Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


14. Un Verdadero Laird


Por primera vez en mucho tiempo, Hinata sentía algo de calma en su interior. Sentada sobre una roca, junto a uno de los riachuelos del camino, miraba cómo los dos hombres entrenaban con sus espadas como si el ejercicio físico fuera indispensable en su existencia. Por su parte, se alegraba de no tener que volver a empuñar un arma tan pesada e insufrible. Desde que Naruto la dejó al cargo de Minato, y de eso hacía varios días ya, no había continuado la farsa de hacerse pasar por hombre. Aunque seguía llevando las mismas ropas de muchacho, se había aseado a conciencia para librarse de toda la mugre que la cubría y había retirado la venda que oprimía sus pechos.

Resultaba liberador.

Otro cambio gratificante fue comprobar que ni Sasuke ni Minato permitían que les sirviera, como había estado haciendo en Innis Rasengan desde su llegada. Para los hombres era una más, y aunque a veces ellos se empeñaban en otorgarle los privilegios de su antigua condición de dama, Hinata se había negado a dejar que la trataran como a una inválida. Solo tenía la muñeca magullada y podía cocinar o realizar cualquier otra tarea sin problemas.

Su pequeña convalencencia tampoco se alargó demasiado, por fortuna, y cinco días después de que Naruto la abandonara allí, Minato decidió que quebrantaría las normas de su antiguo clan y regresaría solo para acompañarla. Era necesario aclarar el misterio que envolvía el ataque a los Hyuga y necesitaban a Naruto para que protegiera a Hinata. Ella estaría más segura entre los muros de Innis Rasengan que en una cabaña de piedra en mitad de la nada, custodiada por un viejo y un guerrero desterrado.

Así pues, emprendieron el viaje de vuelta, ideando varios planes para ver de qué manera podían presentarse en Innis Rasengan sin poner en peligro a la joven. Sasuke insistió en el hecho de que, a pesar de haber vuelto a su condición femenina, Hinata no debía abandonar la instrucción que comenzó con Naruto y los demás soldados Namikaze. Minato estuvo de acuerdo, alegando que en los tiempos que corrían una muchacha en su situación debía saber defenderse por sí misma.

Por eso, cada día después del desayuno, sus dos acompañantes se ocupaban de su entrenamiento. Primero practicaban ellos dos, ya que ambos estaban acostumbrados a sus ejercicios matutinos y Hinata no quería que rompieran su rutina por ella. Cuando terminaban, los guerreros le dedicaban su tiempo para enseñarle el manejo del cuchillo y el tiro con arco, armas mucho más adecuadas a su musculatura y constitución.

Sasuke, en concreto, ponía especial interés en que aprendiera a defenderse con una simple daga. Le mostró en qué zonas del cuerpo de un hombre debía hundirla sin dilación llegado el caso, algo que, para su sorpresa, no la horrorizó tanto como había sospechado. Hinata había dejado atrás los remilgos de la dama que había sido en otros tiempos y aceptaba los consejos del guerrero sin escandalizarse. También le enseñó cómo debía lanzar el arma, por si el atacante se encontraba algo más alejado de ella.

—¿Ves? Debes sujetar la empuñadura con firmeza, pero no tan fuerte que no te permita controlar el lanzamiento —le decía—. Así, mueves el brazo y dejas escapar la daga de tus dedos aprovechando el mismo impulso. Y, si quieres aún más precisión y fuerza, debes cogerla por el filo. Levantas la mano trazando este arco, apuntas y lanzas...

Hinata lo contemplaba con los ojos muy abiertos y aprendía. Se fijaba en cómo lo hacía él y lo imitaba, lanzando una y otra vez el cuchillo hasta que notaba arder los músculos de su brazo. Sasuke asentía, complacido por sus ganas y su interés, y ella sentía que por fin estaba haciendo las cosas bien. Después de las frustraciones constantes que había padecido bajo las órdenes de Naruto, el cambio era de lo más satisfactorio.

Ese día, mientras los miraba entrenar como cada mañana, un cálido sentimiento inundó la parte de su corazón que aún notaba vivo. La otra parte, la que había muerto junto con Tokuma, permaneció helada como siempre. Aquellos dos hombres habían logrado despertar en su interior el aleteo de la amistad verdadera y, aunque ambos eran Namikaze, sabía que jamás podría considerarlos enemigos. Y menos ahora, que estaba convencida de que su clan no había tenido nada que ver con el ataque a Byakugan.

