KOSUMOSU


La flor que florece en la adversidad es la más hermosa de todas.

— Mulán.


Un día la esposa de Toji decide dar a luz a un albaricoque.

Y su esposo le llama Megumi sin saber si es flor, racimo o zarcillo. Pero tampoco será capaz de saber si el sarmiento florecerá, será arrancado de la tierra como tallo desde la raíz y llorará en las noches cuando Toji viaje a la ciudad prohibida para ver al emperador de las maldiciones. Toji tiene demasiadas deudas en su cabeza y debe demasiado a otros como para siquiera pensar que la flor más bella de su jardín le pertenece.

Megumi florecerá entre las puertas corredizas del palacio imperial cuyas madreselva trepaban y cubrían no solo los jardines pero las paredes y donde Megumi se tiraba por horas a jugar con sus lobos de jade. Sukuna se sentaba detrás del narciso, a un lado de las espinas y dejando atrás el mirto le acariciaba los pétalos una y otra vez hasta que Megumi se enredaba entre sus dedos y luego en sus brazos hasta llegar al pecho y el cuello.

Megumi una vez fue vendido a la ciudad prohibida.

Déjame el albaricoque aquí —había dicho Ryomen a Toji cuando osó decirle que no tenía nada más que eso para pagarle la deuda—, que me sirva el nihonshu y las frutas. Pero a cambio no volverás más, habiendo traicionado a los Zen'in para ti no queda más que el amor del campo y tu esposa, ¡vete! Y que no vuelvas a cometer una imprudencia.

Y desde ese día el nombre de Toji y su esposa se perdió en los vientos que bajaban de las montañas y que movían las flores de melocotón.

—Ven a mí, Megumi —pedía Sukuna cuando la luna se ponía en lo alto con la voz embriagada.

Pues era un albaricoque de rocío nocturno que al acariciarlo lo cautivaba con sus encantos, lo volvía loco, hacía saltar su corazón. Embriagado con la voz de gacela joven, Sukuna se dejaba mecer entre el arrullo de sus palabras, que le llenara el tokkuri de nihonshu y la boca de seducción. Le ama como se ama al amor: con pasión desbordante y sincera que no se preocupa en ocultar.

—Sukuna, podrían vernos…

Pero al emperador no puede si no importarle menos. ¿Y qué pasa si alguien lo ve? ¿Van a ser capaces de hacerle frente? ¿De anteponerse a él? ¿El mundo? A Ryomen de solo pensarlo le da risa, y con las garras le acaricia los labios de capullo a punto de florecer.

—Me culpas a mí por mis pecados, ¿pero quién por alguien tan hermoso como tú no peca?

En esta tierra donde solo brotan arbustos y espinos, los labios de su albaricoque le sabían a velo pasión y yugo desenfrenado, como hogueras de otros sarmientos que no habían logrado saciarlo. Se le desmenuzan entre su propia boca y la enredadera que constituye sus cuerpos se entrelaza, hasta que se vuelven uno. Lejos de las ramas y el pasto seco, enredándose entre las garras de su amor.


Esta pareja me tiene SLKDSDDFKFJSLFS adiós.