Dumbledore hizo levitar el libro hacia Fred Weasley.
El chico lo tomó entre las manos y dijo:
–De acuerdo, espero que hayáis cogido fuerzas para la segunda mitad del libro. Capítulo diez: "La «bludger» loca".
Después del desastroso episodio de los duendecillos de Cornualles, el profesor Lockhart no había vuelto a llevar a clase seres vivos.
–Gracias a Merlín...–suspiró la señora Weasley.
Por el contrario, se dedicaba a leer a los alumnos pasajes de sus libros, y en ocasiones representaba alguno de los momentos más emocionantes de su biografía.
Sirius enterró el rostro entre sus manos.
–Creo que has hablado antes de tiempo, Molly.
La mujer tuvo que darle la razón.
Habitualmente sacaba a Harry para que lo ayudara en aquellas reconstrucciones;
Aquello hizo que Sirius se atragantase.
–¿Es broma? Yo que pensaba que ya había empeorado bastante…
hasta el momento, Harry había tenido que representar los papeles de un ingenuo pueblerino transilvano al que Lockhart había curado de una maldición que le hacía tartamudear, un yeti con resfriado y un vampiro que, cuando Lockhart acabó con él, no pudo volver a comer otra cosa que lechuga.
–No me creo ni una palabra de esas historias–declaró Tonks–. Y cualquier mago adulto tampoco lo haría– la auror no vio el rubor en las mejillas de la señora Weasley–; está claro que os las cuenta a vosotros porqué sois niños.
Ante la mirada de los alumnos, se explicó.
–Que no quiere decir que seas unos crédulos. Pero sí que es verdad que tenéis menos experiencia.
En la siguiente clase de Defensa Contra las Artes Oscuras sacó de nuevo a Harry, esta vez para representar a un hombre lobo.
Remus sacudió la cabeza con disgusto.
Si no hubiera tenido una razón muy importante para no enfadar a Lockhart, se habría negado.
—Aúlla fuerte, Harry (eso es...), y en aquel momento, creedme, yo salté (así) tirándolo contra el suelo (así) con una mano, y logré inmovilizarle.
–¡Este tío es un auténtico fraude! –se desesperó Sirius–. Ya lo sabíamos desde hace rato, pero madre mía… No debe de haber visto a un hombre lobo en toda su vida.
–Estoy de acuerdo–asintió Remus–. Es absolutamente imposible que tire al suelo a un hombre lobo con una sola mano. Y más aún que consiga inmovilizarle.
–Un ciervo y un perro grande tuvieron serios problemas para conseguirlo–sonrió Sirius a su amigo–. Así que no hay manera que un solo humano lo haga.
Snape apretó con fuerza los dientes, recordando la "bromita" que Black le hizo cuando eran jóvenes. Solo llegó a intuir la silueta del hombre lobo, pero aun así tuvo pesadillas durante meses.
Con la otra, le puse la varita en la garganta y, reuniendo las fuerzas que me quedaban, llevé a cabo el dificilísimo hechizo Homorphus;
–¿El qué? –bufó Tonks con diversión–. Me juego lo que sea a que se lo acaba de sacar de la manga…
él emitió un gemido lastimero (venga, Harry..., más fuerte..., bien) y la piel desapareció..., los colmillos encogieron y... se convirtió en hombre. Sencillo y efectivo.
–¡Vaya! –exclamó Remus–. ¿Quién hubiera dicho que sería tan fácil? ¿Has oído Severus? Ya no hace falta que me prepares la poción cada luna llena: Lockhart ha encontrado la solución.
Snape le dirigió una larga mirada, pero no dijo nada. Él era el primero en aprovechar una buena oportunidad para meterse con Lockhart, pero no le gustaba la camaradería que Lupin estaba exhibiendo hacía él.
Otro pueblo que me recordará siempre como el héroe que les libró de la terrorífica amenaza mensual de los hombres lobo.
Los alumnos pusieron los ojos en blanco.
Sonó el timbre y Lockhart se puso en pie.
—Deberes: componer un poema sobre mi victoria contra el hombre lobo Wagga Wagga.
–¿Estás de broma? – soltó Sirius–. Esto se está volviendo cada vez más ridículo.
¡El autor del mejor poema será premiado con un ejemplar firmado de El encantador!
Los alumnos empezaron a salir. Harry volvió al fondo de la clase, donde lo esperaban Ron y Hermione.
—¿Listos? —preguntó Harry.
–¿Para qué? –preguntó el señor Weasley, aunque ya se lo imaginaba.
—Espera que se hayan ido todos —dijo Hermione, asustada—. Vale, ahora.
Se acercó a la mesa de Lockhart con un trozo de papel en la mano. Harry y Ron iban detrás de ella.
–Vais a intentar que os firme él el permiso, ¿no? –los ojos de Sirius brillaban con diversión.
Harry y sus amigos asintieron. Hermione lo hizo un tanto preocupada; le daba miedo como pudiera reaccionar Snape a todo el tema de la poción Multijugos.
–He de admitir que es una buena idea–reconoció el animago–. Si alguien es tan idiota como para creerse que solo estáis interesados en la teoría, va a ser él.
—Esto... ¿Profesor Lockhart? —tartamudeó Hermione—. Yo querría... sacar este libro de la biblioteca. Sólo para una lectura preparatoria. —Le entregó el trozo de papel con mano ligeramente temblorosa—.
–Esperemos que cuele…–dijo George, cruzando los dedos.
–Pues yo espero que no–el ceño de Molly se había fruncido al oír aquello–. Ya tienen bastantes problemas como para añadirle la poción esta a la mezcla.
Pero el problema es que está en la Sección Prohibida, así que necesito el permiso por escrito de un profesor. Estoy convencida de que este libro me ayudaría a comprender lo que explica usted en "Una vuelta con los espíritus malignos" sobre los venenos de efecto retardado.
–Sí que te has preparado bien la excusa, Hermione–le sonrió Tonks–. Buen trabajo.
Hermione aceptó el cumplido, pero no dijo que, en parte, había querido impresionar a Lockhart con los conocimientos sobre sus libros.
—¡Ah, Una vuelta con los espíritus malignos! —dijo Lockhart, cogiendo la nota de Hermione y sonriéndole francamente—. Creo que es mi favorito. ¿Te gustó?
—¡Sí! —dijo Hermione emocionada—. ¡Qué gran idea la suya de atrapar al último con el colador del té...!
–Otra historia que me suena a mentira–dijo Remus con saña. Después de todo el numerito del hombre lobo le había pillado bastante manía a Lockhart.
—Bueno, estoy seguro que a nadie le parecerá mal que ayude un poco a la mejor estudiante del curso —dijo Lockhart afectuosamente, sacando una pluma de pavo real—. Sí, es bonita, ¿verdad? —dijo, interpretando al revés la expresión de desagrado de Ron—. Normalmente la reservo para firmar libros.
–Me sorprende que no te desmayases con tantas atenciones suyas, Hermione–le dijo Ron, con una sonrisita burlona.
La chica se ruborizó un poco y soltó un "estuve a punto" que hizo que Harry y Ron estallasen en carcajadas.
–Oye, ya vale– se quejó Hermione, con las mejillas coloradas.
–Lo siento, lo siento–Ron intentó recuperar el aliento–. Pero si nos das tanto material ¿qué quieres que hagamos?
Garabateó una floreteada firma sobre el papel y se lo devolvió a Hermione.
—Así que, Harry —dijo Lockhart, mientras Hermione plegaba la nota con dedos torpes y se la metía en la bolsa—,
Harry y Ron compartieron una sonrisa pero, inteligentemente, no dijeron nada.
mañana se juega el primer partido de quidditch de la temporada, ¿verdad? Gryffindor contra Slytherin, ¿no?
Sirius recordó el título del capítulo.
–"La bludger loca"–susurró–. ¿Qué es lo que pasó?
Los alumnos le miraron de un modo que hizo que Sirius asintiera en su dirección.
–Lo sé, lo sé. Ya lo leeremos.
He oído que eres un jugador fundamental. Yo también fui buscador. Me pidieron que entrara en la selección nacional, pero preferí dedicar mi vida a la erradicación de las Fuerzas Oscuras.
–Seguro–Harry puso los ojos en blanco.
–Lo gracioso es que probablemente iba a Hogwarts al mismo tiempo que nosotros–dijo Remus, señalándose a sí mismo y Sirius–. Y si hubiese sido tan bueno, yo habría oído hablar de él gracias a tu padre o a éste de aquí.
El animago le sonrió.
–Lunático tiene toda la razón. Debe de ser otra historia inventada de las suyas–reflexionó–. Porqué yo suelo acordarme de los jugadores de Quidditch de las otras casas y su nombre no me suena para nada.
De todas maneras, si necesitaras unas cuantas clases particulares de entrenamiento, no dudes en decírmelo. Siempre me satisface dejar algo de mi experiencia a jugadores menos dotados...
Fred no se pudo contener y soltó un resoplido de risa.
–Sí, claro…–dijo, enjuagándose una lágrima falsa.
Harry hizo un ruido indefinido con la garganta y luego salió del aula a toda prisa, detrás de Ron y Hermione.
—Es increíble —dijo ella, mientras examinaban los tres la firma en el papel—. Ni siquiera ha mirado de qué libro se trataba.
-No sé por qué te sorprendiste, la verdad.
–En esa época no sabía cómo era, Ron. Ahora no me hubiera creído ni una de sus historias.
—Porque es un completo imbécil —dijo Ron—. Pero ¿a quién le importa? Ya tenemos lo que necesitábamos.
–Cierto–dijo Sirius.
–¿Que es un completo imbécil o que ya tenemos lo que necesitamos?
Sirius se quedó mirando a Harry durante unos segundos, pensativo.
–Ambas cosas–sonrió.
—Él no es un completo imbécil —chilló Hermione,
–Falso–la sonrisa de Sirius se hizo más ancha.
mientras iban hacia la biblioteca a paso ligero.
—Ya, porque ha dicho que eres la mejor estudiante del curso...
Bajaron la voz al entrar en la envolvente quietud de la biblioteca. La señora Pince, la bibliotecaria, era una mujer delgada e irascible que parecía un buitre mal alimentado.
–La verdad es que es una buena descripción–dijo Remus sin poderlo evitar.
—¿Moste Potente Potions?—repitió recelosa, tratando de coger la nota de Hermione. Pero Hermione no la soltaba.
—Desearía poder guardarla —dijo la chica, aguantando la respiración.
–Hermione, por favor–río Ginny.
