Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


4. Laird Namikaze


El pequeño grupo llegó a Innis Rasengan cuando el sol ya se ocultaba por el horizonte. La bruma que subía de las aguas del lago Awe adquiría un blanco fantasmal con la escasa luz del atardecer y la silueta del castillo se elevaba fantástica ante sus ojos, orgullosa en medio de aquella isla a la que se dirigían.

Hinata no pudo dejar de admirar la belleza y el encanto de aquel lugar mágico en ese paraje único. En cierto modo le recordaba a su hogar, cerca del lago Tay, aunque aquella construcción que podía apreciar al otro lado, erigida en medio de las aguas, se le antojaba oscura en su magnificencia. Byakugan era distinto, más luminoso, más lleno de vida. Por desgracia, su antiguo hogar ya no existía; al menos, no como ella recordaba.

Innis Rasengan se emplazaba en mitad del lago, sobre una isla de tierra oscura, convirtiéndose así en una fortaleza muy bien protegida de las incursiones enemigas. Cualquiera que intentase llegar hasta ella tendría que atravesar el Awe y quedar expuesto a los ojos de los vigías. En la orilla del lago donde se encontraban ellos en esos momentos, una pequeña aldea se levantaba discreta y humilde bajo la sombra protectora del castillo.

—¿Vamos a vivir aquí? —preguntó Sakura, nerviosa ante las miradas de los lugareños, que los estudiaban sin disimulo.

—No lo creo —contestó su padre—. Si entramos a formar parte del servicio del laird, lo más probable es que nos acomoden en el castillo.

—¿Y cómo llegaremos hasta allí? —volvió a preguntar la joven, preocupada.

Hinata sintió que compartía la misma desazón. De algún modo, la niebla que se elevaba del Awe se había colado en su ánimo, empañando la poca confianza que ya tenía en la decisión que había tomado días atrás. Tal vez, después de todo, meterse como una culebra en la morada de su enemigo no fuera tan buena idea.

—Hay que cruzar al otro lado, por supuesto —explicó Kizashi—. Mirad, ahí tenemos un pequeño embarcadero.

El grupo se dirigió hacia la zona donde un hombre custodiaba el amarradero del lago. No había ninguna barca a la vista, pero era indudable que aquel era el punto de unión entre el castillo y la aldea que llevaba su mismo nombre.

Kizashi se adelantó y se presentó ante el que, con toda probabilidad, era un soldado Namikaze. Le mostró la carta que su laird le había hecho llegar tiempo atrás y que era el pase que necesitaban para alcanzar su destino. El hombre, de estatura mediana y mirada torva, examinó con ojos críticos el documento. Hinata hubiera jurado que el guerrero no sabía leer y que disimulaba de mala manera para que no lo tacharan de ignorante.

—Sí, ya me avisaron de vuestra llegada —anunció por fin, devolviéndole la carta a Kizashi.

Agarró un largo palo de madera que tenía una tela verde atada a modo de bandera en el extremo, y lo agitó varias veces de cara al castillo. Hinata miró en la misma dirección y detectó un movimiento similar en la otra orilla, a los pies de la fortaleza.

—Enseguida vendrán a buscaros —les explicó, antes de perder el poco interés que su llegada le había despertado.

Mebuki se sentó sobre una de las rocas de la orilla a esperar, y el resto de sus acompañantes la imitaron. Por el tono que había usado el soldado, enseguida era un término dudoso y no sabían cuánto tiempo pasaría hasta que les atendieran.

Hinata miró una vez más hacia Innis Rasengan, la fortaleza cuya figura se oscurecía a medida que el sol se escondía en el horizonte. Las dudas volvieron a martillear en su ánimo... Aún estaba a tiempo, se dijo. Aún podía huir bien lejos de aquel lugar que presentía peligroso y hostil. ¿Realmente iba a enfrentarse al hombre que, según los rumores, había asesinado a su hermano? ¿Iba a poder soportarlo? No pudo elucubrar mucho más porque, contra todo pronóstico, la barcaza que enviaron desde el castillo para buscarlos apareció antes de lo que pensaban.

—¡Ah, ahí llega! —exclamó Mebuki. Se levantó de un salto del suelo y, como si sospechara lo que pasaba por su mente, se acercó a Hinata para darle las últimas instrucciones—. Recuerda, eres mi hijo. A pesar de lo que sientas, ten presente que ahora nuestra vida depende del laird Namikaze, así que deja aquí, en este lado del río, los malos recuerdos y las penas del pasado. En este lugar podemos tener una vida tranquila, tanto Kizashi como yo estamos felices de que ahora formes parte de nuestra familia y te prometo que conseguiremos que vuelvas a sonreír. ¿Confías en mí?

