Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


5. Preparar la Venganza


Campamento de las tropas escocesas,
Stirling

Neji Hyuga entró en la tienda de su padre con el semblante congestionado. Un emisario de Byakugan había llegado hasta su campamento, en Stirling, con las peores noticias posibles.

Un mes... un mes entero sin saber nada de sus gentes, de sus hermanos Tokuma y Hinata, y cuando por fin aparecía el esperado mensajero, descubría con horror que era portador de las nuevas más dolorosas.

—¿Qué ocurre? —preguntó Hiashi, acudiendo presto a su lado al ver el color ceniciento de su rostro.

—Byakugan... —musitó Neji, con la voz rota—. Byakugan ha sido atacado.

El aire pareció faltarle de los pulmones. El laird Hyuga tuvo que apoyarse en el hombro de su hijo para asimilar tan terrible revelación.

—¿Qué... quién... cómo...? —no acertaba a formular ninguna pregunta, los interrogantes se le agolpaban en el corazón.

—Hace más de una semana. Hemos perdido su gobierno.

El laird Hyuga elevó los ojos buscando los de su hijo y no hizo falta que pusiera en palabras el mayor de sus temores.

—Dicen... dicen que Tokuma cayó en la refriega, padre. —A Neji se le quebró la voz y las lágrimas asomaron, sin llegar a derramarse.

No tuvo tiempo de ahondar en su propio dolor, porque Hiashi Hyuga se tambaleó ante la noticia y las rodillas le fallaron. Neji tuvo que sujetarlo y acompañarlo hasta una de las butacas de cuero para que se sentara.

—No te apures por mí, hijo mío, cuéntamelo todo, aunque me veas flaquear.

Necesito saber qué ha ocurrido.

—Cuentan que vieron los colores de los Namikaze.

—¿Los Namikaze? Pero... hace mucho que nuestros clanes pactaron una tregua. No... no lo entiendo. ¿Seguro?

—Son rumores, padre. Sabemos que un ejército cercó nuestras murallas al amparo de la noche y que alguien, desde dentro, les abrió las puertas para que el asalto fuera más efectivo. Los nuestros lucharon con valor, comandados por Tokuma, pero eran inferiores en número y tuvieron que claudicar.

—¿Se rindieron? —preguntó el guerrero, con la vista perdida en el infinito, reviviendo una batalla en la que él no había participado.

—Parece que sí, o eso cuentan.

—Pero, entonces... Tokuma...

—Nuestro enemigo no respetó la bandera blanca. Tomaron prisioneros y luego...

—¿Qué? No me ocultes nada, Neji. No intentes proteger mi corazón, porque ya lo tengo destrozado.

—Ajusticiaron a nuestros hombres delante de Tokuma. Le obligaron a presenciarlo. Después, lo mataron.

Hiashi Hyuga bajó la cabeza y escondió el rostro entre sus manos. Las palabras ponían imágenes detrás de sus ojos y, aunque los cerrara, no dejaba de verlas. Escocían, dolían como dagas clavadas en el pecho. ¡Cuánto había tenido que sufrir su hijo al verse sometido! Obligado a ver cómo torturaban a sus hombres, conociendo de antemano su propio desenlace. Sin poder socorrer a su gente, sin poder defender a aquellos que amaba...

El laird levantó la cabeza con brusquedad.

—¿Y Hinata?

Neji movió la cabeza en un gesto negativo.

—¿Muerta? —la voz del padre era apenas un sonido sibilante y derrotado.

—Nadie lo sabe. Nadie sabe nada de ella desde el ataque, nadie la ha visto.

Hiashi Hyuga inspiró con fuerza al recobrar algo de esperanza.

—Natsu la puso a salvo, estoy convencido. Nuestra niña está viva, Neji, pero si nadie sabe dónde está, significa que está perdida y, posiblemente, sola. Tenemos que buscarla.

La misma chispa de esperanza que iluminaba los ojos del laird prendió en el corazón de su hijo. Neji desplazó a un lado el infinito dolor de la pérdida de Tokuma para concentrarse en Hinata. ¿Dónde habría podido ir? ¿Dónde se había escondido su dulce e indefensa hermana? Necesitarían ayuda para dar con ella y rezaba para que alguna familia piadosa la hubiera acogido en su seno hasta que ellos regresaran para restablecer el orden en Byakugan.

—Partiremos mañana, iré a alertar a nuestros hombres para que se preparen — anunció a su padre, con el ánimo algo más recuperado ante la perspectiva de la acción.