Al ver que su amiga se sonrojaba, le envió una mirada de disculpa. No fue demasiado creíble porqué todavía estaba sonriendo, pero Hermione la agradeció.
—Venga —dijo Ron, arrancándole la nota y entregándola a la señora Pince—. Te conseguiremos otro autógrafo. Lockhart firmará cualquier cosa que se esté quieta el tiempo suficiente.
–Y me da a mí que no es una exageración-dijo George, con los ojos brillando con diversión.
La señora Pince levantó el papel a la luz, como dispuesta a detectar una posible falsificación, pero la nota pasó la prueba. Caminó orgullosamente por entre las elevadas estanterías y regresó unos minutos después llevando con ella un libro grande de aspecto mohoso.
Molly arrugó la nariz.
Hermione se lo metió en la bolsa con mucho cuidado, e intentó no caminar demasiado rápido ni parecer demasiado culpable.
–No funcionó–le sonrió Harry.
Cinco minutos después, se encontraban de nuevo refugiados en los aseos fuera de servicio de Myrtle la Llorona. Hermione había rechazado las objeciones de Ron argumentando que aquél sería el último lugar en el que entraría nadie en su sano juicio, así que allí tenían garantizada la intimidad.
–Eso es cierto–asintió Tonks.
–Pero Percy ya os pilló ahí dentro una vez–dijo el señor Weasley, haciendo una pequeña mueca al mencionar el nombre de su hijo–. No me extrañaría que apareciera en algún momento para comprobar que no habéis vuelto a ir.
–Eso sería propio de Percy, sí…–murmuró Ginny. Cada vez que se mencionaba el baño de Myrtle, su humor disminuía un tanto.
Myrtle la Llorona lloraba estruendosamente en su retrete, pero ellos no le prestaban atención, y ella a ellos tampoco.
–No sé cómo podíais aguantarla…–Remus arrugó la nariz y se tapó las orejas inconscientemente.
–Supongo que es cómo cuando alguien ronca–dijo Molly, mirando de reojo a su marido–. Mientras se mantenga constante, al final ya ni lo oyes.
Hermione abrió con cuidado el Moste Potente Potions, y los tres se encorvaron sobre las páginas llenas de manchas de humedad.
Snape ladeó la cabeza, escuchando con atención. Hacía rato ya que no decía nada. Simplemente estaba atento a la lectura, esperando su oportunidad.
De un vistazo quedó patente por qué pertenecía a la Sección Prohibida. Algunas de las pociones tenían efectos demasiado horribles incluso para imaginarlos, y había ilustraciones monstruosas, como la de un hombre que parecía vuelto de dentro hacia fuera y una bruja con varios pares de brazos que le salían de la cabeza.
Los nombres de esas pociones aparecieron con claridad en la mente de Snape.
–No es solo por lo duras que puedan ser las ilustraciones o los efectos de la mayoría de pociones en ese libro. La razón más importante por la que no puede caer en manos de críos es porqué. No. Sabéis. Prepararlas–dijo, recalcando cada palabra con voz clara y potente.
Harry no estaba acostumbrado a que Snape alzara la voz. De hecho, solo lo hacía cuando estaba realmente enfadado. Normalmente con el propio Harry. De modo que, oírle hablar así, hizo que una expresión de miedo se instalase en su rostro y empezó a preguntarse que sería capaz de hacer el profesor cuando descubriese el robo de los ingredientes. Al mismo tiempo, no quería darle la satisfacción de parecer asustado, así que ordenó a su rostro que se relajase.
–No sois conscientes de lo grave que es esto–continuó Snape, recuperando la calma y volviendo a susurrar–. Y las cosas podrían ponerse peor incluso para vosotros, si es que el libro me da la razón.
Los tres alumnos tragaron saliva y Snape, al verlo, sonrió de manera horrible.
–Está bien, entonces. Continúa leyendo, Weasley, quiero saber a donde lleva todo esto.
Sirius había estado a punto de intervenir, pero sentía que le faltaba una parte de la historia. De modo que decidió callarse por una vez.
—¡Aquí está! —dijo Hermione emocionada, al dar con la página que llevaba por título "La poción Multijugos".
Estaba decorada con dibujos de personas que iban transformándose en otras distintas. Harry imploró que la apariencia de dolor intenso que había en los rostros de aquellas personas fuera fruto de la imaginación del artista.
"No lo fue", pensó Harry con un leve temblor.
»Ésta es la poción más complicada que he visto nunca —dijo Hermione, al mirar la receta—. Crisopos, sanguijuelas, Descurainia sophia y centinodia —murmuró, pasando el dedo por la lista de los ingredientes—. Bueno, no son difíciles de encontrar, están en el armario de los estudiantes, podemos conseguirlos.
–Robando de los suministros de la escuela, ¿eh, Granger? –dijo Snape, recordaba bien la desaparición de algunos ingredientes durante aquel año. Y estaba seguro de que no se habían perdido por sí solos.
Hermione bajó la mirada, sin saber que contestar. Sabía que cualquier cosa que dijera solo iba a empeorar las cosas.
–Vamos, vamos, Severus–intervino Dumbledore al ver la incomodidad de la chica–, todavía no ha sucedido nada. Creo que será mejor esperar a leer que ocurre. Lo más probable es que todo quede en el plan estéril de unos críos.
Snape tuvo que morderse la lengua para no señalar el hecho de que ya habían conseguido el libro de pociones, así que de momento el plan no estaba siendo tan infructuoso como decía el director. A pesar de ello, decidió no decir nada más. Él sabía lo que había ocurrido, solo necesitaba que el libro le apoyase.
¡Vaya, mirad, polvo de cuerno de bicornio! No sé dónde vamos a encontrarlo..., piel en tiras de serpiente arbórea africana..., eso también será peliagudo... y por supuesto, algo de aquel en quien queramos convertirnos.
Ron arrugó la nariz al recordarlo. Ahora ya sabía de sobras los ingredientes de la poción, pero entonces le cogió totalmente desprevenido.
—Perdona —dijo Ron bruscamente—. ¿Qué quieres decir con «algo de aquel en quien queramos convertirnos»? Yo no me voy a beber nada que contenga las uñas de los pies de Crabbe.
A pesar de todo, Hermione sonrió levemente.
–¿Te imaginas? –Sirius hizo una cara de asco–. Creo que preferiría enfrentarme al monstruo de la Cámara.
Harry pensó que él, habiendo probado las dos cosas, no estaba de acuerdo.
Hermione continuó como si no lo hubiera oído.
—De momento, todavía no tenemos que preocuparnos porque esos ingredientes los echaremos al final.
Sin saber qué decir, Ron se volvió a Harry, que tenía otra preocupación.
—¿No te das cuenta de cuántas cosas vamos a tener que robar, Hermione?
–Parece que no–murmuró Snape entre dientes, enfadado. No lo demostró, pero una parte de él estaba sorprendida de que a Potter le importase aquello.
Piel de serpiente arbórea africana en tiras, desde luego eso no está en el armario de los estudiantes, ¿qué vamos a hacer? ¿Forzar los armarios privados de Snape? No sé si es buena idea...
–Vaya, Potter... Creo que es lo más inteligente que te he oído decir desde que empezamos a leer estos libros–la voz de Snape estaba cargada de sarcasmo, pero Harry pudo ver algo más en sus ojos oscuros.
Quizás fue por eso que dijo:
–A pesar de lo que usted crea, no me gusta meterme en líos. Y si pensamos en hacer algo así fue porque nadie más hacía nada.
Los ojos de Snape se abrieron con sorpresa. Luego parpadeó y ésta desapareció de su rostro.
–Si teníais motivos para pensar que Draco estaba implicado de alguna manera, debisteis comunicarlos al director o a algún miembro del profesorado.
En cualquier otro momento, Harry hubiera contestado secamente o soltado un comentario sarcástico. Pero aquella era una de las pocas veces que Snape y él habían mantenido una conversación civilizada, sin insultarse mutuamente, y Harry no quería echarlo a perder. Además, necesitaba al profesor de Pociones en el mejor humor posible para cuando leyeran sobre el robo de los ingredientes. De modo que le respondió de la forma más respetuosa que pudo.
–No creo que nos hubieran hecho demasiado caso, señor.
–Aunque sí fuera, Potter. No es una excusa.
Harry decidió que era mejor dejarlo estar, así que asintió y esperó a que Fred continuase con la lectura.
Hermione cerró el libro con un ruido seco.
—Bueno, si vais a acobardaros los dos, pues vale —dijo. Tenía las mejillas coloradas y los ojos más brillantes de lo normal—.
La voz de Fred se tiñó de sorpresa al leer aquello mientras los demás la miraban con asombro. Solo Harry y Ron, que la conocían perfectamente, no se extrañaron de oírla actuar así.
Yo no quiero saltarme las normas, ya lo sabéis, pero pienso que aterrorizar a los magos de familia muggle es mucho peor que elaborar un poco de poción.
–Totalmente de acuerdo, Hermione–la apoyó Sirius.
Ella se ruborizó al darse cuenta de que todos la observaban, pero se negó a agachar la cabeza. Siempre haría lo necesario para defender sus ideales y no se iba a avergonzar de ello.
Pero si no tenéis interés en averiguar si el heredero es Malfoy, iré derecha a la señora Pince y le devolveré el libro inmediatamente.
—No creí que fuera a verte nunca intentando persuadirnos de que incumplamos las normas —dijo Ron—.
–Ahora ya ni me inmuto–le sonrió el Ron actual –. Solo sé que cuando Hermione decide que merece la pena romper las reglas es que la cosa se ha puesto seria.
Está bien, lo haremos, pero nada de uñas de los pies, ¿vale?
—Pero ¿cuánto nos llevará hacerlo? —preguntó Harry, cuando Hermione, satisfecha, volvió a abrir el libro.
—Bueno, como hay que coger la Descurainia sophia con luna llena, y los crisopos han de cocerse durante veintiún días..., yo diría que podríamos tenerla preparada en un mes, si podemos conseguir todos los ingredientes.
–¿Tanto tiempo? –se quejó Sirius, mirando inconscientemente a Snape.
El maestro de pociones asintió secamente, contestando a la pregunta no formulada, antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo.
—¿Un mes? —dijo Ron—. ¡En ese tiempo, Malfoy puede atacar a la mitad de los hijos de muggles!
–Eso es cierto…–suspiró George. Aún no podía creerse que su hermanito y sus dos mejores amigos estuvieran pensando en seguir con aquello. "Y yo que pensaba que Fred y yo éramos los rebeldes de la familia…" Si Ron seguía con su plan de robar ingredientes a Snape y hacerse pasar por un Slytherin, habría que darle ese título a él.
