Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


15. Tormento


Hacía ya una semana que Naruto había regresado a su hogar, pero los días se le habían hecho tan largos que parecían meses... El laird miraba por la ventana hacia el patio de entrenamientos, donde debería estar junto a sus hombres. En lugar de eso, se encontraba encerrado en su alcoba, taciturno, sin más compañía que una copa de vino. No tenía ganas de ser sociable con nadie y, sobre todo, no quería encontrarse con ningún miembro de la familia St. Haruno.

La tarde en que regresó a Innis Rasengan, sin Hin, se dio cuenta de que su egoísmo había rebasado con creces la responsabilidad que tenía para con la gente que se encontraba bajo su protección. Aquel día, cuando atravesó las puertas de la fortaleza, Mebuki acudió a su encuentro rauda y veloz, alertada seguramente por la noticia de que el laird había regresado de su viaje. Era evidente que la mujer venía de las cocinas, porque aún se estaba limpiando las manos llenas de harina en el delantal.

—¿Dónde está Hin? —le había preguntado, sin ningún tipo de cortesía, con el rostro alarmado al no verlo a su lado.

—Está bien, Mebuki, tranquila.

—¿Qué habéis hecho con él?

Naruto no se había sorprendido al escuchar la velada acusación. A fin de cuentas, todos habían sido testigos de lo mal que lo había tratado durante el tiempo que pasó en Innis Rasengan. Era lógico suponer que su familia lo culpara de su ausencia.

—He pensado que le vendría bien pasar un tiempo lejos del influjo de su protectora madre —había contestado, con sequedad—. Hin tiene que hacerse un hombre, y aquí no he conseguido que progrese.

La mujer le miró, estupefacta.

—Pero, ¿dónde...?

—Mebuki, no importunes al señor con tus preguntas. —Kizashi había acudido también al escuchar la voz alterada de su esposa—. Si él te ha dado su palabra de que Hin está sano y salvo, no tenemos nada que temer.

Naruto había mirado al hombretón alzando una de sus cejas rubias. Kizashi era muy listo... Él no había dado su palabra, pero el comentario, en absoluto fortuito, le obligaba a proporcionarles la tranquilidad que le pedían.

—Por supuesto que Hin está bien. Lo he dejado al cargo de mi tío Minato; fue él quien me adiestró a mí y estoy seguro de que hará un buen trabajo con Hin. Cuando regrese, no reconoceréis a vuestro propio hijo.

El matrimonio había mirado con aprensión cómo el joven laird se alejaba de ellos con sus habituales zancadas. A pesar de que trató de huir a toda prisa, Naruto no pudo evitar oír sus comentarios mientras caminaba hacia el edificio principal.

—No sabía que tenía intención de deshacerse de Hin. No me dijo nada; de otro modo, hubiera tratado de hacerle cambiar de opinión —había dicho Kizashi.

Mebuki había emitido entonces un bufido.

—Ha cambiado. No observo en él ningún rastro de aquel chiquillo que recogimos en nuestra cabaña hace ya tanto tiempo. Ahora es un hombre autoritario e intransigente. Ni siquiera nos advirtió, no hemos podido despedirnos de él...

—Ahora tiene muchas responsabilidades, tiene que cuidar de la gente de su clan, es distinto.

—Es un desalmado —había estallado Mebuki—. Puede cumplir sus obligaciones y mostrar un poco de piedad... no es incompatible. Él sabía que Hin es como nuestro hijo, ¡y se lo ha llevado sin más! No nos ha tenido en cuenta. Si eso es cuidar de su gente, más le vale dedicarse a otros menesteres...

La pareja no había moderado su tono para hablar de él. Naruto estaba convencido de que en ese momento querían que les escuchara, para que le remordiera la conciencia.

No los culpaba...

Les había fallado. Jamás hubiera separado a cualquier otro hijo de sus padres sin avisarlos, sin que pudieran gozar de una despedida en condiciones. Pero estaba ofuscado con Hin, anulaba su sentido del deber, le bloqueaba y no conseguía obrar con responsabilidad. A pesar de lo que Mebuki y Kizashi pudieran pensar de él, o incluso sentir, no se arrepentía de haber dejado al muchacho con su tío Minato.

En su camino, aquel primer día de su llegada, se había detenido frente al patio de armas donde entrenaban algunos de los guerreros. Se había fijado en los más jóvenes, muchachos que rondarían los quince o dieciséis años, como Hin, y que se preparaban para convertirse en soldados que engrosarían las filas de Indra en el campo de batalla. Los repasó de arriba abajo, examinando sus piernas, sus brazos, los cuellos que asomaban por encima de las protecciones, los mentones en tensión, sus movimientos...