—No, hijo, espera —le retuvo Hiashi—. No podemos abandonar el campamento sin el consentimiento del rey. Estamos aquí por orden suya y desaparecer sería considerado un acto de traición.

—¡Pero Byakugan ha sido atacado! Sé que es nuestro deber obedecer a Indra, pero en parte esto es culpa suya.

El laird comprendía la furia de Neji. La misma llama de indignación prendía en su alma, porque el deber para con su patria le había privado de la oportunidad de luchar junto a su hijo Tokuma y de proteger a su gente. Sin embargo, no era estúpido. Y no pensaba echar a perder la única posibilidad de recuperar todo lo suyo haciéndole un feo al rey de Escocia.

—Hablaré con él. Le pediré permiso, no puede negarnos el derecho de auxiliar a nuestro clan.

Neji contempló a su padre mientras salía de la tienda con el paso lento y los hombros hundidos. Siempre había sido un guerrero fuerte e inquebrantable. Ahora, tras la terrible noticia, se hacía más patente lo avanzado de su edad, porque su espíritu ya no podía soportar el dolor de la pérdida con el estoicismo del que siempre había hecho gala. Lo siguió para ofrecerle todo su apoyo frente al rey. Se colocó a su espalda y no lo abandonó en ningún momento, porque, aunque su padre no hubiera pronunciado las palabras, sabía que en esos angustiosos instantes lo necesitaba más que nunca.

—No podéis marcharos —dijo el rey—. Ahora no.

Los dos Hyuga apretaron los labios y los puños ante el tono indiferente del monarca. Indra de Susanoo cenaba en su propia tienda rodeado de sus más fieles consejeros cuando recibió la visita de los ultrajados guerreros.

—Los Namikaze han tenido la desfachatez de atacar mi casa en mi ausencia, señor, ¡tenemos derecho a protegernos! —estalló Hiashi Hyuga, dando un paso al frente. El hijo lo detuvo poniéndole una mano en el hombro.

—No sabemos con certeza que hayan sido los Namikaze. Ninguno de los informes que he recibido lo aclara.

—¿Sabíais lo del ataque? —Neji no daba crédito.

—Sí, aunque hace apenas un día. Lamento mucho lo ocurrido y me irrita que cualquiera de mis súbditos aproveche la ausencia de algún jefe de uno de los clanes para atacarlo. Pero es algo a lo que ya, lamentablemente, no podemos ponerle remedio. Os necesito aquí, debemos intensificar el asedio al castillo, tus hombres son indispensables en mi ejército. No podéis marcharos —repitió.

Los entristecidos ojos de Hiashi observaron cómo la boca de Indra masticaba un pedazo de carne sin que el más mínimo tic revelara lo poco que le importaba el asunto. Se sintió humillado y rebajado como nunca. Al rey le traía sin cuidado que el clan Hyuga hubiese sufrido la ira de otro clan, y sospechaba que no iba a recibir justicia por su parte. Sin duda, otra culpa que achacar a los Namikaze.

—Señor, Naruto Namikaze ha actuado con deshonor. Si no sois capaz de verlo, es que no concedéis la misma valía a mi familia que a la suya.

El rey levantó la mirada con brusquedad, ofendido por el comentario. Dejó su cuchillo con un golpe sobre la mesa y se levantó para apuntar con un dedo a su interlocutor.

—¿Insinúas que el laird de los Namikaze recibe un trato de favor? —Su tono advertía del peligro de continuar por ese camino, pero Hiashi le había hecho reaccionar ante su problema y pensaba llegar hasta el final.

—Solo digo, majestad, que mientras mis hombres luchan y perecen bajo vuestras órdenes, algo de lo que todos los Hyuga nos enorgullecemos, Naruto Namikaze se mantiene a salvo en su fortaleza y, no contento con eso, abusa de su privilegio para atacarnos cuando más débiles nos encontramos.

—El padre de Naruto cayó en el campo de batalla hace poco menos de un año, Hiashi. Lo sabes tan bien como yo. La reconquista de la isla de Man nos costó muchas bajas... Mucha sangre Namikaze se ha derramado prestando servicio a su patria y por eso, y porque considero que el joven laird debe tener tiempo para hacerse con las riendas de su clan, le he permitido quedarse en su fortaleza, como dices, en lugar de convocarlo junto al resto de mis lairds.

