AU: Cardverse/Piratas
Ship: USUK/UKUS
Advertencias: No estoy segura de cómo comenzó y tampoco lo estoy de cómo terminará
Disclaimer: Hetalia y sus personajes le pertenecen a Himaruya Hidekaz
Cerró el catalejo mientras sus labios se arqueaban en una pronunciada sonrisa quebrada a un lado. Guardó el aparato con cuidado en uno de los bolsillos de su chaqueta y giró sobre sus pies, dirigiéndose hacia sus hombres.
—Bien, señores —habló alto y fuerte, ganándose la atención del resto—. ¡Prepárense para el ataque!
La tripulación asintió a una sola voz, rompiendo filas para dirigirse a sus respectivos puestos, los mismos que han sido definidos a través del tiempo y la experiencia. Uno de ellos se quedó de pie, mirándolo a los ojos, tan poluto como su chaqueta celeste y su cabello rubio se mostraban. La imagen de un hombre pulcro contrastando con lo sucio de la cubierta de su barco y la inmensidad del mar estuvo a punto de hacerlo reír.
—¿Estás seguro?
Rio a carcajadas antes de tomar aire y formular una frase entendible.
—Por supuesto que sí —respondió—. ¿Por qué no habría de estarlo?
El rubio suspiró, batiendo la cabeza en negación mientras cruzaba los brazos sobre su pecho.
—No tengo un buen presentimiento sobre esto.
El otro volvió a reírse, esta vez entre dientes.
—¿Desde cuándo se supone que eres un creyente?
El segundo al mando miró hacia el navío en la lejanía y suspiró.
—Es demasiado fácil —agregó—. Tanto que es hasta estúpido.
—¿Y? —rebatió el otro con la misma curva en los labios—. Si el mundo no estuviera lleno de imbéciles, nosotros no existiríamos ¿No es cierto?
Fue suficiente para acabar la conversación, darse media vuelta y seguir con el plan de siempre: Saquear y quemar todo a su paso. Porque de eso vivían, porque esa era la vida que habían escogido todos en esa nave, de alguna manera, incluso su perfecto y estirado contraalmirante.
Y así, siguiendo el mismo plan de ataque, abordaron la nave enemiga hasta inmovilizarla con cadenas hacia la suya. Lanzaron sogas y tablas hacia el otro barco, garantizando que sus hombres sean capaces de cruzar sin ningún problema. Abordaron el navío de estandartes azules, con esa estúpida pica grabada en cada uno de ellos, y él mismo, a la cabeza de sus propios hombres, pisó la cubierta y encabezó la reyerta, desarmando y apresando a los pocos hombres que encontraron defendiendo el barco proveniente de Espadas.
Francis estaba en lo correcto: resultaba demasiado fácil… Pero él también lo había estado y eso significaba un botín fácil de robar, lo suficiente para no perder hombres ni demasiados insumos en el proceso y eso era una doble y jugosa ganancia. Una victoria más para su larga lista de saqueos en los cuatro reinos.
❴ • ✿ • ❵
Ese tipo era un completo idiota y no había duda de eso. Es más, ni siquiera sabía qué hacía aún en su barco, en su tripulación, salvando su trasero de cuanta estupidez se le cruzara en la cabeza… Y manteniendo esta extraña relación —porque no pensaba llamarla amistad mientras tuviera algo de sentido común y cordura—, pero así estaban las cosas y era su única solución de momento.
Maldita sea.
Como sea, no era algo que valiera la pena pensar en estos momentos. Revisó los objetos de valor en la recámara de su víctima de turno y los guardó en el pequeño saco que usualmente traía para estas cosas. Observó las medallas, los mapas extendidos en la mesa y, guiado por la curiosidad de ver algo civilizado como lo llamaba él, revisó los documentos sobre la mesa del capitán y abrió los ojos de par en par a medida que leía.
Reportes de sus últimos viajes, descripciones de su propio capitán y él mismo. Manifestaciones de sus víctimas, la descripción de su forma de ataque y sus últimas coordenadas…
Arrugó el papel mientras corría a cubierta, gritando a todo pulmón.
—¡Arthur! ¡Es una trampa!
Y antes de que el aludido pudiera reaccionar, se escuchó un sonido estridente desde las bodegas seguido de la aparición de un grupo de soldados uniformados de azul que triplicaban su propia tripulación. Arthur sacó su revolver de cañón largo y su espada dispuesto a dar pelea mientras sus hombres, siguiendo su ejemplo, se lanzaban a una batalla perdida desde el inicio.
No pasó mucho tiempo para ver a sus compañeros desangrados en el piso, completamente desarmados y con una mirada perdida en sus ojos. Él, por su parte, terminó de rodillas con el filo de una espada en su garganta y el cañón de un arma tras su cabeza, sin ninguna opción disponible.
Un hombre alto y de cabellos oscuros se puso de pie, frente a él.
—Perdiste, Kirkland.
Arthur miró a Francis y lo encontró tirado sobre la cubierta, lleno de sangre y sin ser capaz de responderle de alguna forma. Apretó la mandíbula y cerró los ojos, sopesando la advertencia inicial y descubriéndose como un completo idiota.
—Dispara —soltó con la voz firme, aceptando su derrota.
—¿Por qué habría de hacerlo? —el hombre sonrió mientras sacaba un pergamino de su bolsillo, desenrollándolo antes de dar lectura al escrito—. Arthur Kirkland, quedas arrestado por la Real Naval de Espadas por crímenes de piratería, agravios y traición a la Corona. Yo, el Comandante General John Howard, General al mando de las Fuerzas Armadas del Glorioso Reino de Espadas, te sentenció a la pena capital una vez que lleguemos a tierras de nuestra nación, sin derecho ni posibilidad a juicio alguno.
Y una vez que el papel fue enrollado y devuelto a su sitio, sintió los grilletes apretar sus muñecas. Se levantó a duras penas, batallando contra su orgullo mancillado, mientras era arrastrado a la bodega por quienes lo habían apresado, viendo a su paso el camino de sangre que él mismo había obligado a su tripulación a seguir.
Y entonces esa bendita pregunta que Francis le había hecho hace muchísimo tiempo volvió a su mente.
Si pudieras viajar al pasado ¿Qué cambiarías?
Ahora más que nunca podría haberle respondido con la misma convicción de aquel entonces.