En ese momento, había suspirado con cierto alivio.

No encontraba en ellos nada fascinante, ninguna atracción, ningún interés. Eso solo podía significar que no había perdido su hombría; que, después de todo, su masculinidad no corría peligro. Sin embargo, esa misma noche, comprobaría con horror que tal vez se había precipitado al creerse a salvo...

Ahora, una semana después, Naruto recordaba aquella noche con un profundo bochorno. Bebió hasta apurar su copa y llamó para que le retiraran la bandeja de comida que había dejado intacta. Sakura fue la encargada de llevar a cabo aquella orden y Naruto no pudo ni mirarla a la cara.

—Trae más vino —fue lo único que le dijo.

Cuando Sakura entró en la cocina portando la bandeja con la cena del laird, tanto el ama de llaves como Mebuki se aproximaron. Observaron con ojo crítico que, de todo lo que habían mandado a la habitación del señor, solo faltaba la enorme copa de vino.

—No ha comido nada —anunció la chica, como si las otras dos necesitaran esa aclaración.

—¿Estará enfermo? Lleva varios días así —dijo Jane.

—Espero que sean los remordimientos —apuntó Mebuki, mordaz. Aún seguía resentida con el Namikaze por haberse llevado a su Hin y no escondía tales sentimientos.

—Ha pedido más vino.

—¡Ja! Se cree que así podrá dormir mejor esta noche, ¿verdad? —Mebuki se remangó el vestido y fue a por otra jarra con pasos enérgicos y decididos—. Permíteme, Jane, esta vez yo se la subiré.

El ama de llaves ya había aprendido que cuando a Mebuki le brillaban los ojos de aquella manera tan peligrosa, era mejor no interponerse en su camino. Dejó que la mujer se encargara de cumplir la orden de su señor, y elevó una plegaria al cielo para que no fuera demasiado dura con él. En los últimos días, cada vez que Mebuki veía la oportunidad, le echaba en cara que su hijo Hin ya no durmiera bajo su techo. Jane ignoraba lo que afectaba al ánimo del laird hasta el extremo de quitarle el apetito, pero si Mebuki estaba en lo cierto y eran remordimientos, no creía que azuzándolo de aquella manera fuera a mejorar.

La mujer atravesó el patio con el vino en la mano, bufando su descontento. Los que se cruzaban con ella le cedían el paso y se apartaban de su camino por miedo a convertirse en el blanco de su fiera expresión. Su marido Kizashi la vio de lejos y meneó la cabeza. Uno de esos días, se dijo, se encontrarían de nuevo en la calle porque el laird se habría hartado de escuchar las pullas de Mebuki.

Al llegar frente a la puerta de Naruto Namikaze, Mebuki llamó con fuerza.

—Pasa. —Cuando el señor vio quién le traía la bebida, resopló—. No estoy con ánimo de aguantar tus reprimendas, Mebuki. Te lo advierto.

Ella se desinfló un poco al ver el aspecto demacrado del hombre. Estaba sentado frente a la ventana, con los codos apoyados en las rodillas y las manos sujetando su cabeza. El cabello rubio le caía desordenado por la cara y cuando sus miradas conectaron, Mebuki vio las ojeras causadas por la falta de sueño. Aquello, pensó, iba más allá de los remordimientos por haberse deshecho de Hin. Por primera vez, la mujer pensó que posiblemente el laird tuviera algún problema serio, y se sintió ruin.

—No os molestaré, señor —susurró, alargando el brazo para entregarle la jarra. Él la cogió, rellenó la copa y de un trago se bebió casi la mitad.

—Gracias, puedes irte.

Mebuki se giró para marcharse, pero en el último momento se volvió hacia él.

—Señor, sé que he sido muy dura con vos por haberme quitado a mi Hin. Pero no me gusta veros así... Si hay algo, lo que sea, que mi familia pueda hacer para ayudar, no dude en hablar con nosotros.

Naruto la miró con los ojos vidriosos y, tras unos tensos segundos, asintió con la cabeza por toda respuesta.

Cuando la mujer se marchó, el laird apuró la copa y la lanzó después contra la pared, logrando que el metal rebotara con un estruendo que no lo apaciguó. Se sentía más miserable que nunca. A pesar de haberlos apartado de su hijo, aquella familia aún le ofrecía su apoyo. Eran, sin duda, mucho mejores que él como personas.