»Tiene además otra misión impuesta por mí: la de formar nuevos guerreros. Cuando estén listos se incorporarán a nuestras filas. Todas las espadas son pocas en los tiempos que corren. —Indra hizo una pausa para coger aliento, su indignación lo dejaba sin aire—. Y no está demostrado que haya sido Naruto Namikaze quien os atacara. Después de tantos años de luchas entre clanes, he aprendido que las intrigas y las traiciones forman parte de nuestro día a día, y antes de sentenciar a uno de mis lairds más leales debo tener pruebas convincentes.

—Señor... —intentó hablar el Hyuga.

El rey detuvo su protesta levantando una mano. Aún no había terminado.

—Tu sufrimiento no me produce indiferencia, aunque puedas pensar lo contrario. Pero no es el momento de poner orden en una disputa entre clanes, hay asuntos mucho más importantes en este momento para Escocia. Te prometo que cuando los ingleses rindan la fortaleza, tu caso será el primero que resuelva.

Todos conocían el pacto que Indra había hecho con el senescal, que gobernaba el castillo de Stirling. Tantas semanas de asedio habían mermado las provisiones de la guarnición inglesa y su situación se volvía crítica por momentos. Siendo así, El senescal había dado su palabra de que rendiría la fortaleza si antes del verano no eran rescatados por sus compatriotas ingleses. Se acababa el plazo, y el rey necesitaba de todas sus tropas para salir victorioso de aquella lid. Se rumoreaba que los ingleses tenían intención de pelear hasta el final y que la tan esperada rendición no se produciría.

Hiashi comprendió que Indra tenía sus razones y no pensaba claudicar ante sus súplicas. Aun así, se arrodilló, con la cabeza baja y la voz desesperada.

—Al menos, señor, concededme una merced. —Tragó saliva antes de continuar. El orgulloso highlander jamás se había arrodillado ante nadie—. Mi hija, Hinata, está desaparecida. No quisiera que corriese la misma suerte que su hermano Tokuma, así que, por piedad, dejadme enviar un destacamento de Hyuga para que la busquen. Neji podría marchar mañana mismo y yo me quedaré aquí, con el grueso de mis hombres, para serviros hasta el final.

Indra frunció el ceño y meditó la petición del poderoso Hiashi Hyuga. Lo conmovió verlo en esa postura derrotada y decidió que, después de todo, su ejército podía prescindir de un puñado de hombres. Recordó a la pequeña Hinata Hyuga. En las pocas ocasiones que la había visto le había parecido una criatura adorable, muy parecida a su difunta madre, Hanna, por la que el rey había sentido admiración en el pasado. Definitivamente, si estaba en su mano evitar que la pequeña sufriera el mismo destino que su hermano, lo haría.

—Puedes enviar a tu hijo, Hiashi —concedió al fin.

Minutos después de su encuentro con el rey, Hiashi y Neji se reunieron con el comandante del ejército Hyuga en su propia tienda. El hombre era una mole, más alto incluso que Neji, de brazos poderosos y mirada asesina. Su pelo largo y la barba oscura y tupida le daban un aspecto salvaje. Sin embargo, Angus era el más disciplinado de sus soldados y confiaba en él como si fuera su propio hijo.

—Laird —dijo el hombre nada más aparecer—, hemos oído las noticias, estamos desolados. ¿Vamos a regresar?

El eco de venganza que se percibía en su tono conmovió al jefe. Neji y él no eran los únicos que sufrían por lo sucedido, todos sus hombres se desvivían por el clan y estaban dispuestos a dar la vida por los suyos.

—Solo Neji y tú, Angus —le respondió Hiashi—. Os llevaréis a una decena de hombres, escoged a los mejores. Comprobad los daños en Byakugan, pero si está tomado y su vigilancia es fuerte, no entréis en disputas. Estableceros en Glenstrae; a partir de ahora y hasta que recuperemos el castillo, será nuestro cuartel general. Ayudad a las gentes del clan, estarán perdidos y desorientados sin un líder. Y, sobre todo, buscad a Hinata. Quizás se haya ocultado con alguna de las familias.

—Señor, si nuestros enemigos se enteran de que la pequeña Hinata ha desaparecido, pueden intentar buscarla también para usarla en nuestra contra.

Hiashi meditó esas acertadas palabras.

—Tienes razón. Neji, habréis de ser muy discretos a la hora de preguntar por ella. Tal vez... —El viejo guerrero pensó en una posibilidad que podría funcionar—. Tal vez sea mejor usar el apodo que le puso Tokuma, solo nuestros más allegados lo conocen.

