muerta? —preguntó Filch entre sollozos, mirando por entre los dedos a la Señora Norris—. ¿Y por qué está rígida?

Hermione se mordió el labio con nerviosismo, recordando su propia experiencia con la petrificación.

La han petrificado —explicó Dumbledore.

–Oh…–dijo Remus, un tanto sorprendido–. Pues no hay demasiados magos o seres mágicos capaces de petrificar a otra persona. Bueno–rectificó–, gata, mejor dicho.

–Tienes razón–asintió Sirius, mientras Tonks hacía una lista mental de todos los posibles culpables que se le iban ocurriendo.

Ah, ya me parecía a mí... —dijo Lockhart. —Pero no podría decir como...

–Oh, que se calle ya…–dijo el señor Weasley para sorpresa de muchos. No era propio de él reaccionar así pero el capítulo anterior le había dejado con los nervios a flor de piel y la estupidez de Lockhart no ayudaba.

¡Pregúntele! —chilló Filch, volviendo a Harry su cara con manchas y llena de lágrimas.

Ningún estudiante de segundo curso podría haber hecho esto —dijo Dumbledore con firmeza—. Es magia negra muy avanzada.

–Exacto–asintió Remus–. Y eso es preocupante.

¡Lo hizo él! —saltó Filch, y su hinchado rostro enrojeció—. ¡Ya ha visto lo que escribió en el muro! Él encontró... en la conserjería... Sabe que soy, que soy un...—Filch hacía unos gestos horribles—. ¡Sabe que soy un squib! —concluyó.

–Oh, por Merlín–se quejó Sirius–. Aunque tú también, Harry… Menuda mala suerte. ¿Cuáles son las probabilidades de que alguien escriba eso justo el día que descubres que Filch es un squib?

–No muchas…–reconoció el muchacho.

¡No he tocado a la Señora Norris! —dijo Harry con voz potente, sintiéndose incómodo al notar que todos lo miraban, incluyendo los Lockhart que había en las paredes—.

–La verdad es que ya me estaba cansando de que me acusase.

–Normal…–le apoyó Ron.

Y ni siquiera sé lo que es un squib.

–Se me hace raro pensar que desconocía tantas cosas del mundo mágico…–comentó Harry, haciendo que Snape le mirase de manera extraña.

¡Mentira! —gruñó Filch—. ¡Él vio la carta de Embrujorrápid!

Si se me permite hablar, señor director —dijo Snape desde la penumbra,

Sirius soltó un suspiró de fastidio.

–Ya empezamos….

y Harry se asustó aún más, porque estaba seguro de que Snape no diría nada que pudiera beneficiarle—,

La mirada de Harry fue a parar al rostro del maestro de Pociones y por un momento tuvo ganas de saber que pasaba por la mente de éste. Quería entender por qué Snape insistía en salvarle la vida una y otra vez si luego disfrutaba tanto fastidiándosela. "Supongo que es algo parecido a lo que yo siento por los Dursley", reflexionó. "No los soporto, pero eso no significa que quiera verlos muertos y, de estar en mi mano salvarles, lo haría". "Sí, tiene sentido", se dijo a sí mismo. Aunque algo le decía que no era tan simple como aquello.

Potter y sus amigos simplemente podrían haberse encontrado en el lugar menos adecuado en el momento menos oportuno

–Espera, espera– Sirius interrumpió la lectura una vez más–. ¿Es Snape quien está hablando ahora? –preguntó en dirección a Molly.

–Así es–respondió ésta.

– ¿Entonces? –dijo Sirius con incredulidad–. ¿Qué hace defendiendo a Harry?

–Quizá quieras esperar a oír el resto de la frase–le aconsejó Harry, haciendo un gesto a la señora Weasley para que continuase la lectura.

dijo, aunque con una leve expresión de desprecio en los labios, como si lo pusiera en duda—;

–Oh, vale, ahora empieza a tener sentido la cosa– dijo Sirius, mientras Snape le ignoraba.

sin embargo, aquí tenemos una serie de circunstancias sospechosas: ¿por qué se encontraban en el corredor del piso superior? ¿Por qué no estaban en la fiesta de Halloween?

Sirius puso los ojos en blanco, pero antes de que pudiera decir nada, Remus se le adelantó.

–¿De verdad te interesaba saber lo que habían estado haciendo, Severus? ¿O era solo una excusa para ponerles en problemas?

Snape se llevó una mano a su rostro y, con una expresión de cansancio, cerró los ojos mientras pinzaba el puente de su ganchuda nariz con dos dedos.

–Me estoy hartando de tener que dar explicaciones por cada comentario que se lee–dijo con una suavidad que no ocultaba la advertencia en sus palabras–. Pero, una vez más, voy a contestar a tu pregunta, Lupin. Aunque solo sea para continuar con la lectura lo más rápido posible…– bajó la mano hasta su regazó, abrió los ojos y siguió hablando–. Era evidente que Potter estaba mintiendo y eso solo dejaba dos opciones. Por un lado, podía haber estado rompiendo alguna norma de la escuela (lo que no dejaría de ser algo habitual en él)–añadió con malicia–. O, por otro, podría haber visto algo relacionado con el ataque, pero, o bien no se atrevía a decirlo, o estaba protegiendo al verdadero responsable. Lo que estaba claro era que ninguno de los tres alumnos podría haber hecho algo como aquello, dada su poca habilidad mágica…

Remus tuvo que hacer un esfuerzo para no poner los ojos en blanco. Quería seguir escuchando lo que Snape tenía que decir, pero, al mismo tiempo, se estaba cansando de los comentarios que el maestro de pociones iba soltando de cuando en cuando.

–Además–continuaba diciendo Snape–, todos sabemos lo mucho que le cuesta a Potter confiar en los adultos; simplemente preguntando si había visto algo no iba a decir la verdad. Era necesaria un poco de… persuasión.

Harry no pudo evitar bajar la mirada ante aquel comentario. Era cierto que no le salía de forma natural confiar en los mayores y todos los sabían. Pero lo que le avergonzaba era que ahora todos conocían el motivo de aquello. Especialmente Snape. Hasta el momento el ex mortífago no había hecho ningún comentario al respecto, pero Harry seguía esperándolo. No sería propio de un Slytherin como él desaprovechar un tema tan jugoso como el de los Dursley.

Mientras Harry pensaba todo aquello, la mandíbula de Sirius se iba marcando más y más en el rostro del animago.

–No te correspondía a ti hacer algo así–dijo finalmente.

Snape levantó una ceja.

–¿No?

–No–repitió Sirius con firmeza–. Si Dumbledore creía necesario preguntarle algo a Harry, ya habría hablado él directamente con Harry. No era necesario que usases tu manipulación y triquiñuelas de serpiente en mi ahijado.

–Sirius, Severus, ya es suficiente.

El tono de voz de Dumbledore era normal, pero se podía notar la autoridad en él.

–Creo que todos podemos entender que Harry estaba todavía muy agitado por lo que acababa de vivir y eso, añadido al hecho de que ninguno de sus amigos parecía ser capaz de oír la voz misteriosa, explica perfectamente por qué decidió no contarlo en primer lugar.

Su mirada se posó en el muchacho, al que dirigió una pequeña sonrisa.

–Al mismo tiempo, está en la naturaleza de Severus mantener la calma en momentos de tensión y ser capaz de obtener el máximo de información posible, lo que es de agradecer– inclinó la cabeza en dirección al profesor de pociones–. De modo que todos actuaron acorde a lo que sería normal en ellos, gracias a Merlín–bromeó, con los ojos brillantes–. Así que no le veo el sentido a seguir discutiendo sobre quien hizo bien y quién no. Además, Severus, ¿no habías dicho que querías pausar la lectura el mínimo tiempo posible? Parece ser que respondiendo a la pregunta de Remus has conseguido justamente lo contario–añadió con humor en la voz–. Pero nunca es tarde para remediarlo. Molly, si eres tan amable…

Sirius y Snape no tuvieron más remedio que callarse al seguir leyendo la señora Weasley.

Harry, Ron y Hermione se pusieron a dar a la vez una explicación sobre la fiesta de cumpleaños de muerte.

... había cientos de fantasmas que podrán testificar que estábamos allí.

Pero ¿por qué no os unisteis a la fiesta después? —preguntó Snape. Los ojos negros le brillaban a la luz de las velas—. ¿Por qué subisteis al corredor?

Sirius se tragó las ganas de increparle a Snape que continuase haciendo preguntas.

–Severus–dijo Remus levantando la mano sin darse cuenta–. Mi intención no es volver a parar la lectura, de verdad. Solo permíteme decir que creo que, aunque a tu manera, hacías bien preguntando tanto. Soy consciente de que una buena parte de tu interés en la coartada de Harry era porque querías meterle en problemas, pero al mismo tiempo, te estabas preocupando por la seguridad de los alumnos y eso es de agradecer.

Snape se limitó a mirarle durante unos segundos sin decir nada hasta que Molly continuó leyendo. Se estaba cansando de que Lupin intentase sacar algo positivo de todas sus acciones. Puede que su único objetivo en la vida fuera tratar de acabar con el señor oscuro y proteger a Potter, pero eso no le convertía en alguien bueno, no con todos los pecados que había cometido y que aún seguía cometiendo. Él era un hombre cruel y amargado y no quería que nadie pensase diferente.

Ron y Hermione miraron a Harry.

Porque..., porque... —dijo Harry, con el corazón latiéndole a toda prisa; algo le decía que parecería muy rebuscado si explicaba que lo había conducido hasta allí una voz que no salía de ningún sitio y que nadie sino él había podido oír—,

–Sí que lo parecería–asintió el señor Weasley–. Pero siempre podrías haberles enseñado tu memoria.

–En aquella época no sabía ni lo que era un Pensadero–dijo Harry con una pequeña sonrisa–. Pero sí, hubiera sido una buena solución.

porque estábamos cansados y queríamos ir a la cama —dijo.

¿Sin cenar? —preguntó Snape. Una sonrisa de triunfo había aparecido en su adusto rostro—.

