Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


3. Difícil Momento


Aquella primera noche la pasó caminando, fiel a la promesa que había hecho de huir sin mirar atrás. Envuelta en la capa raída, apretando los dientes por el frío que se había instalado en sus huesos, se fue alejando cada vez más de su hogar. Notaba los pies destrozados y entumecidos. A pesar de que la luna llena le facilitó la huida, su luz resultaba escasa y más de una vez tropezó y se enganchó con las ramas de los árboles del bosque que atravesaba.

Con las primeras luces del alba, decidió arriesgarse y salió al camino principal, deseosa de encontrar alguna casa o taberna donde poder descansar un poco y entrar en calor. Anduvo casi una hora más hasta dar con una pequeña aldea y, una vez allí, buscó la posada. El sitio no le era desconocido, pues había visitado alguna vez el lugar junto a su padre siendo más pequeña. Al laird de los Hyuga le gustaba interesarse por su gente y aquella aldea aún se encontraba dentro de los dominios del clan.

Cuando entró en el establecimiento, observó que había un grupo de campesinos junto al mostrador armando jaleo a pesar de ser una hora tan temprana. La joven se aproximó con precaución y llamó la atención del tabernero. El hombre, que parecía muy interesado en la conversación que mantenían aquellos lugareños, se mostró molesto por la interrupción. A Hinata le extrañó recibir su primera mirada irritada y no comprendió qué era lo que había hecho para merecerla.

—¿Qué quieres, chico? —le preguntó, de malos modos.

Ella abrió los ojos, aturdida. ¡Cielo Santo! ¡Había olvidado su disfraz! No supo cómo sentirse ante el descubrimiento de que, solo por ser un muchacho mal vestido, su presencia molestase.

—¿Podría servirme una sopa caliente y un poco de vino? —balbució, apenas sin voz.

—¿Tienes con qué pagar?

El ceño de aquel tabernero no era muy hospitalario.

—Sí, señor.

—Más te vale.

Hinata sacó de su hatillo una pequeña bolsa de monedas y depositó sobre el mostrador lo que costaba la comida y un poco más.

—Necesito también un sitio donde descansar un poco.

—Bien. Arriba tienes habitaciones, puedes hospedarte en la primera que encontrarás al final de la escalera.

—Gracias.

El hombre le sirvió lo que había pedido en una de las mesas y volvió junto al grupo de aldeanos, que seguían hablando entre ellos bastante alterados.

No pudo evitar escucharlos mientras comía y, cuando distinguió el nombre de su hogar en la conversación, les prestó toda su atención con el corazón desbocado. Contuvo las ganas de levantarse y acudir a su lado, aunque en esos momentos era lo que más deseaba en el mundo.

—Os digo que ha sido una masacre.

—Pero, ¿qué querían? ¿Qué podían buscar en Byakugan? El laird no tiene riquezas ―preguntó un anciano al que Hinata reconoció. Su padre había hablado con él en alguna ocasión.

—Nadie lo sabe —contestó otro, el más orondo del grupo—. Tal como llegaron, se marcharon, dejando tras de sí muerte y horror. Es evidente que debe de tratarse de alguna venganza, porque como bien ha dicho Brod, el laird no posee nada tan valioso como para provocar un ataque de estas características.

—Dicen que Byakugan ha quedado desierto. Los supervivientes han huido y se han desperdigado, ocultándose en las granjas o aldeas vecinas. Tienen miedo a un nuevo ataque... Y yo también lo tengo. El laird Hyuga está lejos, junto con el ejército que tendría que protegernos. Sin un líder, con el jefe del clan en el frente, ¿cómo vamos a defendernos? —preguntó el tabernero en esta ocasión.

El corazón de Hinata se paró al escuchar aquel interrogante. Un terror primitivo estrujó su garganta hasta casi impedirle respirar. Aguzó el oído, pero el zumbido del pánico distorsionaba las voces de los hombres y tuvo que hacer un esfuerzo supremo para poder concentrarse. Respiró hondo. ¿Había dicho... sin un líder? ¿Dónde estaba Tokuma, qué había sido de él?

Nadie tuvo tiempo de contestar, porque en ese momento un par de muchachos entraron en tromba en el establecimiento, sin resuello, y se acercaron hasta el anciano Brod agitando un trozo de tela rasgada en sus manos.

—¡Abuelo! Cayden ha encontrado esto en el bosque, enganchado en una rama al lado del camino que conduce a Byakugan.

