Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


1. La Joya


Dos meses antes

Desde pequeña, todos le había dicho que era el vivo retrato de su madre. Para la joven Hinata era todo un honor que hicieran esa comparación, puesto que Hanna Hyuga había muerto al dar a luz y ella no había llegado a conocerla. Saber que, de alguna forma, su madre se reflejaba en sus ojos perlas grises, en el gesto de su boca al sonreír, en el color azulado de su largo y sedoso cabello, la confortaba. Era un modo de tenerla cerca, aun cuando nunca hubiera estado a su lado; era su particular y privada manera de conocerla.

Aquel día, el parecido entre ambas era más notorio que nunca. Tal vez por su forma de sonreír, o porque al fin se intuía, bajo aquellas mejillas sonrosadas, el rostro de la mujer en la que estaba a punto de convertirse. A pesar de que acababa de cumplir dieciocho años, resultaba evidente que sus facciones necesitaban madurar un poco más para alcanzar su expresión definitiva.

Su nodriza, Natsu, se cruzó con ella por las escaleras y pudo ver lo contenta que estaba su joven señora.

—¿Adónde vas tan eufórica? —le preguntó.

—Tío Hagoromo me ha hecho llamar. Quiere darme mi regalo de cumpleaños.

La mujer le sonrió con ternura. No eran buenos tiempos, y cualquier detalle que tiñera de color aquellos días grises en que vivían era bien recibido. La muchacha tenía pocos motivos para celebrar algo, con su padre y uno de sus hermanos ausentes, convocados a la guerra que libraba el rey Indra de Susanoo contra los ingleses. La mayoría de los soldados Hyuga había partido con ellos y la joven había quedado al cargo de Tokuma, el menor de los hermanos, que tenía el cometido de custodiarla y hacerse cargo del clan mientras el auténtico laird, su padre, batallaba contra el enemigo.

Al llegar al gran salón Hinata comprobó que su tío ya estaba allí, sentado en la cabecera de la larga mesa mientras su ama de llaves, Rhona, le servía una copa de vino. La mujer levantó la vista y le dedicó una sonrisa sincera. Se encaminó hacia ella y le habló antes de retirarse.

—Hoy está de muy buen humor. Creo que el regalo le hace más ilusión a él que a vos —le susurró con complicidad.

Hinata le devolvió la sonrisa, encantada. Rhona siempre le había gustado, era una mujer atenta y cariñosa que llevaba al cargo de Landon Tower desde que tenía memoria. Las malas lenguas decían que tanta entrega y dedicación en su trabajo se debía a que estaba enamorada en secreto del señor de aquel castillo. Hinata no veía nada de malo en ello, todo lo contrario. Tío Hagoromo no se había casado nunca y, si Rhona había decidido amarlo, no hacía mal a nadie.

—Me alegro de que esté feliz —contestó ella, apretando una de las manos del ama de llaves con cariño—. Entre todos haremos que vuelva a ser el hombre que era.

Una sombra de tristeza cruzó entonces por la cara de la mujer.

—Será complicado, mi señora. Nadie vuelve a ser la misma persona cuando los dientes de esta guerra cruel te muerden el corazón.

Hinata tragó con dificultad el nudo que se le había formado en la garganta al escuchar su tono. No era solo por la desgracia que había sufrido tío Hagoromo. El único hijo de Rhona, de apenas dieciséis años, había muerto en batalla defendiendo la causa del rey Indra. La abrazó en un gesto espontáneo, sin saber de qué otra manera trasmitirle lo mucho que lamentaba su pérdida. Hinata no podía imaginarse su angustia y su dolor, y quiso reconfortarla.

—Lo siento tanto... Le tenía mucho aprecio a Connor, era un muchacho muy valiente —musitó mientras la abrazaba.

Rhona se mostró azorada por la muestra de cariño y permaneció muy tiesa hasta que Hinata se separó.

—Era valiente y el mejor de los hijos —corroboró, con los ojos empañados. Después, se los limpió con un par de manotazos y compuso de nuevo su amable sonrisa —. Pero hoy no hay que hablar de penas, sino de alegrías. Vuestro tío ya estará impaciente por daros el presente que ha preparado con tanta ilusión. Os dejo con él.

Dicho lo cual, continuó su camino y Hinata se quedó a solas con el señor de Landon Tower.

—Vamos, acércate, ¿tantas cosas tienes que hablar con Rhona? —la llamó.

