Disclaimer: Sólo sé que no son míos.
Trigger Warning: En este capítulo podréis encontrar alguna mención sobre sexualidad, muy leve. Advierto posibles daños por subida de azúcar.
Rutina
Izuku se dejó caer encima de la cama, golpeándose la nuca contra la pared suavemente. Suspiró profundamente cuando creyó que Bakugou no podría oírle y volvió a cerrar los ojos. Se cuestionó si el profesor Aizawa había pensado en ese tipo de situaciones cuando impuso el castigo a Bakugou y si pretendía que él también sacase alguna enseñanza de aquello o si intentaba que se sintiera violento para que se pensase dos veces el volver a poner sus brazos al límite que le obligaría a dejar de utilizarlos funcionalmente.
«Tendría sentido que quisiera que me viese en una situación en la que no tengo ningún tipo de autonomía propia y dependo del resto. Lo violento e incómodo que puede resultar depender del resto de las personas de tu entorno para poder ser funcional de manera independiente», comprendió, mordiéndose el labio. «No sólo pretende que Kacchan aprenda a cuidar, sino que yo entienda lo que supone tener que ser cuidado y no poder ayudar al resto, para motivarme a fortalecerme».
Encontró la lógica a aquello. Necesitaba dominar su autocontrol, fortalecer su cuerpo, aumentar su capacidad de usar el Don que All Might le había legado sin destrozar su cuerpo por el camino, antes de tener tiempo de desarrollarlo plenamente. Memorizó en su mente la lista, visualizándolas como tareas al no poder escribir, antes de seguir divagando.
«Sin embargo, mi cuerpo está respondiendo activamente al cuidado de Kacchan, no como una humillación o algo violento sino como algo deseable. Me gusta que me preste tanta atención de la manera en la que lo hace, preocupándose por mi bienestar y mis sentimientos».
Izuku no era ingenuo. Sabía que la edad en la que estaban, tanto él como el resto de sus compañeros, podía provocar malas pasadas en ese sentido. No era la primera vez que había tenido una erección en clase de Present Mic, sin motivo alguno, mientras esté se explayaba con entusiasmo sobre alguna cuestión de gramática. En una ocasión, se le había puesto tan dura cuando Midnight había entrado en el aula de repente para decir algo a Aizawa que había tenido que disimular con la parte superior del uniforme cuando el profesor les había pedido que le siguiesen fuera de la clase para una ronda práctica, ya que sus calzoncillos no habían bastado para retenerla dentro y no encontraba manera de acomodársela.
A pesar de que su cuerpo se excitaba sexualmente por cualquier tontería como, suponía, debía hacerlo el del resto de sus compañeros, la sensación era diferente de lo habitual. Le avergonzaba ver el cuerpo desnudo de los chicos en las duchas. También se sonrojaba cuando sus compañeras de residencia aparecían en traje de baño o con alguna prenda de ropa que mostraba más piel de la que estaba acostumbrado a ver. No obstante, en este caso la sensación que había sentido en el pecho, como si algo lo llenase, y en el estómago, de cosquilleo, o en el abdomen, donde una calidez muy agradable había sido la impulsora de su excitación, le resultaba totalmente nueva.
«Hasta me han temblado las piernas», se confesó antes de que su cabeza se iluminase con una idea. «No es el cuidado, ni la adolescencia. Es Kacchan. ¡Claro que es Kacchan! ¡Siempre ha sido Kacchan!»
Rememoró todas las ocasiones en las que le había seguido, admirando su fuerza, su habilidad, su Don, queriendo ser como él. Imitándole, tendiéndole la mano, deseoso de ser correspondido. Ayudándolo incluso cuando el propio Bakugou se enfurecía con él por hacerlo. Sintiéndose feliz si él estaba feliz, contento cuando se dirigía a él y con la misma emoción agradable dentro del pecho si Bakugou tocaba su mano o le rozaba.
«No han sido sólo las hormonas. Han ayudado, sí», admitió para sí mismo, sin ánimo para auto engañarse. «Pero el sentimiento estaba ahí dentro. Uno que se ha disparado al ver a Kacchan comportarse con tanta delicadeza, preocupándose por mi bienestar, intentando respetar mi intimidad y mis sentimientos. Ni siquiera se ha reído de mí, aunque me haya llamado idiota».
—¿Vas a estar todo el día ahí tirado, mascullando sandeces entre dientes? —Bakugou estaba en la puerta, ya vestido con ropa cómoda y la mochila colgada al hombro—. Pensé que querrías repasar un rato. Estaré estudiando en los sofás, si necesitas algo, avísame.
—¡Sí! —exclamó Izuku, incorporándose con un gemido antes de que Bakugou diese media vuelta para salir del dormitorio—. Quiero decir, sí quiero estudiar.
Con un asentimiento de cabeza, Bakugou entró en la habitación para recoger la mochila de Izuku y este le siguió hasta la zona de los sofás, sentándose a su lado, lo más cerca que se atrevió, temiendo que se apartase o le riñese. Sin embargo, Bakugou no dijo nada, limitándose a sacar los libros de ambos y abrirlos. Después, cogió un lápiz y, sujetándose la cabeza con la mano y golpeándose la sien con el lapicero, empezó a repasar.
