A/N: Madre mía... Creo que hace unos cinco meses que no actualizo? Qué rápido pasa el tiempo... Lo siento muchísimo, en serio. Después de actualizar el último capítulo escribí como diez/quince hojas en una semana, bastante rápido. Y entonces empezaron los trabajos, los exámenes y todo eso. Y cada vez que tenía un par de días de descanso no me apetecía ponerme delante del ordenador y escribir. Y así fue hasta diciembre más o menos. Ahí volví a tener ganas y casi acabé el capítulo. Pero luego volvieron a venir los exámenes y.. en fin. Aquí estamos hahah. Acabo de empezar el segundo semestre y tengo más tiempo libre y estoy haciendo asignaturas que me gustan. O sea que espero que a partir de aquí todo vaya mejor y esté más motivada para escribir!

De verdad, muchisimas gracias a todos los que habéis dejado review y a los que continuáis siguiendo esta historia a pesar de que su autora sea la persona más lenta del universo. Se agradece mucho! Ahora voy a callarme y a dejaros leer este capítulo, que ya toca hahah

¡Gracias por leer!

Todo lo que está en negrita pertenece a J.K Rowling

George soltó una carcajada y, después de una mirada rápida en dirección a Ginny que le indicó que su hermana ya se encontraba mejor, hizo lo que Ron le había mandado y comenzó a leer.

–Capítulo once: "El club de duelo".

Al despertar Harry la mañana del domingo, halló el dormitorio resplandeciente con la luz del sol de invierno, y su brazo otra vez articulado, aunque muy rígido.

–Bueno, menos mal…-dijo Sirius, respirando aliviado.

Harry se le quedó mirando con diversión.

–Pero si era obvio que se me iba a curar…

– ¿Siendo tú? No lo tenía tan claro–sacudió la cabeza, con una media sonrisa–. Es decir, sabía que para tercero ya estarías bien, pero eres el típico que te quedan secuelas y has de ir con un yeso hasta el final del año…

–Tiene razón, ¿sabes? –se le unió Ron–. Sería muy propio de ti.

–¡El que faltaba! –resopló Harry, tratando de ocultar una sonrisa–. Sigue leyendo, George. Que si no me llevaré aún más palos…

El muchacho bajó la mirada para continuar con el capítulo, pero Ron todavía tuvo tiempo de levantar las manos a modo de disculpa y decir:

–No son palos, Harry, es la realidad.

Harry se limitó a mirarle con cara de ofendido, a pesar de saber perfectamente que tenía razón.

Se sentó enseguida y miró hacia la cama de Colin, pero estaba oculto tras las largas cortinas que el propio Harry había corrido el día anterior.

El buen humor que reinaba en el ambiente a causa de la conversación anterior desapareció al recordar la situación del pobre Colin.

Al ver que se había despertado, la señora Pomfrey se acercó afanosamente con la bandeja del desayuno, y se puso a flexionarle y estirarle a Harry el brazo y los dedos.

Todo va bien —le dijo, mientras él apuraba torpemente con su mano izquierda las gachas de avena—. Cuando termines de comer, puedes irte.

Harry se vistió lo más deprisa que pudo y salió precipitadamente hacia la torre de Gryffindor, deseoso de hablar con Ron y Hermione sobre Colín y Dobby,

–Normal…–dijo Tonks, asintiendo.

–Nosotros también teníamos muchas ganas de hablar contigo y saber cómo te encontrabas–explicó Hermione–, pero no queríamos arriesgarnos a hacer enfadar a Madame Pomfrey.

pero no los encontró allí. Harry dejó de buscarlos, preguntándose adónde podían haber ido y algo molesto de que no parecieran interesados en saber si él había recuperado o no sus huesos.

–¡Sí que nos interesaba! –exclamó Ron. A su lado, Hermione asintió enérgicamente.

–Pero teníamos que ocuparnos de la poción…

–Lo entiendo, lo entiendo–dijo Harry con rapidez, levantando una mano–. Ahora lo sé, pero en ese momento no. No pasa nada… Además, aunque lo hubiese sabido, no se pueden controlar pensamientos de ese tipo–esbozó una pequeña sonrisa–. Son casi instintivos. Los piensas y ya…

Cuando pasó por delante de la biblioteca, Percy Weasley precisamente salía de ella, y parecía estar de mucho mejor humor que la última vez que lo habían encontrado.

Como cada vez que Percy aparecía en la lectura, las reacciones de los demás Weasleys no se hicieron esperar.

¡Ah, hola, Harry! —dijo—. Excelente jugada la de ayer, realmente excelente. Gryffindor acaba de ponerse a la cabeza de la copa de las casas: ¡ganaste cincuenta puntos!

–¿Ahora le interesan los puntos? –masculló Fred, aunque lo suficientemente bajo para que su madre no lo oyera.

¿No has visto a Ron ni a Hermione? —preguntó Harry.

No, no los he visto —contestó Percy, dejando de sonreír—. Espero que Ron no esté otra vez en el aseo de las chicas...

Harry forzó una sonrisa, siguió a Percy con la vista hasta que desapareció, y se fue derecho al aseo de Myrtle la Llorona.

Aquello provocó muchas sonrisas entre los presentes.

No encontraba ningún motivo para que Ron y Hermione estuvieran allí, pero después de asegurarse de que no merodeaban por el lugar Filch ni ningún prefecto, abrió la puerta y oyó sus voces provenientes de un retrete cerrado.

El rostro de George se curvó en una mueca de asco.

–Oh, por Merlín, Harry… ¡No quería saberlo!

El pobre Harry se le quedó mirando sin comprender.

–¿Q-qué…? –luego observó los rostros colorados de Ron y Hermione y se dio cuenta–. Oh, oh no… ¡George!

El chico soltó una risita, satisfecho por las reacciones que su comentario había causado. Después de ignorar las dagas que Ron le estaba enviando con la mirada, continuó leyendo con una sonrisa en los labios.

Soy yo —dijo, entrando en los lavabos y cerrando la puerta.

Oyó un golpe metálico, luego otro como de salpicadura y un grito ahogado, y vio a Hermione mirando por el agujero de la cerradura.

–Menos mal que ahora conocemos la existencia de esta Sala–dijo Ron, todavía un poco sonrojado–. Lo de tener que ocultarse en los lavabos hubiese sido un problema, con toda la gente de E.D.

–Y que lo digas…–asintió Harry.

¡Harry! —dijo ella—. Vaya susto que nos has dado. Entra. ¿Cómo está tu brazo?

Bien —dijo Harry, metiéndose en el retrete.

–Vaya, no recordaba habértelo preguntado…

–Yo sí–dijo Harry en voz baja, intentando no ruborizarse. Había significado mucho para él, saber que alguien se preocupaba por su bienestar.

Habían puesto un caldero sobre la taza del inodoro, y un crepitar que provenía de dentro le indicó que habían prendido un fuego bajo el caldero. Prender fuegos transportables y sumergibles era la especialidad de Hermione.

Snape bufó en silencio; no necesitaba que se lo recordasen.

Pensamos ir a verte, pero decidimos comenzar a preparar la poción multijugos —le explicó Ron, después de que Harry cerrara de nuevo la puerta del retrete–. Hemos pensado que éste es el lugar más seguro para guardarla.

–Hicisteis bien–les dijo Remus–. No creo que nadie pueda adivinar lo que estáis haciendo ahí. Es demasiado inverosímil.

–Y peligroso también–intervino la señora Weasley, con enfado en el rostro–. Tenéis suerte de que el profesor Dumbledore haya dicho que no os pueden castigar por nada de lo que leamos, porque si no lo más probable es que os expulsaran... Sigo sin comprender cómo se os pudo ocurrir algo así.

–Alguien tenía que hacer algo–se excusó Ron, provocando que Molly suspirase con cansancio.

–Siempre el mismo motivo… –se pasó una mano por el rostro, respirando profundamente–. En fin, espero que esto no acabe mal y os explote el caldero en la cara o algo parecido.

–Eso sería lo más probable–dijo Snape en uno de sus susurros característicos, sobresaltando a todos–. Dado que, para empezar, no tenéis ni idea de cómo hacer la poción ni de los posibles efectos secundarios. Por no añadir que no se me ocurre otro lugar más lleno de contaminantes que la tapa de un retrete. Cualquier suciedad o producto de limpieza puede interferir en la poción y cambiarla por completo. Francamente, me sorprende que no hayáis perdido una extremidad…

Por la expresión en el rostro de la señora Weasley, estaba claro que no había pensado en ello. Dejó de mirar a Snape para centrarse en los tres muchachos, quienes se temían otro sermón.

–¡Los contaminantes…!

Por suerte, antes de que Molly pudiera hablar más, Hermione levantó una mano.

–Eh, en realidad, señora Weasley y, eh, profesor Snape–empezó, un poco cortada y mirándolos a ambos–, realicé varios conjuros para asegurarme de que el baño estaba lo más limpio posible. Descontaminé el retrete y la tapa, pero también las paredes y el suelo. Pensé que, si íbamos a pasar ahí mucho tiempo, sería mejor tener un sitio limpio donde sentarnos y trabajar.

–Oh, bueno… Eso está bien–la señora Weasley carraspeó–. Algo es algo.

Snape se limitó a fruncir los labios, pero no demostró ninguna emoción. Pasaron un par de segundo en silencio, hasta que George, contento de que alguien hubiera conseguido hacer callar a Snape, siguió leyendo.

Harry empezó a contarles lo de Colin, pero Hermione lo interrumpió.

Ya lo sabemos, oímos a la profesora McGonagall hablar con el profesor Flitwick esta mañana. Por eso pensamos que era mejor darnos prisa.

Cuanto antes le saquemos a Malfoy una declaración, mejor —gruñó Ron—. ¿No piensas igual? Se ve que después del partido de quidditch estaba tan sulfurado que la tomó con Colin.

–Tiene sentido…–asintió Sirius–. Pero no, sigo pensando que Draco no tuvo nada que ver. Es demasiado evidente.

Hay alguien más —dijo Harry, contemplando a Hermione, que partía manojos de centinodia y los echaba a la poción—. Dobby vino en mitad de la noche a hacerme una visita.

Ron y Hermione levantaron la mirada, sorprendidos. Harry les contó todo lo que Dobby le había dicho... y lo que no le había querido decir. Ron y Hermione lo escucharon con la boca abierta.

–Es que era mucha información que asimilar–se excusó la muchacha al tiempo que Ron asentía,

¿La Cámara de los Secretos ya fue abierta antes? —le preguntó Hermione.

Es evidente —dijo Ron con voz de triunfo—. Lucius Malfoy abriría la cámara en sus tiempos de estudiante y ahora le ha explicado a su querido Draco cómo hacerlo. Está claro.

"Parece que me dejé a la persona más importante de la ecuación", pensó Ron. "Bueno, si es que se le puede considerar persona".

Sin embargo, me gustaría que Dobby te hubiera dicho qué monstruo hay en ella. Me gustaría saber cómo es posible que nadie se lo haya encontrado merodeando por el colegio.

–A mí también me gustaría–reconoció Sirius–. Por que como no sea invisible o muy pequeño no lo entiendo… Igual puede cambiar de tamaño o de forma.

–Tranquilo, que al final lo sabrás–le aseguró Harry haciendo que Sirius asintiera con satisfacción. Luego se dio cuenta de lo que aquello implicaba, que Harry iba a encontrarse con el monstruo, y su rostro su rostro se llenó de preocupación.

Quizá pueda volverse invisible —dijo Hermione, empujando unas sanguijuelas hacia el fondo del caldero—. O quizá pueda disfrazarse, hacerse pasar por una armadura o algo así. He leído algo sobre fantasmas camaleónicos...

–Eso no lo había pensado…–murmuró Sirius, intentando distraerse de sus temores.

Lees demasiado, Hermione —le dijo Ron,

–Te lo recordaré la próxima vez que uno de mis libros nos salve la vida.

–Vale, lo retiro–dijo el muchacho.

echando crisopos encima de las sanguijuelas. Arrugó la bolsa vacía de los crisopos y miró a Harry—. Así que fue Dobby el que no nos dejó coger el tren y el que te rompió el brazo... —Movió la cabeza—. ¿Sabes qué, Harry? Si no deja de intentar salvarte la vida, te va a matar.

Tonks soltó una carcajada y sonrió en dirección a Ron.

–Has dicho justo lo que todos estábamos pensando.

La noticia de que habían atacado a Colin Creevey y de que éste yacía como muerto en la enfermería se extendió por todo el colegio durante la mañana del lunes. El ambiente se llenó de rumores y sospechas. Los de primer curso se desplazaban por el castillo en grupos muy compactos, como si temieran que los atacaran si iban solos.

Los labios de la señora Weasley se curvaron con lástima.

–Pobrecitos… Su primer año en Hogwarts debería de ser mágico y libre de preocupaciones. Y en cambio ahí los tienes; temiendo por sus vidas–al terminar la frase, su mirada fue a parar al rostro de Ginny, sin poder contenerse.

La chica se dio cuenta, pero fingió no haberlo hecho. Agradecía la preocupación y la pena de su madre, pero al mismo tiempo, se sentía algo incómoda cuando la trataban de aquella manera. Aunque la experiencia aún la atormentase, era mucho más que la niña que había sido engañada y poseída por Voldemort.

Ginny Weasley, que se sentaba junto a Colin Creevey en la clase de Encantamientos, estaba consternada, pero a Harry le parecía que Fred y George se equivocaban en la manera de animarla. Se turnaban para esconderse detrás de las estatuas, disfrazados con una piel, y asustarla cuando pasaba.

–Pero ¡¿cómo se os ocurre?!–bramó la señora Weasley mientras que, junto a ella, Arthur observaba a sus hijos con desaprobación–. Algo va atacando alumnos por el colegio y vosotros decidís que la mejor manera de animar a vuestra hermana es… ¿asustándola más?

Fred y George se encogieron en la silla. Lo cierto era que en ese momento les pareció divertido, pero aquello había sido antes de saber que Ginny estaba tan implicada.

–Mamá, no hace falta que nos eches la bronca–empezó Fred–, porque ya nos sentimos bastante mal nosotros solos. Hicimos estas bromas sin pensar, creyendo que animarían a Ginny, ya que ella siempre se ríe con nuestras tonterías. Pero, evidentemente, no fue así.

–Por eso queremos disculparnos–continuó George–. Fue con muy mal gusto y, al pensar ahora en ello, nos gustaría no haberlo hecho. Lo sentimos, Ginny.

Su hermana asintió y esbozó una pequeña sonrisa.

–No pasa nada–dijo, aunque su mirada estaba llena de agradecimiento.

Pero tuvieron que parar cuando Percy se hartó y les dijo que iba a escribir a su madre para contarle que por su culpa Ginny tenía pesadillas.

Los señores Weasley no hicieron ningún comentario, pero Molly pensó que le gustaría que Percy lo hubiera hecho. Quizás así se habría dado cuenta de que algo raro pasaba con Ginny.

Mientras tanto, a escondidas de los profesores, se desarrollaba en el colegio un mercado de talismanes, amuletos y otros chismes protectores.

–Oh, sí que estábamos al corriente–dijo de pronto Dumbledore, sobresaltando a unos pocos.

Hablaba tan de vez en cuando que algunos se olvidaban de que se encontraba sentado junto a ellos.

