Naruto Y Hinata en:
LA JOYA DE BYAKUGAN
2. Huye
Para su consternación, las cosas no mejoraron cuando llegaron a su hogar. Tokuma se mostró más esquivo que nunca y sus tareas como máximo responsable de la fortaleza lo absorbieron de tal modo que la joven estuvo dos días sin cruzarse con él.
Los soldados Hyuga estaban cada vez más nerviosos, y Kabuto, el segundo al mando ahora que ni su padre ni Neji se encontraban allí, ayudaba en todo lo posible a Tokuma para que la situación no se volviera insostenible. Hinata intentó hablar con él, dado que con su hermano era imposible, pero no tuvo más suerte que Natsu cuando lo había interrogado. El hombre las esquivó a ambas alegando que tenía mucha tarea por delante y que era imperativo cumplir las órdenes que Tokuma les había dado a todos sus guerreros.
La joven comenzó a desesperarse.
Se estaba cansando de que todos corrieran de un lado al otro del castillo con cara de alarma sin explicarle nada. Decidió que si su hermano no hablaba con ella esa misma noche, acudiría a su alcoba y no lo dejaría dormir hasta que le confiara el problema.
Sin embargo, Tokuma no acudió al salón a la hora de la cena. Hinata tuvo que conformarse con la compañía de Natsu y algunas de las esposas de los guerreros que habían partido al frente junto con su padre. Las damas comentaban que todos los soldados de Byakugan parecían nerviosos y se respiraba en el ambiente el preludio de una tragedia. Sus agoreros comentarios pusieron la piel de gallina a Hinata y le agriaron la comida, mas no pudo reprenderlas. Ella sentía lo mismo y estaba muy preocupada. Ni siquiera la suave música del laúd que pretendía amenizar la velada lograba distraer a las mujeres de aquel desasosiego.
Sus temores se hicieron realidad mucho antes de lo esperado, porque poco después de que les sirvieran el postre, su hermano irrumpió en el salón seguido por varios de sus hombres, con el rostro en tensión.
—Byakugan está siendo atacado.
La frase cayó sobre todas ellas como un caldero de agua hirviendo. Saltaron de sus sillas y se aproximaron a él, acribillándolo a preguntas que rezumaban pánico. Tokuma pidió calma con las manos, incapaz de entender una sola palabra de lo que barbotaban sus voces histéricas.
—¡Por favor, silencio! —les pidió—. Necesito que vayáis a por los niños y os refugiéis en los sótanos hasta que pase el peligro.
—¿Quién nos ataca?
—¿Qué está pasando?
—¿Por qué? ¿Qué quieren de nosotros?
Las mujeres siguieron preguntando como si no lo hubieran escuchado.
—Haced lo que se os dice, os lo ruego.
—Tokuma, ¿qué... qué está ocurriendo? —Hinata se sumó al nerviosismo general, consciente de que su hermano ya había previsto aquel ataque. Y no le había contado nada al respecto.
Los ojos grises del joven guerrero se posaron sobre los suyos y a ella le recorrió un escalofrío por la espalda ante el funesto presentimiento que la embargó. Vio que los labios de su hermano se separaban para contestar, pero los gritos de Kabuto, en la puerta del salón, llamaron su atención.
—¡Tokuma! ¡Han entrado, están dentro! ¡Alguien ha debido facilitarles el acceso desde el interior!
Las mujeres exclamaron de horror y salieron corriendo para cumplir las órdenes de Tokuma, cuyo rostro se había desencajado ante la noticia. Se volvió hacia Hinata y la cogió de las manos.
—Ve con Natsu y haz lo que ella te pida. Apenas hemos tenido tiempo...
—¡Tokuma, te necesitamos, deprisa! —lo apremió Kabuto.
—Tokuma... —susurró Hinata, con un hilo de voz, abrazándose a su hermano con desesperación.