Hinata estudió la mirada decidida de la mujer, debatiéndose entre la gratitud que la embargaba al saberse una más entre los St. Haruno y la sed de venganza que poco a poco emponzoñaba su alma. No sabía por qué Mebuki había asumido el papel de madre ni qué había hecho ella para ser merecedora de ese cariño que le prodigaban con generosidad, pero lo cierto era que en los pocos días que llevaba con ellos se había sentido arropada con el calor de una verdadera familia. Y también había recobrado parte de su serenidad. Sabía que les debía eso a las tres personas que ahora la miraban esperando su respuesta y decidió que no quería defraudarlos. Al menos, no todavía. No antes de haber estudiado a conciencia al que suponía su mayor enemigo.

—Claro que sí, Mebuki. Confío en todos vosotros —le dijo, intentando sonreír.

No lo logró. Ella tenía razón, los músculos de su cara ya no la obedecían, era incapaz de conseguir que las comisuras de sus labios se elevaran en un gesto tan sencillo, otrora tan habitual y espontáneo en ella.

La mujer asintió satisfecha y la abrazó antes de recoger sus cosas y volverse hacia la gran barcaza que ya atracaba en el embarcadero.

—Vamos, muchacho. —Kizashi le dio una palmada en la espalda para que se pusiera en marcha y Hinata caminó por los tablones del pequeño malecón, detrás de los que ahora eran su familia.

—¿Sois los St. Haruno? —preguntó el barquero, alzando los remos con los que avanzaba por las aguas.

—Sí, somos nosotros —contestó Kizashi, poniéndose a la cabeza del grupo.

—Mi nombre es Bors. Subid, el laird lleva un par de días esperando vuestra llegada.

Todos obedecieron al hombre que lucía el manto de los Namikaze, aunque Hinata se quedó unos segundos dubitativa, perdida en los colores negro y naranja de aquella tela. La misma tela que habían encontrado cerca de Byakugan. La misma tela que los inculpaba.

—Venga, Hin, sube —le pidió Mebuki, tendiéndole una mano para que la siguiera.

Si lo hacía, si subía a esa barcaza, estaría asumiendo mucho más que una nueva vida. Cogió aire, miró de nuevo al castillo y tomó su decisión. Tal vez no fuera la más acertada, pero asumiría las consecuencias y llegaría hasta el final. Asió la mano de su nueva madre y embarcó con la imagen de su hermano Tokuma más viva que nunca en su recuerdo.

Una vez todos estuvieron a bordo, Bors inició el regreso al castillo. El bote avanzaba a buen ritmo gracias a que Kizashi se había apoderado de otro juego de remos y ayudaba con sus fuertes brazos al barquero. Hinata no podía apartar la mirada de las altas murallas de piedra gris que circundaban aquel islote, en cuyo interior moraba el hombre que parecía haber dado un vuelco a su existencia.

Por unos minutos, su mente se dedicó a vagar por aquellos lejanos días de su niñez, cuando sus hermanos mayores, parecidos el uno al otro, eran el centro de su pequeño universo. Tokuma y Neji eran sus héroes, el espejo en el que ella quería reflejarse, aunque nunca se lo consintieran. Recordó el hoyuelo que aparecía en el rostro de Tokuma cuando le dedicaba su sonrisa más pícara, que solía ser el preludio de alguna de sus travesuras; o el flequillo rebelde de Neji, que ella se empeñaba en peinar con su mano diminuta pero que nunca conseguía mantener en su sitio.

Un hondo suspiro se escapó de su pecho al darse cuenta de que jamás volvería a ver a sus hermanos juntos. Ni siquiera estaba segura de que algún día pudiera volver a encontrarse con Neji... ¿Qué habría sido de él y de su padre? ¿Se habrían enterado ya de la suerte corrida por Tokuma? Por fortuna, Hinata había podido dar rienda suelta a su pena en los días que habían tardado en llegar a Innis Rasengan y había llorado a su hermano hasta quedarse sin lágrimas.