Todos los hombres que allí había se aproximaron para estudiar lo que traían. Hinata también se incorporó, intentando ver por encima de las cabezas que se inclinaban sobre el retazo de manto hallado por los chiquillos.

—Parecen los colores de los Namikaze —susurró Brod.

—¿Y por qué demonios querrían atacarnos los Namikaze? —volvió a intervenir el tabernero, incómodo ante tal posibilidad.

No era para menos. El clan Namikaze era uno de los más temidos en todo el valle y los demás clanes les tenían mucho respeto. Su laird, Duncan Namikaze, era famoso por la férrea disciplina a la que sometía a todos sus soldados y por su carácter duro y autoritario. Sin embargo, Hinata sabía que su padre y él, a pesar de haber tenido sus diferencias en el pasado, habían pactado una especie de tregua que terminó con las disputas entre ambos clanes tiempo atrás. ¿Por qué, entonces, ese ataque?

Los interrogantes se agolpaban en su cabeza, aturdiéndola, entumeciendo sus sentidos. ¿Le había ocurrido algo malo a Tokuma? Y, en ese caso, ¿qué iba a hacer ella?

Como una luz reveladora, un pensamiento iluminó su mente. ¡La carta! La había olvidado por completo. La carta que había alertado a su hermano, la carta en la que podría hallar muchas de las respuestas que buscaba.

Se terminó el vino y la sopa a toda prisa y se retiró a la habitación que el tabernero le había indicado, apretando el hatillo contra su pecho. Una vez a solas, atrancó la puerta con la única silla que encontró en la alcoba y se sentó luego en el jergón, junto a la ventana, para poder leer con la luz de la mañana. Mientras rebuscaba entre sus cosas, notó que las manos le temblaban. Dio con el pergamino enrollado al fondo, metido entre los pliegues de la ropa que Natsu le había puesto de recambio. Cuando lo abrió, vio que se trata de una nota breve y directa, una advertencia.

«"La joven Hinata Hyuga corre grave peligro. Él la busca, va por ella, y ahora que el laird Hyuga no está, piensa que es el mejor momento para golpearlo donde más le duele: su hija. Lo odia, lo ha odiado toda su vida y no parará hasta que vea cumplida su venganza. No os fiéis de nadie. De nadie. Solo puedo advertiros, no os puedo decir mi nombre puesto que si llegara a enterarse de que os he avisado, me mataría. Pero, creedme, no se detendrá ante nada."»

No estaba firmado, aunque a Hinata le dio la sensación de que la letra era de mujer. Así que por eso Tokuma se alteró tanto al recibir ese mensaje: iban a por ella. Fuera quien fuera, pretendía hacerle daño a ella para castigar a su padre. ¿Quién podía odiarlo tanto? ¿Qué había hecho su padre de malo para ganarse así la animadversión de ese enemigo cuyo nombre desconocían? Hinata detestó con toda su alma al responsable de aquel ataque, por cobarde, por esperar a que su padre y el ejército Hyuga estuviesen lejos de Byakugan para llevar a cabo su ansiada venganza.

Eso era lo que tanto había perturbado a Tokuma, y por eso temía no estar a la altura y no poder protegerla. ¡Claro! Todos sus esfuerzos, todas las instrucciones que le había dado a Natsu estaban destinadas a ponerla a salvo de aquel demente rencoroso. Por eso el disfraz, por eso su nodriza había insistido en que no revelara a nadie su identidad, a menos que su padre o sus hermanos acudieran en su búsqueda. El enemigo, que sin duda alguna era escocés, puesto que si tenía viejas rencillas con su padre era porque lo conocía de antes, podía ser cualquiera. Y podía tener ojos u oídos tras cada piedra del camino...

Hinata se estremeció de terror al pensarlo y volvió a guardar aquel pergamino con sumo cuidado. Tenía que conservarlo para mostrárselo a su padre cuando regresara. ¿Y qué haría ella mientras tanto? Esperar. Esperar y rezar para que Tokuma se hubiera salvado y ya estuviera buscándola.

Se tumbó en el jergón, agotada por el cúmulo de emociones y tensiones que soportaba. Los ojos se le cerraban de puro cansancio, a pesar de que el miedo le aconsejaba estar alerta, no dormir, marcharse de aquel lugar cuanto antes y esconderse de todo y de todos.

Alguien la quería muerta, pero los párpados pesaban demasiado. Y, justo antes de caer rendida al sueño, un nombre se coló en sus pensamientos, provocándole pesadillas. El nombre asociado a los colores de la tela que habían encontrado en el camino y que lo incriminaba.