—No hay tiempo —le escuchó decir, antes de besarla en la frente—. Prométeme que harás lo que Natsu te diga, promételo.
Le acunó la cara entre sus manos y ahondó en sus ojos, esperando su respuesta.
—Te lo prometo.
—Buena chica. —Tokuma la miró con intensidad, volvió a besarla en la frente y, antes de separarse de ella, articuló con voz ronca—: Te quiero, no lo olvides nunca.
Se alejó después para unirse a Kabuto y los demás y desapareció de su vista tan rápido que Hinata creyó que había soñado esa despedida. No tuvo tiempo tampoco de asimilarla, porque la mano huesuda de Natsu atrapó la suya y tiró de ella hacia las escaleras que daban acceso al piso superior.
—¡Pero Tokuma ha dicho que nos refugiemos en el sótano! —protestó.
—No, tú no. ¿Qué te ha pedido? Que hagas lo que yo te diga. Sígueme.
Corrieron por el pasillo que iba a parar a la habitación principal del castillo, la que ocupaba el laird, su padre. Los ruidos de batalla llegaban hasta allí, espeluznantes y aterradores.
El corazón de Hinata latía desaforado, muerto de miedo por lo que estaba ocurriendo.
—Dios Todopoderoso, Natsu. ¿Qué está pasando? ¿Qué sabes, qué te ha contado Tokuma? ¿Quién nos ataca?
—Lo único que me reveló tu hermano es que debía ponerte a salvo. Vamos, no te entretengas, no hay tiempo que perder.
Entraron en la habitación del señor, Hiashi Hyuga, y Natsu atrancó la puerta para que nadie pudiera abrirla. Hinata miró a su alrededor con ojos asustados, sin comprender lo que hacían allí.
—¡Rápido, quítate la ropa!
—¿Qué?
Natsu no le contestó. Buscó en el interior del arcón que había a los pies de la cama y sacó un hatillo y unas ropas que podían haber pertenecido a cualquiera de los sirvientes de Byakugan.
—Tienes que huir, mi niña. Y nadie debe saber quién eres... Venga, ponte esto.
Los ojos de Hinata se llenaron de lágrimas ante el tono definitivo de la nodriza.
—No me iré. Quiero quedarme aquí, contigo, con Tokuma. Todo saldrá bien, tenemos buenos guerreros, pueden ganar. No... no me iré.
La mujer se giró hacia ella y le colocó las manos en los hombros, mirándola con severidad.
—¡Sí te irás! Tokuma está ahí abajo, dando su vida para protegerte. Le prometí ponerte a salvo, y antes que a él, le juré a tu padre que cuidaría de ti mientras él luchaba en el frente. Así que sí, te irás, huirás y harás lo que yo te diga. —La mujer cogió aire y sus ojos se suavizaron antes de proseguir—. Te dije que se me iba a partir el corazón... puedes creer que a mí me duele más que a ti. Por favor, quítate el vestido y ponte esa ropa.
Hinata se limpió las lágrimas que caían sin control por sus mejillas. Asintió con la cabeza y se dio la vuelta para que Natsu la ayudase a desabrochar las cintas de su espalda. No discutió más, porque se lo había prometido a Tokuma y sabía que no había tiempo que perder. Además, tratar de disuadir a su nodriza era inútil. Aquella leal sirvienta se dejaría matar por el más sanguinario de los guerreros antes que incumplir una orden de su laird o, en su defecto, del hijo que este había dejado al cargo del clan.
Mientras Hinata se deshacía del vestido, un fuerte estruendo les llegó desde la planta inferior del edificio. Un muro había caído, y los golpes de los muebles contra el suelo y las paredes anunciaban que la lucha estaba ya en el interior del castillo.
—Tengo miedo por Tokuma —confesó.
—Tu hermano sabe cuidar de sí mismo. Además, tiene a Kabuto, que le protegerá las espaldas. Vamos, apresúrate, pueden llegar aquí arriba en cualquier momento.