Al terminar el combate fingido, los dos se volvieron hacia ella, sin resuello. Hinata se levantó de la piedra y les acercó los odres con agua para que se refrescaran.

—Envidio vuestra fuerza y habilidad, señores.

—Bobadas —rezongó Minato—. Para igualarnos tendrías que poseer unos brazos poderosos... y eres demasiado hermosa, tu cuerpo resultaría grotesco con unos brazos del tamaño gigante.

Hinata se echó a reír. Ellos la contemplaron arrobados. Era raro escuchar su risa, resultaba mágica, algo ronca y terriblemente seductora.

—¿Con qué quieres empezar hoy, arco o cuchillo? —le preguntó Minato, cuando se deshizo de su embrujo.

—Arco, por favor.

Sasuke fue a buscarlo, solícito. Hinata lo miró alejarse y pensó que aquel era un buen hombre. Desde que se había despertado en la cabaña de Minato y se habían presentado, no había hecho otra cosa más que tratar de agradarla y servirla en todo. La pregunta se escapó de sus labios antes incluso de que pudiera pensar que tal vez no sería bien recibida.

—¿Por qué lo desterró Naruto? Tengo entendido que era su mejor amigo.

Minato guardó silencio unos segundos. Era la primera vez que Hinata mencionaba a su sobrino después de enterarse de que no era, como ella creía, el asesino de su hermano. Minato constató también que había usado su nombre y no lo había llamado laird Namikaze.

—Sasuke fue acusado de violación.

—Sí, eso lo sé. Escuché las historias que circulaban por el castillo. Pero ahora conozco un poco mejor a Sasuke... y también conocí a Suiren, para mi desgracia.

—¿Eso qué quiere decir?

La joven meditó unos segundos lo que iba a decir. Sabía que aquel era un tema espinoso para sus nuevos amigos.

—Que es imposible que cometiera aquel crimen —aseguró, convenida—. Y si yo, que apenas he tratado con él, lo tengo tan claro, no me cabe en la cabeza que Naruto lo desterrara sin más.

—Es muy difícil tomar las riendas de un clan, Hinata. Hace poco que mi sobrino ostenta el cargo, desde que su padre cayó en batalla peleando por Indra, y es fundamental hacerse respetar al principio. Supongo que mostrarse autoritario y firme pesó más que su amistad con Sasuke.

—¿Pesó más que la justicia?

La pregunta incisiva cogió desprevenido al guerrero. Y también a Sasuke, que ya regresaba con el arco y las flechas. Fue este último el que salió en defensa del que había sido su laird.

—No es tan sencillo, Hinata. Naruto tiene a su lado a dos buitres carroñeros dispuestos a lanzarse sobre sus despojos si fracasa.

—Danzo y Mitokado —concluyó ella.

—Así es. Ambos tienen hijos varones que ocuparían gustosos el puesto de laird si Naruto demostrara ser indigno del cargo. Si él no me hubiera castigado cuando Suiren acudió ante él clamando justicia, le hubieran acusado de debilidad, de favoritismo al tratarse de mí.

—Pero no entiendo cómo ella se salió con la suya —insistió Hinata, indignada con lo que había ocurrido—. ¿Todos en Innis Rasengan se creyeron que la habías atacado? ¿Qué les dijo? ¿Cómo los convenció? ¿Y por qué lo hizo?

Sasuke suspiró. Él también se había hecho muchas veces aquellas mismas preguntas.

—Suiren es una criatura caprichosa y cruel. Lo descubrí demasiado tarde, para mi desgracia. Tuve parte de culpa en lo ocurrido, sin duda, porque después de perseguirme sin tregua, cierta noche sucumbí a sus encantos y permití que se metiera en mi cama. Después de aquello, supongo que pensó que entre los dos existían ciertos... sentimientos.

—Y no era así —intervino Hinata, al ver que el guerrero se quedaba pensativo.