–Si Snape sonríe nunca es buena señal–le dijo George a su gemelo en voz baja, haciendo que este soltase una carcajada con disimulo.

No sabía que los fantasmas dieran en sus fiestas comida buena para los vivos.

–Parece que os han pillado–dijo Tonks, con una media sonrisa–. ¿Sabes, Severus? Eres bueno en esto.

Snape la miró con el ceño fruncido durante un instante, luego encarnó una ceja.

–Sería preocupante si no pudiera averiguar cuando mienten unos simples críos. Era evidente que ocultaban algo; cualquier idiota con medio cerebro se hubiera dado cuenta.

Hubo un momento de silencio hasta que la señora Weasley carraspeó y siguió leyendo. Al mismo tiempo, Tonks se preguntó por qué Snape no podía aceptar un simple cumplido.

Desde que habían empezado la lectura, la auror se había ido sorprendido cada vez más con el Snape del libro. Ella conocía de sobra al espía arisco y reservado de sus reuniones de la Orden, pero el Snape profesor era un tipo más "relajado", dentro de los parámetros posibles del hombre, más seguro de sí mismo y en control de la situación y, Tonks admitió para sí misma, era hasta cierto punto gracioso. La metamorfomaga suponía que la vuelta de Voldemort y el retorno a su puesto de espía, habían agriado aún más el carácter de Snape y Tonks sentía lástima por el profesor. Mediante la lectura, podía entrever aspectos de su personalidad que normalmente no era capaz de ver, así como su potencial. Tonks sabía que solo con que Snape dejase a un lado un poco de su malicia, el resto de la Orden le aceptaría sin problemas. A excepción de Sirius, claro.

No teníamos hambre —dijo Ron con voz potente, y las tripas le rugieron en aquel preciso instante.

–Oh, Ron…– sonrió Ginny con cariño. La chica había estado observando los últimos intercambios sin decir nada ya que todavía se estaba recuperando de las emociones del capítulo anterior. Sabía que todavía faltaban muchos momentos malos que leer, pero ahora se sentía más preparada para afrontarlos.

La desagradable sonrisa de Snape se ensanchó más.

"¿Cómo no?"–pensó Sirius.

Tengo la impresión, señor director, de que Potter no está siendo completamente sincero —dijo—. Podría ser una buena idea privarle de determinados privilegios hasta que se avenga a contarnos toda la verdad. Personalmente, creo que debería ser apartado del equipo de quidditch de Gryffindor hasta que decida no mentir.

–¿En serio, Severus?–preguntó Remus con un toque de incredulidad y diversión en la voz.

El maestro de Pociones se encogió de hombros.

–Siempre se puede intentar sacar provecho de una situación, Lupin. Es precisamente vuestra falta de visión la que os produce más problemas a los Gryffindor–explicó–. Si, finalmente, Potter decidía confesar y contar la verdad, la escuela saldría ganando. Si, por el contrario, escogía mantener su secreto, Slytherin también obtendría un beneficio al no poder jugar contra nosotros.

– ¿Así que estás reconociendo que te preocupaba que Harry pudiera ganaros? ¿Incluso teniendo Slytherin las mejores escobas del mercado?

Los ojos de Snape se entrecerraron y sus agujeros de la nariz se dilataron. Todos se prepararon para lo inevitable pero, sorprendiendo a todos, los labios de Snape se curvaron en una terrible sonrisa falsa. Con los dientes apretados dijo:

–Nunca hay que correr riesgos, Black.

Antes de que cualquiera de los dos pudiera decir algo más, Molly continuó leyendo. La señora Weasley se estaba cansando de tener que darse prisa para evitar que los dos hombres comenzaran a pelearse. Ya había tenido suficiente con siete críos; no quería tener que ocuparse de dos más.

Francamente, Severus —dijo la profesora McGonagall bruscamente—, no veo razón para que el muchacho deje de jugar al quidditch. Este gato no ha sido golpeado en la cabeza con el palo de una escoba. No tenemos ninguna prueba de que Potter haya hecho algo malo.

Aquello provocó que muchos sonrieran.

–Por fin alguien dice algo con sentido–dijo Sirius, contento.

Dumbledore miraba a Harry de forma inquisitiva. Ante los vivos ojos azul claro del director, Harry se sentía como si le examinaran por rayos X.

El chico se removió incómodo en el asiento. Le daba vergüenza leer aquello con el director delante.

Es inocente hasta que se demuestre lo contrario, Severus —dijo con firmeza.

–Vale, bien– asintió Sirius–. Suerte que tiene Hogwarts de contar con McGonagall y contigo, Albus. Si no se iría a pique.

Dumbledore le sonrió y sus ojos brillaron detrás de sus gafas de media luna.

–Lo cierto es que tengo plena confianza en el resto de mis profesores. Sé que todos darían lo máximo de ellos mismos para cuidar y proteger a la escuela y a sus alumnos–giró la cabeza levemente en dirección a Snape.

Éste se dio por aludido y, al no estar acostumbrado a los halagos del director, le pilló por sorpresa. No fue capaz de aguantar el afecto en el rostro de Dumbledore, algo extraño cuando se dirigía a él, así que no tuvo más remedio que desviar la mirada.

Snape parecía furioso. Igual que Filch.

¡Han petrificado a mi gata! —gritó. Tenía los ojos desorbitados—. ¡Exijo que se castigue a los culpables!

–Para eso primero habrá que encontrarlos, ¿no?–dijo Tonks, sacudiendo la cabeza.

Podremos curarla, Argus —dijo Dumbledore armándose de paciencia—.

–Y que lo digas–bufó Sirius–. No sé cómo aguantas tanto…

La señora Sprout ha conseguido mandrágoras recientemente. En cuanto hayan crecido, haré una poción con la que revivir a la Señora Norris.

–Conveniente…–dijo Hermione.

La haré yo —acometió Lockhart—. Creo que la he preparado unas cien veces, podría hacerla hasta dormido.

–Yo no me fiaría–dijo Remus, nada convencido.

Disculpe —dijo Snape con frialdad—, pero creo que el profesor de Pociones de este colegio soy yo.

Aquello provocó que Sirius sonriera, muy a su pesar.

–¿Sabes, Snape?–le preguntó–. De vez en cuando tienes algunas salidas graciosas; es una pena que seas tú quien las diga.

El profesor de pociones se limitó a mirarle, sin decir una palabra.

Hubo un silencio incómodo.

Podéis iros —dijo Dumbledore a Harry, Ron y Hermione.

–Oh, gracias a Merlín–murmuró la señora Weasley. Con Snape fuera de escena, Sirius no podría comentar nada en contra suya. O al menos eso esperaba.

Se fueron deprisa pero sin correr. Cuando estuvieron un piso más arriba del despacho de Lockhart, entraron en un aula vacía y cerraron la puerta con cuidado. Harry miró las caras ensombrecidas de sus amigos.

¿Creéis que tendría que haberles hablado de la voz que oí?

–Visto desde fuera te diría que sí–dijo Tonks–. Pero entiendo por qué no lo hiciste.

No —dijo Ron sin dudar—. Oír voces que nadie puede oír no es buena señal, ni siquiera en el mundo de los magos.

–Ron…–empezó su padre.

–Lo sé, lo sé. Deberíamos haberlo dicho. Si ahora pasase algo así probablemente lo haríamos– le aseguró–. Pero en aquel entonces no teníamos ni idea de lo que estaba sucediendo y, además, ya nos habíamos metido en suficientes problemas con lo del coche volador, no necesitábamos más.

–Y también está el hecho de que a todo el mundo le encanta culpar a Harry de cualquier cosa que pase en Hogwarts–añadió Hermione–. Si hubiéramos dicho lo de la voz… Filch ya le estaba acusando solo por haber estado allí; no necesitábamos darle más motivos.

El señor Weasley suspiró lentamente.

–Tenéis razón… Pero, aun así, quiero que entendáis que podéis y debéis confiar en los adultos–hizo una mueca, recordando lo leído el día anterior–. Está bien, en algunos adultos, mejor dicho. Entiendo que gente como Quirrell, Lockhart, Umbdridge o los del Ministerio os han dado pocos motivos para confiar en los mayores.

Ron reprimió un bufido; eso era quedarse corto.

–Pero–continuó Arthur, mientras Harry le daba las gracias por no haber mencionado a los Dursley–, hay más adultos en los que sí que podéis confiar. Todos los que estamos aquí, por ejemplo–hizo un gesto con la mano que también abarcó a Snape, para sorpresa de éste–. De modo que, en el futuro, espero y deseo que vengáis a buscarnos si os encontráis en alguna situación así.

Harry intentó ocultar de su rostro los sentimientos que le oprimían el pecho. No eran desagradables, más bien al contrario, pero se sentía estúpido por dejar que algo tan simple como aquello le afectase tanto. Suponía que era una consecuencia de no haber tenido a nadie que se preocupase por él durante tanto tiempo.

–Gracias, señor Weasley–dijo, contento de que no se le notase en la voz–. Lo haremos.

El hombre le sonrió de vuelta y miró a Molly, que continuó leyendo.

Había algo en la voz de Ron que hizo que Harry le preguntase:

Tú me crees, ¿verdad?

Por supuesto —contestó Ron rápidamente—. Pero... tienes que admitir que parece raro...

–Lo siento, Harry… No quiero que pienses que dudaba de ti–dijo rápidamente–. Es solo que…

Harry agitó su mano despreocupadamente.

–Tranquilo, lo entiendo.

Sí, ya sé que parece raro —admitió Harry—. Todo el asunto es muy raro. ¿Qué era lo que estaba escrito en el muro? «La cámara ha sido abierta.» ¿Qué querrá decir?

Ginny suspiró y se rascó una ceja distraídamente. Se había ido relajando a medida que pasaba el tiempo, escuchando a su madre leer y a sus amigos hablar. Pero, aun así, cualquier mención de la Cámara la ponía en tensión de nuevo.

El caso es que me suena un poco —dijo Ron despacio—. Creo que alguien me contó una vez una historia de que había una cámara secreta en Hogwarts...; a lo mejor fue Bill.