Namikaze.

Sobrevivir lejos de su hogar no resultó tarea fácil. Hacía ya varios días que Hinata había dejado atrás su vida privilegiada como hija de un señor de las Highlands y aún no había encontrado un lugar seguro en el que quedarse. Los ecos de la cruel incursión perpetrada contra Byakugan todavía flotaban en el aire, corriendo de boca en boca, de aldea en aldea. El rumor de que habían sido los Namikaze se extendió como un reguero de pólvora ardiendo. No había más prueba de esa suposición que el jirón de tela encontrado por dos muchachos, pero era suficiente para inculpar a todo un clan.

También hablaban de Tokuma. Decían que había caído en la refriega, y eso era incapaz de aceptarlo. Tenía que tratarse de un error. No, no lo creería... Al menos, no hasta que alguien de confianza se lo demostrase.

Algo que, en esos días inciertos, estaba muy lejos de conseguir.

No se fiaba de nadie, no encontró ninguna cara amiga o siquiera conocida en las aldeas por las que pasaba. Mantuvo su disfraz, tal y como prometió, y no regresó a Byakugan aunque estuvo tentada en más de una ocasión. El culpable de aquel ataque bien podría estar esperando a que ella retornara a su hogar... No podía arriesgarse. Pensó en acudir a Landon Tower, junto a su tío Hagoromo. Él la protegería, él sabría qué hacer en aquellos momentos en los que se encontraba tan perdida. Mas luego se acordó de lo mucho que había sufrido en el frente, de su mutilación, que lo había dejado lisiado para siempre, y de que ya no era el guerrero que había sido.

Esconderse en su casa solo le pondría en peligro, porque seguramente el enemigo que acechaba en la sombra lo descubriría, y no quería que se lanzara contra Landon Tower como había hecho con Byakugan. Si quería proteger a sus seres queridos debía mantenerse alejada de ellos. Era mejor esperar, como le aconsejó Natsu, a que su hermano acudiera en su ayuda. Rezó para que, tanto él como su querida nodriza hubiesen sobrevivido y ya estuvieran buscándola...

Vagabundeó por todo el valle sin rumbo fijo, sobreviviendo como lo haría cualquier pilluelo de la calle. Las monedas con las que contaba se terminaron rápido, no había sabido administrarse. Hacía demasiado frío como para dormir en la calle y el alojamiento en las posadas que encontraba en el camino resultaba caro.

Así que, una vez sus recursos desaparecieron, tuvo que arriesgarse con prácticas deshonestas. Más de una vez se encontró en dificultades al ser descubierta cuando se apropiaba de alguna manzana o de algún mendrugo de pan que no le pertenecían. Por suerte, siempre había tenido piernas rápidas y, como la magnitud de sus delitos era irrisoria, al final los incautos a los que conseguía engañar se cansaban de perseguirla y la dejaban tranquila.

Debió imaginar que en algún momento se le acabaría la suerte. Y eso ocurrió diez días después de su huida de Byakugan. Metió la mano en la alforja equivocada y se encontró, antes de darse cuenta, atrapada entre los brazos de un hombretón que no estaba dispuesto a pasar por alto su fechoría.

—¡Mirad lo que tenemos aquí! —voceó a sus acompañantes.

Hinata había sorprendido a los viajeros mientras estos hacían un alto en su camino. Yacían tumbados alrededor de un más que agradable fuego y la joven pensó que dormitaban para reponer fuerzas; pero, a juzgar por lo rápido que se había movido el hombre, no era así.

—¡Bruto! Suelta al muchacho, ¡le estás haciendo daño! —le espetó una de las mujeres que estaba con él, incorporándose de sus mantas.

—Ha intentado robarnos —se defendió él, sin soltarla.

El tercer y último miembro del grupo, una jovencita de largas trenzas pelirosas, acudió a su lado y comprobó lo que Hinata había sacado de su alforja.

—Padre, es un trozo de pan.

—¡Kizashi St. Haruno, suelta ahora mismo a ese pobre chiquillo! ¿No ves que está hambriento?

—Pero Mebuki...

—Ni pero ni nada.

La mujer, de estatura mediana y complexión fuerte, le miraba con los brazos en jarras y una feroz expresión en la cara. A su marido no le quedó otra que obedecer.

En cuanto se vio libre, Hinata intentó echar a correr para escapar, pero Mebuki la detuvo agarrándola por la capa con determinación.