Siempre durante las noches, al abrigo de su manta, tumbada bajo las estrellas. Cuando suponía que los St. Haruno ya estaban dormidos y el único testigo de su aflicción era el aire nocturno que no podía reprocharle su llanto. De no haber sido así, el mero hecho de pensar en Tokuma la habría delatado ante sus enemigos porque su cara se habría congestionado de pena y dolor.

—¿Te encuentras bien, muchacho?

Hinata tardó unos segundos en darse cuenta de que el tal Bors se dirigía a ella. Aún no estaba acostumbrada a que la trataran como a un chico. Miró al hombre de pelo largo y oscuro que remaba sin descanso y que la observaba a su vez con el ceño fruncido.

—Navegar siempre me marea —se excusó, falseando su voz como ya se estaba acostumbrando a hacer cada vez que hablaba.

—¿A esto lo llamas navegar? —bufó el hombre, desdeñando su comentario—. Solo estamos cruzando un río, ¿acaso eres tan pusilánime, muchacho?

Kizashi apretó los labios, ofendido por las palabras del barquero. Se suponía que Hin era ahora su hijo y no podía tolerar que se burlara de él.

—No es ningún pusilánime, te lo aseguro —le defendió.

—Es débil —insistió el hombre—. Mira su cara, está descompuesto. Cualquiera pensaría que de un momento a otro va a vomitar por la borda. Os advierto que el laird no consiente que ninguno de sus hombres sea un medroso insignificante.

—Hin no es uno de los hombres del laird Namikaze —saltó Mebuki en defensa del muchacho—. Es mi hijo, y estamos aquí para trabajar a su servicio, no para engrosar sus filas de guerreros.

Bors soltó una áspera carcajada en el mismo momento en que la barcaza arañaba el fondo pedregoso de la orilla a la que se dirigían y se detenía a escasos metros de su destino.

—Una vez traspaséis estas murallas, todos vosotros formaréis parte de nuestro clan. Y todos los hombres, desde el más aguerrido de los soldados hasta el último de los camareros que sirven a los Namikaze, deben dar la imagen que nuestro laird exige a los suyos: la de fortaleza. Si el muchacho no espabila, tened bien presente que Naruto Namikaze se encargará personalmente de adiestrarlo para que se ponga a la altura de los demás.

Hinata tragó saliva ante la mirada despectiva que el barquero volvió a dedicarle. No lo consideraba un hombre de verdad..., pero claro, es que no lo era. ¿En serio eran tan brutos esos Namikaze que no podían aceptar que alguien fuese diferente? Si solo iba a ejercer de sirviente en aquella casa, ¿por qué tenía que aparentar una masculinidad que jamás iba a poder exhibir? Sus ojos se elevaron de nuevo a las altas murallas y miró aquella fortaleza desde una nueva perspectiva.

No sería un hogar... sería una prisión. Una prisión de piedra oscura yfría en la que estaría recluida hasta que pudiera llevar a cabo su venganza.

{...}

Fortaleza del clan Namikaze,
Innis Rasengan

Naruto Namikaze estaba furioso. Masticaba con fuerza la carne del asado que habían servido esa noche para la cena mientras se recriminaba una y otra vez sus acciones. Era consciente de que tenía que haberse tomado las cosas con más calma. Sin embargo, la mirada angustiada de Suiren cuando acudió a él se le había clavado en el corazón y no había dudado ni un segundo en desterrar al que hasta esa misma tarde había sido su mejor amigo, su lugarteniente, su mano derecha.

La criada había acusado a Sasuke de violación delante de todo el clan. Eso significaba que a él, como laird, le tocaba impartir justicia. En cualquier otro clan, seguramente, la violación de una simple criada no hubiera trascendido y con una breve reprimenda al culpable se hubiera dado por zanjado el asunto.

Sin embargo, en Innis Rasengan no.

A lo largo de los años, en el clan se había forjado una cultura propia de protección y salvaguarda de todos sus miembros, ya fueran de sangre noble o meros criados, como era el caso. Suiren había acudido a su laird para que impartiera el castigo correspondiente al violador, pero él, superado por la responsabilidad, no había tenido los arrestos necesarios. ¡Santo Cielo! ¡Sasuke había sido su compañero de juegos desde la más tierna infancia! Tendría que haberlo capado, eso era lo que hubiera hecho un buen líder. Pero pudieron más sus emociones que la obligación que tenía para con Suiren.