—Hermione volvió a entornar los ojos amenazadoramente, y él añadió sin vacilar–: Pero es el mejor plan que tenemos, así que adelante a toda máquina.
Al oír aquello, Ginny resopló con diversión. Era curioso como escuchar las aventuras y los planes de sus amigos la estaba distrayendo sobre sus propios recuerdos de aquel horrible año.
Sin embargo, mientras Hermione comprobaba que no había nadie a la vista para poder salir del aseo, Ron susurró a Harry:
—Sería mucho más sencillo que mañana tiraras a Malfoy de la escoba.
–Hazlo –le susurró Fred en voz baja, aunque por la cara de la señora Weasley, ella también lo había oído.
Harry le sonrió, pero luego recordó el título de capítulo y lo sucedido en aquel partido. No había sido nada agradable, aunque finalmente hubiera atrapado la snitch.
Harry se despertó pronto el sábado por la mañana y se quedó un rato en la cama pensando en el partido de quidditch. Se ponía nervioso, sobre todo al imaginar lo que diría Wood si Gryffindor perdía, pero también al pensar que tendrían que enfrentarse a un equipo que iría montado en las escobas de carreras más veloces que había en el mercado.
Sirius soltó una maldición.
–Lo había olvidado…
Nunca había tenido tantas ganas de vencer a Slytherin.
Remus miró de reojo a Snape y, a ver la mueca en su rostro, no le fue difícil prever el resultado de aquel partido.
Después de estar tumbado media hora con las tripas revueltas, se levantó, se vistió y bajó temprano a desayunar. Allí encontró al resto del equipo de Gryffindor, apiñado en torno a la gran mesa vacía. Todos estaban nerviosos y apenas hablaban.
–Odio esos momentos–reconoció Ginny–. Aunque luego cuando ganas hace que sea mucho más gratificante.
Harry le sonrió.
–Sobre todo con la cantidad de problemas que ha tenido el equipo este año…
–Y qué lo digas; se te echó de menos.
La sonrisa de Harry se tambaleó durante un instante. No porque aquello le hubiera entristecido, al contrario, sino porque no sabía que decir. Tragó saliva y se sacudió mentalmente.
–Gracias–consiguió contestar–. Yo también he echado en falta el Quidditch.
No sabía si aquella respuesta había sido la correcta, pero la dijo igualmente. "Quizás debería haber dicho que la eché de menos a ella también…", pensó Harry. "No, eso es estúpido, nunca habéis compartido equipo". Miró a Ginny tentativamente y vio que la chica sonreía con total normalidad. Aquello le hizo sentir un poco tonto por haberle dado tantas vueltas al asunto. "Gracias a Merlín", pensó Harry. Después de andar con pies de plomo alrededor de Cho durante tantos meses, se sentía refrescante el poder hablar con alguien como Ginny sin preocuparse de si había metido la pata.
Cuando faltaba poco para las once, el colegio en pleno empezó a dirigirse hacia el estadio de quidditch. Hacía un día bochornoso que amenazaba tormenta.
Cuando Harry iba hacia los vestuarios, Ron y Hermione se acercaron corriendo a desearle buena suerte. Los jugadores se vistieron sus túnicas rojas de Gryffindor y luego se sentaron a recibir la habitual inyección de ánimo que Wood les daba antes de cada partido.
–Te animaba, pero al mismo tiempo daba un poco de miedo…–dijo Fred, dejando de leer.
Harry y George asintieron al unísono.
–Y que lo digas–contestó su gemelo.
—Los de Slytherin tienen mejores escobas que nosotros —comenzó—, eso no se puede negar. Pero nosotros tenemos mejores jugadores sobre las escobas.
–Y de lejos–les sonrió Tonks, guiñando un ojo.
Hemos entrenado más que ellos y hemos volado bajo todas las circunstancias climatológicas («¡y tanto! —murmuró George Weasley—, no me he secado del todo desde agosto»),
Aquel comentario hizo que muchos sonrieran. Molly también lo hizo, aunque una parte de ella se preocupó de que se hubiera constipado.
y vamos a hacer que se arrepientan del día en que dejaron que ese pequeño canalla, Malfoy, les comprara un puesto en el equipo.
–¡Así se habla! –exclamó Sirius sin poderse contener–. Lo siento, me he venido arriba.
Remus sonrió.
–Solo un poco–le contestó, sus ojos brillando con diversión.
Con la respiración agitada por la emoción, Wood se volvió a Harry.
—Es misión tuya, Harry, demostrarles que un buscador tiene que tener algo más que un padre rico. Tienes que coger la snitch antes que Malfoy, o perecer en el intento, porque hoy tenemos que ganar.
–Si no pereces en el intento, mejor–dijo Tonks, de pronto preocupada al recordar el título del capítulo.
–Dado que estoy aquí… Sería un poco complicado –bromeó Harry, con una sonrisa. Se había dado cuenta del nerviosismo tras las palabras de la auror y esperaba que su comentario la distrajese en cierta manera. Le gustaba el ambiente relajado y agradable que reinaba en la Sala desde hacía ya varios minutos y no quería perderlo.
Tonks le sonrió de vuelta y pareció relajarse un tanto, por lo que Harry asintió para sí mismo, contento de que hubiera funcionado.
—Así que no te sientas presionado, Harry —le dijo Fred, guiñándole un ojo.
Cuando salieron al campo, fueron recibidos con gran estruendo; eran sobre todo aclamaciones de Hufflepuff y de Ravenclaw, cuyos miembros y seguidores estaban deseosos de ver derrotado al equipo de Slytherin,
–No me sorprende, en nuestra época también era así–Remus se señaló a él mismo y a Sirius–. Aunque, sin entrar en gente como Draco, me da cierta pena que siga pasando. Es decir, imagina ser un alumno de primer año, con todo el colegio en tu contra…
–No debe de ser muy agradable…–asintió Tonks, bajando la mirada.
Snape pasó su mirada disimuladamente sobre los dos adultos, pensativo.
aunque la afición de Slytherin también hizo oír sus abucheos y silbidos. La señora Hooch, que era la profesora de quidditch, hizo que Flint y Wood se dieran la mano, y los dos contrincantes aprovecharon para dirigirse miradas desafiantes y apretar bastante más de lo necesario.
La señora Weasley sacudió la cabeza, con una media sonrisa.
–Estoy segura que ellos creían ser muy intimidantes y todo eso. Pero lo cierto es que leído suena bastante ridículo.
—Cuando toque el silbato —dijo la señora Hooch—: tres..., dos..., uno...
Animados por el bramido de la multitud que les apoyaba, los catorce jugadores se elevaron hacia el cielo plomizo. Harry ascendió más que ningún otro, aguzando la vista en busca de la snitch.
A algunos les interesaba saber si Harry sería capaz de atrapar la pelotita dorada, otros solo temían por "la bludger loca", pero todos escucharon con aún más atención, pendientes del partido.
—¿Todo bien por ahí, cabeza rajada? —le gritó Malfoy, saliendo disparado por debajo de él para demostrarle la velocidad de su escoba.
Ron puso los ojos en blanco.
–Qué original…
Harry no tuvo tiempo de replicar. En aquel preciso instante iba hacia él una bludger negra y pesada; faltó tan poco para que le golpeara, que al pasar le despeinó.
–¡Cuidado! –exclamó Sirius, cuando de pronto…–: ¡"La bludger loca"! Ya casi no lo recordaba–dijo, llevándose una mano a la boca–. Maldita sea, Harry. ¿Por qué todo te tiene que pasar a ti?
–Eso me pregunto yo desde que nací...
Aquella respuesta provocó una sonrisa en su padrino, pero era evidente de que estaba distraído y preocupado por lo que se estaba leyendo.
—¡Por qué poco, Harry! —le dijo George, pasando por su lado como un relámpago, con el bate en la mano, listo para devolver la bludger contra Slytherin.
–Bueno, al menos tienes a George cubriéndote las espaldas–dijo la señora Weasley, respirando profundamente para intentar calmarse.
Harry vio que George daba un fuerte golpe a la bludger dirigiéndola hacia Adrian Pucey, pero la bludger cambió de dirección en medio del aire y se fue directa, otra vez, contra Harry.
–Maldita sea–gruñó Sirius, mientras los demás soltaban gemidos de sorpresa y miedo.
Harry descendió rápidamente para evitarla, y George logró golpearla fuerte contra Malfoy. Una vez más, la bludger viró bruscamente como si fuera un bumerán y se encaminó como una bala hacia la cabeza de Harry.
–Alguien tiene que haberla hechizado–los ojos de Remus estaban entrecerrados con sospecha–. ¿Quizás el supuesto "heredero de Slytherin"?
–Estoy de acuerdo en que alguien la ha embrujado–intervino Arthur–. Pero no creo que sea la misma persona que atacó a la señora Norris. Al fin y al cabo, se expondría a ser atrapado delante de tantos testigos.
Remus tuvo que darle la razón.
Harry aumentó la velocidad y salió zumbando hacia el otro extremo del campo. Oía a la bludger silbar a su lado. ¿Qué ocurría? Las bludger nunca se enconaban de aquella manera contra un único jugador, su misión era derribar a todo el que pudieran...
–De verdad, Harry, lo que no te suceda a ti… Si ya lo digo yo que el Quidditch es un peligro–empezó la señora Weasley–. En primer año te hechizan la escoba, luego la bludger esta…
–Mamá, ahora no–la cortó Fred con rapidez, volviendo a centrar su atención en la lectura.
–Lo siento, lo siento. Es verdad.
Al mencionar Molly el incidente de la escoba, Snape volvió a recordar una vez más como Hermione le había prendido fuego. Utilizó aquella imagen para aumentar la rabia e irritación hacia la cría y sus amigos. De ese modo, no pensaría en lo que sintió durante aquel incidente de la bludger. Ver a Potter un año después, huyendo de una pelota enloquecida y temiendo por su vida de nuevo, fue bastante duro para Snape. Siempre que el chico se encontraba en un nivel tan alto de peligro, el maestro de pociones experimentaba unas emociones que no le gustaban en absoluto. Principalmente porque no estaba acostumbrado a sentirlas y, en segundo lugar, porque se trataba de Potter.
Fred Weasley aguardaba en el otro extremo. Harry se agachó para que Fred golpeara la bludger con todas sus fuerzas.
—¡Ya está! —gritó Fred contento, pero se equivocaba: como si fuera atraída magnéticamente por Harry, la bludger volvió a perseguirlo y Harry se vio obligado a alejarse a toda velocidad.