–Pero pensamos que, cualquier cosa que ayudase a los alumnos a sentirse más seguros, era bienvenida–explicó el director.

Neville Longbottom había comprado una gran cebolla verde, cuyo olor decían que alejaba el mal, un cristal púrpura acabado en punta y una cola podrida de tritón antes de que los demás chicos de Gryffindor le explicaran que él no corría peligro, porque tenía la sangre limpia y por tanto no era probable que lo atacaran.

–Oh, Neville…–suspiró Harry, quien no recordaba aquello–. Una de las cosas que más me alegran del E.D. es saber que ahora ya sabe defenderse. Y que la valentía que siempre ha llevado dentro ha salido por fin a flote.

–A mí también–asintió Ginny, sonriendo ante la mención de su mejor amigo–. Neville es una gran persona: amable, buena, inteligente y valiente. Solo le faltaba creer un poco más en sí mismo.

Los alumnos le dieron la razón y George continuó leyendo. Mientras tanto, Snape tuvo que controlar el impulso de poner los ojos en blanco. El día que Longbottom expresase un mínimo de valentía, sería el día en el que Potter y él se harían amigos.

Fueron primero por Filch —dijo Neville, con el miedo escrito en su cara redonda—, y todo el mundo sabe que yo soy casi un squib.

Remus sacudió la cabeza con lástima. La abuela de Neville había afectado negativamente y en gran medida al pobre muchacho. Su autoestima estaba por los suelos y eso afectaba a su capacidad mágica. Pero el profesor sabía que Neville contaba con un gran potencial y le alegraba que sus amigos le hubieran ayudado a desenterrarlo. Esperaba que con el tiempo la autoestima fuese creciendo y el chico ganase cada vez más confianza en sus habilidades.

Durante la segunda semana de diciembre, la profesora McGonagall pasó, como de costumbre, a recoger los nombres de los que se quedarían en el colegio en Navidades. Harry, Ron y Hermione firmaron en la lista; habían oído que Malfoy se quedaba, lo cual les pareció muy sospechoso.

–Probablemente quería ver a quien más atacaban, el muy asqueroso–les dijo Ron en voz baja a sus amigos, quienes asintieron de acuerdo con él.

Las vacaciones serían un momento perfecto para utilizar la poción multijugos e intentar sonsacarle una confesión. Por desgracia, la poción estaba a medio acabar. Aún necesitaban el cuerno de bicornio y la piel de serpiente arbórea africana, y el único lugar del que podrían sacarlos era el armario privado de Snape.

Aquello provocó un silencio sepulcral, solo interrumpido por Sirius, que tardó unos instantes en recuperarse de la sorpresa inicial, pero cuando lo hizo, miró a Harry y a sus amigos con la boca abierta y soltó un simple:

–Oh.

Nadie más dijo otra palabra, todos estaban demasiado sorprendidos o asustados de provocar la ira del maestro de pociones, por lo que George hizo lo más inteligente y siguió leyendo.

A Harry le parecía que preferiría enfrentarse al monstruo legendario de Slytherin a tener que soportar las iras de Snape si lo pillaba robándole en el despacho.

Snape giró su cabeza para centrar su atención en Harry, lo que provocó que el chico desviase la mirada y tragase saliva, nervioso. El profesor sentía que su victoria estaba muy cerca, al alcance de la mano, solo tenía que esperar a que el libro delatase a Potter una vez más. Entonces, incluso Dumbledore estaría de acuerdo en que el crío y sus amiguitos se merecían un castigo. Robar directamente de un profesor era algo muy grave.

Lo que tenemos que hacer —dijo animadamente Hermione, cuando se acercaba la doble clase de Pociones de la tarde del jueves— es distraerle con algo. Entonces uno de nosotros podrá entrar en el despacho de Snape y coger lo que necesitamos.

Hermione se ruborizó hasta la raíz de pelo y agachó al cabeza para evitar la mirada punzante de Snape. Sabía que se acercaba el momento y las tripas se le removieron con aprensión. No se arrepentía de lo que había hecho, pero no quería enfrentarse a un Snape furioso, con los motivos para estarlo y las pruebas para castigarles.

Harry y Ron la miraron nerviosos—. Creo que es mejor que me encargue yo misma del robo —continuó Hermione, como si tal cosa—. A vosotros dos os expulsarían si os pillaran en otra, mientras que yo tengo el expediente limpio.

Los adultos la observaban como si la vieran por primera vez, pero Hermione seguía con la vista clavada fuertemente en el suelo.

Estaba claro quién era el cerebro del grupo, pero organizar un plan para robar a Snape y llevarlo a cabo eran cosas muy diferentes. Hermione pensaba hacerlo ella directamente, y lo había dicho sin inmutarse siquiera. Snape tuvo que reconocer que la muchacha le acababa de impresionar, aunque por supuesto, nunca lo diría en voz alta. La determinación y la sangre fría que había demostrado eran dignas de admirar. Si no fuera él a quien estuviera planteando robar.

Así que no tenéis más que originar un tumulto lo suficientemente importante para mantener ocupado a Snape unos cinco minutos.

Harry sonrió tímidamente. Provocar un tumulto en la clase de Pociones de Snape era tan arriesgado como pegarle un puñetazo en el ojo a un dragón dormido.

–Creo que es lo más inteligente que has dicho desde que comenzamos a leer estos libros, Potter–dijo Snape, mirando a Harry con aquellos ojos tan fríos–. Por tu bien y el de tus amiguitos, espero que lo tengas en cuenta y no continuéis con esta absurda misión vuestra.

–Hay cosas por las que merece la pena enfrentarse a un dragón, profesor–replicó Harry, con el corazón latiéndole con fuerza, pero la mirada tranquila.

La boca de Snape se curvó en una sonrisa desagradable, enseñando algunos de sus dientes. Aquella expresión le recordó a Harry a un animal a punto de atacar a su presa. Un león o una pantera de los documentales que solía ver cuando se quedaba solo en casa de los Dursley. Los ojos le brillaron y Harry lo vio claro. Una pantera, decidió, una pantera negra.

Aun así, parecía que el profesor no estaba listo todavía, seguía observándole, agazapado y esperando el momento oportuno.

Las clases de Pociones se impartían en una de las mazmorras más espaciosas. Aquella tarde de jueves, la clase se desarrollaba como siempre. Veinte calderos humeaban entre los pupitres de madera, en los que descansaban balanzas de latón y jarras con los ingredientes. Snape rondaba por entre los fuegos, haciendo comentarios envenenados sobre el trabajo de los de Gryffindor, mientras los de Slytherin se reían a cada crítica.

Sirius se guardó sus comentarios para él mismo. Aún estaba conmocionado por lo que Hermione se proponía hacer y quería oír si finalmente se llevaría a cabo. Además, ni siquiera él era tan temerario como para provocar a Snape en aquel momento tan tenso. Su puya habitual tendría que esperar.

Draco Malfoy, que era el alumno favorito de Snape, hacia burla con los ojos a Ron y Harry, que sabían que si le contestaban tardarían en ser castigados menos de lo que se tarda en decir «injusto».

Fred no pudo evitar resoplar con diversión y sarcasmo al oír aquello. Sabía por propia experiencia que así era: la injusticia en la clase de Snape era legendaria.

A Harry la pócima infladora le salía demasiado líquida, pero en aquel momento le preocupaban otras cosas más importantes. Aguardaba una seña de Hermione, y apenas prestó atención cuando Snape se detuvo a mirar con desprecio su poción agnada.

"Debería haberme dado cuenta de que algo no iba bien", se dijo Snape.

Cuando Snape se volvió y se fue a ridiculizar a Neville, Hermione captó la mirada de Harry; y le hizo con la cabeza un gesto afirmativo.

Dumbledore inspiró profundamente, preparándose para lo que iba a venir. Sabía que los alumnos conseguirían los ingredientes y acabarían haciendo la poción. La presencia de Hermione en la enfermería, medio transformada en una gata, no era algo fácil de ocultar. Y Dumbledore se había enterado enseguida, por boca de Madame Pomfrey. La sanadora no solía divulgar información sobre sus pacientes, excepto en casos extremos como aquel y, cuando lo hacía, era solamente al director.

Harry se agachó rápidamente y se escondió detrás de su caldero, se sacó de un bolsillo una de las bengalas del doctor Filibuster que tenía Fred, y le dio un golpe con la varita. La bengala se puso a silbar y echar chispas.

George intentó reprimir la sonrisa que quería formarse en sus labios al leer aquello, pero todos pudieron oírla con claridad en su voz.

Sabiendo que sólo contaba con unos segundos, Harry se levantó, apuntó y la lanzó al aire. La bengala aterrizó dentro del caldero de Goyle. La poción de Goyle estalló, rociando a toda la clase. Los alumnos chillaban cuando los alcanzaba la pócima infladora.

A medida que se iba leyendo cada frase, las expresiones de los presentes cambiaban acordemente. Primero incredulidad, luego asombro y, finalmente, temor y preocupación ante la reacción que pudiera tener Snape.

A Malfoy le salpicó en toda la cara, y la nariz se le empezó a hinchar como un balón; Goyle andaba a ciegas tapándose los ojos con las manos, que se le pusieron del tamaño de platos soperos, mientras Snape trataba de restablecer la calma y de entender qué había sucedido.

A pesar de la situación, Ron no pudo evitar que sus ojos brillasen con humor. Había sido realmente épico y divertido; lástima que ahora el libro los estuviera delatando.

Harry vio a Hermione aprovechar la confusión para salir discretamente por la puerta.

¡Silencio! ¡SILENCIO! —gritaba Snape—. Los que hayan sido salpicados por la poción, que vengan aquí para ser curados. Y cuando averigüe quién ha hecho esto...

El maestro de pociones seguía callado, pero de él emanaba una energía llena de ira de la que nadie quería ser víctima.

Harry intentó contener la risa cuando vio a Malfoy apresurarse hacia la mesa del profesor, con la cabeza caída a causa del peso de la nariz, que había llegado a alcanzar el tamaño de un pequeño melón.

Sirius no pudo evitarlo y soltó una pequeña carcajada. Aquello provocó que la cabeza de Snape se moviera como un resorte en su dirección. Si las miradas matasen, Sirius hubiera muerto mil veces con la que le estaba enviando el profesor.

Mientras la mitad de la clase se apiñaba en torno a la mesa de Snape, unos quejándose de sus brazos del tamaño de grandes garrotes, y otros sin poder hablar debido a la hinchazón de sus labios, Harry vio que Hermione volvía a entrar en la mazmorra, con un bulto debajo de la túnica.

Fue entonces, cuando el libro confirmó el robo de los ingredientes, cuando ya no había discusión posible, que Snape habló finalmente.

-Bien…–comenzó en voz baja, provocando escalofríos en los alumnos–. Parece que os divertisteis mucho, ¿no?

Hubo un instante de silencio en que los tres amigos se miraron unos a otros sin saber que decir.

–Robando del injusto y malvado profesor de Pociones, creando el caos en medio de su clase, burlándoos de él porque creíais que no os iba a descubrir nunca, ¿eh? –el tono de voz fue aumentando a medida que hablaba–. Pues mala suerte: lo he hecho. Y ahora que tengo pruebas no os vais a ir de rositas.

Dumbledore intentó decir algo, pero Snape se le adelantó.

–Tenéis suerte de que el director tenga la última palabra en cuanto al tema de la expulsión. Porque si por mi fuera os habría echado infinitas veces. ¿Qué? ¿No decís nada? ¿Ningún intento de defensa? Decepcionante…–dijo, con una sonrisa satisfecha, aunque la ira seguía ahí–. Aunque, por otro lado, me parece normal. No tenéis ninguna excusa. Seguro que os divertisteis mucho, recordando vuestra pequeña travesura, ¿eh? Pues lo vais a pagar bien caro. Vais a estar castigados hasta que os graduéis.

Por el rostro de Sirius, no le importaría tener unas palabras con Snape. Y, por la mirada de Dumbledore, lo mismo podría decirse del director. Sin embargo, fue Harry quien habló, sorprendiéndose incluso a sí mismo, ya que lo hizo de manera calmada y racional. Dos emociones que no solían aparecer en sus conversaciones con Snape.

–Profesor…–empezó Harry, intentando ser lo más educado posible.

Sabía que nada de lo que dijera podría empeorar la situación así que estaba dispuesto a intentar arreglarla en algo. En cualquier otro momento, probablemente hubiera dejado que Sirius o Dumbledore parasen los pies a Snape. Pero algo de lo dicho por el profesor de pociones le había molestado.

–Sé que piensa que solo robamos los ingredientes para hacernos los héroes con la poción y para poder burlarnos de usted–continuó el chico–, pero no es así. ¡Ojalá no hubiésemos tenido que coger nada! A ninguno nos hacía demasiada gracia tener que robar cosas a un profesor, pero era necesario–mientras Harry iba hablando, Snape le observaba con cautela, calculador–. Si hubiese sido la profesora McGonagall también hubiéramos actuado así. Al final del día lo único que nos importaba era poder acabar la poción para descubrir si Malfoy era el heredero o no.

–Si estas intentando librarte del castigo, Potter, no va a funcionar–dijo Snape, aunque la vena en su frente había dejado de latir y parecía que las palabras de Harry habían logrado calmarle.

–No, para nada. Entiendo que robar está mal y más a un profesor. Los tres lo entendemos–señaló a Ron y a Hermione–. Y asumimos que nos merecemos un castigo. Pero también queremos que comprenda que no fue algo personal. Muchas veces sí que lo ha sido–dijo con una pequeña sonrisa llena de ironía–, pero en este caso en concreto no. Como he dicho antes, hubiéramos hecho lo mismo aunque fuera otro profesor… Ahora puede ponernos el castigo que quiera, pero necesitaba decirlo.

La mirada de Snape seguía posada sobre el rostro de Harry, aunque la cautela había dejado paso a la sorpresa y algo más. Algo que, de no haber sido Snape, Harry casi hubiera dicho que era alivio. Pero ¿alivio de qué? Harry no creía posible que al profesor le pudiera afectar lo que los demás pensasen de él. Solo había dicho que no era nada personal por necesitaba decirlo, no porque creyera que a Snape le iba importar aquella distinción. Quizás estaba equivocado…

Mientras Harry pensaba todo esto, los segundos iban pasando y Snape aún no decía nada.

–Bueno, me alegra ver que podéis hablar entre vosotros como dos personas adultas e inteligentes–dijo Dumbledore, sonriendo tras su blanco bigote–. Harry ha expresado lo que quería y ahora es momento de que tomes una decisión respecto a su castigo, Severus. Yo no intervendré. Pero también te pido que seas razonable con los muchachos ya que ha pasado mucho tiempo y ellos solo intentaban ayudar.

Con el paso del tiempo, Snape pareció recobrar la compostura. Se humedeció los labios y asintió.

–Ya… Sí… –dijo, centrando su atención en Dumbledore y luego nuevamente en Harry –. Lo cierto es que con todo esto–hizo un leve gesto en dirección a los libros–, no creo que haya tiempo de cumplir ningún castigo. Tendré cosas más importantes que hacer que preocuparme por cuantos calderos han fregado o cuantas líneas han escrito unos mocosos– se aferró a los insultos y al desprecio, tan familiares, para recomponerse. Lo dicho por Harry le había descolocado y no quería demostrarlo–. De modo que vamos a dejarlo para cuando las cosas se solucionen.

