I parte

Equinoccio de primavera

1. De como solía ser

Al principio no era así. Solía ser más amable, más atento, diligente y cariñoso, aunque esta última cualidad me hace dudar mucho porque a lo mejor nunca sintió ni un ápice de afecto por nadie como lo aparentaba —ni siquiera amor propio— y por todas las aberraciones que acontecieron más adelante, ya no me quedan dudas que ofusquen mi distinguía la docilidad y humanidad de su carácter y en el trato dejaba entrever la nobleza y ternura de su corazón. Sentía devoción por la naturaleza, por eso vivíamos en una casa hecha de madera, piedras y ladrillos en el páramo, toda engalanada de jacintos, hibiscos y cipreses que la rodeaban en círculos, siendo el enorme avellano su favorito. Bajo sus hojas pasaba las tardes aspirando los albores del atardecer y hojeando sus libros, siempre con mi incondicional compañí animales le apasionaban y por eso teníamos un imponente pastor alemán, coloridas aves, vistosos peces, caballos árabes, pomposos conejos, un mono araña y por supuesto, yo: un gato negro.


Si había dos seres a los que les tenía un profundo sentimiento de amor eran a su esposa Izumi y a mí. Nos quería (en aquel entonces) con una vehemencia descomunal que todos los habitantes de la tierra pasaban a un segundo hizo saber que entre todos mis homólogos yo era su predilecto y de eso estaba más que consciente pues solo él me daba de comer y me otorgaba el honor de acompañarle por todos los recovecos de la vivienda, tanto así, que era el único que tenía acceso a su oficina siempre confinada bajo llave. Nadie se atrevía nunca entrar en ella, ni siquiera su misma esposa.A mí me encantaba estar a su lado en aquel habitáculo siempre impregnado con el aroma del café recién hecho, urgando entre la ruma de libros, dormitando con la melodía del jazz y matando mis horas de ocio viéndole chocar los dedos contra las teclas del ordenador a las que no le quitaba el yo conocía su lugar secreto: el desván. En él amontonaba un cúmulo de enormes relojes altos de cabezas puntiagudas que ya no daban cuenta del tiempo porque sus mecanismos habían dejado de funcionar hace siglos mas estos no eran de su interés ya que toda su disposición la empleaba en el enorme y vetusto telescopio, herencia de sus antepasados con el que compartía subyugantes aventuras estelares conmigo, porque él amaba el cielo y todo lo que se encontraba mas allá de éste. Fue en una de esas noches en las que me llevó al pináculo y examinamos el vasto firmamento minado de luces como supe que las estrellas de color azul son en realidad más cálidas y las de color rojo más frías. El conjunto de galaxias que se dispersan en el universo, las cientos de estrellas que conforman la vía láctea y la infinidad de figuras mitológicas que forman las constelaciones. Los magistrales colores que combinaban el gas y el polvo estelar a las nebulosas; de que cuando una estrella "parpadea" es porque el aire las perturba, tal y como las ondas del agua de una piscina distorsionan las luces que se reflejan en ella... Y todas estas maravillas del universo que brotaban de sus labios y sus ilustraciones yo las observaba y escuchaba con fascinación compenetrada.

¿Ves esa enorme estrella naranja que brilla allá? Se llama Arturo y pertenece a la constelación de Bootes. Está cerca de la osa menor y la mayor y su nombre significa «El guardián de la osa» en griego y es ciento trece veces más brillante que el sol. ¿La viste? Brilla tanto como tus pupilas rojas.

Y me acarició con sus gruesos y largos dedos mientras Arturo titilaba en nuestras miradas. Tenia razón. La estrella bien podría ser la representación de mis brillantes ojos rojizos en el universo. Mis ronroneos le dibujaron esa sonrisa amable que a mí tanto me olvidaré esas noches de viajes y joyas del cielo nocturno. Quedarán en mi memoria ese mágico recuerdo de su gentil compañía y los tazones de leche tibia al final de cada aventura estelar.


Era imposible no sentir un profundo cariño hacia él. Él, que compartió conmigo un trozo de la incauta persona que fue, amante del universo y sus secretos infinitos, de su reliquia antediluviana con el que observaba la bóveda oscura del firmamento; que amaba estar rodeado de una porción del Edén en su propio hábitat, del ritmo del jazz y de las páginas amarillentas de los libros. Él, que se podía jactar del cariño de una esposa abnegada y que se había colmado de mi afecto y devoción, un sentimiento tan reciproco que parecía crecer conforme pasaban los dí no estaba en casa, yo no hacía otra cosa que subirme al respaldo del sofá blanco —cuidando de no ensuciarlo si no quería ganarme los escobazo de la señora— y mirar la tarde entera por la ventana, sin preocuparme siquiera por la comida o el aseo, esperando su regreso y cuando vislumbraba su silueta difuminada por el sendero, bajaba de mi atalaya y corría a toda prisa a recibirlo en el umbral de la puerta donde él, un hombre alto de cabello largo modestamente atado, de arrugas parsimoniosas y sonrisa dulce con olor hogareño de polvo de estrellas y colonia, saludaba con esa voz grave, daba un sonoro en los labios de su esposa y luego me sostenía con sus fuertes manos.

Ya estamos todos en familia.

Eso también creía y eramos muy felices, hasta que la enorme estrella anaranjada de la felicidad se apagaría.