–Probablemente–sonrió Molly–. A Bill siempre le gustaron los misterios. Sobre todo, las construcciones antiguas y secretas.

¿Y qué demonios es un squib? —preguntó Harry.

Para sorpresa de Harry, Ron ahogó una risita.

Muchos le miraron sin comprender, pero Ron le hizo un gesto a su madre para que continuase leyendo.

Bueno, no es que sea divertido realmente... pero tal como es Filch... —dijo—. Un squib es alguien nacido en una familia de magos, pero que no tiene poderes mágicos. Todo lo contrario a los magos hijos de familia muggle, sólo que los squibs son casos muy raros.

–Debe de ser horrible…–murmuró Hermione–. Ver a toda tu familia haciendo magia y yendo a Hogwarts mientras tú no puedes.

La sonrisa desapareció del rostro de Ron.

–Visto así…

Si Filch está tratando de aprender magia mediante un curso de Embrujorrápid, seguro que es un squib. Eso explica muchas cosas, como que odie tanto a los estudiantes—Ron sonrió con satisfacción—. Es un amargado.

–No deberías alegrarte de las desgracias ajenas, Ron.

–Pero, mamá, ¡es Filch!–dijo el muchacho levantando las manos.

–Me da igual quien sea; es algo cruel.

Ron suspiró en silencio.

–Está bien…

De algún lugar llegó el sonido de un reloj.

Es medianoche —señaló Harry—. Es mejor que nos vayamos a dormir antes de que Snape nos encuentre y quiera acusarnos de algo más.

–Sería lo más inteligente, sí–asintió Sirius, mientras Snape ponía los ojos en blanco.

¿De verdad creía Potter que no tenía nada mejor que hacer?

Durante unos días, en la escuela no se habló de otra cosa que de lo que le habían hecho a la Señora Norris. Filch mantenía vivo el recuerdo en la memoria de todos haciendo guardia en el punto en que la habían encontrado, como si pensara que el culpable volvería al escenario del crimen.

George soltó una risa sin humor.

–Buena suerte con eso.

Harry le había visto fregar la inscripción del muro con el Quitamanchas mágico multiusos de la señora Skower, pero no había servido de nada: las palabras seguían tan brillantes como el primer día.

Ginny lo recordaba bien. Las palabras no se borraban y ella sentía un pinchazo de miedo cada vez que caminaba por delante.

Cuando Filch no vigilaba el escenario del crimen, merodeaba por los corredores con los ojos enrojecidos, ensañándose con estudiantes que no tenían ninguna culpa e intentando castigarlos por faltas imaginarias como «respirar demasiado fuerte» o «estar contento».

Ante aquello, muchos pusieron los ojos en blanco o soltaron suspiros de fatidio.

Ginny Weasley parecía muy afectada por el destino de la Señora Norris. Según Ron, era una gran amante de los gatos.

El ambiente de la Sala se enrareció al leer aquella frase.

Pero si no conocías a la Señora Norris —le dijo Ron para animarla—. La verdad es que estamos mucho mejor sin ella. —A Ginny le tembló el labio—.

–Oh, por Merlín…– se quejó Ron, queriendo darse una colleja a sí mismo.

Cosas como éstas no suelen suceder en Hogwarts. Atraparán al que haya sido y lo echarán de aquí inmediatamente. Sólo espero que le dé tiempo a petrificar a Filch antes de que lo expulsen. Esto es broma...—añadió apresuradamente, al ver que Ginny se ponía blanca.

–Maldita sea, Ginny…–empezó su hermano–. Lo siento mucho, era un ciego idiota.

La muchacha se obligó a sonreír.

–No pasa nada, no podías saberlo.

Aquel acto vandálico también había afectado a Hermione.

–Normal…–dijo Tonks–. Ella es una nacida Muggle.

Ya era habitual en ella pasar mucho tiempo leyendo, pero ahora prácticamente no hacía otra cosa. Cuando le preguntaban qué buscaba, no obtenían respuesta, y tuvieron que esperar al miércoles siguiente para enterarse.

Harry se había tenido que quedar después de la clase de Pociones, porque Snape le había mandado limpiar los gusanos de los pupitres.

–Imbécil…–murmuró Sirius entre dientes, lo suficientemente bajo para que Snape no pudiera oírle.

Tras comer apresuradamente, subió para encontrarse con Ron en la biblioteca, donde vio a Justin Finch-Fletchey, el chico de la casa de Hufflepuff con el que coincidían en Herbología, que se le acercaba. Harry acababa de abrir la boca para decir «hola» cuando Justin lo vio, cambió de repente de rumbo y se marchó deprisa en sentido opuesto.

–¿Qué demo...?–empezó Tonks–. Espera un momento, ¿no se habrá creído esa tontería de que tu petrificaste a la Señora Norris? ¿No?

Harry se encogió de hombros, aunque sabía la respuesta.

Harry encontró a Ron al fondo de la biblioteca, midiendo sus deberes de Historia de la Magia. El profesor Binns les había mandado un trabajo de un metro de largo sobre «La Asamblea Medieval de Magos de Europa».

Fred fingió un ronquido, haciendo que los alumnos rieran con ganas.

No puede ser, todavía me quedan veinte centímetros... —dijo furioso Ron soltando el pergamino, que recuperó su forma de rollo— y Hermione ha llegado al metro y medio con su letra diminuta.

–Ahora ya no me sorprendo–sonrió Ron, sacudiendo la cabeza.

¿Dónde está? —preguntó Harry, cogiendo la cinta métrica y desenrollando su trabajo.

En algún lado por allá —respondió Ron, señalando hacia las estanterías—. Buscando otro libro. Creo que quiere leerse la biblioteca entera antes de Navidad.

Aquello provocó las carcajadas de los muchachos y que Sirius mirase a Remus con afecto.

–Me recuerda a alguien…–dijo con una sonrisa.

Harry le contó a Ron que Justin Finch-Fletchey lo había esquivado y se había alejado de él a toda prisa.

No sé por qué te preocupa, si siempre has pensado que era un poco idiota —dijo Ron, escribiendo con la letra más grande que podía—.

Molly se llevó las manos a la cabeza.

–Ronald…–suspiró.

Todas esas tonterías sobre lo maravilloso que es Lockhart...

Hermione surgió de entre las estanterías. Parecía disgustada pero dispuesta a hablarles por fin.

No queda ni uno de los ejemplares que había en el colegio; se han llevado la Historia de Hogwarts —dijo, sentándose junto a Harry y Ron—.

–Supongo que todos querían leer sobre lo mismo–pensó Remus en voz alta.

Y hay una lista de espera de dos semanas. Lamento haberme dejado en casa mi ejemplar, pero con todos los libros de Lockhart, no me cabía en el baúl.

George sacudió la cabeza.

–Vaya malgaste de espacio…

–Y que lo digas–asintió su gemelo.

¿Para qué lo quieres? —le preguntó Harry.

Para lo mismo que el resto de la gente —contestó Hermione—: para leer la leyenda de la Cámara de los Secretos.

¿Qué es eso? —preguntó Harry al instante.

"Ojalá nunca lo hubiera sabido", pensó Harry con una mueca.

Eso quisiera yo saber. Pero no lo recuerdo —contestó Hermione, mordiéndose el labio—. Y no consigo encontrar la historia en ningún otro lado.

Hermione, déjame leer tu trabajo —le pidió Ron desesperado, mirando el reloj.

A pesar de los nervios, Ginny sonrió. Aquello era tan propio de su hermano que no pudo evitar que sus labios se curvasen con humor.

No, no quiero —dijo Hermione, repentinamente severa—. Has tenido diez días para acabarlo.

La señora Weasley se planteó la posibilidad de reprenderle a su hijo aquella falta de responsabilidad, pero luego se lo pensó mejor y no lo hizo.

Sólo me faltan seis centímetros, venga.

Sonó la campana. Ron y Hermione se encaminaron al aula de Historia de la Magia, discutiendo.

–¿Cómo no?–bufó Harry, aunque el humor en sus ojos era evidente.

Historia de la Magia era la asignatura más aburrida de todas. El profesor Binns, que la impartía, era el único profesor fantasma que tenían, y lo más emocionante que sucedía en sus clases era su entrada en el aula, a través de la pizarra.

–La primera vez te impacta–comentó Ron–. Luego ya te acostumbras y para el final del primer año nadie le presta atención. ¿Qué? –preguntó al ver que sus padres le miraban–. Es la verdad.

Los gemelos ocultaron una sonrisa.

–Pobre Ronnie…–dijo Fred–. Tantos años y aún no ha aprendido nada.

Viejo y consumido, mucha gente decía de él que no se había dado cuenta de que se había muerto. Simplemente, un día se había levantado para ir a dar clase, y se había dejado el cuerpo en una butaca, delante de la chimenea de la sala de profesores.

–¿Es eso cierto? –preguntaron los muchachos con interés.

Los ojos de Dumbledore brillaron divertidos.

–Siempre he pensado que saber la verdad acerca de una historia como esa tiende a quitarle toda la magia. La gente suele decorar las anécdotas para hacerlas más interesantes… Pero, en este caso… tengo que reconocer que es bastante fiel a la realidad. Los alumnos que tuvieron al profesor Binns aquel día se llevaron una verdadera impresión–dijo con una leve sonrisa.

–Vaya…–suspiró Ron. ¿Te imaginas que nos pasa eso un día? ¿Qué vamos a clase de Pociones y de repente Snape está ahí convertido en fantasma? –les dijo en voz baja a Harry y a Hermione.

–Eso sería algo horrible–le respondió Harry–. Nunca conseguiríamos librarnos de Snape, entonces.

Ron le sonrió, mientras Hermione les daba un codazo para que se callasen.

Harry miró a su alrededor y, por suerte, comprobó que el maestro de pociones no les había oído. Cuando sus ojos se posaron en el rostro de Snape, sintió una punzada de culpa por haber bromeado con la muerte del profesor. Luego sacudió la cabeza y prestó atención a lo que estaban leyendo, lo que provocó que ésta desapareciera.