—La joya de Byakugan —susurró Neji, entendiendo.

—Así podremos confundir a nuestro enemigo, sea quien sea. Pensarán que estamos buscando un tesoro robado en el ataque. Cuando preguntéis, decid que la joya ha desaparecido y queremos recuperarla a toda costa. Solo el que sea un verdadero amigo comprenderá el mensaje y nos ayudará a dar con ella. Ofreced una recompensa si es preciso, alguien tiene que saber dónde está mi hija.

—¿Una recompensa? Si está con alguna de las familias Hyuga no será necesaria. Jamás aceptarán unas monedas por haber cumplido con su deber: proteger a uno de los suyos.

—Ya lo sé. Pero si no está con los nuestros puede haber ido a parar al hogar de cualquier otro clan vecino. Puede que incluso esté prisionera, si alguien la ha reconocido. Estoy dispuesto a entregar la torre de Glenstrae y sus tierras, incluyendo todas las cabezas de ganado que se benefician de sus pastos.

Angus abrió los ojos, sorprendido.

—¡Hemos peleado muy duro para conservar los dominios de Glenstrae!

Era cierto. Los Hyuga habían tenido disputas encarnizadas durante largos años por mantener la posesión de aquella cañada codiciada por sus clanes vecinos.

—Sé que tomo la decisión en nombre del clan y no debiera. Sé que abuso de mi poder al entregar algo que pertenece a toda nuestra gente... pero es mi hija, Angus. Estoy dispuesto a dar mi vida por ella si es necesario.

Angus hizo un brusco gesto de asentimiento con la cabeza. Estaba avergonzado por su reacción, ¡él también entregaría su vida por la pequeña Hinata!

—Se hará como pides, laird. No te decepcionaremos.

Hiashi Hyuga puso una mano sobre el hombro de Angus y otra sobre el de su hijo. Los miró con intensidad antes de hablar.

—Confío en vosotros, sé que la encontraréis. Por favor, devolvedme sana y salva a mi pequeña.

{...}

Cuando a la mañana siguiente le pusieron el desayuno delante, Hinata echó de menos las improvisadas raciones que Mebuki les repartía cada amanecer. Las frutas silvestres, su trozo de queso y el poco pan del que dispusieran que, aunque estuviera un poco duro, sabía a gloria. Removió con su cuchara de madera las tristes gachas de su plato y tuvo que contener una mueca de asco; jamás le habían gustado.

—¿Por qué no les pones un poco de miel? —le propuso una de las sirvientas que estaba sentada frente a ella.

—Suiren, sabes que no podemos despilfarrar de esa manera —la regañó Jane, el ama de llaves.

—Una cucharadita de nada no se notará —suplicó la joven, mirando a la mujer con los ojos muy abiertos.

A Hinata no le gustó que la chica intercediera por ella. No quería meter a nadie en ningún lío y menos por unas miserables gachas. Y esa muchacha ya parecía tener bastantes problemas encima a juzgar por los arañazos de su cara. ¿Se habría peleado con alguien?

—No me hace falta miel, gracias. Las comeré así.

—Vamos —la joven extendió su mano por encima de la mesa y la colocó sobre la suya—, yo te cedo mi parte, es lo menos que podemos hacer para que os sintáis bienvenidos.

Sakura fulminó con la mirada a aquella descarada. Hinata también estaba incómoda, aquello se excedía de amabilidad.

—Te llamas Suiren, ¿verdad? —le dijo Sakura con la voz tirante—. Hin no quiere tu miel, ¿lo entiendes?

—Eso deberá decidirlo él, ¿no crees?

Era evidente que entre las dos jovencitas había surgido una animadversión inmediata. Hinata se removió en su silla y apartó la mano con delicadeza. Se había percatado de que Sakura la miraba con ojos soñadores desde que se conocieron, y parecía que Suiren iba por el mismo camino.

¿Qué encanto masculino podía tener ella, que era tan poca cosa y, en palabras del propio laird Namikaze, un pusilánime que se escondía tras las faldas de su madre? Menos mal que en cuanto la vieran enfangada con los excrementos de los cerdos, a esas dos se les iba a pasar la tontería al momento.

—No necesito miel, gracias —zanjó al final, metiéndose una gran cucharada en la boca que casi la hizo vomitar.

Kizashi soltó una risotada al tiempo que daba por concluido su desayuno y se levantaba de la mesa.