Agitó su varita y apareció un pergamino. Escribió los nombres de Harry, Ron y Hermione en él.

–Veamos… La señorita Granger ya tiene un castigo pendiente por haberme prendido fuego, como leímos en el libro anterior–volvió a agitar su varita y aparecieron nuevas palabras bajo el nombre de la muchacha–. En cuanto al robo de ingredientes, vamos a poner: "Por determinar"– esta vez, la frase también apareció debajo del nombre de Harry y de Ron.

Harry estuvo a punto de decir que, técnicamente, Ron no había hecho nada. Pero se lo pensó mejor y decidió no tentar a la suerte. Sirius, en cambio, no se pudo contener.

–Habíamos quedado en que no se quitarían puntos ni se les castigaría por nada de lo que sucediera–le recriminó a Dumbledore.

–Y así va a ser con cosas menores–replicó el director–. Pero estarás de acuerdo en que el robo de ingredientes de la reserva personal de un profesor es algo bastante grave…

A regañadientes, Sirius tuvo que asentir.

–Además–continuó Dumbledore–, lo puntos se mantendrán tal y como están, no habrá descuento. La casa Gryffindor no tiene la culpa de que los del futuro nos hayan enviado estos libros–dijo, con los ojos brillantes–. Pero no puedo negarle a Severus la posibilidad de un castigo ya que, aunque fue con muy buenas intenciones, los muchachos actuaron mal.

Harry, Ron y Hermione agacharon la cabeza, aguantando el metafórico tirón de orejas. A pesar de éste, los tres tenían la sensación de que se acababan de librar de una buena.

Como nadie más dijo nada y parecía que todos habían acabado de hablar, George siguió leyendo.

Cuando todo el mundo se hubo tomado un trago de antídoto y las diversas hinchazones remitieron, Snape se fue hasta el caldero de Goyle y extrajo los restos negros y retorcidos de la bengala. Se produjo un silencio repentino.

A pesar de todo, Snape no pudo evitar la sensación de orgullo que le invadió al ver el respeto y miedo que imponía en los alumnos.

Si averiguo quién ha arrojado esto —susurró Snape—, me aseguraré de que lo expulsen.

Harry puso una cara que esperaba que fuera de perplejidad. Snape lo miraba a él, y la campana que sonó al cabo de diez minutos no pudo ser mejor bienvenida.

Sabe que fui yo —dijo Harry a Ron y Hermione, mientras iban deprisa a los aseos de Myrtle la Llorona—. Podría jurarlo.

–Así era…–murmuró Snape, a nadie en particular.

Harry no dijo nada por temor a enfurecerle de nuevo.

Hermione echó al caldero los nuevos ingredientes y removió con brío.

Estará lista dentro de dos semanas —dijo contenta.

–Después de todo este lío, ya puede saliros bien…–dijo Sirius, rompiendo el silencio que se había instaurado en la Sala y que nadie quería romper por miedo a atraer la ira de Snape. Sirius, por supuesto, no tenía ningún problema con hacerlo y sonrió contento al ver como los alumnos se relajaban y le devolvían la sonrisa.

Snape no tiene ninguna prueba de que hayas sido tú —dijo Ron a Harry, tranquilizándolo—. ¿Qué puede hacer?

Conociendo a Snape, algo terrible —dijo Harry, mientras la poción levantaba borbotones y espuma.

"Debería haberlo hecho", se dijo Snape de mal humor.

Una semana más tarde, Harry, Ron y Hermione cruzaban el vestíbulo cuando vieron a un puñado de gente que se agolpaba delante del tablón de anuncios para leer un pergamino que acababan de colgar. Seamus Finnigan y Dean Thomas les hacían señas, entusiasmados.

A Harry se le torció el gesto al recordar lo sucedido en el club de duelo. Por suerte, todos conocían su habilidad para hablar pársel, de modo que no se sorprenderían como ocurrió entonces. Además, si iban a leer sus pensamientos, quedaría claro que su intención había sido apartar a la serpiente de Justin y no animarla a que atacase al chico. "Vaya", pensó de pronto, "puede que esto no esté tan mal".

¡Van a abrir un club de duelo! —dijo Seamus—. ¡La primera sesión será esta noche!

–¿En serio? –se sorprendió Tonks–. Bueno, no creo que sirva de mucho contra el monstruo, pero si ayuda a que los alumnos se sientan más seguros… Además, teniendo en cuenta el momento en que nos encontramos, podría ser útil de cara al futuro que aprendan a defenderse lo más pronto posible.

–Tienes razón–asintió Remus–. Tengo ganas de ver cómo se las apañaran en su primer duelo.

–Estoy seguro de que lo harán de maravilla–dijo Sirius con orgullo–. Sobre todo, alguien que yo me sé… Siendo hijo de tu padre no espero menos–sonrió en dirección a Harry–. James era increíble en un duelo: listo, rápido y creativo. Siempre sabía encontrar los puntos débiles de su oponente. Pero también era honorable y sabía respetar al contrincante.

Harry le devolvió la sonrisa, contento de oír más sobre su padre, pero esta flaqueó al recordar como James y Sirius habían atacado a Snape en desventaja y le habían humillado delante de toda la escuela. No hubo nada de honorable en aquello.

Molly captó su reacción, pero malinterpretó el motivo al pensar que a Harry le habían cohibido tantas expectativas.

–Bueno, bueno, Sirius–empezó–. Cada uno es como es y tiene su propio ritmo de aprendizaje. Estoy segura de que James no era un perfecto duelista a los doce años.

–No, no, por supuesto. Eso lo consiguió tras muchos años de práctica–su mirada se posó un instante en Snape–. Además de su entrenamiento de auror. Pero, al mismo tiempo, tenía un talento innato. Y estoy seguro de que Harry también lo tendrá… El E.D. lo demuestra.

Esta vez la sonrisa de Harry se mantuvo en su lugar, el Ejército de Dumbledore era algo de lo que sí que se sentía muy orgulloso.

No me importaría recibir unas clases de duelo, podrían ser útiles en estos días...

¿Por qué? ¿Acaso piensas que se va a batir el monstruo de Slytherin? —preguntó Ron,

Aquello provocó algunas sonrisas entre los presentes.

pero lo cierto es que también él leía con interés el cartel.

Podría ser útil —les dijo a Harry y Hermione cuando se dirigían a cenar—. ¿Vamos?

Harry y Hermione se mostraron completamente a favor, así que aquella noche, a las ocho, se dirigieron deprisa al Gran Comedor. Las grandes mesas de comedor habían desaparecido, y adosada a lo largo de una de las paredes había una tarima dorada, iluminada por miles de velas que flotaban en el aire.

–El Gran Comedor sirve para todo…–sonrió Sirius

El techo volvía a ser negro, y la mayor parte de los alumnos parecían haberse reunido debajo de él, portando sus varitas mágicas y aparentemente entusiasmados.

Me pregunto quién nos enseñará —dijo Hermione,

–No lo había pensado–dijo Remus–. Pero ahora que lo has dicho; yo también.

mientras se internaban en la alborotada multitud—. Alguien me ha dicho que Flitwick fue campeón de duelo cuando era joven, quizá sea él.

El rostro de Tonks se iluminó.

–¡Oh! Eso sería interesante de ver.

Con tal de que no sea... —Harry empezó una frase que terminó en un gemido: Gilderoy Lockhart se encaminaba a la tarima,

Los quejidos y resoplidos no se hicieron esperar.

–¿En serio? –dijo Sirius–. Si los alumnos siguen su ejemplo no hará falta que les ataque el monstruo: se harán daño ellos solos.

Los labios de Remus se curvaron con diversión.

–Y que lo digas…

resplandeciente en su túnica color ciruela oscuro, y lo acompañaba nada menos que Snape, con su usual túnica negra.

–El que faltaba…–murmuró Sirius en voz baja para que Snape no le oyera.

Remus miró a Dumbledore con curiosidad.

–Una combinación un tanto extraña, ¿no cree, director?

–En efecto, en efecto–sonrió él–. Pero tenía la esperanza que se equilibrasen entre ellos.

A su lado, Snape tuvo que contenerse para no soltar un bufido. Él ya se había dado cuenta desde el principio que aquel experimento estaba condenado al fracaso.

Lockhart rogó silencio con un gesto del brazo y dijo:

¡Venid aquí, acercaos! ¿Me ve todo el mundo? ¿Me oís todos? ¡Estupendo!

–Yo no usaría esa palabra…–les dijo Ron a Harry y a Hermione, haciéndoles sonreír.

El profesor Dumbledore me ha concedido permiso para abrir este modesto club de duelo, con la intención de prepararos a todos vosotros por si algún día necesitáis defenderos tal como me ha pasado a mí en incontables ocasiones (para más detalles, consultad mis obras).

–Oh, por favor…–se quejó el señor Weasley. Su comentario hizo que Molly le mirase divertida.

» Permitidme que os presente a mi ayudante, el profesor Snape —dijo Lockhart, con una amplia sonrisa—. Él dice que sabe un poquito sobre el arte de batirse,

"Un poquito", pensó Snape con irritación.

y ha accedido desinteresadamente a ayudarme en una pequeña demostración antes de empezar.

–Dudo que fuera "desinteresadamente"–susurró Harry a sus amigos–. Seguro que Dumbledore tuvo que convencerle.

–Fijo–dijo Hermione, mientras a su lado Ron asentía.

Pero no quiero que os preocupéis los más jóvenes: no os quedaréis sin profesor de Pociones después de esta demostración, ¡no temáis!

–Más bien lo contrario…–dijo Remus, temiendo por la seguridad de Lockhart y provocando que Snape le mirase de manera extraña.

¿No estaría bien que se mataran el uno al otro? —susurró Ron a Harry al oído.

–¡Ronald! –exclamaron los señores Weasley al mismo tiempo, escandalizados. Observaron rápidamente a Snape, preparados para obligar a su hijo a disculparse, pero Snape ni siquiera parecía haberse inmutado. Sus ojos miraban al libro sin ningún rastro de emoción.

Ron dio las gracias por ello, estaba un poco cansado de tener que disculparse por cada cosa que había dicho en el pasado. No era como si supiera que algún día alguien lo leería en voz alta.

En el labio superior de Snape se apreciaba una especie de mueca de desprecio. Harry se preguntaba por qué Lockhart continuaba sonriendo; si Snape lo hubiera mirado como miraba a Lockhart, habría huido a todo correr en la dirección opuesta.

–No creo, Harry, eres mucho más valiente de lo que crees–dijo Sirius–. Además, ya estás acostumbrado a tener que lidiar con las miradas de odio de Snape.

Harry no sabía cómo contestar ya que no quería ayudar a crear una discusión entre Sirius y Snape. Además, no lo admitiría, pero a pesar de enfrentarse al profesor de pociones muy a menudo, una parte de él seguía temiéndole. De modo que tragó saliva y asintió en dirección a su padrino, pero no dijo nada más.

Snape observó con atención la reacción de Potter y sonrió para sí mismo; se alegraba de seguir siendo capaz de imponer miedo en el chico.

Lockhart y Snape se encararon y se hicieron una reverencia. O, por lo menos, la hizo Lockhart, con mucha floritura de la mano, mientras Snape movía la cabeza de mal humor.

Remus sonrió con sarcasmo, no esperaba menos.

Luego alzaron sus varitas mágicas frente a ellos, como si fueran espadas.

Como veis, sostenemos nuestras varitas en la posición de combate convencional —explicó Lockhart a la silenciosa multitud—. Cuando cuente tres, haremos nuestro primer embrujo. Pero claro está que ninguno de los dos tiene intención de matar.

La ceja derecha de Sirius se levantó, poniéndolo en duda.

Yo no estaría tan seguro —susurró Harry, viendo a Snape enseñar los dientes.

Una..., dos... y tres.

Ambos alzaron las varitas y las dirigieron a los hombros del contrincante.

Snape gritó:

¡Expelliarmus!

Aquella palabra hizo que la cabeza de Harry girase de golpe en dirección a Snape y que sus ojos se abrieran como platos.

–¿Harry? –preguntó Hermione, preocupada–. ¿Estás bien?

Aquello llamó la atención de los demás, que observaron al muchacho con curiosidad.

–Sí, sí. Eh… No es nada…

–¿Seguro? –presionó Sirius.

–Sí… Es solo que… No me había dado cuenta hasta ahora–Harry evitó encontrarse con la mirada de Snape, que se había unido a los demás en su observación del chico–. "Expelliarmus" se ha convertido con el paso de los años en mi… seña de identidad, más o menos. Es el hechizo que suelo utilizar para defenderme, que he usado contra el propio Voldemort… Y, bueno, supongo que nunca había pensado en cómo lo aprendí. Y resulta que fue gracias a Snape…

–"Profesor Snape", Harry– le recordó amablemente Dumbledore, con un brillo especial en sus ojos azules y una media sonrisa. A su lado, Snape parecía aún más perdido que estaba Harry.

–Sí, eso. Profesor Snape–asintió el chico, todavía asombrado por lo que acababa de descubrir–. Supongo que le debo un agradecimiento, señor–dijo, mirándole finalmente.

Snape parpadeó, por segunda vez en aquel día sin saber que decir a causa de la sorpresa.

–Lo cierto es que yo tampoco me había dado cuenta, Potter–respondió, un instante más tarde de lo normal, cuando consiguió recuperarse–. Acepto tu agradecimiento, aunque dice mucho de lo nefastos que han sido tus profesores de Defensa–su mirada se posó de manera muy evidente en Remus–, si es que has tenido que aprender a defenderte en esa pantomima de club de duelo.

A pesar de la puya, Lupin esbozó una pequeña sonrisa, haciendo caso omiso al intento de distracción de Snape.

–En realidad, Severus–intervino Dumbledore–, me temo que te has equivocado con tu apreciación. No creo que Harry utilice este hechizo por que sea el único que conoce, más bien al contrario–todos centraron su atención en el director, preguntándose a donde quería llegar–. Lo que deberíamos preguntarnos es: ¿qué tiene "Expelliarmus" tan de especial para que Harry lo haya escogido entre el resto, como su seña de identidad?

Pasó su mirada por encima de los presentes, como si fuera un juego, esperando que alguien le contestase.

–Bien–dijo cuando nadie lo hizo–, en mi opinión, hay cientos de hechizos de ataque o de defensa, pero solo "Expelliarmus" tiene ciertas características que lo hacen diferente a los demás. Al hacer saltar la varita de la mano de tu rival le estás atacando y dejando vulnerable, pero, al mismo tiempo, te estás protegiendo al evitar que te pueda hechizar… Y lo que es más importante: no estás hiriendo al contrario, le estás dando la oportunidad de rendirse pacíficamente y sin que nadie sufra daño. Y eso concuerda perfectamente con el muchacho que yo conozco.

Los ojos azules de Dumbledore fueron a encontrarse con los de Harry al tiempo que el director esbozaba una sonrisa. Harry, un poco azorado, se la devolvió.

Fue después, cuando hubo acabado el intercambio, que la mirada de Dumbledore llegó hasta Snape, como dando a entender que "el muchacho" del que hablaba también podía ser el propio Severus. Aquello provocó un cortocircuito en la mente del maestro de Pociones, que no estaba acostumbrado a recibir muestras de estima y de respeto del director, a pesar de lo mucho que en el fondo las anhelase.