—Por mi parte no existía más que un cariño amistoso. Pero ella quería más de mí. Algo que yo no podía darle. Tuvimos una fuerte discusión y me prometió que lo lamentaría... Yo no la toqué, Hinata, jamás me atrevería a ponerle una mano encima a una mujer. Sin embargo, cuando llegó ante el laird con las ropas rasgadas y arañazos en su cara, todos pensaron que había sido yo. No me defendí porque sabía lo que Naruto se jugaba, aunque no por ello me dolió menos. Hubiera preferido que mi amigo saliera en mi defensa, pero entiendo que su cargo se lo impidió. Y yo jamás haría nada para perjudicarlo, al contrario que esos dos consejeros que buscan su ruina. Desde el principio se han mostrado reacios a que él tomara el relevo de su padre y le ha costado mucho imponerse y ser respetado.

—Pero ¿por qué? —Hinata no entendía nada—. ¿Qué pueden reprocharle? Es duro, enérgico y fuerte. Es un guerrero contumaz, dispuesto a todo por su gente.

—Hace años tuvo una fuerte discusión con su padre y abandonó Innis Rasengan ―respondió Minato, de pronto con el tono empañado por la tristeza—. Estuvo mucho tiempo fuera, desatendiendo sus deberes como hijo del laird. Y lo peor fue que su madre murió en su ausencia, aquejada de pena y de nostalgia según algunos. Era una mujer muy querida entre los Namikaze y le echaron la culpa de su pérdida.

—¿Tú estabas allí? —quiso saber Hinata, bastante impactada con la historia.

—No, pero te aseguro que Kushina Namikaze no era tan débil como para morirse de pena. ¿Lo echaba de menos? No lo dudo. Pero eso no fue lo que se la llevó de este mundo. Contrajo fiebres... eso fue todo. Una virulenta enfermedad acabó con ella, ninguna otra cosa pudo haberle arrancado la vida, porque estoy seguro de que confiaba en su regreso.

Hinata imaginó a la madre de Naruto, una dama elegante. La visualizó mirando por una ventana de Innis Rasengan, buscando en la lejanía, más allá del Awe, más allá del horizonte, deseando ver cómo la figura de su primogénito retornaba al hogar. Sintió pena por ella, por esa despedida que nunca pudo tener. Morir esperando a alguien debía de ser algo muy triste. No era de extrañar que su gente le achacara esa culpa a Naruto, se dijo. —¿Estás pensando que Naruto se merece la repulsa de su gente?

Hinata enrojeció.

—¿Cómo sabes lo que pienso?

—¡Ah, muchacha! Eres muy transparente. La expresión de tu rostro lo dice todo, veo cómo juzgas a mi sobrino por no haber estado al lado de su madre cuando más lo necesitaba. Crees que obró mal al marcharse de su hogar.

—¿Y no acierto?

—En este caso, no. Al menos, desde mi punto de vista, claro. Se marchó por mi culpa, Hinata, por defenderme a mí delante de su padre. Mi hermano era muy testarudo y se empeñaba en salirse siempre con la suya, aunque no llevara razón. Era el gran laird Duncan Namikaze, ¿cómo no iba a hacer su voluntad, incluso en contra de lo que dictaba el sentido común?

—¿Qué... qué paso?

—Ven, sentémonos un rato y te lo explicaré. Creo que es más importante que conozcas esta historia que tus ejercicios, hoy no habrá entrenamiento.

Hinata no lo lamentó. Se moría de curiosidad por saberlo todo acerca de Naruto Namikaze. Aunque descubrió que la historia que quería contarle el guerrero, en realidad, comenzaba con su propia familia...

A medida que Minato hablaba, sentado frente a ella, Hinata se sentía más y más confusa. Aquel hombre había conocido a su madre, a sus hermanos cuando eran dos mocosos, a su padre cuando su mirada aún brillaba de amor. Visualizar a su familia a través de los ojos de Minato era perturbador, porque él les había conocido mucho antes de que ella naciera y contaba cosas que le eran desconocidas. Al mismo tiempo, deseaba saberlo todo. Eran episodios agradables, divertidos, entrañables. Hasta que llegó el momento en que su madre falleció y el relato de Minato se impregnó de una palpable tristeza.

—Tu padre cambió, Hinata. Se distanció de los que hasta ese momento habíamos sido sus aliados. Tú no me conoces porque, a partir de aquel día, ya no pude visitar Byakugan con tanta frecuencia. Hiashi se encerró en sí mismo, no le gustaba compartir su pena con los demás.

—Pero... —lo interrumpió—. Mi padre no es así. Es un hombre serio, no lo niego, pero no llora cada día a mi madre.