Natsu terminó de vestirla con las ropas harapientas de sirviente y la instó a sentarse en un pequeño taburete de madera, colocándose a su espalda. De reojo, Hinata vio cómo la mujer sacaba una daga muy afilada del hatillo de ropa que había traído consigo y sospechó lo que iba a hacer. El pánico la recorrió de pies a cabeza. Intentó levantarse para resistirse, pero Natsu la retuvo sujetándola por un hombro. No fue tanta la fuerza que aplicó en el gesto, pero bastó para que la joven comprendiera que no había más opción.
Con manos hábiles, Natsu recogió toda su melena oscura, que casi le llegaba a la cintura, y la elevó en el aire. Sin un titubeo, movió la hoja del cuchillo con precisión y le cortó el pelo con increíble habilidad, retocando luego algunos mechones para darle el aspecto que luciría un muchacho cualquiera.
Hinata sorbió sus lágrimas antes de pasarse las manos por la cabeza. Su melena, su preciosa y suave melena... Aunque aquel cambio de imagen fuera necesario, era muy duro para una joven deshacerse así de uno de sus atributos más atractivos.
—¿Realmente era necesario? —se quejó.
La mujer suspiró con tristeza, pero no perdió tiempo en consolarla. Era una chiquilla y no comprendía que lo que estaban haciendo era lo único que podía salvarla de un destino incierto. Se aproximó a la chimenea y manchó sus manos con hollín.
—Tu hermano tenía muy claro que debías pasar inadvertida —le explicó.
Sin darle tiempo a reaccionar, pasó las manos sucias por el rostro de Hinata, ocultando sus rasgos y camuflando aún más su condición femenina. No contenta, le tiznó también el cuello de piel cremosa y lo poco que asomaban sus brazos por la enorme camisa de hombre que se había puesto.
—Ya está. Vamos, no perdamos más tiempo.
Natsu le colocó en los brazos el hatillo que ella misma había preparado y luego fue hasta el enorme tapiz que colgaba de una de las paredes de la habitación. Apartó la gruesa tela y descubrió una pequeña portezuela de madera con una cerradura. Se sacó una llave que llevaba colgada del cuello y la abrió.
—Tienes que huir por aquí —le dijo.
Hinata se asomó y arrugó la nariz.
—Huele a humedad y a moho. Y está muy oscuro —protestó.
—Tonterías. Tú eres valiente, esto no supone ningún reto para ti. —La mujer atrapó la cara de su niña entre sus huesudas manos—. Escucha, en el hatillo llevas comida, agua, una muda de ropa y algunas monedas. Hay, además, una carta que tu hermano me dio para ti. Yo no sé leer, y él no me ha contado lo que pone, pero seguro que será muy reveladora.
El corazón de Hinata latió más deprisa al escucharla. ¡La carta! ¿Sería la misma que Tokuma leía en Landon Tower cuando decidió que se marcharan de allí? Sus dedos aferraron el hatillo con impaciencia, pero no había tiempo de ponerse a leer.
—Natsu... ¿qué haré? ¿Adónde iré? ¿No te ha dicho Tokuma nada más? ¿Cuándo debo regresar?
La mujer la abrazó con fuerza antes de darle las últimas instrucciones.
—No debes volver, no debes confiar en nadie. Tokuma irá a buscarte, él sabrá cómo encontrarte. Y si... —la voz de Natsu se quebró, sin saber cómo pronunciar las siguientes palabras—. Si Tokuma no pudiera ir, si algo le ocurriera, debes esperar a que sea Neji o tu padre quienes te busquen. Solo ellos, Hinata, es muy importante. No reveles a nadie tu identidad, ahora eres un muchacho, ¿entendido?
Ella cabeceó, limpiando las lágrimas de su cara, que ya no podía contener. No quería marcharse, se le rompía el corazón solo de pensar en abandonar su hogar y dejar allí a sus seres queridos, sin saber lo que iba a ser de ellos.