Izuku no conseguía concentrarse, sintiendo el calor del cuerpo de Bakugou a su lado, sus rodillas rozándose y sus hombros chocándose si hacían algún movimiento. Cada pocos minutos, no podía resistir la tentación y lo miraba de reojo. Después de un par de miradas, sorprendió a Bakugou dirigiéndole fugaces vistazos también. Izuku se emocionó durante un instante, hasta que este estiró la mano izquierda para pasarle la página del libro, creyendo que habría terminado de estudiar esa parte.
«Está pendiente de mí y mis necesidades. Intenta adelantarse a que yo le pida ayuda», comprendió Izuku, mientras miraba por el rabillo del ojo de nuevo, disfrutando de la visión de Bakugou. La línea de su nariz, la forma en que movía los labios cuando pronunciaba alguna palabra en silencio, la forma en que el pelo caía sobre sus orejas, tapándolas.
Al acercarse la hora de comer, Bakugou se levantó en silencio y fue a la cocina. No muy seguro de ser bienvenido, Izuku le siguió, abandonando sus fútiles esfuerzos por estudiar algo. Bakugou lo miró durante un segundo al escucharlo entrar, pero no dijo nada, concentrándose en lo que estaba haciendo. Sintiéndose inútil, Izuku se acercó a él por detrás, intentando no estorbarlo y observó lo que el otro chico estaba haciendo.
«Sus movimientos son precisos, como cuando combate. Incluso esa forma brusca y directa de moverse resulta elegante cuando la combina con la eficacia y economía con la que lo hace», analizó, incapaz de reprimirse.
Bakugou lo miró de reojo e Izuku cayó en la cuenta que había vuelto a murmurar parte de sus pensamientos en voz alta. Se sonrojó pensando que, aunque normalmente sabía que eran ininteligibles y que eso era lo que sacaba de quicio al resto, quizá Bakugou sí hubiese entendido alguna de las cosas que estaba pensando.
El aroma de la comida inundó la cocina e Izuku inspiró profundamente, disfrutando del olor. Las tripas le rugieron con apetito, despertando ante los olores y el aspecto de la comida. No se había fijado en que Bakugou cocinase tan bien hasta ese momento. Tímidamente, se acercó un poco más a su compañero, poniéndose de puntillas sobre su hombro derecho para poder ver mejor cómo cocinaba. Este no dijo nada, por lo que se atrevió a volver a bajar los talones al suelo, dejando su barbilla apoyada en el hueso duro de la clavícula de Bakugou.
Este volvió la cabeza, mirándole interrogante. Izuku notó el aliento caliente que le salía de la nariz chocar contra su mejilla y resistió la tentación de cerrar los ojos para disfrutarlo. Bakugou volvió a concentrarse en la comida. Izuku sonrió al darse cuenta de que, implícitamente, le estaba dando permiso para quedarse ahí. No se movió hasta que Bakugou sirvió la comida en dos platos y, llevándolos a la mesa, le indicó que se sentase enfrente de él. Repitió el mismo procedimiento que había utilizado durante la mañana, comiendo simultáneamente mientras le ofrecía bocados que pudiese masticar cómodamente.
—Esto está riquísimo, Kacchan —le felicitó Izuku tras tragar el primer bocado—. Cocinas muy bien. —Bakugou asintió. Aunque parecía serio, Izuku vio que sus ojos brillaban complacidos ante el elogio.
—Es el plato estrella de mi madre —le informó Bakugou con voz ronca después de darle otro poco de comida—. Es uno de mis favoritos.
«Me ha cocinado uno de sus platos favoritos», pensó Izuku, ensimismado, mientras un montón de chispitas de colores amenazaban con nublar su vista, fruto de la impresión.
—Es un plato sencillo, pero con mucho sabor. Hacía mucho que no lo comía, porque habitualmente almorzamos en la cantina, así que me ha parecido que podía aprovechar a hacerlo hoy.
Se sorprendió al verlo tan parlanchín. Normalmente, Bakugou se comunicaba con frases cortas e incisivas, plagadas de brusquedad, insultos o impaciencia. Aunque evidentemente no debía ser así todo el tiempo, resultaba sorprendente al mismo tiempo que era un cambio refrescante. En la ducha también había hecho lo mismo, aunque en ese momento Izuku había creído que era un intento de tranquilizarlo. Comprendió que se debía a que Bakugou estaba cómodo y, por tanto, era más proclive a abrirse y charlar. A pesar de que sabía que estaba sonriendo como un tonto mientras le escuchaba hablar, Izuku no hizo ningún intento de impedirlo y se dejó llevar por las sensaciones.
El resto del día transcurrió con placidez. Tras lavarse los dientes, ambos vieron la televisión, cómodamente recostados en el sofá después de que Bakugou limpiase los platos y recogiese la cocina. Teniendo Bakugou la vista fija en el televisor, Izuku pudo dedicarse a mirarle de reojo sin mucho disimulo: desde el momento en que se relajó, estirándose sobre el sofá y subiendo los pies a la mesita hasta cuando comenzó a rascarse el abdomen distraídamente, olvidando sacar la mano de debajo de la camiseta después, pasando por el gesto de retirarse el sudor de la frente con el brazo derecho.