—Ya voy.

Mientras se acercaba, la excitación por descubrir cuál sería su regalo borró toda preocupación de su mente por unos instantes. No había sido un buen año; demasiadas ausencias y demasiadas penas como para disfrutar de su cumpleaños. Solo por eso, no podría agradecer más el detalle que había tenido tío Hagoromo con ella.

Se sentó a su lado, incapaz de mantener la compostura. Los dedos le temblaban de emoción y sus ojos contemplaron con deleite el tamaño y la forma de aquel enorme paquete envuelto con una tela de lino blanco, adornado con una cinta carmesí que lo rodeaba con una perfecta lazada. Hagoromo lo empujó hacia ella con su única mano. Hinata trató de no dirigir la mirada al otro brazo, donde un muñón reemplazaba la extremidad que había perdido en el campo de batalla.

Aquella era la causa de que Tokuma y ella hubieran abandonado Byakugan, su hogar, y se encontraran en Landon Tower, la fortaleza de su tío. Ambos lo querían demasiado como para dejarlo solo en un momento así y, tal y como le había confesado a Rhona momentos antes, Hinata esperaba que su presencia sirviera para que el guerrero volviera a ser el hombre que conocían, a pesar de que aquella desgracia le marcaría ya por siempre.

En realidad, Hagoromo Õtsutsuki no era su tío de sangre. Era amigo de su padre desde que tenía uso de razón y, tanto para ella como para sus hermanos, era uno más de la familia. Cuando le cortaron la mano en la batalla de la reconquista de la isla de Man, el rey Indra lo liberó de la obligación de luchar contra los ingleses. Para el guerrero, su mutilación y su posterior licencia del ejército escocés había supuesto un duro golpe. Cuando Tokuma y Hinata recibieron la mala noticia, acudieron a Landon Tower prestos a darle todo su apoyo.

Tokuma lo comprendió mucho mejor que ella, puesto que el muchacho había sido excluido de la batalla solo porque Neji, su hermano, era mayor por un año de él. Hinata sabía que Tokuma anhelaba acudir al frente junto a su padre y servir al rey Indra como otros muchos jóvenes, y estaba convencida de que si ella no existiera, su hermano habría podido cumplir con los dictados de su honor y patriotismo.

—¿No vas a abrirlo?

La voz grave de Hagoromo sacó a Hinata de sus cavilaciones y lo miró, con una sonrisa. Sintió una oleada de cálido agradecimiento por aquel hombre, no podría quererlo más de haber sido su auténtico tío. Se fijó en las ojeras que ensombrecían su mirada gris y lamentó que la suerte le hubiera sido tan esquiva. No merecía lo que le había ocurrido y las consecuencias de aquel infortunio le estaban pasando factura. Su cabello, siempre oscuro y brillante, largo hasta los hombros, lucía ahora múltiples hebras plateadas. En el rostro despejado y bien afeitado aparecían ahora arrugas que antes no estaban. Aun así, el conjunto, con la nariz y los labios finos y elegantes, dotaba a su rostro de cierto atractivo.

Hinata se preguntaba por qué nunca se había casado o por qué, dado que conocía los sentimientos que le profesaba Rhona, no había hecho pública la relación que mantenía con su ama de llaves y que era un secreto a voces dentro de los muros de aquella fortaleza. Incluso se decía que Connor, el muchacho que había dado a luz Rhona a pesar de no tener un esposo, era hijo del laird Õtsutsuki. Tío Hagoromo jamás lo había reconocido y jamás había confesado que mantuviese relaciones con alguna mujer. Pero en fin, se dijo Hinata, aquel tema no era de su incumbencia y no le tocaba a ella opinar al respecto...

Con dedos temblorosos, tiró de la lazada que adornaba el paquete y lo desenvolvió conteniendo el aliento. Cuando retiró la tela blanca, descubrió un precioso vestido de seda color celeste y se llevó una mano a la boca para ahogar una exclamación.

—Tío Hagoromo..., es maravilloso —susurró, con lágrimas en los ojos.

Desplegó la prenda y se puso en pie. La colocó sobre su cuerpo acariciando la suavidad de la tela, admirando los bordados de las mangas y del escote en color dorado. Era el vestido más increíble que había tenido nunca.

Cuando levantó la vista, descubrió que los ojos de su tío también estaban empañados por la emoción.

—Quiero que te lo pongas para la fiesta que pienso dar en tu honor —le pidió.