Desde entonces, había seguido la misma rutina sin la más leve variación.

Aquel día fue igual de aburrido. El profesor Binns abrió sus apuntes y los leyó con un sonsonete monótono, como el de una aspiradora vieja, hasta que casi toda la clase hubo entrado en un sopor profundo, sólo alterado de vez en cuando el tiempo suficiente para tomar nota de un nombre o de una fecha, y volver a adormecerse.

–Gracias a Merlín que no tendremos que volver a sufrir ese tostón–dijo George con alivio.

Llevaba una media hora hablando cuando ocurrió algo insólito: Hermione alzó la mano. El profesor Binns, levantando la vista a mitad de una lección horrorosamente aburrida sobre la Convención Internacional de Brujos de 1289, pareció sorprendido.

–No me extraña. Nadie le había hecho una pregunta hasta entonces, que yo recuerde–explicó Ron–. Y creo que nadie le ha vuelto a hacer una.

¿Señorita...?

Granger, profesor. Pensaba que quizá usted pudiera hablarnos sobre la Cámara de los Secretos —dijo Hermione con voz clara.

–Caramba, Hermione–dijo Sirius, la admiración se notaba en su voz–. Alto y claro.

La chica sonrió y se encogió de hombros.

–Pensé que si alguien sabía algo del tema tenía que ser el profesor Binns.

Dean Thomas, que había permanecido boquiabierto, mirando por la ventana, salió de su trance dando un respingo. Lavender Brown levantó la cabeza y a Neville le resbaló el codo de la mesa. El profesor Binns parpadeó.

Tonks soltó una carcajada.

–Qué dramático todo…

Mi disciplina es la Historia de la Magia —dijo con su voz seca, jadeante—. Me ocupo de los hechos, señorita Granger, no de los mitos ni de las leyendas—se aclaró la garganta con un pequeño ruido que fue como un chirrido de tiza, y prosiguió—: En septiembre de aquel año, un subcomité de hechiceros sardos...

Casi todos pusieron los ojos en blanco o bufaron con frustración.

–Por una vez en su vida -o lo que sea- que puede explicar algo interesante… ¿En serio va a dejar escapar la oportunidad? –dijo Sirius, incrédulo.

Balbució y se detuvo. De nuevo, en el aire, se agitaba la mano de Hermione.

¿Señorita Grant?

–¡Pero si acabas de decirle tu nombre! –se quejó Tonks.

Disculpe, señor, ¿no tienen siempre las leyendas una base real?

–Bien dicho, señorita Grant –sonrió Dumbledore, el humor bañando sus facciones.

Hermione no sabía cómo responder a la broma del director así que se limitó a sonreír y a intentar no ruborizarse.

El profesor Binns la miraba con tal estupor, que Harry adivinó que ningún estudiante lo había interrumpido nunca, ni estando vivo ni estando muerto.

–Ah, pero nuestra Hermione no es "ningún estudiante"–dijo Sirius guiñándole un ojo.

Veamos —dijo lentamente el profesor Binns—, sí, creo que eso se podría discutir. —Miró a Hermione como si nunca hubiera visto bien a un estudiante—.

Al leer aquello, la señora Weasley puso los ojos en blanco. Gracias a la lectura de los libros, se estaba dando cuenta de la gran cantidad de malos profesores que enseñaban en Hogwarts.

Sin embargo, la leyenda por la que usted me pregunta es una patraña hasta tal punto exagerada, yo diría incluso absurda...

–Ojalá…–murmuró Ginny en voz baja.

A pesar de ello, Harry y Ron la oyeron, lo que provocó que el último mirase a su hermana con tristeza y que Harry sintiera una desagradable sensación en la boca del estómago.

La clase entera estaba ahora pendiente de las palabras del profesor Binns; éste miró a sus alumnos y vio que todas las caras estaban vueltas hacia él. Harry se sentía completamente desconcertado al ver unas muestras de interés tan inusitadas.

–Y supongo que el profesor Binns se sentía igual–dijo Hermione.

Muy bien —dijo despacio—. Veamos... la Cámara de los Secretos... Todos ustedes saben, naturalmente, que Hogwarts fue fundado hace unos mil años (no sabemos con certeza la fecha exacta) por los cuatro brujos más importantes de la época. Las cuatro casas del colegio reciben su nombre de ellos: Godric Gryffindor,

Los Gryffindor aplaudieron al fundador de su casa, pero los vítores duraron menos que de costumbre ya que Sirius, quien normalmente era quien aplaudía con más entusiasmo, quería oír lo que el profesor Binns tenía que decir.

Helga Hufflepuff, Rowena Ravenclaw y Salazar Slytherin. Los cuatro juntos construyeron este castillo, lejos de las miradas indiscretas de los muggles, dado que aquélla era una época en que la gente tenía miedo a la magia, y los magos y las brujas sufrían persecución.

–Debieron ser unos tiempos bastante duros–dijo Remus, pensativo.

–Lo fue–asintió Dumbledore, que había leído mucho sobre el tema–. Sobre todo para los nacidos muggle. A menudo eran perseguidos por sus propias familias y amigos.

–Merlín…–suspiró Molly, horrorizada.

Se detuvo, miró a la clase con los ojos empañados y continuó:

Durante algunos años, los fundadores trabajaron conjuntamente en armonía, buscando jóvenes que dieran muestras de aptitud para la magia y trayéndolos al castillo para educarlos. Pero luego surgieron desacuerdos entre ellos y se produjo una ruptura entre Slytherin y los demás. Slytherin deseaba ser más selectivo con los estudiantes que se admitían en Hogwarts.

Sirius resopló con desdén.

Pensaba que la enseñanza de la magia debería reservarse para las familias de magos. Le desagradaba tener alumnos de familia muggle, porque no los creía dignos de confianza.

–Por muy horrible que sea esa mentalidad–empezó Tonks–, también hay que tener en cuenta el momento en el que se encontraban. No me malinterpretéis, estoy totalmente en desacuerdo con Slytherin pero hace cientos de años de aquello. En el mundo muggle antes había esclavos o quemaban a la gente por su religión. Los tiempos cambian–declaró–. El problema es cuando la gente no cambia con ellos. Y eso es lo que sucede con la mayoría de los sangre pura; se han quedado todos atrapados en el pasado.

–Ciertamente–asintió Dumbledore, tratando de no pensar en sus creencias de joven.

Un día se produjo una seria disputa al respecto entre Slytherin y Gryffindor, y Slytherin abandonó el colegio.

El profesor Binns se detuvo de nuevo y frunció la boca, como una tortuga vieja llena de arrugas.

A pesar de todo, Ginny sonrió al oír esa descripción.

Esto es lo que nos dicen las fuentes históricas fidedignas —dijo—, pero estos simples hechos quedaron ocultos tras la leyenda fantástica de la Cámara de los Secretos. La leyenda nos dice que Slytherin había construido en el castillo una cámara oculta, de la que no sabían nada los otros fundadores.

–Le hace pensar a uno sobre lo poco observadores que eran los otros fundadores–trató de bromear Fred, sin éxito.

Para entonces, incluso los que no sabían lo sucedido durante aquel curso, eran conscientes de que la Cámara no era solamente una leyenda. Si fuese así, los muchachos no hubieran reaccionado como lo hicieron al leer el capítulo anterior.

»Slytherin, según la leyenda, selló la Cámara de los Secretos para que nadie la pudiera abrir hasta que llegara al colegio su auténtico heredero. Sólo el heredero podría abrir la Cámara de los Secretos, desencadenar el horror que contiene y usarlo para librar al colegio de todos los que no tienen derecho a aprender magia.

–Maldito viejo chiflado–masculló Sirius, al tiempo que Ginny se estremecía.

Cuando terminó de contar la historia, se hizo el silencio, pero no era el silencio habitual, soporífero, de las clases del profesor Binns. Flotaba en el aire un desasosiego, y todo el mundo le seguía mirando, esperando que continuara.

–No me extraña–dijo con cuidado Tonks, siendo consciente de lo mucho que afectaba aquel tema a los alumnos–. Estoy segura de que muchos de ellos nunca habían oído hablar de la Cámara. Y después de lo de la señora Norris… En fin, cómo para no estar un poco asustados.

El profesor Binns parecía levemente molesto.

Por supuesto, esta historia es un completo disparate —añadió—. Naturalmente, el colegio entero ha sido registrado varias veces en busca de la cámara, por los magos mejor preparados. No existe. Es un cuento inventado para asustar a los crédulos.

-Bueno, si es una Cámara Secreta no será fácil de encontrar, ¿no?-dijo Ron con cierto rencor.

Hermione volvió a levantar la mano. —Profesor..., ¿a qué se refiere usted exactamente al decir «el horror que contiene» la cámara?

Harry cerró los ojos un instante, recordando los colmillos y el largo cuerpo lleno de escamas del Basilisco. Se preguntaba si aún se encontraría allí, en lo más profundo de la Cámara. "Claro que sigue ahí", se dijo. "¿Dónde quieres que se haya ido?".

Se cree que es algún tipo de monstruo, al que sólo podrá dominar el heredero de Slytherin —explicó el profesor Binns con su voz seca y aflautada.

"O cualquiera que hable pársel", se dio cuenta Ron. Una parte de él se preguntaba si, de haber llegado Harry antes que el diario de Riddle a la Cámara, quizás hubiera sido capaz de controlar al basilisco y evitar que se produjeran los ataques.

La clase intercambió miradas nerviosas.

Pero ya les digo que no existe —añadió el profesor Binns, revolviendo en sus apuntes—. No hay tal cámara ni tal monstruo.

Pero, profesor —comentó Seamus Finnigan—, si sólo el auténtico heredero de Slytherin puede abrir la cámara, nadie más podría encontrarla, ¿no?

Remus inclinó la cabeza, pensativo.

–En eso tiene razón.

Tonterías, O'Flaherty —repuso el profesor Binns en tono algo airado—, si una larga sucesión de directores de Hogwarts no la han encontrado...