—Venga, Hin, termina ya esa papilla y salgamos fuera. Dejemos a las mujeres con sus disputas femeninas, tenemos mucha tarea por delante.

Hinata engulló tres cucharadas más y salió corriendo detrás del grandullón, aliviada por escapar de la cocina. Allí la gente no era amable, a excepción de la empalagosa Suiren; al igual que pasó la tarde anterior, cuando llegaron a la fortaleza, nadie se presentó y pocos se interesaron por los recién llegados. La hospitalidad brillaba por su ausencia y el único gesto amigable que habían tenido con ella había propiciado una discusión con Sakura.

Y el día no había hecho más que empezar.

Se encaminó junto con Kizashi hacia las pocilgas, arrebujándose en el amplio chaquetón de lana que le había prestado Mebuki. Allí en las tierras altas las temperaturas no solían ser amables con sus habitantes y aquel día no era una excepción. Su aliento se convertía en vaho cuando respiraba y estaba a un paso de que le castañearan los dientes. Rezó para poder sujetar su mandíbula delante de los hombres del laird, porque si ya encontraban medroso a Hin solo por su aspecto, no quería ni pensar en lo que dirían si lo veían tiritando de frío como un triste pájaro en mitad de una nevada.

—Buen día, señores —les saludó el mozo que se ocupaba de los animales, en cuanto traspasaron la cerca de madera de las porquerizas.

Era un muchacho un poco mayor que Hinata, cabello marron y con la cara llena de pecas. Tenía las mejillas sucias y el pelo corto muy revuelto, cosa que a ella le hizo mucha gracia, aunque se abstuvo de demostrarlo.

—Buen día, chico. Mi nombre es Kizashi St. Haruno y este es mi hijo Hin. El laird quiere que mi muchacho ayude en las porquerizas y con los animales del corral, ¿querrás enseñarle lo que tiene que hacer?

—Por supuesto. Siempre se agradece que alguien te eche una mano —su sonrisa dejó ver una mella en su dentadura, lo que conseguía que su imagen fuera aún más cómica—. Mi nombre es Karashi, y te contaré todos los secretos de este entretenido oficio.

A Hinata le agradó desde el principio. Era la persona más gentil con la que se habían topado desde su llegada. El muchacho le explicó cómo era el trabajo diario con los animales. Se encargaban de echarles de comer a los cerdos, a las cuatro vacas que tenían y a las aves del corral; tenían que llenar los abrevaderos, recoger los huevos de las gallinas y ordeñar a las vacas.

Debían mantener la zona lo más limpia posible, y para ello Karashi le enseñó cómo retirar los excrementos sin mancharse demasiado, cosa que Hinata agradeció. Fue una mañana agotadora, llena de nuevas y desagradables experiencias. Para cuando sonaron las campanas de la capilla anunciando el mediodía, tenía las manos agrietadas, el estómago algo revuelto y le dolían todos los músculos del cuerpo. Ahora se daba cuenta de lo protegida y lo mimada que la habían tenido siempre en su hogar... ¡Jamás en su vida había trabajado tanto!

—Te veo fatigado, Hin —le dijo Karashi en un determinado momento—, tal vez deberías descansar un poco.

—No —respondió ella, falseando su voz—. Estoy bien.

El mozo chascó la lengua y negó con la cabeza. Hinata se encontraba sudorosa y tenía la cara enrojecida por el esfuerzo. Sus ojos grises resaltaban grandes y brillantes en la cara sucia, dando la impresión de que suplicaban por un descanso.

—De todas maneras, pararemos un rato. Ven conmigo.

Salieron del corral y se dirigieron a las cocinas. Hinata caminaba detrás de su nuevo amigo, admirando su espalda delgada, pero, a juzgar por lo que había visto durante toda la mañana, bastante más fuerte de lo que aparentaba. Se imaginó que el laird tenía a ese chico cuidando de sus animales por el mismo motivo que a ella: lo veía débil, aún no lo consideraba un hombre de verdad para entrenar junto con sus guerreros. Y lo lamentó por Karashi, aunque él no había dado muestras de que su tarea le disgustara.

—Espera aquí —le dijo el muchacho, junto a la puerta trasera del edificio principal, que conectaba directamente con las cocinas.

Ella obedeció. Saboreó ese minuto de paz y levantó la cara hacia el cielo, absorbiendo la luz del sol que ese día brillaba fuerte y les deba un descanso de la llovizna que había estado cayendo, intermitente, los días anteriores.

—¡Corre, corre, corre!