Sin embargo, no podían ayudarlo. Nadie podía.

Su tormento, la vergüenza que soportaba hora tras hora desde el día de su regreso, era que había dejado de ser un hombre. Al menos, la clase de hombre que le habían inculcado a ser desde niño. Revivía una y otra vez dos escenas en su mente, ambas bochornosas por igual.

La primera, la noche de su vuelta a Innis Rasengan, cuando la sirvienta Gillian lo acompañó en el lecho y él, como si en lugar de ser un verdadero guerrero fuese un miserable castrado, no encontró ningún placer entre sus brazos. Por más que la joven lo tentó y acarició, su cuerpo no le respondió como debiera. Fue humillante. Al final, la echó de su cuarto convirtiendo a la pobre chica en el blanco de su furia y frustración. Algo que, definitivamente, no le hizo sentir mejor... todo lo contrario.

La segunda escena era aún peor.

Su beso con Hin.

El increíble, apasionado y vibrante beso que el chico le había devuelto, que él había disfrutado para su completo desasosiego. Lo rememoraba a veces con enojo; otras, cuando el cansancio y la pena lo vencían, durante las horas de insomnio, lo evocaba con los ojos cerrados, notando que aún su cuerpo se estremecía con las sensaciones que la boca tierna de Hin había despertado en él. Y se detestaba más por ello. Por reconocer, en esos momentos de total abandono, cuando lograba abstraerse de la férrea moral que gobernaba su mundo, que daría lo que fuera por volver a repetirlo.

También era cierto que nunca iba más allá. Su imaginación no pasaba del encuentro entre sus labios, no era capaz de visualizar el desenlace de aquella escena grabada a fuego en su memoria. Era el único resquicio que le quedaba para no perder por completo la razón, para no darse por vencido en lo que a su hombría se refería. Ya había constatado que no le gustaban los jovencitos tiernos e imberbes. Solo pensaba en Hin. En sus ojos grises, en su boca de labios blandos, en la fragilidad de su delgado cuerpo, en su modo de mirarlo cuando el deseo se hacía patente en su rostro siempre sucio.

A veces, muy ocasionalmente, una idea reveladora lo asaltaba en mitad de la noche. Tal vez ellos, como individuos, no debieran poner barreras a los apetitos de la carne. O, más aún, a los sentimientos que una determinada persona pudiera despertar en uno mismo. ¿Qué importaba que fuera hombre o mujer? El corazón no entendía de esas cosas, la razón les decía una cosa, pero la piel reaccionaba de manera muy distinta al roce con otra piel... Lo que le ocurría con Hin no le sucedía con nadie más. Ninguna otra persona, ya fuera hombre o mujer, encendía en su interior las emociones que se despertaban estando cerca de esa criatura.

Aquella idea, tal y como le venía, se diluía en la ira que lo consumía tras comprender que sus pensamientos no tenían ningún sentido, que Dios había creado al hombre y a la mujer por algo... A pesar de no ser un hombre de fe, conocía lo que la iglesia predicaba al respecto. Aquello no estaba bien. No podía estarlo.

Lo único cierto que quedaba cuando las primeras luces del alba se colaban por su ventana, era que él se había convertido en un miserable, condenado por el recuerdo de un chico que le había robado la cordura. Lo echaba tanto de menos que dolía. Añoraba tenerlo merodeando todo el día a su alrededor, recogiendo su ropa, sus cosas, sacándole brillo a sus botas. Hin y su pequeño cuerpo, siempre en medio, mirándolo de aquella extraña manera con sus enormes ojos grises. Se había acostumbrado a su presencia y lo necesitaba. Pero, por los cuernos de Satanás que no iría a buscarlo. Aquella locura se le pasaría, tarde o temprano, y él volvería a ser el laird que los Namikaze se merecían.

Una nueva llamada en su puerta lo devolvió al momento presente. Dio su consentimiento para entrar a la persona que lo reclamaba, rogando por que el asunto que lo requiriera fuera tan importante como para acaparar toda su atención y poder olvidarse un rato de sus cuitas.

—Han traído este mensaje para ti. Es importante —le dijo Shikamaru, su segundo ahora que Sasuke ya no estaba.