La muchacha, demasiado joven, había llegado corriendo y se había postrado a sus pies, con la cara magullada y el vestido hecho jirones. Entre lágrimas, había descrito la barbaridad que su amigo de la niñez había cometido. Nadie había puesto en duda sus palabras, porque nadie podría creer jamás que aquel llanto era fingido. Había demasiada pena, demasiada humillación en sus mejillas y dolor en sus hermosos ojos marrones.

Sasuke había comparecido ante él con la cabeza erguida, sin mostrar ni un ápice de arrepentimiento. Algunas de las mujeres de la sala le habían increpado con crueldad: ninguna violación podía quedar impune, esa era su ley. Y Sasuke tendría que haber sido lo suficientemente hombre como para contener sus instintos más bajos. A fin de cuentas, había en el castillo hembras más que dispuestas a satisfacer sus deseos.

¿Por qué? ¿Por qué había elegido una presa tan frágil como Suiren, qué sentido tenía?

Naruto bebió un largo trago de su jarra de cerveza y rememoró una vez más la mirada suplicante de la joven sirvienta. Quería que acabara con la vida del hombre que la había mancillado. Quería justicia extrema... Algo que él no podía concederle por ser Sasuke quien era. Y se sentía mal porque, de haberse tratado de cualquier otro hombre, no hubiera dudado en aplicar el mayor de los castigos.

—¿Tienes algo que decir en tu defensa? —le había preguntado, sabiendo que era en vano, que él jamás confesaría haber hecho algo así. El porte soberbio de su mentón y la dureza de su mirada, así se lo indicaban.

—Tú ya me has juzgado y sentenciado —se limitó a decir Sasuke.

Aquellas palabras se le clavaron en el pecho como garras afiladas, haciéndole dudar. Un carraspeo incómodo, salido de la garganta de uno de sus más ancianos y sabios consejeros, le alertó de que aquel comportamiento no era propio de un laird. Y menos, de un laird que llevaba tan poco tiempo en el cargo. Era en esos primeros momentos cuando debía mostrar toda su autoridad, sin ceder ni una pulgada.

Eran las peores horas desde que había sucedido a su difunto padre; debía ser contundente, aplicar la ley sin importar quien fuera el culpable. Solo así se ganaría el respeto de su gente y la fidelidad de todos sus hombres. Si mostraba debilidad, si intercedía por Sasuke solo porque hasta ese momento había sido uno de sus mejores amigos, perdería mucho más que la confianza de una doncella ultrajada.

Y, a pesar de todo, no pudo ordenar un castigo acorde con su crimen.

—Abandonarás de inmediato Innis Rasengan —sentenció—. A partir de ahora ya no eres un Namikaze, no serás recibido ni socorrido por ninguna de las familias a mi cargo, y cualquiera que ose ayudarte una vez salgas fuera de estos muros será castigado con el rigor que merece. No podrás volver jamás. Si alguno de mis guerreros te ve siquiera rondar las orillas del Awe, tendrá mi aprobación para acabar con tu vida sin vacilar.

Las palabras salieron de su boca, pero no parecía su voz. Los ojos negros de Sasuke no se habían apartado de los suyos en lo que duró la parrafada, le sostuvo la mirada hasta el final. Y cuando su laird terminó de hablar, el hombre hizo una pequeña reverencia con la cabeza y se dio la vuelta para abandonar el salón, sin reparar siquiera en su víctima, que seguía arrodillada cerca de los pies del jefe del clan, hipando su desconsuelo.

Naruto suspiró por ese recuerdo y apartó su plato con disgusto.

—No te atormentes, has hecho lo correcto —le dijo Mitokado, uno de los ancianos consejeros, al ver su gesto.

—Exacto —corroboró Danzo, el hombre que le había carraspeado cuando mostró un mínimo de debilidad—. Incluso diría que te has quedado corto, pero en fin...

—El clan sabrá comprender —insistió Mitokado—. Después de todo, Sasuke era tu lugarteniente.

—¡Por eso mismo tendría que haber sido mucho más duro! —exclamó Danzo, dando una palmada enfurecida sobre la mesa.

Naruto contempló al hombre. Siempre se dirigía a él con altivez, con sus ojos oscuros plagados de algo muy parecido al desdén. Su rostro, curtido en mil batallas, pero a pesar de eso se podía apreciar en cada uno de sus gestos que aún no lo respetaba como jefe. Aún no se había ganado la aprobación de aquellos dos consejeros que tan fielmente habían servido a su padre en el pasado.

