Renuncia: todo a Fujimoto Tatsuki y Sui Ishida.
Parejas: Hairu/Makima
Notas: este es un fic extremadamente raro, como el crossover y la ship random, y como casi siempre es un conjunto de escritos randoms míos + intento de una trama, Wan, de todas formas espero que te guste de alguna manera bonita, ¡feliz cumpleaños atrasado! (en serio que es muy raro) * corazones inmensos *
Luftschloss
"Se habrá hecho de noche en tus miradas;
y sufrirás, y tomarás entonces
penitentes blancuras laceradas.
Y en tus propios sufrimientos ha de cruzar
entre un llorar de bronces
una jauría de remordimientos!
César Vallejo
Dice:
"Oh, pero yo no soy como tú, que te crees el verdadero Dios. Ninfa de los bosques salados y turbios, no eres más que ratón que se escabulle por la alfombra y entre las figuras de porcelana."
Es que Hairu-san es la Parca: cortadora de entrañas de monstruos y demonios, y ha descubierto que Makima-san no es más que un diablo arropada bajo un manto blanco fingiendo ser santa.
(ven, amada mía, que ocultas tus cuernos de demonio,
bésame la ceguera).
E Ihei-san es cruel, tan cruel como las sombras bonitas y perfumadas que se asoman entre los callejones matando a monstruos caníbales sin piedad. Cruel ante cualquiera que no sea su propio Dios, pero de todas formas Makima
(se ríe, sus risillas de doncella tras las manos cuidadosamente rojas y llenas de carne ajena, que la crueldad de los humanos no es más que un pobre intento de llanto).
quiere besarla.
Pero cuando Ihei la aparta, Makima-san envuelve sus dedos barnizados de esqueleto elegante en su cintura, la boca de su sonrisita que pretende ser Dios, mirándola como si buscara que acaso Ihei-san la rece como todos sus otros súbditos patéticos que la veneran como perros.
Porque Ihei-san es
adoradora de los dioses blancos, sus gafas cubiertas de sangre,
el rostro inexpresivo como las estatuas blancas en los rincones oscuros de las catedrales. Ella ama a los vengadores, a los que hacen oído sordo a los rezos y adoraciones, Parcas que vienen desde los cielos. Hairu-san sonríe tras las cerezas de su propia boca, la burla casi temblorosa, y susurra contra su piel:
"Tu no eres Arima-san, preciosa, fuera de mi vista."
Es que Makima se cree ser Diosa o el universo entero, dueña de corazones rotos y encantadora de los muchachos más tontos; que ella posee el poder divino de enamorar a cualquiera, o de simplemente espantar a quien la observe por un puñado de segundos. Makina-san es ángel caído de los cielos tormentosos, de las lluvias eternas, su vestido blanco de santa enredándose en sus piernas largas y de porcelana, las manos de sus súbditos-víctimas revolcándose entre sus piernas como perros felices de ver a sus dueños. Makima-san es Dios, que incluso nosotros aquí hemos de rezarle incluso cuando temblamos de terror cuando sentimos sus manos sobre la mandíbula.
Pero no Ihei-san, ella le ha visto los cuernos de pan ocultos entre sus cabellos, su trenza sobre sus hombros finos e intactos, la sonrisa similar a las grietas que se abren entre las paredes de las habitaciones malditas. Makima-san es el Diablo con sus uñas barnizadas y sus cuernos largos oculta tras un manto blanco de ángel, los muchachos semi-demonios enamorándose de su imagen angelical plástica, arrastrándose como perros mientras ella le roza casi mórbidamente las mejillas en un acto de amor fingido.
Y susurra tras las rejas:
"Oh pero tú me gustas, Ihei-san, me encantas. Que no eres ingenua como mis seguidores y sabes también cortar las carne ajena. Ven, recuéstate en mis palmas, dejame destrozarte lenta y dolorosamente. Únete a mis lagunas como todos los demás, átate a mis cadenas, que serás mi cadáver favorito, preciosa."
Y a Ihei-san le aburren los cuentos de terror, las sonrisas macabras, las miradas crueles, los rostros bellos de porcelana con sonrisas de sal. Makima-san la acecha desde las sombras e Ihei-san bosteza, el aburrimiento matándola como veneno, que de todas formas Makima no es distinta a todos esos monstruos comedores de carne humana que ella o Arima-san salen a cazar como en una danza, que a Ihei no le interesa enredarse en la piel tibia de demonios, no importa de dónde sean.
"Las muchachas brujas y las risas malignas me aburren, nunca las quise, quiero todo lo impuro del cielo, Makima-san, vuélvete a tus infiernos de basureros, sucia adoradora de demonios."
Y Hairu-san es tan preciosa, su sonrisa asomada en su rostro de Locusta, la calma adornando su sangre mientras le canta su rechazo, su aburrimiento casi patético. Pero Makima-san, que se enamora de los muertos-
(sonríe aún más
hay brujerías en su boca entreabierta
puedo verle la cola de diablo y las piernas rojas
bajo su vestido ella
tiene las alitas de ángel grisaceo
y es espectro-fantasma que se escurre en la madera
Alguien siempre muere cada vez que su metamorfosis
se manifiesta en su alma transparente ya casi muerta).
Son como dos murciélagos entonces, cuando se arrancan las ropas y las cadenitas de oro mutuamente, Ihei buscando sus costillas tiernamente para partirlas, cortarle la cabeza dulcemente. Que Makima sonríe casi con burla cuando sabe que podría convertirla en polvo-tierra en un puñado de microsegundos, porque ella no es dios ni santa ni ángel ni diablo porque es más divina con sus palmas de artista, creadora de felicidades ajenas que jura destruir, corazones que la aman y ella rompe, espectro venido de los sótanos.
Hairu-san es tan fácil de romper, tan fácil de enterrar bajo la tierra, de arrullarla en una tumba, pero Makima se asoma y la besa, le mordisquea todos los lunares en su piel, las carcajadas de Ihei jurando odio eterno ante su figura de estatua virgen resonando en su pecho. Entonces Hairu la besa un poco también, le traza la comisura de los labios con sus colmillitos de tormenta rosada mientras bebe su risa de bruja malvada.
Y mientras tanto, se rompen mutuamente, cadáveres dibujándose sobre la piel de la otra, y resuenan labios mordiéndose mutuamente entre mis paredes.
Es que ambas se enamoran de los muertos. Musas para cualquiera, calor de los sótanos fríos o espectros de mar; son ellas la personificación de todo lo tenebroso.
Una voz que no pertenece a ninguna de las dos y al mismo tiempo si, resuena como un murmuro entre sus sangres pálidas:
"¿Han de quererte algún día? ¿Dejarás de existir cuando tal tragedia ocurra?"
.