—¿Y tú adónde crees que vas? ¿Te parece bonito ir robando por ahí a salto de mata? No son maneras, muchacho. Siempre habrá gente que comparta un poco de comida contigo.

La risotada del hombretón sorprendió a Hinata, que se giró para mirarlo. Era todo un oso, con la cara cubierta por una barba de color rosado grisáceo, el cabello con la forma de una flor de cerezo y los ojos azul claro. —¿A que ahora preferirías uno de mis abrazos antes que su sermón?

—De sermón nada, solo le refiero lo feo que es robar. Y no digamos peligroso. ¿Cómo te llamas, chico?

—Mi nombre es Hin... —Cerró la boca de pronto, al recordar que debía mantener su disfraz.

—Hin es un nombre muy bonito —susurró la muchacha de las trenzas, mirándola de una forma rara.

Hinata se pasó las manos por el pelo corto, incómoda, y dio un paso atrás.

—Siento haber intentado robarles —murmuró, falseando su voz para que descendiera algún tono—. Pero la verdad es que no he encontrado a nadie tan generoso como para atreverme a pedir algo de comida.

—¿No tienes familia? —le preguntó Mebuki a bocajarro.

Ella se encogió sobre sí misma y notó que el corazón emitía un doloroso latido.

—Tenía familia —contestó a la mujer, que la miraba esperando su respuesta—, pero la perdí.

No hacía falta añadir nada más, su tono ya lo dijo todo. Mebuki había escuchado muchas veces ese mismo timbre funesto en boca de amigos y conocidos que, como ese muchacho, habían perdido a sus seres más queridos. Ella misma había padecido el infortunio de perder a un hijo, apenas un bebé, muchos años atrás, y su corazón aún se encogía de pena y dolor cuando lo recordaba.

Trataba de ser fuerte por su familia y por regla general mantenía aquel pasado bien atrapado entre capas y capas de pragmatismo y realidad. Pero, cuando se topaba cara a cara con uno de los muchos huérfanos que abundaban en esos tiempos difíciles, no podía evitar evocar el rostro de aquel bebé sonrosado, pensar en cómo sería si hubiera sobrevivido y lamentarse por ver que el muchacho que tenía delante se había quedado sin familia mientras que ellos eran una familia que se había quedado sin un hijo.

—Ven, anda, siéntate con nosotros y caliéntate cerca del fuego —le ofreció, agarrándola por un brazo para que no se le ocurriera volver a huir. Estaba en la naturaleza de Mebuki abrir su corazón a seres que parecían tan desvalidos y, sin darse cuenta, ya estaba ideando un plan en su cabeza para intentar ayudarlo—. Te presentaré a mi familia. Ese grandullón de ahí, tan bruto, es mi marido Kizashi. Y esta es mi pequeña Sakura...

La joven se sonrojó y bajó los ojos al suelo, avergonzada.

—¡Madre! Ya tengo dieciocho años, no soy una niña —protestó.

Hinata la comprendía a la perfección. En su casa siempre la habían tratado como a una criatura especial por ser la pequeña de la familia y por ser mujer. En ocasiones, hubiera preferido ser un chico de verdad para poder comportarse como sus hermanos y que no estuvieran tan pendientes de ella...

Ahora todo aquello carecía de importancia, porque estaba sola.

Mebuki sacó del morral que descansaba en el suelo varias piezas de fruta, un poco de queso y más pan. Le ofreció su comida a Hinata con una sonrisa y a ella le rugieron las tripas de hambre ante la sola visión de aquellas frambuesas silvestres. No tuvo más remedio que sentarse a su lado y aceptar su hospitalidad.

—¿Y hacia dónde te diriges? —le preguntó Kizashi, acomodándose frente a ella.

La joven se encogió de hombros al tiempo que mordía un trozo de queso.

—¿De dónde eres? —inquirió entonces la mujer, intrigada.

—Vengo de Glen Moon.

El gesto de sus improvisados acompañantes cambió en un segundo. Una mezcla de alarma y curiosidad cruzó por los ojos que la observaban sin pestañear.

—¿Estuviste allí cuando atacaron el castillo? —preguntó Kizashi.

La joven negó con la cabeza con demasiado ímpetu.

—Se oyen cosas horrorosas de aquella incursión —le explicó Mebuki. Hasta el momento, Hinata solo había escuchado rumores. Tal vez ellos supieran más, pensó, y por fin podría enterarse de lo ocurrido aquel día. Sin embargo, no estaba segura de ser capaz de soportar lo que iban a contarle—. Dicen que Byakugan fue atacado por el clan Namikaze y que consiguieron acabar con uno de los hijos del laird Hiashi Hyuga.