Hinata asintió y se acercó para depositar un suave beso en su mejilla. Él inspiró con fuerza cuando se inclinó sobre su rostro... Pobre tío Hagoromo, seguramente no quería que se le escaparan las lágrimas que ella había intuido ocultas tras aquella mirada colmada de amor.

—Gracias por este regalo increíble. Y gracias por organizar esa fiesta, aunque mi cumpleaños ya haya pasado. Ahora, ¡voy a enseñárselo a Tokuma!

La muchacha salió corriendo del gran salón, tan contenta que no podía contener su excitación. Solo le faltaba una cosa para ser completamente feliz: que su padre y Neji pudieran estar con ella cuando brindaran por sus recién cumplidos dieciocho años. Sabía que no podía ser y, aunque su ausencia mitigaba la ilusión que crecía en su interior ante la perspectiva de aquella celebración, no podía negar que anhelaba que llegara el día de la fiesta.

En esos tiempos era todo un lujo que su tío Hagoromo organizara una cena por todo lo alto en su honor. Hinata, que ya había adquirido las nociones básicas para la administración de los gastos de su propio clan, no ignoraba que las arcas de casi todas las familias escocesas habían mermado de manera alarmante con la guerra. Los impuestos del rey para sufragar los gastos de su campaña eran elevados y los clanes notaban la falta de recursos. La fiesta no iba resultar excesiva ni lujosa, pero no por ello dejaba de ser emocionante.

Subió de nuevo la escalera de piedra hasta alcanzar el piso superior, donde se ubicaban los aposentos de Landon Tower. La alcoba de Tokuma estaba junto a la suya, y tal era su entusiasmo por mostrarle su regalo, que entró sin llamar y sin pedir permiso.

—¡Tokuma, mira lo que...! —La frase murió en sus labios antes de terminarla. Hinata se quedó parada en la puerta, extrañada al encontrar a su hermano sentado en la cama, inclinado hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas y las manos sujetándose la cabeza. Sobre la cama, a su lado, había una carta. Un horrible presentimiento la invadió al comprender que aquella misiva podía contener noticias del frente, de su padre o de Neji. ¿Les habría ocurrido algo grave? ¿Por eso Tokuma parecía tan abatido?

—Hinata —dijo su hermano, levantando la vista hacia ella, azorado por haber sido descubierto en esa postura.

—¿Qué pasa? ¿Se trata de padre? ¿Es Neji?

Tokuma se levantó de la cama y acudió a su lado de dos zancadas para abrazarla. El precioso vestido resbaló de sus manos al suponer que su hermano trataba de consolarla por anticipado. Su corazón se encogió de incertidumbre y dolor.

—No, tranquila. Están bien. Los dos están bien...

La joven soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo cuando escuchó aquellas palabras. El alivio fue tan intenso que se mareó, aunque por suerte Tokuma aún la sujetaba entre sus brazos.

—Entonces, ¿qué te pasa?

—Debemos partir de inmediato hacia Byakugan.

Toda la ilusión se le heló de golpe en las venas. Tokuma no podía estar diciendo lo que ella imaginaba.

—Pero la fiesta... ¡es mañana! ¡No podemos marcharnos! ¿Qué ha ocurrido?

Tokuma se separó de ella, pero la mantuvo sujeta por los hombros y la miró con gesto grave.

—Sé que deseabas celebrar tu cumpleaños con tío Hagoromo, pero no va a poder ser. Ya he dado orden de que preparen nuestras cosas, partiremos en cuanto estés lista.

Hinata movía la cabeza, negándose a aceptar sus órdenes.

—¿Por qué? ¿Por qué tenemos que salir corriendo? ¿Ha pasado algo en Byakugan?

La joven miró hacia la cama, donde el papel que había visto al entrar parecía cobrar de pronto un nuevo protagonismo. Sin duda, algo de lo que había allí escrito había alterado a su hermano y le obligaba a tomar la drástica determinación de volver a casa.

Tokuma la contempló con el semblante más serio que jamás le había visto. Su hermano nunca había tenido dificultad para hablarle y explicarle las cosas, pero estaba claro que en esa ocasión le estaba costando encontrar las palabras adecuadas.

—Confía en mí —fue lo único que pudo decirle—. Es de suma importancia que regresemos.

—Pero...

—Hinata, no me lo pongas más difícil y obedece. Por favor.