Llegados a ese punto, casi todos rodaron los ojos o bufaron con frustración. Estaba claro que el profesor Binns no creía en la existencia de la Cámara y, por tanto, no iba a darles más información al respecto.

Pero, profesor —intervino Parvati Patil—, probablemente haya que emplear magia negra para abrirla...

El hecho de que un mago no utilice la magia negra no quiere decir que no pueda emplearla, señorita Patati —le interrumpió el profesor Binns—. Insisto, si los predecesores de Dumbledore...

–Ni que los directores de Hogwarts fueran dioses–bufó George–. Quiero decir, son muy buenos magos y todo eso…–añadió en dirección a Dumbledore, quien sonrió–. Pero que no la hayan encontrado no significa que no exista. Hay miles de pasadizos y habitaciones ocultas por todo Hogwarts que nadie ha pisado jamás, o solo algunos pocos afortunados. Creedme, nosotros lo sabemos–dijo señalándose a él mismo y a Fred.

–Sí, tienes razón–le apoyó Sirius, pensando en el mapa del Merodeador–. Sería muy ingenuo creer algo así. Ni siquiera nosotros pudimos encontrar todos los secretos que hay en la escuela.

Pero tal vez sea preciso estar relacionado con Slytherin, y por eso Dumbledore no podría... —apuntó Dean Thomas, pero el profesor Binns ya estaba harto.

Ya basta —dijo bruscamente—. ¡Es un mito! ¡No existe! ¡No hay el menor indicio de que Slytherin construyera semejante cuarto trastero!

–Es evidente que no hay el menor indicio. Si no, ¡no sería una maldita Cámara Secreta! –dijo Sirius con cansancio.

Me arrepiento de haberles relatado una leyenda tan absurda. Ahora volvamos, por favor, a la historia, a los hechos evidentes, creíbles y comprobables.

Y en cinco minutos, la clase se sumergió de nuevo en su sopor habitual.

–Uno del que no ha vuelto a salir nunca más…–bromeó Ron con una sonrisa irónica.

• • •

Ya sabía que Salazar Slytherin era un viejo chiflado y retorcido —dijo Ron a Harry y Hermione, mientras se abrían camino por los abarrotados corredores al término de las clases, para dejar las bolsas en la habitación antes de ir a cenar—. Pero lo que no sabía es que hubiera sido él quien empezó todo este asunto de la limpieza de sangre.

–Él fue uno de los más, digamos, expresivos… en cuanto a su opinión–explicó Dumbledore–. Pero había muchos más que pensaban como él, sin duda. Por lo tanto, yo no diría que fue Slytherin quien empezó, pero sí que le dio más fuerza al movimiento y pronto se convirtió en el rostro de éste.

Mientras todos escuchaban a Dumbledore con interés, Harry pensó una vez más en la gran sabiduría y conocimiento del hombre. No sabía que pasaría si algún día Dumbledore desaparecía; estarían perdidos.

No me quedaría en su casa aunque me pagaran. Sinceramente, si el Sombrero Seleccionador hubiera querido mandarme a Slytherin, yo me habría vuelto derecho a casa en el tren.

–Eso mismo pensé yo–-le sonrió Sirius–. Por suerte todo fue bien…

Hermione asintió entusiasmada con la cabeza, pero Harry no dijo nada. Tenía el corazón encogido de la angustia. Harry no había dicho nunca a Ron y Hermione que el Sombrero Seleccionador había considerado seriamente la posibilidad de enviarlo a Slytherin.

El Harry del presente levantó la cabeza de pronto; se le había olvidado por completo.

–Suerte que ya solucionamos este tema ayer–dijo el muchacho–. No necesitamos más problemas o cosas profundas de las que hablar…

–Y que lo digas–le apoyó Ron–. Después de que acabamos con estos libros, no pienso volver a hablar sobre sentimientos en… ¡en años!

Harry soltó una carcajada, pero Hermione se limitó a sacudir la cabeza.

–Sois unos críos–les dijo, aunque había humor en su voz.

–Venga, ahora no te hagas la madura. Que a ti tampoco te gusta.

Ante aquello, Hermione se ruborizó un poco y miró a Ron como una gata enfadada.

–Puede que no, pero es necesario conversar sobre ciertas cosas de vez en cuando. Si no se queda todo acumulado y pasa lo que pasa.

El rostro de Ron se tornó de un feo color rojo al pensar en sus episodios de celos y las inseguridades que los habían causado. Hermione no había querido echárselo en cara, pero el chico no podía saberlo.

–Lo que tú digas–bufó.

Hermione tardó unos instantes en darse cuenta de lo sucedido, pero para entonces la señora Weasley ya había seguido leyendo.

Recordaba, como si hubiera ocurrido el día anterior, la vocecita que le había hablado al oído cuando, un año antes, se había puesto el Sombrero Seleccionador.

Podrías ser muy grande, ¿sabes?, lo tienes todo en tu cabeza y Slytherin te ayudaría en el camino hacia la grandeza. No hay dudas, ¿verdad?

Snape, que no había reaccionado demasiado durante los últimos minutos, sintió como la vena de su frente volvía a hincharse. No necesitaba que le recordasen aquello. ¿Y que si Potter daba muestras de no ser quién él creía? No cambiaba nada en absoluto. El chico seguía siendo mucho más parecido a Potter que a su madre, y eso era así.

Pero Harry, que ya conocía la reputación de la casa de Slytherin por los brujos de magia negra que salían de ella, había pensado desesperadamente «¡Slytherin no!», y el sombrero había terminado diciendo:

Bueno, si estás seguro, mejor que seas ¡GRYFFINDOR!

Los alumnos repitieron los aplausos y vítores del día anterior, provocando que Harry agachara la cabeza y sonriera con gratitud.

Mientras caminaban empujados por la multitud, pasó Colin Creevey.

¡Eh, Harry!

¡Hola, Colin! —dijo Harry sin darse cuenta.

Harry, Harry.., en mi clase un chaval ha estado diciendo que tú eres...

Pero Colin era demasiado pequeño para luchar contra la marea de gente que lo llevaba hacia el Gran Comedor.

–¿Qué es lo que ha estado diciendo? –preguntó Sirius, aunque ya se lo imaginaba.

–Ya verás–dijo Harry rápidamente.

Le oyeron chillar:

¡Hasta luego, Harry! —Y desapareció.

¿Qué es lo que dice sobre ti un chaval de su clase? —preguntó Hermione.

Que soy el heredero de Slytherin, supongo —dijo Harry,

Sirius frunció los labios.

–Que se atreva.

y el corazón se le encogió un poco más al recordar cómo lo había rehuido Justin Finch-Fletchley a la hora de la comida.

–Oh, Harry…–los ojos de la señora Weasley le miraban con compasión–. No te mereces esto.

–Ahora ya estoy acostumbrado–dijo él, intentando consolarla con una sonrisa–. La verdad es que cada año piensan algo diferente de mí. O sea que no me queda más remedio.

La carcajada del chico no pudo ocultar el dolor tras esas palabras y el corazón de Molly se oprimió una vez más.

La gente aquí es capaz de creerse cualquier cosa —dijo Ron, con disgusto.

La masa de alumnos se aclaró, y consiguieron subir sin dificultad al siguiente rellano.

¿Crees que realmente hay una Cámara de los Secretos? —preguntó Ron a Hermione.

Una pequeña sonrisa se extendió por el rostro de Hermione al oír como Ron le había pedido su opinión. Le gustaba que lo hiciera.

No lo sé —respondió ella, frunciendo el entrecejo—. Dumbledore no fue capaz de curar a la Señora Norris, y eso me hace sospechar que quienquiera que la atacase no debía de ser..., bueno..., humano.

La sonrisa desapareció al recordar la seriedad de la situación sobre la que estaban leyendo.

Al doblar la esquina se encontraron en un extremo del mismo corredor en que había tenido lugar la agresión. Se detuvieron y miraron. El lugar estaba tal como lo habían encontrado aquella noche, salvo que ningún gato tieso colgaba de la argolla en que se fijaba la antorcha, y que había una silla apoyada contra la pared del mensaje: «La cámara ha sido abierta.»

Ginny se mordió el labio con fuerza y apretó las manos para evitar que éstas empezasen a temblar. A veces, cuando pasaba por aquel pasillo, le venían a la mente recuerdos borrosos de su segundo año, que la dejaban alterada durante el resto del día.

Aquí es donde Filch ha estado haciendo guardia —dijo Ron.

Se miraron unos a otros. El corredor se encontraba desierto.

No hay nada malo en echar un vistazo —dijo Harry, dejando la bolsa en el suelo y poniéndose a gatear en busca de alguna pista.

–No sé si es demasiada buena idea…–empezó Tonks–. En cualquier otra situación me alegraría de que estuvierais tomando la iniciativa pero esto es diferente. Mucha gente ya piensa que habéis tenido algo que ver y si alguien os encuentra volviendo al lugar del ataque… Podríais salir mal parados.

¡Esto está chamuscado! —dijo—. ¡Aquí... y aquí!

¡Ven y mira esto! —dijo Hermione—. Es extraño.

Harry se levantó y se acercó a la ventana más próxima a la inscripción de la pared. Hermione señalaba al cristal superior, por donde una veintena de arañas estaban escabulléndose, según parecía tratando de penetrar por una pequeña grieta en el cristal.

Ron reprimió un escalofrío. No tenía ningunas ganas de leer sobre Aragog y su "familia".

Un hilo largo y plateado colgaba como una soga, y daba la impresión de que las arañas lo habían utilizado para salir apresuradamente.

–Eso es interesante…–murmuró Remus pasándose una mano por la barbilla.

Sacó un papel de su bolsillo y anotó algo en él.

–Para que no se me olvide–dijo sonriendo levemente al ver que algunos le miraban.

¿Habíais visto alguna vez que las arañas se comportaran así? —preguntó Hermione, perpleja.

Yo no —dijo Harry—. ¿Y tú, Ron? ¿Ron?

Volvió la cabeza hacia su amigo. Ron había retrocedido y parecía estar luchando contra el impulso de salir corriendo.