–Creo que tienes toda la razón–dijo Sirius, ajeno a las emociones que estaba sintiendo Snape en aquel instante–. Sí que es propio de Harry.

Remus, pensativo y con orgullo en la mirada, asintió.

–Nunca me lo había planteado. Pero es muy interesante. Y cierto, además.

El chico tuvo que luchar para no ruborizarse, aunque no lo consiguió del todo.

–Eh… Gracias, ¿supongo? –dijo sin saber muy bien como contestar–. Suena genial todo lo que decís, pero cuando piensas que estás luchando contra Voldemort o Mortífagos que quieren matarte… Es un poco estúpido en realidad intentar desarmarles solamente.

–¡Oye! –intervino Ron con una sonrisa–. Hemos dicho que eras noble. ¡Nadie ha dicho nada de que fueras listo!

El comentario de Ron provocó las carcajadas entre los alumnos y que Harry se sintiera menos incómodo.

–Gracias, Ron…–sonrió.

–No, pero ahora en serio–dijo Hermione, todavía con humor en el rostro–, sería muy interesante ver cuál es el hechizo característico de la gente. O si es que todo el mundo tiene… Lo dudo, la verdad.

–El de los demás ni idea–empezó Fred–, pero aparte del de Harry, yo me sé el de Ginny.

Su hermana le miró con curiosidad, hasta que se dio cuenta y soltó una carcajada.

–Vale, lo tengo, el hechizo Moco-murciélago, ¿verdad? –preguntó con diversión.

–Cooorrecto.

–Qué poco glamuroso…–rio la chica–. Aunque me siento bastante orgullosa, la verdad. Lo malo es que en un duelo contra los mortifagos creo que no podría utilizarlo. No van a dejar de intentar matarme solo por tener unos mocos voladores atacándoles.

Harry soltó una carcajada. Se le hacía extraño bromear sobre algo tan importante, pero era reconfortante al mismo tiempo.

–Bueno, creo que ya hemos perdido bastante tiempo de lectura, ¿no os parece? –preguntó la señora Weasley, muy nerviosa de pronto, al oír a Ginny hablar sobre mortífagos intentando matarla.

–Sí, sí, tienes razón. Perdona, mamá.

–No pasa nada, cielo–le sonrió Molly, todavía con el corazón latiéndole con fuerza–. Bien, pues, ¿George, querido?

El muchacho se llevó una mano a la frente, haciendo el saludo militar que, Harry le había comentado, utilizaban los muggles.

–A la orden, señora–dijo, abriendo el libro de nuevo.

Mientras lo hacía, Snape tuvo tiempo de reflexionar sobre todo lo que acababa de suceder. Por un lado, odiaba que Potter hubiera convertido su hechizo en su seña de identidad, le recordaba a lo que James solía hacer.

Pero, por otro, se sentía de alguna manera reconfortado en saber que, cuando Snape había faltado a su promesa de proteger al chico y éste se había visto solo ante Voldemort, Potter se había defendido con algo que él le había enseñado. Era como si hubiera ayudado a mantenerle a salvo de algún modo, incluso sin poder estar ahí.

Resplandeció un destello de luz roja, y Lockhart despegó en el aire, voló hacia atrás, salió de la tarima, pegó contra el muro y cayó resbalando por él hasta quedar tendido en el suelo.

–¡Merlín, Severus! –dijo Remus con asombro–. Debiste de ponerle mucha fuerza al hechizo. En principio solo deberías haberle desarmado.

Snape se encogió de hombros.

–Nunca me gustó. Y no iba a tener otra oportunidad de maldecirle.

Aquella explicación hizo sonreír a Remus. Escueto y claro, típico de Snape.

Malfoy y algunos otros de Slytherin vitorearon. Hermione se puso de puntillas.

¿Creéis que estará bien? —chilló por entre los dedos con que se tapaba la cara.

¿A quién le preocupa? —dijeron Harry y Ron al mismo tiempo.

Aquello provocó que Hermione soltase una carcajada.

–¿Sabéis? Ahora que soy capaz de ver cómo era Lockhart realmente, encuentro toda esta situación mucho más divertida.

Ron le sonrió.

–Mejor tarde que nunca.

Lockhart se puso de pie con esfuerzo. Se le había caído el sombrero y su pelo ondulado se le había puesto de punta.

¡Bueno, ya lo habéis visto! —dijo, tambaleándose al volver a la tarima—. Eso ha sido un encantamiento de desarme; como podéis ver, he perdido la varita... ¡Ah, gracias, señorita Brown! Sí, profesor Snape, ha sido una excelente idea enseñarlo a los alumnos, pero si no le importa que se lo diga, era muy evidente que iba a atacar de esa manera.

–Es tan patético…–gimió Ginny, tapándose el rostro–. Me da hasta vergüenza ajena.

Los alumnos asintieron, sintiéndose igual.

Si hubiera querido impedírselo, me habría resultado muy fácil. Pero pensé que sería instructivo dejarles que vieran...

Ron resopló.

–Ya, claro…

Snape parecía dispuesto a matarlo, y quizá Lockhart lo notara, porque dijo:

¡Basta de demostración! Vamos a colocaros por parejas.

Los labios de Tonks se curvaron en una sonrisa divertida.

–Creo que es lo más inteligente que ha dicho o hecho en todo el capítulo.

Profesor Snape, si es tan amable de ayudarme...

Se metieron entre la multitud a formar parejas. Lockhart puso a Neville con Justin Finch-Fletchley, pero Snape llegó primero hasta donde estaban Ron y Harry.

Sirius soltó un gruñido involuntario; sabía que nada de lo que Snape estuviera planeando iba a ser bueno.

Ya es hora de separar a este equipo ideal, creo —dijo con expresión desdeñosa—. Weasley, puedes emparejarte con Finnigan. Potter...

Harry puso los ojos en blanco sin darse cuenta de que lo estaba haciendo. Luego echó un vistazo al profesor y comprobó con alivio que éste no le había visto. No quería darle motivos para volver a discutir.

Harry se acercó automáticamente a Hermione.

Me parece que no —dijo Snape, sonriendo con frialdad—. Señor Malfoy, aquí. Veamos qué puedes hacer con el famoso Potter.

–¿Pero que más te da que Harry esté con sus amigos? –soltó Sirius, exasperado–. Sabes perfectamente que juntándole con Malfoy va a haber algún follón.

Snape no se dignó a contestarle y entonces Sirius se dio cuenta.

–Vaya rastrero–empezó–. Cuentas con ello. Sabes que Lockhart no podrá ayudar a Harry a defenderse mientras que tu sí que lo harás con Malfoy. ¿Tanto le odias que has de aprovechar cualquier oportunidad para humillarle?

Al igual que antes, Snape volvió a ignorarle. Aunque había algo brillando en el fondo de sus ojos oscuros.

La señorita Granger que se ponga con Bulstrode.

Malfoy se acercó pavoneándose y sonriendo. Detrás de él iba una chica de Slytherin que le recordó a Harry una foto que había visto en Vacaciones con las brujas. Era alta y robusta, y su poderosa mandíbula sobresalía agresivamente. Hermione la saludó con una débil sonrisa que la otra no le devolvió.

–Oh, Merlín. Ya me acuerdo de este momento–dijo Hermione–. Al principio pensaba que solo era una maleducada, pero luego fue a peor.

Harry recordó a Bulstrode cogiendo a su amiga por el cuello y sacudió la cabeza con rabia.

¡Poneos frente a vuestros contrincantes —dijo Lockhart, de nuevo sobre la tarima— y haced una inclinación!

Harry y Malfoy apenas bajaron la cabeza, mirándose fijamente.

Tonks se imaginó la escena y soltó una risita.

–Perdón–se disculpó–. Es solo que… Estoy segura de que en vuestra mente creíais que estabais siendo muy intimidantes y todo eso. Pero en realidad es un poco ridículo.

A pesar de todo, Harry tuvo que estar de acuerdo con ella.

–Visto así…–sonrió.

¡Varitas listas! —gritó Lockhart—. Cuando cuente hasta tres, ejecutad vuestros hechizos para desarmar al oponente. Sólo para desarmarlo; no queremos que haya ningún accidente.

–Yo no me fiaría de un Malfoy–declaró Sirius.

El señor Weasley asintió con firmeza.

–Y harías bien.

Una, dos y... tres.

Harry apuntó la varita hacia los hombros de Malfoy, pero éste ya había empezado a la de dos.

Sirius soltó un juramento.

–Lo sabía. Maldito tramposo.

–¡Será cerdo! –exclamó Fred con indignación. A su lado, George asentía enérgicamente.

Su conjuro le hizo el mismo efecto que si le hubieran golpeado en la cabeza con una sartén.

La señora Weasley se estremeció al pensar en la de veces que Harry habría experimentado aquello por culpa de los Dursley.

Harry se tambaleó pero aguantó, y sin perder tiempo, dirigió contra Malfoy su varita, diciendo:

¡Rictusempra!

Un chorro de luz plateada alcanzó a Malfoy en el estómago, y el chico se retorció, respirando con dificultad.

–¡Buena esa! –le animó Tonks, aplaudiendo con fuerza. Junto a ella, Remus esbozó una sonrisa orgullosa.

¡He dicho sólo desarmarse! —gritó Lockhart a la combativa multitud cuando Malfoy cayó de rodillas; Harry lo había atacado con un encantamiento de cosquillas, y apenas se podía mover de la risa.

Al oírlo, una expresión de total satisfacción apareció en el rostro de Sirius.

–¡Muy listo, Harry! Si se está riendo no puede hablar ni hechizarte de vuelta.

El muchacho le devolvió la sonrisa, mientras su pecho se calentaba con afecto hacia Sirius. Su padrino solía elogiarle muy a menudo, pero nunca se iba a cansar de ello.

Harry no volvió a atacar, porque le parecía que no era deportivo hacerle a Malfoy más encantamientos mientras estaba en el suelo,

–¡Vigilancia constante! –exclamó Tonks, causando que algunos soltaran un respingo–. Lo siento–sonrió al verlo–. Pero, Harry, me parece que has cometido un error. No puedes darle ninguna ventaja a tu oponente.

El muchacho suspiró.

–Ahora lo sé.

pero fue un error. Tomando aire, Malfoy apuntó la varita a las rodillas de Harry, y dijo con voz ahogada:

¡Tarantallegra!

–¡Ah, maldita sea! –se quejó Sirius–. Típico de los Slytherin: aprovecharse de la buena voluntad de los demás para atacar.

El rostro de Snape permaneció impasible. Sería estúpido no utilizar cualquier ventaja que el contrario te proporcionase.

Un segundo después, a Harry las piernas se le empezaron a mover a saltos, fuera de control, como si bailaran un baile velocísimo.

–Qué hechizo tan extraño en realidad…–murmuró Hermione.

–Un poco sí–asintió Ron–. Pero si lo piensas puede ser útil para evitar que el rival huya, o simplemente para humillarle.

La muchacha asintió.

–Tienes razón.

¡Alto!, ¡alto! —gritó Lockhart, pero Snape se hizo cargo de la situación.

¡Finite incantatem! —gritó.

Los pies de Harry dejaron de bailar, Malfoy dejó de reír y ambos pudieron levantar la vista.

–Menos mal que había alguien competente por ahí, Severus–le dijo Dumbledore–. Hice bien en ponerte a cargo junto a Lockhart. Si no, Harry todavía seguiría bailando.

Ante aquel cumplido, Snape levantó una ceja a causa de la sorpresa, pero se quedó callado.

Una niebla de humo verdoso se cernía sobre la sala.

Tanto Neville como Justin estaban tendidos en el suelo, jadeando; Ron sostenía a Seamus, que estaba lívido, y le pedía disculpas por los efectos de su varita rota;

Sirius no pudo evitar que se le escapase una carcajada.

–Lo siento–se disculpó–. Es solo que… En fin, vaya panorama.

–Son críos que hasta ahora nunca se habían batido en duelo–les defendió la señora Weasley–. Por no mencionar el hecho de que la varita de Ron estaba rota y que Neville aún no tenía confianza en sus habilidades. Estoy segura de que durante el E.D. todo fue mucho mejor, ¿no es así, Harry?

El chico asintió.

–Así fue, señora Weasley.

En el rostro de Sirius apareció una sonrisa complacida.

–Estupendo, tengo ganas de llegar a esa parte. Aunque todavía quedan tres libros…

pero Hermione y Millicent Bulstrode no se habían detenido: Millicent tenía a Hermione agarrada del cuello y la hacía gemir de dolor. Las varitas de las dos estaban en el suelo.

–¡Eso es hacer trampas! –protestó Ginny–. Aparta tus sucias manos de Hermione.

La chica le sonrió, contenta por el apoyo.

–Gracias, Ginny. La verdad es que aluciné bastante cuando empezó a usar la fuerza física. De repente se tiró encima de mí y me quitó la varita de un puñetazo.

–Increíble…–bufó ella–. Que no digo que en una batalla de verdad no puedas usar cualquier cosa a tu alcance para ganar. Pero esto era un ejercicio de clase…

–Ya, ya–asintió Hermione–. Yo creo que tenía ganas de pegarle a alguien–dijo sonriendo a pesar de todo.

Ginny soltó una carcajada.

–Seguramente.

Harry se acercó de un salto y apartó a Millicent. Fue difícil, porque era mucho más robusta que él.

Muchachos, muchachos... —decía Lockhart, pasando por entre los estudiantes, examinando las consecuencias de los duelos—. Levántate, Macmillan..., con cuidado, señorita Fawcett..., pellízcalo con fuerza, Boot, y dejará de sangrar enseguida...

–Madre mía…–dijo la señora Weasley sacudiendo la cabeza–. Aunque no sé qué esperaban que pasase. Tienen solo doce años, al fin y al cabo.

»Creo que será mejor que os enseñe a interceptar los hechizos indeseados —dijo Lockhart,

–Sí... Creo que estaría bien–dijo Sirius con sarcasmo.

que se había quedado quieto, con aire azorado, en medio del comedor. Miró a Snape y al ver que le brillaban los ojos, apartó la vista de inmediato—. Necesito un par de voluntarios...

Harry no pudo evitar resoplar con diversión, provocando que la mirada de Snape se centrase en él. El profesor, sin embargo, no hizo ningún comentario y se limitó a observarle con una fina arruga marcada en su entrecejo.

El chico no tenía ni idea de lo que estaría pensando, pero se alegró de que Snape no se tomase su risa como un ataque personal. Había sido justamente lo contrario: se estaba burlando de Lockhart, no de él.

Longbottom y Finch-Fletchley, ¿qué tal vosotros?

Mala idea, profesor Lockhart —dijo Snape, deslizándose como un murciélago grande y malévolo—.

"Buena descripción", pensó Sirius, aunque por una vez, se guardó sus palabras para él mismo.

Longbottom provoca catástrofes con los hechizos más simples, tendríamos que enviar a Finch-Fletchley a la enfermería en una caja de cerillas. —La cara sonrosada de Neville se puso de un rosa aún más intenso—.

La señora Weasley apretó con fuerza los puños; no le gustaba nada como Snape trataba al pobre Neville.