–¿Cómo es que nadie para el partido? –preguntó Tonks, la preocupación clara en su rostro.
–No creo que se hayan dado cuenta–dijo Sirius–. Aunque lo mismo sucedió el año pasado, con la escoba. De verdad, ¿es que están todos ciegos?
Había empezado a llover. Harry notaba las gruesas gotas en la cara, que chocaban contra los cristales de las gafas. No tuvo ni idea de lo que pasaba con los otros jugadores hasta que oyó la voz de Lee Jordan, que era el comentarista, diciendo: «Slytherin en cabeza por seis a cero.»
–Genial. A Harry le persigue una bludger loca y Gryffindor va palmando, perfecto–soltó Sirius, con los nervios a flor de piel.
Harry quiso asegurarle que todo iba a salir bien pero luego pensó que no iba a servir de nada.
Estaba claro que la superioridad de las escobas de Slytherin daba sus resultados, y mientras tanto, la bludger loca hacía todo lo que podía para derribar a Harry. Fred y George se acercaban tanto a él, uno a cada lado, que Harry no podía ver otra cosa que sus brazos, que se agitaban sin cesar, y le resultaba imposible buscar la snitch, y no digamos atraparla.
–¡Deja de pensar en la snitch, Harry! –le chilló Hermione–. Por si no te has dado cuenta, ¡tienes una bludger intentando matarte!
Harry la miró con cierta sorpresa y con una pequeña sonrisa en el rostro.
– Tú estabas ahí–le dijo, indicando lo obvio–. No sabía que te ibas a poner tan nerviosa, habiéndolo vivido.
–Lo que me pone nerviosa no es la maldita pelota, ¡sino tus pensamientos! Desde las gradas no podía saber lo que te pasaba por la cabeza, pero ahora lo sé y, Merlín, Harry. ¡Vaya estupidez!
Por la manera en la que le estaba mirando, Harry supo que tendría que medir sus palabras si no quería llevarse una colleja.
–Está bien, ¿lo siento? No es como si controlase lo que pienso, Hermione. Además, después de enfrentarme a Voldemort… Una bludger haciendo el tonto no me parecía gran cosa.
Hermione bufó y se entrecruzó los brazos, pero no le chilló más, por lo que Harry consideró que su respuesta había sido la acertada.
Los demás habían observado el intercambio con humor en sus rostros y, en parte, agradecieron la interrupción, ya que les ayudó a soltar un poco la tensión que habían estado acumulando.
—Alguien... está... manipulando... esta... bludger... —gruñó Fred, golpeándola con todas sus fuerzas para rechazar un nuevo ataque contra Harry.
–No me digas…–le sonrió George, haciendo que Fred rodase los ojos, pero no dejara de leer.
—Hay que detener el juego —dijo George, intentando hacerle señas a Wood y al mismo tiempo evitar que la bludger le partiera la nariz a Harry.
Wood captó el mensaje. La señora Hooch hizo sonar el silbato y Harry, Fred y George bajaron al césped, todavía tratando de evitar la bludger loca.
–Fue un poco complicado…–reconoció Harry.
—¿Qué ocurre? —preguntó Wood, cuando el equipo de Gryffindor se reunió, mientras la afición de Slytherin los abucheaba—. Nos están haciendo papilla. Fred, George, ¿dónde estabais cuando la bludger le impidió marcar a Angelina?
–Otro que está ciego…–bufó Sirius–. Y eso que este Wood me cae bien.
—Estábamos ocho metros por encima de ella, Oliver, para evitar que la otra bludger matara a Harry —dijo George enfadado—. Alguien la ha manipulado..., no dejará en paz a Harry, no ha ido detrás de nadie más en todo el tiempo. Los de Slytherin deben de haberle hecho algo.
–No, no, es magia demasiado complicada–dijo Tonks.
—Pero las bludger han permanecido guardadas en el despacho de la señora Hooch desde nuestro último entrenamiento, y aquel día no les pasaba nada... —dijo Wood, perplejo.
–Eso es aún más extraño –continuó Tonks–. Desde la distancia, manipular a una bludger… Es un objeto que tiene algo así como conciencia propia. Y si desde cerca ya sería difícil… Desde lejos hay pocos alumnos de séptimo o incluso magos adultos que sean capaces de hacerlo.
–¿Entonces quien...? –empezó Sirius, pero Fred ya había continuado leyendo.
La señora Hooch iba hacia ellos. Detrás de ella, Harry veía al equipo de Slytherin que lo señalaban y se burlaban.
Ron gruñó con ganas.
—Escuchad —les dijo Harry mientras ella se acercaba—, con vosotros dos volando todo el rato a mi lado, la única posibilidad que tengo de atrapar la snitch es que se me meta por la manga. Volved a proteger al resto del equipo y dejadme que me las arregle solo con esa bludger loca.
–No me lo puedo creer…–dijo Hermione, al tiempo que la señora Weasley asentía, de acuerdo con ella.
–No sé si felicitarte o echarte la bronca–reconoció Sirius–. Supongo que todo depende en cómo acabe la cosa… Pero, caray, Harry. Eso son ganas de ganar un partido–terminó con una sonrisa incrédula y maravillada en el rostro.
Harry le sonrió de vuelta, de modo que no se fijó en como la señora Weasley sacudía la cabeza con desaprobación.
—No seas tonto —dijo Fred—, te partirá en dos.
Wood tan pronto miraba a Harry como a los Weasley
—Oliver, esto es una locura —dijo Alicia Spinnet enfadada—, no puedes dejar que Harry se las apañe solo con la bludger. Esto hay que investigarlo.
–Menos mal que tus compañeros de equipo no están tan locos como Wood…–dijo Ginny, hablando por primera vez en mucho tiempo. Lo cierto era que no recordaba gran cosa de aquel partido de Quidditch.
—¡Si paramos ahora, perderemos el partido! —argumentó Harry—. ¡Y no vamos a perder frente a Slytherin sólo por una bludger loca! ¡Venga, Oliver, diles que dejen que me las apañe yo solo!
Snape puso los ojos en blanco al oír aquello. "Típico comportamiento Gryffindor", pensó con burla.
—Esto es culpa tuya —dijo George a Wood, enfadado—. «¡Atrapa la snitch o muere en el intento!» ¡Qué idiotez decir eso!
En medio del nerviosismo, Molly asintió con orgullo al oír que sus hijos tenían sentido común.
Llegó la señora Hooch.
—¿Listos para seguir? —preguntó a Wood. Wood contempló la expresión absolutamente segura del rostro de Harry.
—Bien —dijo—. Fred y George, ya lo habéis oído..., dejad que se enfrente él solo a la bludger.
Se oyeron algunos quejidos, pero no tantos como cabría de esperar. En el fondo todos querían que Harry consiguiera la snitch, y su fe y valentía eran contagiosas.
La lluvia volvió a arreciar. Al toque de silbato de la señora Hooch, Harry dio una patada en el suelo que lo propulsó por los aires, y enseguida oyó tras él el zumbido de la bludger. Harry ascendió más y más. Giraba, daba vueltas, se trasladaba en espiral, en zigzag, describiendo tirabuzones. Ligeramente mareado, mantenía sin embargo los ojos completamente abiertos.
–Esto es una locura, esto es una locura–repetía Sirius, pero sus pupilas dilatadas y su media sonrisa indicaban que no le parecía del todo mal.
La lluvia le empañaba los cristales de las gafas y se le metió en los agujeros de la nariz cuando se puso boca abajo para evitar otra violenta acometida de la bludger. Podía oír las risas de la multitud; sabía que debía de parecer idiota, pero la bludger loca pesaba mucho y no podía cambiar de dirección tan rápido como él.
–¿De qué coj-, eh, narices se ríen? –preguntó Sirius, muy enfadado de pronto.
Inició un vuelo a lo montaña rusa por los bordes del campo, intentando vislumbrar a través de la plateada cortina de lluvia los postes de Gryffindor, donde Adrian Pucey intentaba pasar a Wood... Un silbido en el oído indicó a Harry que la bludger había vuelto a pasarle rozando. Dio media vuelta y voló en la dirección opuesta.
La señora Weasley tragó saliva, rezando porque aquello acabase ya.
—¿Haciendo prácticas de ballet, Potter? —le gritó Malfoy, cuando Harry se vio obligado a hacer una ridícula floritura en el aire para evitar la bludger.
Ginny puso los ojos en blanco.
–¿Se cree gracioso o algo?
Harry escapó, pero la bludger lo seguía a un metro de distancia. Y en el momento en que dirigió a Malfoy una mirada de odio, vio la dorada snitch.
–¿En serio? –exclamó Sirius, encantado.
Harry le sonrió, contento de ver a su padrino tan emocionado.
Volaba a tan sólo unos centímetros por encima de la oreja izquierda de Malfoy... pero Malfoy, que estaba muy ocupado riéndose de Harry, no la había visto.
–¡Ja! ¡Karma! –dijo Tonks, con los ojos brillantes. Solo unos instantes antes había estado sufriendo por Harry, pero ahora que la snitch había aparecido, solo tenía que cogerla y acabar el partido.
Durante un angustioso instante, Harry permaneció suspendido en el aire, sin atreverse a dirigirse hacia Malfoy a toda velocidad, para que éste no mirase hacia arriba y descubriera la snitch.
¡PLAM!
Fred gritó aquella palabra con energía, haciendo que algunos saltasen del asiento, sobresaltados.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Sirius, la sonrisa desapareciendo de su rostro–. No me digas que te ha dado…
Se había quedado quieto un segundo de más. La bludger lo alcanzó por fin, le golpeó en el codo, y Harry sintió que le había roto el brazo.
–Oh, no–gimió Molly, mientras Sirius maldecía en voz alta.
Los demás reaccionaron de manera similar y miraron a Harry con lástima. El chico no pudo verlo, ya que estaba ocupado haciendo una mueca al recordar el dolor en el brazo.
Débil, aturdido por el punzante dolor del brazo, desmontó a medias de la escoba empapada por la lluvia, manteniendo una rodilla todavía doblada sobre ella y su brazo derecho colgando inerte. La bludger volvió para atacarle de nuevo, y esta vez se dirigía directa a su cara. Harry cambió bruscamente de dirección, con una idea fija en su mente aturdida: coger a Malfoy.
–Después de todo esto, ¿aun sigues ofuscado en coger la maldita snitch? –la voz de la señora Weasley estaba llena de incredulidad–. De verdad que no puedo entenderte, Harry.
A pesar del momento, Harry sonrió inocentemente.
–Bueno, ahora ya me había roto el brazo. Al menos si cogía la snitch habría merecido la pena.