El corazón de Hinata se paró durante unos segundos. A duras penas pudo tragar el trozo de pan que se le había quedado atascado en la garganta y tuvo que parpadear repetidas veces para contener las lágrimas. ¿Entonces era cierto? Lo que se había negado a creer, lo que se había obcecado en bloquear en su corazón, ¿era verdad? ¿Su Tokuma estaba muerto? Afortunadamente, el matrimonio estaba concentrado en contar la historia y ninguno se percató de su aflicción... o eso pensó ella.

—Se rumorea que el mismísimo laird Namikaze iba a la cabeza del grupo que asaltó el castillo —comentó Kizashi.

Su mujer se giró hacia él como un rayo, con la furia latiendo en sus ojos.

—¡Bah! ¿No creerás esas barbaridades del hombre que nos ha prometido un futuro? Imposible, no puedo aceptarlo.

—Pues hay más de uno que lo va diciendo por ahí... Y de todos es conocida la fama del laird de los Namikaze por su ferocidad en la batalla.

—¿Duncan? ¿Duncan Namikaze? —preguntó Hinata, con un hilo de voz y los ojos nublados.

No lo conocía en persona, pero había oído hablar muchas veces a su padre de su brutalidad.

—No, Duncan no —le explicó Kizashi—. El laird Duncan cayó en la batalla de la isla de Man contra los ingleses, ¿no lo sabías? Su hijo Naruto le ha sucedido en el cargo, ahora él es el jefe de los Namikaze. Lleva poco tiempo ocupando el puesto, pero, por lo que parece, quiere ponerse al día con todas las rencillas que su padre mantenía con los otros clanes...

—¿Qué sentido tiene? —insistió Mebuki—. Estamos en guerra contra los ingleses, por el amor de Dios. ¿Por qué querría, precisamente ahora, atacar a sus vecinos?

—Mujer, hay algunos odios que no se olvidan así como así, y menos en estas tierras, ya lo sabes. Cuando el río suena... Si dicen que le vieron al frente de sus tropas, atacando Byakugan, por algo será.

—Los chismosos de tres al cuarto me traen sin cuidado —exclamó Mebuki, indignada —. Un joven tan apuesto, con esa gallardía innata y esa generosidad que ha demostrado con nuestra familia... ¡No puede haber cometido todas esas fechorías que le imputan!

Kizashi miró a su mujer arqueando una de sus cejas.

—¿Qué tiene que ver su apuesta apariencia con el hecho de que sea o no sea un salvaje en las refriegas contra sus enemigos?

—Pues sí, tiene que ver y mucho. Yo sé ver más allá del aspecto físico de las personas, y cuando hablo de que alguien es apuesto me refiero a mucho más que una cara bonita. Naruto Namikaze tiene algo... no sabría decirte qué, pero confío en él. Y no puede haber cometido la barbaridad de que lo acusan.

—Confías en él porque nos ha ofrecido un techo bajo el que vivir y un trabajo para que podamos ganarnos el sustento —le recriminó su marido.

Hinata sentía una opresión dolorosa en el pecho, pero necesitaba preguntar. Lo que decía la carta que había llegado a manos de Tokuma cuadraba con que el causante de sus desdichas fuera el joven Namikaze, que había decidido retomar viejos odios. Ignoraba que el antiguo laird, Duncan Namikaze, hubiera odiado tanto a su padre. Pero entraba dentro de lo posible. Y, por desgracia, en las Highlands, el odio era uno de los legados que los padres dejaban a sus hijos al morir.

—¿De qué acusan al laird de los Namikaze, exactamente?

Su voz fue apenas un hilo quebradizo, pero llamó la atención de sus interlocutores. La joven Sakura fue la que contestó, con el tono impreso del horror que le producían los rumores acerca del ataque.

—Dicen que el laird quemó un ala entera del castillo, y que ordenó que mataran a los prisioneros que habían capturado delante de sus familias y del propio hijo del laird Hyuga. Al parecer, él era el encargado de la seguridad de su gente y fue como un castigo añadido: ver morir a sus hombres uno a uno, sin piedad, a manos de sus enemigos. Yo no sé si es cierto, pero si lo es, fue una auténtica crueldad.

