I

Equinoccio de primavera

2. Cambios inopinados

Era mitad de la primavera y el cielo estaba despejado. La casa estaba sumergida bajo el dulce aroma de los jazmines, las azaleas y los lirios. El aire puro se mezclaba con la impoluta esencia de los pinos y el sol inclinaba sus rayos sobre nuestra pieza rustica.

En esa temporada solían visitarnos distintas clases de aves que venían de tierras muy remotas para anidarse en las copas de nuestros arboles; por este motivo Itachi —este era el nombre de a quien tanto me he referido como Él— colocaba comederos en puntos estratégicos para que las avecillas tuvieran una grata acogida y consideraran nuestro bosquecillo encantado su hábitat, ya que él deseaba que le otorgasen el placer de contemplar desde sus colores hasta sus variedades en su propio jardín.

Con Itachi pude identificar cada avecilla que se posaba sobre el césped y la variedad entre ellas era enorme: unas eran rechonchas, con una cresta en la frente y el pico negro, a esas se les denomina Ampelis europeo. Otras repiqueteaban con rapidez sobre las cortezas de los árboles —los carpienteros picapinos— y unas más pequeñas, con el rostro como el carbón y una combinación entre amarillo y ocre en las plumas, le gustaban hacer nudos con la alfalfa. Esas eran los tejedores enmascarados.

Todas esas aves eran monísimas pero un tanto insulsas y escurridizas porque cada que hacía el intento de acercarme para jugar con ellas, me oteaban con sus ojos medrosos, las colas tirantes y las alitas en alerta, daban pequeños sobresaltos y remontaban el vuelo.

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