El ruego final no atenuó el impactó que causó en ella el tono autoritario de su hermano. Apenas lo reconocía. Jamás le había hablado así, jamás se había sentido tan pequeña delante de él como en ese momento. Las lágrimas acudieron a sus ojos, tanto por la impotencia que sintió como por no recibir de Tokuma la cortesía de una mínima explicación. ¿Acaso pensaba que ella era incapaz de comprender las cosas? Si había sucedido algo grave, estaba preparada para afrontarlo.

Dolida, recogió su vestido del suelo y se dio la vuelta para marcharse. Solo esperaba que, cuando Tokuma le comunicase a tío Hagoromo su decisión de abandonar Landon Tower, el guerrero fuera lo suficientemente convincente como para hacerle cambiar de opinión.

.

.

El viaje de vuelta a Byakugan resultó triste para Hinata. Nadie pudo persuadir a Tokuma para que se quedaran en Landon Tower hasta después de la fiesta e incluso, después de que Natsu hablara con él, la vieja nodriza pareció ponerse de su lado. La muchacha se había despedido de Hagoromo con lágrimas en los ojos y el guerrero la abrazó con emoción contenida.

Hubiese querido que los Hyuga se quedaran más tiempo y, al igual que le ocurría a Hinata, tampoco entendía las repentinas prisas de Tokuma. El veterano guerrero no se encontraba en su mejor momento y los necesitaba; había puesto mucha ilusión en aquella fiesta para su sobrina, era uno de los pocos alicientes que le quedaban. Que el joven Hyuga hubiera decidido marcharse, así sin más, tan de repente, suponía un duro revés en su ánimo.

Y Hinata se encontraba en el medio de ambos hombres, confusa, molesta y dolida. Aquella situación la tenía tan desconcertada que no había dirigido la palabra a su hermano desde que abandonaran la fortaleza. Él tampoco se mostraba deseoso de entablar conversación, pues se había puesto al frente de la comitiva y les hacía avanzar a un ritmo mucho más rápido de lo normal.

Cuando el sol se puso se dio cuenta de que habían recorrido, al menos, la mitad del trayecto. Tenía el trasero dolorido y la espalda le daba pinchazos, pero no se había quejado ni una sola vez. Que Tokuma ordenara el alto para acampar y pasar la noche fue todo un alivio. Su nodriza, que a pesar de que era mayor seguía montando a caballo, se puso a su altura para comprobar que estaba bien.

—¿Qué tal tu espalda?

—No estaría bien que me quejara, Natsu, teniendo en cuenta que me eres muy mayor de edad y tú no has abierto la boca en todo el trayecto.

—En otras circunstancias lo habría hecho, no te quepa duda.

Hinata la miró, arqueando una ceja.

—¿Y en qué circunstancias nos encontramos, exactamente?

La mujer, al darse cuenta de que los soldados empezaban a desmontar para preparar el campamento, hizo lo mismo y esquivó la pregunta de su joven señora. Lady, la yegua de Hinata, se movió nerviosa, indicándole a su ama que también ella necesitaba descanso. Le palmeó el cuello con cariño antes de apearse y encaminarse hacia la zona donde los hombres Hyuga ya estaban montando las tiendas donde se refugiarían para dormir, alrededor de una gran fogata que ayudaría a combatir el frío de la noche.

Ella misma se encargó de Lady, como llevaba haciendo desde que su padre le enseñó. Cuidar de su yegua y cocinar eran las únicas tareas que le permitían realizar en su hogar dado que, para todo lo demás, siempre tenía a alguien detrás haciéndolo por ella. Cuando su tienda estuvo lista, cogió sus mantas de dormir y se reunió con Natsu. Daba igual que ya hubiera cumplido los dieciocho años; para la mujer, Hinata siempre sería su niña y nunca se perdía el ritual de acostarla, aunque no estuvieran en su hogar.

—Antes no me has contestado —le reprochó, mientras estiraban las mantas en el interior de la tienda—. Tú sabes lo que le ocurre, ¿verdad?

Natsu la miró y sus ojos grises refulgieron con la escasa luz de la fogata que se colaba por la tela. A pesar de ser bastante mayor, la mujer rebosaba vitalidad y energía. Sus dedos nudosos alisaron las arrugas de las mantas y luego palmeó la superficie para que se acomodara. Hinata obedeció y se puso de espaldas a ella para que le deshiciera el peinado, como cada noche. Natsu comenzó a hablar mientras sus manos trabajan desenredando los largos y oscuros mechones de su cabello.