—¿Y luego terminaron matándolo a él también? —Hinata no reconocía su propia voz, impregnada de la agonía que le inundaba el alma.

—Eso dicen —musitó Mebuki, sin perderse detalle de las distintas emociones que pasaban por el rostro de lo que ella pensaba era un muchacho—. Pero yo no lo creo.

Al final, una lágrima se escapó de los ojos de Hinata y todos pudieron verla a pesar de que la limpió con rapidez con la manga de su camisa.

—Lo siento —se disculpó—, tenía amigos entre los Hyuga.

Mebuki estudió aquel rostro imberbe y sucio con interés. Aquel jovencito era mucho más de lo que aparentaba, estaba segura. Y, de algún modo, el aura especial que lo envolvía ganó de manera definitiva su corazón. Si se había escapado de aquel ataque, si había visto morir a alguno de sus amigos, no era de extrañar que se mostrara tan turbado. Sin darse cuenta, el instinto maternal que era ya desmesurado en ella se acrecentó.

Ella había perdido a un hijo y Hin lo había perdido todo. Aquel muchacho seguramente había vivido un infierno, aunque ahora disimulase, y solo por eso pensaba ayudarlo. Cobijaría a ese polluelo bajo su ala, decidió, y no permitiría que vagase más en solitario, sin protección y sin familia.

Miró a su esposo Kizashi y no se sorprendió al ver que él la estaba observando a su vez. El hombre, al que amaba con todo su corazón, parecía leerle la mente. Ella lo interrogó con la mirada y no hizo falta más. Llevaban demasiado tiempo juntos y eran capaces de hablarse con los ojos. Kizashi asintió con un suspiro y Mebuki esbozó una sonrisa de satisfacción antes de volverse de nuevo hacia el muchacho.

—Escucha, Hin, nosotros vamos a Innis Rasengan, a trabajar en el castillo del laird Namikaze. A eso me refería antes al afirmar que ese hombre no puede ser tan malvado. Lo conocimos hace mucho tiempo, cuando era apenas un muchacho y lo cobijamos una noche de tormenta en nuestra humilde cabaña. Él no lo ha olvidado, y ahora que somos nosotros los que necesitamos su ayuda, nos la presta sin ningún reparo. Mi marido le escribió unas letras rogándole por un trabajo y él nos aceptó, conminándonos a que nos trasladáramos a su castillo para vivir bajo su protección. —Pensó dos segundos lo que iba a decir a continuación y añadió—: Tal vez sería buena idea que vinieras con nosotros, allí encontrarías un hogar.

Hinata la miró como si la creyera completamente loca. ¿Pensaba acaso que ella le pediría un trabajo al laird de los Namikaze? ¿Al bastardo que según todos los rumores había saqueado su hogar, asesinado a sus amigos y torturado hasta la muerte a su hermano Tokuma?

Abrió la boca para contestar con gesto airado, pero la mujer la detuvo levantando una mano.

—Espera, antes de que digas nada, piénsalo, ¿quieres?

—Madre, no insistas —intervino Sakura—. Si es cierto que tenía amigos entre los Hyuga, lo último que querrá es estar al lado de su asesino.

Aquella frase encendió una llama muy peligrosa en el corazón de Hinata.

Al lado de su asesino.

Sí, era una buena forma de acercarse a ese hijo de satanás y poder vengar a su familia. Nunca antes había sentido esa oscuridad en el alma, pero allí, parada en mitad de un camino que la llevaba a ninguna parte, Hinata Hyuga decidió que su única salida era la venganza. ¿Qué iba a hacer con su vida? ¿Vagar por el mundo sin rumbo, sobrevivir a costa de la buena voluntad de la gente o de sus propias fechorías hasta que alguien la rescatase? Tampoco era probable que eso ocurriera pronto, se dijo, máxime cuando Tokuma ya no estaba...

Tragó el nudo que tenía en la garganta.

Los St. Haruno le ofrecían un futuro cierto, algo a lo que agarrarse para dar sentido a una vida que en esos momentos parecía que no valía nada. Podría conocer a su enemigo, podría descubrir sus puntos débiles e iría guardando esa información para cuando pudiera reunirse de nuevo con su padre y su hermano Neji. Entonces ellos podrían acabar con la vida del verdugo de Tokuma...

... si es que antes no lo había hecho ella.

Sus ojos grises se iluminaron con un brillo decidido y oscuro cuando se elevaron hasta el rostro de Mebuki, que aguardaba su respuesta.

—De acuerdo, iré con vosotros.

Continuará...