Los gritos de Karashi la sobresaltaron antes de que el chico saliera como una exhalación de la cocina, rumbo a las murallas. Lo siguió sin pensar; a su espalda, escuchó las voces de la mujerona que se ocupaba de los fogones, maldiciendo e insultando al joven con todas sus ganas. Se detuvieron junto a un portón de madera, sin resuello, y Karashi le enseñó lo que había hurtado: un trozo de pan, un poco de queso y un par de manzanas.

—Esa bruja detesta que metamos mano en la despensa, pero a veces está distraída y consigo algún manjar de media mañana. Vamos, lo comeremos en mi lugar especial.

Hinata esbozó algo parecido a una sonrisa por el entusiasmo de su amigo. La verdad era que se le había hecho la boca agua al ver la comida y no sentía ningún remordimiento por la travesura. Karashi abrió el portón de madera y dejó una piedra colocada para que no se cerrara. Desde la cara exterior del muro, tapó el hueco con unos cuantos matorrales secos y ocultó la entrada como le habían enseñado a hacer desde pequeño. De nada valía vivir en una fortaleza si se descubrían sus accesos secretos con tanta facilidad.

Caminaron hasta la orilla del lago y en un recodo, parapetados por dos enormes rocas, se sentaron a devorar las viandas. Hinata estaba feliz de poder tomarse un descanso. Bromeando con Karashi, escuchando sus anécdotas en las porquerizas, se olvidó por un rato de sus problemas y notó una serenidad en su ánimo que hacía mucho tiempo que no sentía.

Naruto Namikaze se había pasado un buen rato mirando por la ventana las idas y venidas de aquel enclenque muchacho en las pocilgas y en el corral. Apretó los dientes cuando se percató de que esa criatura apenas podía cargar con el cubo de agua para abrevar a los animales. ¿Es que ni siquiera servía para una tarea tan simple? Desde su posición, en lo alto de la torre, no podía distinguir el grisáceo de los ojos de esa cara de duende, pero, para su total desconcierto, lo recordaba con nitidez.

No entendía por qué le llamaba tanto la atención, por qué no podía dejar de espiar sus movimientos y lamentar que fuera un chico tan pusilánime. Cuando aceptó a Kizashi y a su familia, jamás imaginó que tuviera que cargar con un mequetrefe que daba lástima mirar. Incluso Karashi, que era el menos corpulento de sus hombres, parecía un gigante a su lado. Bueno, tal vez eso era exagerar, pero desde luego Naruto no se sentía feliz con aquella adquisición.

Cuando los vio marchar rumbo a la cocina, se quedó embobado contemplando cómo el jovenzuelo levantaba su rostro buscando el sol de la mañana. Y después, cuando salieron corriendo huyendo de los escobazos de la cocinera, el laird quedó convencido de que aquel muchacho tenía que ser un poco afeminado. Apretó los puños mientras observaba cómo se escabullían por la portezuela secreta, pero no porque le molestara que robaran un mendrugo de pan o por buscar un rato de libertad fuera de las murallas.

No... no era eso.

En Innis Rasengan nunca habían dado cobijo a un afeminado.

Y no iba a consentir que ningún hombre bajo su mando mostrara esas inclinaciones tan insanas y tan mal vistas entre su gente. Si su padre continuara con vida, se le revolverían las tripas ante la sola presencia de una criatura así.

Naruto cerró los ojos ante el recuerdo de su progenitor. Como cada vez que pensaba en él, le asaltaban sentimientos encontrados. Admiraba al jefe que había sido, que había sabido llevar con mano firme al clan y lo había vuelto peligroso a los ojos de sus enemigos. Los Namikaze se habían forjado una fiera reputación gracias a su padre y no existía ninguna fisura que vulnerara su seguridad. Todos los hombres bajo su mando debían cumplir con los estrictos requisitos de su laird, y el pobre diablo que no lo consiguiera era expulsado sin más de la fortaleza.

Sí, no le cabía ninguna duda. Duncan Namikaze jamás habría aceptado al hijo de Kizashi St. Haruno en su hogar. Lo habría echado de allí a patadas nada más verlo...

Y esa era la parte que más había odiado de su padre.

Daba lo mismo que le pusieran delante a un chiquillo o a un hombre hecho del todo; para él, todos eran iguales. O, mejor dicho, todos debían ser iguales. No hacía ningún tipo de distinción a la hora de adiestrar guerreros, era implacable. Naruto dejó escapar el aire de sus pulmones ante las imágenes que lo invadían cuando recordaba aquella parte de su infancia. Su padre había sido despiadado mientras lo educaba, ya que estaba destinado a sucederle algún día y Duncan quería cerciorarse de que dejaba el clan en las mejores manos.