Ron y Sirius le sonrieron, pero a Molly no le hizo tanta gracia.
–Increíble…–murmuró en voz baja, sacudiendo la cabeza.
Ofuscado por la lluvia y el dolor, se dirigió hacia aquella cara de expresión desdeñosa, y vio que Malfoy abría los ojos aterrorizado: pensaba que Harry lo estaba atacando.
–Hazlo, hazlo–susurraron los gemelos al unísono.
—¿Qué...? —exclamó en un grito ahogado, apartándose del rumbo de Harry.
Harry se soltó finalmente de la escoba e hizo un esfuerzo para coger algo; sintió que sus dedos se cerraban en torno a la fría snitch,
El puño de Sirius se levantó en señal de victoria.
–¡SÍ! –exclamó, lleno de euforia.
pero sólo se sujetaba a la escoba con las piernas, y la multitud, abajo, profirió gritos cuando Harry empezó a caer, intentando no perder el conocimiento.
–¡No! –la sonrisa desapareció y Sirius miró a su ahijado con preocupación, como comprobando que se encontraba bien.
Con un golpe seco chocó contra el barro y salió rodando, ya sin la escoba. El brazo le colgaba en un ángulo muy extraño.
Ante aquello muchos entrecerraron los ojos con angustia, intentando no imaginarse la escena.
–Ay, Harry, que dolor–le dijo Hermione, entre asqueada y preocupada.
–Fue bastante molesto, sí.
–¿Molesto? –se atragantó ella–. Molesto es que te pique un mosquito. Eso debió de ser extremadamente doloroso.
Harry se encogió de hombros, había sido peor cuando Lockhart le hizo desaparecer los huesos y luego tuvieron que volver a crecer.
Sintiéndose morir de dolor, oyó, como si le llegaran de muy lejos, muchos silbidos y gritos. Miró la snitch que tenía en su mano buena.
—Ajá —dijo sin fuerzas—, hemos ganado.
Y se desmayó.
"Crío estúpido", pensó Snape con rabia. Aquel había sido un espectáculo realmente duro de presenciar. Aunque la rabia al saber que habían perdido el partido ayudó a mitigar el pánico que sintió al ver a Potter caer al suelo, con el brazo totalmente descolocado.
Cuando volvió en sí, todavía estaba tendido en el campo de juego, con la lluvia cayéndole en la cara. Alguien se inclinaba sobre él. Vio brillar unos dientes.
–¿Cómo? –preguntó el señor Weasley, sin comprender–. ¿Había un perro o algo así en el campo?
–Ojalá…–suspiró Harry.
—¡Oh, no, usted no! —gimió.
—No sabe lo que dice —explicó Lockhart en voz alta a la expectante multitud de Gryffindor que se agolpaba alrededor—.
Al oír aquello, algunos se quejaron en voz alta o soltaron bufidos de cansancio.
–El que faltaba…–dijo Tonks, rodando los ojos.
Que nadie se preocupe: voy a inmovilizarle el brazo.
—¡No! —dijo Harry—, me gusta como está, gracias.
A pesar del momento, Ron y Ginny sonrieron con humor.
Intentó sentarse, pero el dolor era terrible. Oyó cerca un «¡clic!» que le resultó familiar.
—No quiero que hagas fotos, Colin —dijo alzando la voz.
Sirius se llevó las manos a la cabeza.
–¿Cómo es posible que hayan llegado esos dos primero? ¿Es que no hay ningún profesor competente cerca? –dijo Sirius, recalcando la palabra "competente" y mirando a Snape de reojo.
–Los asientos de los jefes de las casas están en las gradas más altas–explicó Hermione–. Por eso el profesor Lockhart llego antes que la profesora McGonagall, por ejemplo.
—Vuelve a tenderte, Harry —dijo Lockhart, tranquilizador—. No es más que un sencillo hechizo que he empleado incontables veces.
–Esto va a acabar mal–anunció Remus–. Por lo que hemos leído de Lockhart no creo que sea un gran sanador…
–Ni sanador ni mago normal–bufó Ron, recordando el desastre que hizo con el brazo de su amigo.
—¿Por qué no me envían a la enfermería? —masculló Harry.
—Así debería hacerse, profesor —dijo Wood,
–Menos mal que aún tiene un poco de sentido común–dijo Molly, todavía enfada con el capitán.
lleno de barro y sin poder evitar sonreír, aunque su buscador estuviera herido—. Fabulosa jugada, Harry, realmente espectacular, la mejor que hayas hecho nunca, yo diría.
–Oh, por Merlín–se quejó la señora Weasley, arrepintiéndose de sus palabras anteriores.
Por entre la selva de piernas que le rodeaba, Harry vio a Fred y George Weasley forcejeando para meter la bludger loca en una caja. Todavía se resistía.
Los gemelos asintieron.
–Fue bastante complicado, pero al final lo logramos–explicó George.
—Apartaos —dijo Lockhart, arremangándose su túnica verde jade.
–No fío ni un pelo–dijo Sirius–. Seguro que te rompe el otro o algo por el estilo.
—No... ¡no! —dijo Harry débilmente, pero Lockhart estaba revoleando su varita, y un instante después la apuntó hacia el brazo de Harry.
Los que no sabían lo que iba a suceder, cerraron los ojos y esperaron el desastre que estaba claro que se produciría.
Harry notó una sensación extraña y desagradable que se le extendía desde el hombro hasta las yemas de los dedos. Sentía como si el brazo se le desinflara, pero no se atrevía a mirar qué sucedía.
–Eso no es lo que se supone que tiene que pasar–dijo Tonks–. Para ser auror necesitas ciertos conocimientos básicos médicos. Y te aseguro que no deberías sentir eso.
Había cerrado los ojos y vuelto la cara hacia el otro lado, pero vio confirmarse sus más oscuros temores cuando la gente que había alrededor ahogó un grito y Colin Creevey empezó a sacar fotos como loco.
Todos escuchaban con atención, tensionados y preocupados. Los alumnos, Snape y Dumbledore, que ya sabían lo que había pasado con el brazo de Harry, lo hacían con cierta curiosidad. Era extraño oírlo desde el punto de vista del muchacho.
El brazo ya no le dolía... pero tampoco le daba la sensación de que fuera un brazo.
Sirius inclinó la cabeza, creyendo haber oído mal.
–¿Perdón?
—¡Ah! —dijo Lockhart—. Sí, bueno, algunas veces ocurre esto. Pero el caso es que los huesos ya no están rotos. Eso es lo que importa.
Hermione y Ron se miraron el uno al otro y bufaron con desdén.
–"Los huesos no están rotos"–murmuró por lo bajo el pelirrojo–. Será idiota…
Así que, Harry, ahora debes ir a la enfermería. Ah, señor Weasley, señorita Granger, ¿pueden ayudarle? La señora Pomfrey podrá..., esto..., arreglarlo un poco.
–¡Ese era el plan desde el principio! –exclamó Hermione, sin ningún tipo de compasión hacia su antiguo profesor.
Al ponerse en pie, Harry se sintió extrañamente asimétrico. Armándose de valor, miró hacia su lado derecho. Lo que vio casi le hace volver a desmayarse. Por el extremo de la manga de la túnica asomaba lo que parecía un grueso guante de goma de color carne. Intentó mover los dedos. No le respondieron. Lockhart no le había recompuesto los huesos: se los había quitado.
La señora Weasley se llevó la mano a la boca, horrorizada, mientras los demás reaccionaban de manera similar. Quienes no observaban a Harry con angustia estaban demasiado ocupados soltando insultos y miradas asesinas hacia el libro.
A la señora Pomfrey aquello no le hizo gracia.
–Normal–dijo Sirius, con los dientes apretados. La ira contenida en aquella sola palabra hizo que todos dieran las gracias por no llamarse "Gilderoy Lockhart".
—¡Tendríais que haber venido enseguida aquí! —dijo hecha una furia y levantando el triste y mustio despojo de lo que, media hora antes, había sido un brazo en perfecto estado—. Puedo recomponer los huesos en un segundo..., pero hacerlos crecer de nuevo...
–No sé cómo ese hombre inútil e incompetente ha logrado acabar siendo profesor de Hogwarts.
La mirada de Molly se dirigió a Dumbledore, inconscientemente. El director, que no había hablado desde hacía rato, se dio por aludido.
–Como dije antes, no había nadie más para el puesto. Pero, obviamente, después de oír lo que había ocurrido con el brazo de Harry, ya le hice llegar mi… descontento. Le dejé claro que no podía ir por ahí intentando curar a los alumnos cuando tenemos a una sanadora magnifica como es la señora Pomfrey. Y que, en caso de emergencia, solo los magos con ciertos conocimientos de medicina como Severus, por ejemplo, están cualificados para actuar.
La señora Weasley asintió, satisfecha por la explicación, pero Harry compartió una mirada con sus amigos que venía a decir que prefería morir antes que dejar que Snape intentase curarle.
—Pero podrá, ¿no? —dijo Harry, desesperado.
—Desde luego que podré, pero será doloroso —dijo en tono grave la señora Pomfrey, dando un pijama a Harry—. Tendrás que pasar aquí la noche.
Snape agachó la cabeza con suavidad, plenamente consciente del dolor que producía regenerar los huesos. No solo había leído sobre el tema (se necesitaba conocer la base teórica para crear la poción Crece-Huesos), sino que además lo había sufrido en sus carnes. El señor Oscuro le castigó de aquella manera en una reunión particularmente nefasta, y Snape no había olvidado el dolor punzante que le acompañó durante toda la noche que le llevó recuperarse. Por eso, no le deseaba aquella sensación ni siquiera a Potter. Una parte de él estaba furiosa con Lockhart por producirle ese dolor al crío.
Hermione aguardó al otro lado de la cortina que rodeaba la cama de Harry mientras Ron lo ayudaba a vestirse. Les llevó un buen rato embutir en la manga el brazo sin huesos, que parecía de goma.
–Te lo digo ahora que ya estás bien, Harry. Pero fue bastante asqueroso–reconoció su amigo.
Harry rio con ganas.
–Tranquilo, a mí también me daba grima.
—¿Te atreves ahora a defender a Lockhart, Hermione? —le dijo Ron a través de la cortina mientras hacía pasar los dedos inanimados de Harry por el puño de la manga—. Si Harry hubiera querido que lo deshuesaran, lo habría pedido.
–Si alguna vez pido algo así, buscad a quién me haya hechizado–sonrió Harry.
—Cualquiera puede cometer un error —dijo Hermione—. Y ya no duele, ¿verdad, Harry?
Hermione bufó, llena de frustración.