¿Qué tal Malfoy y Potter? —dijo Snape con una sonrisa malvada.

¡Excelente idea! —dijo Lockhart,

–Eh… No, para nada–dijo Remus, mirando extrañado a Snape–. Es una idea horrible. ¿Qué es lo que quieres, Severus? Es la segunda vez que les has juntado. ¿Por qué tanto interés en que se batan en duelo?

Snape apretó con fuerza los dientes, molesto de que alguien cuestionase sus acciones. Cuando su mandíbula se marcaba de aquel modo, cualquiera que le conociera sabía que no era buena idea provocarle. Cualquiera menos Sirius, a quien, por supuesto, eso no le importaba.

–Ya lo he dicho antes, pero lo vuelvo a decir: es penoso que quieras utilizar a Malfoy como instrumento para humillar a Harry. Sabes que no podrá defenderse y te aprovechas de ello. Es más, seguro que te imaginas que tú eres Malfoy y que Harry es James. Patético–soltó con rabia.

Los agujeros de la nariz de Snape se dilataron peligrosamente, mientras él respiraba hondo, tratando de recobrar el control sobre sí mismo. Sabía que, si no lo conseguía, maldeciría a Sirius con saña y por mucho que lo desease, era consciente de que no debía.

Hubo un instante de calma en el que todos aguantaron el aliento, alternando miradas asustadas entre los dos hombres, sin poder creer lo que Sirius acababa de decirle a Snape.

Entonces, cuando Dumbledore ya se estaba preparando para intervenir, habló el maestro de pociones.

–Creo recordar, Black–susurró–, que tú y yo habíamos llegado a una especie de tregua durante la lectura de ayer. Tú parabas interrumpir la lectura a cada rato, lloriqueando sobre cualquier ofensa o insulto que yo hubiera cometido sobre tu ahijado y –pausó su discurso durante un instante, para que todos pudieran asimilar sus palabras–, a cambio, yo dejaba de meterme con Potter. Ahora bien, me parece a mí que he cumplido mi parte con creces. Excepto–añadió, levantando una mano antes de que Sirius pudiese replicar–, en algunas ocasiones que lo merecían, como la fabricación de una poción ilegal o el robo de mis ingredientes–se notaba en su voz que todavía no había asimilado aquello–. Sin embargo, tú, Black, has estado permanentemente quejándote sobre todo lo que se leía, gimoteando sobre la manera tan "mezquina y cruel" en la que trato a Potter.

Sirius abrió la boca para defenderse, pero una parte de él se dio cuenta de que Snape no estaba del todo equivocado, así que la volvió a cerrar.

–Entonces–prosiguió Snape–, no sé a ti, pero a mí no me parece del todo justo. Y teniendo en cuenta lo mucho que parece importarte la justicia y todas esas tonterías, es algo hipócrita por tu parte.

Al oír aquella última pulla, Dumbledore decidió intervenir. Estaba sorprendido de que Snape hubiese sido capaz de reaccionar de manera tan adulta, pero no se fiaba de a dónde podría llegar la conversación si ésta continuaba.

–De acuerdo, ya está bien–dijo con firmeza–. Severus, tienes razón en lo de la tregua, pero, al igual que Sirius, tú tampoco la has cumplido demasiado. Personalmente, me gustaría poder leer los libros sin tener que oír vuestras riñas constantes y, aunque la situación ha mejorado respecto al principio de la lectura, creo que podría ir mejor–sonrió levemente, intentando suavizar la regañina–. Sabéis porqué estamos aquí: cada uno quiere derrotar a Voldemort tanto como el otro. No debemos dejar que estas discusiones tontas nos ralenticen. Por supuesto, podéis hablar y pelear de vez en cuando; sería ingenuo por mi parte creer que no vais a hacerlo más. Pero sí que me gustaría que esta vez intentaseis tomaros más en serio este pacto.

Sirius suspiró profundamente mientras Snape observaba a Dumbledore sin decir nada. Pasados unos segundos, Sirius se levantó y caminó hasta colocarse delante del profesor de Pociones. Lentamente, Snape se giró para enfrentarse al animago, pero cuando lo hizo vio que Sirius le ofrecía una mano extendida.

–Albus tiene razón–dijo, haciendo una mueca, como si le doliera decir aquello–. Deberíamos volver a intentarlo. Esta vez un poco más en serio.

Snape observó la mano de Sirius, que seguía abierta delante suyo y tuvo que contener un suspiro de fastidio. Era consciente de que todos le miraban y que no tenía otra alternativa que hacerlo, pero eso no significaba que lo odiase menos. Extendió su propia mano y agarró la del animago, dando un apretón fuerte y firme que éste devolvió. Cuando se soltaron, Snape pudo ver que Dumbledore lucía una sonrisa deslumbrante en el rostro.

–Excelente, excelente–dijo, sus ojos brillaban–. Muy bien hecho, Sirius, Severus–inclinó la cabeza en dirección a cada uno, al tiempo que los nombraba–. Estoy seguro de que esto va a marcar el comienzo de una tregua verdadera. Excelente–repitió–. Bien, eh, ¿por dónde íbamos? –miró a su alrededor–. Ah, sí, señor Weasley… ¿Si es tan amable?

George asintió, todavía sin entender muy bien lo que acababa de pasar. Abrió el libro por la página en la que se había quedado y continuó leyendo.

haciéndoles un gesto para que se acercaran al centro del Salón, al mismo tiempo que la multitud se apartaba para dejarles sitio—. Veamos, Harry —dijo Lockhart—, cuando Draco te apunte con la varita, tienes que hacer esto.

–A ver qué es lo que va a hacer–dijo Tonks, tapándose el rostro y preparándose para una nueva humillación de Lockhart.

Levantó la varita, intentó un complicado movimiento, y se le cayó al suelo. Snape sonrió y Lockhart se apresuró a recogerla, diciendo:

¡Vaya, mi varita está un poco nerviosa!

–Oh, por Merlín–gimió Tonks, ocultándose aún más entre sus manos.

Remus sonrió con cariño al verlo.

–Creo que tendrías más suerte preguntándole a Hermione como defenderte, Harry–le dijo al muchacho, todavía sonriendo–. Lockhart es más incompetente si cabe de lo que creía. No sabe realizar un simple encantamiento protector.

–Yo también lo creo–suspiró Harry.

Snape se acercó a Malfoy, se inclinó y le susurró algo al oído. Malfoy también sonrió.

Sirius respiró hondo, preparándose para lo que iba a venir; no quería ponerse a gritar a Snape y romper su pacto nada más empezar.

Harry miró asustado a Lockhart y le dijo:

Profesor, ¿me podría explicar de nuevo cómo se hace eso de interceptar?

¿Asustado? —murmuró Malfoy, de forma que Lockhart no pudiera oírle.

Eso quisieras tú —le dijo Harry torciendo la boca.

–¡Bien dicho! –le animó Ron.

–Harry no tiene ni idea de cómo defenderse y Malfoy está ahí sonriendo, preparado para hechizarle… –dijo Tonks–. No sé yo si es el mejor momento para hacerse el valiente.

–Como se nota que no eres de Gryffindor–sonrió Sirius–. Siempre es un buen momento para hacerse el valiente.

Aquello provocó que Tonks riera con suavidad, al tiempo que sacudía la cabeza.

–Menos mal que soy una Hufflepuff…

Lockhart dio una palmada amistosa a Harry en el hombro.

¡Simplemente, hazlo como yo, Harry!

¿El qué?, ¿dejar caer la varita?

–Me encanta tu sarcasmo, Harry–le dijo Ginny, después de soltar una carcajada–. Siempre aparece en los momentos más críticos.

–Supongo que es mi manera de lidiar con los nervios–explicó él. Se pasó una mano por la nuca, algo sorprendido por la naturalidad con la que Ginny le había dicho aquello. Se le hacía extraño que alguien le hiciera cumplidos de ese modo, sin buscar nada a cambio, pero lo agradecía–. Ni siquiera me había dado cuenta hasta ahora…

–¿No? –sonrió Ginny–. Bueno, pues continua así, que es gracioso y me ayuda a relajarme un poco.

–Lo intentaré–le prometió Harry con un brillo en su mirada y una sensación agradable en el pecho.

Pero Lockhart no le escuchaba.

Tres, dos, uno, ¡ya! —gritó.

Los que no sabían que sucedía se inclinaron al borde de su asiento con anticipación.

Malfoy levantó rápidamente la varita y bramó:

¡Serpensortia!

Hubo un estallido en el extremo de su varita. Harry vio, aterrorizado, que de ella salía una larga serpiente negra, caía al suelo entre los dos y se erguía, lista para atacar.

–¡¿Qué?!–preguntó la señora Weasley, horrorizada–. ¿Pero cómo se le ocurre?

No estaba claro si se refería a Malfoy o a Snape, pero no hubo tiempo de preguntarle porque George, apremiado por Sirius, continuó leyendo. El animago estaba haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad para no enfrentarse a Snape.

Todos se echaron atrás gritando y despejaron el lugar en un segundo.

No te muevas, Potter —dijo Snape sin hacer nada, disfrutando claramente de la visión de Harry, que se había quedado inmóvil, mirando a los ojos a la furiosa serpiente—. Me encargaré de ella...

Harry, de pronto enfadado, buscó la mirada de Snape y la encontró.

–¿Algo que decir, Potter? –le preguntó el profesor–. La tregua la hemos firmado tu padrino y yo. Tú, en cambio, puedes exponer en voz alta lo que te plazca, todos esos pensamientos que, por la forma en la que me acabas de mirar, seguro que tienes en tu mente.

Harry parpadeó. ¿Qué demonios quería Snape? ¿Le estaba retando a que se enfrentase a él? "Quizás, si lo hago, Sirius intervendrá y así Snape tendrá una excusa para poder pelearse con él", se dijo Harry. "¿Puede ser que le interese saber que estoy pensando? No, imposible. Es Snape".

A todo esto, habían pasado unos instantes y Snape seguía mirándole, enarcando una ceja.

–¿Y bien? Suéltalo ya.

Al oír aquella exigencia, el enfado volvió al rostro de Harry.

–Es solo que me sorprende bastante, profesor–explicó, remarcando con sarcasmo la última palabra–. A lo largo de la lectura hemos visto la cantidad de veces que ha intentado y conseguido salvarme la vida. Y todavía nos quedan muchas por leer que han pasado en los cursos siguientes– a medida que iba hablando, Harry se daba cuenta de cuantas veces Snape había hecho justo aquello–. Entonces, no entiendo cómo puede salvarme la vida en un momento y al siguiente ponerla en peligro solo para verme humillado. Es bastante desconcertante.

Un destello de ira cruzó el rostro de Snape durante un instante, pero el maestro de pociones logró controlarlo.

–Como llevo diciendo desde hace rato, Potter, no tengo por costumbre permitir que la gente cuestione porqué hago o dejo de hacer algo–su voz era calmada, pero Harry sentía que aquello podría cambiar en cualquier momento–. Sin embargo, es conmovedor ver lo mucho que te preocupa lo que piense de ti… Así que permíteme contestarte. Sí, es cierto que he trabajado para salvarte la vida en numerosas ocasiones y, sí, disfruto viéndote avergonzado… Pero en este momento–hizo un gesto señalando al libro–, no estabas corriendo peligro alguno. Si no fuera por el estúpido de Lockhart, yo hubiera tenido la situación totalmente bajo control. Si la serpiente se hubiese acercado más de lo necesario, la habría hecho desaparecer en un instante.

Harry frunció los labios, sin saber muy bien que decir. No es que le importase lo que Snape pensara de él, nunca lo había hecho, pero durante un instante había llegado a pensar que durante la lectura algo había cambiado entre ellos. Por las palabras de Snape, era evidente que no.

–¿Algo más que añadir, Potter? ¿O podemos seguir con este capítulo eterno? –dijo Snape al ver que Harry no le contestaba.

–No. Es decir, sí…–murmuró Harry, desviando la mirada, molesto y abatido de pronto–. Podemos continuar.

George no necesitó que se lo dijeran dos veces y continuó leyendo. Los pensamientos de la mayoría, sin embargo, tardaron unos segundos en volver a centrarse en la historia.

Sirius había observado el intercambio en silencio y, aunque la explicación de Snape le ayudó a reducir un poco su enfado, ahora era otra cosa la que le preocupaba. Era la expresión de Harry lo que le mantenía inquieto. ¿Por qué había reaccionado así el chico ante lo dicho por Snape? ¿Qué más le daba a Harry si al maestro de pociones le importaba lo que le sucediera o no?

Por su parte, Snape también le daba vueltas al asunto. No comprendía que era lo que había enfadado de aquella manera a Potter, solo sabía que era algo que el propio Snape había dicho. Aunque, ¿desde cuándo le afectaba al crío lo que Snape pensase de él? El odio entre ambos era mutuo y nada había cambiado. "Pero eso no es cierto, ¿no, Severus?", le dijo su traidora mente. "Desde el comienzo de la lectura algo se ha transformado. Y puedes sentirlo". Podía notar como su firmeza se resquebrajaba y sabía que no debía dejar que aquello sucediese. De modo que respiró hondo y empujó aquellos pensamientos hacia el fondo de su mente. Todo lo que había descubierto sobre el chico: su infancia con los Dursley, las similitudes con su madre y las claras diferencias respecto a James. Todo lo ocultó en lo más profundo de su ser y se obligó a no volver a pensar en ello nunca más. Si lo hacía, ponía en peligro aquello por lo que tanto había trabajado. Si el señor Oscuro leía su mente y veía algo que no fuera odio hacia Potter, estaba acabado. Además, mantener a salvo al crío ya era un trabajo bastante complicado como para tener que preocuparse por su bienestar emocional. No, las cosas debían de quedarse tal y como estaban.

¡Permitidme! —gritó Lockhart.

Blandió su varita apuntando a la serpiente y se oyó un disparo: la serpiente, en vez de desvanecerse, se elevó en el aire unos tres metros y volvió a caer al suelo con un chasquido.

–¿Es idiota? –preguntó Sirius sin poderse contener. Había prometido no discutir con Snape, pero nada le impedía poder insultar a Lockhart tanto como quisiera.

–Sí que lo es–le dio la razón Remus–. Y a parte es un inútil, que es peor.

Furiosa, silbando de enojo, se deslizó derecha hacia Finch-Fletchley y se irguió de nuevo, enseñando los colmillos venenosos.

Aquellos que no sabían lo que había ocurrido, contuvieron el aliento, asustados de lo que pudiera hacer la serpiente.

Harry no supo por qué lo hizo, ni siquiera fue consciente de ello. Sólo percibió que las piernas lo impulsaban hacia delante como si fuera sobre ruedas y que gritaba absurdamente a la serpiente: «¡Déjale!»

Todos escucharon con atención, tanto si sabían lo que iba a pasar como si no.

–Así que eso es lo que le dijiste–murmuró Ron. A pesar de que Harry se lo había explicado, era diferente verlo a través de sus ojos.

Y milagrosa e inexplicablemente, la serpiente bajó al suelo, tan inofensiva como una gruesa manguera negra de jardín, y volvió los ojos a Harry.

–Pársel–dijo Tonks en un susurro–. Ya sé que leímos ayer sobre tu encuentro con la serpiente del zoo, pero no deja de ser increíble.