Naruto había dado orden a su guerrero de que interceptara cualquier carta, cualquier misiva, y se la llevara directamente, pensando que tal vez su tío Minato querría ponerse en contacto con él. No deseaba dar a sus consejeros, los entrometidos Danzo y Mitokado, la ocasión de meter las narices en sus asuntos. Desde que había regresado, aquellas dos alimañas parecían estar esperando cualquier fallo, cualquier metedura de pata de su laird para echarse sobre su carroña a la menor oportunidad. Su deseo de destituirlo como líder de los Namikaze era tan evidente que debía andarse con mucho cuidado...

Cogió el pergamino lacrado con el sello de Indra de Susanoo y todo su cuerpo se puso en tensión. Era una carta del rey, algo a lo que, definitivamente, tenía que prestar toda su atención.

La leyó con avidez, notando que aquella letra de escribano, elegante y puntiaguda, iba despejando la espesa nube que le embotaba la mente. Indra lo necesitaba. Lo conminaba a terminar el adiestramiento de los hombres que estaban a su cargo y que, en un plazo no superior a un mes, preparara su mesnada para reunirse con el ejército en Stirling, donde mantenían sitio al castillo.

Por fin. Deseaba unirse a los suyos contra los ingleses. Había llegado el momento de reemplazar a su padre al lado de su rey.

Se acercó a la ventana y miró hacia el patio de entrenamiento, donde sus hombres practicaban sin descanso. Mientras les observaba, el rostro de Hin volvió a cruzar por su mente.

No podía marcharse a la guerra dejando las cosas así. Lo supo con total certeza, reconociendo que su alma se retorcería en los infiernos si lo mataban en alguna refriega. No entendía muy bien qué era lo que tenía que hacer para afrontar su destino con la paz de espíritu necesaria, pero sabía que, fuera lo que fuera, tenía que ver con Hin.

Tal vez debía traerlo de vuelta a Innis Rasengan para que el muchacho se reuniera de nuevo con su familia adoptiva. O incluso más. Tal vez debía buscar a la tropa Hyuga con la que se había cruzado días atrás y tratar por todos los medios de que Hin volviera a su verdadero hogar, con su gente. Esta opción no lo convencía demasiado; tal vez Hin no estuviera seguro con ellos. Sus problemas personales le habían hecho olvidar el asunto de la joya, que parecía haber sido el detonante del ataque a Byakugan.

A su regreso, al contrario de lo que se imaginaba, todos los MacNab habían abandonado Innis Rasengan, perdiendo así su oportunidad para interrogar a su jefe, Darui, acerca de su retorcido interés en esa joya y en la recompensa que ofrecían por ella. Después, sus propios fantasmas interiores le habían distraído tanto que no había vuelto a pensar en ello... hasta ese día. Hin podría no estar a salvo en medio de aquella lucha que los Hyuga mantenían por su supervivencia como clan, no podía devolverlo a su gente.

O tal vez es que no quieres renunciar a la posibilidad de volver a verlo.

Le habló una voz en su interior.

—Si esa carta es lo que me imagino, tenemos mucho que hacer —la voz de Shikamaru lo sacó de su ensimismamiento—. Deberías bajar a ver a tus hombres, laird, llevas días sin aparecer y algunos se están poniendo nerviosos.

—Ya. Danzo y Mitokado están sobrevolando mi cabeza como los buitres que son, ¿verdad?

—Pasan mucho tiempo en el patio de entrenamiento, sí. Y susurran al oído de los soldados como viejas cizañeras tratando de plantar la semilla de la desconfianza en tus guerreros. No lo permitas, Naruto. Yo solo no puedo combatir contra sus malas artes... Si Sasuke aún estuviera con nosotros, entre los dos meteríamos en cintura a esos dos viejos. Pero no puedo ocuparme del adiestramiento y de apagar al tiempo los fuegos que encienden con sus lenguas viperinas.

Naruto fue hacia su amigo y le puso una mano en el hombro.

—Lo sé, Shikamaru. Perdona por mi abstracción, no volverá a pasar. Voy a asearme un poco y me reuniré contigo y con el resto de los hombres en unos minutos.

El guerrero lo miró a los ojos y asintió satisfecho. Antes de marcharse, sin embargo, le habló con confianza.

—Sé que yo no soy Sasuke y que nunca podré sustituirlo, pero quiero que sepas que, para mí, eres más que mi laird; te considero mi amigo. Y, sea lo que sea lo que tanto te preocupa, puedes confiar en mí. No correré con el chisme a esos dos carcamales y trataré de ayudarte en lo que pueda.

Naruto notó que su corazón se aligeraba un poco tras aquellas palabras.

—Gracias, amigo.

Continuará...


Espero disfrutes estos tres capítulos más hoy Rafaela25