–¿Cómo podía ser tan ciega? Lo retiro mil veces. Y… lo siento, Harry– añadió, después de respirar hondo para calmarse.
–Está bien–le sonrió su amigo.
—No —respondió Harry—, ni duele ni sirve para nada.
Al echarse en la cama, el brazo se balanceó sin gobierno.
Hermione y la señora Pomfrey cruzaron la cortina. La señora Pomfrey llevaba una botella grande en cuya etiqueta ponía «Crecehuesos».
—Vas a pasar una mala noche —dijo ella, vertiendo un líquido humeante en un vaso y entregándoselo—. Hacer que los huesos vuelvan a crecer es bastante desagradable.
Harry hizo una mueca al recordarlo.
–Lo fue–dijo.
Lo desagradable fue tomar el crecehuesos.
–Eso también–rio el muchacho.
Al pasar, le abrasaba la boca y la garganta, haciéndole toser y resoplar.
–Merlín…–suspiró Ginny–. Espero que nunca tenga que tomar esa poción.
–Yo también espero no tener que tomarla nunca más, fue absolutamente repugnante–le dijo Harry–. Además, el sabor no era lo peor… Sino el proceso de reconstrucción de los huesos.
–Me lo puedo imaginar…–dijo Ginny, sacudiendo la cabeza.
Sin dejar de criticar los deportes peligrosos y a los profesores ineptos, la señora Pomfrey se retiró, dejando que Ron y Hermione ayudaran a Harry a beber un poco de agua.
—¡Pero hemos ganado! —le dijo Ron, sonriendo tímidamente—. Todo gracias a tu jugada.
–¡Eso! – exclamó Sirius, sonriendo con alegría. Luego se giró hacia Harry con una disculpa en su mirada–. Lo siento –dijo–, pero Ron tiene bastante razón.
Harry le devolvió la sonrisa.
–No te preocupes. Si precisamente por eso lo hice, para ganar.
¡Y la cara que ha puesto Malfoy... Parecía que te quería matar!
—Me gustaría saber cómo trucó la bludger —dijo Hermione intrigada.
—Podemos añadir ésta a la lista de preguntas que le haremos después de tomar la poción multijugos —dijo Harry acomodándose en las almohadas—.
–Casi se me había olvidado…–dijo el señor Weasley, y la atención de todos volvió a centrarse en la poción.
Espero que sepa mejor que esta bazofia...
—¿Con cosas de gente de Slytherin dentro? Estás de broma —observó Ron.
Aquello provocó que los alumnos soltasen una carcajada.
–Después de tomar las dos–les susurró Harry a Ron y a Hermione–, creo que prefiero mil veces la poción Crece-Huesos.
–Si… La Multijugos fue lo más asqueroso que he probado nunca–asintió Ron–. No sé cómo el falso Moody pudo beberla durante un año…
En aquel momento, se abrió de golpe la puerta de la enfermería. Sucios y empapados, entraron para ver a Harry los demás jugadores del equipo de Gryffindor.
—Un vuelo increíble, Harry —le dijo George—.
–Los que faltaban…–dijo la señora Weasley, pasándose una mano por el rostro.
Acabo de ver a Marcus Flint gritando a Malfoy algo parecido a que tenía la snitch encima de la cabeza y no se daba cuenta. Malfoy no parecía muy contento.
Sirius sonrió con perversa satisfacción.
–Eso les enseñara que el talento no se puede comprar.
Habían llevado pasteles, dulces y botellas de zumo de calabaza; se situaron alrededor de la cama de Harry, y ya estaban preparando lo que prometía ser una fiesta estupenda, cuando se acercó la señora Pomfrey gritando:
—¡Este chico necesita descansar, tiene que recomponer treinta y tres huesos! ¡Fuera! ¡FUERA!
–No…–se quejó Tonks–. ¡Lo más divertido de ganar en un deporte es celebrarlo! Aún recuerdo la fiesta que montamos cuando mi equipo de fútbol ganó la Champions. Mi padre se sigue emocionando al recordarlo–dijo la auror, con una sonrisa en los labios.
–¿Cuándo ganó la qué? – preguntó Ginny con curiosidad.
–Una cosa muggle, luego te lo explico–prometió.
Y dejaron solo a Harry, sin nadie que lo distrajera de los horribles dolores de su brazo inerte.
–No creo que la señora Pomfrey hubiera pensado en eso–dijo Remus en voz baja. Él sabía perfectamente que tener a gente alrededor ayudaba a distraerse del dolor. Así había sido durante su estancia en Hogwarts, cuando se recuperaba con sus amigos de su transformación mensual.
Horas después, Harry despertó sobresaltado en una total oscuridad, dando un breve grito de dolor: sentía como si tuviera el brazo lleno de grandes astillas.
–Ay, pobre…–dijo Ginny, haciendo una mueca.
Por un instante pensó que era aquello lo que le había despertado. Pero luego se dio cuenta, con horror, de que alguien, en la oscuridad, le estaba poniendo una esponja en la frente.
–Qué demo….– empezó Sirius, pero Fred continuó leyendo con rapidez.
—¡Fuera! —gritó, y luego, al reconocer al intruso, exclamó—: ¡Dobby!
–¿Dobby?–preguntaron todos a la vez. Menos los que ya sabían aquella historia, por supuesto.
–¿Qué hace ahí? Por Merlín, ¡si casi me había olvidado de él! –los ojos de Sirius estaban abiertos por la sorpresa.
–Yo igual–reconoció Remus.
Los ojos del tamaño de pelotas de tenis del elfo doméstico miraban desorbitados a Harry a través de la oscuridad. Una sola lágrima le bajaba por la nariz larga y afilada.
El ceño de Snape se fruncía cada vez más, con cada frase que se iba leyendo. Tenía interés en saber qué hacía el elfo ahí, pero algo no le olía bien.
—Harry Potter ha vuelto al colegio —susurró triste—. Dobby avisó y avisó a Harry Potter. ¡Ah, señor!, ¿por qué no hizo caso a Dobby?
–Espera un segundo–dijo Sirius–. ¿Dobby sabía lo de la Cámara?
Los alumnos asintieron con gravedad. Aquella confirmación hizo que Sirius tardase un poco en reaccionar, pero cuando lo hizo, la sospecha era clara en su rostro.
–El único modo de que pudiera saberlo es que su amo o alguien cercano a él fuera el causante.
Nadie se lo afirmó o negó, pero los engranajes en la cabeza de Sirius seguían girando y el animago no sabía que pensar de todo aquello. ¿Estaría Dobby implicado en todo aquello? ¿O su interés por la seguridad de Harry era genuino?
¿Por qué no volvió a casa Harry Potter cuando perdió el tren?
Harry se incorporó con gran esfuerzo y tiró al suelo la esponja de Dobby.
—¿Qué hace aquí? —dijo—. ¿Y cómo sabe que perdí el tren? —A Dobby le tembló un labio, y a Harry lo acometió una repentina sospecha—. ¡Fue usted! —dijo despacio—. ¡Usted impidió que la barrera nos dejara pasar!
Se oyeron las inspiraciones rápidas y sorprendidas de Sirius, Remus y Tonks. Los demás tenían una ligera idea de que Dobby había estado implicado en todo aquello, pero excepto Harry, Ron y Hermione, no sabían hasta qué punto.
–¡No me lo puedo creer! –empezó Sirius con indignación.
–Espera, espera un segundo, Fred–le pidió Harry, antes de centrar su atención en su padrino–. Escucha, sé que ahora mismo lo que hizo Dobby no te hace mucha gracia, pero quiero que recuerdes que es amigo nuestro. Y que no importa lo que pase en el libro, ya está todo solucionado. De modo que no hace falta que vayas corriendo hasta las cocinas a echarle un sermón–terminó, con una pequeña sonrisa.
Sirius se la devolvió por costumbre, pero era evidente que no estaba muy convencido.
–No sé, Harry… Es decir, si tú me dices que todo está bien, yo te creo. Pero este elfo no para de ponerte en peligro, por mucho que diga que quiere protegerte.
–Yo pensé lo mismo–le aseguró el chico–, y esto no fue lo único que hizo–Sirius abrió la boca para hablar, pero Harry fue más rápido–. A pesar de todo, lo solucionamos y ahora es mi amigo. Así que, por favor, intenta no odiarle. Porque estoy seguro que para el final del libro te caerá bien otra vez.
Harry observó a su padrino mientras este decidía. Finalmente, Sirius soltó un suspiró y asintió.
–De acuerdo, intentaré tomármelo con calma.
–Gracias–sonrió el muchacho–. Oh, y lo mismo va para los demás.
Remus y Tonks, así como los señores Weasley, le sonrieron y asintieron.
–No te preocupes, cielo–le dijo Molly con cariño.
—Sí, señor, claro —dijo Dobby, moviendo vigorosamente la cabeza de arriba abajo y agitando las orejas—. Dobby se ocultó y vigiló a Harry y selló la verja, y Dobby tuvo que quemarse después las manos con la plancha. —Enseñó a Harry diez largos dedos vendados–.
Aquella confesión hizo que muchos cerrasen los ojos instintivamente, en una mueca de espanto.
Pero a Dobby no le importó, señor, porque pensaba que Harry Potter estaba a salvo, ¡pero no se le ocurrió que Harry Potter pudiera llegar al colegio por otro medio!
–Pobrecillo…–suspiró Hermione–. Lo cierto es que, a su manera extraña y un poco loca solo intentaba mantenerte seguro.
Se balanceaba hacia delante y hacia atrás, agitando su fea cabeza.
—¡Dobby se llevó semejante disgusto cuando se enteró de que Harry Potter estaba en Hogwarts, que se le quemó la cena de su señor! Dobby nunca había recibido tales azotes, señor...
Los puños de Hermione se cerraron con fuerza al oír aquello. Ya odiaba de por si el maltrato a los elfos domésticos, pero saber que había sido Malfoy padre quien lo había cometido, la llenaba de rabia e impotencia.
–Gracias a Merlín que ahora está libre–dijo Harry, hacia nadie en concreto.
Harry se desplomó de nuevo sobre las almohadas.
—Casi consigue que nos expulsen a Ron y a mí —dijo Harry con dureza—. Lo mejor es que se vaya antes de que mis huesos vuelvan a crecer, Dobby, o podría estrangularle.
–No lo decía en serio–sonrió Harry–, solo necesitaba desahogarme un poco.
Dobby sonrió levemente.
—Dobby está acostumbrado a las amenazas, señor. Dobby las recibe en casa cinco veces al día.