–¿Que ha pasado? –la voz de Sirius estaba teñida por la preocupación.

¿Qué pasa? —le preguntó Harry.

No... no me gustan... las arañas —dijo Ron, nervioso.

–¿En serio? –dijo Sirius con incredulidad. Cuando habló, todos pudieron oír como la diversión había sustituido a la preocupación de su voz.

Ron le ignoró a él y a los demás que le miraban con curiosidad. Sabía que el libro lo explicaría.

No lo sabía —dijo Hermione, mirando sorprendida a Ron—. Has usado arañas muchas veces en la clase de Pociones...

Snape levantó la vista al oír el nombre de su clase. Todo aquel tema no le interesaba en absoluto, aunque una pequeña parte de él sentía cierta curiosidad.

Si están muertas no me importa —explicó Ron, quien tenía la precaución de mirar a cualquier parte menos a la ventana—. No soporto la manera en que se mueven.

Hermione soltó una risita tonta.

–Lo siento, Ron–dijo la chica automáticamente.

Había estado buscando una manera de disculparse con su amigo por lo dicho antes, así que ni siquiera le importó que el libro calificase su risa como "tonta".

–No debería haberme reído. Es evidente que te afecta de verdad y fue cruel por mi parte.

Ron la miró con sorpresa, pero solo duró un instante. Luego asintió y le dijo con una sonrisa.

–Está bien, no pasa nada.

No tiene nada de divertido —dijo Ron impetuosamente—. Si quieres saberlo, cuando yo tenía tres años, Fred convirtió mi... mi osito de peluche en una araña grande y asquerosa porque yo le había roto su escoba de juguete. A ti tampoco te harían gracia si estando con tu osito, le hubieran salido de repente muchas patas y...

Sirius no pudo evitarlo; soltó una carcajada.

–Lo siento, lo siento de veras, Ron–dijo intentando calmarse–. Es solo que es un poco gracioso.

Molly frunció el ceño al ver como Ron agachaba la cabeza.

–En realidad, Sirius, no lo es. Ron solo tenía tres años y fue muy traumático para él.

–Y para mí–añadió Fred con una mueca–. Fue la única vez en toda mi vida que mi madre me dio una bofetada de verdad. Y, y–dijo con rapidez, al ver que Molly quería interrumpirle-, me la merecía totalmente. Estaba enfadado y me pasé, Ron. Lo siento.

Su hermano le miró con los ojos abiertos por la sorpresa.

–Te perdono, tranquilo. Tú también eras pequeño y no podías controlar muy bien la magia–le sonrió y Fred también lo hizo de vuelta.

Sirius se aclaró la garganta.

–¿Ron? Me gustaría disculparme yo también. Por haberme reído antes. No pretendía reírme de ti, sino del hecho de que te dieran miedo las arañas. Es decir, me parecía gracioso que te dieran miedo unos simples bichos cuando te has enfrentado a mil cosas mucho más aterradoras y ni has parpadeado. Merlín, ¡ayer leímos que dejaste que te golpease una estatua de ajedrez gigante cuando tenías once años! Al lado de eso las arañas me parecían algo ridículo.

Ron sonrió ante el cumplido y cuando Sirius acabó de hablar sacudió la cabeza.

–No pasa nada, de verdad. ¿Qué os pasa a todos con las disculpas? –dijo soltando una carcajada–. ¡No me ofendo tan fácilmente! Lo único por lo que deberíais disculparos es por pausar la lectura una y otra vez y hacer que me muera de hambre–bromeó, pero en ese instante sus tripas rugieron.

–Será mejor que siga leyendo–sonrió la señora Weasley con cariño.

–Sí, por favor.

Dejó de hablar, estremecido. Era evidente que Hermione seguía aguantándose la risa. Pensando que sería mejor cambiar de tema, Harry dijo:

¿Recordáis toda aquella agua en el suelo? ¿De dónde vendría? Alguien ha pasado la fregona.

Remus anotó aquello también en su papel.

Estaba por aquí —dijo Ron, recobrándose y caminando unos pasos más allá de la silla de Filch para indicárselo—, a la altura de esta puerta.

Asió el pomo metálico de la puerta, pero retiró la mano inmediatamente, como si se hubiera quemado.

–¿Qué? –preguntó automáticamente el señor Weasley, mirando a su mujer.

Molly pasó la mirada por las siguientes líneas y sonrió, haciendo que Arthur se relajase al verlo.

¿Qué pasa? —preguntó Harry.

No puedo entrar ahí —dijo Ron bruscamente—, es un aseo de chicas.

Ginny, que poco a poco iba recuperándose, soltó una risita.

–Chicos…–dijo rodando los ojos–. ¿Sabes que no hay una barrera que te impida pasar, no?

Ron bufó, recordando la de horas que finalmente llegaron a pasar en aquel aseo.

–Sé que no la hay, pero como me han educado bien no voy a entrar en un sitio en el que no sería bien recibido. ¿Qué opinarías tú si te encontrases a un chico en el baño?

Ginny se encogió de hombros.

–Siempre que no esté ahí para hacer algo raro… Me daría igual. Lo de los baños divididos por sexos me parece una tontería.

–No dirías lo mismo si tuvieras que compartir aseo…. ¡con Crabbe y Goyle!–Ron sonrió, orgulloso de sí mismo y consciente de que había conseguido la carta ganadora al ver como la nariz de Ginny se arrugaba con disgusto.

–Vale, vale, tú ganas. Ahora estoy convencida de que deberían dividirse los lavabos en dos… "Personas limpias" y "Crabbes y Goyles".

Aquello provocó las carcajadas de los alumnos y, mientras éstos se calmaban, Molly continuó leyendo.

Pero Ron, si no habrá nadie dentro —dijo Hermione, poniéndose derecha y acercándose—; aquí es donde está Myrtle la Llorona. Venga, echemos un vistazo.

–Oh, no. Ella otra vez no…–se quejó George.

Y sin hacer caso del letrero de «No funciona», Hermione abrió la puerta. Era el cuarto de baño más triste y deprimente en que Harry había puesto nunca los pies. Debajo de un espejo grande, quebrado y manchado, había una fila de lavabos de piedra en muy mal estado. El suelo estaba mojado y reflejaba la luz triste que daban las llamas de unas pocas velas que se consumían en sus palmatorias. Las puertas de los retretes estaban rayadas y rotas, y una colgaba fuera de los goznes.

Harry pensó con siniestro humor que diría el orgulloso Salazar Slytherin al saber que su querida entrada a la Cámara había acabado convirtiéndose en aquello. El chico había leído cómo cientos de años atrás, los lavabos en los que se encontraba la entrada de la Cámara se habían encontrado en medio del pasillo, para que los estudiantes se lavasen las manos entre clase y clase. Con el tiempo, añadieron unos retretes a la zona y fueron utilizados como servicios. Harry no podía evitar sonreír ante aquello.

Hermione les pidió silencio con un dedo en los labios y se fue hasta el último retrete. Cuando llegó, dijo:

Hola, Myrtle, ¿qué tal?

Harry y Ron se acercaron a ver. Myrtle la Llorona estaba sobre la cisterna del retrete, reventándose un grano de la barbilla.

Al leer aquello, la señora Weasley arrugó la nariz con asco.

Esto es un aseo de chicas —dijo, mirando con recelo a Harry y Ron—. Y ellos no son chicas.

No —confirmó Hermione—. Sólo quería enseñarles lo... lo bien que se está aquí.

–Hay que trabajar en esas mentiras, Hermione –dijo Tonks, sonriendo con diversión.

Con la mano, indicó vagamente el espejo viejo y sucio, y el suelo húmedo.

Pregúntale si vio algo —dijo Harry a Hermione, sin pronunciar, para que le leyera en los labios.

¿Qué murmuras? —le preguntó Myrtle, mirándole.

–Error–los ojos de Sirius brillaban con humor y Harry no pudo evitar devolverle la sonrisa.

Se sentía muy agradecido de tener a su padrino junto a él. Aunque lo que leyeran no fuera agradable, Sirius siempre sabía cómo mejorar las cosas.

Nada —se apresuró a decir Harry—. Queríamos preguntar...

¡Me gustaría que la gente dejara de hablar a mis espaldas! —dijo Myrtle, con la voz ahogada por las lágrimas—. Tengo sentimientos, ¿sabéis?, aunque esté muerta.

–¿Por qué es tan dramática? –se quejó Tonks.

–Supongo que no tiene nada más que hacer–dijo Remus–. Estando muerta y todo eso…

Ante aquello, Tonks no pudo evitar soltar una carcajada. Remus era tan adorable cuando no sabía muy bien que estaba diciendo.

Myrtle, nadie quiere molestarte —dijo Hermione—. Harry sólo...

¡Nadie quiere molestarme! ¡Ésta sí que es buena! —gimió Myrtle—. ¡Mi vida en este lugar no fue más que miseria, y ahora la gente viene aquí a amargarme la muerte!

–¿No puede huir? –preguntó Hermione con curiosidad–. Volver a casa o algo así.

Dumbledore se tiró de la barba, pensativo.

–Supongo que podría… Pero por mucho que le guste quejarse, ella siente que Hogwarts es su hogar. No creo que se vaya a mover de aquí.

Queríamos preguntarte si habías visto últimamente algo raro —dijo Hermione dándose prisa—. Porque la noche de Halloween agredieron a un gato justo al otro lado de tu puerta.

¿Viste a alguien por aquí aquella noche? —le preguntó Harry.

Los que no sabían que había pasado se acercaron al borde de sus asientos, esperando alguna nueva pista.

–A ver si tenemos suerte…–pidió Sirius.

No me fijé —dijo Myrtle con afectación—.

–¿Cómo no?–resopló el animago.

Los demás volvieron a sentar correctamente, decepcionados, mientras Snape se sorprendía de la astucia de los muchachos. Lo cierto era que a nadie se le ocurrió preguntar a los fantasmas.

Me dolió tanto lo que dijo Peeves, que vine aquí e intenté suicidarme.