Mitokado en concreto, había sido la mano derecha de Duncan, el anterior laird, y no estaba dispuesto a abandonar ese cargo. Se había ofrecido a guiarlo en cada uno de los pasos que diera como jefe del clan Namikaze y Naruto se había sentido agradecido... al principio. Cada día que pasaba, el joven se daba cuenta de que él no era como su padre y quería tomar sus propias decisiones; pero tanto Mitokado como Danzo se lo ponían, en ocasiones, bastante difícil.

Tenía que empezar a imponer su voluntad desde ese mismo momento, o presentía que iba a ser un pelele en las manos de aquellos dos viejos hasta que pasaran a mejor vida. Sin embargo, antes de que pudiera responderles como clamaba toda su furia interior, uno de los sirvientes se acercó hasta la gran mesa portando un mensaje.

—Señor, los St. Haruno aguardan para ser recibidos.

Naruto bufó, contrariado. No habían podido elegir peor día para aparecer, no tenía ganas de ser cordial con nadie. Una de sus criadas había sido violada bajo su propio techo y él, que tenía la obligación de velar por su seguridad, no solo no la había podido proteger de su atacante, sino que además no había sabido impartir justicia. A eso había que sumarle que había perdido a uno de sus mejores amigos. Se sentía fracasado, traicionado y hundido. Su humor no podía ser más lóbrego.

—Hazles pasar —susurró, antes de darle otro gran trago a su cerveza.

—No me gusta esa decisión que has tomado, Naruto —le echó en cara Mitokado—. ¿Quién es esa gente, acaso los conoces lo suficiente como para aceptarlos en el castillo?

—A Sasuke lo conocía de toda la vida y ya ves lo que ha ocurrido —espetó el laird con contundencia—. Esa gente, como tú les llamas, fueron caritativos conmigo y me acogieron en su humilde hogar sin pedir nada a cambio. Compartieron conmigo su comida y su fuego, sin preguntarme quién era ni de dónde venía. Yo estaba perdido y ellos me ayudaron, es lo mínimo que puedo hacer para corresponderles.

El viejo apretó los labios, consciente de que nada de lo que dijera le haría cambiar de opinión. El nuevo laird no se dejaba influenciar tan fácilmente como su antecesor, y eso no le agradaba en absoluto. Danzo Shimura había gobernado aquel clan a través del anterior jefe y no estaba acostumbrado a que rechazaran sus consejos de manera tan tajante. Pero ya encontraría la manera de llevar al joven laird a su terreno... Todo volvería a ser como antes, se juró, mientras miraba cómo aquella panda de menesterosos entraba en el salón para recibir la hospitalidad de los Namikaze.

Naruto también los miraba. Y su sorpresa fue mayúscula al comprobar que la familia que avanzaba por el suelo alfombrado de esterillas de la sala era de cuatro miembros en lugar de los tres que había conocido años atrás. Además de su hija, que si mal no recordaba se llamaba Sakura, había otro muchacho con ellos.

Un joven de pelo oscuro corto y unos ojos enormes y grises que miraban espantados todo a su alrededor. Aquel chico le provocó una extraña sensación en la boca del estómago y se revolvió incómodo en su silla. Era como si uno de los duendes de las leyendas escocesas hubiera irrumpido en su casa, dotado de un halo de magia e inocencia que conseguía atraer su mirada muy a su pesar.

Sin embargo, cuando los recién llegados se detuvieron frente a la gran mesa y aquellos ojos grises se posaron sobre los suyos, los encontró rebosantes de veneno.

Y eso también le molestó.

¡Lo que faltaba para acrecentar su mal humor aquel día!

Hinata se detuvo junto al resto de su familia delante de la mesa donde cenaban el laird y los personajes más importantes del castillo. Se encogió cuando sintió las miradas que recayeron sobre ellos, evaluándolos, decidiendo si los recién llegados eran dignos de pertenecer o no a su clan. Sobre todo, le escocieron las miradas de los dos ancianos que la repasaron de arriba abajo sin ningún pudor.

Sin embargo, no les correspondía a ellos decidir su destino. El hombre que se sentaba en el lugar preferente de la gran mesa era el único que ostentaba ese poder. Hinata lo observó con curiosidad no exenta de miedo, conteniendo a duras penas las emociones que amenazaban con desbordarla.

Allí, cenando tranquilamente como si no fuera un asesino, se encontraba el hombre más imponente que jamás había visto.