Se sonó la nariz con una esquina del sucio almohadón que llevaba puesto; su aspecto era tan patético que Harry sintió que se le pasaba el enojo, aunque no quería.
–Me está pasando exactamente lo mismo–dijo Sirius, muy a su pesar.
—¿Por qué lleva puesto eso, Dobby? —le preguntó con curiosidad.
—¿Esto, señor? —preguntó Dobby, pellizcándose el almohadón—. Es un símbolo de la esclavitud del elfo doméstico, señor.
–Es horrible…–gruñó Hermione, asqueada e indignada–. Al menos podrían dejar que lavase el almohadón, si es que no quieren comprarle algo nuevo.
–Aunque quisieran, el comprarle ropa nueva significaría su liberación –le recordó Ron.
–Lo sé… Pero podrían buscar otra solución. Darle dinero y que se lo compre él, por ejemplo.
Ron se rascó la barbilla, pensativo.
–Podría funcionar… Pero lo cierto es que no creo que haya muchos amos a los que le importe el bienestar de sus elfos. Mientras les sirvan, para ellos como si se les cae la ropa a pedazos.
Ante aquello, Hermione sacudió la cabeza, mientras temblaba de rabia.
–Les odio, a todos los que piensan así. A todos los que tratan como seres inferiores a cualquier especie que no sea la humana. O a los que creen en la pureza de la sangre.
–Suelen ser los mismos…–suspiró Ron–. Aunque, por suerte, cada vez quedan menos.
Hermione le sonrió levemente.
–Tienes razón. Cada vez quedan menos–repitió.
A Dobby sólo podrán liberarlo sus dueños un día si le dan alguna prenda. La familia tiene mucho cuidado de no pasarle a Dobby ni siquiera un calcetín, porque entonces podría dejar la casa para siempre.
Harry no pudo evitar sonreír al recordar la manera en la que liberó a su pequeño amigo.
Dobby se secó los ojos saltones y dijo de repente:
–¡Harry Potter debe volver a casa! Dobby creía que su bludger bastaría para hacerle...
El rostro de Sirius, que hasta ese momento había estado teñido por la compasión y la lástima hacia Dobby, se retorció en una expresión de sorpresa y furia al oírlo.
–¿Su bludger? ¡¿Su bludger?! –repitió, con voz más aguda–. ¿Me estás diciendo que hechizó una bludger que casi te mata para "mantenerte a salvo"? Este elfo está chiflado. O eso o intenta matarte de verdad.
A pesar de que la preocupación de Sirius había llenado de calidez el pecho de Harry, el chico tuvo que recordarle a su padrino la promesa que había hecho.
–Me has dicho que intentarías tomártelo con calma.
–Lo sé. Pero, Harry, ¿cómo quieres que lo haga? ¡Te ha partido el brazo! No me digas que tu no estabas tan enfadado como yo…
–Sí que lo estaba–reconoció él–. Pero ahora sabes algo que yo en ese momento no podía. Sabes que después de todo esto nos hicimos amigos, y que sin dudarlo ni un instante, Dobby daría la vida por mí.
Sirius respiró hondo y luego soltó un largo suspiro.
–Tienes razón, lo siento, Harry. Es que me pueden los nervios. Y tampoco es que Dobby me lo esté poniendo demasiado fácil.
Harry le sonrió.
–No te preocupes, lo entiendo.
—¿Su bludger? —dijo Harry, volviendo a enfurecerse—. ¿Qué quiere decir con «su bludger»? ¿Usted es el culpable de que esa bola intentara matarme?
—¡No, matarle no, señor, nunca! —dijo Dobby, asustado—. ¡Dobby quiere salvarle la vida a Harry Potter! ¡Mejor ser enviado de vuelta a casa, gravemente herido, que permanecer aquí, señor! ¡Dobby sólo quería ocasionar a Harry Potter el daño suficiente para que lo enviaran a casa!
–Oh, por Merlín–dijo Molly, perdiendo la paciencia–. Sé que acabas de decir que intentemos no estar enfadados con Dobby, Harry. Pero no nos lo está poniendo nada fácil.
–Debía de estar realmente desesperado…–le dijo Ginny a su madre, sintiéndose muy mal de pronto. Todo aquello había ocurrido porque ella abrió la Cámara. "No, no pienses así. Fue Malfoy. Tú no tuviste la culpa." Solía repetirse aquellas palabras a menudo, esperando que con el tiempo pudiera creérselas del todo.
—Ah, ¿eso es todo? —dijo Harry irritado—. Me imagino que no querrá decirme por qué quería enviarme de vuelta a casa hecho pedazos.
—¡Ah, si Harry Potter supiera...! —gimió Dobby, mientras le caían más lágrimas en el viejo almohadón—. ¡Si supiera lo que significa para nosotros, los parias, los esclavizados, la escoria del mundo mágico...! Dobby recuerda cómo era todo cuando El-que-no-debe-nombrarse estaba en la cima del poder, señor. ¡A nosotros los elfos domésticos se nos trataba como a alimañas, señor!
–Oh, así que por eso tiene tantas ganas de mantenerte a salvo–dijo Tonks comprendiendo–. Lo cierto es que nosotros nunca hemos tenido un elfo doméstico en casa, pero mi madre me contaba historias horribles de como su familia trataba a los suyos. Así que no me extraña nada que te estén agradecidos. Debieron de pasarlo muy mal con Voldemort ganando cada vez más seguidores y poder.
Desde luego, así es como aún tratan a Dobby, señor —admitió, secándose el rostro en el almohadón—. Pero, señor, en lo principal la vida ha mejorado para los de mi especie desde que usted derrotó al Que-no-debe-ser-nombrado.
–Así fue…–dijo Remus–. Y no solo para los elfos domésticos, sino para muchas especies más–la mano del hombre lobo fue instintivamente hacia las cicatrices de su rostro–. Por eso no comprendo como ahora, que está volviendo a ganar poder, esas mismas especies han decidido apoyarle.
–Igual piensan que esta vez será diferente…–sugirió el señor Weasley con tacto.
Remus soltó una carcajada sin un rastro de humor.
–Si lo hacen es que son unos malditos ingenuos.
Harry Potter sobrevivió, y cayó el poder del Señor Tenebroso, surgiendo un nuevo amanecer, señor, y Harry Potter brilló como un faro de esperanza para los que creíamos que nunca terminarían los días oscuros, señor...
Snape tuvo que contenerse para no gruñir con irritación: el elfo ese estaba acabando con su paciencia. Primero decía que quería proteger a Potter, pero luego le atacaba con una bludger. Y ahora le ponía en un pedestal como el gran salvador del universo. No le molestaría tanto si no fuera porque, cada vez que recordaba el día que Voldemort desapareció, no sentía una oleada de alivio, como la gran mayoría del mundo mágico, sino un dolor que amenazaba con ahogarle. Hacia quince años que Halloween era una fecha marcada en negro en su mente.
Y ahora, en Hogwarts, van a ocurrir cosas terribles, tal vez están ocurriendo ya, y Dobby no puede consentir que Harry Potter permanezca aquí ahora que la historia va a repetirse, ahora que la Cámara de los Secretos ha vuelto a abrirse...
–¿Cómo es que sabe todas esas cosas que nadie más conoce? –preguntó Tonks–. Como ha dicho Sirius antes, su amo debe de estar totalmente metido en el ajo.
Harry, Ron y Hermione intercambiaron una mirada.
Dobby se quedó inmóvil, aterrorizado, y luego cogió la jarra de agua de la mesilla de Harry y se dio con ella en la cabeza, cayendo al suelo. Un segundo después reapareció trepando por la cama, bizqueando y murmurando:
—Dobby malo, Dobby muy malo...
–Oh, no, esto otra vez…–se quejó Sirius–. Es malo para él, porque se hace daño y para nosotros, ¡porque no obtenemos respuestas!
—¿Así que es cierto que hay una Cámara de los Secretos? —murmuró Harry—. Y... ¿dice que se había abierto en anteriores ocasiones? ¡Hable, Dobby!
–¡Por favor! –pidió Sirius, la curiosidad había superado su enfado con el elfo.
—sujetó la huesuda muñeca del elfo a tiempo de impedir que volviera a coger la jarra del agua—. Además, yo no soy de familia muggle. ¿Por qué va a suponer la cámara un peligro para mí?
–Supongo que cualquiera que se oponga a la "limpieza de la sangre" se convertiría también en un objetivo–dijo Remus, pensativo.
–Sí, tiene sentido–asintió Tonks.
—Ah, señor, no me haga más preguntas, no pregunte más al pobre Dobby—tartamudeó el elfo. Los ojos le brillaban en la oscuridad—. Se están planeando acontecimientos terribles en este lugar, pero Harry Potter no debe encontrarse aquí cuando se lleven a cabo. Váyase a casa, Harry Potter. Váyase, porque no debe verse involucrado, es demasiado peligroso...
–Si te conociera sabría que eso solo va a hacer que te quieras quedar aún más–dijo Ron, mirando con orgullo a su mejor amigo y haciendo que éste se ruborizase.
–Tú también harías lo mismo.
–Oh, sí, claro–asintió Ron–. Pero es que yo soy lo más altruista y desinteresado que hay–sus ojos brillaron con humor y su sonrisa se amplió al ver como Harry y Hermione reían con su broma.
—¿Quién es, Dobby? —le preguntó Harry, manteniéndolo firmemente sujeto por la muñeca para impedirle que volviera a golpearse con la jarra del agua—. ¿Quién la ha abierto? ¿Quién la abrió la última vez?
—¡Dobby no puede hablar, señor, no puede, Dobby no debe hablar! —chilló el elfo—. ¡Váyase a casa, Harry Potter, váyase a casa!
–¡Oh, por Merlín! ¡Simplemente dilo! –se desesperó Sirius.
Remus observó a su amigo y sonrió divertido, sacudiendo la cabeza.
–Probablemente le habrán ordenado sus amos que no puede decir nada al respecto–dijo con astucia–. O sea que al intentar avisar a Harry debe de estar andando por la cuerda floja. Creo que eso es lo máximo que podrá decirle.
El suspiro de Sirius fue largo y profundo.
–Ya… Suponía que pasaba algo así. Pero es que odio la incertidumbre. Y más cuando la falta de información podría poner a gente en peligro.
–Bueno, piensa que al final todo salió bien–le dijo Remus, indicando con la cabeza el lugar donde los chicos estaban sentados, sanos y salvos.
—¡No me voy a ir a ningún lado! —dijo Harry con dureza—. ¡Mi mejor amiga es de familia muggle, y su vida está en peligro si es verdad que la cámara ha sido abierta!