–¿Es broma? –los ojos de Molly se abrieron con incredulidad–. Esta chica tenía serios problemas cuando estaba viva¸ alguien debería haberla ayudado.

Dumbledore pensó, no por primera vez, que quizás debería crear un puesto para alguien que ayudase a gente como Myrtle en Hogwarts. Alguien que pudiese escuchar y aconsejar a los alumnos que lo necesitasen.

Luego, claro, recordé que estoy..., que estoy...

Muerta ya —dijo Ron, con la intención de ayudar.

–Oh, Ronald…–Ginny enterró el rostro entre las manos con vergüenza-. ¿Cómo se te ocurre?

–"Con la intención de ayudar". Mamá lo ha leído. Era lo que intentaba hacer.

–Lo sé–suspiró Ginny–. Pero aun así…

Myrtle sollozó trágicamente, se elevó en el aire, se volvió y se sumergió de cabeza en la taza del retrete, salpicándoles, y desapareció de la vista; a juzgar por la procedencia de sus sollozos ahogados, debía de estar en algún lugar del sifón.

–No me extraña que nadie vaya a ese aseo…–dijo Tonks, con un estremecimiento–. Imagínate estar encargándote de tus cosas y de repente aparece Myrtle por ahí.

Aquello hizo que Ginny soltase una carcajada.

–"Encargándote de tus cosas" … Muy fina, Tonks.

–Gracias– sonrió la metamorfomaga.

Harry y Ron se quedaron con la boca abierta, pero Hermione, que ya estaba harta, se encogió de hombros, y les dijo:

Tratándose de Myrtle, esto es casi estar alegre. Bueno, vámonos...

–Sí, será lo mejor…–dijo Sirius, quien aún sonreía a causa de lo dicho por Tonks.

Harry acababa de cerrar la puerta a los sollozos gorjeantes de Myrtle, cuando una potente voz les hizo dar un respingo a los tres.

¡RON!

La señora Weasley leyó aquello con tanta potencia que muchos saltaron de sus asientos, asustados. Molly sonrió al verlo, pero la sonrisa desapareció de sus labios al leer la siguiente palabra.

Percy Weasley, con su resplandeciente insignia de prefecto, se había detenido al final de las escaleras, con una expresión de susto en la cara.

Como sucedía cada vez que el libro mencionaba a Percy, el ánimo decayó un tanto.

¡Esos son los aseos de las chicas! —gritó—. ¿Qué estás haciendo?

Sólo echaba un vistazo —dijo Ron, encogiéndose de hombros—. Buscando pistas, ya sabes...

Percy parecía a punto de estallar. A Harry le recordó mucho a la señora Weasley.

La voz de Molly casi se rompió al leer aquello. Su pequeño…

Marchaos... fuera... de aquí... —dijo, caminando hacia ellos con paso firme y agitando los brazos para echarlos—. ¿No os dais cuenta de lo que podría parecer, volver a este lugar mientras todos están cenando?

–Tiene parte de razón–el señor Weasley sintió una punzada en el pecho. Se acababa de dar cuenta de que por primera vez en un año había estado de acuerdo con su hijo.

¿Por qué no podemos estar aquí? —repuso Ron acaloradamente, parándose de pronto y enfrentándose a Percy—. ¡Escucha, nosotros no le hemos tocado un pelo a ese gato!

–Yo lo sé y tú también–continuó Arthur–. Y aunque eso sea lo más importante, también has de tener en cuenta lo que pueden pensar los demás.

–Tu no lo haces.

El señor Weasley miró a su hijo con un toque de orgullo en la mirada, al tiempo que una sonrisa aparecía en su rostro.

–Tienes razón. Yo no lo hago.

Eso es lo que dije a Ginny —dijo Percy con contundencia—, pero ella todavía cree que te van a expulsar. No la he visto nunca tan afectada, llorando amargamente. Podrías pensar un poco en ella, y además, todos los de primero están asustados.

El buen humor que se había instalado en la muchacha desapareció de pronto al recordarlo. A su lado, Ron no podía parar de pensar en cómo podían haber estado tan ciegos.

A ti no te preocupa Ginny —replicó Ron, enrojeciendo hasta las orejas—, a ti sólo te preocupa que yo eche a perder tus posibilidades de ser Representante del Colegio.

–Ohhh–exclamaron los gemelos, tratando de desviar la atención de Ginny–. ¡Díselo, Ron!

¡Cinco puntos menos para Gryffindor! —dijo Percy secamente,

Sirius dejó escapar una suspiró de sorpresa y horror a la vez.

llevándose una mano a su insignia de prefecto—. ¡Y espero que esto te enseñe la lección! ¡Se acabó el hacer de detective, o de lo contrario escribiré a mamá!

Molly sonrió con tristeza. Si ella no hubiera sabido toda la historia, probablemente hubiese actuado igual que Percy. El verlo desde los ojos de los chicos, sin embargo, le hacía pensar diferente.

Y se marchó con el paso firme y la nuca tan colorada como las orejas de Ron.

• • •

Aquella noche, en la sala común, Harry, Ron y Hermione escogieron los asientos más alejados del de Percy. Ron estaba todavía de muy mal humor y seguía emborronando sus deberes de Encantamientos. Cuando, sin darse cuenta, cogió su varita mágica para quitar las manchas, el pergamino empezó a arder.

–Ya no me acordaba de eso...–murmuró Ron, colorado.

Casi echando tanto humo como sus deberes, Ron cerró de golpe "El libro reglamentario de hechizos (clase 2)". Para sorpresa de Harry, Hermione lo imitó.

–¿Hermione? –preguntó Fred, abriendo mucho los ojos. A su lado, George la miraba como si le hubiera crecido otra cabeza.

–Oh, dejad de haceros los sorprendidos–la muchacha puso los ojos en blanco–. Sabéis que cuando pasan cosas así de importantes no pienso ni un instante en los estudios. Bueno, quizás un poco sí–reconoció–. Pero ya sabéis a lo que me refiero.

Pero ¿quién podría ser? —dijo con voz tranquila, como si continuara una conversación que hubieran estado manteniendo—. ¿Quién querría echar de Hogwarts a todos los squibs y los de familia muggle?

–¿El noventa por ciento de Slytherin? –aventuró Sirius, mirando de reojo a Snape.

El profesor de Pociones no le hizo caso, sino que siguió concentrado en la lectura. Quería acabar lo antes posible con aquel capítulo, pero, una pequeña parte de él, escuchaba con atención las deducciones de los críos. Nunca lo reconocería, pero le resultaban interesantes.

Pensemos —dijo Harry con simulado desconcierto—. ¿Conocemos a alguien que piense que los que vienen de familia muggle son escoria?

Miró a Hermione. Hermione miró hacia atrás, poco convencida.

Si te refieres a Malfoy...

–Claro que se refiere a Malfoy–dijo Sirius-. Aunque no estoy seguro de que sea él. No es que no le vea capaz–añadió–. Pero no sería propio de Lucius arriesgar a su hijo de ese modo.

Snape tuvo que reconocer que tenía razón y en parte así fue. Lucius no implicó a Draco en ningún momento.

¡Naturalmente! —dijo Ron—. Ya lo oísteis: «¡Los próximos seréis los sangre sucia!» Venga, no hay más que ver su asquerosa cara de rata para saber que es él...

¿Malfoy, el heredero de Slytherin? —dijo escépticamente Hermione.

–¿Cómo es que estabas tan escéptica, Hermione? –preguntó Tonks, extrañada.

–No sé… Supongo que no quería pensar que fuese capaz–sacudió la cabeza–. Ahora es evidente que sí que lo sería.

Fíjate en su familia —dijo Harry, cerrando también sus libros—. Todos han pertenecido a Slytherin, él siempre alardea de ello. Podrían perfectamente ser descendientes del mismo Slytherin. Su padre es un verdadero malvado.

¡Podrían haber conservado durante siglos la llave de la Cámara de los Secretos! —dijo Ron—. Pasándosela de padres a hijos...

–Todo cuadra…–asintió Sirius–. Pero no sé por qué algo me dice que no es tan sencillo. Es decir, Lucius hubiera abierto la Cámara hace años si hubiera tenido la ocasión. Aunque solo fuera para impresionar a su "amo".

–Eso es cierto–dijo Remus, pensativo.

Bueno —dijo cautamente Hermione—, supongo que puede ser.

Pero ¿cómo podríamos demostrarlo? —preguntó Harry; en tono de misterio.

Habría una manera —dijo Hermione hablando despacio, bajando aún más la voz y echando una fugaz mirada a Percy—. Por supuesto, sería difícil. Y peligroso, muy peligroso. Calculo que quebrantaríamos unas cincuenta normas del colegio.

–¿Hermione? –dijo George, esta vez la sorpresa era genuina.

–A veces hay que hacer lo que es necesario–se defendió Hermione.

Entonces, un pensamiento repentino hizo que el color huyese de su rostro

–Eh, director, por favor.

–¿Si? –le sonrió Dumbledore, bondadosamente.

–Habíamos dicho que ninguna de las reglas rotas o de las infracciones cometidas restarían puntos, ¿verdad?

–Así es.

–Y no podemos ser castigados por nada de lo que se lea, ¿cierto?

–Cierto–continuó sonriendo el director–. Pero he de admitir que tantas preguntas están captando mi interés. Aunque, desde luego, estoy seguro que tarde o temprano nos enteraremos.

–Eso me temo, señor–el rostro de Hermione estaba cargado de nerviosismo, pero la conversación con Dumbledore parecía haberlo reducido considerablemente.

El director sonrió una última vez e hizo una inclinación con la cabeza en dirección a Molly para que continuase con la lectura. La señora Weasley parecía un poco asustada con todo aquello, pero hizo caso a lo que le decía el hombre.

Si, dentro de un mes más o menos, te parece que podrías empezar a explicárnoslo, háznoslo saber, ¿vale? —dijo Ron, airado.

De acuerdo —repuso fríamente Hermione—. Lo que tendríamos que hacer es entrar en la sala común de Slytherin y hacerle a Malfoy algunas preguntas sin que sospeche que somos nosotros.

