Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


Prologo


Mazmorras de Innis Rasengan, mayo de 1314

El muchacho había vuelto, no lo podía creer.

Naruto Namikaze había bajado hasta las mazmorras para verlo con sus propios ojos. Había despedido al guardia que vigilaba la puerta y había entrado en la celda, incapaz de contenerse. Necesitaba estar a solas con él. Necesitaba averiguar la manera de deshacerse de aquel embrujo que estaba consumiendo su mente y su corazón...

Desde niño le habían inculcado que un jefe debía ser fuerte, mostrarse autoritario y saber gobernar a su gente con mano de hierro. Lo habían entrenado con ese propósito. Había vivido todo un infierno a manos de un padre que no consentía la debilidad en ninguno de sus hombres... Menos aún en su propio hijo, aunque solo fuera un niño.

Naruto reconocía, pasados ya aquellos horribles años de su infancia, que lo había soportado gracias a su madre y a su tío Minato. Las dos personas que más le habían querido, las dos únicas personas que habían sabido consolarlo cuando la rígida tutela de su padre, Duncan Namikaze, se tornaba insoportable.

Pero ni siquiera ellos habían podido evitar que se le quedara grabado a fuego, bajo la piel, que un buen líder debía ser un auténtico hombre. Un guerrero de conducta admirable, mejor temido que amado, de férrea voluntad y moral intachable.

En aquellos momentos de desconcierto, Naruto Namikaze no tenía ninguna duda acerca de lo que opinaría de él su padre si pudiera verlo.

Le diría que no era un buen laird.

Le diría que no era el guerrero que siempre había deseado que fuera.

Le diría que no merecía ser llamado hijo suyo.

Porque, por mucho que intentara negarlo ante sí mismo, Naruto sabía que algo desconocido había despertado en su interior cuando conoció a ese maldito muchacho con cara de duende. Algo que escapaba a su comprensión y a su autocontrol. Algo que le quemaba en las venas, que le hacía añorar cosas que jamás había tenido, que no le permitía cerrar los ojos sin ver detrás de los párpados la imagen que lo torturaba.

¿Acaso estaba volviéndose loco?

Desde que él apareció, todo se tornó confuso. Aquel chico enclenque con ojos extraños y grisáceos había colapsado su mundo. No había nadie más. No había nada más.

¿Cómo combatir esa pasión arrolladora que se había instalado en su pecho y se había vuelto una auténtica obsesión?

Había intentado alejarse de su hechizo... y casi lo había conseguido. Sin embargo, no contaba con su vuelta. Después de abandonarlo lejos de Innis Rasengan, había tenido la osadía de regresar. No había tenido más remedio que volver a encerrarlo en la mazmorra, aunque tampoco eso había bastado.

Ahora lo tenía delante, tumbado en un rincón de aquella celda, durmiendo, ajeno al caos de sentimientos que se había originado en su interior. A pesar de encontrarse en aquellas lamentables condiciones, envuelto en la húmeda frialdad de aquel agujero, el duende disfrutaba de un sueño que a él le resultaba esquivo.

Se sentó en el suelo y apoyó la espalda contra la pared de piedra, sin poder apartar la mirada de aquel cuerpo delgado. Con un suspiro derrotado, el laird de los Namikaze se pasó las manos por el rostro.

Ya no se reconocía a sí mismo, era un fraude para todos los suyos. Si supieran lo que pasaba por su cabeza lo repudiarían. Si sus hombres averiguaran qué era lo que le estaba robando la cordura día a día, lo vilipendiarían sin compasión.

Y no les faltaría razón.

Porque Naruto Namikaze, leal servidor del rey, orgulloso jefe de su clan, ya no era el ejemplo a seguir por esos guerreros a los que entrenaba para la batalla que se avecinaba contra los ingleses.

Naruto Namikaze ya no era ese hombre de conducta y moral intachables que su padre habría querido que fuera.

Naruto Namikaze, perseguido por mujeres, envidiado por los más fieros soldados, había sucumbido ante el embrujo de una criatura de su mismo sexo...

Y se aborrecía por ello.

Continuará...


Por un error me salte esta parte. xD