Su envergadura daba fe de lo bien entrenados que tenía sus músculos, posiblemente a base de cercenar las cabezas de sus enemigos en el campo de batalla, pensó Hinata asqueada. Tenía un rostro atractivo, reconoció, con una fuerte mandíbula, una nariz recta y perfecta, símbolo inequívoco de que nunca se la habían partido, y una mirada acerada de ojos azules que paralizaría a cualquiera sin necesidad de usar la fuerza bruta. El pelo rubio alborotado, y lucía una camisa blanca abierta por la parte superior que enseñaba la piel morena de su cuello. Sí, era un hombre muy varonil y apuesto, tal y como Mebuki había descrito, que seguro atraía todas las miradas femeninas de la sala.

Pero ella solo veía a un monstruo.

Únicamente era capaz de apreciar el aura de oscuridad que lo envolvía, imaginándose sin esfuerzo cómo esgrimiría la espada con su poderoso brazo para acabar con la vida de cualquiera que se interpusiera en su camino.

—¿Por qué me estás mirando así? —A pesar de no haber elevado la voz, las palabras de Naruto Namikaze acallaron todos los murmullos del salón. El silencio flotó en la sala denso e intimidatorio—. Te hablo a ti —añadió, levantando la vista para fijarla directamente en los ojos grises de Hinata.

Mebuki y Kizashi se colocaron a su lado ante el tono del laird.

—Es nuestro hijo, señor —señaló la mujer, pasándole un brazo sobre los hombros —. Es joven y bastante impresionable. No ha sido su intención molestaros.

—No recuerdo que tuvierais ningún hijo. Me acuerdo de Sakura, pero no de él —dijo el laird, sin apartar los ojos de la figura del muchacho.

—Bueno... —intervino Kizashi—, en realidad lo hemos adoptado. Se quedó sin familia y Mebuki no consintió dejarlo a su suerte. Si no es mucho pedir, nos gustaría que lo tomarais a él también bajo la protección del clan.

Hinata empezaba a ponerse muy nerviosa bajo el escrutinio tan directo del líder de los Namikaze. Se pegó más a Mebuki, buscando su apoyo, deseando que aquella entrevista terminara cuanto antes. Su gesto no le pasó desapercibido al laird.

—Sois todos bienvenidos, Kizashi St. Haruno. Me gusta teneros aquí y saber que puedo devolver el favor que me hicisteis aquel día hace ya algunos años.

—Fue un honor para nosotros, laird.

—Mebuki y Sakura ayudarán en la cocina y en todas las tareas domésticas que mi ama de llaves, Jane, les requiera —explicó, yendo al grano—. Kizashi, tú entrenarás con mis guerreros y colaborarás en las tareas de reparación del ala este del castillo. El muchacho, mientras siga escondiéndose tras las faldas de su madre, limpiará las porquerizas y atenderá a los animales del corral.

Kizashi abrió la boca para protestar, pero el laird levantó una mano para silenciarlo.

—Yo decidiré cuándo está preparado para asumir responsabilidades más propias de hombres que de niños. Tendréis que conformaros con eso por el momento. Podéis retiraros, Jane os servirá algo de comida en las cocinas.

Hinata no podía llevarse peor impresión de aquel hombre. ¡Era un auténtico maleducado! Ella, en su hogar, jamás habría tratado de esa manera a unos recién llegados después de un largo viaje, por más que estos fueran a formar parte del servicio. Había obviado cualquier tipo de cortesía, no les había preguntado nada, no les habían presentado al resto de los presentes. Su ceño intimidatorio y el tono brusco de su voz invitaban a salir corriendo de aquel salón en lugar de hacerles sentir bienvenidos y queridos entre aquellos muros.

Hinata añoró con un dolor aplastante el arrope de su familia y de toda su gente. Echó de menos a Natsu, su querida Natsu, y se imaginó cómo la consolaría de haber estado aún a su lado.

—Chico, ¿estás sordo? —La voz del laird, ronca y desagradable, la sacó de sus ensoñaciones. El hombre la miraba como si su sola presencia fuera algo que no pudiera soportar—. He ordenado que os retiréis, ve con tu familia.

Hinata parpadeó y miró a los lados, dándose cuenta de que Mebuki, Kizashi y Sakura ya estaban casi en la puerta del salón, mientras que ella se había quedado embobada allí en medio, parada bajo la atenta y despiadada mirada del laird.