Las manos más fuertes.

No importaba que su madre, la hermosa Kushina, suplicara llorando cuando lo adiestraba con la misma rudeza que al más aguerrido de sus soldados.

—¡Por el amor del cielo, Duncan! —le oía decir, cuando sus brazos ya no podían sujetar la espada, cuando sus piernas apenas lo sostenían—. No es más que un niño...

—¿Y eso es excusa para mostrar su flaqueza delante de todos? En Innis Rasengan no hay lugar para los débiles... Y te aseguro que mi hijo no lo será.

Naruto abrió los ojos para emerger de aquel pasado que parecía ya muy lejano en el tiempo. Había sido duro, sí, pero gracias a él había adquirido una destreza y una fuerza admiradas por todos los hombres a los que comandaba. Tenía su lealtad... y se había ganado además el respeto de sus enemigos, que demostraban un reverente temor cada vez que pretendían combatirle. Ese era el legado que Duncan Namikaze le había dejado tras su muerte. Para bien o para mal, era quien era gracias a su padre, y pensaba honrarlo como merecía.

Miró una vez más hacia el exterior, buscando la penosa figura del hijo de Kizashi con renovada determinación. Si tenía que encargarse personalmente de que aquel muchacho se convirtiera en todo un hombre, como mandaba la tradición de los Namikaze, lo haría sin contemplaciones.

Más tarde, durante la cena, Naruto tuvo que apelar a toda su fuerza de voluntad para no desviar la mirada hacia el rincón de la mesa donde Kizashi y su familia se habían acomodado. El muchacho responsable de sus cuitas había ayudado a servir las enormes bandejas con la carne mientras su hermana Sakura escanciaba el vino en las copas de los comensales.

Después, ambos habían ocupado su lugar, junto a los demás sirvientes. Sin embargo, al laird no le habían pasado desapercibidos los ademanes de aquel chico. Era todo delicadeza, casi podría rivalizar con cualquiera de las doncellas del castillo por la suavidad con la que se movía de un lado a otro del salón, y eso le había quitado hasta el hambre.

—Mi señor, ¿estáis bien? —le preguntó Suiren, mientras retiraba una de las fuentes vacías para sustituirla por otra llena con las mejores piezas para el laird.

—Sí, muchacho, hoy estás muy poco conversador —le señaló el viejo Mitokado, como siempre sentado a su lado.

Odiaba que lo llamara muchacho. Era el jefe del clan, por todos los santos. Pero en ese momento lo que más le molestaba era que se hubieran percatado del mal humor que lo embargaba.

—No es nada —se disculpó—. Creo que aún estoy afectado por la traición de Sasuke. No todos los días perdemos un buen guerrero... y un buen amigo.

Y lo decía en serio. Era una excusa para camuflar la extraña marea de emociones que lo sacudía cada vez que los ojos grises de aquel pillastre se cruzaban en su camino, pero no por eso sus palabras dejaban de ser ciertas. Lamentaba haber perdido a su lugarteniente, le dolía terriblemente haber tenido que echarlo así de su hogar. Sin embargo, cuando Suiren bajó la cabeza, mortificada, ante la mención de su antiguo amigo, supo que no podría haber obrado de otro modo.

—Siempre encontrarás hombres de valía en nuestras filas. Sasuke no era irreemplazable.

El poco tacto de Mitokado terminó de enervar al joven laird, que se levantó con gran estruendo dejando a todos con la boca abierta ante su brusquedad.

—Seguid, por favor —les impelió de malas maneras—, yo no tengo hambre.

Dicho lo cual, abandonó el salón a grandes zancadas.

Hinata lo siguió con el rabillo del ojo. Desde luego, el jefe era un auténtico maleducado. Se había marchado sin terminar la cena, dejando plantados a todos los que intentaban agradarlo. Claro que, ¿qué se podía esperar de un monstruo como él? Tragó con dificultad el nudo que se le formó en la garganta al pensar en Tokuma, en el infierno que tuvo que haber pasado a manos de ese cruel laird. Si su hermano había perecido por su culpa, ella se lo haría pagar, aunque aún no sabía cómo.