–Sí, eso estaría bien–dijo Tonks.

Pero eso es imposible —dijo Harry, mientras Ron se reía.

No, no lo es —repuso Hermione—. Lo único que nos haría falta es una poción multijugos.

–Ohh…–dijeron todos al mismo tiempo, empezando a comprender lo que Hermione estaba implicando.

Snape, por su parte, dirigió una mirada penetrante al trio de oro, especialmente a Hermione. Si la muchacha había robado de su despensa, un año después de prenderle fuego… Había sido razonable el día anterior, cuando leyeron ese particular incidente. Pero no iba a serlo de nuevo. A pesar de todo, decidió esperarse a tener pruebas antes de comenzar a acusarles. Para fabricar aquella poción se necesitaban libros a los que ningún estudiante de segundo tenía acceso, por no mencionar que era imposible que unos niños de doce años fueran capaces de hacer una poción tan complicada. Si, era mejor esperar hasta estar seguro.

¿Qué es eso? —preguntaron a la vez Harry y Ron.

Snape la mencionó en clase hace unas semanas.

¿Piensas que no tenemos nada mejor que hacer en la clase de Pociones que escuchar a Snape? —dijo Ron.

Ron sonrió inocentemente a su madre, mientras Snape le miraba con irritación.

–Tal vez podrías empezar a presar atención, Weasley. Tengo entendido que es tu ambición ser auror, ¿no es cierto?

El chico asintió levemente, de pronto asustado.

–Bien. Entonces te alegrará saber que no acepto a alumnos de sexto que no hayan obtenido las más altas cualificaciones en los TIMOS. Y como cualquiera con medio cerebro sabrá, para ser auror hace falta tener los EXTASIS de Pociones. Así que… tú verás, Weasley–la última palabra estaba cargada de desdén.

Molly, a medio camino entre la rabio hacia Snape y las ganas de sermonear a Ron por no prestar atención, decidió que lo más inteligente sería seguir leyendo.

Esa poción lo transforma a uno en otra persona. ¡Pensad en ello! Nos podríamos convertir en tres estudiantes de Slytherin. Nadie nos reconocería. Y seguramente Malfoy nos diría algo. Lo más probable es que ahora mismo esté alardeando de ello en la sala común de Slytherin.

–Esa una buena idea–la elogió Tonks–. Pero, Hermione, es una poción muy compleja para unos alumnos de segundo. Por no mencionar que contiene algunos ingredientes difíciles de conseguir…

La muchacha intentó no cruzar la mirada con la auror ya que sabía que tenía la verdad escrita en el rostro.

Esto del multijugos me parece un poco peligroso —dijo Ron, frunciendo el entrecejo—. ¿Y si nos quedamos para siempre convertidos en tres de Slytherin?

Ron se estremeció solo de pensarlo.

El efecto se pasa después de un rato —dijo Hermione, haciendo un gesto con la mano como para descartar ese inconveniente—, pero lo realmente difícil será conseguir la receta. Snape dijo que se encontraba en un libro llamado Moste Potente Potions que se encuentra en la Sección Prohibida de la biblioteca.

–Sabelotodo hasta el final, Granger–dijo Snape, con una horrible mueca.

La mirada de Hermione se fijó en un punto en el suelo; no iba a darle a Snape lo que quería. Ron, en cambio, le lanzó una mirada al profesor llena de furia y tuvo que apretar los puños para no defender a su amiga.

Solamente había una manera de conseguir un libro de la Sección Prohibida: con el permiso por escrito de un profesor.

Será difícil explicar para qué queremos ese libro si no es para hacer alguna de las pociones.

–Era una buena idea… –reconoció Remus–. Pero a menos que vayáis por la noche con la capa, no veo la manera de solucionarlo.

Creo —dijo Hermione— que si consiguiéramos dar la impresión de que estábamos interesados únicamente en la teoría, tendríamos alguna posibilidad...

No te fastidia... ningún profesor se va a tragar eso —dijo Ron—. Tendría que ser muy tonto...

–Estoy de acuerdo–sonrió el hombre lobo. Luego miró a los tres amigos y algo en sus rostros hizo que la sonrisa desapareciese–. Esperad un momento… No me digáis que lo conseguisteis.

–Sigue leyendo, mamá-le pidió Ron.

–No puedo, se ha acabado el capítulo.

-¿En serio? Vaya qué rápido…

Su madre sonrió.

–Tampoco tanto. Por cierto, Albus–su atención pasó de Ron a Dumbledore–, ¿paramos ahora para comer o esperamos a un capítulo más?

El director lo pensó durante unos instantes.

–Creo que deberíamos preguntarle al principal interesado–miró a Ron desde sus gafas de media luna–. ¿Qué quieres hacer, Ron?

Si le hubiera preguntado su madre o alguien de su familia, el muchacho hubiera respondido sin dudarlo que quería comer ya mismo. Pero era Dumbledore quien le estaba hablando, así que Ron, muy a su pesar, dijo:

–Puedo aguantar un capítulo más, señor. Además, aunque no pudiera, no haría que todos tuvierais que parar por mí.

Dumbledore pareció satisfecho por la respuesta por lo que inclino la cabeza hacia Molly y preguntó:

–¿Cómo se titula el siguiente capítulo?

–"La «bludger» loca"–contestó Molly después de buscarlo en el libro.

Antes de que pudiera preguntar quién quería leer, sin embargo, Fred levantó la mano.

–Mamá, ¿ podría leer yo este capítulo, por favor?

–Por supuesto.

Molly le entregó el libro a su hijo manteniendo el dedo pulgar en la página en la que se encontraban.

–Perfecto, gracias–dijo Fred en cuanto lo recibió-. Pero antes de empezar a leer, me gustaría decir algo. El título del capítulo me ha hecho acordarme de lo que va a suceder a continuación, y creo que la mayoría de nosotros también lo sabemos.

Los alumnos asintieron, con cara de circunstancias.

–Bien–continuó Fred–. Pues sabiendo lo que va a suceder, puedo deciros que será un capítulo bastante intenso. Quizás sea mejor comer ahora, para tener fuerzas y eso–guiñó un ojo en dirección a Ron, quien se lo agradeció con la mirada–. Aunque, si pensáis que debería seguir leyendo ahora, yo encantado.

Los ojos de Dumbledore brillaban con diversión cuando dijo:

–Me parece una excelente idea, señor Weasley. Yo también recuerdo aquel episodio y creo que tienes razón. Así pues, si queréis ir sentándoos en la mesa de la esquina, yo iré a las cocinas a hablar con Dobby.

Ron fue el primero en levantarse y, mientras los demás le imitaban, Snape alzó la voz.

–Señor director, yo debería ir al Gran Comedor. Y me temo que Potter y compañía también.

Sirius habló la boca para replicar, a él le iba perfecto que Snape se fuera, pero su ahijado y amigos se iban a quedar ahí.

–No queremos levantar sospechas–añadió el maestro de pociones, al ver sus intenciones.

–En realidad, profesor–intervino Harry–, les hemos dicho a nuestros amigos que íbamos a estar estudiando en los jardines durante todo el día. Y que también comeríamos ahí.

Los ojos negros de Snape se encontraron con los verdes durante un instante, y por un momento pareció que iba a decir algo. Si era un insulto o un elogio lo que el profesor tenía pensado decir, Harry nunca lo sabría. Aunque teniendo en cuenta con quien estaba hablando, lo más probable era que fuese un insulto. En cambio, Snape giró su cuerpo levemente en dirección a Dumbledore y dijo:

–Como profesor, yo no puedo excusarme tan fácilmente. Y especialmente con Umbridge vigilando todos mis movimientos.

–Lo comprendo, Severus, no te preocupes. Disfruta del banquete.

Snape hizo un gesto seco con la cabeza y giró sobre sí mismo, su larga capa ondeando tras él.

Justo cuando estaba a punto de abrir la puerta, Dumbledore le llamó de nuevo.

–Oh y, ¿Severus?

El profesor de pociones se paró, con la mano en el pomo, pero no giró la cabeza.

–Vuelve al cabo de media hora, más o menos. Calculo que para entonces ya habremos acabado.

Con eso, Snape abrió finalmente la puerta y salió de la Sala. Dumbledore le vio marchar y unos segundos después dijo:

–De acuerdo, poneos cómodos. Con suerte la comida llegará enseguida.

–Gracias, director–le sonrió Molly.

Dumbledore inclinó la cabeza y desapareció en dirección a las cocinas.

Mientras tanto, Harry se había sentado en la mesa de la esquina, que era exactamente igual a las que se encontraban en el Gran Comedor. Cuando todos estuvieron en sus sitios alrededor de ella, volvió a aparecer Dumbledore. La llegada de éste vino seguida por la aparición de una gran cantidad de platos deliciosos, que todos comieron con ganas.

Al terminar, los platos desaparecieron y aun tuvieron tiempo para ir al baño o hablar de temas sin importancia. Nadie quería volver a pensar en la Cámara y, por tanto, nadie la mencionó.

Cuando Snape regresó de nuevo a la Sala, la encontró prácticamente igual que al irse. La única diferencia, pensó con burla, era que la expresión de angustia (causada por el hambre) en el rostro del joven Weasley había desaparecido.

Volvió rápidamente a su asiento y, nada más hacerlo, Dumbledore hizo levitar el libro hacia Fred Weasley.

El chico lo tomó entre las manos y dijo:

–De acuerdo, espero que hayáis cogido fuerzas para la segunda mitad del libro. Capítulo diez: "La «bludger» loca".

A/N: Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que haya valido la pena estos dos meses de espera (lo siento de nuevo). El siguiente lo acutalizaré mucho antes. O eso espero! Mañana me voy de vacaciones con mi familia hasta mediados de agosto pero espero tener tiempo de vez en cuando para escribir... Antes de septiembre me gustaría acabar el siguiente capítulo, pero como siempre no me hagáis mucho caso... Las fechas límite y yo no somos muy amigas hahah Bueno, espero que os haya gustado el capítulo.

Como siempre, gracias por leer y dejad review si queréis :D