Izuku disfrutó mirándole hasta que la nariz empezó a picarle. Horrorizado, se dio cuenta que no había manera de rascársela que no fuese frotar la cara contra la tela del sofá o contra su rodilla. Intentó aliviarse moviendo los labios y la nariz como hacía cuando quería evitar un estornudo. Bakugou apartó la mirada del televisor para fijarse en qué estaba haciendo, sin poder contener una sonrisa burlesca al ver sus gestos. Izuku agachó la cabeza y levantó el brazo derecho, intentando llegar a su hombro para frotarse contra él y aliviarse.
—Espera —le ordenó con tono tajante Bakugou, girando el cuerpo hacia él—. No te muevas, idiota, te vas a hacer daño.
Se quedó quieto, reprimiendo el impulso natural de echar la cabeza hacia atrás cuando Bakugou llevó la mano hacia su cara. Posando los dedos sobre la mejilla y el pulgar en la punta de su nariz, movió este último con energía. Izuku suspiró con alivio al sentir el picor desvanecerse. Bakugou paró, pero no apartó la mano, preguntándole silenciosamente si necesitaba que le siguiese rascando. Sin poder contenerse, Izuku movió la mejilla frotándose contra los dedos de Bakugou. Abrió los ojos cuando se percató de que los había cerrado, notando que su compañero estaba inmóvil, examinándole detenidamente con la mirada.
«¿Qué estoy haciendo?», se asustó Izuku, separándose repentinamente hacia atrás, temiendo haber ofendido a su compañero. Bakugou asintió, como comprendiendo algo, y volvió a acomodarse en el sofá.
Poco rato después sus compañeros regresaron de las clases y la sala se llenó de gente y voces. Mientras algunos subían a sus dormitorios a cambiarse el uniforme, otros preferían empezar a prepararse la cena.
—¿Qué tal ha ido tu día, Deku-kun? —le preguntó Ochaco, apoyándose junto a ellos en el reposabrazos del sofá.
Se había quitado la chaqueta del uniforme escolar, que todavía sostenía en la mano, quedándose en camiseta de tirantes. La mirada de Izuku, como siempre, bajó hasta el inicio de la camiseta, perdiéndose un momento en el níveo cuello de la chica antes de darse cuenta y levantar la cabeza, sabiendo que si ella se daba cuenta de que hacía eso se iba a enfadar, con razón, aunque no lo hiciese intencionadamente.
—¡Bien! —Sonrió para reforzar la respuesta a su pregunta, pues había detectado cierto tono de preocupación en la voz de Ochaco—. Estudié un rato y luego Kacchan cocinó para mí. —Un gruñido a su derecha le recordó que Bakugou estaba escuchando—. ¡Estaba muy bueno!
—Me alegro mucho, Deku-kun.
—¿Qué habéis hecho vosotros en clase?
—Primero tuvimos una hora con Present Mic, y después…
—Recuerda que el profesor Aizawa nos ha prohibido hablar a los dos castigados sobre lo que hemos hecho en clase, Uraraka-san —interrumpió Iida con tono formal.
—¡No seas aguafiestas, Iida! —gritó Kirishima, que entraba en la sala de estar poniéndose una camiseta y tirándose en el sofá al lado de Bakugou.
—Es cierto que nos ha dicho que no lo hagamos, Deku-kun. Lo siento —se disculpó Uraraka con cara de circunstancias.
—No te preocupes. Lo entiendo —sonrió Izuku con intención de animarla, aunque reconocía que le fastidiaba, pues tanto Bakugou como él tendrían una gran desventaja con respecto a sus compañeros a la hora de reincorporarse a las clases tras los tres días de encierro.
—Voy a cambiarme, ¿de acuerdo? Nos vemos luego.
—Genial, Uraraka-san —se despidió de ella antes de volverse hacia Bakugou, que no había apartado la vista del televisor—. Parece que el profesor Aizawa está decidido a que además de encerrados estemos incomunicados de lo que pasa en la clase.
—Me da igual. —La respuesta seca de Bakugou le hizo apretar los labios, sintiendo que esa conexión que había sentido con él se veía perturbada ahora que había mucha más gente en la sala. Izuku agachó la cabeza, triste porque pensó que no le gustaría nada que Bakugou le tratase diferente cuando estaban solos, pero este añadió algo más en un susurro ronco—: No estamos perdiendo el tiempo. Aizawa pretende que aprendamos algo. Aunque esto tenga la forma de un castigo, no lo es.
«¡Kacchan no considera que cuidarme sea un castigo!», pensó Izuku, emocionado sin poder evitarlo.
No tuvo oportunidad de añadir nada más. Bakugou se levantó con intención de preparar la cena para ambos y, aunque Izuku hubiese deseado ir tras él, Iida le entretuvo preguntándole cómo se encontraba y preocupándose por si habían estado todo el día viendo la televisión en lugar de aprovecharlo para estudiar y no perder el ritmo de la clase.