Minato la miró y le mostró una sonrisa llena del cariño que solo se puede sentir por alguien a quien consideras de tu sangre.

—En público seguro que no. Y delante de sus hijos, menos. Pero te aseguro que Hiashi Hyuga nunca ha podido olvidar a Hanna, el amor de su vida.

Imaginar a su padre padeciendo a diario por un amor de la magnitud que Minato describía tocó una cuerda en el corazón de Hinata, que latió con más fuerza. Sin venir a cuento, el rostro de Naruto Namikaze se le apareció detrás de los ojos y tuvo que sacudir la cabeza para deshacerse de la inoportuna visión.

—Como te decía —prosiguió el guerrero—, los que fuimos sus amigos ya no pudimos visitar Byakugan con asiduidad. No éramos bien recibidos, el laird no tenía ganas de ser hospitalario con nadie. Sin embargo, yo jamás dejé de considerarlo un buen amigo. Por eso, cuando empezaron a surgir los roces entre nuestros clanes, no dudé en defenderlo ante mi propio hermano, el poderoso Duncan Namikaze.

—¿Qué sucedió? —Hinata estaba absorta. Se inclinaba hacia delante, atenta a cada una de sus palabras.

Sasuke, que se había acomodado también cerca de ellos, tampoco se perdía detalle del relato.

—Nada especial o fuera de lo común en estas tierras, pequeña. Robos de ganado, peleas aisladas entre campesinos, historias que son una brizna de paja pero que al pasar de boca en boca se convierten en una gran roca que aplasta todo cuanto se encuentra en el camino. En poco tiempo, los Hyuga y los Namikaze se enemistaron sin que nadie supiera muy bien el motivo real de aquel conflicto. Una noche, se produjo una escaramuza algo más seria entre los hombres de ambos bandos. Mi hermano, que hasta ese momento se había mantenido al margen de las disputas entre granjeros, considerando que con los ingleses había problemas más serios a los que atender, recibió amargas quejas al respecto. Su posición como laird quedó en entredicho y, por supuesto, se vio obligado a intervenir. Reunió a sus hombres dispuesto a presentar batalla a los Hyuga, envenenado por las acusaciones y reproches de sus propios consejeros. Quería matar a tu padre, pequeña Hinata, tan ofuscado se encontraba.

La joven se dio cuenta de que contenía la respiración. Minato era un maestro contando historias. Mantenía el tono adecuado, realizaba las pausas justas para crear tensión, y su voz era tan grave y atrayente que le era imposible despegar los ojos de sus labios cuando hablaba.

—Yo salí entonces en defensa de mi amigo. Le propuse a Duncan que mandara una misiva a Hiashi Hyuga; era necesario mantener una reunión con él para aclarar lo sucedido. Conocía a tu padre... Estaba convencido de que él, al igual que mi hermano, era desconocedor de la gravedad de los enfrentamientos entre campesinos. La situación se les había ido de las manos a ambos lairds, pero confiaba en que pudiera solucionarse mediante el diálogo. —Minato tomó aire y cerró los ojos al recordar—. No conseguí que Duncan me escuchara. Muy al contrario, me acusó de traición por ponerme del lado de nuestros enemigos y me desterró.

—Fue entonces cuando Naruto se enfrentó a su padre —adivinó Hinata.

—Así es. En aquella época no era más que un chiquillo. Amenazó a su padre con marcharse si me echaba a mí... No sirvió de nada. Mi hermano era muy cabezota y su honor estaba muy por encima de los sentimientos familiares. Por mi culpa, Naruto abandonó a los suyos. Me acompañó en este destierro un tiempo, pero lo animé a que siguiera su propio camino. En el fondo, deseaba que se diera cuenta de que su hogar se encontraba en Innis Rasengan. Estaba destinado a convertirse en laird y su gente lo necesitaba. Se marchó de mi lado a instancia mía y no me arrepiento. Sé que corrió distintas aventuras antes de regresar definitivamente con los Namikaze, me las contó más tarde. A pesar de estar prohibido, mi sobrino ha seguido visitándome ocasionalmente, algo que jamás podré agradecerle como se merece. —Minato suspiró con pesar antes de terminar su relato—. Lo único que lamento es que, por mi culpa, Naruto no estuviera presente cuando su madre murió.

Un sentimiento de tristeza planeó en el aire tras sus palabras. Ninguno de los tres dijo nada durante un tiempo, saboreando la historia cada uno a su manera.