—Tu hermano está preocupado, nada más. Pero todo irá bien.

—¿De verdad no me vas a decir lo que pasa?

—No me lo ha dicho —reconoció la mujer, con un suspiro—. Aunque presiento que no tardaremos en averiguarlo. Vamos a darle tiempo, mi niña, porque, sea lo que sea, se le veía bastante afectado.

—Entonces, si no te ha contado lo que ocurre ¿de qué habéis hablado? —Hinata se giró para mirarla a la cara. Natsu no solía mentirle, pero quería asegurarse.

—Me ha pedido algo. Espero no tener que hacerlo nunca, pero, llegado el caso, lo haré.

En aquella penumbra, el bello rostro de Hinata se mostró confuso y aturdido.

—¿Qué te ha pedido?

—Algo que me romperá el corazón —contestó Natsu, obligándola a girar de nuevo la cabeza para trenzarle el cabello.

No le quiso decir más y la joven se dio por vencida. Era consciente de que no había nadie más testaruda que su Natsu, y si no quería hablar, no lo haría. Era la única madre que conocía, puesto que cuando la suya murió en el parto, Hiashi Hyuga había confiado en la nodriza para criarla. Después de su padre y sus hermanos, era la persona a la que más amaba en el mundo. Sus palabras no hicieron sino acrecentar el desasosiego que la acompañaba desde que habían salido de Landon Tower.

—Ya está. Vamos a cenar algo y después nos dormiremos. Tenemos que descansar lo que podamos, imagino que tu hermano querrá partir en cuanto amanezca.

Natsu salió de la tienda y regresó al poco con algo de comida para las dos. Hinata apenas probó bocado, tenía el estómago cerrado. Dejó el plato a un lado para acostarse sobre las mantas y cerró los ojos, intentando seguir la recomendación de su nodriza.

Pero imposible. Dio unas cuantas vueltas y supo que no conseguiría dormir, su cabeza era un hervidero de dudas y preocupaciones. El único que podía aplacar esa angustia era su hermano, pero después de no dirigirle la palabra en todo el día no se sentía con valor para abordarlo.

Sabía que no había obrado bien. Se había comportado como una chiquilla caprichosa, enfurruñándose a pesar de ser plenamente consciente de que Tokuma jamás haría nada para perjudicarla. Se revolvió sobre las mantas y miró a Natsu, tendida a su lado. Al contrario que a ella, el sueño la había atrapado con rapidez después de la larga jornada de viaje.

Giró entonces la cabeza hacia la rendija abierta de la entrada de la tienda y se entretuvo observando el ir y venir de los soldados Hyuga en el campamento. Sus ojos buscaron a Tokuma entre los rostros de los guerreros, percatándose de que no lo había visto sonreír desde el día anterior. En una persona como él, a quien siempre le brillaban los ojos y que solía mostrar a todo el mundo su cara más amable, resultaba inquietante.

Fue justo entonces cuando comprendió que Tokuma soportaba una carga demasiado grande y que ella, en su egoísmo, no había hecho absolutamente nada para ayudarlo. Se había enfadado con él por no querer compartir su preocupación, y solo ahora, al encontrarlo por fin sentado frente al fuego, con el rostro angustiado, se daba cuenta de que tal vez solo tenía que apoyarlo, hacerle ver que ella estaba allí para respaldarlo por muy negras que se pusieran las cosas.

Decidida, se levantó y se arrebujó en el manto con los colores de los Hyuga antes de acercarse al lugar donde descansaba Tokuma.

—¿Qué haces todavía despierta? —preguntó él en cuanto la vio llegar, tiritando de frío.

—Tú también estás despierto.

—Yo tengo muchas cosas en las que pensar —le dijo, con la mirada perdida en las llamas.

Hinata se sentó a su lado y apoyó la cabeza en su hombro. Notó el calor que envolvía el cuerpo de su hermano y el agradable olor que siempre desprendía y que le recordaba a casa.

—Perdóname, Tokuma.

El susurro afligido de la joven atrajo su atención. Los ojos enormes y grises de Hinata estaban al borde de las lágrimas.

—¿Perdonarte? Tú no has hecho nada, Hinata.

—Por eso mismo. Tenía que haberte apoyado y, en lugar de eso, me he enfurruñado como una niña pequeña. He dejado que mi egoísmo y mi frivolidad se adueñaran de mi ánimo, en lugar de preguntarte cómo podía ayudar.