—Señor —susurró, haciendo un breve gesto con la cabeza antes de salir corriendo junto a los demás.

Naruto lo vio desaparecer y tardó unos minutos en apartar sus ojos de la puerta por donde había salido. ¿Qué demonios le había ocurrido? ¿Qué tenía aquel muchacho que lo había encendido de aquella manera? Verlo esconderse tras las faldas de Mebuki le había revuelto el estómago.

—Yo me ocuparé de hacer de ti todo un hombre —siseó para sí mismo, sin querer investigar más a fondo los sentimientos que le habían asaltado después de contemplar aquellos enormes ojos grises en esa cara de duende.

Después de una cena muy frugal en las cocinas, puesto que en palabras de Edith, la cocinera, habían llegado tarde y no pensaba preparar nada especial para ellos, los condujeron al que a partir de entonces sería su hogar. Salieron del edificio principal guiados por Jane, el ama de llaves, y tomaron el camino que conducía a las dependencias de los sirvientes.

Hinata se fijó en que era una zona cercana al muro exterior que circundaba la isla y protegía la fortaleza, donde habían construido una serie de chozas de piedra con techos de madera y paja destinadas a todos los que servían en el castillo. A los St. Haruno se les había adjudicado una de estas habitaciones, pero al entrar Hinata se percató de que solo había dos catres: uno grande para el matrimonio y otro más pequeño para Sakura.

—La preparamos para tres personas —se excusó Jane, acercándose al fuego para avivarlo—, así que por esta noche tendréis que apañaros.

—No pasa nada —dijo Hinata—, yo dormiré en el suelo. Ya estoy acostumbrado.

—Pero mañana podremos disponer de otro catre, ¿verdad? Nuestro muchacho no puede dormir tirado junto al fuego... —protestó Mebuki.

—Por supuesto, mañana daré orden de que solventen este inconveniente. Y, ahora, os dejo descansar, seguramente estaréis agotados del viaje. —La mujerona se encaminó hacia la puerta, pero en el último segundo se volvió—. Los sirvientes desayunamos todos con las primeras campanadas de la capilla, al alba, porque luego tenemos que atender a los señores del castillo. Por favor, sed puntuales.

—No te preocupes, Jane, estaremos preparados para atender todo aquello que se nos ordene —prometió Kizashi en nombre de toda su familia.

El ama de llaves hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y luego desapareció.

—Bueno, pues ya estamos aquí —exclamó Mebuki, sentándose sobre su catre con un sonoro suspiro de satisfacción.

—El laird no me ha parecido tan bondadoso como decíais, padre —opinó Sakura, mientras abría su hatillo y comenzaba a sacar sus escasas pertenencias de él.

—Naruto Namikaze tiene muchas cosas en la cabeza, aparte de la tarea de recibir a unos sirvientes —le defendió Mebuki—. Pero era un buen muchacho cuando lo conocimos y no ha podido cambiar tanto.

—Además, el simple hecho de aceptarnos habla por sí solo —la secundó Kizashi.

El matrimonio confiaba plenamente en su benefactor, estaba claro. Pero Hinata no lo veía así, y jamás podría hacerlo. Aunque el mismísimo laird se llegara a mostrar de repente amable y cordial con los St. Haruno, cosa que dudaba, para ella no era más que un simple asesino. Al menos, hasta que alguien le demostrara lo contrario.

—¿Qué te ha parecido a ti, Hin? —le preguntó Mebuki.

—La verdad, no suelo formarme opiniones tras un encuentro tan breve con una persona —mintió—. Pero sí me ha quedado claro lo que opina el laird de mí.

—No se lo tengas en cuenta, Hin —Kizashi se sentó al lado de su mujer sin dejar de mirar al muchacho—. Son guerreros y están acostumbrados a que todos sus soldados muestren una hombría intachable. Tú eres muy joven, aún tienes que ensanchar y que te crezca pelo en el pecho... Ya verás cómo dentro de poco estarás entrenando conmigo para convertirte en la admiración de todos los Namikaze, incluido el laird.

Hinata gimió para sus adentros. ¿Pelo en el pecho? Lo que le faltaba... Más le valía recopilar toda la información que pudiera en el menor tiempo posible y escapar de Innis Rasengan enseguida, antes de que alguien se percatase de su engaño y se diera cuenta de que en su pecho no había más que una venda que aplastaba sus pobres senos como parte de su disfraz.

Continuará...