Hinata miró a Sasuke. El hombre tenía los ojos perdidos en el brillo de las aguas del riachuelo y el gesto serio. Supuso que él había vivido en persona ciertas partes del relato y pudo intuir su aflicción por la amistad que lo unía a Naruto, por su desafortunado desenlace, por no poder continuar a su lado como lugarteniente.

Ella misma notaba ahora un cúmulo de sentimientos encontrados en su interior. Imaginaba al joven Naruto enfrentándose a su padre por alguien tan generoso, honorable y valiente como Minato... Y lo admiró. Ese gesto suyo, ese sacrificio al abandonar a su familia por seguir sus propios convencimientos, no casaba nada con la imagen que se había estado forjando de él durante ese tiempo. Ahora todo tenía mucha más lógica.

Si, como decía Minato, se había puesto de su lado por querer defender a los Hyuga, no tenía sentido haber sospechado que él era el asesino de su hermano. Día a día, al lado de aquellos dos hombres, Hinata descubría a un Naruto que no tenía nada que ver con el que ella había conocido pero que, en el fondo de su corazón, siempre había deseado que fuera.

Porque, por mucho que lo hubiera detestado todos los días que compartió con él, se había dado cuenta de que se había convertido en una parte indispensable de su vida. Lo echaba de menos, por extraño y perturbador que eso resultara. Lo echaba de menos cada día, a cada momento. No se le iba del pensamiento. Añoraba el sonido de su voz, su manera de mirarla, su imponente presencia.

Echaba de menos el modo en que ocupaba todo su mundo y sentía pavor al descubrir el enorme vacío que le había dejado dentro con su ausencia. ¿Cómo era posible que, en tan poco tiempo, aquel hombre le hubiera calado tan hondo? Rememoraba una y otra vez los momentos compartidos, su rutina diaria, cada vez que él la había tocado, de un modo u otro. Y en lo que más pensaba, lo que revivía con más intensidad, era el instante en que se habían besado tras el enfrentamiento con los MacNab.

Sobre todo por las noches, cuando todo se quedaba en calma y el silencio la envolvía.

Si se concentraba, podía evocar la sensación de aquellos labios devorando su boca mientras la lluvia caía sobre ellos y la sangre corría frenética por sus venas tras la escaramuza. Si respiraba hondo, conseguía notar de nuevo el tacto de sus enormes manos sujetando su cara, la sensación de resultar querida, irracionalmente deseada, pese a todo, contra todo. En su recuerdo, adulterado por su fantasiosa mente, Hinata vestía como las grandes damas. Naruto acariciaba su larga melena suelta hasta la cintura y, tras el beso, no se alejaba como si ella fuera una apestada. En lugar de eso, la cogía entre sus fuertes brazos y la alejaba de todos aquellos cadáveres esparcidos por el suelo...

—¿En qué piensas? —le preguntó Minato, sacándola de sus cavilaciones.

Los ojos del hombre, tan sinceros, tan preocupados por su bienestar, la impulsaron a contestar con la verdad más cruda.

—Pienso que la imagen que me has descrito de Naruto no se corresponde con la que yo tenía de él... y eso me complica la existencia, Minato.

—Tú lo veías como a un monstruo, Hinata, algo normal si creíste que era el responsable de la ruina de tu familia.

—Pero no es ningún monstruo.

El viejo guerrero sonrió.

—Por supuesto que no. Puede que sea muy duro a veces con sus hombres, como intuyo que lo fue contigo si te creía un muchacho. Esa es la herencia que Duncan le dejó, me temo, y hay que saber aceptarlo tal y como es. Mira a Sasuke; él mejor que nadie sabe que, detrás de su despiadada fachada, hay un corazón noble y generoso.

La joven miró a Sasuke y comprobó que la observaba con atención. En su rostro podía leerse que coincidía con las palabras de Minato.

—Tú crees que, a pesar de lo que te hizo, es un buen hombre, ¿verdad? —le preguntó, tal vez porque necesita reafirmar la nueva opinión que el laird le merecía. Nadie mejor que su lugarteniente, que había sufrido en sus propias carnes la cruel intransigencia de su señor, para confirmar lo que su instinto le advertía.

El guerrero le contestó sin apartar los ojos de los suyos.

—Yo daría mi vida por él.

Continuará...