Primero, tenía que averiguar lo que había ocurrido de verdad, no le bastaban rumores esparcidos por las viejas chismosas de las aldeas. Llevaba un día entero en ese lugar y no había hecho más que trabajar y trabajar, por lo que no había tenido ocasión de indagar. Tal vez Karashi pudiera confirmar sus sospechas y le explicara por qué el Namikaze había retomado una venganza que, no podía ser de otra manera, había ideado su padre. Aunque lo dudaba. Por lo poco que había llegado a conocer a Karashi en las horas compartidas, dedujo que era un chico despreocupado, que vivía para los animales y a quien no le interesaba meterse en problemas. No soltaría su lengua con ella así como así.

Luego estaba Suiren. La muchacha era la única del servicio que había mostrado algo de interés por su persona. Aunque la verdad era que dicho interés le daba muy mala espina. La miraba con ojitos de cordero, pestañeaba demasiado. Y suspiraba. Mucho. Hinata no podía sostenerle la mirada cuando suspiraba hinchando el pecho de manera tan exagerada. Además, cada vez que lo hacía, Sakura se ponía muy nerviosa. Lo que menos deseaba Hinata era provocar una guerra entre esas dos jovencitas que se disputaban su atención. No, mejor no acercarse a Suiren, resolvió.

Mientras meditaba, escuchó las risotadas de los guerreros que cenaban al otro lado del salón. Se volvió hacia ellos y observó cómo conversaban, cómo bromeaban y se jactaban de sus logros en el campo de batalla. Hinata entrecerró los ojos. Sí, ellos seguro que no tenían ningún problema para alardear de las incursiones llevadas a cabo contra sus enemigos. Allí tenía la fuente de la que obtendría su información, pero, claro, para eso debía convertirse en uno más de aquel grupo. A un muchacho enclenque encargado de los cerdos y las gallinas no iban a contarle absolutamente nada. Debía granjearse su respeto, por mucho que le costara.

El problema era que no tenía ni la más remota idea de cómo hacerlo.

—No te apures —la tranquilizó Kizashi al ver lo que miraba con tanto anhelo—, dentro de poco tú y yo compartiremos mesa con todos ellos.

Hinata se volvió hacia él con los ojos brillantes de impaciencia.

—¿Puedes entrenarme mañana, cuando termine mis tareas en las porquerizas?

Kizashi pareció sorprendido por su petición.

—Pero... el laird dijo que hasta que él no lo considerara oportuno, no podrías reunirte con los demás hombres para el adiestramiento.

—Yo no he dicho que quiera reunirme con el resto —aclaró Hinata, bajando la voz —. El Namikaze no tiene por qué enterarse, entrenaremos aparte.

—No me parece prudente desafiar así una orden del laird —opinó Mebuki, mirando ceñuda a su joven hijo adoptivo.

Lo último que deseaba era que el jefe del clan le cogiera ojeriza a Hin. Ya se había llevado muy mala opinión de él cuando lo conoció, no debían tentar a la suerte.

Kizashi contempló al joven y se tocó el mentón, pensativo.

—Comprendo tus ganas de entrar en acción, muchacho. Tal vez podamos empezar a desarrollar esos músculos poco a poco para que, la próxima vez que el laird repare en ti, te vea de otra manera.

Hinata le agradeció el comentario con un amago de sonrisa, ya que aún no conseguía ese gesto de forma natural. Mebuki, sin embargo, chascó la lengua con disgusto.

—No me gusta, Kizashi, aún no está preparado.

—¡Bah, mujer, bobadas! Si fuera por ti, lo protegerías entre tus faldas hasta que le saliera pelo en la cara.

—No es eso... Por San Mungo, espero que tengáis cuidado. Temo la reacción del laird si os descubre.

—Tú y tus santos. No te preocupes, lo haremos en nuestro tiempo libre, nadie podrá reprocharnos nada.

El grandullón le guiñó un ojo a Hinata y ella notó que sus labios se curvaban en otro intento de sonrisa que no prosperó. ¿Cuándo volvería a reír? Bebió de su copa de vino para tragar el nudo que se formó en su garganta, como cada vez que recordaba el motivo por el que había llegado hasta la madriguera de sus enemigos.

Venganza.

Por su hermano, por Natsu, por Kabuto... y por todos los que se habían quedado allí, en Byakugan. Volvería a reír cuando viera al jefe de los Namikaze de rodillas en el suelo, pidiendo clemencia por su vida, se dijo. Volvería a reír cuando le llevara a su padre la cabeza de aquel asesino en una bandeja.

Continuará...