Tokuma le pasó un brazo sobre los hombros y la apretó contra sí.

—Es normal que te disgustaras por perderte la fiesta. —Tokuma la apretó contra sí—. Créeme, lamento haberte sacado de Landon Tower con tanta premura, te mereces esa celebración y mucho más.

Hinata tragó saliva ante esa afirmación tan apasionada y contempló con amor el rostro de su hermano. Siempre le había parecido muy guapo, incluso más guapo que Neji, y eso que ambos poseían parecidas facciones. Tenía el pelo castaño y largo y cada vez que sonreía se le marcaba un hoyuelo en la mejilla izquierda. Sus ojos eran como los de ella, aunque más rasgados y menos redondos que los suyos.

A pesar de ser muy alto y con hechuras de guerrero, su aspecto no era intimidatorio. Tokuma era muy especial; era, de los tres, el más risueño y al que más cariño le tenían todos en Byakugan. No era para menos. Amable y con un corazón generoso, conocía la naturaleza de las personas y sabía ganarse la confianza de los que le rodeaban. Hinata siempre podía contar con él, para que la hiciera reír, para que la escuchara, para que la abrazara cuando echaba tanto de menos a la madre que no había conocido, que le dolía el pecho al respirar.

Neji no era como él. La quería, de eso no tenía ninguna duda, pero no congeniaba con ella tan bien como Tokuma. Neji era más serio, mucho menos sentimental y más pragmático para todo. No era un soñador, no se reía de cualquier cosa y no bailaba nunca en las fiestas.

Era un guerrero feroz, eso sí, y era tal vez lo único en lo que podía considerarse algo superior a Tokuma. Ambos hermanos eran excepcionales con la espada, pero Neji era un poco más fuerte, lo que le daba cierta ventaja cuando se enfrentaban entre ellos. Sabía que su padre la había dejado al cargo de Tokuma porque él la comprendía mucho mejor que el bruto de Neji, pero a veces se preguntaba si su hermano había estado de acuerdo con esa decisión, y si no preferiría estar en el frente en lugar de hacer de niñero, soportando las tonterías de una jovencita que dramatizaba por no poder disfrutar de una simple celebración.

—Me da igual la fiesta, Tokuma —le dijo, cuando pudo deshacerse del nudo que le apretaba en la garganta al pensar en esa posibilidad—. Lo que de verdad siento es causarte tantas molestias. Sé... sé que si no fuera por mí, ahora estarías con padre y con Neji en el campo de batalla. Sé que lamentas no poder servir a tu patria como desearías y siento ser la culpable de que te hayas tenido que quedar.

—¿Crees que eres la culpable de que padre me haya dejado al cargo de Byakugan... y de ti?

—Sé que te gustaría estar con ellos y no puedes, porque estoy yo.

Tokuma movió la cabeza en un gesto incrédulo.

—Hinata... —Le acarició la cara con cariño antes de seguir hablando—. Por supuesto que me gustaría ayudar y servir a nuestro rey, pero alguien tenía que quedarse al frente del clan. No lamento estar aquí contigo, ¿cómo puedes pensarlo siquiera? ¿No sabes que, para mí, tú eres lo más importante?

—¿De verdad?

—Eres mi pequeña, la joya de Byakugan. Padre sabía que yo era el más idóneo para cuidarte... Neji te habría vigilado como un halcón, estoy seguro, y no habría dejado que nada malo te ocurriera. Pero ¿acaso habría consentido que lo visitaras en mitad de la noche para contarle una de tus pesadillas? Si despertaras a Neji para semejante tontería, te lanzaría una almohada a la cara y te echaría de su alcoba a voces. Padre sabía que yo, por el contrario, te abrazaría e iría a buscarte un tazón de leche tibia para que pudieras volver a conciliar el sueño.

—Entonces, ¿no sufres por tener que hacer de niñero?

—De ningún modo. —Tokuma suspiró y buscó su mano para expresarle con un apretón todo lo que tenía dentro y no tenía tiempo de poner en palabras—. Lo único que me pesa es que mi valía sea insuficiente para protegerte.

—No comprendo lo que quieres decir. ¡Tú eres un guerrero formidable! No podría tener mejor escolta.

Tokuma la miró entonces de una forma extraña. La joven nunca había visto ese brillo de preocupación en su mirada y una molesta desazón hizo presa en su ánimo.