—Natsu... —intentó hablar Hinata, pero unos gritos en las escaleras pusieron fin a la despedida. Era urgente que la joven se marchara de inmediato, o la treta del disfraz no serviría de nada.
—Vamos, vamos, márchate —la empujó su nodriza. Le puso sobre los hombros una capa gruesa y desgastada que complementaba su disfraz, además de protegerla del frío exterior—. Sigue este corredor hasta el final. Cuando salgas a la superficie te encontrarás a una distancia prudencial de Byakugan y, lo que es más importante, de las tropas enemigas. Ten mucho cuidado, mi niña. ¡Corre, corre!
Sin darle tiempo a decirle adiós, Natsu le cerró la portezuela en las narices. Escuchó cómo echaba la llave y, justo después, un golpe terrible que parecía indicar que habían derribado la puerta de la alcoba.
Hinata, llorando, puso la mano abierta en la madera que la separaba de la lucha que se libraba en el interior de la habitación. Escuchó voces masculinas que ladraban improperios y la voz de su dulce Natsu contestándoles con toda la dignidad que cabía en su enjuto cuerpo. No podía distinguir lo que hablaban, pero reconocía el tono orgulloso de su sirvienta.
Con una pena infinita en el corazón, se dio la vuelta y avanzó casi a cuatro patas por aquel corredor estrecho, alejándose de su familia y de todo lo que conocía. Era muy joven, pero sabía lo que podía ocurrir a continuación: podría escuchar el alarido de la mujer cuando se negase a confesar su paradero y aquellos guerreros inmisericordes acabaran con su vida. Y entonces sí que no podría moverse del sitio, espantada por la crueldad de esos hombres, y la encontrarían.
Avanzó en la oscuridad, cegada por una negrura absoluta y sus propias lágrimas. Pero el pasadizo era tan estrecho que no había oportunidad de tropezar o equivocarse de camino. Era un túnel excavado a propósito para el cometido que ella llevaba a cabo: desaparecer del castillo sin ser vista, atravesar sus muros por la parte inferior a salvo de las patrullas enemigas y aparecer al otro lado, muy lejos, donde ya nadie pudiera encontrarla.
Después de lo que le parecieron horas discurriendo por el largo pasadizo, siempre cuesta abajo, notó un soplo de brisa fresca en aquella atmósfera asfixiante. No se había detenido en ningún momento, por más que la espalda le aguijoneara de dolor por la postura encorvada, se hubiera desollado las rodillas y tuviera las manos heridas de ir tanteando a oscuras el camino. Por fin obtenía su recompensa: la salida del túnel.
Cuando ya casi podía respirar el aire de la noche, topó con una pared de roca que le cerraba el paso. La palpó con la mano y comprobó que tenía rendijas, por lo que imaginó que tan solo estaba superpuesta. Empujó con todas sus fuerzas, al menos, las que le quedaban, y apenas logró moverla. Tuvo que hacer varios intentos, hasta casi desfallecer, para conseguir apartar la piedra que le impedía el paso a la libertad.
Una vez fuera, sus ojos al fin pudieron distinguir, bajo la luz de la luna llena, las siluetas del paisaje que adornaba los alrededores del castillo de Byakugan. Se giró y comprobó que, a su espalda, como bien le indicara Natsu, quedaba el que hasta ese día había sido su hogar, iluminado por el fuego que prendía rabioso acá y allá, incendiando algunas zonas estratégicas, convirtiéndose así en aliado de sus enemigos.
¿Dónde estaría Tokuma? ¿Tal vez había perecido ya bajo la espada de alguno de aquellos guerreros del infierno?
Con un dolor que le resultó insoportable, apartó la vista de la fortaleza y se alejó caminando en la noche, todavía llorando, escuchando de lejos los gritos de muerte de los suyos.
Continuará...
