El último gusano
Quedó un gusano. Uno. Eso era suficiente para que él volviera. Sakura no era tonta. Lo había visto y sentido. Lo persiguió, finalmente lo atrajo.
Él temblaba. Tenía una voz que era mezcla del chillido de la larva inhumana, una deformidad alquímica, con un susurro, el quejido del anciano que había sido.
—Tú...
El gusano gris se retorció en las manos de Sakura, pero ella mantuvo su agarre con firmeza.
—Abuelo...¿Qué dijo la Síbila de Cumas? En el templo, con los niños.
¿Podía un insecto repugnante y violador gritar, como un hombre asustado? ¿Era posible que Sakura lo entendiera?
Quiero...vivir...para...siempre...
¿O acaso decía el nombre de Sakura? ¿Importaba? Ella había visto tiempos de mayor sanidad. Incluso cuando se bifucarba en la cama con Shirou era mejor.
Sombra y amante.
Ahora ni ella misma sabía lo que era.
Metió el gusano en una jarra de cristal. Lo vio reptar, temblar, volver a retorcerse con miedo y dolor.
—Quiero morir, esa era la respuesta, Abuelo —susurró, para ella misma.
Nadie estaba allí para escucharla. Ni Rider. O Shirou. Menos Shinji. Finalmente sola en la casa donde siempre quiso vivir con alguien que no fuese un monstruo.
El último gusano se retorció en la jarra. No tenía de qué alimentarse. Pasaron los días, las noches. El pequeño enloquecía, seguramente. Pero no desaparecía.
La maldad nunca lo hace, no del todo. Tampoco la oscuridad.
—Ahora tienes la eternidad —le dijo Sakura a lo que quedaba de su abuelo.
Esperaría la muerte. Y tal vez nunca llegaría.
Como ella esperaba a Shirou.
El último gusano y Sakura Matou fueron compañeros de miseria y dolor.
Más cercanos y de manera más sincera que cuando el sótano los unía.