–Oh, Harry–se emocionó Hermione, mirándole con cariño.
El chico le sonrió, pero un poco cortado. Nunca se le habían dado bien las emociones. Podía ser capaz de dar su vida por sus amigos, pero hablar de sus sentimientos hacia ellos era demasiado para él.
—¡Harry Potter arriesga su propia vida por sus amigos! —gimió Dobby, en una especie de éxtasis de tristeza—. ¡Es tan noble, tan valiente...!
Fue al alabar a Harry de ese modo, que el chico se dio cuenta de que Fred había estado imitando la voz de Dobby durante todo ese rato. Le miró fijamente y Fred debió de sentir que le observaba porque se encontró con su mirada y, dándose cuenta de que Harry lo había captado, le sonrió.
Mientras tanto, Snape soltó aire por la nariz con cansancio. Tantos cumplidos hacia Potter le drenaban la energía.
Pero tiene que salvarse, tiene que hacerlo, Harry Potter no puede...
Dobby se quedó inmóvil de repente, y temblaron sus orejas de murciélago. Harry también lo oyó: eran pasos que se acercaban por el corredor.
–¡Oh, no! –exclamó la señora Weasley.
—¡Dobby tiene que irse! —musitó el elfo, aterrorizado.
Se oyó un fuerte ruido, y el puño de Harry se cerró en el aire.
–Sería genial ser un elfo domestico para poder aparecer y desaparecer por todo Hogwarts–dijo George, pensando en las posibilidades–. Filch nunca nos hubiera atrapado…
Los ojos de Fred se abrieron con sorpresa y deleite.
–Hubiera sido alucinante…
Se echó de nuevo en la cama, con los ojos fijos en la puerta de la enfermería, mientras los pasos se acercaban.
Dumbledore entró en el dormitorio, vestido con un camisón largo de lana y un gorro de dormir. Acarreaba un extremo de lo que parecía una estatua. La profesora McGonagall apareció un segundo después, sosteniendo los pies. Entre uno y otra, dejaron la estatua sobre una cama.
El buen humor que reinaba en la Sala desapareció y todos entraron en tensión. Aunque el libro se refiriera a una "estatua" todos sabían lo que aquello significaba realmente: alguien había sido petrificado. Un humano, esta vez.
—Traiga a la señora Pomfrey —susurró Dumbledore, y la profesora McGonagall desapareció a toda prisa pasando junto a los pies de la cama de Harry.
Harry estaba inmóvil, haciéndose el dormido.
–Debían de estar muy distraídos para no darse cuenta de que estabas despierto–dijo Sirius, intentando aliviar un poco los nervios, pero, obviamente, no funcionó.
Oyó voces apremiantes, y la profesora McGonagall volvió a aparecer, seguida por la señora Pomfrey, que se estaba poniendo un jersey sobre el camisón de dormir. Harry la oyó tomar aire bruscamente.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó la señora Pomfrey a Dumbledore en un susurro, inclinándose sobre la estatua.
—Otra agresión —explicó Dumbledore—. Minerva lo ha encontrado en las escaleras.
El labio de Ginny comenzó a temblar, no recordaba gran cosa de aquella noche. Una parte de ella lo agradecía. Pensar que por su culpa Colin estuvo a punto de morir… La hacía estremecerse y sentir nauseas.
—Tenía a su lado un racimo de uvas —dijo la profesora McGonagall—. Suponemos que intentaba llegar hasta aquí para visitar a Potter.
A Harry se le partió el corazón al oír aquella frase. Ahora Colin ya estaba bien y eso ayudaba, pero hubiera sido tan sencillo que en vez de ver al basilisco a través de su cámara le hubiera mirado a los ojos directamente. Y entonces Colin estaría muerto, y todo por salir en medio de la noche para visitar a Harry. Por mucho que se quejase de la admiración desmesurada y las fotos y atenciones constantes del muchacho, Harry le tenía mucho cariño. Y solo de pensar lo que podía haber sucedido le ponía la piel de gallina.
A Harry le dio un vuelco el corazón. Lentamente y con cuidado, se alzó unos centímetros para poder ver la estatua que había sobre la cama.
Los que no sabían quién era, contuvieron el aliento, esperando.
Un rayo de luna le caía sobre el rostro.
Era Colin Creevey.
–No…–dijo Molly, con hilo de voz y tan bajo que casi costaba oírla. La señora Weasley sentía lastima por el muchacho, pero también por su propia hija. Sabía que Colin y ella eran amigos y que, probablemente, Ginny todavía se sentía culpable por aquello.
–Pobre crío–murmuró Sirius, mientras todos asentían con gravedad. El ataque a un alumno hacía que aquello se hubiera vuelto mucho más real y peligroso.
Tenía los ojos muy abiertos y sus manos sujetaban la cámara de fotos encima del pecho.
—¿Petrificado? —susurró la señora Pomfrey.
—Sí —dijo la profesora McGonagall—. Pero me estremezco al pensar... Si Albus no hubiera bajado por chocolate caliente, quién sabe lo que podría haber...
Dumbledore cerró los ojos instintivamente al recordarlo. Nunca le gustaba cuando sus alumnos sufrían daño, pero aquello había sido diferente. El director se sintió extremadamente vulnerable al no tener una amenaza concreta ni saber quién había sido el atacante. Por supuesto, su primera hipótesis fue Voldemort, pero no tenía ninguna idea de cómo podía haberlo hecho. Y el pensar que cualquiera podía ser atacado en medio de la escuela, sin que él pudiera hacer nada para evitarlo… No era un pensamiento agradable.
Los tres miraban a Colin. Dumbledore se inclinó y desprendió la cámara de fotos de las manos rígidas de Colin.
—¿Cree que pudo sacar una foto a su atacante? —le preguntó la profesora McGonagall con expectación.
–Esperemos que sí–dijo Tonks, tragando saliva.
Dumbledore no respondió. Abrió la cámara.
—¡Por favor! —exclamó la señora Pomfrey.
En cualquier otro momento, Fred hubiera gritado esa frase para sobresaltar a los demás y divertirse con sus reacciones. Pero sabía que aquel no era el momento y, además, no tenía ganas de sonreír.
Un chorro de vapor salió de la cámara. A Harry, que se encontraba tres camas más allá, le llegó el olor agrio del plástico quemado.
—Derretido —dijo asombrada la señora Pomfrey—. Todo derretido...
Remus suspiró.
–Maldita sea… Esto creo que deja bastante claro que no estamos tratando con un mago normal, si es que el atacante es humano para empezar.
–Tienes razón–asintió el señor Weasley, pensando en el basilisco y en el maldito diario que tantos problemas había dado.
—¿Qué significa esto, Albus? —preguntó apremiante la profesora McGonagall.
—Significa —contestó Dumbledore— que es verdad que han abierto de nuevo la Cámara de los Secretos.
Snape miró a Dumbledore de reojo y vio que el viejo mago fruncía levemente el ceño. Aquella imagen le llevó al momento en el que el director le informó de aquello mismo, que la Cámara había sido definitivamente abierta. Snape le había visto pocas veces tan alterado como en ese momento y no podía culparle por su reacción. Al propio profesor de pociones le afectó la noticia de lo sucedido con Colin Creevey. Cierto que el crío era un incordio, con su fanatismo hacia Potter y su parloteo constante. Pero solo era un niño al fin y al cabo y, que alguien le atacase de aquel modo en Hogwarts, donde se suponía que debía estar seguro, afectó bastante a Snape. Aunque no lo demostraría nunca.
La señora Pomfrey se llevó una mano a la boca. La profesora McGonagall miró a Dumbledore fijamente.
—Pero, Albus..., ¿quién...?
—La cuestión no es quién —dijo Dumbledore, mirando a Colin—; la cuestión es cómo.
–Yo creo que las dos cosas son importantes–dijo Sirius con una leve sonrisa, intentando distraer a los alumnos. Estos no parecían muy por la labor, ya que solo Harry trató de devolvérsela, y Sirius no podía culparles por ello.
Y a juzgar por lo que Harry pudo vislumbrar de la expresión sombría de la profesora McGonagall, ella no lo comprendía mejor que él.
Fred cerró el libro lentamente, aunque mantuvo un dedo dentro para marcar la página en la que se encontraba.
–Y aquí se acaba el capítulo–miró a su alrededor–. ¿Necesitáis parar durante un rato o…?
–Yo estoy bien–dijo Ron–. Aunque menos mal que ya hemos comido, porque se me hubiera ido el apetito con este final.
A pesar de que la pregunta de Fred iba dirigida sobre todo a Ginny, asintió y observó al resto de presentes también, para evitar incomodar a su hermana. La chica levantó la cabeza y se encontró con la mirada de Harry, que venía a preguntarle "¿estás bien?". Ginny le agradeció el gesto y asintió, con una pequeña sonrisa.
Al ver el intercambio, Fred, abrió de nuevo el libro y preguntó:
–De acuerdo, pues. ¿Quién quiere leer? –al sentir un toquecito en su hombro, se giró. George levantaba la mano.
–Siempre siguiendo mi ejemplo, ¿eh, hermano?
–Nah, es que no quería dejarte solo–le sonrió su gemelo, cogiendo el libro de las manos de Fred–. Bien, pues si estáis todos preparados, voy a empezar el siguiente capítulo. Se titula "El club de duelo".
Los alumnos miraron el libro con interés; recordaban bien aquel momento.
–Oh, tengo unas ganas tremendas de oír como Snape humilla a Lockhart otra vez–les dijo Harry a sus amigos, en voz baja.
–Creo que es lo mejor que ha hecho con su vida–le sonrió Ron–, casi me dieron ganas de aplaudirle. Casi.
Hermione y Harry sonrieron, antes de darse cuenta de que George no había comenzado a leer porque les estaba mirando.
–¿Habéis acabado? –les preguntó, los ojos brillando con diversión.
Harry abrió la boca para disculparse, pero Ron fue más rápido.
–Oh, calla y lee.
George soltó una carcajada y, después de una mirada rápida en dirección a Ginny que le indicó que su hermana ya se encontraba mejor, hizo lo que Ron le había mandado y comenzó a leer.
–Capítulo once: "El club de duelo".
A/N: Gracias por haber leído este capítulo, espero que os haya gustado :) Esta segunda mitad de septiembre está bastante llena de practicas y salidas de campo de la universidad pero espero tener tiempo para escribir (¡cruzo los dedos!). Así que nos vemos como pronto en dos semanas y como tarde en un mes. Bueno, espero que tengáis un buen día y como siempre:
Gracias por leer y dejad review si queréis :D