Todos tuvieron que darle la razón, incluso los que, como Sirius en algún momento, habían pensado que la habilidad de hablar con las serpientes era propia de un mago tenebroso.

A éste se le pasó el miedo. Sabía que la serpiente ya no atacaría a nadie, aunque no habría podido explicar por qué lo sabía.

Dumbledore no podía de dejar de pensar en las diferencias entre Harry y Tom Riddle. Estaba seguro de que Voldemort nunca había utilizado su capacidad para ayudar a alguien. Ni lo haría nunca.

Sonriendo, miró a Justin, esperando verlo aliviado, o confuso, o agradecido, pero ciertamente no enojado y asustado.

Snape rememoró aquel momento en su mente mientras lo leía. Primero, a Potter asustado e indefenso delante de la serpiente. Luego, al idiota de Lockhart haciéndola saltar por los aires y poniendo en peligro a los alumnos. Y, finalmente, al crío (solo habría podido ser él) hablando con la serpiente usando una mezcla de siseos y silbidos.

Con todo aquello, la mente de Snape había tardado un instante más en comprender lo que estaba pasando y, por un momento, él también pensó que Potter sonreía al azuzarle la serpiente a Finch-Fletchley. Esa creencia solo duró un segundo, pero fue suficiente como para que un escalofrío le recorriese de arriba abajo.

¿A qué crees que jugamos? —gritó, y antes de que Harry pudiera contestar, se había dado la vuelta y abandonaba el salón.

–Pero ¿qué le pasa? –gruñó Sirius–. ¿Es que no tiene ojos en la cara? Era obvio que le querías ayudar.

–Desde nuestra posición no quedó tan claro–tuvo que decir Hermione–. Nadie entendía que estaba pasando y, aunque para Harry era evidente lo que había dicho, nosotros solo oímos como siseaba a la serpiente y después sonreía. Lo siento, Harry–añadió a modo de disculpa.

–No pasa nada, ahora lo entiendo–le dijo el muchacho.

Snape se acercó, blandió la varita y la serpiente desapareció en una pequeña nube de humo negro.

–Ya era hora…–dijo Sirius sin poderse contener, aunque en voz baja.

También Snape miraba a Harry de una manera rara; era una mirada astuta y calculadora que a Harry no le gustó.

Aquello hizo que el ceño de Snape se frunciera con irritación. Su mirada había sido fría y calculadora, aquello era cierto, pero solo porqué intentaba entender que ocurría con el muchacho. No tenía sentido que "el-niño-que-vivió" supiera hablar parsel y se dedicase a atacar a otros alumnos.

Fue vagamente consciente de que a su alrededor se oían unos inquietantes murmullos. A continuación, sintió que alguien le tiraba de la túnica por detrás.

Vamos —le dijo Ron al oído—. Vamos...

Ron lo sacó del salón, y Hermione fue con ellos.

–Sí, buena idea, Ron–le dijo el señor Weasley–. Era lo más inteligente que podríais haber hecho. Ahora podréis hablar con calma.

Al atravesar las puertas, los estudiantes se apartaban como si les diera miedo contagiarse. Harry no tenía ni idea de lo que pasaba, y ni Ron ni Hermione le explicaron nada hasta llegar a la sala común de Gryffindor, que estaba vacía.

–Vaya manera de mantener el suspense, ¿eh? –dijo Fred con humor en la voz–. Podríais haberle dicho algo antes a Harry. Seguro que el pobre no estaba entendiendo nada.

–Es que nos habíamos quedado bastante impresionados–se defendió su hermano.

Entonces Ron sentó a Harry en una butaca y le dijo:

Hablas pársel. ¿Por qué no nos lo habías dicho?

–Bueno, estoy segura de que Harry pensó que era algo normal entre los magos–dijo Tonks.

–Así fue–asintió el muchacho–. Además, solo había hablado con ellas una sola vez; ya casi ni me acordaba.

¿Que hablo qué? —dijo Harry.

¡Pársel! —dijo Ron—. ¡Puedes hablar con las serpientes!

–Entiendo que fuese un choque para ti descubrirlo de ese modo, Ron–dijo la señora Weasley–. Pero podrías haber sido más amable. El pobre Harry no entendía que estaba pasando.

–Bueno, yo tampoco–se quejó el chico–. Es como si descubres que alguien sabe conjurar la marca tenebrosa o algo así. Ahora sé que no es lo mismo –dijo, levantando las manos–. Pero entonces las únicas personas que yo sabía que eran capaces de hablar parsel eran magos tenebrosos.

–Tiene razón, señora Weasley–intervino Hermione–. Y teniendo en cuenta todo lo sucedido con el heredero de Slytherin y los ataques… Es decir, estaba claro que Harry no había hecho nada conscientemente. Pero quizás alguien le estaba poseyendo o controlando de alguna forma. Por no mencionar el hecho de que ahora todo el mundo iba a pensar que él era el heredero. Lo siento, Harry–añadió rápidamente.

–No te preocupes, teníais todo el derecho del mundo a preocuparos. Lo importante para mí era que no me creyeseis capaz de ir atacando a los alumnos. Y nunca lo hicisteis.

Ron y Hermione le sonrieron con afecto.

–Nunca podríamos.

Lo sé —dijo Harry—. Quiero decir, que ésta es la segunda vez que lo hago. Una vez, accidentalmente, le eché una boa constrictor a mi primo Dudley en el zoo... Es una larga historia...

–Y qué lo digas…–murmuró Tonks, recordando el libro anterior.

pero ella me estaba diciendo que no había estado nunca en Brasil, y yo la liberé sin proponérmelo. Fue antes de saber que era un mago...

Al recordar ese fragmento de la lectura, muchos volvieron a pensar en las barbaridades cometidas por los Dursley. Aquello les llenó de rabia una vez más.

¿Entendiste que una boa constrictor te decía que no había estado nunca en Brasil? —repitió Ron con voz débil.

¿Y qué? —preguntó Harry—. Apuesto a que pueden hacerlo montones de personas.

–No…–dijo la señora Weasley, apenada por el muchacho.

Desde luego que no —dijo Ron—. No es un don muy frecuente. Harry, eso no es bueno.

¿Que no es bueno? —dijo Harry, comenzando a enfadarse—.

–Entiendo perfectamente que te enfadaras, Harry–le dijo Ron–. Lo cierto es que al leerlo desde tu punto de vista sí que parece un poco estúpido.

¿Qué le pasa a todo el mundo? Mira, si no le hubiera dicho a esa serpiente que no atacara a Justin...

¿Eso es lo que le dijiste?

¿Qué pasa? Tú estabas allí... Tú me oíste.

Hablaste en lengua pársel —le dijo Ron—, la lengua de las serpientes. Podías haber dicho cualquier cosa.

–Pero si la gente tuviera medio cerebro–empezó Sirius–, sabrían que es imposible que Harry ataque a otro alumno. De verdad, en Hogwarts siempre te están acusando de una cosa o de la otra. Parece mentira que no te conozcan.

–Tienes razón en lo que dices.

–Gracias, Remus.

–Aunque… también hay que entender el ambiente de tensión que se vivía en la escuela en ese momento. Imagino que estarían todos paranoicos.

–Así era–asintió Hermione con un suspiro. A pesar de los problemas que Umbridge les había ocasionado, su segundo año seguía siendo el peor que había vivido en Hogwarts.

No te sorprenda que Justin se asustara, parecía como si estuvieras incitando a la serpiente, o algo así. Fue escalofriante.

Harry se quedó con la boca abierta.

¿Hablé en otra lengua? Pero no comprendo... ¿Cómo puedo hablar en una lengua sin saber que la conozco?

Por las expresiones en los rostros de los demás, ellos tampoco parecían tener explicación. La excepción era Ginny, quien sonreía.

–Parece mentira que después de todos estos años no sepas respuesta, Harry.

El chico la miró confundido, lo que provocó que la sonrisa de Ginny se ampliase aún más.

–Es muy sencillo: ¡magia! Esa es la solución a la mayoría de preguntas que puedas tener. ¿Eh, mamá?

La señora Weasley no pudo evitar sonreírle con cariño y, al ver la mirada aún confundida de Harry, explicó:

–Era lo que yo solía decirle a Ginny cuando era pequeña y no paraba de preguntar el porqué de las cosas. "¿Cómo vuelan las escobas? ¿Por qué el cielo es azul? ¿Cómo es que papá y tu podéis desaparecer y luego aparecer en otro lado?" Y así lo que se te pueda ocurrir. Al principio intentaba responder como mejor podía. Pero había preguntas que no sabía ni contestar.

–Así que al cabo de un tiempo la respuesta solía ser casi siempre "magia".

A medida que Ginny y su madre iban explicando la historia, los labios de Harry se iban curvando en una sonrisa cada vez más pronunciada. No fue hasta que Ginny dejó de hablar que el muchacho se dio cuenta de aquel hecho y, con esfuerzo, ordenó a los músculos de su cara que se relajasen. Estaba seguro de que debía de haber quedado como un auténtico idiota: con los ojos brillantes clavados en Ginny, escuchando con atención y una gran sonrisa extendida por todo su rostro. Menudas pintas… Pero Harry sabía que no había nada que él pudiera hacer para evitarlo, aquel era el efecto que la chica producía en él.

–¿Qué puedo decir? –prosiguió Ginny al cabo de unos segundos-. Era una niña muy curiosa…

–Sí que lo eras–coincidió Molly, mientras el señor Weasley sonreía a su lado–. Sí que lo eras.

Ron negó con la cabeza. Por la cara que ponían tanto él como Hermione, parecía como si acabara de morir alguien. Harry no alcanzaba a comprender qué era tan terrible.

George siguió leyendo y todos volvieron a centrarse en la lectura. Tardaron un poco en volver a hacerlo, ya que el ambiente alegre que había en aquel momento en la Sala, no se parecía al que el libro quería transmitir.

¿Me quieres decir qué hay de malo en impedir que una serpiente grande y asquerosa arranque a Justin la cabeza de un mordisco? —preguntó—. ¿Qué importa cómo lo hice si evité que Justin tuviera que ingresar en el Club de Cazadores Sin Cabeza?

Snape se guardó las ganas de comentar sobre el dramatismo de Potter. Era evidente que aquella serpiente no hubiera podido arrancarle la cabeza a Finch-Fletchley.

Sí importa —dijo Hermione, hablando por fin, en un susurro—, porque Salazar Slytherin era famoso por su capacidad de hablar con las serpientes. Por eso el símbolo de la casa de Slytherin es una serpiente.

Harry se quedó boquiabierto.

–Parece mentira que algo que es tan obvio y normal para nosotros sea una gran revelación para ti, Harry–dijo Sirius–. Es decir, creo que todo el mundo conoce eso, la historia de Slytherin. A veces se me olvida lo mucho que te perdiste por tener que crecer con los Dursley. No solo lo importante… Si no también las pequeñas cosas.

–Por eso creo que es esencial que los nacidos de muggle o, en el caso de Harry, los que han crecido con ellos, se junten y hagan amigos con los hijos de magos–explicó Tonks–. Yo tengo la suerte de ser mestiza y haber sido criada conociendo los dos mundos. Pero lo que no lo han hecho, se pierden una parte importante de la realidad. Ya sea la mágica o muggle.

–Tonks tiene razón–la apoyó Remus–. Estudios muggle ayuda un poco a remediar esta situación, pero solo un poco. Hay tantas cosas que no sabemos ni entendemos de ellos… Y creo que si lo hiciéramos podría ayudar a disminuir el miedo o el desagrado que algunos magos sienten hacia la gente no mágica.

Hermione asintió con energía y casi levantó la mano para pedir turno para hablar. Luego recordó que no se encontraba en clase y tomó aire para dar su opinión.

–Estoy totalmente de acuerdo–dijo la muchacha–. Yo me he leído casi cada libro de la historia mágica que he encontrado y aun así hay muchas cosas que desconozco. Ron es quien nos suele explicar qué significa lo que no entendemos. Pero si no tuviéramos la suerte de contar con él… Estaríamos bastante perdidos.

Las orejas del muchacho comenzaron a volverse coloradas y Harry, al verlo, no pudo evitar sonreír.

Exactamente —dijo Ron—. Y ahora todo el colegio va a pensar que tú eres su tatara-tatara-tatara-tataranieto o algo así.

Pero no lo soy —dijo Harry, sintiendo un inexplicable terror.

–¡Claro que no! –le dijo Sirius para tranquilizarle–. Los Potter jamás se juntarían con alguien como Slytherin. Y los Evans son muggles, así que… No veo muy probable que algún descendiente de Slytherin se juntase con ellos.

Te costará mucho demostrarlo —dijo Hermione—. Él vivió hace unos mil años, así que bien podrías serlo.

Aquello hizo que Sirius arrugase la nariz instintivamente.

–Eso es cierto… Y los magos tienen tendencia a juntarse entre ellos…Pero no, es imposible. Además, aunque así fuera, su sangre estaría tan diluida en la tuya que ni siquiera se notaría.

Harry le sonrió a modo de agradecimiento, aunque lo cierto era que ya no le preocupaba tanto como antes. Dumbledore tenía razón: eran más importantes las elecciones que uno hacía que de dónde venía o quienes eran sus antepasados.

Aquella noche, Harry pasó varias horas despierto. Por una abertura en las colgaduras de su cama, veía que la nieve comenzaba a amontonarse al otro lado de la ventana de la torre, y meditaba. ¿Era posible que fuera un descendiente de Salazar Slytherin? Al fin y al cabo, no sabía nada sobre la familia de su padre. Los Dursley nunca le habían permitido hacerles preguntas sobre sus familiares magos.

Sirius apretó los dientes con fuerza al recordarlo.

En voz baja, trató de decir algo en lengua pársel, pero no encontró las palabras. Parecía que era requisito imprescindible estar delante de una serpiente.

Ron asintió al pensar en su segundo año. Para poder entrar en la cámara, Harry había tenido que hablar pársel. Pero no fue capaz de hacerlo hasta que no observó una serpiente que había grabada en uno de los grifos del lavabo.

«Pero estoy en Gryffindor —pensó Harry—. El Sombrero Seleccionador no me habría puesto en esta casa si tuviera sangre de Slytherin...» «¡Ah! —dijo en su cerebro una voz horrible—, pero el Sombrero Seleccionador te quería enviar a Slytherin, ¿lo recuerdas?» Harry se volvió.

–Harry…–empezó Sirius, pero su ahijado le cortó.

–Está bien, en serio. Me alegra que hablásemos de todo esto ayer, así no tenemos que volver a tener la mima conversación–sonrió–. Además, alguien me hizo darme cuenta hace tiempo que son más importantes las decisiones que tú tomas que tu sangre o la casa en la que perteneces.

La mirada de Harry se encontró con la de Dumbledore y el director le devolvió la sonrisa.

–De acuerdo, entonces–asintió Sirius–. Me alegra que lo tengas tan claro.

Al día siguiente vería a Justin en clase de Herbología y le explicaría que le había pedido a la serpiente que se apartara de él, no que lo atacara, algo (pensó enfadado, dando puñetazos a la almohada) de lo que cualquier idiota se habría dado cuenta.