—Te protegeré con mi propia vida, nunca lo dudes —le dijo, antes de llevarse el dorso de su mano a los labios para besarla.

—¿Qué ocurre, Tokuma? ¿De qué tienes miedo? —preguntó ella con un hilo de voz—. ¿Ha sucedido algo malo en Byakugan, es eso?

Tokuma cogió aire y lo soltó despacio. Se mantuvo en silencio tanto tiempo que la joven pensó que no le contestaría; pero lo hizo.

—No. Pero podría suceder... —Se separó de ella y volvió a fijar la vista en las llamas de la fogata—. Escucha, no es momento de hablar de esto. Debemos descansar, mañana hemos de partir con las primeras luces y llegar a casa cuanto antes. He de preparar el castillo, debo reunir a todos los hombres que pueda.

—¿Temes algún ataque?

—Siempre temo que nos ataquen. Pero ahora, con la mayoría de nuestros soldados en el frente, me parece que estamos más expuestos que nunca.

Ella lo miró con una expresión interrogante, sin comprender nada. Su hermano le acarició el brazo tratando de tranquilizarla.

—Te lo contaré todo, te lo prometo. Pero no aquí, no ahora. Mañana, cuando no me sienta tan vulnerable, cuando estemos entre los muros de nuestro hogar, cuando tú estés a salvo, hablaremos.

Hinata advirtió el miedo que teñía el tono de Tokuma. Era lógico que quisiera llegar cuanto antes a Byakugan, puesto que allí gozaban de las defensas de la fortaleza y de la protección del resto de los pocos hombres que les quedaban. ¿De qué se había enterado Tokuma? ¿Qué decía esa carta que ella había visto sobre su cama esa misma mañana? ¿Quién querría atacar su hogar, abusando de su clara desventaja al tener sus fuerzas mermadas? La joven no se dio por vencida e insistió para que su hermano le confiara sus temores.

—¿De quién se trata, Tokuma? ¿Quién podría querer hacernos daño? Hace mucho que padre firmó la paz con los Akimichi, y tampoco sabemos nada de los Namikaze desde hace años.

Tokuma zanjó la conversación levantándose para acompañarla de regreso a su tienda.

—Mañana, te lo prometo. Tienes que descansar y no quiero que lo que tengo que contarte te quite el sueño.

—De todas maneras no podré dormir —se quejó ella.

—Claro que sí. Ya lo verás, yo estaré ahí, justo enfrente, vigilando para que nada malo te pase. —Le cogió la cara entre las manos y la besó en la frente—. Hasta mañana, pequeña.

Hinata se acostó en sus mantas y le observó regresar a su lugar frente al fuego. Se quedó mirándolo, lamentando que no le hubiera permitido permanecer a su lado. No quería ser una carga para él, quería ayudar, pero sabía que Tokuma aún la veía como a una niña a la que tenía que cuidar como cuando eran críos. Él pensaba que ocultándole los problemas la protegía, pero no era así. Ya hacía mucho que se había dado cuenta de que nada se solucionaba ignorando los males del mundo. Y aunque los habitantes de Byakugan, empezando por Tokuma y Natsu, se empeñaran en mantenerla a ella en una burbuja, Hinata comprendía que no le hacían ningún favor.

La joya de Byakugan, ese era su mote. El propio Tokuma se lo había puesto siendo niños y a su padre le encantó. Decía que Hinata brillaba con luz propia, como una perla, y que iluminaba los corazones de todos los habitantes de la fortaleza con el plateado mágico de sus ojos y su sonrisa. Después de la muerte de su madre, a la que todos adoraban, la pequeña Hinata era un rayo de esperanza que encendía la alegría de quienes la conocían. Era el tesoro de su gente, algo preciado y precioso, aunque a ella ese título la incomodaba algunas veces.

Como en esa ocasión.

¿Por qué nadie le decía qué estaba pasando? ¿Por qué Tokuma era tan cabezota? Podía ayudar, podía dar su opinión, podía aportar soluciones. Pero no. Era mejor mantenerla al margen, en la ignorancia, en su eterna urna de cristal.

Deseó, de todo corazón, que su hermano cumpliera su palabra y que, en cuanto estuvieran en Byakugan, le contara lo que sucedía. Con ese pensamiento en la cabeza, poco a poco, se fue quedando dormida.

Continuará...