–Sí, creo que es una buena idea, Harry. Espero que Justin te escuche y entienda que solo intentabas salvarle–Tonks suspiró–. Aunque también es cierto que está asustado y que solo es un crío. Quizás no esté muy receptivo a tus explicaciones…

A la mañana siguiente, sin embargo, la nevada que había empezado a caer por la noche se había transformado en una tormenta de nieve tan recia que se suspendió la última clase de Herbología del trimestre. La profesora Sprout quiso tapar las mandrágoras con pañuelos y calcetines, una operación delicada que no habría confiado a nadie más, puesto que el crecimiento de las mandrágoras se había convertido en algo tan importante para revivir a la Señora Norris y a Colin Creevey.

–¿No podríais haber comprado mandrágoras en algún sitio? –preguntó Ron–. Sé que es una pregunta un poco estúpida por qué de ser así lo hubierais hecho… Pero no sé, me parece extraño que no haya mandrágoras adultas en ningún lugar del mundo.

–No sé mucho de Herbología, señor Weasley–empezó Dumbledore–. Pero lo que sí sé es que la mandrágora es una planta poco común. Sobre todo por la dificultad de su cultivo, como ya comprobasteis en su momento–sonrió–. Además, su crecimiento viene determinado por las estaciones y la época del año. De modo que no, no podíamos obtenerlas. Las pocas mandrágoras adultas que había en el mundo en ese momento eran propiedad de magos que no estaban dispuestos a desprenderse de algo tan valioso y extraño.

–Por no mencionar–añadió Snape de pronto–, que algunos extractos de Mandrágora o partes de la planta que yo pudiera tener entre mis ingredientes personales no podían ser utilizados para crear la poción despetrificante. Ésta solo puede elaborarse con componentes recién obtenidos de las plantas.

Ron asintió, asimilando la información y un tanto molesto con Snape por haberle contestado. Si hubiera sabido que él iba a hablar también, se hubiera guardado su curiosidad para sí mismo. Aun así, sabía que sus padres le estaban mirando y que no podía ser maleducado delante de ellos. Por lo que dijo:

–Gracias.

Y le indicó a George que continuase leyendo.

Harry le daba vueltas a aquello, sentado junto a la chimenea, en la sala común de Gryffindor, mientras Ron y Hermione aprovechaban el hueco dejado por la clase de Herbología para echar una partida al ajedrez mágico.

–"Y Hermione perdía, como siempre"–dijo Ginny, sus ojos brillando con humor.

–¡Eh! –se quejó ella–. Bueno, vale. Sí, tienes razón, tienes razón. ¡Pero es que es imposible ganarle!

Ginny sonrió y Ron no pudo evitar ruborizarse.

–No te preocupes, Hermione–intervino Fred–. A todos nos ha humillado jugando a ese juego, es una batalla perdida…

Por las expresiones en los rostros de toda la familia Weasley, era evidente que así había sido.

¡Por Dios, Harry! —dijo Hermione, exasperada, mientras uno de los alfiles de Ron tiraba al suelo al caballero de uno de sus caballos y lo sacaba a rastras del tablero—. Si es tan importante para ti, ve a buscar a Justin.

–Sí–asintió la señora Weasley–. Simplemente explícaselo y así te quitarás el agobio de encima.

De forma que Harry se levantó y salió por el retrato, preguntándose dónde estaría Justin. El castillo estaba más oscuro de lo normal en pleno día, a causa de la nieve espesa y gris que se arremolinaba en todas las ventanas. Tiritando, Harry pasó por las aulas en que estaban haciendo clase, vislumbrando algunas escenas de lo que ocurría dentro. La profesora McGonagall gritaba a un alumno que, a juzgar por lo que se oía, había convertido a su compañero en un tejón.

Aquello provocó que muchos sonrieran con afecto hacia McGonagall y diversión al imaginarse la escena.

–Pobre crío…–dijo Sirius, el humor visible en su rostro. Recordaba bien las broncas de la profesora, sufridas en sus propias carnes –. Me daría hasta pena si no fuera tan gracioso.

Aguantándose las ganas de echar un vistazo, Harry siguió su camino, pensando que Justin podría estar aprovechando su hora libre para hacer alguna tarea pendiente, y decidió mirar antes que nada en la biblioteca.

–Oh, buena deducción–le dijo Tonks, con una sonrisa.

Efectivamente, algunos de los de Hufflepuff que tenían clase de Herbología estaban en la parte de atrás de la biblioteca, pero no parecía que estudiasen. Entre las largas filas de estantes, Harry podía verlos con las cabezas casi pegadas unos a otros, en lo que parecía una absorbente conversación.

–Hablando de ti, probablemente–dijo George, pausando un instante la lectura.

No podía distinguir si entre ellos se encontraba Justin. Se les estaba acercando cuando consiguió entender algo de lo que decían, y se detuvo a escuchar, oculto tras la sección de «Invisibilidad».

Esa pequeña coincidencia hizo que muchos sonrieran, divertidos.

Así que —decía un muchacho corpulento— le dije a Justin que se ocultara en nuestro dormitorio. Quiero decir que, si Potter lo ha señalado como su próxima víctima, es mejor que se deje ver poco durante una temporada.

Todos soltaron algún que otro quejido al oírlo, hartos de que culpasen a Harry.

–Se veía venir, la verdad–George puso los ojos en blanco–. Son un poco pesados. Por no decir mucho.

Por supuesto, Justin se temía que algo así pudiera ocurrir desde que se le escapó decirle a Potter que era de familia muggle. Lo que Justin le dijo exactamente es que le habían reservado plaza en Eton. No es el mejor comentario que se le puede hacer al heredero de Slytherin, ¿verdad?

Con cada frase que se leía, más aumentaban las muestras de fastidio de los demás.

Incluso Snape, a quien al principio le había hecho cierta gracia que alguien fuese tan idiota de creer que Potter era el heredero de Slytherin, comenzaba a cansarse de la situación.

¿Entonces estás convencido de que es Potter, Ernie? —preguntó asustada una chica rubia con coletas.

Hannah —le dijo solemnemente el chico robusto—, sabe hablar pársel.

–Hannah Abbott, ¿no? –preguntó Ron–. No he hablado mucho con ella, pero parece simpática. Una pena que se creyera todas esas tonterías.

Todo el mundo sabe que ésa es la marca de un mago tenebroso. ¿Sabes de alguien honrado que pueda hablar con las serpientes? Al mismo Slytherin lo llamaban «lengua de serpiente».

Esto provocó densos murmullos. Ernie prosiguió:

¿Recordáis lo que apareció escrito en la pared? «Temed, enemigos del heredero.» Potter estaba enemistado con Filch. A continuación, el gato de Filch resulta agredido.

–¡Todo el mundo está enemistado con Filch! –se indignó Fred–. Hay pocos alumnos que puedan decir lo contrario. Eso no demuestra nada.

Ese chaval de primero, Creevey, molestó a Potter en el partido de quidditch, sacándole fotos mientras estaba tendido en el barro. Y entonces aparece Creevey petrificado.

Pero —repuso Hannah, vacilando— parece tan majo... y, bueno, fue él quien hizo desaparecer a Quien-vosotros-sabéis. No puede ser tan malo, ¿no creéis?

Ginny levantó las manos hacia el techo.

–Menos mal que alguien te defiende–dijo exasperada

Ernie bajó la voz para adoptar un tono misterioso. Los de Hufflepuff se inclinaron y se juntaron más unos a otros, y Harry tuvo que acercarse más para oírlas palabras de Ernie.

Nadie sabe cómo pudo sobrevivir al ataque de Quien-vosotros-sabéis. Quiero decir que era tan sólo un niño cuando ocurrió, y tendría que haber saltado en pedazos. Sólo un mago tenebroso con mucho poder podría sobrevivir a una maldición como ésa.

–Ya me estoy hartando de esta tontería–gruñó Sirius–. Fue el sacrificio de Lily lo que te salvó, ¡vaya manera de insultar a su recuerdo!

–Por no mencionar que nadie nace convertido en un mago tenebroso. Estoy seguro de que ni siquiera Voldemort era malvado y poderoso siendo un bebé –Remus sacudió la cabeza–. Tanto la maldad como el poder se van adquiriendo con los años.

Bajó la voz hasta que no fue más que un susurro, y prosiguió—: Por eso seguramente es por lo que Quien-vosotros-sabéis quería matarlo antes que a nadie. No quería tener a otro Señor Tenebroso que le hiciera la competencia. Me pregunto qué otros poderes oculta Potter.

Los puños de Harry se cerraron con fuerza. Ya no le molestaba tanto como entonces pero aun así no era agradable oír aquello. Él solo quería ser un muchacho normal; no tenía la culpa de que cosas extrañas siguieran sucediéndole, ni de tener poderes que los demás no tenían.

Harry no pudo aguantar más y salió de detrás de la estantería, carraspeando sonoramente. De no estar tan enojado, le habría parecido divertida la forma en que lo recibieron: todos parecían petrificados por su sola visión, y Ernie se puso pálido.

–Se lo tienen bien merecido–bufó Hermione, enfadada.

Hola —dijo Harry—. Busco a Justin Finch-Fletchley.

Los peores temores de los de Hufflepuff se vieron así confirmados. Todos miraron atemorizados a Ernie.

–No me parece que eso sea una buena idea, Harry–dijo Tonks, inclinando la cabeza–. Después de oír lo que piensan de ti… Es probable que crean que le buscas para atacarle.

¿Para qué lo buscas? —le preguntó Ernie, con voz trémula.

Quería explicarle lo que sucedió realmente con la serpiente en el club de duelo —dijo Harry.

Ernie se mordió los labios y luego, respirando hondo, dijo:

Todos estábamos allí. Vimos lo que sucedió.

Entonces te darías cuenta de que, después de lo que le dije, la serpiente retrocedió —le dijo Harry.

–Haces bien, cielo–le dijo la señora Weasley–. Se lo estás explicando con calma. Si ellos no te creen es culpa suya.

Yo sólo me di cuenta —dijo Ernie tozudamente, aunque temblaba al hablar— de que hablaste en lengua pársel y le echaste la serpiente a Justin.

Una vez más, todos gruñeron o soltaron quejidos llenos de frustración. ¿Por qué no podían escuchar lo que Harry estaba diciendo?

¡Yo no se la eché! —dijo Harry, con la voz temblorosa por el enojo—. ¡Ni siquiera lo tocó!

Le anduvo muy cerca —dijo Ernie—. Y por si te entran dudas —añadió apresuradamente—, he de decirte que puedes rastrear mis antepasados hasta nueve generaciones de brujas y brujos y no encontrarás una gota de sangre muggle, así que...

–Oh, por Merlín –soltó Sirius sin poder contenerse más–. Sé que no debería decirlo porqué solo es un crío… Pero vaya idiota.

–¡Sirius!

–Vamos, Molly, sabes que tengo razón. Entiendo que estén asustados y todo eso, pero en fin… Harry les está intentando explicar la verdad de lo sucedido y este Ernie no hace más que ignorar lo que dice. Esa clase de gente tiene un nombre.

La señora Weasley se mordió la lengua para no continuar con aquella conversación. No solo porque sabía que no llevaría a ningún lado, sino también, porque una parte de ella estaba de acuerdo con Sirius. Aunque nunca lo admitiría.

¡No me preocupa qué tipo de sangre tengas! —dijo Harry con dureza—. ¿Por qué tendría que atacar a los de familia muggle?

He oído que odias a esos muggles con los que vives —dijo Ernie apresuradamente.

No es posible vivir con los Dursley sin odiarlos —dijo Harry—. Me gustaría que lo intentaras.

–Exactamente... A veces tengo la sensación de que la gente de Hogwarts habla mucho y piensa poco–Sirius sacudió la cabeza– . El hecho de que odies a alguien no tiene porqué estar relacionado con su estatus de sangre. Odias a los Dursley por su comportamiento, nada más. Por no mencionar que tu propia madre era nacida de muggles… Y que tu mejor amiga también lo es. Si eso no tira por tierra cualquier teoría absurda no sé que lo hará.

–Eso mismo–dijo Hermione, sonriendo con afecto a Harry–. Pero tienes razón, Sirius, la gente de Hogwarts es así. No es la primera vez ni la última que se creen rumores ridículos… Cómo cuando Rita Skeeter escribió esas chorradas sobre Harry y yo–sus ojos brillaron con humor–. Todo el mundo pensaba que estábamos saliendo. Lo que es la cosa más absurda que he oído nunca.

Hermione soltó una carcajada y Harry se le unió al recordarlo.

–Aunque ahora nos haga gracia, lo cierto es que esa mujer es lo peor. La de historias falsas que ha escrito, haciendo daño a mucha gente… Y solo para aumentar su número de lectores.

––Lo sé, es despreciable–le dijo Hermione–. Maldito escarabajo…

Dio media vuelta y salió de la biblioteca, provocando una mirada reprobatoria de la señora Pince, que estaba sacando brillo a la cubierta dorada de un gran libro de hechizos.

Furioso como estaba, iba dando traspiés por el corredor, sin ser consciente de adónde iba. Y al fin se dio de bruces contra una mole grande y dura que lo tiró al suelo de espaldas.

¡Ah, hola, Hagrid! —dijo Harry, levantando la vista.

A pesar de todo, Sirius sonrió.

–Me alegro de que te hayas encontrado con él. Siempre va bien ver una cara amiga en situaciones como ésta.

Harry tuvo que darle la razón.

Aunque llevaba la cara completamente tapada por un pasamontañas de lana cubierto de nieve, no podía tratarse de nadie más que Hagrid, pues ocupaba casi todo el ancho del corredor con su abrigo de piel de topo. En una de sus grandes manos enguantadas llevaba un gallo muerto.

Nadie reaccionó ante aquello, era normal que algunos animales o criaturas del bosque prohibido atacasen a los gallos de Hagrid.

La excepción fue Ginny, que se puso pálida de golpe. Recordaba como si se tratase de un sueño lo que Riddle le había obligado a hacer: matar a los gallos para que no pudieran herir al basilisco.

¿Va todo bien, Harry? —preguntó Hagrid, quitándose el pasamontañas para poder hablar—. ¿Por qué no estás en clase?

La han suspendido —contestó Harry, levantándose—. ¿Y tú, qué haces aquí?

Hagrid levantó el gallo sin vida.

El segundo que matan este trimestre —explicó—. O son zorros o chupasangres, y necesito el permiso del director para poner un encantamiento alrededor del gallinero.

Harry recordó lo que Riddle le había contado, mientras él escuchaba asustado en una cámara fría y oscura. La verdad acerca del diario y los horrores que había obligado cometer a Ginny. Sabía que matar a los gallos de Hagrid había sido uno de ellos, de modo que trató de observar el rostro su amiga con disimulo, para evaluar su reacción.

Vio que la cara de Ginny estaba más blanca de lo habitual, lo que hacía que las pecas de sus mejillas resaltasen contra la piel. En cualquier otro momento, Harry habría admirado el patrón que éstas formaban, pero cuando Ginny estaba sufriendo, cualquier otro pensamiento desaparecía de su mente.

Miró a Harry más de cerca por debajo de sus cejas espesas, cubiertas de nieve. —¿Estás seguro de que te encuentras bien? Pareces preocupado y alterado.

Harry no pudo repetir lo que decían de él Ernie y el resto de los de Hufflepuff.

No es nada —repuso—. Mejor será que me vaya, Hagrid, después tengo Transformaciones y debo recoger los libros.

–Entiendo porque no querías contárselo, Harry –intervino Hermione–. Pero seguro que te hubieras sentido mejor.

–¿Tú lo hubieras hecho?

La chica vaciló durante un instante, pero fue suficiente para que Harry lo notase.

–Exacto–dijo él.

Se fue con la mente cargada con todo lo que había dicho Ernie sobre él: «Justin se temía que algo así pudiera ocurrir desde que se le escapó decirle a Potter que era de familia muggle...»

Harry subió las escaleras y volvió por otro corredor. Estaba mucho más oscuro, porque el viento fuerte y helado que penetraba por el cristal flojo de una ventana había apagado las antorchas.

Los ojos de Harry se cerraron con cansancio al recordar lo que iban a leer en unos instantes. Era bastante agotador tener que volver a vivir todo aquello de nuevo: la ansiedad de ser culpado por todos los demás alumnos y la culpa por no haber podido ayudar a Justin de algún modo.

Iba por la mitad del corredor cuando tropezó y cayó de cabeza contra algo que había en el suelo. Se volvió y afinó la vista para ver qué era aquello sobre lo que había caído, y sintió que el mundo le venía encima.

–Oh, no…–murmuró Tonks, temiéndose otro ataque.

Los demás esucharon con atención y George tragó saliva antes de volver a leer.

Sobre el suelo, rígido y frío, con una mirada de horror en el rostro y los ojos en blanco vueltos hacia el techo, yacía Justin Finch-Fletchley.

–¿En serio? –no pudo evitar decir Sirius, entre apenado e incrédulo–. ¿De toda la gente tenía que ser él?

Miró a Remus, esperando la reacción de su amigo, pero Lupin se limitó a negar con la cabeza y a indicarle con la mirada que no era el momento.

Y eso no era todo. A su lado había otra figura, componiendo la visión más extraña que Harry hubiera contemplado nunca. Se trataba de Nick Casi Decapitado, que no era ya transparente ni de color blanco perlado, sino negro y neblinoso, y flotaba inmóvil, en posición horizontal, a un palmo del suelo. La cabeza estaba medio colgando, y en la cara tenía una expresión de horror idéntica a la de Justin.

Nadie había dicho nada durante la lectura de aquel último párafo. Los alumnos ya sabían lo que había sucedido (aunque es no hiciera las cosas más fáciles) y los demás fueron tapándose la boca con las manos, horrorizados, o soltaron gemidos de espanto.

Harry se puso de pie, con la respiración acelerada y el corazón ejecutando contra sus costillas lo que parecía un redoble de tambor.

Solo se oía la voz un tanto temblorosa de George y las maldiciones que Sirius iba soltando por lo bajo.

Miró enloquecido arriba y abajo del corredor desierto y vio una hilera de arañas huyendo de los cuerpos a todo correr.

Ron se estremeció al pensar en Aragog y su "familia". Ya debía quedar poco para tener que leer sobre aquella pesadilla.

Lo único que se oía eran las voces amortiguadas de los profesores que daban clase a ambos lados. Podía salir corriendo, y nadie se enteraría de que había estado allí. Pero no podía dejarlos de aquella manera..., tenía que hacer algo por ellos. ¿Habría alguien que creyera que él no había tenido nada que ver?

–Entiendo que quieras ayudarles, Harry –dijo Sirius, rompiendo el silencio–. Pero si te encuentran ahí ya no habrá una sola persona que crea en tu inocencia… A excepción de éstos de aquí, claro–añadió, señalando a los alumnos, en un claro intento de reducir la tensión.

Aún estaba allí, aterrorizado, cuando se abrió de golpe la puerta que tenía a su derecha. Peeves el poltergeist surgió de ella a toda velocidad.

–Por Merlín, el que faltaba…–murmuró Tonks, ocultando el rostro entre sus manos.

¡Vaya, si es Potter pipí en el pote! —cacareó Peeves, ladeándole las gafas de un golpe al pasar a su lado dando saltos—. ¿Qué trama Potter? ¿Por qué acecha?

Peeves se detuvo a media voltereta. Boca abajo, vio a Justin y Nick Casi Decapitado. Cayó de pie, llenó los pulmones y, antes de que Harry pudiera impedirlo, gritó:

–Oye, no voy a gritar, ¿de acuerdo? –dijo George–. No me apetece demasiado, sinceramente.

–Lo entendemos, tranquilo–le dijo Arthur, mientras una señora Weasley con expresión angustiada asentía junto a él–. Tú solo sigue.

¡AGRESIÓN! ¡AGRESIÓN! ¡OTRA AGRESIÓN! NINGUN MORTAL NI FANTASMA ESTÁ A SALVO! SALVESE QUIEN PUEDA! AGREESIÓÓÓÓN!

Sirius soltó un largo suspiro.

–No esperaba otra cosa de ese maldito poltergeist… En fin, ahora todo el mundo lo sabe. ¡Fantástico! –dijo con sarcasmo.

Pataplún, patapán, pataplún: una puerta tras otra, se fueron abriendo todas las que había en el corredor, y la gente empezó a salir. Durante varios minutos, hubo tal jaleo que por poco no aplastan a Justin y atraviesan el cuerpo de Nick Casi Decapitado. Los alumnos acorralaron a Harry contra la pared hasta que los profesores pidieron calma.

Snape se pasó una mano por el rostro con cansancio. Al dar clases en las mazmorras no se enteró de lo sucedido hasta unos minutos más tarde, cuando ya todo había pasado. Al oír la historia, no pudo hacer otra cosa que maldecir al crío. Sabía que Potter no era el causante de esos ataques, pero la capacidad del mocoso para encontrarse en el peor lugar en el peor momento era asombrosa.

La profesora McGonagall llegó corriendo, seguida por sus alumnos, uno de los cuales aún tenía el pelo a rayas blancas y negras.

A pesar de todo, Harry esbozó una sonrisa, recordando lo que habían leído hacia unos minutos.

–Ese debió de ser el que estaba convertido en tejón…

Al oírlo, Ron le sonrió. Aunque lo hizo débilmente.

La profesora utilizó la varita mágica para provocar una sonora explosión que restaurase el silencio y ordenó a todos que volvieran a las aulas.

–Menos mal…–dijo Sirius, respirando un poco más aliviado. Los demás reaccionaron de manera similiar; todos sabían que en cuanto McGonagall se encargase de la situación, las cosas iban a mejorar.

Cuando el lugar se hubo despejado un poco, llegó corriendo Ernie, el de Hufflepuff.

–¿En serio? ¿Pero quien más puede venir? ¿Malfoy? –aquel final del capítulo había puesto de los nervios a Sirius, que ya no se callaba ni un solo comentario.

¡Te han cogido con las manos en la masa! —gritó Ernie, con la cara completamente blanca, señalando con el dedo a Harry.

Fue en un tono de voz muy bajo, de modo que sólo Harry y Hermione pudieran escucharlo, en el que Ron llamó a Ernie un insulto que su madre no hubiera aprobado nunca.

¡Ya vale, Macmillan! —dijo con severidad la profesora McGonagall.

Peeves se meneaba por encima del grupo con una malvada sonrisa, escrutando la escena; le encantaba el follón. Mientras los profesores se inclinaban sobre Justin y Nick Casi Decapitado, examinándolos, Peeves rompió a cantar:

–Y tampoco voy a cantar –anunció George, después de un segundo de vacilación.

–No se preocupe, señor Weasley–le dijo Dumbledore, inclinando la cabeza. La voz del director estaba un poco ronca por la falta del uso, pero era firme y amable–. Todos lo entendedmos.

¡Oh, Potter, eres un zote, estás podrido, te cargas a los estudiantes, y te parece divertido!

¡Ya basta, Peeves! —gritó la profesora McGonagall, y Peeves escapó por el corredor, sacándole la lengua a Harry.

Los profesores Flitwick y Sinistra, del departamento de Astronomía, fueron los encargados de llevar a Justin a la enfermería, pero nadie parecía saber qué hacer con Nick Casi Decapitado. Al final, la profesora McGonagall hizo aparecer de la nada un gran abanico, y se lo dio a Ernie con instrucciones de subir a Nick Casi Decapitado por las escaleras.

Si la situación no hubiese sido tan deprimente, aquello habría hecho sonreír a muchos de los presentes.

Ernie obedeció, abanicando a Nick por el corredor para llevárselo por el aire como si se tratara de un aerodeslizador silencioso y negro. De esa forma, Harry y la profesora McGonagall se quedaron a solas.

–Ya era hora…–bufó Sirius–. Estoy seguro de que ella sabe que eres inocente. Estarás bien.

Remus asintió.

–Al menos se han ido todos los curiosos, que era lo primero que se tenía que solucionar.

Por aquí, Potter —indicó ella.

Profesora —le dijo Harry enseguida—, le juro que yo no...

Eso se escapa de mi competencia, Potter —dijo de manera cortante la profesora McGonagall.

–¿Cómo? –preguntó Molly.

Caminaron en silencio, doblaron una esquina, y ella se paró ante una gárgola de piedra grande y extremadamente fea.

–Ahh–dijo Sirius, sonriendo por primera vez desde que habían empezado a leer sobre el ataque.

Molly le miró sin comprender y la sonrisa de Sirius se hizo más amplia.

–Como se nota que eras una buena niña cuando estabas en Hogwarts… McGonagall está llevando a Harry al despacho de Dumbledore.

Aquellas palabras provocaron que no solo la señora Weasley se relajase visiblemente, sino también el resto de presentes. Todos sabían que con Dumbledore encargándose del asunto, las cosas iban a ir mejor.

¡Sorbete de limón! —dijo la profesora.

El director sonrió, sus ojos brillando.

Se trataba, evidentemente, de una contraseña, porque de repente la gárgola revivió y se hizo a un lado, al tiempo que la pared que había detrás se abría en dos. Incluso aterrorizado como estaba por lo que le esperaba, Harry no pudo dejar de sorprenderse.

El chico recordaba bien aquel momento. Al mismo tiempo, se le hacía extraño que hubiera habido una época de su vida en la que nunca había pisado aquel lugar. Ahora el despacho de Dumbledore era como cualquier otro lugar del castillo. Uno en el que siempre pasaban cosas interesantes.

Detrás del muro había una escalera de caracol que subía lentamente hacia arriba, como si fuera mecánica. Al subirse él y la profesora McGonagall, la pared volvió a cerrarse tras ellos con un golpe sordo. Subieron más y más dando vueltas, hasta que al fin, ligeramente mareado,

Los que habían experimentado aquel ascenso, empatizaron enromemente con Harry. A ellos les había sucedido lo mismo.

Harry vio ante él una reluciente puerta de roble, con una aldaba de bronce en forma de grifo, el animal mitológico con cuerpo de león y cabeza de águila. Entonces supo adónde lo llevaba. Aquello debía de ser la vivienda de Dumbledore.

Aunque su relación con el director no pasaba por su mejor momento, Harry sintió como desaparecía un gran peso de sus hombros. El director podía ser muchas cosas, pero era innegable que transmitía paz, serenidad y, al mismo tiempo, fuerza y liderazgo. Tan absorto estaba en sus pensamientos, que no se dio cuenta de que George había acabado de leer.

–… acabado el capítulo– oyó que el hermano de Ron estaba diciendo–. ¿Quién quiere leer?

–Veamos–intervino Dumbledore–. Faltan tres personas para leer. Dado que somos trece, llevamos once capítulos y Molly ha leído dos veces–dijo sonriendo a la mujer–. Faltamos Remus, Severus y yo mismo. ¿Algún voluntario?

Por la expresión en el rostro de Snape, era evidente que no tenía ningunas ganas de hacerlo y Dumbledore era plenamente consciente de ello. En realidad, la pregunta estaba dirigida sobre todo hacia Remus. El hombro lobo se encogió de hombros, mientras una pequeña sonrisa se formaba en sus labios.

–Sí, ¿por qué no? Ya leeré yo. Siempre que no quieras hacerlo tú, Severus.

Snape se limitó a ignorarle.

–O tú, Albus.

–Oh, no, para nada. Te lo agradezco, Remus, pero me he dado cuenta de que prefiero escucharos a vostros leer que hacerlo yo. Creo que me es más fácil visualizar las escenas en mi mente de ese modo. Aunque cuando sea mi turno, por suspuesto, leeré.

–De acuerdo–asintió Remus–. Gracias, George. Veamos...–abrió el libro que el muchacho le había entregado y buscó el fragmento que le tocaba leer–. Este capítulo se titula: "La poción «multijugos»".

Las cabezas de Harry, Ron y Hermione se levantaron a toda velocidad. Los ojos de los tres amigos pasaron primero del libro en manos de Remus, luego al rostro de Snape y, finalmente, se observaron los unos a los otros. Sabían que aquel momento llegaría tarde o temprano y, aunque ya habían pasado el mal trago de tener que aguantar la bronca de Snape. No querían sufrir las consecuencias de colarse en la sala común de los Slytherin.

Su reacción no paso desapercibida, por supuesto. Remus, que los miraba y hacía esfuerzos por no sonreír, les preguntó:

–¿Puedo empezar?

No tuvieron más remedio que asentir y mientras lo hacían, cada uno iba pensando en sus propias cosas.

Ron temía más que nada lo que le podía decir su madre. Molly llevaba varios capítulos con los nervios a flor de piel y leyendo sobre las travesuras de su hijo y, Ron sabía, aquella combinación no iba a acabar bien.

Hermione por su parte, sentía mucha vergüenza al recordar el fiasco de su poción. No quería sentir la humillación de que todos supieran que se había convertido en una especie de gato. Pero, al mismo tiempo, tenía curiosidad por oír exactamente que había sucedido en la Sala Común de las serpientes. Estaba segura de que Harry y Ron se habían dejado muchos detalles.

El que menos sufría de los tres era Harry. Por supuesto que no quería que todos se enterasen de sus aventuras, pero aquello podía jugar a su favor. El hacerse pasar por Slytherin y su incursión en la sala común serviría de distracción para que, sobre todo Ginny, no pensase en todo lo que había hecho. Harry sentía que la muchacha, con el paso del tiempo y su personalidad atrevida y alegre, se había ganado un lugar en su interior. Todavía no llegaba al nivel de Ron y Hermione, evidentemente. Los dos eran familia para Harry, eran como una parte de él mismo, como un órgano sin el cual no podría seguir existiendo. Perderles sería como si le extirparan el corazón o el cerebro. Ginny aún no significaba aquello para él, pero Harry sabía que algún día podría ser así. Por eso, por muchos problemas que leer acerca de la poción pudiera acarrearle, sabía que merecería la pena. Aunque solo sirviera para distraer a Ginny durante unos minutos más.

Todo esto pensaron los tres amigos en un instante, en el tiempo que Remus tardó en bajar la mirada y leer con voz alta y firme.

–Capítulo doce: "La poción «multijugos»".

A/N: ¡Y hasta aquí este capítulo! Espero que os haya gustado y haya merecido la pena la espera (un poquito). Ojalá que el siguiente pueda acabarlo lo antes posible, aunque todavía no lo he empezado. Quería subir este lo antes posible y eso es lo que he hecho nada más acabarlo. Bueno, nos vemos en el siguiente. ¡Qué tengáis un buen día!

Gracias por leer y dejad review si queréis :D